17 de julio de 2025

ONITNAS Y LOS 7 LOCOS





Onitnas no sabía que estaba solo. O peor: creía que estaba acompañado. Creía que los aplausos que sonaban en su cresta desteñida, por cada caño que tiraba en el potrero de tierra dura, eran reales. Pero no. Eran efectos especiales de su altivez en 5.1.

Los que lo rodeaban lo miraban con un adhesión silenciosa, una distancia temerosa. Lo festejaban cuando ganaban por él, sí, claro. Pero después… después se iban a comer hamburguesas con otro. Y a él lo dejaban con sus caños, su “talento”… y su combo imaginario.

Ese otro era su ex amigo. No tenía los mismos botines de boutique, más cercanos al desfile que al córner, ni la aptitud que Onitnas había heredado sin saber de quién —y sin molestarse en averiguarlo Pero tenía algo que no se compra ni se farmea: carisma.

El ex amigo no entraba: descendía al campo, como si el césped lo esperara y el equipo respiraba mejor, como si de pronto hubieran abierto las ventanas. Nadie quería ser su sombra, pero todos querían estar cerca suyo. Era de esos que, cuando perdían, tiraba una broma que les arrancaba una sonrisa… incluso al técnico. De esos que te levantaban después de una patada y te daban una palmada en el hombro, como diciendo “ya fue”.

En cambio Onitnas, cuando perdía, buscaba pelea. Porque claro, en su mundo, el problema nunca era él. Siempre el joystick, el árbitro o el césped. Aunque el campo fuera de tierra.

—¡No se la pasás a nadie, Oni! —le habían dicho una vez.

—¿Y para qué? ¿Para que la pierdan? —había escupido él, como si el pase fuera una traición.

El fútbol no se lo perdonó. Tampoco los pibes. Lo dejaron de invitar.


Hoy Onitnas celebra inmóvil, desde su trono de plástico, con el joystick sudado como único testigo de su hazaña. Viste la casaca de Bouzat, impecable, virgen de fango, intacta de goles, como un talismán que nunca pisó la historia.
 
Su voz se estrella contra una pantalla fría, como si el rival pudiera oírlo. 

Onitnas clama en soledad ante una ventana de hielo que no devuelve eco. Suma victorias pixeladas, tropas en el Clash Royale, goles en el FIFA, likes de dudosa procedencia. Nadie lo etiqueta, nadie le reacciona: sus mensajes son gambetas al aire, historias que nadie ve. Su WhatsApp es un vestuario vacío y en Instagram no entra ni el viento del algoritmo.

Mientras tanto, su ex amigo entrena en la Quemita, con camiseta blanca y roja, soñando —no desde la cama, sino desde el barro— con debutar en la primera de Huracán. Lo arropa el equipo. Lo escoltan su novia fiel como promesa de fuego, una familia que abraza con ternura y palabras justas, y su paso angelado, hipnótico, que ilumina sin hacer sombra. Lo sostiene una tribuna invisible que le reconoce algo más importante que la gambeta: su forma de estar en el mundo.


Onitnas no sabe hablar, por eso discute.

No sabe amar, por eso hiere.

No sabe abrazar, por eso amenaza.

No sabe elogiar, por eso insulta.


Onitnas no juega en equipo, porque todavía no descubrió que en el fútbol —como en la vida— no se gana solo.

¿Va al colegio? Sí. Se llama Roberto Arlt. Pero Onitnas probablemente cree que ese tal Arlt fue un corredor de TC 2000 o un técnico de la B Metropolitana. No leyó al genio de Arlt. No sabe que en su novela más famosa, Los siete locos, todos sus personajes están rotos, pero hasta los más rotos se necesitan entre sí para no hundirse. No sabe que una parte de la prosa de Arlt fue escrita para él; para el pibe que podría ser un crack, pero no entiende que se juega con otros. Para el pibe que le teme al afecto más que a la derrota. Aunque claro, con joystick en mano y auriculares puestos, es fácil confundirse: el corazón también se puede mutear.

¡Qué pena, Onitnas! No por lo que le falta, sino por todo lo que ya tiene… y todavía no sabe. El talento ya lo tiene. El equipo, todavía lo espera… como se espera al bondi que ya pasó, pero uno se queda por si vuelve. La vida, también. Aunque empieza a impacientarse.


“En el caos de sus locuras y tormentos, los personajes se aferran unos a otros como náufragos; rotos, sí, pero unidos, porque incluso en la destrucción, la soledad pesa más que el desorden compartido.” Los Siete Locos | Roberto Arlt (1929)



Oniiiiiiittnaas, where you goin' to?

Oniiiiiiittnaas, where you goin' to?


 


9 de julio de 2025

EL DUELO QUE NO ESCRIBÍ





                                         

 

Por fin estoy listo para ponerlo en palabras. O eso creo. O eso intento. He escrito sobre muchas pérdidas. Me acostumbré, de algún modo, a traducir el dolor en palabras. Es mi oficio. Mi refugio. Mi forma de mantenerme en pie cuando el mundo tambalea.

