29 de abril de 2026

MEMORIA DISTRAÍDA

 




Hay fechas que uno imagina con anticipación, fechas destinadas a ocupar un lugar especial. Se las mira venir de lejos, se las rodea en el calendario, se las visita mentalmente durante días. Uno cree que, al llegar, algo va a alterarse en el ritmo habitual: una pausa, una respiración distinta, cierta conciencia de estar atravesando un umbral.

Pero no siempre ocurre.

A veces el día llega con absoluta normalidad y se instala en la rutina sin anunciar nada.

Eso fue el 27 de abril.

Había pensado en esa fecha durante semanas. Cinco años exactos desde la mudanza a Fortaleza. Cinco años desde aquel arribo cargado de cajas, expectativas y una fe todavía intacta en la posibilidad de empezar de nuevo. Un número redondo, suficiente para justificar al menos una pequeña ceremonia privada: un café largo frente al mar, una caminata, una conversación silenciosa consigo mismo.

Nada de eso ocurrió.

El día amaneció gris, con un cielo bajo y opaco. Desde temprano hubo mensajes, tareas, clases, llamados, asuntos pequeños pero insistentes. La vida desplegó su rutina habitual y él avanzó detrás de ella, obediente.

Responder un mensaje.

Corregir un texto.

Buscar un papel.

Preparar algo para la radio.

Resolver pequeñas urgencias.

A la noche, cuando finalmente pudo sentarse un momento, el cansancio ya había cubierto todo. No recordó nada. O recordó sin detenerse.

Recién al día siguiente apareció la incomodidad.

Era 28.

La fecha irrumpió mientras preparaba café. No tuvo nada de revelación grandiosa; fue apenas una corrección íntima.

Era ayer.

Lo dijo en voz baja, con una mezcla de fastidio y desconcierto.

Entonces empezó a reconstruir.

Volvió a esa primera noche de cinco años atrás. El viaje. Las cajas todavía cerradas. El traslado. El aire distinto, más húmedo, más ancho. La sensación concreta de haber llegado a un territorio todavía ajeno, aunque disponible para ser habitado.

Recordó el departamento vacío y el eco.

Las bolsas apoyadas sobre una silla.

La primera compra en el supermercado del barrio: aceite, pan, papel higiénico, una Coca-Cola tibia.

La cocina improvisada de una milanesa con puré.

Una foto enviada para avisar: estamos acá.

Había algo profundamente conmovedor en esos rituales mínimos. Fundar una nueva vida parecía consistir menos en grandes decisiones que en acciones elementales: encontrar dónde guardar los cubiertos, elegir qué taza usar primero, anotar gastos en un cuaderno.

Las casas empiezan así.

No con arquitectura, sino con costumbres.

Pero una vez activada, la memoria no acepta consignas.

Avanza sola.

Del 28 pasó al 29, y el 29 ya tenía otra temperatura. Una inquietud difícil de precisar.

Y después el 30.

Ahí estaba el verdadero centro de gravedad.

La muerte de su madre.

La noticia irrumpió sin transición. Todo lo que había comenzado a organizarse durante esos días quedó atravesado de inmediato por otra lógica. Hubo que volver al centro, desarmar planes, habitar trámites, llamadas y decisiones prácticas mientras algo esencial se fracturaba.

Ese primer hogar quedó suspendido.

Habían llegado para inaugurar una vida y, antes de acomodar del todo los libros, la muerte ya había dejado su marca.

Quizás por eso el aniversario había pasado casi sin registro.

No era olvido.

Era otra cosa.

Algunas fechas contienen demasiadas capas: expectativa, pérdida, duelo, esperanza, decepción, reconstrucción. Demasiado material comprimido en un mismo punto.

Entonces el cuerpo elige un método más simple.

Hace.

Se ocupa.

Contesta mensajes.

Corrige textos.

Compra pan.

La acción desplaza todo lo demás.

Cinco años.

Pensó en eso mientras miraba por la ventana.

Cinco años hacia atrás llevaban a otra versión de sí mismo. Una vida anterior. Antes de ciertas personas, antes de algunos dolores del cuerpo, antes de la pandemia, antes de hábitos nuevos y renuncias inevitables.

Aunque enseguida corrigió esa idea.

No existe un antes puro.

Nada empieza realmente de cero.

Todo ya estaba insinuado, esperando.

