7 de febrero de 2018

CHICA DE IPANEMA




Al llegar, una afluencia de gaviotas nos recibió. De repente el cielo se cerró. Caminamos por la senda peatonal con peces grabados en el pavimento que labran signos de piscis incalculables. Si tuviera diez años los hubiese numerado. Descendimos por las escalinatas irregulares entre la espesura agreste de Barra de Tijuca. El clima, inmejorable. Estábamos solos. Unos minutos después, un vendedor nos ofreció anteojos de sol de todos los matices. Compré a pocos reales una réplica de unos lentes Ray Ban muy Dylan. Fueron de utilidad por la resolana. Me sentí como el Robert de la portada del disco «Infidels» con mate en mano.
Las olas sacudían afanosas sobre la única pareja que se humedecía los pies a unos metros de nosotros. Decidí permanecer en la arena mientras ella se rehundía entre las olas y se perdía en la efervescencia de la espuma. El agua se tornó verde esmeralda al acariciar la orilla y se deshizo en un azul verdoso con un trazo blanco discontinuo.
¿Cuál sería el disco que debería sonar? ¿Cómo empardar una acústica bucólica tan placentera?
Recordé una recomendación de unos colombianos en el bar Carioca Da Gema, un local de música en vivo en el arrabal de Lapa: Gabriela Anders, argentina, hija de Jorge Anders. Nacida en el 72, asentada desde hace tiempo en New York, le canta a Rio, le canta a Ipanema con una cadencia que retrata a través de su jazz latino un paisaje asombroso. Ubica el tango cerca de la samba como si floreciesen en una yunta natural.

Así como las zambas de Jorge Cafrune matizan el noroeste argentino, Gabriela Anders, es Rio, una Garota de Ipanema made in Argentina. Cambié la yerba, me coloqué los lentes Dylan. Orienté su disco en la compactera, cerré los ojos y pude ver a Barra de Tijuca en toda su extensión. Visualicé a lo lejos, con un velo de bruma, el Pan de Azúcar. 
La melodía me acompañó en el vuelo y concebí que pude describir uno por uno los peces grabados en el pavimento indeleble de la guapa y cantarina Rio de Janeiro. Tengo cuarenta y dos años, pero el niño de diez aún persiste. Nunca seré demasiado viejo para ser más joven.







1 de febrero de 2018

GATOS EN LA CUNA



Salí de casa rumbo a ciudad universitaria. Me calcé el walkman, tomé aire y me apronté a la parada de colectivo para formalizar mi último viaje en el 28 semirapido. Lalo cerró su programa "Animal de radio" con Ugly Kid Joe. Parado en la entrada del Autódromo canturreé la canción con un inglés de mierda. Era una de esos temas de lista del momento. Lalo pisó la intro de “Cats in the cradle” e improvisó unas palabras sentidas a propósito de perseguir los sueños.
El sol se escondía en el horizonte de la General Paz. Escalé al 21 para empalmar el 28 en Chilavert. Saqué un boleto de $ 1.25. Minuto a minuto concluía el tedio de una etapa de inhibición y encierro. La decisión era un hecho y no había vuelta atrás. Experimenté el desamparo de no saber qué carajo hacer de mi vida. Afuera de mi habitación como en los diarios de Ana Frank no había canto de pájaros, y dentro de la casa de papá un silencio sofocante absorbió sobre todas las cosas, y parecía arrastrarme hacia un abismo, un barranco desconocido y yo con mis rodillas sin ningún raspón. Debía reverdecer, probar, reparar.

***
Tenía todas mis cosas empaquetadas. Abandonaba la casa donde me crié para ir a vivir a Mar del Plata. Una ciudad que me aguardaba con los brazos abiertos y sin la Rock and Pop en el 95.9 del dial. Era todo un tema para mi. La emisora no transmitía en la costa.
A la noche, cuando retorné de la facultad me ubiqué frente al equipo de audio y esperé paciente que el tema “Cats in the cradle” rotara en la radio para grabarlo.
Mi viejo me llamó para cenar.

—Ya voy, pa. No me siento bien — fingí un sollozo para que me deje solo y consumar mi cometido.

Papá se aproximó y me dijo — Cociné albondigas...— Al verme reposado con los hombros hundidos me reanimó — Dale, te va a ir bien, y si las cosas no van bien… Te volves y listo. Esta es tu casa ¿Cuál es el problema?

Estaba afligido. Ya no iba a ver a papá como cada mañana. Pero tampoco podía acorralar mi ilusión. Tenía que mudar de aires. Todos los cambios, aún los más ansiados, llevan consigo cierta melancolía. Papá sufrió mucho cuando me fui. Me lo escribió en una carta unos años después. 



