📚 JAM LITERARIO EN LA FERIA DEL LIBRO: ¿DE QUÉ SE TRATA?
La literatura también puede ser
un espacio de encuentro, intercambio y creatividad. En el marco de la Feria del
Libro, charlamos con el periodista Raly Haurat para conocer qué es un jam
literario, cómo funciona esta propuesta y de qué manera invita a vivir la
lectura y la escritura desde una experiencia colectiva.
🎤 ¿Cómo se desarrolla un jam literario y qué
lo hace diferente? Lo descubrimos en esta charla.
Queridos Peabody y Sherman,
Goofy y Max, Gepetto y Pinocho, Sulley y Boo, Woody y Andy, Marlin y Nemo, Carl
y Russell, Mufasa y Simba... y tantos otros que ocuparon el sillón de mi casa
sin pedir permiso.
Les escribo porque mi hijo Julián cumple dieciocho años.
¡Dieciocho!
Qué número extraño. Uno pasa
años enseñándole a un hijo a caminar, a cruzar una calle, a distinguir una
mentira de una verdad, a atarse los cordones, a no perder la ternura... y un
día descubre que ya es un hombre. Entonces comprende que también los personajes
de la infancia envejecen, aunque conserven la misma cara en la pantalla.
No recuerdo haber elegido esas
películas por alguna teoría sobre la paternidad. No buscaba mensajes ocultos ni
hacía listas de recomendaciones. Aparecían. Una tarde era Pinocho. Otra,
Peabody y Sherman. Después, Goofy en su esfuerzo por entender a Max. Más tarde
llegaban Monsters, Inc., Toy Story, Buscando a Nemo. Eran apenas películas para
compartir una tarde o eso creía.
Con el paso de los años entendí
que todas narraban la misma historia: La de un adulto que aprende a querer sin
manual, la de un hijo que busca su propia voz, la de dos generaciones que se
equivocan hasta descubrir que el amor nunca trae instrucciones.
Julián adoraba a Pinocho. Tal
vez porque todos los chicos entienden, antes que nosotros, que crecer consiste
en dejar de ser de madera para convertirse en alguien de verdad.
También adoraba a Goofy, el famoso Tribilin.
Siempre me llamó la atención. Entre tantos héroes impecables, él elegía al más
torpe de todos. Al padre que nunca hacía todo bien, que llegaba tarde, que
metía la gamba, pero que jamás dejaba de estar.
Con los años entendí que Goofy
era mucho más valiente que cualquier superhéroe. Hace falta un enorme coraje
para ser un buen padre cuando uno sabe que no tiene todas las respuestas.
¿Y
qué decir de Peabody?
Un perro que adopta a un hijo
humano y le enseña que el conocimiento sirve para viajar por la historia, pero
el amor es el acceso directo para volver a casa. No era una película sobre viajes en el
tiempo. Era una historia sobre el tiempo compartido.
Hoy miro hacia atrás y pienso
que ustedes hicieron mucho más que entretener. Mientras nosotros preparábamos
la leche, apagábamos las luces del living o discutíamos quién elegía la
película, ustedes dejaban preguntas que muchos años después empezamos a
responder.
Quizá por eso quería
escribirles. Para decirles gracias. Porque acompañaron una infancia sin hacer
ruido. Porque ocuparon un lugar que no figuraba en ningún contrato familiar.
Porque ayudaron a construir recuerdos que todavía respiran. Y ahora quisiera
pedirles un favor.
No hace falta crear un grupo de
WhatsApp, no, no. Sería un caos. Imagino a Goofy mandando audios de ocho minutos, a
Peabody corrigiendo la ortografía de todos y a Pinocho con la promesa de que
esta vez sí va a responder los mensajes.
Pero sí me gustaría que, de vez
en cuando, encontráramos un día y una hora para volver a vernos. Cada dos o
tres años alcanza. Nos sentamos un rato. Les cuento en qué anda Julián. Ustedes
me cuentan cómo hacen para conservarse iguales mientras nosotros cambiamos.