La vida no avanza por compartimentos cerrados. Superpone capas. Encadena decisiones que en apariencia son pequeñas y que, años después, revelan su dimensión real.

Miró sus manos sosteniendo la taza.

Pensó en la década.

De los cuarenta a los cincuenta.

Dicho así sonaba administrativo, casi burocrático. Pero vivido desde adentro había sido otra cosa: una acumulación intensa, demasiados episodios para ordenarlos sin empobrecerlos.

Mientras ocurren, los años parecen extensos.

Mirados hacia atrás, se contraen.

Quizás por eso la memoria falla precisamente en las fechas que uno considera importantes.

No porque no importen.

Sino porque importan demasiado.

Y necesitan rodeos.

Necesitan demora.

Tal vez escribir sea eso.

Una segunda oportunidad para recordar.

No el recuerdo exacto —esa ilusión imposible— sino una forma más nítida de comprender lo vivido.

Escribir no corrige nada.

No devuelve a nadie.

No altera fechas ni resultados.

Pero ordena.

Traza una línea entre escenas dispersas y les concede cierta forma.

Terminó el café ya frío.

Afuera seguía nublado.

Miró el calendario del celular con una leve desconfianza.

La memoria había llegado tarde.

Pero había llegado.

Y eso, por ahora, alcanzaba.



20 de abril de 2026

PATTI SAID

 

Dijo una vez Patti Smith: “No busques ser cool. Sé apasionado, sé comprometido, sé tú mismo. La autenticidad es más punk que cualquier chaqueta de cuero. Escribe, canta, crea, aunque nadie escuche. Porque el arte verdadero nace del alma, no del aplauso.”





10 de marzo de 2026

BRIANTE Y EL MISTERIO SANDRO

 



Ayer me pasó algo hermoso, de esos momentos que después uno quiere contar despacio para que no se rompan. Estuve almorzando con un amigo, el escritor Camilo Sánchez. Una mesa larga, una conversación sin reloj, y alrededor estaba Julia, Teresita —su mamá— y Nené. Comimos rico, de esas comidas donde la sobremesa se vuelve territorio de recuerdos, de literatura, de periodismo y de vida.

En algún momento, entre una anécdota y otra, me acordé de un libro que Camilo me había prestado hace tiempo. «Desde este Mundo» de Miguel Briante. 

Briante fue un escritor enorme. Cronista, narrador, uno de esos periodistas que entendían que escribir no era solamente informar: era mirar el mundo con un lente distinto. Fue entre otras cosas jefe de redacción de Confirmado y de El Porteño. Había publicado muchísimas reseñas literarias, estuvo en Página/12, donde se ocupó de la sección de artes plásticas. Entonces Camilo me dijo algo que me quedó resonando.




—¿Vos sabés, Raly, que Briante fue a cubrir un show de Sandro a fines de los 80? Lo dijo y abrió una puerta. Sandro, en aquel tiempo, todavía cargaba con esa mirada un poco condescendiente de cierta intelectualidad. Para algunos era apenas el ídolo de las señoras, el cantante de las rosas y los suspiros. Pero Briante lo miró de otro modo. En esa crónica describió la escena con la precisión de un novelista: la bata, el gesto teatral, la respiración del público, ese magnetismo extraño que hacía que miles de personas se quedaran suspendidas en un movimiento de manos. No lo trató como un fenómeno kitsch. Lo miró como lo que era: un artista único.

Tal vez fue entonces cuando algo empezó a cambiar. Porque cuando un gran cronista nombra de otra manera a un artista popular, el mundo comienza a escucharlo distinto. Y eso sucedía en tiempos en que un diario en papel alcanzaba tiradas de muchísimos ejemplares.

Años después, ya en 1999, en el fin del siglo, muchos músicos del rock grabaron versiones de canciones de Sandro. Ese disco tributo terminó de confirmar algo que Briante había intuido más de una década antes: que en ese cantante criado en Lanús, había cruzado una dimensión artística que atravesaba generaciones y prejuicios. 

