17 de enero de 2018

MI FUENTE DE TREVI








El comentario de Dante Zavatarelli se apagó de golpe. Oí las voces de mis viejos con retumbos en el comedor. Los rostros de mis hermanas contorneados por el resplandor de unas velas encendidas es el único registro visual que retengo de una noche de domingo donde los cortes de luz nos tenían a maltraer. Habían pasado sólo unos minutos del comienzo de "Todos los goles".
El apagón nos dejó expuestos. Yo me quedé callado, con las manos entrecruzadas sobre la mesa larga del comedor. Me gustaba estar ahí como espectador en las tertulias de los grandes. Observaba. Aprendía. Además era una manera elegante de enmascarar el temor que me asaltaba al momento de ir a la pieza solo.
De a poco se acercó la parentela. Familiares que se alojaban en casa por tiempo indeterminado gracias a la excesiva dadivosidad de papá. La charla de esa noche fue de gabinete extendido: mi abuela, comadres, compadres, tías y tíos. Chismes intrascendentes mechados en castellano con un guaraní aporteñado y operaciones de vesícula que centralizaron el temario de la velada hasta que se acabó el vino.
La tía Isabel se encargó del postre: una nutrida ensalada de fruta conservada en la pileta de lona con un bloque de hielo rolito que ofició de heladera. La abuela Gregoria primero y el tío Juanqui después, cerraron el orden del día evocando al abuelo Julián. Sus idas y venidas por las calles de Fox de Iguazú como vendedores ambulantes de santos y estampitas; personajes de Resistencia y Fernando de la Mora detonados por la cirrosis; desencuentros en Curuzú y viajes enmarañados con mercadería de santerías de dudosa procedencia, para colocar en Comodoro y generar una oportunidad de negocios atada con alambre. Historias chiquitas relatadas a lo grande. 
Yo quería ver los goles. Sin embargo, tengo la sensación que esa noche nació mi afición por encontrarme con personas que tengan apetito de escuchar y sobre todo de saber contar.
Eduardo Galeano decía que iba por los estadios de fútbol rogando una jugada hechicera, una chilena, un sombrero. Coincido con el escritor uruguayo. Yo no pierdo las esperanzas de trastabillar en una charla o leyendo un relato con un quiebre de cintura bochinesco que me sorprenda. Hallarse con lo inesperado es mejor que esperar lo imposible.

La primera vez que sentí algo así, inesperado, en un estadio de fútbol fue el gol de media cancha de Walter Perazzo al Argentinos Juniors de Borghi y Batista. El gol de Perazzo es la fuente de Trevi de mi niñez. Hasta el árbitro le dió la mano. 
Mi ídolo máximo de San Lorenzo me introdujo en la literatura en el campo de juego de Atlanta e ideó una poesía fantástica en el círculo central. Una historia personificada por la pelota consolidando en la red los puntos suspensivos de una prosa y el clamor de la multitud azulgrana para concluir en el arco de Vidallé, una rima inmejorable. 
Tuve la suerte de ir a la cancha ese domingo de diciembre de 1985. La falta de luz de aquella noche de tertulia no me permitió apreciar el gol por televisión. No era necesario, lo había visto en vivo junto a mi viejo y lo repasaría como cada martes en El Gráfico. El recuerdo de todo hombre es su literatura privada.










Walter Osvaldo es Hijo de Alberto Orlando Perazzo, quien jugara en el año 1955 4 partidos con San Lorenzo, su destino futbolístico lo forjo en tierras Colombianas donde jugando para el Independiente Santa Fe fue campeon 1960 y goleador del fútbol de ese país (1961):





Fuente: https://sanlorenzojugadores.blogspot.com.ar/2007/03/walter-osvaldo-perazzo.html




16 de enero de 2018

BUEN VIAJE





—¿Es La Nueva Luna? — curioseó Fredy.
—Sí, amigo — respondí. Sin ponerse colorados tintina cumbia en el Paseo Aldrey.

El gordo Maxi, poeta de Jesse James, escribía: Música tropical mamamos en nuestra tierra matancera. Con cumbia recorrimos los pasajes de un viaje marginal. Con los timbales de base en el latir del pecho nos arrojamos a copar la Capital hasta que llegué el primer bondi que empalme con la General Paz.

