La primera vez que vi a Alfredo Zitarrosa después de fallecido no me sorprendí demasiado. Posiblemente porque los muertos uruguayos tienen otra relación con el tiempo. O probablemente porque en Uruguay uno aprende desde chico que los muertos no se van del todo; se quedan en las canciones, en las sobremesas, en los bares, en la voz de alguien que los recuerda.
Lo vi sentado en una mesa de
café. Tenía el sombrero apoyado sobre una rodilla y una mirada que parecía
venir de muy lejos.
—¿Usted es Zitarrosa?
Me miró.
—Depende.
—¿De qué?
—De si viene a hacerme una entrevista o a hacerme preguntas.
Me senté. Encendió un cigarrillo.
Afuera, Buenos Aires seguía
pasando con su ruido de motores, colectivos y gente que marchaba como si
tuviera una cita con el futuro.
—¿Cómo ve la música de ahora?
El cantor miró por la ventana.
—La música siempre está cambiando. Lo que no cambia es la
necesidad de cantar.
Le pregunté si escuchaba música actual.
—Claro.
—¿Y qué escucha?
Sonrió.
—De todo. No voy a andar haciéndome el muerto.
Nos reímos.
Entonces le hablé de Bajofondo.
De aquella música que mezcla tango, electrónica, candombe, milonga, hip hop.
Le conté que habían utilizado un fragmento de su voz, que su presencia había vuelto a sonar en otra generación, en otra música, y que aquella música había llegado incluso al Madison Square Garden.
Zitarrosa bajó la mirada.
—Mire qué cosa —dijo.
—¿Le molesta que hayan usado su voz?
—No.
Hizo una pausa.
—La voz no es de uno.
Me sorprendió.
—¿Cómo qué no?
—Uno la recibe. Después la devuelve.
Afuera pasó un taxi.
Por un segundo, el reflejo de
las luces amarillas atravesó su rostro.
—Además —dijo—, si mi voz sirve
para entrar en una música que yo no conocí, entonces no se murió del todo.
Pensé que esa frase merecía quedar en silencio.
Y quedó.
Porque hay frases que uno no
tiene que explicar.
Después hablamos de Uruguay. De
ese país pequeño que parece estar siempre mirando el río como si del otro lado
estuviera la respuesta a alguna pregunta antigua.
Le pregunté qué significaba para él ser uruguayo.
Zitarrosa se quedó un rato pensando.
—Ser uruguayo es una cosa rara.
—¿Por qué?
—Porque somos pocos y, sin embargo, nos pasamos la vida
tratando de explicarnos.
Sonrió.
—Tenemos demasiada nostalgia para un país tan chico.
Le pregunté por qué tanta melancolía.
—Porque tenemos el río.
—¿El río explica la melancolía?
—No. Pero ayuda.
Volvimos a hablar de música.
Del candombe, la milonga y del tango. De los músicos que fueron cruzando las
fronteras. Y entonces apareció el nombre de Rada.
Le pregunté qué pensaba de él.
Zitarrosa sonrió de una manera distinta.
—Rada siempre entendió algo importante.
—¿Qué cosa?
—Que Uruguay también podía bailar.
Y ahí entendí que a ciencia
cierta eso era lo que unía a aquellos músicos tan diferentes. La canción
triste, el tambor, la milonga, la guitarra, el humor y la nostalgia. Y esa
extraña capacidad uruguaya de convertir la tristeza en ritmo.
Miré el reloj.
Había pasado más de una hora.
—¿Puedo hacerle una última pregunta?
—Hágala.
—¿Le gustaría volver?
Me miró.
—¿Adónde?
—A la música.
Se quedó callado.
Después apagó el cigarrillo.
—Pero si nunca me fui.
Y en ese momento comprendí que
la entrevista había terminado. No porque él se levantara o porque se fuera. Sino
porque empezaron a escucharse, desde alguna parte de la ciudad, unos acordes de
guitarra. Zitarrosa se puso de pie.
Se acomodó el sombrero.
—Tengo que irme.
—¿Adónde?
—A una canción.
Y salió caminando.
Yo me quedé sentado frente a la
mesa vacía.
Sobre el mantel había quedado
una pequeña mancha de ceniza. Nada más. Afuera, Buenos Aires seguía siendo
Buenos Aires. Pero por un instante el aire olía a Montevideo. A río. A
madrugada. A madera húmeda. Y pensé que quizás los países también tienen
fantasmas. Tal vez Uruguay los tiene más que otros. Porque es un país
acostumbrado a mirar hacia el otro lado del agua. Y porque algunas voces, cuando
son verdaderas, no mueren. Cruzan. Viajan. Aparecen en una canción electrónica.
En un escenario de Nueva York.
En una guitarra. En un tambor. En la voz de alguien que todavía no nació.
Y una noche cualquiera, cuando
uno menos lo espera, se sientan frente a nosotros y aceptan una entrevista.