25 de enero de 2026

ELEGIR LA MAGIA

 




Hoy abro un inventario íntimo. Un decálogo personal y fallado, escrito con lo que quedó después de vivir. Son apuntes de mis cuarenta y diez, aprendizajes recogidos al ras del suelo, donde la experiencia deja marcas y el tiempo, cicatrices útiles.


Ø  Aprendí que la gente que nos rodea no va a estar siempre. Que las presencias cambian, se mudan, se apagan, se transforman. Y que por eso hay que cuidarla mientras están.


Ø  Aprendí que podemos lastimar con una mala actitud, pero también con una buena. Que a veces brillar molesta. Que destacarse incomoda. Que no todo dolor viene de la crueldad: a veces nace de la comparación silenciosa.

 

Ø  Aprendí que compartir es lo mejor que existe. Que guardarse lo que uno ama marchita. Que el talento escondido no produce reputación.

 

Ø  Aprendí que ver crecer a un hijo es lo más grande que puede pasarnos. Porque es una forma de devolver algo del amor que recibimos. Porque es mirar cómo la vida sigue sin pedirnos permiso.

 

Ø  Aprendí que no siempre nos van a elegir. Que esa persona que te alegra el día y ocupa tus pensamientos puede haber elegido a otro… a otra. Y que no sirve disfrazarse para gustar. Lo único honesto es ser uno.

 

Ø  Aprendí que a nuestros viejos los entendemos cuando nos toca ser padres. Y que nuestros hijos no nos pertenecen. Son hijos de la vida.

 

Ø  Aprendí que la música que nos define es la que escuchamos entre los quince y los veintitrés. Esos discos son nuestra patria emocional. Nuestra banda de sonido. Nuestra playlist eterna.

 

Ø  Aprendí que la intuición está subvalorada. Que muchas veces llega antes que la razón.

 

Ø  Aprendí que la capacidad es, en gran parte, sentarse y quedarse. Persistir. Trabajar. Corregir, borrar, volver a escribir… Sostener.

 

Ø  Aprendí que somos el resultado de las tres o cuatro personas más cercanas. Que elegir compañía es elegir camino.

 

Ø  Aprendí que la ternura es un superpoder. No hace ruido, pero mueve estructuras.

 

Ø  Aprendí que no siempre vamos a encontrar pares en nuestra generación. Que a veces están en una plaza jugando. O en un centro de jubilados barajando cartas. Ahí nadie gana usando los codos. Ahí el juego todavía es limpio.

 

Ø  Aprendí que somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros. No somos lo que no pasó, somos lo que elegimos convertirnos.

 

Ø  Aprendí que recibí más zancadillas de quienes se autoperciben progresistas que de la gente abiertamente cruel. Porque a los crueles los mantengo lejos. Pero a los que se dicen del palo, a veces, les bajo la guardia.

 

Ø  Aprendí que la radio y la gráfica fueron y siguen siendo mi casa. Los lugares donde mi voz encontró refugio.

 

Ø  Aprendí que cuando se prende una cámara se ve el truco. Y yo sigo eligiendo la magia. Sigo eligiendo la poesía.





21 de enero de 2026

LA CATEDRAL EN EL BARRO

 



Adán Buenosayres no es una novela, es una ciudad respirando adentro de un cuerpo. El escritor Leopoldo Marechal no escribió Buenos Aires: la habitó con palabras. La volvió mito, esquina, patio, cielo metafísico y baldío de barrio al mismo tiempo.

¿Por qué se habla poco de Marechal?

Tal vez porque su obra no se dejó domesticar. No fue dócil al mercado, a la academia, ni al canon cómodo, ni a la literatura que se deja resumir en los suplementos de cultura. Marechal escribió una épica porteña cuando la épica parecía una mala palabra. Escribió con una fe casi religiosa en la literatura, cuando la ironía empezaba a cotizar mejor que la esperanza.

Borges y Cortázar armaron constelaciones. Fueron faros.

Pero Marechal levantó una catedral en medio del barro.

Una catedral llena de santos barriales, borrachos metafísicos, poetas pobres, semillas del Ángel Gris que piensan el universo desde una vereda rota.

Adán Buenosayres vibra porque no quiso agradar: quiso decir.

No busca ser elegante: busca ser verdadera.

Es una novela que se atreve a mezclar filosofía con panadería, mística con baldío, eternidad con yerba de ayer secándose al sol. En sus páginas, las preguntas más hondas sobre el sentido de existir aparecen amasadas entre rutinas mínimas. Lo trascendente no irrumpe como revelación solemne, sino que se filtra en lo cotidiano, en lo que parece inútil pero guarda memoria. Así, la novela propone una espiritualidad rasposa y terrestre, donde lo infinito se deja tocar con las manos y el tiempo eterno convive, sin escándalo, con los restos humildes de un día cualquiera.