Y mientras hablábamos de todo eso, también apareció en la conversación aquel diario —Página/12— que a fines de los 80 y comienzos de los 90 fue mucho más que papel. Fue refugio. Fue faro. Ahí escribían, Eduardo Galeano, Juan Gelman, Osvaldo Soriano, Camilo Sánchez y el propio Miguel  Briante. Y entonces pensé algo. Que a veces la historia de la cultura no se escribe en los grandes manifiestos, sino en gestos más pequeños: un cronista que decide mirar distinto, un artículo que se publica en una página interior, una conversación en una mesa donde el tiempo se afloja. Porque Sandro venía de lejos: de Valentín Alsina, de escenarios donde la electricidad del rock apenas era una promesa, de ese país profundo que empieza cuando Pompeya deja de ser Sáenz y se transforma en conurbano, un lugar donde el amor y el drama siempre cantan un poco más fuerte.

Mientras hablábamos de todo eso recordé otra coincidencia que siempre me emociona: mi hijo Julián nació en la Maternidad Sardá en Parque Patricios, el mismo hospital donde también había nacido Roberto Sánchez, Sandro. Esas casualidades que no explican nada pero iluminan. Entonces pensé que tal vez eso era lo que Briante había visto. Que desde esos barrios, desde esas historias mínimas, podía surgir algo irrepetible. Porque hay artistas que se imitan. Y hay artistas que no se pueden copiar jamás. Sandro pertenecía a esa segunda especie.

Y quizás un cronista como Miguel Briante fue de los primeros en escribirlo con todas las letras. Desde entonces, cuando alguien canta una canción de Sandro, cuando un músico de rock se anima a tocarla, cuando una historia vuelve a contarse en una mesa entre amigos. Uno siente que aquella mirada sigue viva como si en algún rincón del periodismo —entre la tinta, la música y la memoria—Briante todavía estuviera escribiendo.







25 de enero de 2026

ELEGIR LA MAGIA

 






Quedó un resto.

Con eso escribo.

 

Nada permanece:

por eso duele,

por eso cuido.

 

Aprendí a quedarme

sentado frente al vacío,

a borrar,

a persistir.

 

A veces herir es brillar.

A veces el daño

no tiene manos.

 

Mi casa es una voz

hablando sola,

una tinta que respira.

 

Cuando el mundo explica,

yo elijo el temblor.

 

Sigo eligiendo

la herida que canta.





21 de enero de 2026

LA CATEDRAL EN EL BARRO

 



Adán Buenosayres no es una novela, es una ciudad respirando adentro de un cuerpo. El escritor Leopoldo Marechal no escribió Buenos Aires: la habitó con palabras. La volvió mito, esquina, patio, cielo metafísico y baldío de barrio al mismo tiempo.

¿Por qué se habla poco de Marechal?

Tal vez porque su obra no se dejó domesticar. No fue dócil al mercado, a la academia, ni al canon cómodo, ni a la literatura que se deja resumir en los suplementos de cultura. Marechal escribió una épica porteña cuando la épica parecía una mala palabra. Escribió con una fe casi religiosa en la literatura, cuando la ironía empezaba a cotizar mejor que la esperanza.

Borges y Cortázar armaron constelaciones. Fueron faros.

Pero Marechal levantó una catedral en medio del barro.

Una catedral llena de santos barriales, borrachos metafísicos, poetas pobres, semillas del Ángel Gris que piensan el universo desde una vereda rota.

Adán Buenosayres vibra porque no quiso agradar: quiso decir.

No busca ser elegante: busca ser verdadera.

Es una novela que se atreve a mezclar filosofía con panadería, mística con baldío, eternidad con yerba de ayer secándose al sol. En sus páginas, las preguntas más hondas sobre el sentido de existir aparecen amasadas entre rutinas mínimas. Lo trascendente no irrumpe como revelación solemne, sino que se filtra en lo cotidiano, en lo que parece inútil pero guarda memoria. Así, la novela propone una espiritualidad rasposa y terrestre, donde lo infinito se deja tocar con las manos y el tiempo eterno convive, sin escándalo, con los restos humildes de un día cualquiera.

 

¿Se vendieron mejor Borges y Cortázar?

Puede ser. Ellos dialogaron mejor con el mundo.

Marechal dialogó con el alma argentina. Y eso no siempre cotiza en dólares ni en traducciones.

Quizás su obra sea la que mejor nos pintó, porque no nos pintó lindos:

nos pintó complejos, contradictorios, místicos y carnales, solemnes y patéticos, profundos y pendencieros.

Marechal no escribió para gustar.

Escribió para fundar.

Y fundar siempre es más lento que brillar.



