24 de mayo de 2026

REALISMO MÁGICO

 



La semana pasada escribí sobre el policial negro. De esa mirada donde el crimen muchas veces no importa tanto como la corrupción, la noche, la soledad humana. Y me quedé pensando en otro género —o mejor dicho, en otra forma de mirar el mundo— que siempre me fascinó y que muchas veces usamos sin darnos cuenta, el realismo mágico.

Y me interesa aclarar algo desde el principio. El realismo mágico no es solamente que aparezca un fantasma en una historia. No es poner una vaca que vuela o un hombre que vive doscientos años. Eso sería demasiado fácil.

El verdadero realismo mágico ocurre cuando lo extraordinario entra en la vida cotidiana sin pedir permiso. Y, sobre todo, cuando nadie se sorprende demasiado.

Ahí está la clave.

Porque en el realismo mágico lo imposible no rompe la realidad, es decir, convive con ella.

Un hombre desayuna mientras afuera llueven flores amarillas. Una mujer sigue hablándole al marido muerto como si todavía estuviera sentado en la cocina. Un pueblo entero puede dormir durante años bajo el calor y la malaria y aun así seguir funcionando. Y nadie dice: “Qué raro”. Porque para los personajes eso forma parte natural de la existencia.

Y tal vez por eso el realismo mágico nació tan fuerte en Latinoamérica.

Porque este continente siempre convivió con dos mundos al mismo tiempo.

El racional y el mítico.

Acá muchos le hablamos a los muertos. Todavía creemos en señales. Todavía guardamos supersticiones familiares como si fueran pequeños muletos. Acá una abuela puede decirte que soñó con alguien y al día siguiente toda la familia queda inquieta.

Acá alguien prende una vela porque sí. Por las dudas. Porque algo en nosotros sigue creyendo que hay fuerzas invisibles alrededor de la mesa.

Y eso no entra del todo en la lógica europea clásica.

Por eso cuando aparece el llamado “boom latinoamericano”, con escritores como Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier o Juan Rulfo, el mundo queda fascinado. Porque ellos entendieron que América Latina ya era mágica antes de ser literatura. 

Pero ojo. El realismo mágico no es fantasía escapista. No se trata de huir de la realidad. Al contrario: muchas veces sirve para contarla mejor.

Porque claro! hay dolores tan grandes, dictaduras tan absurdas, pobrezas tan antiguas y violencias tan repetidas, que la realidad latinoamericana a veces parece necesitar otra lógica para ser explicada.

¿Cómo se cuenta un continente donde las madres que perdieron a su hijo siguen poniendo un plato en la mesa durante años? ¿Cómo se explica eso? ¿Cómo se cuenta un pueblo donde la memoria de los muertos pesa más que la de los vivos?

Bueno… quizás el realismo mágico aparece ahí. Es una herramienta. Como una forma poética de decir: “La realidad ya es extraña”. Y además hay algo hermoso: el realismo mágico no vive solamente en los libros. Está lleno de escenas cotidianas

1.   Un puerto vacío a las cinco de la mañana donde la niebla parece tener voluntad propia.

2.    Una vecina que sigue regando las plantas de alguien que murió hace diez años.

3.     Un taxista que jura haber llevado a una mujer que después descubrió en el diario policial.

4.     El olor de la comida de la infancia apareciendo de golpe en una calle cualquiera y haciéndonos viajar veinte años hacia atrás.


Porque el realismo mágico tiene mucho que ver con la memoria. Con esa sensación de que el tiempo nunca termina de irse del todo.

A veces uno cree que vive una vida completamente racional hasta que aparece una canción y lo destruye una nostalgia que no sabía que seguía adentro. Y ahí, ahí queridos oyentes, hay algo casi mágico también.

Creo que por eso el género sigue funcionando.

Porque más allá de las bibliotecas y de las universidades, el realismo mágico habla de algo profundamente humano. Habla con una sospecha, ¿Acaso la realidad visible no alcanza para explicar todo lo que sentimos?

Que hay dolores que quedan flotando en las casas.

Que hay ciudades con memoria.

Que hay personas que siguen presentes incluso después de irse.

Y que hay momentos donde la vida cotidiana, de golpe, asi de sopetón se ilumina con algo extraño y poético.

Tal vez el realismo mágico sea eso. No una forma de escapar de la realidad. Sino una forma más profunda de mirarla.



20 de mayo de 2026

LA AUSENCIA YA ES ADULTA




El 20 de mayo dejó de ser, hace tiempo, una fecha. Se convirtió en otra cosa: una manera privada de medir el tiempo. Hay personas que organizan la vida alrededor de trabajos, mudanzas, gobiernos. Yo la organizo también alrededor de las pérdidas. Hoy se cumplen 21 años de la muerte de mi papá. Y hay algo extraño en esa cifra: veintiún años es la mayoría de edad de una ausencia.

Mi viejo murió a los cincuenta y ocho. Ahora esa edad me parece joven. Tal vez siempre lo fue y yo no tenía cómo saberlo. Cuando un padre muere así, lo que falta no es solo él. Falta también el tiempo que no llegó a vivir. Los años que no alcanzaron. El hombre que habría sido después. A veces pienso que no enterré sólo a mi viejo, sino también a todas sus versiones futuras.

