28 de abril de 2016

TAN AZUL COMO EN MIS SUEÑOS







Una mañana primaveral, luego del traslado masivo ordenado por el director del penal, el pabellón principal estaba desierto. Esa noche me dormí temprano, me levanté a las 8:15 am. En ese horario tenía que estar preparada para servir el desayuno a las internas. Logré un lugar en el comedor. Me gané el puesto a fuerza de trabajo. Rita, mi niñera de toda la vida, me enseñó algunas recetas. Chana, jefa de la cocina, me dió una oportunidad.
Esa mañana estaba somnolienta en mi celda. Dormir bien en la cárcel es una tarea ardua. Sólo lo conseguí absorbida por un cóctel de pastillas. Quedé desmayada. Así, arruinada como estaba, la uruguaya intentó violarme.

- ¿Qué haces hija de mil puta?
- Para Tati, tranqui. Disculpa, no pasa nada, che.
- ¿Qué no pasa nada? ¡Me ibas a empernar, uruguaya hija de puta!
- Te pido disculpa, amiga. Ahora te consigo un par de anfeta.
- ¡Un par de anfeta!, ¡Un par de anfeta! ¡La concha tuya! ¿Por qué no buscas otra pendeja, uruguaya hija de puta? ¡Te voy a pinchar, puta!

No lo podía creer. Quedé shockeada, miraba para todos lados, nadie me daba cabida. Sabía de los abusos en la tumba pero vivenciarlo de cerca me dejó paralizada. Sin preludio y en silencio, la uruguaya, entongada con la celadora, estuvo a punto de ensartarme.

Esa noche, cuando bajé del mambo y del mal trance, recordé mi primer sueño en la cárcel. El bautismo de Sofía, la hija de mi viejo, se desenvolvía con total naturalidad. Mercedes, la mujer de papá, estaba más hermosa que nunca. Relataba con ademanes sobre su viaje a Roma y todo lo que le costó decidir sobre los padrinos.
- El padrino será Carlos - dijo orgullosa.

Mi viejo me observaba con la mirada sostenida. En sus ojos había una combinación de apatía y desazón. Parecía como si supiera que entre Mecha y yo había algo más que el cariño y el respeto de hijastra a madrastra. Rita sirvió torta de frutilla, nos miramos y sin titubear le convidé un bocado. Ella se aproximó, empinó su cabeza de un modo muy sexy y mordió sin empuñar la porción de torta. El fresón americano tenía restos de crema, sus labios rosados se fusionaban con el blanco cremoso y me incitaban a besarla. Toda la escena transcurrió ante la mirada de la abuela Leonor, la mamá de mi papá. La vieja observaba del otro lado de la mesa. No vi con claridad su talante. Había más imperturbabilidad que bronca en su expresión. Era como si su sola presencia pretendiera amedrentarnos.

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A la uruguaya la saqué del calabozo a patadas en el orto. Miré el reloj. Eran la 9:02 am. El horario en que ingresan las internas al comedor. Me calcé el delantal y salí al patio. A las 9:12 am ya estaba en mi puesto lista para preparar el mate cocido en unas ollas viejas de acero inoxidable.
- Acá, piba, tené que venir a horario ¿tendiste? - me dijo Chana.
Vanesa me distinguió al pasar. Le debo plata y ya no puedo esquivarla más.
- Tati, Tati. No te olvides de la mía, nena, ¿eh?
- Tranqui, Vane. Esta semana lo arreglamos.
- Más vale que sea así...
- Así va a hacer.