Porque tienen una ventaja enorme sobre nosotros. Ustedes no envejecen. Somos
nosotros quienes volvemos a mirarlos con otros ojos. Y quizá crecer consista en
eso. En descubrir que sus películas nunca fueron solo para nuestros hijos.
También eran para nosotros.
Para recordar, cuando ellos ya
sean hombres, que hubo un tiempo maravilloso en el que un muñeco de madera, un
perro torpe (perdón, Goofy), un científico de cuatro patas, un monstruo azul o un vaquero de
juguete nos ayudaban, sin saberlo, a aprender el oficio más difícil del mundo.
El de ser padre.
Gracias por haber acompañado la
infancia de Julián.
El arte debe tomar a la realidad por sorpresa y mientras Argentina eliminaba a Inglaterra del Mundial 2026, los Rolling Stones acababan de lanzar «Foreign Tongues» (Lenguas foráneas), su mejor disco en cuarenta y cinco años.
En algún punto, las dos
cosas pertenecen a mundos muy distintos. Una ocurre en una cancha de fútbol. La
otra, en un estudio de grabación. Una tiene noventa minutos, un resultado y una
eliminación. La otra tiene canciones, guitarras, voces, silencios. Pero, para
mí, de algún modo, se cruzan.
En el Mundial de Italia '90
tenía catorce años. Los chicos malos de Dartford habían editado unos meses antes «Steel Wheels» (1989) y
algunos de los cortes—Rock and hard place, Mixed emotions— sonaban en las radios mientras Caniggia le hacía un golazo a Brasil y yo empezaba a entender que la música podía acompañar una vida entera.
Pero no fue con éste disco que me hice fan de los Rolling Stones. Fueron «Still Life» (1982) y «Flashpoint» (1991), dos recorridos en vivo, las puertas de entrada a parte de su historia. Y desde entonces, los Stones
se convirtieron en una de esas bandas que uno siente que ya forman parte de tu
propia biografía.
Un lustro después llegó «Voodoo
Lounge»(1994). Mi papá me regaló para mi cumpleaños un
equipo de audio Aiwa NSX 990, casi un cero kilómetro, como se decía entonces.
Y escuchaba en el minicomponente Love Is Strong y Out of Tears... Hice un
esfuerzo enorme para que ese compact disc me gustara mientras a Diego le
cortaban las piernas. Además, debo admitir que toda aquella fiebre rolinga me producía cierta irritación.
De pronto, parecía que la
ciudad entera había descubierto a la lengua más famosa del rock. Las remeras aparecían por todas
partes. Los fans se multiplicaban. El estado febril estaba en la calle. Y, en cierto
modo, eso me molestaba. Porque habíamos estado ahí antes de la multitud. En
1991, cuando los Ratones Paranoicos hicieron un homenaje a los Stones en
Obras Sanitarias, fuimos apenas tres mil, tres mil quinientas personas. Éramos
un pequeño ghetto. Y quizá había algo de orgullo —o de egoísmo— en haber
llegado antes, cuando todavía no había tantas remeras, ni tantos fanáticos, ni
periodistas hablando de toppers, flequillos y jardineros.
Finalizando el milenio, los Glimmer Twins editaron «Bridges to Babylon» (1997). Casi una década después: «A Bigger
Bang» (2005). Y, aunque fui a verlos en la gira de Voodoo y también en la
de Bridges, no volvió a pasarme algo que ya había vivido antes con
sus obras maestras de fines de los sesenta y principios de los setenta... Hasta
ahora.
Mientras se disputa el Mundial este lanzamiento me voló la
cabeza. Porque uno podría pensar que, después de tantos canciones, de haber
disfrutado tantas veces de sus cassettes, ya no queda demasiado espacio
para el asombro. Es como si hubieran redescubierto detrás de los achaques y las
arrugas a los pendejos barderos que supieron ser.