 

¿Se vendieron mejor Borges y Cortázar?

Puede ser. Ellos dialogaron mejor con el mundo.

Marechal dialogó con el alma argentina. Y eso no siempre cotiza en dólares ni en traducciones.

Quizás su obra sea la que mejor nos pintó, porque no nos pintó lindos:

nos pintó complejos, contradictorios, místicos y carnales, solemnes y patéticos, profundos y pendencieros.

Marechal no escribió para gustar.

Escribió para fundar.

Y fundar siempre es más lento que brillar.



"Un sabor amargo en la lengua del cuerpo y en la del alma, eso era lo que sentía él al considerar la parodia de génesis que se desarrollaba en su habitación."

"—¡Señores —exclamó—, fíjense qué país es el nuestro, qué carácter el suyo, qué fuerza la de su tradición! Este hombre, italiano de sangre y aborigen de La Paternal, sin haber salido nunca de su barrio, sin conocer la pampa ni sus leyes, ¡toma un buen día la guitarra y se hace payador! ¡Señores, esto es grande! Colosal —afirmó Adán Buenosayres muy serio."


15 de diciembre de 2025

UN SILBIDO CON NOMBRE PROPIO

 

 



Mi papá tenía un silbido particular para llamarnos. No era fuerte ni autoritario; era una forma breve del aire, una clave secreta. Nadie más lo hacía así. Nadie. Podíamos estar lejos, mezclados entre otras voces, otros ruidos, otras urgencias, y ese silbido nos encontraba igual. No hacía falta preguntar ni mirar alrededor: el cuerpo lo reconocía antes que la cabeza. Era un sonido con nombre propio.

Ese silbido decía “vengan”, pero decía muchas más cosas.

Decía “ya es hora”.

Decía “queruza, estoy cuidando”.

Decía “acá termina el mundo y empieza la casa”.

A veces nos llamaba para comer, otras para volver antes de que oscureciera, otras simplemente para asegurarse de que seguíamos ahí, orbitando cerca. Era su manera de contar cabezas sin contarlas. Un gesto mínimo, casi invisible, que sostenía todo.

Hoy lo acabo de oír en el patio.

Estoy sola en casa. La tarde cae despacio, sin molestar. Las plantas no se mueven, el aire está quieto, demasiado quieto. Existen ciertas clases de silencio que te hacen caminar en el aire. El silbido fue breve, exacto, inconfundible. No fue un recuerdo ni una imaginación apurada: fue él. El mismo tono, la misma pausa al final, como esperando respuesta. Me quedé parada en el medio de la cocina, con las manos quietas, el corazón desacomodado. Por un instante, todo mi cuerpo quiso obedecer. Salir. Asomarme. Decir “ya voy”. Como si los años no hubieran pasado. Como si el tiempo pudiera doblarse sin avisar. Esperé el segundo silbido. Siempre había un segundo, un poco más largo, un poco más paciente. No llegó.

Tal vez los lugares aprenden nuestras voces.

Tal vez las casas guardan sonidos como reliquias.

Tal vez el patio, que tantas veces nos vio correr, decidió devolverme algo que era mío y no sabía que seguía faltándome.

No sentí miedo. Sentí una emoción antigua, profunda, de esas que no saben explicarse. Una tristeza mansa, con ternura adentro. Como si alguien me hubiera nombrado desde lejos. Como si el amor, cuando no encuentra cuerpo, se hiciera sonido. Tengo ganas de llorar. No por lo que perdí, sino por lo que todavía aparece. Porque hay personas que no se van del todo. Se quedan viviendo en los gestos más chicos, en una costumbre del aire, en un silbido que atraviesa los años y vuelve cuando la casa está en silencio.

No respondí.

Pero creo que él sabía.

 

9 de diciembre de 2025

LA ORQUETA DEL DESTINO





Tenía doce años. Verano del ’88. Lo habían invitado a un asalto. Él pensaba que sería como un cumple: globos, torta, los pibes corriendo alrededor de la mesa. Pero no. Esto era otra cosa: luces bajas, radiograbador a todo volumen, los más grandes bailando lentos y apretados, como si fueran adultos que ya sabían todo de la vida.

Llegó medio tarde porque se había quedado en el campito del Mercado Central, tirándole a un paredón con la gomera. La llevó consigo, metida en la cintura bajo la chomba de Papazzi, y no sabía bien por qué. Era como cargar un pedacito de su mundo, un secreto que solo él podía sostener.

