18 de junio de 2026

QUIEN CORRIGE LA SOLEDAD

 




Con Norita tenemos desde hace años un diálogo permanente. Hablamos de libros, de política, de música, de amigos comunes y de esas pequeñas cosas de la vida cotidiana que terminan convirtiéndose en temas enormes. Además de amiga, Norita fue editora de algunos de los libros que publiqué. Conoce mis obsesiones, mis vicios literarios y hasta las palabras que repito sin darme cuenta.

Un día me preguntó en qué andaba.

—Terminando una novela —le dije.

—Está muy bien —contestó—, pero además de terminar novelas tendrías que ponerte de novio.

Le respondí que tenía razón. Nos reímos y cambiamos de tema. Sin embargo, aquella frase permaneció en algún rincón del coloquio.

Pasaron algunos meses hasta que volvió a llamarme.

—Escuchame —me dijo—. Te tengo que presentar a alguien.

—¿Y por qué pensás que podría ser para mí?

Entonces me contó la historia. Aquella mujer, medio en serio y medio en joda, le había dicho que estaba cansada de conocer tipos. Que ya no pedía demasiado. Si tenía trabajo, mejor, pero lo único indispensable era que se bañara todos los días y que fuera hincha de San Lorenzo.

—Y pensé en vos —me dijo Norita—. Sos prácticamente el único hincha de San Lorenzo que conozco. En otra época, cuando trabajaba con mi viejo, conocía muchos más. Ahora quedan pocos y vos te bañas, ¿o no? 

Acepté. Después de cierta edad uno aprende a desconfiar un poco de las presentaciones organizadas por amigos, pero también comprende que algunas casualidades merecen una oportunidad.

Norita viajó a Montevideo con su amiga y nos pasó los contactos. Hoy todo es más sencillo: un número de WhatsApp, un mensaje y un lugar de encuentro.

Ella me propuso ir al shopping de Punta Carretas que, según había leído, estaban por vender. Quería volver porque le traía recuerdos lindos. A mí me pareció un buen plan. Siempre me gustó ese lugar porque tiene el techo vidriado y uno puede seguir viendo cómo cambia la luz del día. Nunca da la sensación de estar encerrado.

Nos encontramos alrededor de las cuatro de la tarde. Pedimos un café y empezamos a hablar. Sin percibirlo, la tarde se convirtió en noche. A las diez me preguntó:

—Che, ¿no tenés hambre?

Recién ahí constatamos cuánto tiempo había pasado. Pedimos algo para comer y yo elegí un plato que no me dejara ningún perejil traicionero entre los dientes capaz de arruinar la cita.

El encuentro, sin embargo, ya era imposible de echar a perder.

Dialogamos sobre San Lorenzo. Como tenemos más o menos la misma edad, nos instalamos con total naturalidad en ese Ciclón de mediados de los ochenta. Recordamos la enorme decepción que nos produjo la venta de Perazzo y de Giunta a Boca, esa extraña obsesión que siempre pareció tener Boca por llevarse nuestros jugadores. Una obsesión que continúa hasta hoy.

Y entonces empezó algo todavía más extraño.

Comprobamos que ambos conservábamos en la memoria detalles mínimos. Resultados de liguillas, formaciones completas, publicidades en las camisetas. Zanella, Astori y Dream. Los dos recordamos el caso de Zacarías cuando sufrió un atentado en el vestuario visitante del estadio de Instituto de Córdoba. Datos que sólo alguien que hubiera vivido aquellos años con la misma intensidad podía conservar.

En un momento la miré y le dije:

—¿Te das cuenta de que no vamos a poder tener nunca más una conversación mejor que ésta, cuerva?

Ella se rió.

Pero los dos sabíamos que era verdad.

No importaba lo que pasara después. Si nos poníamos de novios, si no funcionaba, si la vida nos llevaba por otros caminos. Esa charla había sido altísima. Una de esas tertulias que justifican una cita.

Decidimos seguir viéndonos, una vez por mes. A veces en Buenos Aires, a veces en Montevideo. Sin grandes declaraciones, sin promesas excesivas. Solo con la alegría de saber que del otro lado había alguien con quien todavía era posible discurrir durante seis horas.

Después llamé a Norita.

—Escuchame —le dije—. Si esto me hubiera pasado a los treinta, te estaría agradeciendo por haberme presentado a la madre de mis hijos. ¡Me agarraste con cincuenta, Norch! 

Norita se rió.