La Vane es el arquetipo de rocha de la vieja escuela. Es la poronga del rancho. Me provee de pastillas, algunos libros y privilegios. Me cobra más que al resto. Hay una animosidad hacia mí, un resentimiento de clase más que personal. Durante dos semanas nadie me tocó un pelo. El día dieciséis no tuve más remedio que ceder a sus brazos para sobrevivir, mientras la uruguaya facinerosa observaba por una hendija. Un desaire o una deuda impaga era argumento de sobra para sucumbir ahorcada en mi celda o desangrarme por un puntazo en la ducha.
Luego del desayuno regresé a mi calabozo, intenté retomar la lectura de "Más que amigas". Volví a dormitar. En el penal hay poco para hacer. Jugamos al truco para matar el tiempo, hablamos de las causas, comemos, nos bañamos y a dormir. Cuando se duerme hay que estar alerta. Esa mañana de primavera logré soñar y recrudeció en mi mente la sonrisa de Mecha.

La última vez que la vi fue en Torres del Lago, una semana antes del golpe a la financiera. Raulito, mi compañero, falló en una esquina mientras nos acorralaba la cana en pleno microcentro. La hermanita de Raúl hizo de campana. Vivi cayó abatida. La pendeja espantada salió corriendo y le pegaron tres corchazos, dos fueron letales. Mi compañero le dió a un muñeco de seguridad y salimos cagando. A las tres cuadras nos pusimos la moto de sombrero. El boludo quiso esquivar un perro de la calle y no pudo mantener el control "No puedo matar un perrito, loca", me explicó en la enfermería.

El hijo de mil putas había matado a un cristiano de carne y hueso un minuto antes de un tiro en la cabeza y me dice muy suelto de cuerpo: "No puedo matar un perrito, loca". Cuarenta lucas gringas desparramadas en el piso y el perro de mierda que me lambía la cara salpicada de sangre mientras un rati obeso y colérico me esposaba en la vereda.

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Un viernes antes de navidad desperté con el oficio del tribunal oral federal 1 de La Plata que resolvió mi excarcelación. Siempre aluciné con robar a lo grande, era un desafio para mí. Quería impresionar al forro de mi ex. Era una forma absurda de demostrarle que lo seguía queriendo. No me dió el piné.
Mercedes, versada en el circuito de las financieras, nos pasó el dato. Ella esperaba buenas noticias. Cuando supo que habíamos fracasado me bloqueó del whatsapp. Raulito estaba hasta las manos. "Homicidio en ocasión de robo". Papá, junto a sus colegas más experimentados, prepararon una coartada: yo no conocía a Raúl y había sido secuestrada mientras hacía un trámite para el estudio de mi papá. Mi viejo se aseguró de presentar mi recibo de sueldo y los comprobantes del supuesto trámite.

Yo trabajaba en blanco hacía cuatro años como cadete del estudio. Papá costeó la fianza y en dos meses, tres semanas, cuatro días y ocho horas recuperé la libertad. Mi viejo envió a su chofer. Quería que pase las fiestas con él y que conociera a su nueva novia.

- Dale Tati, sabés que estás en falta ¿no? Venite a pasar las fiestas con nosotros. Maite te va a encantar - me dijo papá por teléfono mientras salía del penal hacia el hotel.
- ¿Maite? ¿Quién carajo es Maite, papá?
- Mi novia, Tati. ¿Quién carajo va a ser?
- Decime que tiene más de treinta, papá - le reclamé a mi viejo y deduje que ya no estaba con Mecha.
- Es una buena chica, te va a gustar.
- Ah, es una pendeja.
- No es una pendeja, che. Pronto va a cumplir treinta. Lo único que te pido es que no le tires los galgos.
- ¿Cómo le voy a tirar los galgos a una mujer que está con vos, papá? ¿Sos loco?
- ¡Tatiii!
- Papá…
- … Dale, vení. ¿Qué vas a hacer en ese hotel? Ahí, sola, como un perro.
- ¡No me hablés de perros, por favor! Bueno, dale, voy – dije con desgano.
- Tratá de venir bien, ¿me explico?
- Ey, ¡si ya no me drogo más! ¿Qué decís?
- Escuchame - dijo papá ignorando mi respuesta -. Tengo un vinito para vos… Catena Zapata 2007.
- Bien ahí, viejo. ¡Por fin rompiste el chanchito!
- Dale, chiquita. No me hagas hablar que estoy empeñadísimo con la que le tuve que desembolsar. Ah, comprá un juguetito para un nene de cinco años, después te explico.

