22 de julio de 2015

DIBUJAR NO ES UN TRABAJO







- Vení, vení - le dije.
- ¿Yo? - me respondió con voz trémula.
- Sí, vos - sostuve con seguridad.
- A mí nadie me llama de ese modo - dijo el pibe con un dejo antojadizo.
- Te estoy llamando yo.
- ¿Y usted quién es? No lo conozco.
- Soy vos, pero adulto - sentencié.
- ¿Me está cargando?
- No, créeme - dije para pacificar.
- ¿Por qué tengo que ir? ¿Cómo entró? ¡Mamá! ¡Papá!
- No grites, no tiene sentido. Nadie te escuchará. Estamos vos y yo acá.
- Por favor señor, váyase. Mi papá viene a las ocho del bazar y lo echará a patadas.

Intenté explicarle que no tenía sentido encolerizarse. Que no iba hacerle daño. Qué no era un ladrón. El pibe estaba desencajado. Tuve miedo de que se desmayara.
- ¿Qué hace acá? No tengo plata.
- No voy a robarte, vine a rescatarte.
- ¿A qué? Está loco.
- ...
- No lo conozco ¿Qué hace acá? ¿Por qué vino?- insistió.
- Porque sé cosas que sólo vos podes saber y además porque sé por lo que estás pasando...
- No entiendo ¿Y qué estoy pasando?- escudriñó con soberbia.
Pensé en decirle el motivo de una manera tenue pero el pibe se puso muy hostil.
- Váyase – y me tiró con un juguete.
- Dejame decirte, dejame explicarte.
- No quiero.
- Estás afligido.
- ¿Afli qué?
- Estás afligido porque mamá se fue – Traté ser claro pero me extralimité. Sabía que tenía que administrar toda la información que traía como adulto. Todo el background que los años me ayudaron a resolver pero desembuché fulminante en seis palabras: “Estás afligido porque mamá se fue”.
- ¿Mamá? Mi mamá querrá decir. Además, ¿cómo sabe que ella se fue?
- Lo sé.
- ¿Lo sabe? Váyase. Mamá va a volver.
- …
- Va a volver.
- No va a volver a casa.
- Sí, además, ¿cómo sabe que ella se fue? ¿Por qué dice esas cosas? - exhortó el niño.
- Porque te vas a dar cuenta dentro de algunos años que este momento te seguirá doliendo, Hernancito - Por segunda vez en la charla, disparé otra verdad inherente sin medir las consecuencias. ¿Cómo no lo voy a saber? ¡Años de terapia hablando del mismo tema!
- ¿¡Sabe mi nombre!?
- Si, yo también me llamo Hernán.
- Usted está chiflado - expresó Hernancito con brutal convicción – ¿Usted es yo?
- Sí.
- ¿Yo más grande?
- Sí.
- Es de locos.
- Tranquilo.
-¿Y por qué viene ahora?
- No tengo una respuesta para eso - recusé alzando mis hombros.
- Todos los grandes son iguales.
- Ahora que lo pienso demoré en venir a buscarte - revelé.
- ¿A buscarme? Yo no voy a ninguna parte sin mi papá - indicó el pequeño ahuyentándose cada vez más.
- Entiendo – consentí y me quedé mirando al piso. Para cuando ese niño tenga mi edad papá habrá muerto. Y ahí, solitario, se morirá de angustia. ¡Algo tenía que hacer! Me rezagué una larga temporada de negación, me llevó una dilatada espera darme cuenta de lo mucho que había sufrido de pibe. Sentí culpa por enésima vez.
- Por favor, no me mienta - imploró afligido - No confío en los grandes. ¿Dónde está mi papá? Ustedes hacen cosas que no termino de entender.
- ¿Papá…?- pregunté y tuve el impulso de confesarle que papá había muerto - ¿Qué es lo que hacemos los grandes que vos no terminas de comprender? - le indagué.
- Los grandes un día toman una decisión y se van sin explicación. A mí nadie me explicó nada - retomó con un tonillo de rencor.
- Pregúntame a mí. Yo puedo ayudarte - pensé en ese momento que papá y mamá quizás por preservar a nuestras hermanas y a mí no supieron decirnos nada. No los culpo. Me llevó casi treinta años entenderlo y aguardaba que ese chico de doce años lo dedujera en diez minutos. Debía marchar y dejar las cosas como estaban.
- Ahora que lo miro mejor, cuando habla se parece un poco a mi papá - expresó Hernancito - ¿Usted es uno de los hermanos? Papá me dijo que tenía tres hermanos que no vio nunca más. Ahora entiendo. Usted es Jhonny - aseguró.
- No soy Jhonny – le contesté y me dirigí a la puerta de salida. Descubrí que había pecado de tosquedad por no haber ido a buscarlo antes y abrazarlo- Mirá, ¡mirá alrededor! Estás vos solito en la pieza - al terminar mi representación giré hacia la izquierda, luego a la derecha como quien busca a alguien en la habitación.
- No estoy sólo. Tengo mis muñecos, mis lápices y mis figuritas…
- ¿Los Thundercats?- curioseé.
- ¿Me estuvo espiando?- expresó con voz segura.
- No. Te repito que acabo de llegar.
- ¿Cómo llegó?- reclamó.
- No interesa eso, lo importante es que estoy acá.
- Hace un montón... Un montón que nadie viene. Me parecía raro. Ya son las ocho – alegó con inocencia y respiró lánguido mientras su voz se apaciguaba.
- Lo sé, por eso vine - cavilé.
Me senté arriba de un féretro anticuado, hinqué el codo sobre la rodilla y mi cabeza quedó apoyada sobre mi mano abierta que envolvía mi mentón. Abrigué por primera vez la idea de marcharme. Estaba perturbando el curso natural del tiempo y no tenía sentido hostigar a ese chico. Una elipsis se apoderó de la escena. Unos segundos después, Hernancito expuso en una inflexión de confidencia:
- A veces, me aburro de hacer los mismos juegos. Armo una casa con las figuritas y veo a cuántos pisos puedo llegar ¿vió? Esta pelota, bueno a esta pelota la pateo contra la cama una y otra vez, con zurda, con derecha, con zurda, con derecha… - confesó mientras cedía su voz recelada.
En ese instante, después de cavilar sobre mi aventura, vislumbré que mi táctica comenzaba a ser eficaz. Vacilé en llegar hasta allí y no sólo lamentar el chasco de no poder hablar con él, sino que el trance se agravara. El niño que fui colocó en palabras un tormento que atesoró durante años y lo lanzó en escasos minutos. El diálogo se ubicó en un tono amigable. Hernancito empezó a tutearme en un gesto, creo yo, de acercamiento.