Después de una pérdida así uno desarrolla mecanismos silenciosos de supervivencia. Nadie se vuelve huérfano de un día para otro. La intemperie aparece de manera gradual y, mientras tanto, uno busca dónde apoyarse. Yo encontré algo paterno en conductores donde fui columnista, en jefes de redacción, en referentes. Y más tarde apareció Pancho, que ocupó ese lugar de sostén, de orientación, de referencia emocional. Nunca los pensé como reemplazos. Eran otra cosa. Formas transitorias de protección. Personas que, de algún modo, ayudaban a que la ausencia original no resultara absoluta. Durante más de una década Pancho ocupó ese lugar. Hasta 2021.

Ahí la historia cambió otra vez. Porque ya no faltaba solamente mi padre biológico: comenzaron a desaparecer también quienes sostenían cierta idea de refugio. Murió mi mamá. Pancho dejó de estar cerca. Y entonces apareció una sensación distinta, más desnuda. La orfandad sin matices. Recuerdo una frase de Jorge Hurst: “Bienvenido a la orfandad”. Nunca intentó consolarme. Y quizás por eso me acompañó tanto. Hay frases cuya única función es nombrar con precisión aquello que uno todavía no puede explicar. A veces eso alcanza.

Con los años entendí que crecer acaso consista en dejar de buscar sustitutos. No porque haya estado mal hacerlo. Al contrario: muchas veces fue lo que me permitió seguir. Pero llega un momento en que la pregunta cambia. Ya no se trata de quién puede ocupar el lugar del padre, sino de cómo aprende uno a sostenerse solo. Cómo uno aprende, con el tiempo, a cuidarse a sí mismo. Ser el responsable de la propia vida. Ser, en algún sentido, el padre que ya no está.

Y aun así la vida no queda reducida a la pérdida. Mientras escribo sobre los muertos, espero la llegada de Julián. El martes a la noche voy a estar atento a su llegada. El miércoles ya va a estar acá conmigo. Y esa expectativa introduce algo importante en medio de tanta ausencia: la continuidad. Porque el duelo más sensato no consiste en vivir aferrado a los que faltan, sino en poder recibir a quienes llegan.

Hace veintiún años murió mi viejo. Hace cinco, mi vieja. Y sin embargo todavía intento construir sentido con todo eso. Tal vez esa también sea una forma de herencia.



7 de mayo de 2026

NOMBRAR INCENDIOS

 




Comienzo de mayo

y el clima

parece haberse equivocado.

 

El otoño

está distraído,

el invierno

todavía no se anima

a entrar.

 

Me vine al mar

a pensar en mamá.

 

Cada vez

que vuelvo a ella

pasa algo raro:

el tiempo

se pliega,

las hojas

dejan de moverse,

el aire

queda suspendido,

el mundo entero

entiende

que hay nombres

más pesados

que la gravedad.

 

Extraño a mamá

con una intensidad

difícil de nombrar.

 

Una parte mía

se fue con ella

y, sin embargo,

acá estoy,

cinco años después,

todavía respirando.

 

Todavía haciendo

cosas absurdas:

comprar pan,

pagar cuentas,

mirar el cielo.

 

No sé bien

cómo llegué hasta acá.

Tal vez fue Julián,

esa obligación

luminosa

de seguir existiendo

cuando una parte de mí

ya había pedido

bajarse del viaje.

 

Y al mismo tiempo

que ella murió,

algo más

también se rompió.

 

Ellas,

por su parte,

no mudaron

de piel.

 

Sólo giró

la lámpara exacta,

y lo que antes

era sombra

aprendió

a tener rostro.

 

La crueldad

no siempre grita.

A veces sonríe,

provoca,

empuja apenas

hasta dejarte

al borde del enojo

para después

señalarte:

“¿Ves?

El problema

eras vos.”

 

Qué fácil

nombrar incendios

después

de jugar

con fósforos.

 

Y sin embargo,

acá está el mar.

Me va a doler

perderlo

cuando

me vaya.

 

Porque la cuna infinita

de las olas

nunca se queda

quieta.

 

Insiste.

Va y viene

con la terquedad

de una verdad vieja.

 

Dice:

no te podés quedar

detenido

para siempre.

 

No podés construir

una casa

adentro

de la nostalgia.

 

El agua golpea,

retrocede,

vuelve.

 

Golpea,

retrocede,

vuelve.

 

La memoria

trabaja igual.

El amor también.

El duelo también.

 

Mamá vuelve a mí

en este mayo raro

donde no hace frío

y, sin embargo,

yo extraño

con temperatura

de nieve.


2 de mayo de 2026

AHORA BIEN

 



Hermoso momento vivido en la presentación de «Ahora Bien», del escritor, poeta y periodista Camilo Sánchez.

Ahora Bien (El Bien del Sauce Edita) es un libro extraordinario que surge del cruce entre una conversación de Lacan con el poeta Cheng, donde la psicología y la filosofía china dialogan con profundidad y cercanía. Una obra verdaderamente maravillosa.