En los ochenta oír cumbia era de grasa. De la noche a la mañana concluyó Badía y compañía y la música tropical tomó la posta de las tardes de sábado. Ricky Maravilla rodeado de figuras almorzaba con Mirta y Alcides cerraba Ritmo de la Noche entre papel picado y el tiragoma en el prime time dominical. Era una expresión menemista opuesta a la cumbia que hoy se extiende en los barrios bajos del conurbano.
Canciones pegadizas entonadas con letras elementales, ayunas de lo que acontecía ciertamente en las calles: desigualdad, pobreza, marginalidad. Una década más tarde a la industria le estalló en la mano un boom que no advirtieron con grupos emergentes de barrios periféricos: “Flor de piedra”, pioneros del género llamado cumbia villera, “Yerba brava”, “Meta guacha” y “Damas gratis” con una lírica en la trinchera que inició Omar Shane, como parte de un nuevo lunfardo. Las letras empezaron a ser más duras, crudas y a reflejar tópicos carcelarios y sexuales. A la cumbia villera le pasó lo mismo que al tango: la negaron y la ridiculizaron. Los boliches de la movida tropical ¡estallaban!

En unas semanas, Pablito Lescano y su banda "Damas gratis" compartirán escena en Lollapalloza, con Pearl Jam, Red Hot Chili Peppers y The Killers en un festival que en sus comienzos ofrecía bandas de rock alternativo, indie y punk rock.
Lo que ayer fue grasa hoy es cool, como el gamulán, las videocámaras vintage o los discos de vinilo que están volviendo a nuestras vidas. Seguro habrán sentido el viejo proverbio que habla del karma, ese ciclo vital en donde "Todo vuelve".

***
La moda efímera persiste como un barrilete en Necochea. La movida tropical no fue la excepción. Entra y sale de los espaces exclusifs hasta que a la máquina de picar carne no le cierren los números y los lance a la postergación. Sin embargo, La Nueva Luna, Antonio Rios y Gilda siguen vigentes y taconean en los parlantes de los barrios desheredados y de muchos artistas que desfilaron en los festivales más importante del mundo ya nadie se acuerda.
La evocación del pasacassettes con el cabecal tullido de mi Fiat Duna acapara mi repaso sensorial mientras suena La Nueva Luna en la música funcional de la ex terminal de ómnibus. Una camarera preciosa limpia la mesa con su franela rociada con Lysoform al tiempo que apoyo dos cervezas frías, acomodo mis cosas en una silla contigua y aprovecho para advertirla de pie a cabeza. Sirvo un vaso. El atardecer se asoma por el ventanal. Repiquetea «Ahora te vas» en el patio de comidas. Mis pies se independizan del cuerpo, clavan un espontáneo pasito tun tun y se sacuden (disimulados) debajo de la mesa. ¿Se copará a bailar la camarera? El shopping marplatense no tendrá el shuffle de Jesse James, pero es un bello modo de conmemorar los buenos tiempos al son de los timbales de La Nueva Luna. ¡Buen viaje, Chino!






12 de enero de 2018

MUCHOS MITOS





Caravana desde el Sur de la ciudad, doble combineta de colectivos para llegar hasta el centro como si los goles solo sumaran si tirábamos tres paredes antes de patear al arco.
Llegamos a Castro Barros 75 con dos bondis: el 80 y el 86. Caímos temprano para comprar las entradas anticipadas a ocho pesos. Al alcanzar la ventanilla se arrimó un muchacho grande. Grande para nosotros. Había más gente. Tres chicas de Hurlingham, unos vagos de Lanús y otro grupo de chabones bien vestidos que compraron y cruzaron para las vías. El tipo grande nos sonsacó de dónde veníamos y cuando salimos hacia la calle nos mangueó un trago.

— Somos de Lugano, ¿vo?
Esperó y prendió un cigarro. — De Hurlingham.
— ¡Hay unas minitas de tu barrio! — comenté buscando un celestino.
El tipo se quedó callado y taciturno como tratando de recordar algo. Le invitamos de nuestro Algarves corazón. Le entró con ganas, trabó una conversación, nos agradeció y se fue.

Hicimos tiempo en la vereda con las entradas anticipadas en mano. Llegó la hora del show. Ingresamos y a la hora se encendieron las luces del ring side de la Federación de Box. La banda abrió con un reggae instrumental. Sobre el escenario, parado frente al micrófono y mirando a un punto fijo reconocimos al hombre de la vereda, el tipo de Hurlingham.
Hasta ese momento las figuras de la música pop y de la escena del rock local eran posters de Pelo para mí. Escalaban sobre sus ropajes con lentejuelas, afeitados y bien maquillados.