Buenos Aires, 22 de mayo de 1997

Querido hijo:

Espero que al recibo de la presente te encuentre bien de salud, ese es mi mejor deseo. Yo a Dios gracias de salud ando bien pero en lo laboral ando como la mona. En el laburo nos suspendieron todos los vales, nos cortaron todos los víveres, así que te imaginarás como estoy. Me hubiese gustado mandarte unos pesos pero no puedo, ando buscando algo para hacer a la noche. Vamos a ver si consigo alguna changa para hacer.
No te imaginas las ganas que tengo de mandarme a mudar del laburo, me aguanto más, pero lamentablemente me la tengo que tomar con soda, otra cosa no me queda. Bueno papá en pocas palabras te conté mi situación, yo creo que si Dios quiere voy a salir a flote, no hay mal que dure cien años, ni viejo que lo resista.
Acá te mando el carnet tuyo junto con el último recibo de sueldo para que puedas hacerte ver, vence en diciembre, pero vos vas con el último recibo de sueldo, que llegado el momento yo te voy a mandar y lo renovas en Mar del Plata.
Bueno papá, voy a terminar, te mando un beso grandote, te extraño y te quiero mucho, Besos. Papá.

Chau papi te quiero mucho.-


Parado en la puerta de mi habitación me miró fijo esperando que lo abrace. No puedo borrar de la memoria esa mirada. Yo también lo miré. Fueron dos segundos, parpadeé perturbado, vacilé y bajé la cabeza. En esos dos segundos representé toda la infancia en mis ojos. Allí estaba inmóvil el hombre que invariablemente estuvo a mi lado desde que nací. Fue la primera vez que concebí que papá no iba a estar siempre. Fue muy potente el sobresalto que profesé. La idea que algún día papá iba a morir.
Hoy lo abrazaría hasta el infinito y más allá. ¡Qué imbécil! Renuncié a un abrazo por vergüenza.

***

Cuando escucho “Cats in the cradle” de Ugly Kid Joe abrigo el estremecimiento de abrazar a papá. A la luz de los hechos que acabo de referir, es mucho mejor un abrazo sentido que escuchar un rock medio tempo por la radio.
Aquella noche de agosto no tenía apetito. Ahora que lo evoco deduzco que fue la última cena de mi adolescencia. Esa estación en la que no necesitas enfermedad o muerte para la tragedia. ¿Nunca profesaron la necesidad de escuchar una melodía para continuar? Y no me refiero a seguir en el sentido de hacer el sacrificio de levantarse temprano, ir a correr en invierno o disponerse a subir a la montaña rusa. Hablo de otra cosa. De seguir viviendo. Aguardé sentado. Desfilaron las promos, las artísticas, dos canciones enganchadas y a última hora, antes de la apertura de la heavy rock and pop, repitieron “Cats in the cradle”. ¡Gracias a Ricky Durán! Fue una bocanada de aire renovado para el alma. Hacer tiempo para grabar una canción… ¡Qué loco! bretes que un milenians nunca entendería.

***

Al día siguiente me embarqué en un micro desde Liniers a la costa. Emprendía una nueva vida. Esa noche no dormí. Repasé cada rincón, cada mancha de humedad, cada agujero, cada hoyo en las baldosas que supieron hacer de opi. Entré y salí del baño varias veces. Me miré en el espejo y lavé mi cara. Prendí la radio y escuché “Cuchillos de palo”, un programón de las madrugadas de Rock and Pop. Lo último que embalé fue el equipo Aiwa. Lo dejé para el final con dos cassettes puestos: “Goats heap soup” de los Stones y uno virgen. Grabé “Cats in the cradle” varias veces en el TDK de 90 minutos. La canción dura 4:15. Sonó más de 10 veces hasta alcanzar la rotonda de Varela. En la ruta cabeceé, giré para un lado, giré para el otro sin conciliar el sueño. De a ratos percibía el estribillo una y otra vez con la voz de Alejandro Nagy remachando “Donde el rock vive”

***

En el ingreso a Mar Chiquita el tema se oía en cámara lenta. Era como una versión de Nicolino Roche y los pasteros verdes. Se habían consumido las pilas. Tampoco podía escuchar la radio, no había buena señal. A la altura de Camet sintonicé FM Arena.
Llegamos a la terminal. Retiré mis bolsos, cajas y bolsas. Luego de una cháchara breve, dejé todos mis bártulos al cuidado de un taxista que estaba escuchando la misma emisora. Fui a un kiosko y compré dos pilas nuevas. Tenía margen, el micro había arribado veinte minutos antes y mi mamá no tardaría en llegar.
Le agradecí al tachero que presagiando mi desasosiego me dijo antes de hacer su primer viaje:
—En el verano podes escuchar a Dolina, acá la AM se escucha perfecto. Es más, podes ir a verlo como hace el programa.

