Abro un inventario íntimo. Un decálogo torcido, personal, fallado, escrito con
lo que quedó después de vivir. Apuntes
de mis cuarenta y diez, aprendizajes al ras del suelo, donde la experiencia
deja marcas y el tiempo cicatrices que sirven.
Aprendí
que la gente no dura; que nadie se queda para siempre, que las presencias se mudan,
se apagan, se transforman por eso hay que cuidarlas mientras están.
Aprendí
que se hiere con una mala actitud y también con una buena; que a veces brillar
molesta, que destacarse incomoda, que no todo dolor viene de la crueldad: Hay
dolores que nacen de la comparación silenciosa.
Aprendí
que la capacidad es, en gran parte, sentarse y quedarse. Persistir. Trabajar,
corregir, borrar, volver a escribir, sostener cuando nadie mira.
Aprendí
que no siempre los pares están en la propia edad. A veces juegan en una plaza o
barajan cartas en un centro de jubilados. Ahí nadie gana con los codos. Ahí el
juego todavía es limpio.
Aprendí
que la radio y la gráfica fueron y siguen siendo mi casa. El lugar donde mi voz
encontró refugio. Aprendí que cuando se prende una cámara se ve el truco y yo
sigo eligiendo la magia.
Tenía
doce años. Verano del ’88. Lo habían invitado a un asalto. Él pensaba que sería
como un cumple: globos, torta, los pibes corriendo alrededor de la mesa. Pero
no. Esto era otra cosa: luces bajas, radiograbador a todo volumen, los más
grandes bailando lentos y apretados, como si fueran adultos que ya sabían todo
de la vida.
Llegó
medio tarde porque se había quedado en el campito del Mercado Central,
tirándole a un paredón con la gomera. La llevó consigo, metida en la cintura
bajo la chomba de Papazzi, y no sabía bien por qué. Era como cargar un pedacito
de su mundo, un secreto que solo él podía sostener.
Dentro,
el aire era pesado: mezcla de Pepsi tibia, transpiración y un poco de humo de
cigarrillo que escapaba de los más grandes. Vasos de plástico tirados, papas
fritas blandas en un bol, y un cassette que pasaba de Europe a Pet Shop Boys.
Cada tanto alguien apretaba rewind y el radiograbador chistaba, como una
locomotora que respiraba.
De
golpe, ¡paf!, arranca un lento: Milli Vanilli. La música bajó el pulso de la
sala. Él sintió que le ardían las manos. Y ahí la vio a ella. La que le gustaba
de verdad. La invitó a bailar, y ella dijo que sí. Todavía no entendía cómo
había pasado.
Apoyó
sus manos en la cintura de ella y le temblaban tanto que pensó que lo
delatarían. Ella apoyó las suyas en sus hombros, livianas, casi flotando. El
mundo desapareció: no estaban las risitas de los costados, ni los codazos de
los pibes, ni las chapitas rodando por el piso. Solo ellos, moviéndose torpes,
atrapados en un vaivén que parecía eterno.
Hasta
que… chau. Ella descubrió la gomera. La sintió dura, escondida en la cintura.
Lo miró con ojos grandes, primero sorprendida, después con esa mezcla de
ternura y lástima que duele más que un regaño. Él se quería hundir en el piso.
No era el langa que fingía. Era un nene con gomera.
El
lento terminó. Ella se soltó despacito y se fue con sus amigas. Él se quedó
clavado en medio del comedor, con la música apagándose en el pecho y la gomera
todavía firme. Sin beso, sin conquista. Solo él, con sus nervios y su verdad.
Muchos
años después, al recordarlo, se ríe solo. Esa noche entendió que crecer no era
hacerse el grande: era animarse a mostrarse tal cual era, aunque quedara
ridículo. Y, todavía le gusta pensar, que en esa fiesta, aunque no besó, fue
el único que se animó a bailar con la gomera colgando de la cintura.
Quizás
algún día, cuando sea grande, aprenda a besar sin que le tiemble
la mano, a mirar fijo y apuntar al blanco del corazón. Mientras tanto, sigue jugando.
Porque en cada lento torpe, en cada risa nerviosa, descubrirse a uno mismo ya
es un disparo que da en el blanco.
Anoche,
en la AUD, mi hijo salió a encontrarse con sus amigos y compañeras del
Instituto Roberto Arlt. Yo, desde lejos, sentí que algo vibraba distinto: una
mezcla de alegría y desorden luminoso, ese caos hermoso que sólo aparece cuando
la vida está por cambiar.
Me
llegó una foto en plena madrugada. Lo vi radiante, rodeado de risas, de
complicidades, de esa energía que sólo la juventud puede conjurar. Y pensé en
Arlt. En cómo estaría disfrutando este pequeño lío que armaron, igual al que él
armó alguna vez contra la academia y los cogotudos de siempre.