Dentro, el aire era pesado: mezcla de Pepsi tibia, transpiración y un poco de humo de cigarrillo que escapaba de los más grandes. Vasos de plástico tirados, papas fritas blandas en un bol, y un cassette que pasaba de Europe a Pet Shop Boys. Cada tanto alguien apretaba rewind y el radiograbador chistaba, como una locomotora que respiraba.

De golpe, ¡paf!, arranca un lento: Milli Vanilli. La música bajó el pulso de la sala. Él sintió que le ardían las manos. Y ahí la vio a ella. La que le gustaba de verdad. La invitó a bailar, y ella dijo que sí. Todavía no entendía cómo había pasado.

Apoyó sus manos en la cintura de ella y le temblaban tanto que pensó que lo delatarían. Ella apoyó las suyas en sus hombros, livianas, casi flotando. El mundo desapareció: no estaban las risitas de los costados, ni los codazos de los pibes, ni las chapitas rodando por el piso. Solo ellos, moviéndose torpes, atrapados en un vaivén que parecía eterno.

Hasta que… chau. Ella descubrió la gomera. La sintió dura, escondida en la cintura. Lo miró con ojos grandes, primero sorprendida, después con esa mezcla de ternura y lástima que duele más que un regaño. Él se quería hundir en el piso. No era el langa que fingía. Era un nene con gomera.

El lento terminó. Ella se soltó despacito y se fue con sus amigas. Él se quedó clavado en medio del comedor, con la música apagándose en el pecho y la gomera todavía firme. Sin beso, sin conquista. Solo él, con sus nervios y su verdad.

Muchos años después, al recordarlo, se ríe solo. Esa noche entendió que crecer no era hacerse el grande: era animarse a mostrarse tal cual era, aunque quedara ridículo. Y, todavía le gusta pensar, que en esa fiesta, aunque no besó, fue el único que se animó a bailar con la gomera colgando de la cintura.

Quizás algún día, cuando sea grande, aprenda a besar sin que le tiemble la mano, a mirar fijo y apuntar al blanco del corazón. Mientras tanto, sigue jugando. Porque en cada lento torpe, en cada risa nerviosa, descubrirse a uno mismo ya es un disparo que da en el blanco.









30 de noviembre de 2025

AUD

 




Anoche, en la AUD, mi hijo salió a encontrarse con sus amigos y compañeras del Instituto Roberto Arlt. Yo, desde lejos, sentí que algo vibraba distinto: una mezcla de alegría y desorden luminoso, ese caos hermoso que sólo aparece cuando la vida está por cambiar.

Me llegó una foto en plena madrugada. Lo vi radiante, rodeado de risas, de complicidades, de esa energía que sólo la juventud puede conjurar. Y pensé en Arlt. En cómo estaría disfrutando este pequeño lío que armaron, igual al que él armó alguna vez contra la academia y los cogotudos de siempre.

Mientras lo miraba en la pantalla, entendí que mi hijo ya camina hacia su propio destino. Y me quedé con un orgullo manso, íntimo: el de saber que empieza a escribir su historia con una luz que no necesita permiso para brillar.







17 de noviembre de 2025

GOBS

 




Julián apareció en la puerta con una bolsa. No caminaba: flotaba. Tenía ese brillo que no se compra, que no se aprende, que sólo aparece en los ojos cuando algo profundamente bueno está por suceder. Adentro de la bolsa se apretaban globos plateados; parecían peces sorprendidos, atrapados en un pequeño océano de plástico.

—Hoy le voy a preguntar si quiere ser mi novia —dijo, como si estuviera anunciando un eclipse.

Y en cierto modo, lo hacía.

Mientras hablaba, sostenía los globos con un cuidado casi ceremonial. No quería que tocaran el piso. No quería que se mezclaran con la rutina de la casa. Aquellos globos eran otra cosa: eran lenguaje, promesa, augurio.

Yo lo observé, y ahí estaba él, mi hijo de hoy, tan alto, tan decidido, tan dueño de su emoción… y arriba de esa imagen, como un doble transparente, estaba el bebé que fue.

El nene que antes de decir “papá” dijo “gobs”.

Su primera palabra no fue un nombre ni una necesidad. Fue un globo.

Un objeto que asciende. Una forma de celebrar. Un modo de comunicar pureza sin gramática.

Creo que esa elección lo define más de lo que él sospecha. Mientras algunos chicos aprenden a hablar desde lo urgente (leche, agua, mamá) él conmigo empezó desde lo festivo. De a poquito, al tiempo de su boca chiquita, me enseñó que cada globo que sostenía era una idea, una invención, un intento de decir “mundo, estoy llegando”.