Los catorce tracks de «Foreign Tongues» son una vuelta al amateurismo perdido. Son melodías que hasta hoy no formaban parte de mi vida: un
riff que no escuché durante veinte, treinta años. Un estribillo que, apenas
unos minutos antes, todavía no existía y que ahora está ahí, frente a mí,
sonando por primera vez.
Esta vez no llegué tarde. No la
encontré en una vieja grabación en el Parque Rivadavia ni la recuperé de algún
rincón perdido de la Bond Street. La escuché mientras nace. En el mismo instante
en que un single nuevo deja de ser una posibilidad
y se convierte en canción.
Eso es lo que me impresiona del
vigésimo quinto álbum de estudio de la banda porque no recupero un single de
1969 ni descubro un tema perdido de las sesiones de «Exile on Main St».
No vuelvo a escuchar algo que ya existía antes de que yo naciera. Escucho un
hitazo reciente de los Rolling Stones. Now!
Y eso, para alguien que ama a
esta banda desde hace tantas décadas, es una experiencia casi inexplicable.
LAS CANCIONES
Escuché Crossing You unas
quince veces seguidas, la versión del tema Amy Winehouse, You Know I´m No Good,
me parece descomunal. Ringing Hollow*... ¡Es una locura! El disco entero tiene
algo que yo ya no esperaba volver a sentir: las ganas de quedarme a vivir
adentro de un álbum. No quiero que se termine. ¡Y qué raro es decir eso! Porque
los discos, durante mucho tiempo, fueron algo que uno esperaba. Llegaban y se
oían. Se incorporaban a la vida pero también se terminaban.
Sus Majestades Satánicas me
hicieron esperar tres décadas para volver a sentir que una lista de canciones podía
maravillarme de esta manera y por eso lo valoro tanto. Y mientras escuchaba
esta nueva criatura recién llegada al mundo, y veía a Jagger en la tribuna, con
la camiseta invisible de su país, no podía dejar de pensar en la extraña paradoja.
Ahí estaba él, alentando a su selección mientras Enzo Fernández la clavada en
un ángulo del arco británico. El mismo hombre cuya voz forma parte de la banda
de sonido de mi vida. Y yo, del otro lado, viendo a Argentina eliminar a
Inglaterra. Las pasiones no siempre se llevan bien entre sí. A veces se cruzan
y se contradicen.
Me siento orgulloso de ser fan
de la mejor banda de Rock and Roll de todos los tiempos. Porque hay algo
hermoso en haber esperado tanto para volver a sentir esto. Es como si, de
pronto, estuviera en 1978 y apareciera «Some Girls» o en 1973 y se editara «Goats
Head Soup». Pero no estamos en 1973 ni en 1978. Estamos en 2026. Y la vieja
maquinaria que nació en el Marquee de Londres acaba de editar una joya. No sé
cuánto tiempo va a durar esta sensación, ni cuántas veces voy a volver a aguzar
el oído y si dentro de unos meses lo voy a sentir de la misma manera. Ahora
estoy ahí; en el instante exacto en que un nuevo álbum de los Rolling Stones
deja de ser un disco y se convierte en un acontecimiento de mi propia vida.
Quizá de eso se trate ser un
stone puro y duro: esperar, atravesar las épocas y permanecer, incluso cuando
uno sabe que ciertas cosas ya no volverán. Hasta que, contra todo pronóstico,
vuelven a suceder. Y entonces uno entiende que la espera también tenía sentido.
*Los Stones le
devolvieron al sueño americano su propia música, pero convertida en ironía. ¡Maravilloso!
Con Norita tenemos desde hace
años un diálogo permanente. Hablamos de libros, de política, de música,
de amigos comunes y de esas pequeñas cosas de la vida cotidiana que terminan
convirtiéndose en temas enormes. Además de amiga, Norita fue editora de algunos
de los libros que publiqué. Conoce mis obsesiones, mis vicios literarios y
hasta las palabras que repito sin darme cuenta.