—¿Posta?

—Sí, sí. Acá derechito por Alberti… en el torres de manantial… ¿manantiales es, Oscar?

—¿Qué cosa?

—De Dolina que está allá arriba.

—No sé, que se yo.

—¡Dolina! El que jugaba a la pelota en la tele, ¿te acordas?

—Ah, sí. La barra de Dolina…

—Sí, Oscarcito. Te estoy diciendo Dolina y me decís que se yo.

—Bueno, mira la hora que e´, Chiche.

—Sí, muchacho. Está en el verano. No le des bola. Después lo tenes a este también ¿Cómo es?, Raúl Calviño, sabe un vagón. Este otro, Luis Maria Stanzione, un bocho. ¡Hay de todo! FM Brisas, Residencia que es más para nosotros, hay varias. Suba señora. ¿Hasta dónde va? Ya la llevo. Y Arena que me la deja mi pibe cuando me deja el auto — dijo Chiche y elevó el volumen de su stereo mientras sonaba “What's Up” de 4 Non Blondes — ¡suerte pibe!

***

En Mar del Plata no tendría Rock and Pop, pero si FM Arena, Brisas, Residencia, playa, mar, la comida de mamá, bares como la Mula Plateada o Baldassarini, Dolina en vivo, chicas preciosas y tipos como Chiche (cuando un taxi es una ambulancia). 
Lo saludé con la mano levantada y me afirmé arriba en una de mis cajas que me tocaba a la altura de la cintura. El sol se asomaba en el horizonte de Sarmiento y Colón. Suplanté las pilas, prendí un Malboro en ayunas y apreté play. Observaba a mi alrededor con más perplejidad que frío y a pesar de la sensación térmica de 2 grados, la voz de Whitfield Crane entonando “And the cat's in the cradle and the silver spoon” me cobijó y conseguí aligerar el peso. Lloré como un chico.
Mi mamá no demoraría en caer y debía atajarme. No quería que mamá me viera mal. Con papá primero y con mamá después, coarté las ganas de llorar. Despaché todos esos llantos al registro de lágrimas en disponibilidad. Hoy se despiertan cada tanto y brotan al oír “And the cat's in the cradle and the silver spoon…”

—¡Hola hijo! ¡¿Cómo estás?¡ ¿Cómo viajaste?

—Bien, todo bien.

—No fumes tan temprano. Ahora llegamos a casa. Es acá, a dos cuadras y te acostas tranquilo. Te levantas cuando quieras, hoy no hay horario para levantarse. Anoche cociné albóndigas con fideo moño...

—Bueno, bueno…

—Tenes los ojos colorados. ¿No tendrás conjuntivitis?

—No, ma. Dormí re mal, eso, no pasa nada.

—¿No era coche semicama? Ahora cuando llegamos te pongo unas gotitas. Ahí, mirá, viene el muchacho con el carro para llevar todo a casa.
Encaramos por Sarmiento a mi nuevo hogar. El peregrinaje marplatense comenzaba a marchar.

A Chiche no lo vi nunca más pero fue vital en esos inaugurales minutos de estadía. Ese taxista humanitario, el genio de Lalo Mir, el abrazo no dado a mi papá y el regreso a los brazos de mamá me marcaron a fuego, "they marked me with fire".
Ahora lo comprendo. Cada sábado, al sentarme frente al micrófono y se pone a rodar el programa de radio no estoy solo en la locución. Hablan Chiche, Lalo (lejos de compararme con el maestro) la mirada de papá, el amor de mamá, las decenas de canciones que he escuchado, los libros que he leído y las muchedumbres que me habitan.

