Hoy abro un inventario íntimo. Un decálogo personal y fallado, escrito con lo que quedó después de vivir. Son apuntes de mis cuarenta y diez, aprendizajes recogidos al ras del suelo, donde la experiencia deja marcas y el tiempo, cicatrices útiles. Aprendí que la gente que nos rodea no va a estar siempre. Que las presencias cambian, se mudan, se apagan, se transforman. Y que por eso hay que cuidarla mientras están. Aprendí que podemos lastimar con una mala actitud, pero también con una buena. Que a veces brillar molesta. Que destacarse incomoda. Que no todo dolor viene de la crueldad: a veces nace de la comparación silenciosa. Aprendí que compartir es lo mejor que existe. Que guardarse lo que uno ama marchita. Que el talento escondido no produce reputación. Aprendí que la música que nos define es la que escuchamos entre los quince y los veintitrés. Esos discos son nuestra patria emocional. Nuestra banda de sonido. Nuestra playlist eterna. Aprendí que la intuición está subvalorada. Que muchas veces llega antes que la razón. Aprendí que la capacidad es, en gran parte, sentarse y quedarse. Persistir. Trabajar. Corregir, borrar, volver a escribir… Sostener. Aprendí que somos el resultado de las tres o cuatro personas más cercanas. Que elegir compañía es elegir camino. Aprendí que la ternura es un superpoder. No hace ruido, pero mueve estructuras. Aprendí que no siempre vamos a encontrar pares en nuestra generación. Que a veces están en una plaza jugando. O en un centro de jubilados barajando cartas. Ahí nadie gana usando los codos. Ahí el juego todavía es limpio. Aprendí que recibí más zancadillas de quienes se autoperciben progresistas que de la gente abiertamente cruel. Porque a los crueles los mantengo lejos. Pero a los que se dicen del palo, a veces, les bajo la guardia. Aprendí que la radio y la gráfica fueron y siguen siendo mi casa. Los lugares donde mi voz encontró refugio. Aprendí que cuando se prende una cámara se ve el truco. Y yo sigo eligiendo la magia. Sigo eligiendo la poesía.