27 de marzo de 2011

MAGIA Y PERDIDA










En las primeras vacaciones de invierno donde adquirimos la video casetera hice uso y abuso del nuevo chiche. Yo había visto una en Paraguay, a mediados de los ochenta, para reproducir en formato Beta. Esos cassettes morrocotudos que duplicaban el tamaño de los VHS.
Rafa fue el primero en comprar una video. Vivía en el pasaje Púan también, justo enfrente de casa y tenía una reproductora. Generoso como pocos, nos invitaba los sábados a comer pizza y mirar películas.
Una noche mi viejo llegó de su laburo con una videograbadora dentro de una caja de Fravega. El mejor regalo que podía hacernos. A diferencia de la reproductora de Rafa podías salir, dejarla programada con el televisor encendido y grababa sola. Ver tu serie favorita al horario que quisieras, ¡era ciencia ficción! Un lujo para la época.
La evocación me lleva hasta el centro comercial del barrio: “El mercado”, donde llevamos algún que otro impuesto municipal y nos hicimos socios del único video club que había, Victory. Se alquilaban las películas de a dos. La primera que vimos en familia fue Mujer Bonita. Mi hermana, la negra, se paró y fue hasta el baño. Tomé el control remoto, puse pausa y me sentí un semidiós. El film se detuvo con la cara de Richard Gere en primer plano, esperando que yo le devuelva el movimiento con sólo apretar un botón.

Luego de un período de alquiler compulsivo la novedad mermo. A mi gusto cinematográfico inicial le siguieron muchas películas de acción: Van Damme, Steven Seagal, Schwarzenegger –lo busqué en google para escribirlo bien. Empachado de ver patadas, tomas y el mismo guión una y otra vez; una tarde fui hasta el video buscando algo distinto para ver y observé en la repisa de estrenos la caja de un vhs con la cara de Val Kilmer en la portada. Decidí alquilarla. Era la película sobre la historia de The Doors. El guión pone el acento en la vida de su cantante, Jim Morrison. La alquilé, la vi y mi vida no fue la misma. La banda de sonido me pareció sublime. Había canciones que me gustaron más que otras, pero hubo una que me atrapó. Esto fue en el año 1991, en pleno apogeo del tecno y de la cumbia. Esa canción me resultó familiar, atemporal, te trasladaba. Sonaba de fondo en un ambiente hipnótico, casi aletargado. Una escena donde la cámara se movía, como si la intención del director fuera a dopar al espectador. Yo estaba sentado en una silla colocada en la cocina de mi casa. Imagino que en el cine... el efecto habrá sido otro.
 
Oliver Stone hizo una muy buena lectura de cómo musicalizar esa escena. Se trataba de una fiesta con músicos, artistas plásticos, actores y groupies. Podríamos decir, una típica festichola de los sesenta. Cuando accedí al cassette con la banda de sonido de la película, descubrí que aquella canción no era de The Doors. El tema: Heroin. La banda: Velvet Underground. Ahí comenzó mi romance con el mundo Lou Reed.
Gracias a este descubrimiento, unos años después, con la obra de Reed bien manyada, pude volver a deleitarme en el cine con Trainspotting (1997). Una vez más, Lou Reed musicaliza una gran escena. Ésta vez con el tema Perfect Day.

Lou Reed no es un gran cantante. Su voz suena a bourbon y cigarrillos negros. Una analogía con el tango (ahora que estoy más cerca de Tinta Roja que de Brown Sugar) es el de Roberto Goyeneche. En sus primeras grabaciones con Salgán y con Troilo el polaco fue un correcto cantor de tango. En cambio en su etapa de las presentaciones con Piazzolla en el Teatro Regina (en el albor de los ochenta) interpretó como pocos los viejos clásicos con su impronta, su fraseo. La voz del polaco se apagaba pero encontró un estilo que tiene, a mi entender, dos etapas bien marcadas. Yo prefiero la segunda, donde la interpretación es lo que cuenta. Goyeneche, al final de su carrera, se corrió del biotipo acartonado del cantor que hace de la técnica su fuerte.
Vuelvo a Lou Reed. Creo que su forma de cantar es única, cero apariencia. Salió del cliché de las canciones de tres minutos con intro-puente-estribillo. Sus temas eran extendidos y épicos. Nos describió la idiosincrasia de los barrios de Long Island como nadie. Caminó por el lado salvaje y sigue vivito y coleando. Como en el Gran Rex, como siempre.
Lou Reed es uno de los artistas más influyentes de la segunda mitad del siglo pasado. Junto con Bowie y Marc Bolan fueron los fundadores del glam rock. Movida de la que comieron muchos artistas de los setenta. Me pregunto ¿Qué sería de Kiss, Alice Cooper, Iggy Pop sin el glam?

Lou Reed influenció a muchos músicos de nuestro país. Uno puede escuchar su riff característico en canciones como Nada es mejor de La Portuaria, Down de Guasones, Calavera de La Mancha de Rolando por dar algunos ejemplos.
Juanse, cantante de los Ratones Paranoicos, copiaba el look de Lou Reed (circa 1974) a fines de los ochenta: ropa de cuero, teñido de pelirrojo y lentes Ray Ban.
Sumo solía tocar en vivo un tema del neoyorkino: Leave Me Alone (Dejame en paz). Luca admiraba a Lou Reed. Trajo sus discos bajo el brazo al llegar al país, brazos que supieron de la adicción a la heroína.

A fines de los sesenta (mientras Litto Nebbia y compañía construían su balsa) Lou Reed sumido en su adicción le escribió a su dealer I´́m waiting for the man. Disolvió la Velvet en su mejor momento y se fue a Europa. Se instaló en Berlín y nunca fue el mismo. Se reinventó y lanzó al mercado uno de sus mejores discos: Transformer. Como la banda de punk rock "2 minutos" con su disco Valentín Alsina, Lou Reed tituló a su producción de 1989 : "New York". Su ciudad, la gran manzana, la ciudad más cosmopolita del mundo, repleta de galerías de arte, de museos, de artistas, de rascacielos, de homeless... de crack. Lou Reed pintó su aldea y conmovió al mundo.

Mi primer encuentro con Lou Reed fue en aquel video club Victory de Barrio Sarmiento, donde a través de una película descubrí su arte, sus letras y más tarde "Magic and Loss". Un disco que me acompaño en la soledad de mi habitación, en el desamparo de la adolescencia. Años después, en una noche de frío del invierno marplatense, uno de mis compañeros de ruta (mientras pedaleábamos para ir a pescar y hablábamos de música) me preguntó: 
“¿Conoces ese disco de Lou Reed, magia y pérdida?”... fue extraño. No recuerdo cual fue mi respuesta. Franco me asombró, una luz blanca me encandiló. La 39* se convirtió en la 5ta avenida. El Faro en la estatua de la libertad. Respiré profundo, sentí que ya no estaba solo. Nadie aprende, nadie aspira, nadie enseña a soportar la soledad. A mí me enseño Lou Reed, sus letras, su poesía y su canción.



 

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* Avenida Fortunato de la Plaza ( Mar del Plata)