31 de mayo de 2013

GANCIA Y LIMON




Como todos los martes llegué a terapia resuelto a hablar de mis miedos y mis fobias. Pero una vez más, me afirmé en el traje del hombre palabrero que soslaya hablar de sí mismo. Discurrí sobre otros temas menores hasta clausurar la sesión.
Al salir, fui al bar donde paro desde hace muchos años. Me topé con un amigo, el Chino.
-¿Cómo andas, Chinito?
-Todo bien, ¿Qué te voy a decir? La calle está dura, viajes cortos, no hay un mango. El metrobus y los cambios de mano me tienen podrido. ¿Y vos?
-Vengo de terapia.
-¿De terapia?
- Si
¿Andas loquito?
- No, pa´.
- ¿Y qué onda?
- Y depende loco, depende de la terapeuta y depende de lo que estés dispuesto a contar.
- Garpar para que te escuchen- pensó el Chino en voz alta.
- Algo así.
-¡Qué loco! Che, tengo una duda sobre éste tema.
- A ver.
-¿Es cierto que si contás un sueño los tipos lo analizan y te dicen qué soñaste en realidad?
- Noo, bueno, sii… Algo así. ¡No sólo de sueños se puede hablar en terapia, Chino!
En ese momento se acercó Antonio hasta nuestra mesa.
-¿Qué dicen? ¿Qué van a tomar?
-Un cortado en jarrito para mí- respondió mi amigo.
- Para mí Coca Zero Antonio, no tan fría.
-¿Qué te andás cuidando, gordito?
- Y sí, Antonio. Se viene el verano, me voy a Punta Terra y hay que estar en forma.
-¿Dónde carajo queda eso?
-¿No conoces Punta Terra? Venite a casa y te la muestro. ¡Punta Terraza! Tengo parrilla y pelopincho, ja.
Antonio se quedó parado al lado nuestro, quería meter un bocadillo pero no se animó. Me pareció que había escuchado la parte final de la conversación y quería acotar algo.
-¿Qué pasa, Antonito? – le preguntó el Chino.
-No, es que mi pibe va a la psicóloga también ¿viste? Hace una semana tuvo una pesadilla.
- ¿Qué soñó?
- Se despertó espantado y vino a la pieza. Eran como las cuatro de la matina. Había bajado la temperatura. Un frío de cagarse y mi pibe estaba sin remera. Cerré la ventana de la cocina, lo cubrí con una manta. Le serví un vaso de agua y nos sentamos a hablar. Está en una edad difícil y es importante escucharlo ¿viste? Yo estoy todo el día acá y a veces me gustaría estar más tiempo con él.
Antonio se extendió en el relato, cuando arranca no para más. Se aproximó al mostrador. Habló con uno de los mozos y regresó a la mesa. No había clientes a quien atender.
Bueno- reanudó. Parece ser que en lo de la mina esta, la psicóloga, habló de un sueño que tuvo y no puede sacárselo de la cabeza.
En ese momento ingresó una pareja al bar. Antonio se explayó con su anécdota sin importarle demasiado si entraban o no clientes. La mujer, que había ingresado como tirando al hombre, luego de una espera de unos diez minutos reprendió a Antonio.
-Mozo, si no nos atiende enseguida nos vamos.
El hombre la tomó de la mano. La mujer insistió: - Soltame Ernesto ¿Estoy diciendo algo malo acaso? Hay otro bar enfrente ¡Dale, vamos!
El hombre, bastante mayor que ella, asintió con la cabeza y agregó:
-Para hablar con sus amigos, mozo, podría esperar a salir ¿no le parece?