Mientras
lo miraba en la pantalla, entendí que mi hijo ya camina hacia su propio
destino. Y me quedé con un orgullo manso, íntimo: el de saber que empieza a
escribir su historia con una luz que no necesita permiso para brillar.
Julián
apareció en la puerta con una bolsa. No caminaba: flotaba. Tenía ese brillo que
no se compra, que no se aprende, que sólo aparece en los ojos cuando algo
profundamente bueno está por suceder. Adentro de la bolsa se apretaban globos
plateados; parecían peces sorprendidos, atrapados en un pequeño océano de
plástico.
—Hoy le
voy a preguntar si quiere ser mi novia —dijo, como si estuviera anunciando un
eclipse.
Y en
cierto modo, lo hacía.
Mientras
hablaba, sostenía los globos con un cuidado casi ceremonial. No quería que
tocaran el piso. No quería que se mezclaran con la rutina de la casa. Aquellos
globos eran otra cosa: eran lenguaje, promesa, augurio.
Yo lo
observé, y ahí estaba él, mi hijo de hoy, tan alto, tan decidido, tan dueño de
su emoción… y arriba de esa imagen, como un doble transparente, estaba el bebé
que fue.
El nene
que antes de decir “papá” dijo “gobs”.
Su
primera palabra no fue un nombre ni una necesidad. Fue un globo.
Un
objeto que asciende. Una forma de celebrar. Un modo
de comunicar pureza sin gramática.
Creo
que esa elección lo define más de lo que él sospecha. Mientras algunos chicos
aprenden a hablar desde lo urgente (leche, agua, mamá) él conmigo empezó desde
lo festivo. De a poquito, al tiempo de su boca chiquita, me enseñó que cada
globo que sostenía era una idea, una invención, un intento de decir “mundo,
estoy llegando”.
Ahora,
tantos años después, cuando lo veo armar la frase, todavía escucho ese sonido
antiguo: “gobs”. Y me doy cuenta de que él no cambió tanto. Que, incluso en su
adolescencia movediza, sigue hablando en ese idioma aéreo, suave, redondo. Un
idioma que nombra lo que siente sin temor. Era un
trabajo minucioso, casi artesanal. A cada globo le escribió una letra, hasta
completar la pregunta:
¿Querés
ser mi novia?
Lo
hacía con concentración, pero también con una alegría que se le desbordaba por
los labios. Y yo, sin decir nada, acompañé esa escena como quien presencia un
acto sagrado. Porque en realidad lo era: era el instante exacto en que un chico
empieza a ser hombre, no por edad sino por sensibilidad.
Cuando
terminó, respiró hondo. Un aire nuevo entró en su pecho.
—Listo
—dijo—. ¿Queda bien?
No
podía decirle que quedaba perfecto, porque “perfecto” era poco. Quedaba
vivo.
Lo vi
feliz, como si cada globo (cada vocal y cada consonante) fueran un satélite suyo,
un planeta obediente girando alrededor de su valentía.
Lo vi
preparado hacia el encuentro, hacia esa ceremonia mínima y gigantesca de
preguntarle a otra persona: “¿Me elegís?”. Y en ese momento sentí un tironcito
en el pecho. Una mezcla de emoción y nostalgia. Porque cada globo que él
soltaba —o que estaba por soltar— también me soltaba a mí un poco.
Ese
chico que nació diciendo “gobs” hoy le hablaba al amor con globos.
Y yo,
desde la vereda, descubrí algo que quizá debería haber sabido siempre:
La
noche del 24 de enero de 1996 Diego Maradona jugó en Mar del Plata con la
camiseta de Boca por la Copa de Oro enfrentando a Independiente de Avellaneda.
Mientras tanto, a unas cuadras del Estadio José Minella festejaba mi cumpleaños
número 20.
Luego
de brindar y comer la torta fuimos a tomar algo a la pizzería del Cholo.
Mientras pedíamos una cerveza llegó Carlitos Fren (ex compañero de Diego en
Argentinos Juniors) y compartió una birra con nosotros.
Pasada
la medianoche, suena un Movicom, era Diego. Apenas corta, Fren nos dice con
total naturalidad: "Diego está en Punta Mogotes”. La familia Maradona
festejaba un cumpleaños en el Balneario 12. Pagamos la cuenta y allá fuimos.
Al
llegar, Carlitos Fren le contó al Diez que era mi cumpleaños. Diego se acercó y
me dijo: "Feliz cumpleaños, maestro. Hoy cumple la Claudia* también".