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Antes de hospedarme en el Plaza Hotel Buenos Aires pasé a comprar regalos por el Shopping. Papá me envió cash en un sobre. Yo estaba inhibida. Llamé a Mecha pero nunca me respondió. Al llegar a casa me recibió Maite, una morocha preciosa, melena corta por debajo de los hombros, un estilo muy Peleritti. Me saludó cordial.
Mientras me restablecía ante tanta hermosura, de la cocina se precipitó un pibito poseído con un revolver de juguete en la mano y averiguó suspicaz:
 – Ma, ma. ¿Ella es mi hermana Natalia?
“¿Mi hermana Natalia?”. ¡Esto es una joda! ¡Si yo no tengo hermano! ¿La pepa me pegó mal? Pendejo corta mambo me bajó del trip en dos segundos.
El pibito se sentó a mi lado. Apoyó la pistola en la mesa y me dijo:
- ¿Después de abrir los regalos, jugamos?
Me quedé en silencio. Yo tenía otros planes. Vanesa me pasó el dato de un laburo: una buena papota, en poco tiempo y sin riesgos.
- ¿Qué le pediste a Papá Noel?- interrumpió “mi hermano”.
- Le pedí estar con mi papá.
- ¿Qué le pediste de chiches? - insistió el pendejo que a juzgar por los rasgos norteños salió al padre.
- No le pedí chiches. Ya estoy grande para eso. Además, no me porté bien este año. ¿Cómo te llamás? - pregunté para cortar con el tono inquisitivo de la criatura del demonio.
- Jano.
- ¿Jano? - consulté sorprendida.
- Sí.
- ¿A qué querés jugar después de la doce, Janito?- ironicé.
- No me digas Janito...
- ¿A qué queres jugar después de la doce, Jano? - le repregunté mientras se acercaba Maite, que se acomodaba el pelo y caminaba hacia nosotros como en puntas de pie.
- Al policía y el ladrón - me respondió el mocoso inoportuno -. Tengo más pistolas ¿sabés jugar?
- Sí, sé jugar.
- Sos la mujer policía, entonces.
- ¡No!, vos sos el policía - le respondí, mientras papá buscaba el Catena Zapata de su vinoteca, Maite me servía el postre que ella misma había preparado y yo observaba con diplomacia los turgentes pechos de mi nueva madrastra.

Terminé el postre, Jano se durmió. Maite y papá subieron al cuarto. Aproveché y salí con el auto del chofer. El contacto de Vane me esperaba en Dock Sud. Descartamos el auto y me tomé un saque. Repetí como un mantra: Ocho minutos y chau, ocho minutos y chau. Tengo la esperanza de que el Pacífico sea tan azul como en mis sueños.




Solamente en los sueños somos libres. El resto del tiempo necesitamos el sueldo.



26 de abril de 2016

CARA AL CIELO





Volví al barrio. Cargué combustible para el alma, una dosis de buena energía que no encontré en ningún spa, ni en aguas termales.
Estaba nublado, Doña Marta me dió un fuerte abrazo y me dijo entre mates que ya nadie tira la pelota en su patio. ¿Dónde estarán los pibes un sábado a la tarde? ¿En sus casas por la lluvia, acaso?
Me despedí y al salir puse un disco de Cafrune, sonó este track. En ese momento emergió la luz del sol entre las nubes a pesar del pronóstico. Afloró un rayo de sol en el parabrisas al llegar al mercado, al pasar por la iglesia me persigne. Fue como reintegrar el gesto. Resplandeció Avelino Díaz y concebí que los de arriba chamuyan así, sin contraseñas.