Un día me preguntó en qué
andaba.
—Terminando una novela —le
dije.
—Está muy bien —contestó—, pero
además de terminar novelas tendrías que ponerte de novio.
Le respondí que tenía razón.
Nos reímos y cambiamos de tema. Sin embargo, aquella frase permaneció en algún
rincón del coloquio.
Pasaron algunos meses hasta que
volvió a llamarme.
—Escuchame —me dijo—. Te tengo
que presentar a alguien.
—¿Y por qué pensás que podría
ser para mí?
Entonces me contó la historia.
Aquella mujer, medio en serio y medio en joda, le había dicho que estaba
cansada de conocer tipos. Que ya no pedía demasiado. Si tenía trabajo, mejor,
pero lo único indispensable era que se bañara todos los días y que fuera hincha
de San Lorenzo.
—Y pensé en vos —me dijo
Norita—. Sos prácticamente el único hincha de San Lorenzo que conozco. En otra
época, cuando trabajaba con mi viejo, conocía muchos más. Ahora quedan pocos y vos te bañas, ¿o no?
Acepté. Después de cierta edad
uno aprende a desconfiar un poco de las presentaciones organizadas por amigos,
pero también comprende que algunas casualidades merecen una oportunidad.
Norita viajó a Montevideo con
su amiga y nos pasó los contactos. Hoy todo es más sencillo: un número de
WhatsApp, un mensaje y un lugar de encuentro.
Ella me propuso ir al shopping de
Punta Carretas que, según había leído, estaban por vender. Quería volver porque
le traía recuerdos lindos. A mí me pareció un buen plan. Siempre me gustó ese
lugar porque tiene el techo vidriado y uno puede seguir viendo cómo cambia la
luz del día. Nunca da la sensación de estar encerrado.
Nos encontramos alrededor de
las cuatro de la tarde. Pedimos un café y empezamos a hablar. Sin percibirlo,
la tarde se convirtió en noche. A las diez me preguntó:
—Che, ¿no tenés hambre?
Recién ahí constatamos cuánto
tiempo había pasado. Pedimos algo para comer y yo elegí un plato que no me
dejara ningún perejil traicionero entre los dientes capaz de arruinar la cita.
El encuentro, sin embargo,
ya era imposible de echar a perder.
Dialogamos sobre San Lorenzo. Como
tenemos más o menos la misma edad, nos instalamos con total naturalidad en ese Ciclón de mediados de los ochenta. Recordamos la enorme decepción que nos
produjo la venta de Perazzo y de Giunta a Boca, esa extraña obsesión que
siempre pareció tener Boca por llevarse nuestros jugadores. Una obsesión
que continúa hasta hoy.
Y entonces empezó algo todavía
más extraño.
Comprobamos que ambos
conservábamos en la memoria detalles mínimos. Resultados de liguillas,
formaciones completas, publicidades en las camisetas. Zanella, Astori y Dream. Los
dos recordamos el caso de Zacarías cuando sufrió un atentado en el vestuario
visitante del estadio de Instituto de Córdoba. Datos que sólo alguien que
hubiera vivido aquellos años con la misma intensidad podía conservar.
En un momento la miré y le
dije:
—¿Te das cuenta de que no vamos
a poder tener nunca más una conversación mejor que ésta, cuerva?
Ella se rió.
Pero los dos sabíamos que era
verdad.
No importaba lo que pasara
después. Si nos poníamos de novios, si no funcionaba, si la vida nos llevaba
por otros caminos. Esa charla había sido altísima. Una de esas
tertulias que justifican una cita.
Decidimos seguir viéndonos, una
vez por mes. A veces en Buenos Aires, a veces en Montevideo. Sin grandes
declaraciones, sin promesas excesivas. Solo con la alegría de saber que del
otro lado había alguien con quien todavía era posible discurrir durante seis
horas.
Después llamé a Norita.
