13 de octubre de 2011

GERMANCITO *







ILUSTRACIÓN EN TINTA NEGRA Y ENMASCARADOR . 2003
La realicé para una publicación de la JTGA ( Juventud Territorial Germán Abdala ) 
a 10 años de su muerte 



Una anécdota que pinta a Germán de cuerpo entero: en una vieja edición de Tiempo Nuevo (Canal 13) allá por noviembre de 1986, un pujante dirigente sindical de 31 años, lector de John William Cooke y Arturo Jauretche, se atreve a enfrentar de visitante a dos tenaces defensores mediáticos del neo laissez-faire.
Germán Abdala, un hombre valiente que en épocas de traiciones y zigzagueos dijo lo que pensaba, esa noche trataba de explicarles a Mariano Grondona y Bernardo Neustadt, las inconveniencias de un liberalismo salvaje en ascuas; un modelo que, de aplicarse, terminaría desactivando lo poco que quedaba de Estado benefactor, con todos los problemas sociales imaginables. Pero parece estar enfrentado a dos paredes de saco y corbata.
"Mire, Abdala -le responde Grondona-, la posición suya corresponde a otra época."
Resultaría enormemente democratizador poder enfrentarlos nuevamente hoy, 25 años después, luego del fracaso rotundo de aquel modelo que tuvo en Grondona y Neustadt a dos históricos apologistas y que el dirigente de ATE, muerto en julio de 1993, denunció cuando y donde había que hacerlo.
Murió siendo diputado y con un cáncer que arrastraba y lo tumbaba de dolor, el Turco Abdala, raro ejemplo de coherencia, vivió, sufrió y murió como hablaba, dijo lo que pensaba y vivió en consecuencia.


* En los ‘70 se hizo militante peronista como don Manzur Abdala, su viejo, que siempre le decía “leé, Germancito, leé”

7 de octubre de 2011

SOLTAR






Soltar es madurar dicen los gurús de los libros de autoayuda. Debo revelar que coincido con éste concepto.
Luego de leer "Perlitas del pasado" de un blog amigo escrito por la Licenciada Silvia Carbajal recordé mi última mudanza donde tomé la decisión de tirar algo más de trescientos cassettes de audio y unos cuarenta de video.
Me quedé con unos pocos a modo de souvenir y puedo afirmar que fue doloroso, en cada cinta se iba una anécdota, una historia, una vivencia además de una melodía.
Sin mucho brío podría recordar quién fue la persona que me grabó cada uno de ellos, la imagen de un viaje en tren de una punta a la otra de la ciudad en busca de un nuevo disco.
Grabaciones de programas de radio también fueron parte del lote: La venganza será terrible, Piso 93, Hora 25 o Guardias a mí, perlitas de set acústicos (mucho antes de la era MTV unplugged) entrevistas, separadores, el partido completo de San Lorenzo con Central el día que nos consagramos campeones después de veintiún años, discos piratas de shows en vivo en Obras, Arlequines, Die Schule o Arpegios conseguidos en múltiples esferas como La cueva de la galería de Lugano, la Bond Street de Avenida Santa Fé o John Lennon en la peatonal San Martín.
Recordaba además el tiempo dedicado a cada uno de ellos. La diagramación de la tapa de un disco grabado tiene su valor agregado. Conseguir una foto del artista en cuestión, sacar una fotocopia blanco y negro o color - según el presupuesto-, la letra lo más prolija posible en el parte interna de la tapa, el detalle de los temas, duración, minutos, dos puntos, segundos, compositores y en algunos casos la ficha técnica con datos como músicos invitados, entre otras cosas. Viéndolo en perspectiva el hobby era algo obsesivo.
En la mayoría de los cassettes hice uso de la escritura manuscrita. Es allí donde se puede visualizar como varié mi forma de escribir con el paso de los años, en el grafismo pude ver la entrega y el valor que tenían esos discos para mí.
Podría ratificar que fue la génesis de mis primeros diseños y porque no la vocación de musicalizador en el armado de cada compilado.
En rigor de verdad, no fue nada fácil ver todos esos años de material dentro de una bolsa de consorcio.
Luego de la música le llegó el turno a los apuntes de la carrera. Durante años pensé: “los guardo porque alguna vez voy a volver a leerlos”, debo confesar que ese día nunca llegó, pasó más de una década y ahí estaban, amarillentos, con polvo y algunos casos hasta ininteligibles.
Concluí la tarea con una pila de papel condensada a un costado del living. Me llevó toda una tarde de domingo, afuera lloviznaba lo que le daba un tempero homérico al asunto. Mientras tanto, mi vieja ideaba un nuevo juego con Julián y la pava posada por enésima vez en la hornalla avivaba el agua para unos mates: la changuita de prescribir parte de mi pasado llevó más de la cuenta.
Separé y seleccioné entre diez y quince hojas de decenas de esbozos, croquis y bocetos. Kilos de papel que en cada mudanza es lo que más pesa junto a los libros. Abrí de a una las bolsas de consorcio y quedó todo listo para tirar.
El distrito donde moraban esas cajas fue reemplazado raudamente por cajas de juguetes y cuentos infantiles.
No quiero finalizar con la metáfora fácil que radica en pensar que desprenderse de los objetos del pasado son un signo de madurez pero algo de eso hay. A mí me llevó su tiempo encausar el duelo del desprendimiento, nadie puede acelerar ese proceso tan personal o interponerse el proceso de otra persona, es como poner las manos en el plato de un perro famélico. Las consecuencias de mínima son una mordedura... ¡de mínima!
Todo tiene su etapa y alguna vez tuvo que llegar esa tarde, donde todo ese material se funda entre bolsas de residuos y sean parte de la carga de un cartonero que transitaba por la puerta de mi edificio y ese domingo consiguió una cantidad de papel, que en el pesaje final sumaría unos mangos más para llevar a su casa.
Soltar, de eso se trata ¿no? Para darle la salutación a nuevos soportes que son parte de nuestro presente, que en algunos casos no sojuzgan espacio físico como éste canal de comunicación que son los blogs, las páginas web, los mp3, películas apachurradas en un archivo, cuerpos que forman parte de nuestro escritorio virtual.
Por lo pronto apuesto a no perder lo esencial: la pasión que me llevó a los trece años a emprender una colección de revistas, discos, recortes de diarios, grabaciones de programas radiales, que en definitiva no son otra cosa que el placer de leer, de escribir, de escuchar. Algo que trasciende a los siglos más allá de los avances tecnológicos porque lo que una vez disfrutamos, nunca lo perdemos. Todo lo que amamos profundamente se convierte en parte de nosotros mismos.