Tenía quince años cuando se publicó el disco «Fieras Lunáticas» de los Ratones Paranoicos. En los doce meses que van de junio de 1991 a junio de 1992, se editaron «La mosca y la sopa», «Acariciando lo áspero», «Ácido argentino», «Zona de nadie», «Corderos en la noche», «Pelusón of Milk», y «El amor después del amor». Si uno mira hoy esa lista parece un invento de la memoria, una exageración de la nostalgia. Pero no. Todo eso ocurrió en el mismo tiempo, dentro de las mismas bateas.
Esos discos me acompañaron entonces y siguen ahí, intactos. Ocupan lugares de privilegio en mis playlists. El tiempo avanzó, cambió los formatos y las costumbres, pero esos ecos de emoción se negaron a envejecer.
A principios de los noventa me había abrazado a los Ratones como bandera. Era mi tribu y mi manera de estar en el mundo. Hasta que conocí a una chica.
La vi por primera vez en un recital de Memphis, en el Viejo Correo. Ella llevaba una remera de «Oktubre». Se llamaba Selva, era preciosa. Me enamoré antes de saberlo, después llegó la conversación que cambió todo.
—¿Loco, vos sabés que Juanse le escribió un tema al Indio? Está todo mal con los Paranoicos.
Me hice el boludo, mientras ella ojeaba mi remera de «Tómalo o Déjalo". Empecé a escuchar a Patricio Rey por ella. Sabía que el viernes siguiente volvería a encontrarla. Nunca entendí demasiado de música; todavía hoy sigo igual. No sé de acordes, de armonías ni de escalas. Apenas sé reconocer aquello que me conmueve. Y Selva me conmovía. Tal vez por eso cometí una pequeña traición; escuchaba a los Redonditos a escondidas.
Hoy parece ridículo, pero en aquellos años existía un versus feroz. No se podía pertenecer a los dos linajes. Había que elegir. Yo era paranoico o al menos eso creía. Hasta que escuché «Motor Psico». Ese puñado de acordes me cayó en la cabeza como un rayo.
Una noche Selva me dijo que «Ropa sucia» era su tema favorito. Recuerdo esa frase con claridad y su sonrisa capaz de mover continentes.
"El tango que ocultamos mejor
del que preferimos no hablar.
Es el que nos tiene
anarcotizados..."
Al año siguiente los Redondos ya estaban por todas partes. A «Mi perro dinamita» y «Un poco de amor francés» las junaba hasta mi vieja. Esos milagros de tres minutos escapaban de los parlantes y se metían en las conversaciones, en los patios de escuela, en los colectivos. Hoy puedo admitirlo, continué fiel a las canciones de Juanse, pero también terminé sentado alrededor del fogón nómade que encendía Solari.
A fines de 1991 llegamos a un galpón debajo de la Autopista 25 de Mayo en la zona de Parque Avellaneda. Entramos y cuando sonó «Todo un palo» entendí. La vi abrir los brazos en cruz, cerrar los ojos y apuntar el rostro hacia el cielo de lata bajo el que guardábamos nuestros secretos. El lugar devolvía un sonido sucio y maltrecho, pero ella lo recibía como si estuviera frente a una orquesta celestial. No hizo falta ninguna explicación. La chica que hizo tambalear mis certezas adolescentes había dejado una semilla.
Años después me enteré de su muerte en una esquina del Bajo Flores. Fue sola y le tocó perder. Una noticia absurda, injusta, imposible de aceptar. Tenía muy pocos años. Sin embargo, alcanzó para dejarme un legado enorme.
En la primavera de 1993, cuando la banda del Indio y Skay publicó el disco doble «Lobo suelto, cordero atado» ya me había cambiado de colegio y, con el pase, también se ensanchó mi horizonte. Conocí gente nueva, atravesada por la música. Comencé a escuchar canciones sin necesidad de rendir examen. Quizás por eso, "el doble", sigue siendo mi favorito.
Después
llegaron «Gulp!», «Un Baion» y «Bang! Bang!...», fui hacia
atrás y descubrí eslabones perdidos de su propia vida. Y también entendí algo
que no tenía relación con el rock. Entendí el amor. Ese amor que consiste en
aceptar al otro con sus diferencias, incluso cuando esas distas son absurdas y
adolescentes.
Selva escuchaba una banda que yo había aprendido a rechazar. Y gracias a ella
descubrí una parte de mí que todavía no conocía.
Por eso, cuando esta mañana supe de la muerte del Indio, lo primero que pensé fue en Selva. Pensé que ella se había ido demasiado joven pero también especulé que se había ahorrado este día. Porque para quienes crecimos al abrigo del Indio a través de su voz y su poesía, permanecer en este plano tendrá algo de intemperie, de casa vacía y de una extraña orfandad. Como si, de pronto, la inmensidad que nos contiene siguiera igual, pero faltara un cauce de versos que durante décadas nos enseñó a nombrar la noche.