20 de abril de 2026

PATTI SAID

 

Dijo una vez Patti Smith: “No busques ser cool. Sé apasionado, sé comprometido, sé tú mismo. La autenticidad es más punk que cualquier chaqueta de cuero. Escribe, canta, crea, aunque nadie escuche. Porque el arte verdadero nace del alma, no del aplauso.”





10 de marzo de 2026

BRIANTE Y EL MISTERIO SANDRO

 



Ayer me pasó algo hermoso, de esos momentos que después uno quiere contar despacio para que no se rompan. Estuve almorzando con un amigo, el escritor Camilo Sánchez. Una mesa larga, una conversación sin reloj, y alrededor estaba Julia, Teresita —su mamá— y Nené. Comimos rico, de esas comidas donde la sobremesa se vuelve territorio de recuerdos, de literatura, de periodismo y de vida.

En algún momento, entre una anécdota y otra, me acordé de un libro que Camilo me había prestado hace tiempo. «Desde este Mundo» de Miguel Briante. 

Briante fue un escritor enorme. Cronista, narrador, uno de esos periodistas que entendían que escribir no era solamente informar: era mirar el mundo con un lente distinto. Fue entre otras cosas jefe de redacción de Confirmado y de El Porteño. Había publicado muchísimas reseñas literarias, estuvo en Página/12, donde se ocupó de la sección de artes plásticas. Entonces Camilo me dijo algo que me quedó resonando.




—¿Vos sabés, Raly, que Briante fue a cubrir un show de Sandro a fines de los 80? Lo dijo y abrió una puerta. Sandro, en aquel tiempo, todavía cargaba con esa mirada un poco condescendiente de cierta intelectualidad. Para algunos era apenas el ídolo de las señoras, el cantante de las rosas y los suspiros. Pero Briante lo miró de otro modo. En esa crónica describió la escena con la precisión de un novelista: la bata, el gesto teatral, la respiración del público, ese magnetismo extraño que hacía que miles de personas se quedaran suspendidas en un movimiento de manos. No lo trató como un fenómeno kitsch. Lo miró como lo que era: un artista único.

Tal vez fue entonces cuando algo empezó a cambiar. Porque cuando un gran cronista nombra de otra manera a un artista popular, el mundo comienza a escucharlo distinto. Y eso sucedía en tiempos en que un diario en papel alcanzaba tiradas de muchísimos ejemplares.

Años después, ya en 1999, en el fin del siglo, muchos músicos del rock grabaron versiones de canciones de Sandro. Ese disco tributo terminó de confirmar algo que Briante había intuido más de una década antes: que en ese cantante criado en Lanús, había cruzado una dimensión artística que atravesaba generaciones y prejuicios. 

Y mientras hablábamos de todo eso, también apareció en la conversación aquel diario —Página/12— que a fines de los 80 y comienzos de los 90 fue mucho más que papel. Fue refugio. Fue faro. Ahí escribían, Eduardo Galeano, Juan Gelman, Osvaldo Soriano, Camilo Sánchez y el propio Miguel  Briante. Y entonces pensé algo. Que a veces la historia de la cultura no se escribe en los grandes manifiestos, sino en gestos más pequeños: un cronista que decide mirar distinto, un artículo que se publica en una página interior, una conversación en una mesa donde el tiempo se afloja. Porque Sandro venía de lejos: de Valentín Alsina, de escenarios donde la electricidad del rock apenas era una promesa, de ese país profundo que empieza cuando Pompeya deja de ser Sáenz y se transforma en conurbano, un lugar donde el amor y el drama siempre cantan un poco más fuerte.

Mientras hablábamos de todo eso recordé otra coincidencia que siempre me emociona: mi hijo Julián nació en la Maternidad Sardá en Parque Patricios, el mismo hospital donde también había nacido Roberto Sánchez, Sandro. Esas casualidades que no explican nada pero iluminan. Entonces pensé que tal vez eso era lo que Briante había visto. Que desde esos barrios, desde esas historias mínimas, podía surgir algo irrepetible. Porque hay artistas que se imitan. Y hay artistas que no se pueden copiar jamás. Sandro pertenecía a esa segunda especie.

Y quizás un cronista como Miguel Briante fue de los primeros en escribirlo con todas las letras. Desde entonces, cuando alguien canta una canción de Sandro, cuando un músico de rock se anima a tocarla, cuando una historia vuelve a contarse en una mesa entre amigos. Uno siente que aquella mirada sigue viva como si en algún rincón del periodismo —entre la tinta, la música y la memoria—Briante todavía estuviera escribiendo.







25 de enero de 2026

ELEGIR LA MAGIA

 






Quedó un resto.

Con eso escribo.

 

Nada permanece:

por eso duele,

por eso cuido.

 

Aprendí a quedarme

sentado frente al vacío,

a borrar,

a persistir.

 

A veces herir es brillar.

A veces el daño

no tiene manos.

 

Mi casa es una voz

hablando sola,

una tinta que respira.

 

Cuando el mundo explica,

yo elijo el temblor.

 

Sigo eligiendo

la herida que canta.