Escribí sobre la muerte de mi madre. Un duelo con nombre y apellido, con certificado sellado y flores vencidas en una sala sin tiempo.

La muerte tiene formas: miradas que bajan, manos que se apoyan en la espalda, silencios más pesados que el llanto. Uno se sienta, se deja caer. Y entonces llegan las frases heredadas: “Es la ley de la vida”, dicen. Palabras antiguas que intentan envolver el dolor, domesticarlo, hacerlo manejable. También escribí una novela sobre el final de un amor. Ese punto exacto en el que uno deja de sentir y el otro queda suspendido, sin red, sostenido apenas por una esperanza que ya no lleva a ningún lado.

La escribí con furia y con ternura. Las cartas que no te dije (2023). La verdad expuesta, sin abrigo. Porque el amor se termina, aunque nos neguemos a aceptarlo. Porque a veces uno se va sin mirar atrás y el otro se queda, preguntando en silencio… pero sigue.

También escribí sobre el rechazo. Esa mujer que no me amó, a pesar de las flores, de la torpeza entusiasta, de los trucos fallidos para intentar gustarle. “No somos una monedita de oro”, me repetí, dándole forma al desdén. No le gusté. Así de simple. Y aun así lo escribí con una sonrisa torcida, con ese humor que aparece después de la caída. Ahí el dolor tiene dirección, tiene rostro, tiene gesto. Una indiferencia concreta, posible de sentar frente a uno, aunque no devuelva la mirada.

Pero hay un duelo que me ha dolido más que todos los anteriores. Uno que todavía me cuesta nombrar. No por ser más cruel, sino por no tener un instante preciso, una grieta, un adiós. No hubo muerte. No hubo ruptura. No hubo despedida. Hubo crecimiento.

Ver crecer a mi hijo ha sido lo más hermoso que me pasó. Y, al mismo tiempo, lo más dulcemente insoportable. Nunca imaginé que la alegría pudiera doler. Que se pudiera llorar por palabras que un día dejan de existir: Diojo; Vede; Illo; Iul; Baco; Aja; no me quedaba otia…

Pequeños milagros en extinción. Sílabas que guardo con el cuidado reservado a lo irrepetible. Al principio todo era novedad: los primeros pasos, las primeras palabras, los dibujos sin forma que yo conservaba con devoción. Para mí, eran obras maestras. Yo era su mundo. Me llamaba “papi” con una voz mínima, temblorosa. Me esperaba en la puerta. Me abrazaba del cuello con una fe absoluta. Me pedía cuentos. Me interrumpía. Me necesitaba. Yo estaba ahí.

Hoy también está. Pero está distinto.

Ahora me dice “pa”. El afecto recortado, más seco. Responde con la demora aprendida de la distancia. Ya no me necesita para dormirse. No pregunta por qué el cielo es azul. No me pide ayuda para atarse los cordones. Se los ata solo, casi sin mirarlos, mientras revisa el celular. Y yo, en silencio, atravieso un duelo del que nadie habla.

No hay culpables. Nadie falló. Ni él. Ni yo. El tiempo hizo su trabajo. Paciente, obstinado, fue tallando otra forma en el rostro de mi hijo. Yo quedé abrazado al niño que fue. Y él se fue yendo de a poco, sin despedirse. Porque crecer no tiene ceremonia.

A veces lo miro y busco rastros. El niño que fue él. El niño que fui yo. No lo sé. Me miro en su cara y también me pierdo.

Me consuelo con las fotos. Gracias a Dios grabé muchos videos. Su voz de antes. Su risa de antes. Su manera de decir mi nombre. Su forma de correr. Todo está guardado. Todo existe. Pero ya no está. Y no sé qué hacer con eso.

—¿Tener otro hijo? —me preguntan.

No. No. No. ¿O sí? No lo sé. No creo que quiera otro hijo. Quiero a ese hijo. Al de antes. Al que decía “mirá, papi” por cualquier cosa. Al que se enojaba cuando el sol no salía justo a tiempo para jugar. Al que se dormía en mi pecho. Al que lloraba cuando yo me iba.

Nadie me preparó para este duelo. Para esta pérdida sin tragedia. Para esta alegría envuelta en despedida. Si pudiera elegir —y lo digo sin exagerar— sería papá de un niño toda la vida. No pediría más. Cuidaría ese tiempo con una devoción absoluta. Lo haría mil veces. Mil veces más. Porque es lo mejor que sé hacer. Porque en ese mundo pequeño encontré una versión de mí que desconocía. Ser papá me salvó.

Ahora tengo que aprender otra forma de amar. Soltar. Mirar desde lejos. Acompañar sin invadir. Quererlo sin red.

Este es el duelo que no supe escribir. El que duele sin herida. El que deja al alma detenida frente a una puerta que se cierra despacio, desde el otro lado.

Mi hijo se me escapa un poco más. Ya no es un niño. Es un río que se aleja de mi orilla con la urgencia natural de ser mundo. Lo miro avanzar, firme. En su paso vive el niño que fue y el hombre que empieza a ser.