***

Polaroids de un éxodo signado por la radio, la música y una adolescencia que declinaba poco a poco. Un verdor que no cambiaría por nada del mundo. Ninguna de las aplicaciones y soportes tecnológicos existentes conseguiría empardar un tiempo de la vida, un estado del espíritu. 
Puteaba porque me quedaba sin pilas o no tenía fuego. ¡Esa era una contrariedad a los 19 años! Hoy no vivo, ardo. Siempre llevo fuego. Tanto en la cocina con encendido automático como en las pasiones que motorizan mi andar. Gozo de la riqueza de apretar play en un dispositivo y dar oídos a Ugly Kid Joe cuando quiera, donde sea, pero no tengo a mi papá. Esa es la diferencia entre ser un joven indolente y un hombre inteligente. Saber que es lo importante.
Si de algo me siento dueño hoy no es de la vida que viví, es de mi sueño: hacer un programa de radio junto a Valentino con vista al mar. Como FM Estudio Playa, la radio que fundó Badía en Pinamar. Formaría una programación como en la película el Gran Pez, con todos los héroes de esta ficción y un orfeón que coree "Para ganar o empatar/prefiero sonreír/ mirar adentro de mi/fumar o dibujar/para que complicar»





Buenos Aires 16 de noviembre de 1998

Querido hijo:

Espero que al recibo de la presente te encuentres bien de salud, en compañía de tu madre ese es mi mejor deseo. Te diré que tu carta me llegó muy hondo, pero no creo que sea para tanto los atributos que me das, lo único que estoy seguro que fui y seguiré siendo un buen padre y te puedo asegurar que a los tres los quiero con toda mi alma, especialmente a vos que sos el hijo varón que no estás conmigo y extraño muchísimo.
Respecto a tu madre te diré, que la cuides mucho. Es tu madre y eso hay que cuidarlo como el mejor oro del mundo, mientras la tengas con vida. Te diré que todas las noches al acostarme, miro tu foto que tengo en la mesita de luz y pido al todopoderoso para que te ilumine y te ayude en todo lo que te propongas.
Bueno papa, voy a terminar mi pequeña carta, te mando un fuerte abrazo y un beso grandote, cuídate mucho hijo.
Besos papá

Espero contestación a vuelta de correo.









27 de enero de 2018

TRES CAJAS


CAPITULO V


… darle bola. ¿Para qué? Esa caterva no vale dos gritos. Además yo fui un padre presente, ¡carajo!. Te di todo lo que estaba a mi alcance. ¿Me equivoqué? Sí, pero la botella no se mancha, ja.
— Evitemos las humoradas.
Con la ropa podes hacer lo que quieras. Los zapatos de Charol te pueden quedar más adelante. No hay ninguna prenda que debas conversar. Las tres camisetas de San Lorenzo en unos años las podes aprovechar para ir a practicar. Son de buena calidad. Te absorben el sudor. En el baño permanecen cremas que ahora no las vas a precisar, antes que se echen a perder regálaselas a Cristóbal, ¿recordas el encargado del edificio de la central? En el placard de mi cuarto hay dos cajas azules rotuladas que son importantes. Una de cartas y otra de CD´s. En "cartas" hay dos escritos de puño y letra de tu abuelo que podrías atesorar por el valor de una carta trazada a mano y unas cuantas de la abuela con fotos. En el parque Rivadavia podes hacer algunos pesos con los CD, no son tantos. La biblioteca es tuya. Es oro en polvo. Es el único legado que pude dejarte. No me alcanzó el tiempo. Perdón. Si pensas en ofrecer los libros te pido que a los de la pizarra de arriba los dones a la biblioteca de mi colegio secundario. Ah, la ropa no la lleves a Caritas. No le llega a quienes verdaderamente la necesitan. Las venden. Llévaselas a Susana de la Paloma. Tu tía tiene el número. 6225790. Ella sabrá qué hacer. Dale una pasada por el lavarropas. ¿Qué más? Los discos, vendelos también. Antes de llegar a las tres cajas de vinilos que están en la baulera algunas aprecia… 
— ¿Está grabando? 
— Sí, sí. 
Muy bien, mira. La escucha de discos fue más que un pasatiempo para mí. Sobre todo los de blues y de jazz. 
— ¿Dije lo de la ropa, doctora? 
— Sí, hace un minuto. 
Tengo presente la primera escucha de Manal con una copa de Pont L´Eveque Sangiovese. ¡Manal! Rompieron con el precepto que no se podía hacer blues en castellano… 
—No me parece relevante. Acordamos que serían pala… 
— ¡Manal es relevante! 
— Está bien, está bien. No se violente, por favor. 
Avellaneda Blues… No pibe… Jugo de tomate… ahí está la papota, Valen. Ahí descubrí el blues en español con aires de jazz y una poesía que no podría haberse concebido en otro punto del planeta. Tenía dieciséis. Dieciséis. Tu edad. Era la época que comenzaba a explorar la cultura rock. La primera vez que escuché un blues que me voló la cabeza (es una forma de decir) fue “Since i've been loving you” de Led Zeppelin. 
— ¿Se lo digo en castellano, doctora? 
— No hace falta. 