—Escuchame —le dije—. Si esto
me hubiera pasado a los treinta, te estaría agradeciendo por haberme presentado
a la madre de mis hijos. ¡Me agarraste con cincuenta, Norch!
Norita se rió.
Y yo también.
Porque a cierta edad uno deja
de perseguir las grandes épicas y aprende a valorar los milagros modestos. Una
conversa que se extiende sin mirar el reloj. Una complicidad inesperada.
Alguien capaz de comprender por qué todavía puede doler una derrota de hace
cuarenta años.
Y mientras cortaba la llamada
pensé que hay personas que editan libros.
Y hay personas que, sin
proponérselo, terminan corrigiéndole a uno la soledad.
A principios de los noventa me
había abrazado a los Ratones como bandera. Era mi tribu y mi manera
de estar en el mundo. Hasta
que conocí a una chica. La vi
por primera vez en un recital de Memphis, en el Viejo Correo. Ella llevaba una remera de «Oktubre», se llamaba Selva, era una chica preciosa. Me enamoré antes de saberlo, después llegó la conversación que cambió todo.
—¿Loco,
vos sabés que Juanse le escribió un tema al Indio? Corte bardeándolo. Está todo mal con los chabones.
Me hice el distraído, mientras
ella recorría con los ojos mi remera de “Tómalo o Déjalo” ¡Claro! En esa estampa
paranoica había una pista. Empecé a escuchar a Patricio Rey por ella, sin
decirlo del todo, y aprendí un idioma para no perder una cita. Sabía que el
viernes siguiente volvería a encontrarla, y en esa certeza se me ordenaba el
deseo de mi calendario secreto.
Lejos de la escucha compulsiva
de los discos, me fui acercando por la palabra, por el rumor impreso de una
música que todavía no tenía nombre completo. Empecé a hurgar en la gráfica, en
sus márgenes, y terminé con un ejemplar de “Cerdos & Peces”, esa revista donde escribía el Indio. La voz narrativa de Solari empezó antes que el sonido.
***
A fines de 1991 llegamos con Selva a un galpón debajo de la Autopista 25 de Mayo en la zona de Parque Avellaneda. Entramos y cuando sonó «Todo un palo» entendí. La vi abrir los brazos en cruz, cerrar los ojos y apuntar el rostro hacia el cielo de lata bajo el que guardábamos nuestros secretos. El lugar devolvía un sonido sucio y maltrecho, pero ella lo recibía al igual que a una orquesta celestial. No hizo falta ninguna explicación. La chica que hizo tambalear mis certezas había dejado una semilla.
Al año
siguiente los Redondos ya estaban por todas partes. A «Mi perro dinamita» y «Un
poco de amor francés» las junaba hasta mi vieja. Esos milagros de tres minutos escapaban de los
parlantes y se metían en las conversaciones, en los patios de escuela, en los
colectivos. Hoy
puedo admitirlo, continué fiel a las canciones de Juanse, pero también terminé sentado
alrededor del fogón nómade que encendía Solari en los shows marplatenses de
mediados de los noventa, cuando ya vivía en la ciudad, y ahí terminé de
empaparme de la cultura ricotera.
Los Redondos en MDQ: 1996-1997-1999
***
Entendí algo
que no tenía relación con el rock. Comprendí el amor. Ese amor que consiste en
aceptar al otro con sus diferencias, incluso cuando esas distas son absurdas y
adolescentes. Selva escuchaba una banda que yo había aprendido a rechazar. Y gracias a ella
descubrí al Dios de los rotos*, a una parte de mí que todavía no conocía. Años después me enteré de su muerte. Tenía muy pocos años. Sin embargo, alcanzó para dejarme un legado enorme.
Por
eso, cuando supe de la muerte del Indio, lo primero que pensé fue en Selva.
Pensé que ella se había ido demasiado joven pero también pensé que se había
ahorrado este día. Porque
para quienes crecieron al abrigo del Indio a través de su poesía, permanecer
en este plano tendrá algo de intemperie, de casa vacía y de una extraña
orfandad. Como si, de pronto, la
inmensidad que los contiene siguiera igual,
pero faltara un
cauce de versos que durante décadas les enseñó a nombrar la noche.