- Vamos, dale, vamos - insistí.
- No me contestaste cómo llegaste hasta acá. Y ya te dije que no voy a ningún lado.
- Supongamos que viajé en el 91, ramal Sarmiento, cartel amarillo - expliqué con imprecisión.
- ¿Y cómo está el mercado?- me sonsacó sin reparar en mi respuesta.
Me acometió un mutismo por primera vez en la charla. Comprendí que el niño no había salido de su pieza. Esa interrogación confinaba mucho más que una simple consulta. En el mercado finalizaba el recorrido del colectivo y al mercado sólo se iba con conformidad de papá y de mamá. Él no iba a perpetrar la osadía de ir sólo sin permiso. Traté de ocultar mi asombro y le revelé - Como siempre, ahí están el almacén de la liebre, el kiosko de Don José, la mercería de Inés…
- ¿Vos me podés comprar figuritas en lo de José? - indagó con una voz que me resultó familiar.
- Sí, claro.
- Con treinta y cinco años debés tener trabajo.
Yo no le había dicho cuántos años tenía - Sí, tengo trabajo, y treinta y nueve años de edad – precisé y entendí poco después que una frase le alcanzó para preguntarme dos cosas al mismo tiempo.
- ¿Qué hacés?- investigó.
- Dibujo, dibujo como vos.
- Eso no es un trabajo - opinó tajante.
- Sí, lo es.
- ¿Te pagan por dibujar?
- Sí.
-  Te pedí que no me mintieras - señaló empecinado.
- No miento. En el futuro dibujarás en una computadora, serás ilustrador y diseñador gráfico, y ese será tu trabajo, tu profesión.
- ¡Tendré computadora!, ¡guau!- expresó con inocencia.
- Sí, con el tiempo verás que es más común de lo que vos puedas imaginar.
- ¿Qué cosa?
- Tener una compu en casa.
- ¿Compu? Jajaja, ¡qué gracioso!- me ridiculizó.
Fue la primera sonrisa de Hernancito desde que entablamos conversación, avancé perezoso hacia él y pisé un muñeco.
- Uy, perdón - traté de excusarme.
- Pisaste a Tigro - comentó con congoja.
- ¡Tu favorito!
El niño se puso pálido y movió la cabeza como los perros después de un chapuzón no deseado y exteriorizó - Eso no lo sabe nadie más que yo - me miró con complicidad y pude ver el centelleo en sus ojos.
- Creo que ya estás empezando a creerme. ¿Por qué no te acercas, no veo bien en la oscuridad? Juntemos los juguetes, las fichus y salgamos a la calle. Estuviste de sobra estancado en este lugar.
- Si, eso ya me lo dijiste, ahora decime más cosas - exigió.
- Sé que sabés de memoria las letras de las canciones de Zas. Hasta cuarto grado te hiciste pis en la cama y todas las noches soñás con la boca de un tiburón que se abre y quiere tragarte. Eso te despierta y vas en busca de papá y de mamá.
- Esas cosas te las contaron mis hermanas, seguro. La Ne… no quiero decirte más - se atajó.
- No me lo contó nadie. Quiero sacarte de acá. De este lugar triste y apagado - sostuve determinado.
- No quiero que me mientan más. Decime la verdad por favor – el niño miró un reloj de pared sin minutero y me inquirió - ¿Dónde está mi papá? - y liberó un llanto desesperado. Traté de aproximarme pero se empotró debajo de una cama sin colchón. Le pedí que saliera, tendí mis brazos y alcancé una botella de Cindor vacía.
- Entiendo que todo esto te resulte una locura. Quiero que sepas que podés confiar en mí. Soy el hombre que serás. Necesito que entiendas que estoy de tu lado - advertí como un acento pedagógico de pastor evangélico.
- Nadie va a reemplazar a mi papá. Ni vos, ni el tipo que se llevó a mi mamá. ¡Basta ya! Andáte, andáte - manifestó rabioso y confundido.
Me arrimé muy mansamente. El área estaba sombría, apenas lograba ver su contorno debajo de la cama. El piso estaba atiborrado de figuritas del mundial México´86.
- Dale, en serio. No vengo a reemplazar a papá (nadie lo hará). Quiero reconciliarme con este momento de mi vida, de tu vida, de nuestra vida - Empuñé la figurita más importante del mundial y le revelé - Vení conmigo, te prometo que alguna vez vas a conocer a Maradona en persona y te va a saludar con un abrazo el día de tu cumpleaños, ¡Nuestro cumpleaños! Muy pronto vas a jugar en las inferiores en Vélez…
- ¿En Vélez? - alegó mientras emergía de su guarida y se acercaba poco a poco a mí.
- Sí, a unas diez cuadras de la casa de mamá, en Liniers. Algunos de tus compañeros llegarán a ser campeones del mundo. Dale, vamos que el kiosko de José cierra a las nueve y el 91 sale por última vez para Retiro.
En un intento de convencer del todo al pibe dilucidé que sabía cuál era la figurita que le faltaba para llenar el álbum de los Transformers.
- Somos cuervos - continué indagando - pero sé que mirás con una secreta admiración a Central.
- ...
- Lanari, Balbis, Bauza…
- Caballero, Cuffaro Russo; en el medio están Adelqui Cornaglia…
- ¿Hernán Díaz?... - investigué con inexperiencia simulada.
- ¡Sí!, ese fue titular el domingo - explicó entusiasta, como un alumno versado que conoce la respuesta en un examen oral.
- Gasparini y Palma...
- Arriba Escudero y Lanzidei - concluyó riendo.
- Sos extraordinario - lo felicité mientras me aproximaba a él.
- ¡Extraordinarios! - señaló burlón.
- Sí, tenés razón – afirmé confundido.
- Bueno Señor - me dijo resuelto en un tono brusco, como quien se repone de un trip involuntario - No voy a ningún lugar hasta que llegue mi papá.
- Pero…
- Ahí sonó el portón.
- Hernancito, ¿Por qué me tratas así? ¿Qué te pasó?
- Señor, no voy a ningún lugar. Mi papá está llegando y no quiero que lo vea.
- Está bien - dije resignado.
- Chau, señor.
- Chau, Hernancito. Chau…