¿Te acordás cuando escuchaste a Becky G con Bad Bunny cantando “Mayores” mientras paseábamos por Punta? ¡Cómo te movías! Al blues de Zeppelin del mismo modo lo oí en la radio. Fue como apreciar un buen vino ¿entendés? Lo pasó un musicalizador que se llama Bobby Flores en su programa. Ahora es director de Radio Nacional ¿Cómo no te hable más de Bobby? De pendejo era brillante. 
Si algo lamento es no poder compartir unas copas de Malbec con vos. El vino es poesía embotellada. Saber beber es como jugar con Iniesta. ¡Ojo! Si bebes de más el técnico te limpia. Si llevas la pelota de arco a arco como un maniático te van a tumbar. Tocar de primera y beber se parecen. Deberás distinguir cuándo es el último pase. Yo no supe. No, no.

***


— ¿Tengo tiempo para contar algo más?
— Si, no se detenga. En unos minutos el efecto de la medicación hará efecto.
La segunda vez que un blues me conmovió fue con el disco que está en la caja 2 creo, si la dos “I Got Dem Ol Kozmic Blues Again Mama!” de la Joplin. Así de extenso es el título y así de genial.
—  Los brazos, por favor. Necesito que se quede quieto.

Tiene una bolsita. Está entre Aretha Franklin y Sara Vaughan. La caja de las mujeres como te habrás dado cuenta. Los que están en bolsita son de colección. El tema número cinco… No, a ver. Sí, el cinco, ¡Estoy seguro! Es “Kozmic blues”. El comienzo es energía arrolladora. Había habido cantantes de blues salvajes e incontenibles ¿sabés?, pero incluso ellos tendían a ser un poco más controlados que Janis. Ella siempre parecía estar al borde de perder el control. Amaba el whisky y no se avergonzaba de eso. Ella era simplemente Janis. No se guardó nada. Escucharla es como beber un Pinot Noir cincuenta y cinco. Buscalo y probalo. Sin excesos. Digo excesos y me da escalofrío, ja.

Bueno, por último en la caja 3 hay un disco que quiero mucho. Es de un músico que se llama Mighty Sam McClain. Puedo decirte que mis oídos se rindieron ante el gran Sam. Abrigué el mismo efecto que concibe la garganta ante el primer trago de Johnnie Walker. La canción “When the hurt is over” es el scotch que me esperó con estoicismo hasta los cuarenta. Ahora no lo pruebes, aguantá un poco. Lo mismo con el Jack Daniels. Johnnie y Jack saben esperar. Son buenos amigos. No sé si debo decirte esto. Pero cuando vengas a verme ya no podremos trabar conversación. La doctora te va a explicar.


— Licenciada.
Sí, claro. La licenciada me dio una medicación…
— La medicación fue indicada por la psiquiatra.
Así me tiene. Me corrije, Valen. Una droga que me activa. Estoy verborrágico y le solicité grabar. La licenciada accedió. ¡Gracias! Agrádesele cuando vengas. Tengo la voluntad para vivir dos vidas más ¿sabés? pero es un sobresalto temporal. En unos minutos se va a disipar mi luz. Tengo para contarte muchas cosas más... Por ventura o por desdicha no alcanzaré…  tengo…
— No es necesario decir eso ahora.

***

Lamento no poder compartir una copa de Malbec con vos. La Coca Cola es una bebida para chicos. El paladar que degustó el vino no tolera el dulce que desfila por la garganta. El deleite se aliña con los años, se pone riguroso ¿sabes? «Si te gusta el whisky es mejor acompañarlo con buena música jazz» dicen los puristas. Bueno Valen, sabrás disculpar. Yo continúo eligiendo el blues y bebiendo cuando me lo autoricen, ja.
— Sabe y se lo dije infinidad de veces: no puede ni debe beber más.
Lo que sirvan estará bien, ja. ¡Hace lo que quieras con los discos! Solo quería que lo supieras.
Ah, debajo de la mesada acopié unas botellas. Ya no puedo hablar. Tendrás que descubrir solo... solo... ¿tendes?, digo: ¿cuál es, no? digo la bebida para cada momento de tu vida. Tranquilo, la que elijas estará bien. Yo estaré ahí ¿sí? Con vos, con mi copa así, levantad...
— Por favor, no se mueva.
Para brindar por tus logros. Propongo un brindis...
— Por favor, ya estuvo bien.
Una infusión de Gin y músi de los Doors. Un brebaje de whisky cocés y la voz de Rod Stewart cortejan cada sorbo y por últi whisky irlandés con Van Morrison en la bandeja, ja, ja. Sos inteligente, hijo. Te va a ir bien… y cuando lleguen las malas, solo ahí, evacua tus dudas. Sabelo. ¿Porque la gente cucha disco, lee libr y bebe?. Ultima cosa: no confíes en alguien a quien no le guste el vino… Te quier…

