La semana pasada escribí sobre el policial negro. De esa mirada donde el crimen muchas veces no importa tanto como la corrupción, la noche, la soledad humana. Y me quedé pensando en otro género —o mejor dicho, en otra forma de mirar el mundo— que siempre me fascinó y que muchas veces usamos sin darnos cuenta, el realismo mágico.
Y me interesa aclarar algo desde el principio. El realismo mágico no es solamente que aparezca un fantasma en una historia. No es poner una vaca que vuela o un hombre que vive doscientos años. Eso sería demasiado fácil.
El verdadero realismo mágico ocurre cuando lo extraordinario entra en la vida cotidiana sin pedir permiso. Y, sobre todo, cuando nadie se sorprende demasiado.
Ahí está la clave.
Porque
en el realismo mágico lo imposible no rompe la realidad, es decir, convive con ella.
Un hombre desayuna mientras afuera llueven flores amarillas. Una mujer sigue hablándole al marido muerto como si todavía estuviera sentado en la cocina. Un pueblo entero puede dormir durante años bajo el calor y la malaria y aun así seguir funcionando. Y nadie dice: “Qué raro”. Porque para los personajes eso forma parte natural de la existencia.
Y tal vez por eso el realismo mágico nació tan fuerte en Latinoamérica.
Porque este continente siempre convivió con dos mundos al mismo tiempo.
El racional y el mítico.
Acá muchos
le hablamos a los muertos. Todavía creemos en señales. Todavía guardamos
supersticiones familiares como si fueran pequeños muletos. Acá una abuela puede
decirte que soñó con alguien y al día siguiente toda la familia queda inquieta.
Acá alguien prende una vela porque sí. Por las dudas. Porque algo en nosotros sigue creyendo que hay fuerzas invisibles alrededor de la mesa.
Y eso no entra del todo en la lógica europea clásica.
Por eso cuando aparece el llamado “boom latinoamericano”, con escritores como Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier o Juan Rulfo, el mundo queda fascinado. Porque ellos entendieron que América Latina ya era mágica antes de ser literatura.
Pero ojo. El realismo mágico no es fantasía escapista. No se trata de huir de la realidad. Al contrario: muchas veces sirve para contarla mejor.
Porque claro! hay dolores tan grandes, dictaduras tan absurdas, pobrezas tan antiguas y violencias tan repetidas, que la realidad latinoamericana a veces parece necesitar otra lógica para ser explicada.
¿Cómo se cuenta un continente donde las madres que perdieron a su hijo siguen poniendo un plato en la mesa durante años? ¿Cómo se explica eso? ¿Cómo se cuenta un pueblo donde la memoria de los muertos pesa más que la de los vivos?
Bueno… quizás el realismo mágico aparece ahí. Es una herramienta. Como una forma poética de decir: “La realidad ya es extraña”. Y además hay algo hermoso: el realismo mágico no vive solamente en los libros. Está lleno de escenas cotidianas
1. Un puerto vacío a las cinco de la mañana donde
la niebla parece tener voluntad propia.
2. Una vecina que sigue regando las plantas de alguien que murió hace diez años.
3. Un taxista que jura haber llevado a una mujer que después descubrió en el diario policial.
4. El olor de la comida de la infancia apareciendo de golpe en una calle cualquiera y haciéndonos viajar veinte años hacia atrás.
Porque el realismo mágico tiene mucho que ver con la memoria. Con esa sensación de que el tiempo nunca termina de irse del todo.
A veces uno cree que vive una vida completamente racional hasta que aparece una canción y lo destruye una nostalgia que no sabía que seguía adentro. Y ahí, ahí queridos oyentes, hay algo casi mágico también.
Creo que por eso el género sigue funcionando.
Porque más allá de las bibliotecas y de las universidades, el realismo mágico habla de algo profundamente humano. Habla con una sospecha, ¿Acaso la realidad visible no alcanza para explicar todo lo que sentimos?
Que hay
dolores que quedan flotando en las casas.
Que hay
ciudades con memoria.
Que hay
personas que siguen presentes incluso después de irse.
Y que hay momentos donde la vida cotidiana, de golpe, asi de sopetón se ilumina con algo extraño y poético.
Tal vez el realismo mágico sea eso. No una forma de escapar de la realidad. Sino una forma más profunda de mirarla.