Antonio atiende sólo las mesas de los amigos. Es el dueño del bar. No le dió importancia a la pareja. No iba a ser más pobre ni más rico por esos dos cajetillas. Retornó al mostrador y trajo nuestro pedido. Nos dejó solos, estuvo bien.
El Chino tomó el cortado. Yo me serví medio vaso de Coca. Prendí un pucho y mi amigo miró al techo. Sus ojos quedaron fijos en un punto, como quien busca algo en las paredes. Repasó lo que había en la mesa de derecha a izquierda. Dos paquetes de cigarrillos, un encendedor y los celulares. Contuvo la mirada en el cenicero y me dijo:
- Yo nunca fui a terapia ¿sabés? Pero una vez tuve un sueño. Era de un tipo que miraba a la pared, una pared de ladrillos sin revocar. Había saltado un cerco y pisaba el césped, en la pared había una ventana muy estrecha en forma triangular, una pared, una par… Déjalo así, gordo, es una gilada.
- No, no, dale, ¡ahora me contás!
El Chino me reveló que soñaba muy a menudo con una imagen repetida. Con el tiempo concluyó que se trataba de un cuadro con el retrato de un hombre de espaldas vestido de traje y sombrero. Si bien el Chino nunca tuvo acceso a una formación académica, la calle y sus años de tachero le dieron cierto sentido común y algo de respeto por los libros.
Luego de narrar los detalles de esa imagen frecuentada en sus sueños, concluyó:
-¿Te soy sincero? Yo no logré descifrar de qué se trataba ese cuadro, gordo. Hasta que una noche, en esta misma mesa, le pedí a Antonio un Gancia puro, tenía ganas de escabiar.
Al tercer trago ya estaba algo mareado. Antonio me pidió que dejara de tomar, que el control de alcoholemia estaba a unas cuadras y además iba a cerrar, pero no le di bola. Se sentó ahí mismo donde estás vos y me escuchó con mucha atención.
Al terminar de contarle todo sentí inhibición por un lado y consuelo por otro. Recuerdo sus palabras como si fuera hoy:
-¡Chino, Chino!- me dijo Antonio - Te conozco de pibito. Viste que en los sueños a veces están la respuestas ¿entendés? Hace rato que te veo apagado. Dejate de embromar. Mirá para adelante, si el tipo de la pintura esa que decís está de espaldas, sería bueno que vos le pongas el pecho a tu vida. Tu mujer ya no está. ¡Esa una enfermedad de mierda! La puta que lo parió. Te arrebata la gente querida así. Por la espalda ¡cobarde! ¿Qué le vamo´a hacer? Mira, capaz está mejor que nosotros ahora... Andá… andá… andá y comete la calle Chinito. Vos sos un crack.
- Antonio me contó- continuó el Chino- cómo afrontó su viudez y cómo se hizo cargo de cinco pibes. ¿No sé qué pasó, gordo? Pero desde esa noche no soñé más con el cuadro. ¿Viste cómo es? Los cabeza e´ termo como yo, no aprendemos por la lógica, sino por las malas experiencias.
Salí del bar con la sensación de haber aprendido algo. Desde esa noche ya no tomo Coca Zero. Volví a las picadas y el vermú de los domingos con Gancia y limón. Cancelé el turno con la nutricionista. Unos kilos de más no son la muerte de nadie. En definitiva comer bien es un placer y a la panza ya la miro con cariño. El martes siguiente llegue a sesión dispuesto a hablar de mí. Inicié mi narración por un sueño litigante, después de todo desprenderse de una realidad no es nada: lo heroico es desprenderse de un sueño.
   