Ahora, tantos años después, cuando lo veo armar la frase, todavía escucho ese sonido antiguo: “gobs”. Y me doy cuenta de que él no cambió tanto. Que, incluso en su adolescencia movediza, sigue hablando en ese idioma aéreo, suave, redondo. Un idioma que nombra lo que siente sin temor. Era un trabajo minucioso, casi artesanal. A cada globo le escribió una letra, hasta completar la pregunta:

¿Querés ser mi novia?

Lo hacía con concentración, pero también con una alegría que se le desbordaba por los labios. Y yo, sin decir nada, acompañé esa escena como quien presencia un acto sagrado. Porque en realidad lo era: era el instante exacto en que un chico empieza a ser hombre, no por edad sino por sensibilidad.

Cuando terminó, respiró hondo. Un aire nuevo entró en su pecho.

—Listo —dijo—. ¿Queda bien?

No podía decirle que quedaba perfecto, porque “perfecto” era poco. Quedaba vivo.

Lo vi feliz, como si cada globo (cada vocal y cada consonante) fueran un satélite suyo, un planeta obediente girando alrededor de su valentía.

Lo vi preparado hacia el encuentro, hacia esa ceremonia mínima y gigantesca de preguntarle a otra persona: “¿Me elegís?”. Y en ese momento sentí un tironcito en el pecho. Una mezcla de emoción y nostalgia. Porque cada globo que él soltaba —o que estaba por soltar— también me soltaba a mí un poco.

Ese chico que nació diciendo “gobs” hoy le hablaba al amor con globos.

Y yo, desde la vereda, descubrí algo que quizá debería haber sabido siempre:

Cuando un hijo crece, no deja de hablarnos.

Sólo cambia el idioma.









30 de octubre de 2025

¡FELIZ CUMPLEAÑOS, 10!

 

La noche del 24 de enero de 1996 Diego Maradona jugó en Mar del Plata con la camiseta de Boca por la Copa de Oro enfrentando a Independiente de Avellaneda. Mientras tanto, a unas cuadras del Estadio José Minella festejaba mi cumpleaños número 20.

Luego de brindar y comer la torta fuimos a tomar algo a la pizzería del Cholo. Mientras pedíamos una cerveza llegó Carlitos Fren (ex compañero de Diego en Argentinos Juniors) y compartió una birra con nosotros.

Pasada la medianoche, suena un Movicom, era Diego. Apenas corta, Fren nos dice con total naturalidad: "Diego está en Punta Mogotes”. La familia Maradona festejaba un cumpleaños en el Balneario 12. Pagamos la cuenta y allá fuimos.

Al llegar, Carlitos Fren le contó al Diez que era mi cumpleaños. Diego se acercó y me dijo: "Feliz cumpleaños, maestro. Hoy cumple la Claudia* también". Me convidó vino blanco de su vaso y no le pude responder. Mis labios temblaban, mis piernas también. “Gracias” fue todo lo que pude decir. Conocerlo, abrazarlo y mirarlo fue uno de los mejores regalos de cumpleaños de mi vida. Desde entonces, ingreso a las pizzerías con otro vigor.

¡Feliz Cumpleaños, 10!


*Claudia cumpleaños el 22 de enero








Si bien fue la primera vez que lo vi y lo traté a Maradona, no fue la última. Diego quiso hacerme sentir parte de su fiesta. No existía en su registro la aclaración "la Claudia cumple el 22 y lo festejamos hoy" en su expresión "también", que es lo importante, está concentrado el espíritu de este encuentro.

Buscar la coincidencia para darme la bienvenida a su festejo, ese el espíritu de lo narrado y la aclaración final. Por otro lado, nunca falta quien ingresa a estos posteos (lejos de disfrutar de la sucesión de hechos y documentados en las fotos) a "fiscalizar" fechas para quitarle verosímil y de esa manera menoscabar algo tan hermoso cercano a la fé poética que a la crónica pura y dura.

Vicio profesional de periodista porque las fechas no "coinciden". Solo eso. Por último, Diego Maradona fue mejor de lo que cualquier cámara de fotos pudo registrar. En su "hoy cumple la Claudia también" perdura por siempre su esencia que te invita a ser parte. El me regaló con ese gesto y el convite a tomar de su propio vaso mi gol a los ingleses que jamás olvidaré.


El partido: https://www.youtube.com/watch?v=BPvvQklhZqQ&t=7s

Gracias @proyectoPelusa https://www.instagram.com/p/CQoJbbvgg-T/?img_index=3