* El título que da nombre a este
post surge del testimonio de Agustina, una joven de Paraná, Entre Ríos, que
durante un móvil de América 24, mientras esperaba en la fila del velorio,
definió al Indio Solari con una frase tan sencilla como poderosa: "el dios
de los rotos". Una imagen que, más allá de las creencias, parece resumir
el lugar que su música ocupa para tantos que encontraron en sus canciones
refugio, compañía y una forma de nombrar las heridas.
La
semana pasada escribí sobre el policial negro. De esa mirada donde el crimen
muchas veces no importa tanto como la corrupción, la noche, la soledad humana.
Y me quedé pensando en otro género —o mejor dicho, en otra forma de mirar el
mundo— que siempre me fascinó y que muchas veces usamos sin darnos cuenta, el realismo mágico.
Y me
interesa aclarar algo desde el principio. El realismo mágico no es solamente
que aparezca un fantasma en una historia. No es poner una vaca que vuela o un
hombre que vive doscientos años. Eso sería demasiado fácil.
El
verdadero realismo mágico ocurre cuando lo extraordinario entra en la vida
cotidiana sin pedir permiso. Y, sobre todo, cuando nadie se sorprende
demasiado.
Ahí está la clave.
Porque
en el realismo mágico lo imposible no rompe la realidad, es decir, convive con ella.
Un
hombre desayuna mientras afuera llueven flores amarillas, una mujer sigue
hablándole al marido muerto como si todavía estuviera sentado en la cocina, un
pueblo entero puede dormir durante años bajo el calor y la malaria y aun así
seguir funcionando. Y nadie dice —Qué
raro— Porque para los personajes eso forma parte natural de la existencia. Y tal
vez por eso el realismo mágico nació tan fuerte en Latinoamérica.Porque
este continente siempre convivió con dos mundos al mismo tiempo, el
racional y el mítico.
Acá muchos
le hablamos a los muertos. Todavía creemos en señales, guardamos
supersticiones familiares. Acá una abuela puede
decirte que soñó con alguien y al día siguiente toda la familia queda sugestionada e inquieta.
En esta parte del planeta alguien prende una vela porque sí. Por las dudas. Porque algo en nosotros sigue
creyendo que hay fuerzas invisibles alrededor de la mesa.Y eso
no entra del todo en la lógica europea clásica.
Por eso
cuando aparece el llamado “boom
latinoamericano”, con escritores como Gabriel García Márquez, Alejo
Carpentier o Juan Rulfo, el mundo queda fascinado. Porqueellos entendieron que América Latina ya era mágica antes de ser literatura.
Pero
ojo. El realismo mágico no es fantasía escapista. No se trata
de huir de la realidad. Al
contrario, muchas veces sirve para contarla mejor.
Porque hay dolores tan grandes, dictaduras tan absurdas, pobrezas tan antiguas
y violencias tan repetidas, que la realidad latinoamericana a veces parece
necesitar otra lógica para ser explicada.
¿Cómo
se cuenta un continente donde las madres que perdieron a su hijo siguen
poniendo un plato en la mesa durante años? ¿Cómo se explica eso? ¿Cómo se
cuenta un pueblo donde la memoria de los muertos pesa más que la de los vivos?
Quizás el realismo mágico aparece ahí. Es una herramienta. Como una forma
poética de decir: “La realidad ya es
extraña”.Y
además hay algo hermoso; el realismo mágico no vive solamente en los libros. Está
lleno de escenas cotidianas.
El realismo mágico tiene mucho que
ver con la memoria. Con esa
sensación de que el tiempo nunca termina de irse del todo.
A veces
uno cree que vive una vida completamente racional hasta que aparece una canción
y lo destruye una nostalgia que no sabía que seguía adentro. Y ahí, hay algo casi mágico también.Creo
que por eso el género sigue funcionando.