Fotografía: Sergio Geller 





18 de mayo de 2013

TRAICIÓN






Subí al colectivo. La línea 101 a las once de la noche circula con pocos pasajeros. Sobre todo el lunes. Busqué en mi bolsillo la tarjeta Sube pero no la encontré. El colectivero creyó que lo iba a manguear.
Mientras buscaba en mi mochila escucho la voz del chofer: -¡Ey flaco! ¿Hasta dónde vas?
-Hasta San Cristóbal- contesté.
- Son $ 2,35- me dijo con mala onda y arrancó de golpe.
- ¡Aguantá que no encuentro la tarjeta campeón!
Hicimos un par de cuadras y llegamos a avenida Cruz. Un grupo de pibas y pibes pararon el colectivo. Salían de laburar en Jumbo. Encontré mi billetera y pude sacar el boleto. Fui hasta el fondo y me encontré con un amigo de la infancia.
-¡Qué hacés, Jujuanchiii!, ¿taannnto tiempo loco noo?- balbuceó.
El Flaco Orly estaba en pedo. Le di la mano y le respondí: ¡Flaco!, ¿Qué hacés, locura? ¿Y eso?
-¿Qué cosssa? ¿Esto? No diga´nada, hace mucho, hace mucho que no nos vemosss. Mi vida no fue, mi vida no fue fácil. Ando choreaaannndo.
Lo miré, vi su estado y con algo de lástima que no pude disimular le pregunté: - ¿Te parece, Flaco? ¿Para qué? ¿Y tus viejos que dicen?
El Flaco me miró con tristeza y me confesó:- No me haaablann loco, no diga´ nada, me encamé con mi cuñada y se pudrió el rancho ¿tendesss?
Comprendí en ese instante que era un tema recurrente cada vez que se escabiaba.
-¡Dale, Orly! -le dije. ¿Por qué no te bajás, vas a tu casa, te das un baño y te dejás de joder, loco?
-¿Qué, me vasss a dar con… Consejos vos tambiénn?- expresó Orly alzando la voz.
- No, amigo, pero estás en pedo y podés hacer cagada con eso- y eché un vistazo hacia la cintura donde tenía el fierro.
- ¡Salí de acá, barrilete!, ¿qué que te paaasa ortiva?- apuntó el Flaco con voz firme y me tiró una mano.
El colectivero miraba por el espejo. Al escuchar que la discusión era cada vez más enérgica decidió intervenir.
-Ey, muchachos, ¿qué pasa ahí?
-¡Qué salta´ botón! - le respondió el Flaco. Yo trataba de tranquilizarlo, pero no había forma. El colectivero detuvo el bondi, sacó un palo que estaba debajo de su asiento y se nos vino al humo.
Traté de persuadirlo pero estaba encarnizado con mi amigo de la infancia. Uno de los chicos que subió en Jumbo sacó su blackberry y llamó a la policía. Asimismo yo busqué mi celular para llamar y en ese instante recordé que el Flaco estaba enfierrado. Las manos me temblaban. De los nervios se me cayó el móvil por la escalera donde descienden los pasajeros. En ese momento se escuchó un disparo y todos bajaron. Lo último que me acuerdo es que vi el palo del bondiero que iba de un lado para otro y me calzó en el medio de la frente.
En síntesis: El Flaco venía de una salidera, tenía dos causas abiertas. Antes de tomarme las declaraciones me llevaron a la enfermería. Con la venda en la cabeza y todavía ofuscado por los hechos me sometieron a un interrogatorio.
- ¿De dónde venían, muchacho´? ¿Dónde dejaron el auto robado?
Yo no entendía nada. Hice un silencio y volvieron las preguntas.
-¿Cuál es su vínculo con el Señor Orlando Ruiz Díaz?- insistió el policía.
¡El Flaco Orly!, pensé mientras trataba de abrir los ojos encandilados por el tubo fluorescente. ¡Pobre chabón! Estaba hasta las manos. Pero si decía la verdad me dejarían ir a casa.
El Flaco es mi amigo de la infancia, se crió conmigo, hace veinte años que no lo veía. Compartimos muchas cosas. Antes de responder al oficial recordé todo lo vivido con él: el fútbol, los carnavales, Interama… Jugamos juntos en el mismo equipo en los campeonatos Evita, atajaba el Flaco, ¡cómo olvidarse de esos partidos!
-Muchacho´ ¡no tenemo´ todo el día! ¿Cuál es su vínculo con Ruiz Díaz?
- No lo conozco, oficial - respondí. Tartamudeaba y tenía la boca seca. - Quiso robarme -continúe- traté de defenderme, oficial, y me pegó con un palo en la cabeza- así finiquité mi relato.
Salí minutos después de las doce de la noche de la taquería, habían pasado menos de una hora y cuarto desde que subí al 101, sin embargo me pareció un siglo. Al Flaco lo trasladaron a la Unidad Carcelaria 43 de González Catán. El colectivero al conocer mi declaración, ratificó mis dichos y se fue a su casa. 
Llegué al hotel a la una de la mañana, no tenía hambre. Tomé dos vasos de agua y me acosté sin sacarme la ropa. Al día siguiente me levanté y limpié mi herida. Dejé la pieza a las ocho y cinco de la mañana. No podía quedarme un minuto más ahí. Era muy factible que “la banda” del Flaco Orly supiera mi paradero.