***

— Licenciada, el informe está incompleto. ¡Le falta firma y sello!
— Perdón…
— Es fundamental en estos casos que llegue el informe completo, por favor. ¡Me extraña, por Dios!
— No va a volver a suceder director…
— No, no a volver a ocurrir y si así sucediera voy a solicitar que la deriven. Prepare la orden de traslado del paciente. Ya está viniendo la ambulancia del neuropsiquiátrico.
— ¡Cómo del neuropsiquiátrico! ¿Dónde está la Doctora Godoy? No, no… el paciente… acá hay un error…
— Ningún error, licenciada. Aquí está el diagnóstico de la doctora Godoy y la anuencia de un familiar directo del paciente.
— No puede ser, el único familiar directo es su hijo y no creo…
— No se trata de creencias, licenciada. Debería ser más profesional como la psiquiatra Godoy. Aquí está la autorización...
— No lo puedo creer...
— ... firmada de puño y letra. Mire... Aquí, mire, la firma de la Doctora Godoy certificando el traslado, y del hijo del paciente, Valentino Figueroa, revalidándolo.  
— ¿Delirios impositivos? ¿Delirios defensivos? ¡Esto es un gran error, director!
—¡Por favor licenciada! En su informe usted verificó que el paciente activa mecanismo de defensa que lo hace por exaltación. Aquí está, léalo, “con su conducta manifiesta la necesidad de comunicar, compartir y buscar adeptos a su sistema de creencias…" En cuanto al diagnóstico de delirios defensivos, usted informó que el paciente "lo hace por depreciación, y con su conducta manifiesta la necesidad de alejarse de los otros, busca protección y ocultarse…"






26 de enero de 2018

NOCHE



Salir a la calle y enfrentar una arteria tan concurrida puede ser un problema durante el día. 
La aglomeración de gente que circula, la columna inacabable de automóviles que no se detiene y desfila en inquebrantable marcha, bocinas estrepitosas y el chillido de los semáforos sonoros para no videntes es un puñetazo para los sentidos. 
Por la noche el paisaje se transforma. En varias oportunidades salí poco antes de la medianoche a cenar al bar “Santa Lucía”. Allí descubrí las ventajas de vivir sobre una avenida espaciosa e iluminada. Ahora vivo sobre una calle desértica. Además del silencio, tiene un aspecto positivo: me ordena el día. Antes de las 9 de la noche hago las compras y a partir de las 10 me quedo en casa.
Lo revelador es cómo se renovó mi óptica cuando alcancé mi propio techo. La autoestima se vigorizó. Atrás quedaron las renovaciones y los planteos injustos de propietarios mandamás. Conseguir el techo propio es dejar atrás muchos hijos de puta, inmobiliarias ruines, pago de expensas extraordinarias por arreglos en departamentos que me importaban un carajo. Por ese motivo no extraño tanto las bondades Saint Joan Avenue.

***

El tiempo es veloz. A los cuarenta conquisté lo que fantaseé desde los 19 años cuando concluí emprender una nueva etapa. Desde entonces siempre alquilé. Tuve que vender un auto pero ese no es un brete. Diferentes líneas de colectivo transitan a una cuadra, a dos como mucho. Camino un poco y me topo con una parada. La boca del subte queda a cuatro cuadras.
Al sur y al norte coexisten dos plazas adyacentes: la Plaza Garay, a sólo media cuadra y la Plaza Alfonsina Storni, más amplia y abierta que serpentea la autopista 25 de mayo. Espacios verdes variopinto donde ensaya una murga en la previa del carnaval, un bebé emprende sus primeros pasos, dos señoras mayores curean al que pasa mientras matean y un puber coloca una tuca en una cajita de fósforos, agujero mediante, para consumir lo que queda. Acertar con tantos árboles a pocos metros de casa es un lujo que no todos los porteños se pueden dar. Boedo, por ejemplo, el barrio porteño con menos espacio verde por habitante, no contaba con una sola plaza hasta 2011. Así y todo, con estos beneficios, aún no me encuentro en mi nuevo barrio. 