— Mira, el chabón de hoy. ¡Es el cantante de Las Pelotas, bolo! — me dijo uno de los pibes. 

Iniciaron el concierto con «Muchos Mitos». Quedamos hechizados escuchando una música diferente, letárgica, que traía el aliento del mejor Sumo en el groove. Desde aquel recital, «Corderos en la Noche» fue uno de los cassettes que más escuché en ese año 1992 y me aventuro a decir uno de los discos que más oí en mi adolescencia.
No viajamos en el avión de regreso de Perón al país, ni bebimos una ginebra con Luca. Compartimos un Algarves corazón! y un minuto memorable con Alejandro Sokol. El Bocha. Tipo creíble, claro y llano. Sincero, arriba y abajo del escenario. Otro mito. Muchos, tantos, que ya perdí la cuenta.







24 de diciembre de 2017

MADURAR HACIA LA INFANCIA



«Hay quien cruza el bosque y sólo ve leña para el fuego» 
Leon Tolstoi





No voy a mentir, no tengo que mentir. Ya sé la verdad. Me lo dijo mi mamá cuando estaba en segundo. Mi papá se enojó porque mi mamá me lo dijo poquitos días antes de Navidad. "¿Qué te costaba esperar unos días?" En la carta de segundo te pedí que ellos no peleen. Quiero dos muñecos, dos porfa. Uno bueno y uno malo. Si me traes uno solo me aburro. No hay lucha. Yo quiero que mis muñecos peleen. Mi mamá y mi papá no, como te pedí en segundo. Ah, ¡Estoy contento, ya no pelean!
En el boletín traje seis sobresalientes. La seño y la directora me felicitaron. Mi mamá y mi papá también. Mi papá escribe historias. Yo le pregunté si te escribió. Me dijo que sí. "Mi primera carta fue a Papa Noel". Te pidió un playmobil y el muñeco de Han Solo. ¿Se lo trajiste? ¡ja!

No sé qué más era… Ah, lo vi llorar en el cine. ¿Eso te lo puedo contar? Ya sé que no existís pero, bueno, serías como un amigo invisible. O no, mejor se lo cuento al padre José. Me confesé con el padre. En cuarto tomo la comunión. Mejor te lo cuento a vos. Sí. Mi papá lloró. Poquito, era una gotita nomás.

Él no me vio me parece, estaba con los lentes. Fuimos a ver "El Último Jedi". Estuvo buenísima. ¡La mejor película del mundo! Papá compró para 3D con un solo pochoclo. Comió más que yo. ¡Le iba a decir!... Lo del pochoclo no... Me explicó. Siempre me explica lo de la plata. No tenía para comprar dos. Le iba a decir lo de la gotita pero... sonrió también. Fue cuando Luke lo vio a Archu. Le pregunté cuando se secaba las manos en el coso que sale vientito... Faltaba poco para que termine la peli y me dieron ganas de lo segundo...

— ¿Pa, porque lloraste?
— No lloré...
— Sí. Vi la gotita...
— Ah, sí, eh... Cuando Luke lo miro a...

— ¿Te puso triste?
— No, hijo. Feliz, me puso feliz… Vamos que termina...

                                                                                ***

Luke volteó hacia su izquierda en cámara lenta. Allí estaba Arturito. Firme, como los amigos que están en línea cuando tu mundo se derrumba. Procuré que Valentino no me viera, me tapé la cara pero no lo pude evitar. Fue como revivir un abrazo de Ortega Sánchez con Perazzo. Arturito no le regañó nada: Los años de ausencia, las distancias forzadas por la coyuntura galáctica, ni las contradicciones de la trama. ¡Claro! Además de ser un androide, es un amigo. 
Pude ver el centello en la expresión del segundo robot más entrañable de mi infancia (el primero es Mazinger Z) en la pantalla del Cinemark. Fue como un chisporroteo imperceptible en la luz de su proyector holográfico. La última vez que los vi juntos en una sala fue en 1983 en el ex cine Gran Lugano. Pasaron treinta y cuatro años, los mismos años que nuestro país conquistó la democracia. 

El domingo fui consciente que no estábamos viendo una película más. No eran los Minions, ni los Vengadores. Allí estábamos paralizados y atentos en nuestras butacas. Padre e hijo forjando nuestra historia. Una película en estado presente. Descubrí el trapicheo de mi percepción escena por escena. ¡Con lo que me cuesta armar un full!