La decepción, y la traición causan el mismo dolor










4 de mayo de 2013

PLAZA COLÓN




video 
Texto leído en Paranormales, programa emitido
todos los jueves de 0 a 2 hs en Radio Gráfica 89.3 Mhz





En un país que amaba ya estará anocheciendo. Todavía recuerdo la noche del 15 abril de 1976 en que tomé el vuelo a Madrid, dejando atrás una vida que ya no sentía como propia. Sólo quedaban los recuerdos, algunos libros y dos fotografías que pude conservar: una junto a mis abuelos que me criaron con tanto cariño y otra de mi madre, a quien casi no conocí.
Estuve radicado treinta y ocho años en España. Trabajé en una editorial importante hasta mi jubilación. Luego llego la inactividad y cuando todo parecía que rebasarían los días de deleitarnos en las mañanas y dormir la siesta, la crisis económica primero y la viudez después, instaron mi regreso. Hace unos meses volví a Mar del Plata.
Mis días aquí se repiten como si fueran siempre el mismo, la rutina prevalece en cada hora. Visito a dos de mis mejores amigos que todavía viven. Recorro todas las disquerías y librerías del centro y me entrego a largas caminatas desde el Torreón hasta el Puerto.
A la vuelta, paro en la confitería Boston de la costa. Tomo un cortado en jarrito, con dos medialunas de manteca (es lo único dulce que mi diabetes me permite comer). Leo el diario La Capital completo con sus suplementos incluso. Agoto todos los recursos de los primeros tiempos de adaptación. Todavía tengo unos ahorros en euros y con la jubilación y la pensión me alcanza para el día a día.
Compré un juego de cubiertos, un acolchado y una jaulita. Tengo ganas de comprar un canario, es una compañía para un hombre de mi edad. Después de las cinco, escucho en la radio portátil de Amadeo el sorteo de la quiniela y acostumbro ir a la plaza Colón y sentarme a mirar el carrusel, ese carrusel al que alguna vez fui con mi madre. Es el único recuerdo que tengo de ella. Ese rincón natal de mi melancolía, ese cilindro inmenso que gira y gira y la esperanza de que en alguna vuelta pueda reencontrarme con la gente querida que ya no está.
El calesitero me mira, al principio pensé que le molestaba mi presencia. Ayer decidí comprar un paquete de pochoclos, como para acercarme hasta la garita de las golosinas pero no tuve éxito, se mostró indiferente y poco amigable.
El guardián de plaza siempre pispea, no se acerca, le debo parecer manso. El banquito donde esperan los padres y abuelos al costado del carrusel es mi nuevo rincón; mi lugar en el mundo.
Pasado, presente y futuro se entreveran cuando se llega a la meta. El ocio impregna las horas, los días y las noches.
Hoy, en mi recorrido habitual hacia la plaza, recordé la noche del 15 abril de 1976. La noche de mi viaje a Madrid. Recuerdo que al llegar a Barajas no tenía dónde ir y me hospedé en un hotel de tres estrellas. Dejé mis cosas y salí a dar una vuelta por la noche madrileña. En la zona roja vi a un hombre muy bien vestido, al lado de una jovencita mucho menor que él. Ingresé a un bar decidido a tomar una copa con alguna mujer, gastar algunas pesetas y pasar un buen momento; pero el recuerdo del ocaso de la tarde marplatense me invadió. Ella me besó en la mejilla, pero esa noche precisaba otra cosa ¡Qué inútiles sus gestos, sus caricias!