"Un sabor amargo en la lengua del cuerpo y en la del alma, eso era lo que sentía él al considerar la parodia de génesis que se desarrollaba en su habitación."

"—¡Señores —exclamó—, fíjense qué país es el nuestro, qué carácter el suyo, qué fuerza la de su tradición! Este hombre, italiano de sangre y aborigen de La Paternal, sin haber salido nunca de su barrio, sin conocer la pampa ni sus leyes, ¡toma un buen día la guitarra y se hace payador! ¡Señores, esto es grande! Colosal —afirmó Adán Buenosayres muy serio."


9 de diciembre de 2025

LA ORQUETA DEL DESTINO





Tenía doce años. Verano del ’88. Lo habían invitado a un asalto. Él pensaba que sería como un cumple: globos, torta, los pibes corriendo alrededor de la mesa. Pero no. Esto era otra cosa: luces bajas, radiograbador a todo volumen, los más grandes bailando lentos y apretados, como si fueran adultos que ya sabían todo de la vida.

Llegó medio tarde porque se había quedado en el campito del Mercado Central, tirándole a un paredón con la gomera. La llevó consigo, metida en la cintura bajo la chomba de Papazzi, y no sabía bien por qué. Era como cargar un pedacito de su mundo, un secreto que solo él podía sostener.

Dentro, el aire era pesado: mezcla de Pepsi tibia, transpiración y un poco de humo de cigarrillo que escapaba de los más grandes. Vasos de plástico tirados, papas fritas blandas en un bol, y un cassette que pasaba de Europe a Pet Shop Boys. Cada tanto alguien apretaba rewind y el radiograbador chistaba, como una locomotora que respiraba.

De golpe, ¡paf!, arranca un lento: Milli Vanilli. La música bajó el pulso de la sala. Él sintió que le ardían las manos. Y ahí la vio a ella. La que le gustaba de verdad. La invitó a bailar, y ella dijo que sí. Todavía no entendía cómo había pasado.

Apoyó sus manos en la cintura de ella y le temblaban tanto que pensó que lo delatarían. Ella apoyó las suyas en sus hombros, livianas, casi flotando. El mundo desapareció: no estaban las risitas de los costados, ni los codazos de los pibes, ni las chapitas rodando por el piso. Solo ellos, moviéndose torpes, atrapados en un vaivén que parecía eterno.

Hasta que… chau. Ella descubrió la gomera. La sintió dura, escondida en la cintura. Lo miró con ojos grandes, primero sorprendida, después con esa mezcla de ternura y lástima que duele más que un regaño. Él se quería hundir en el piso. No era el langa que fingía. Era un nene con gomera.

El lento terminó. Ella se soltó despacito y se fue con sus amigas. Él se quedó clavado en medio del comedor, con la música apagándose en el pecho y la gomera todavía firme. Sin beso, sin conquista. Solo él, con sus nervios y su verdad.

Muchos años después, al recordarlo, se ríe solo. Esa noche entendió que crecer no era hacerse el grande: era animarse a mostrarse tal cual era, aunque quedara ridículo. Y, todavía le gusta pensar, que en esa fiesta, aunque no besó, fue el único que se animó a bailar con la gomera colgando de la cintura.

Quizás algún día, cuando sea grande, aprenda a besar sin que le tiemble la mano, a mirar fijo y apuntar al blanco del corazón. Mientras tanto, sigue jugando. Porque en cada lento torpe, en cada risa nerviosa, descubrirse a uno mismo ya es un disparo que da en el blanco.









30 de noviembre de 2025

AUD

 




Anoche, en la AUD, mi hijo salió a encontrarse con sus amigos y compañeras del Instituto Roberto Arlt. Yo, desde lejos, sentí que algo vibraba distinto: una mezcla de alegría y desorden luminoso, ese caos hermoso que sólo aparece cuando la vida está por cambiar.

Me llegó una foto en plena madrugada. Lo vi radiante, rodeado de risas, de complicidades, de esa energía que sólo la juventud puede conjurar. Y pensé en Arlt. En cómo estaría disfrutando este pequeño lío que armaron, igual al que él armó alguna vez contra la academia y los cogotudos de siempre.

Mientras lo miraba en la pantalla, entendí que mi hijo ya camina hacia su propio destino. Y me quedé con un orgullo manso, íntimo: el de saber que empieza a escribir su historia con una luz que no necesita permiso para brillar.