                                                                                ***

Observaba a Kylo Ren, el hijo de Han Solo, malmirado por su performance en el episodio VII y repasé ¿cuántos años residí atravesado por el lado oscuro? ¿De la fuerza? ¡No!, de una pulsión hacia una melancolía que me inmovilizaba en el tiempo. Kylo Ren mató a Han Solo atravesándole su sable laser. Kylo es un niño herido. Creció con odio y allí reside su aparente poderío. Quise abrazarlo. ¡Estuve tan lindante a su actitud! ¿Cómo no entenderlo? 
Me acomodé en mi asiento y deduje que hoy estoy más cerca del tío macanudo que empuja a su sobrino a tomar vino con soda, guiña un ojo y sonríe exponiendo todas sus caries, que del niño lacerado, que perpetúa un reclamo en una repartición desprovista de mesa de entradas. Los tíos macanudos, especie en extinción, son como jedis mundanos que se esfumaron con los vecinos que pedían hielo, los parripollos y las canchas de paddle. A veces pienso que somos sobrinos huérfanos de tíos retirados de largas mesas y parloteos familiares que se apagaron poco a poco y se encienden en la luz del chat del flamante iPhone modelo guachoguaresneik.  

                                                                                ***

Salimos muy felices del cine. Valentino compuso al tun tun unas alocuciones de los más disparatadas mientras retornábamos a casa. Es muy gracioso escucharlo fantasear. Prefiere los personajes que no hablan, le gusta montar su propio guión y conjeturar que expresarían si el imaginara el argumento. A Valentino los coloquios de conflictos de poder le cansan, porque no los entiende. Como esa gente que no exige saber de buena tinta cómo está concebida la Coca Cola pero la saborea de todos modos. Valen se llevó los lentes negros. Simulando ser ciego, clavó una imitación de Yoda memorable. No sabía si retarlo por el robo o reírme por el acting.

                                                                               ***

Con la saga de Star Wars descubrí que el cine es genial para transportarse hasta otros universos. Lo mismo que lograron Jack London o Stevenson en el campo de la literatura. George Lucas, el hacedor de las guerras de las galaxias, trazó sus "veinte verdades" starwarianas. 
Luke, en el episodio VIII, aprovechó el cambio de conducción  y resolvió dejar de lado los dogmas. Se retiró a un templo Jedi emplazado en una isla en medio del océano. Una especie de puerta de hierro con vista al mar donde meditar, acertar con el sentido de la vida y esperar la muerte. Allí fue encontrado por Rey, una padawan con afán de redimir el tiempo perdido. Rey trató de convencerlo para que abandone la isla y vuelva al ruedo espadachín. Luke, en un arrojo de enajenación prendió fuego los libros sagrados. ¡Se pudrió el rancho! 

Mientras rasgueaba estas líneas recordé al Skywalker de "A New Hope", un granjero indeciso y considerado con su maestro Obi Wan tan disímil a este Luke, experimentado y decidido, que le reconoció a Yoda que en su puta vida leyó los libros de la Orden Jedi. Luke, en una alegoría maravillosa, pateó el tablero, desenvainó su espada laser para iluminar el pasado con la luz del presente y partió sin bombos y platillos. 

                                                                               ***

Por lo antes expuesto, en un arresto de monomanía, decidí cometer mi acto de indisciplina navideña e interferir la carta de mi hijo:
Estimado Papá Noel, creo que me he portado bien el último año. Usted dirá. 
Le solicito me consigne sólo una caja de fósforos y una cuota de audacia. Resolví cauterizar mis libros para poder asumir nuevas enseñanzas. Desaprender lo aprendido. Esquivar los agravios. Madurar hacia la infancia, como el título de las obras completas de Bruno Schulz. Mis libros reales no se asarán en la hoguera. Quédese tranquilo. Sólo arderán en la fogata las hojas residuales con mis cicatrices rancias para transmutar en una rosa de cobre. Es por ello, camarada Santa y extendiendo el patrón del maestro Skywalker, espero que escuche mi recado y ansío acertar ésta medianoche con la cajita de fósforos y un fajo de bravura junto al árbol de Navidad. No sé qué más era… Ya sé que no existe, me lo dijo mi madre cuando estaba en tercer grado pero bueno... ver es creer, pero sentir es estar seguro.