***

Tanteé distritos disímiles para afirmarme a tomar un cortado y escribir. En un café de la YPF del barrio, impersonal, flemático, lejos del estaño de los cafés de San Telmo esbocé dos líneas a propósito del tango "El pescante": Yunta oscura trotando en la noche, latigazo de alarde burlón. Compadreando de gris sobre el coche por las piedras de Constitución. Apareció un verso ramplón: ¡Qué remotas quedaron esas estrofas! Ya ni las piedras quedan. ¿Existe un Manzi entre los milenians? ¡Avisen!, porque que ya no quedan.
El lugar posee la serenidad que preciso y una vista a la avenida inmejorable, a saber, ver y que no te vean. Si de voyeurismo se trata, allí está mi vecino Miguel, el único con quien intercambié un diálogo. Miguel no supo decirme dónde encontrar un buen bar. Él para en la cuadra, de allí no se mueve. Para mi vecino pasé de ser el inquilino al "muchacho" del 1º C. Miguel es chusma y cizañero, con sagacidad aísla del coloquio de palier a los inquilinos cuando se arriman.

—    ¿Compraste, pibe?
—    Sí, Miguel.
—   Te felicito. 

***
Miguel es jubilado. Es el RRPP del edificio. El tipo se planta en la vereda, sube y baja a la bicisenda y carpetea todos los movimientos de la cuadra. Miguel, como buen poliglota, dialoga con todos: pensionadas que desfilan con su changuito al chino de Cochabamba, cartoneros de la zona (“si me hablan con respeto”), travestis habitués y policías de la comisaría 16 en la jerga que el parloteo requiera. La condescendencia que desarrolla con el administrador del edificio es repelente.
Todas las mañanas lo saludo cuando salgo a trabajar. Según Miguel, siempre estoy o muy abrigado o muy desabrigado según el día. ¡Ni hablar si esta nublado! « ¿Y el paragua?»

— ¿Por qué no duerme un rato más, Miguel?
—¡Durante 45 años me levanté a las 5 de la matina, pibe!, ¡Sería una pena dormir con este día! — dice mirando al cielo  ¿Cuándo te vas a afeitar esa barba?

De modo autómata me arrojo hacia la boca del subte. Paso por la Plaza “Alfonsina Storni”. Siempre advierto un perro negro de mirada triste en la entrada de Virrey Cevallos. La primera vez que lo distinguí entre la gente estaba comiendo de la basura. Me dio lástima y ensayé un meneo para acariciarlo. El animal me enseñó sus dientes puntiagudos. — No se toca a un perro desconocido cuando come — me dijo una vieja.
El fin de semana pasado, después de varios intentos, accedió a aproximarse retraídamente. Yo estaba vestido con una remera, bermuda y zapatillas. Es muy loco, en la semana no me mira. En un soplo vislumbré la subjetiva del perro negro: debe ver un hombre desencajado circulando con camisa, un bolso y cara de pocos amigos. Como los perros callejeros, cuantos más palos recogimos, menos cedemos. ¡Lo entiendo a Noche! Ah, le puse Noche porque tiene el pelo de color canela en la cara y las patas pero el lomo es de color negro azulado. Tiene los ojos como dos botones oscuros y pequeños que miran muy atentos. Noche suscribió a mis agasajos. Noche es mi nuevo amigo.

***

Este sábado voy a regresar a la plaza. No quiero que Noche me vea de lunes a viernes cuando paso a las corridas subsanando en mi cabeza lo que hice y rumiando en lo que haré.
Los sábados estoy con Valentino en modo presente. ¡Debe ser eso! Estoy en su frecuencia. Noche no tiene esperanza. Un perro sin esperanza vive en estado de presente. No podes venderle nada. 
Este domingo estaré solo, antes de ir a la plaza transitaré la Avenida Garay. La otra corredera principal del barrio que aún no aludí. La avenida más contigua a mi casa. 
Empezaré desde la estación de trenes de Constitución y enfilaré por Garay en busca de ese tiempo y el espacio y todas las cosas del cosmos reunidas en una, esa cosita que contiene todo el saber universal que se encontraba en el sótano de una vieja casa de la Avenida Garay. Voy a tratar de imaginar la casona en la que Borges se inspiró.
Llevaré la última novela de Sándor Márai, mi mate y leeré bajo la sombra de un excelso ombú en el centro de la plaza para perros. Noche también es propietario. Conquistó solito su lugar. Pienso que Noche se aproximará y permanecerá a mi lado. — ¡Hola!, no me mires así. ¿Qué te pasa? ¿Trajiste comida? Solo galletitas. No me gustan. ¿Adónde dejaste el disfraz? — Él sabe estar en silencio. Es un buen anfitrión.