Y yo también.

Porque a cierta edad uno deja de perseguir las grandes épicas y aprende a valorar los milagros modestos. Una conversa que se extiende sin mirar el reloj. Una complicidad inesperada. Alguien capaz de comprender por qué todavía puede doler una derrota de hace cuarenta años.

Y mientras cortaba la llamada pensé que hay personas que editan libros.

Y hay personas que, sin proponérselo, terminan corrigiéndole a uno la soledad.






6 de junio de 2026

EL DIOS DE LOS ROTOS

 


Archivo Perfil, Página/12, Infobae, La Capital



A principios de los noventa me había abrazado a los Ratones como bandera. Era mi tribu y mi manera de estar en el mundo. Hasta que conocí a una chica. La vi por primera vez en un recital de Memphis, en el Viejo Correo. Ella llevaba una remera de «Oktubre», se llamaba Selva, era una chica preciosa. Me enamoré antes de saberlo, después llegó la conversación que cambió todo.

¿Loco, vos sabés que Juanse le escribió un tema al Indio? Corte bardeándolo. Está todo mal con los chabones.

Me hice el distraído, mientras ella recorría con los ojos mi remera de “Tómalo o Déjalo” ¡Claro! En esa estampa paranoica había una pista. Empecé a escuchar a Patricio Rey por ella, sin decirlo del todo, y aprendí un idioma para no perder una cita. Sabía que el viernes siguiente volvería a encontrarla, y en esa certeza se me ordenaba el deseo de mi calendario secreto.

Lejos de la escucha compulsiva de los discos, me fui acercando por la palabra, por el rumor impreso de una música que todavía no tenía nombre completo. Empecé a hurgar en la gráfica, en sus márgenes, y terminé con un ejemplar de “Cerdos & Peces”, esa revista donde escribía el Indio. La voz narrativa de Solari empezó antes que el sonido.





***


A fines de 1991 llegamos con Selva a un galpón debajo de la Autopista 25 de Mayo en la zona de Parque Avellaneda. Entramos y cuando sonó «Todo un palo» entendí. La vi abrir los brazos en cruz, cerrar los ojos y apuntar el rostro hacia el cielo de lata bajo el que guardábamos nuestros secretos. El lugar devolvía un sonido sucio y maltrecho, pero ella lo recibía al igual que a una orquesta celestial. No hizo falta ninguna explicación. La chica que hizo tambalear mis certezas había dejado una semilla.

Al año siguiente los Redondos ya estaban por todas partes. A «Mi perro dinamita» y «Un poco de amor francés» las junaba hasta mi vieja. Esos milagros de tres minutos escapaban de los parlantes y se metían en las conversaciones, en los patios de escuela, en los colectivos. Hoy puedo admitirlo, continué fiel a las canciones de Juanse, pero también terminé sentado alrededor del fogón nómade que encendía Solari en los shows marplatenses de mediados de los noventa, cuando ya vivía en la ciudad, y ahí terminé de empaparme de la cultura ricotera.


Los Redondos en MDQ: 1996-1997-1999





***


Entendí algo que no tenía relación con el rock. Comprendí el amor. Ese amor que consiste en aceptar al otro con sus diferencias, incluso cuando esas distas son absurdas y adolescentes. Selva escuchaba una banda que yo había aprendido a rechazar. Y gracias a ella descubrí al Dios de los rotos*, a una parte de mí que todavía no conocía. Años después me enteré de su muerte. Tenía muy pocos años. Sin embargo, alcanzó para dejarme un legado enorme.

Por eso, cuando supe de la muerte del Indio, lo primero que pensé fue en Selva. Pensé que ella se había ido demasiado joven pero también pensé que se había ahorrado este día. Porque para quienes crecieron al abrigo del Indio a través de su poesía, permanecer en este plano tendrá algo de intemperie, de casa vacía y de una extraña orfandad. Como si, de pronto, la inmensidad que los contiene siguiera igual, pero faltara un cauce de versos que durante décadas les enseñó a nombrar la noche. 







* El título que da nombre a este post surge del testimonio de Agustina, una joven de Paraná, Entre Ríos, que durante un móvil de América 24, mientras esperaba en la fila del velorio, definió al Indio Solari con una frase tan sencilla como poderosa: "el dios de los rotos". Una imagen que, más allá de las creencias, parece resumir el lugar que su música ocupa para tantos que encontraron en sus canciones refugio, compañía y una forma de nombrar las heridas.