A principios de los noventa me había abrazado a los Ratones como bandera. Era mi tribu y mi manera de estar en el mundo. Hasta que conocí a una chica. La vi por primera vez en un recital de Memphis, en el Viejo Correo. Ella llevaba una remera de «Oktubre». Se llamaba Selva, era preciosa. Me enamoré antes de saberlo, después llegó la conversación que cambió todo.
—¿Loco, vos sabés que Juanse le escribió un tema al Indio? Está todo mal con los Paranoicos.
Me hice el boludo, mientras ella ojeaba mi remera de «Tómalo o Déjalo". Empecé a escuchar a Patricio Rey por ella. Sabía que el viernes siguiente volvería a encontrarla. Me compré dos ejemplares de la revista «Cerdos y Peces» que detallaban sobre la vida de esos tipos para lucirme con Selva. La verdad es que nunca entendí demasiado de qué hablaban sus letras, pero siempre sentí que, de algún modo misterioso, ellas sí entendían algo de mí.
Hoy parece ridículo, pero en aquellos años existía un versus feroz entre bandas. No se podía pertenecer a los dos linajes. Había que elegir. Yo era paranoico o al menos eso creía.
***
A fines de 1991 llegamos con Selva a un galpón debajo de la Autopista 25 de Mayo en la zona de Parque Avellaneda. Entramos y cuando sonó «Todo un palo» entendí. La vi abrir los brazos en cruz, cerrar los ojos y apuntar el rostro hacia el cielo de lata bajo el que guardábamos nuestros secretos. El lugar devolvía un sonido sucio y maltrecho, pero ella lo recibía como si estuviera frente a una orquesta celestial. No hizo falta ninguna explicación. La chica que hizo tambalear mis certezas de pendejo había dejado una semilla.
Al año siguiente los Redondos ya estaban por todas partes. A «Mi perro dinamita» y «Un poco de amor francés» las junaba hasta mi vieja. Esos milagros de tres minutos escapaban de los parlantes y se metían en las conversaciones, en los patios de escuela, en los colectivos. Hoy puedo admitirlo, continué fiel a las canciones de Juanse, pero también terminé un tiempo después sentado alrededor del fogón nómade que encendía Solari en los shows marplatenses de mediados de los noventa.
Antes de Selva y los Redondos, mi mundo tenía olor a guardapolvo y a misa de colegio. Desde los cinco hasta los diecisiete años usé uniforme. Durante más de una década hablé de santos, de estampitas y del Sagrado Corazón. Mi vocabulario estaba hecho de rezos y campanas.
Pero en quinto año llegué a una escuela pública y fue como abrir una puerta hacia otro idioma. En cada recreo aparecían pibes de Constitución, de San Cristóbal, de Parque Patricios, de Boedo, de San Telmo. Venían de barrios distintos, de historias distintas, pero estaban unidos por una misma liturgia: la música.
Entonces descubrí algo que me parecía imposible; las remeras también podían ser banderas. Cuatro de cada diez chicos llevaban alguna de rock y, de esos diez, tres llevaban orgullosos una de Patricio Rey. Era 1993 y «La mosca y la sopa» todavía era el último evangelio publicado. Por eso en los pasillos convivían las portadas de Oktubre, ¡Bang! ¡Bang!... Estás liquidado y Gulp! estampadas sobre el pecho de mis compañeros. Yo venía de hablar de santos. Ellos hablaban del Indio y sin darme cuenta, cambié un uniforme por una tribu.
Entendí algo que no tenía relación con el rock. Comprendí el amor. Ese amor que consiste en aceptar al otro con sus diferencias, incluso cuando esas distas son absurdas y adolescentes. Selva escuchaba una banda que yo había aprendido a rechazar. Y gracias a ella descubrí al Dios de los rotos*, a una parte de mí que todavía no conocía. Años después me enteré de su muerte. Tenía muy pocos años. Sin embargo, alcanzó para dejarme un legado enorme.
Por eso, cuando esta mañana supe de la muerte del Indio, lo primero que pensé fue en Selva. Pensé que ella se había ido demasiado joven pero también pensé que se había ahorrado este día. Porque para quienes crecieron al abrigo del Indio a través de su voz y su poesía, permanecer en este plano tendrá algo de intemperie, de casa vacía y de una extraña orfandad. Como si, de pronto, la inmensidad que los contiene siguiera igual, pero faltara un cauce de versos que durante décadas les enseñó a nombrar la noche.
***
Quizá, y para cerrar este día
tan triste, vuelvo a acordarme de Selva, de aquellas remeras gastadas y de una
época que parecía explicarse a través del rock. Pero con los años entendí que
lo que de verdad me quedó no fue el bardo, ni las liturgias, ni siquiera aquella
intensidad de los noventa.
Lo que me quedó fueron las
palabras.
No las palabras solas, sino ese
misterio de combinarlas para que dijeran algo más de lo que decían. Mucho
tiempo después descubrí que eso tenía un nombre: poesía.
Por eso, si tengo que elegir,
me quedo con el escritor. Me quedo con sus prosas, con esas frases que todavía
iluminan rincones inesperados. Claro que también con algunas melodías y con
ciertos acordes que aún forman parte de la memoria. Pero, por encima de todo,
me quedo con sus letras.
Porque hay canciones que se
escuchan y otras que uno relee a lo largo de toda la vida.
* El título que da nombre a este
post surge del testimonio de Agustina, una joven de Paraná, Entre Ríos, que
durante un móvil de América 24, mientras esperaba en la fila del velorio,
definió al Indio Solari con una frase tan sencilla como poderosa: "el dios
de los rotos". Una imagen que, más allá de las creencias, parece resumir
el lugar que su música ocupa para tantos que encontraron en sus canciones
refugio, compañía y una forma de nombrar las heridas.