23 de abril de 2016

A MIS TREINTA Y DIEZ







El tiempo pasa. Es una verdad inobjetable. Mientras me amoldaba a ciertos rituales me topé con mis treinta y diez, como diría el gran Joaquín. 
Decido hurgar en mi biblioteca, a revisar los libros que me conmovieron de chico para ver donde estoy parado con respecto a mis sueños. Resuelvo llevar un libro a la mesa de luz para leer antes de dormir. Observo en la esquina del anaquel del medio la colección de “Elige tu propia aventura” y concluyo reacomodarlos por número. Esta serie fue la tarjeta de admisión al universo de los librojuegos hasta concluir el viaje en estación "Rayuela". Sigo, “Cuentos de la Selva”, un ejemplar curtido de tantas mudanzas y pegado con cinta scotch. Horacio Quiroga me introdujo en un mundo de fantasías a partir de historias protagonizadas por animales. La Gama Ciega desembarca en Disney y le gana por knock-out a Mickey Mouse con un cross a la mandíbula. 

En el estante de abajo, una edición en tapa blanda de “Niebla”. Miguel de Unamuno fue fundamental para mi formación. Bukowski. El desparpajo. Una prosa insolente y un registro que nos calzó a medida. Después de "El cartero" todos queríamos escribir sobre nuestros despidos laborales. A la izquierda, “Patas arriba” de Eduardo Galeano, el poeta y ensayista que nos abrió las cabezas con "Las venas abiertas de Latinoamérica". “Así habló Zaratustra” y “Un mundo feliz” uno al lado del otro. Los libros de Nietzsche y Huxley los compré por siete y nueve pesos respectivamente en el parque Rivadavia un sábado a la mañana. Dieciséis pesos alcanzaron para cambiar mi percepción del mundo de manera radical (y peronista). Venía de caravana después de salir del Viejo Correo. Me comí el viaje lisérgico de un Morrison de conurbano sin Pam, sin banda y sin pantalones de cuero. 

Veo varias biografías. “Life” de Keith Richards, que me regalaron este año, la de Miles Davis escrita por Ian Carr, increíble, y recuerdo la de Anthony Kiedis en primera persona, la más recomendable por lejos, ¡Que no está! La presté y nunca volvió.
Está bueno llevar un registro de lo que prestamos y ¿por qué no de lo vivido? Una especie de diario de viaje. Confieso que hace más de veinte años que escribo en cuadernos con algunas interrupciones, llámese pereza, ocupaciones, parejas, matrimonio, bobadas de treintañero. Una costumbre de contar que fui adaptando como hábito. Los dos primeros años de Julián los tengo asentados en más de seis cuadernos escritos de puño y letra. Apuntes que tomaba en las eternas esperas en un juzgado civil. Pero siempre vuelvo a la lectura. 

Leer es maravilloso. Como esas noches de sobremesa en el viejo barrio donde la falta de luz nos dejaba al descubierto, expuestos ante el silencio y allí en esa morada serena, en la patria de todo hombre, con las manos debajo de las piernas y la cabeza apoyada en la mesa, me gustaba escuchar las conversaciones de los grandes. Hasta que un día, cuando creí que mi vida comenzaba a marchar sobre ruedas, sufrí un desamor. El desafecto es una gran fuente de inspiración para crear. Allí emergió la necesidad de poner en palabras emociones que debía plasmar antes que la desazón me quite el aire. Una voz extraña que no pide permiso. Empuja por salir, moviliza y sacude la maraña con aspereza y sin sopor.
Continúo con el anaquel de los escritores argentinos, de izquierda a derecha la novela “Dudoso Noriega” de Sasturain, que comencé a leer el verano pasado y dejé inconclusa, “Poesía reunida” de Juan Gelman, un regalo de cumpleaños, “Cuarteles de invierno” de Soriano, “Titanes del Coco” de Fabián Casas, los de Arlt hasta llegar a “Bestiario”, de Editorial Sudamericana, tapa verde fluor. Lo compró mi vieja, usado, en una época donde la guita no sobraba. Lo analizamos en las inolvidables clases de Lengua y Literatura de cuarto año del secundario capitaneadas por el profesor Héctor Omar Saldaña.  