Más allá de las bibliotecas y de las universidades, el realismo mágico habla de
algo profundamente humano. Habla con una sospecha,¿acaso la realidad visible no alcanza para explicar todo lo que sentimos?
No alcanza porque hay
dolores que quedan flotando en las casas, hay
ciudades con memoria, hay
personas que siguen presentes incluso después de irse. Momentos donde la vida cotidiana, de golpe, así de sopetón se ilumina con
algo extraño y poético.
Tal vez
el realismo mágico sea eso. No una
forma de escapar de la realidad, sino
una forma más profunda de mirarla.
El 20
de mayo dejó de ser, hace tiempo, una fecha. Se convirtió en una
manera privada de medir el tiempo. Hay personas que organizan la vida alrededor
de mundiales, mudanzas, gobiernos. Yo la organizo también alrededor de las
pérdidas. Hoy se cumplen 21 años de la muerte de mi papá. Y hay algo extraño
en esa cifra. Veintiún años es la mayoría de edad de una ausencia.
Mi
viejo murió a los cincuenta y ocho. Ahora esa edad me parece joven. Tal vez siempre lo fue y
yo no tenía cómo saberlo. Cuando un padre muere así, lo que falta no es solo
él. Falta también el tiempo que no llegó a vivir. Los años que no alcanzaron.
El hombre que habría sido después. A veces pienso que no enterré sólo a mi
viejo, sino también a todas sus versiones futuras.
Después
de una pérdida uno desarrolla mecanismos silenciosos de supervivencia.
Nadie se vuelve huérfano de un día para otro. La intemperie aparece de manera
gradual y, mientras tanto, uno busca dónde apoyarse. Yo encontré algo paterno en conductores donde fui columnista, en jefes de redacción, en referentes.
Y más tarde apareció Pancho, que ocupó ese lugar de sostén, de orientación, de
referencia emocional. Nunca
los pensé como reemplazos. Eran otra cosa. Formas transitorias de protección.
Personas que, de algún modo, ayudaban a que la ausencia original no resultara
absoluta. Durante
más de una década Pancho ocupó ese lugar. Hasta 2021.
Ahí la
historia cambió otra vez. Porque ya no faltaba solamente mi padre biológico, comenzaron a desaparecer también quienes sostenían cierta idea de refugio.
Murió mi mamá. Pancho dejó de estar cerca. Y entonces apareció una sensación
distinta, más desnuda. La orfandad sin matices. Recuerdo
una frase de Jorge Hurst: “Bienvenido a
la orfandad”. Nunca intentó consolarme. Y quizás por eso me acompañó tanto.
Hay frases cuya única función es nombrar con precisión aquello que uno todavía
no puede explicar. A veces eso alcanza.
Con los años entendí que crecer acaso
consista en dejar de buscar sustitutos.No
porque haya estado mal hacerlo. Al contrario, muchas veces fue lo que me
permitió seguir. Pero llega un momento en que la pregunta cambia. Ya no se
trata de quién puede ocupar el lugar del padre, sino de cómo aprende uno a
sostenerse solo. Cómo uno aprende, con
el tiempo, a cuidarse a sí mismo. Ser el
responsable de la propia vida. Ser, en algún sentido, el padre que ya no está.
Y aun
así la vida no queda reducida a la pérdida. Mientras escribo sobre los muertos,
espero la llegada de Julián. El martes a la noche voy a estar atento a su llegada. El miércoles ya va a estar acá conmigo. Y esa expectativa introduce
algo importante en medio de tanta ausencia que tiene que ver con la continuidad. Porque
el duelo más sensato no consiste en vivir aferrado a los que faltan, sino en
poder recibir a quienes llegan.
Hace veintiún años murió mi viejo. Hace cinco, mi vieja. Y sin embargo todavía intento
construir sentido con todo eso. Tal vez esa también sea una forma de herencia.