Hoy abro un inventario íntimo. Un decálogo
personal y fallado, escrito con lo que quedó después de vivir. Son apuntes de
mis cuarenta y diez, aprendizajes recogidos al ras del suelo, donde la
experiencia deja marcas y el tiempo, cicatrices útiles.
Ø Aprendí que la gente que nos rodea no va a estar siempre. Que las presencias cambian, se mudan, se apagan, se transforman. Y que por eso hay que cuidarla mientras están.
Ø Aprendí
que podemos lastimar con una mala actitud, pero también con una buena. Que a veces
brillar molesta. Que destacarse incomoda. Que no todo dolor viene de la
crueldad: a veces nace de la comparación silenciosa.
Ø Aprendí
que compartir es lo mejor que existe. Que guardarse lo que uno ama marchita.
Que el talento escondido no produce reputación.
Ø Aprendí
que ver crecer a un hijo es lo más grande que puede pasarnos. Porque es una
forma de devolver algo del amor que recibimos. Porque es mirar cómo la vida
sigue sin pedirnos permiso.
Ø Aprendí
que no siempre nos van a elegir. Que esa persona que te alegra el día y ocupa
tus pensamientos puede haber elegido a otro… a otra. Y que no sirve disfrazarse
para gustar. Lo único honesto es ser uno.
Ø Aprendí
que a nuestros viejos los entendemos cuando nos toca ser padres. Y que nuestros
hijos no nos pertenecen. Son hijos de la vida.
Ø Aprendí
que la música que nos define es la que escuchamos entre los quince y los
veintitrés. Esos discos son nuestra patria emocional. Nuestra banda de sonido.
Nuestra playlist eterna.
Ø Aprendí
que la intuición está subvalorada. Que muchas veces llega antes que la razón.
Ø Aprendí
que la capacidad es, en gran parte, sentarse y quedarse. Persistir. Trabajar.
Corregir, borrar, volver a escribir… Sostener.
Ø Aprendí
que somos el resultado de las tres o cuatro personas más cercanas. Que elegir
compañía es elegir camino.
Ø Aprendí
que la ternura es un superpoder. No hace ruido, pero mueve estructuras.
Ø Aprendí
que no siempre vamos a encontrar pares en nuestra generación. Que a veces están
en una plaza jugando. O en un centro de jubilados barajando cartas. Ahí nadie
gana usando los codos. Ahí el juego todavía es limpio.
Ø Aprendí
que somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros. No somos lo que no
pasó, somos lo que elegimos convertirnos.
Ø Aprendí
que recibí más zancadillas de quienes se autoperciben progresistas que de la
gente abiertamente cruel. Porque a los crueles los mantengo lejos. Pero a los
que se dicen del palo, a veces, les bajo la guardia.
Ø Aprendí
que la radio y la gráfica fueron y siguen siendo mi casa. Los lugares donde mi
voz encontró refugio.
Ø Aprendí
que cuando se prende una cámara se ve el truco. Y yo sigo eligiendo la magia.
Sigo eligiendo la poesía.