Recorro la última repisa, allí están mis mayores tesoros. Por un lado "Ana Karenina" de Tolstói, la novela más extraordinaria que leí en mi vida. La desocupación del año 2000 fue una excusa para irme a vegetar al libro. Recuerdo tardes de lectura en la playa al tiempo que cobraba el seguro de desempleo. Leer a Tolstói es marchar a vivir otra vida. Fue mi Netflix durante más de dos meses. Por otro lado, pegadito, "Crimen y Castigo" de Dostoievski, otra joya, tapa dura, marcada en la página doscientos y pico desde el año 2004. Convendría terminar de leer la historia de Raskólnikov antes de morir, no sin antes cumplir el sueño de ver a San Lorenzo con mi hijo, juntos, en Boedo.

Tengo que tomar una decisión. Me dispongo por “El Libro de arena” de Borges, uno de los `accesibles´ y “Bestiario” el primer libro de cuentos de Cortázar. Los dos a la final. Inicio por "Casa tomada" y combino con el "El Otro", hasta que me gane el sueño. 
En la vigilia un pibe de más o menos once años intenta hablar con un hombre de unos cuarenta. Le pide la pelota que cayó en una habitación contigua. El veterano se niega, tapona la puerta y desoye el reclamo. El niño intuye que a ese tipo lo activa sólo el dinero. El cuarentón rechaza un austral que le da el niño. El pobre no comprende que el pibe busca complacerlo. Decía Freud que uno es feliz cuando realiza sus deseos de pibe; por eso el dinero no da felicidad, porque los niños no sueñan con dinero.



                                                                                    ¿Qué pensaría tu yo niño del adulto en el que te has convertido?







19 de abril de 2016

RELATOS PORTEÑOS CON VISTA AL MAR




Cuando estamos motivados por metas que tienen un significado profundo, por sueños que necesitan completarse, por puro amor que necesita expresarse, entonces vivimos verdaderamente la vida.




 














































13 de abril de 2016

CEMENTO





Leí una nota que decía: "Se viene 'Cemento, el documental': la historia del mítico escenario porteño" y pensé en mi adolescencia, cuando siguiendo con la lógica de la colección Elige tu propia aventura elegimos la páginas de las zonas marginales. Cemento, junto con Arlequines y Arpegios, fue el universo del rock para mis cortos 17 años. Cemento fue mucho más que un lugar donde tocaron bandas. Recuerdo que mangábamos la entrada al clamor de: "somos cinco. Tenemos diez pesos" mientras bajaba de un auto una imponente Katja Alemann que encandilaba a la monada apiñada en la puerta.
Lejos de la asonancia limpia de los parlantes de los boliches de moda, en Cemento te absorbía un sonido estridente que te dejaba retumbando el oído. No era el lugar más agradable del mundo. Recuerdo que tenía los baños con un charco constante que olía a una mezcla extraña de regurgitación esparcida por todo el piso. Si hubiese tenido más noches abrillantadas de la France o El Cielo en el lomo ¿quién sabe dónde estaría hoy? Ciertamente no sería el que soy. 
Si tuviera que vivir todo otra vez reelegiría el antro de Monserrat. En Cemento tocaban los tipos que admirábamos y sonaba la música que nos gustaba. En Cemento, Selva me concedió un beso imborrable en pleno show de los Heroicos Sobrevivientes. En Cemento fuimos jóvenes eternos, indisciplinados, tanteando una madurez de CBC que reclamaba pista. Desde esa época voy a donde debo ir. Tengo claro en qué equipo retozar. Allí, donde el corazón juega con las medias bajas. No jugaría en el bando de los petulantes oficinistas de medias altas que pelotean con balones del último mundial sobre pasto de embuste.