Me convidó vino blanco de su vaso y no le pude responder. Mis labios temblaban,
mis piernas también. “Gracias” fue todo lo que pude decir. Conocerlo, abrazarlo
y mirarlo fue uno de los mejores regalos de cumpleaños de mi vida. Desde
entonces, ingreso a las pizzerías con otro vigor.
¡Feliz
Cumpleaños, 10!
*Claudia cumpleaños el 22 de enero
Si bien
fue la primera vez que lo vi y lo traté a Maradona, no fue la última. Diego
quiso hacerme sentir parte de su fiesta. No existía en su registro la
aclaración "la Claudia cumple el 22 y lo festejamos hoy" en su
expresión "también", que es lo importante, está concentrado el
espíritu de este encuentro.
Buscar
la coincidencia para darme la bienvenida a su festejo, ese el espíritu de lo
narrado y la aclaración final. Por otro lado, nunca falta quien ingresa a estos
posteos (lejos de disfrutar de la sucesión de hechos y documentados en las
fotos) a "fiscalizar" fechas para quitarle verosímil y de esa manera
menoscabar algo tan hermoso cercano a la fé poética que a la crónica pura y
dura.
Vicio
profesional de periodista porque las fechas no "coinciden". Solo eso.
Por último, Diego Maradona fue mejor de lo que cualquier cámara de fotos pudo
registrar. En su "hoy cumple la Claudia también" perdura por siempre
su esencia que te invita a ser parte. El me regaló con ese gesto y el convite a
tomar de su propio vaso mi gol a los ingleses que jamás olvidaré.
Aquel
hombre de radio —voz de las tardes de domingo, forista sin estridencias en el dial de los que aún escuchan— tenía un nombre que sonaba entre sus
pares, pero en Retiro no era nadie. Allí, entre valijas ajenas y bocinas sin
nombre, el cuerpo empezó a escribir su propia carta de auxilio. Primero
fueron las palpitaciones, como un tambor desbocado en el pecho.
Luego, una
sombra sorda en el brazo izquierdo, la debilidad del aire, el mundo ladeado.
Cayó en silencio, sin dramatismo, sin micrófonos cerca. Lo internaron. Nadie sabía su nombre en esa sala blanca y
urgente. Nadie recordaba su frase de cierre en los programas de los domingos.
Ni los oyentes de antaño, ni los seguidores que alguna vez dejaron un corazón en
su muro de Facebook.
Y
entonces, en medio de esa soledad digital, apareció ella. Ella, su ángel
guardián. Su madre del corazón.La que no sabía mucho de redes sociales, pero
sí de trayectos de amor que se miden en kilómetros y no en likes. Viajó ochocientos.
De ida y vuelta. Sin pedir permiso ni dar explicaciones. Con la certeza terca
de quien conoce el valor de estar. Lo encontró con el alta en la mano y la
mirada baja.
Él no
dijo mucho, porque hay emociones que no caben en las vocales ni en los bordes
de una frase. Solo pensó, en un rincón donde aún respiraba ternura: menos mal
que la tengo a ella. Y al verla cruzar el andén número dos de la estación de
Retiro en un rond de jambe perfecto,
comprendió que no hay algoritmo que abrace, ni historia viral que te levante
del piso.
¿Quién
necesita más amigos en Instagram o Facebook, si hay una sola persona capaz de
subirse a un micro y cruzar media provincia por tu voz herida? ¿De qué sirven
las notificaciones si no hay nadie que venga a buscarte cuando no podés volver
solo? Porque hay cariños que no publican stories, pero escriben epopeyas en la
vida real.
Y ese
hombre de radio descubrió, por fin, la verdad
más simple: que a veces, el único programa que vale la pena escuchar es el que
suena cuando alguien dice: “Tranquilo, ya llegué. Ahora nos vamos a casa.”
Hay
maestros que enseñan materias, y hay
maestros que enseñan a mirar. El profesor Luis Casinelli, desde aquel primer año, hizo
del pizarrón un horizonte, no un
muro. Julián
aprendió literatura, sí, pero
aprendió algo más grande: que la
pedagogía es un arte, y que
enseñar no es llenar cabezas, sino
encenderlas.
En
estos tiempos donde se les pide a los chicos que
dejen sus pantallas, pocos
se preguntan qué les damos a cambio. Casinelli lo sabía: les dio
palabras vivas, preguntas
abiertas, una voz
que valía la pena escuchar. Por eso
todos miraban al frente, no
porque debían, sino porque querían. Porque
usted hizo del aula un
lugar donde todavía vale aprender.
Se lo
va a extrañar mucho, profesor. España
gana un maestro, pero
en Villa Lugano queda su huella, su modo
de enseñar, y un
alumno que lo recordará siempre.