                                                                            ***


— ¿Pa, me puedo poner los lentes?
— No, Valen. Te va a hacer mal a los ojos.
— ¿No se puede ver la calle 3D? — me dijo riéndose.
— No, no… Si, se puede – pensé.
— ¿Con los lentes?
— Con otros lentes. Son unos que se forman en el ojo.
— ¿Cómo?
— Claro, se desarrollan con los años. Cuando cumplas cuarenta vas a ver la vida en 3D.
— ¡Dale, Pa! Decime la verdad.
— La verdad es esa. A ver ¿Qué es ver en 3D?
— No sé, como en el cine, eso.
— Es cuando ves alto, ancho y profundidad — dije gesticulando con los brazos — Yo solo veía alto y ancho…
— ¿Y qué es la profundidad?
— La profundidad es… es ir como Luke hasta una isla, lejos de todo y descubrir cuál es tu misión en la vida.
— ¡Dale! ¿Eso es la profundidad?
— Sí, algo así. Esa experiencia te ayuda a ver en 3D sin los lentes.
— ¿Y vos, fuiste a una isla, pa?
—  Sí…
— ¡Ufa! Porque no me llevaste? ¡Qué malo!
— Estuve en un lugar, pero no como el de la peli. Cerré los ojos, así, concentrado y fui a una montaña… Me la imaginé…
— Cuidad… — alcanzó a decir Valen y me tropecé con una baldosa floja.
—  … y te vi a vos, me vi a mí y pensé: ¿cuánto hace que no miro una película… quiero decir que miro y pienso sólo en la película y... nada más?
— …
— La respuesta fue hace treinta y cuatro años.
— Pero pa, es un montón. ¡Con los minions te reíste!
— Sí, es verdad.
—  Yo cuando miro una peli... miro, como pochoclos, tomo coca...
— Por eso fui a esas montañas, para volver a mirar como a los nueve años.
—  No entiendo.

Paramos un taxi en Puerto Madero.
—  Buenas noches. Hasta San Juan y Entre Ríos, por favor.
—  Pa, no entendí – insistió Valen.
—  Cuando fui a esas montañas, sentí paz y entendí que para ver en 3D, primero tenía que vivir mucho, vivir cosas quiero decir. Llegar a los cuarenta, tranqui, y volver a mirar con los ojos del niño de nueve... que fui.

El taxista abrió los ojos y me miró por el espejo — ¿Tiene cambio, muchacho? — me preguntó con inquietud.
—  Sí, tengo — respondí
—  No entendí nada, pa. Te quedabas en los nueve y listo — comentó mi hijo y el taxista largó una carcajada — ¿tenés plata?, ¿me compras una coca? — pidió Valen mientras descendíamos del taxi y se calzaba sus lentes 3D.
— ¡Muchacho, muchacho!
— Si…
— ¿Ésta caja de fósforos es suya?
Tomé la caja, la observé dos segundos y le retribuí el gesto de gratitud con una guiñada de ojo al tiempo que le acomodaba la capucha a Valen. En ese instante, mientras el auto se retiraba, pensé que posiblemente los tíos macanudos no se extinguieron del todo, vagan por una galaxia cosmopolita montados en trineos mágicos con una proclama en su delantera que reza: Libre.



23 de diciembre de 2017

MANUAL DE PERDEDORES 23-12-17





ULTIMO PROGRAMA DEL CICLO
Solo palabras de agradecimiento, a toda la famila Zoe, a todos los escritores que nos han visitado e ilustrado con sus miradas siempre tan personales. También agradecer especialmente a Patricio Fazio por abrirnos las puertas de la radio y decirnos “chicos, me encanta la idea, para adelante”, así fue como durante 16 meses consecutivos vinimos cada sábado a hacer lo que más nos gusta de la mano de Maxi Besana en la operación técnica que hace que todo salga redondito al aire.
Esperamos que el 2018 traiga consigo una sociedad más equilibrada y más igual. Ese es nuestro deseo para éstas fiestas... ¡Salud!


Podes escuchar el programa 63 haciendo click ACA



22 de diciembre de 2017

EL ÚLTIMO CHUTE




La llamé a casa como todas las navidades (ella no se hubiese habituado a un teléfono móvil). Atendió la misma voz carrasposa de todos los diciembres. Esta vez, me expuso que conocía a alguien que podía ayudarme. ¿A mí? ¿Quién se cree que es?
La llamé como todas las navidades con #31# para que no sepa de donde llamo. Ya voy, ya voy. La llamé como todas las navidades porque… La voz de esa mujer usurpó la línea. Hace nueve años que atiende un teléfono que no es suyo. Debería haber una ley que impida utilizar un número que fue de otra persona. Es como si alguien de más o menos mí edad y mis rasgos físicos resulte el dueño de mi número de DNI.