No tenía sentido perseverar. Dispuse retornar a casa. Me hubiese encantado que Hernancito se incorporara, sonriera con la mirada radiante, se acercara a mí con apacibilidad y nos fundiéramos en un abrazo. No fue así, yo sabía que no sería así. Conocía a ese pibe mejor que a nadie.
Luego de mi aventura abrigué una idea que me sirvió de alivio; Hernancito se conectó conmigo, de alguna manera me brindó su confianza con la inocencia de todo pibe de su edad. Ayer resolví inspeccionar mi vieja caja de madera. Allí donde guardo los juguetes que atesoro. El muñeco de Tigro estaba ileso sin rúbricas de haber sido remachado.
- Hernán, ey loco. Tengo que cerrar ¡Dale!
- Uy, ¿Qué hora eesss?
- Las once de la noche, amigo.
- ...
Hugo me preparó un whisky sin soda.
- Gracias, me enrosqué mal, ¿no? - pregunté algo aturdido.
- Sí, te pusiste a hablar con el pibito que vende carilinas.
- ¿Posta?
- Sí. Tomá y anda a tu casa.
- Disculpá.
- No pasa nada, loco.
- Chau, nos vemos mañana.

- Nos vemos, querido. Portate bien - Hugo pensó un segundo y me dijo antes de llegar a la puerta - ¿ Hernancito, desde cuándo sos canalla?