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— ¿Estás seguro que no muerde?
— Sí, doña. Quedese tranquila.
— Bueno, bueno. Mañana te traigo la plata. ¿Estás seguro, no?
— Se, se. Es corta. Ladra cuando lo bardea otro perro, si pinta algún cobani de la 16. ¿Uste´es del barrio, no?
— Si, ¿porqué?
—¿Conoce al viejo de Ceballos? 
— No, no. Eh, Mig...
— Seee. Ese vigilante que nos manda la trulla cuando estamos escabiando tranqui acá con los pibes...
— Bueno, quizás tuvo una mala experiencia con algún policía, pobrecito. No es nada.
— Es verda´. Ah también si pasa un chabón.
—...
— Uno de barba con mirada triste, uno nuevo. Anda con un pibito. ¿No lo vió? 
— No.
— Le pusimos Clark Kent. 
— No sé quién es.
— Uno que en la semana se hace el serio. Empilcha como esos periodistas de la televisión y los sábados juega a ser Superman con un pibito. Son iguales. Debe ser su hijo.
— Bueno, mañana te traigo el dinero. ¿Cómo se llama el perrito? ¿Qué nombre le pusiste?


¿Existe ese perro en lo íntimo de la plaza? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado?




17 de enero de 2018

MI FUENTE DE TREVI








El comentario de Dante Zavatarelli se apagó de golpe. Oí las voces de mis viejos con retumbos en el comedor. Los rostros de mis hermanas contorneados por el resplandor de unas velas encendidas es el único registro visual que retengo de una noche de domingo donde los cortes de luz nos tenían a maltraer. Habían pasado sólo unos minutos del comienzo de "Todos los goles".
El apagón nos dejó expuestos. Yo me quedé callado, con las manos entrecruzadas sobre la mesa larga del comedor. Me gustaba estar ahí como espectador en las tertulias de los grandes. Observaba. Aprendía. Además era una manera elegante de enmascarar el temor que me asaltaba al momento de ir a la pieza solo.
De a poco se acercó la parentela. Familiares que se alojaban en casa por tiempo indeterminado gracias a la excesiva dadivosidad de papá. La charla de esa noche fue de gabinete extendido: mi abuela, comadres, compadres, tías y tíos. Chismes intrascendentes mechados en castellano con un guaraní aporteñado y operaciones de vesícula que centralizaron el temario de la velada hasta que se acabó el vino.
La tía Isabel se encargó del postre: una nutrida ensalada de fruta conservada en la pileta de lona con un bloque de hielo rolito que ofició de heladera. La abuela Gregoria primero y el tío Juanqui después, cerraron el orden del día evocando al abuelo Julián. Sus idas y venidas por las calles de Fox de Iguazú como vendedores ambulantes de santos y estampitas; personajes de Resistencia y Fernando de la Mora detonados por la cirrosis; desencuentros en Curuzú y viajes enmarañados con mercadería de santerías de dudosa procedencia, para colocar en Comodoro y generar una oportunidad de negocios atada con alambre. Historias chiquitas relatadas a lo grande. 
Yo quería ver los goles. Está claro. Sin embargo, tengo la sensación que esa noche nació mi afición por encontrarme con personas que tengan apetito de escuchar y sobre todo de saber contar.
Eduardo Galeano decía que iba por los estadios de fútbol rogando una jugada hechicera, una chilena, un sombrero. Coincido con el gran escritor uruguayo. Yo no pierdo las esperanzas de trastabillar en una charla o leyendo un relato con un quiebre de cintura bochinesco que me sorprenda. Hallarse con lo inesperado es mejor que esperar lo imposible.

La primera vez que sentí algo inesperado en un estadio de fútbol fue el gol de media cancha de Walter Perazzo al Argentinos Juniors de Borghi y Batista. El gol de Perazzo es la fuente de Trevi de mi niñez. Hasta el árbitro le dió la mano. 
Mi ídolo máximo de San Lorenzo me introdujo en la literatura en el campo de juego de Atlanta e ideó una poesía fantástica en el círculo central. Una historia personificada por la pelota consolidando en la red los puntos suspensivos de una prosa y el clamor de la multitud azulgrana para concluir con una rima inmejorable en el arco de Vidallé.
Tuve la suerte de ir a la cancha ese domingo de diciembre de 1985. La falta de luz de aquella noche de tertulia no me permitió apreciar el gol por televisión. No era necesario, lo había visto en vivo junto a mi viejo y lo repasaría como cada martes en El Gráfico. El recuerdo de todo hombre es su literatura privada.




La Revista El Gráfico dio su adiós impreso de crónica, goles y leyenda…