La llamé porque lo paladeo segundo a segundo, hasta que llega el "ya le dije que aquí no vive ninguna..." porque hay un hálito, como el soplo precedente a otro ataque, el temblequeo, ese fárrago de placer y dolor, donde imagino que me ella me dirá: “Hola hijo, ya te voy a buscar”
La llamé porque de repeticiones vivimos, de repeticiones están concebidas las películas con fotogramas obedientes y mínimamente disímiles que al montarlos dan la idea de movimiento. Hace años que soy como esas representaciones incrustas, dopado, inanimado, fuera de foco. Soy sólo una idea de movimiento. Quiero arrojarme al siguiente fotograma pero la editora es muy celosa de su obra; censura mi propio film, mi propio largo (corto) metraje con una tijeringa en la mano. Es como mi propia Miguel Paulino Tato convertida en Super Saiyan Dios con guardapolvo celeste.

La llamé porque sé que nada transcendental puede pasar hablando por teléfono. ¿Qué tiene de malo que tintinee una campanilla? Salvo una llamada en el alba que comunica el peor desenlace. El resto de las cosas suceden al cortar.
La llamé porque sé que ya no responderá. La llamé porque hoy fue la última navidad en marcar 6225790. Voy extrañar esperar. Esperar es lo único que me queda. Espero, sólo espero. Voy a sepultar los números en el patiecito del taller. A ver si alguno me lo roba. ¡Que se vayan al carajo, che! Voy a despedir mi número de siete cifras. El finado Bernabé quería más a sus números que a la mayoría de las personas. “La decena del veinte es la más salidora, boludo. La quiero, boludo. Me compré cinco autos”. La llamé porque es el único número que recuerdo y exteriorizo cuando me piden una cifra de siete dígitos.
La llamé porque la característica 622 era de Villa Celina, y allí convivíamos los seres más trastornados y hermosos de La Matanza (avanza). La llamé porque al marcar (si marcar, así decíamos, ¡que me miras! Y decíamos tubo también, gil de goma) el 622, mientras el disco del teléfono giraba pesadamente, ¡Ay, qué primor! pensaba en Rosalía, en su voz al atenderme. Ella era la única que me tenía en cuenta.

La llamé porque los ocho segundos (los conté, si lo hago más rápido serán siete y el cosmos maniobrará a mi favor) que tardo en tocar los numeritos en el celular que encontré en el patiecito del taller son maravillosos. Es como el último chute, el pico que se pegó Séneca cuando dijo que es más deseable una hermosa muerte que una larga vida. La daga ya no tiene filo, rebota en mi piel curtida, cubierta de la mierda de este lugar, de los golpes, del barro de la General Paz, del off y de teléfonos que suenan en habitaciones vacías. La llamé porque quiero decirle algo en secreto (quiero ir adonde vos estas) Tengo el atajo hacia ella en la tijeringa de la Tato. La llamé porque si yo no hiciera al menos una locura por año, me volvería loco.






16 de diciembre de 2017

MANUAL DE PERDEDORES 16-12-17


FM 107.1 


Abrimos el penúltimo programa de este ciclo con un relato sobre Mar del Plata, el hombre araña y el trencito de la Plaza Colón. En Literatura de todas formas hablamos de «Un Renault 12 de otro planeta» de Sánchez Mariano. Una hábil y fresca nouvelle, una habitación de doble entrada, a la cual se puede ingresar tanto por el absurdo como por el costumbrismo de un pequeño pueblo del interior. Nos visitó la poeta, profesora y licenciada en Letras Cecilia Maugeri. Nos contó sobre su taller de escritura, técnicas y de sus libros “Malapalabra” “El Visitante/The visitor”, “Caballos” además de la antología publicada por Textos Intrusos «La máscaras de la crueldad» coordinada por Cecilia que se presentará hoy en Tano Cabrón - Teatro & Bar. En un programa colmado de automóviles sellamos con el recuerdo de Chuck Berry a propósito de los fierros y el rock and roll con “Jaguar and Thunderbird”



PODES ESCUCHAR EL CAPITULO 62