Hay algo profundamente extraño
en que Argentina elimine a Inglaterra de un Mundial y que, apenas unas horas
antes, los Rolling Stones publiquen un nuevo album de estudio.
Porque, en algún punto, las dos cosas pertenecen a mundos muy distintos. Una ocurre en una cancha de fútbol. La otra, en un estudio de grabación. Una tiene noventa minutos, un resultado y una eliminación. La otra tiene canciones, guitarras, voces, silencios. Pero, para mí, de algún modo, se cruzan.
El arte debe tomar a la realidad por sorpresa y mientras Argentina
eliminaba a Inglaterra del Mundial 2026, los Stones acababan de lanzar
Foreign Tongues, su mejor disco en cuarenta años.
En el Mundial de Italia 90 tenía catorce años. Los chicos malos de Dartford habían editado unos meses antes Steel Wheels (1989) y algunos de los cortes—Rock and hard place, Mixed emotions— sonaban en las radios mientras empezaba a entender que la música podía acompañar una vida entera. Pero no fue con Steel Wheels que me hice fan de los Rolling Stones. Fue con Flashpoint (1991). Un recorrido en vivo, una puerta de entrada a parte de su historia. Ahí me encontré con dos temas nuevos, sí, pero también estaba todo lo que todavía no conocía. Y desde entonces, los Stones se convirtieron en una de esas bandas que uno siente que ya forman parte de su propia biografía.
Después llegó Voodoo Lounge (1994). Mi papá me había comprado un equipo de audio Aiwa NSX 990 nuevo, casi un cero kilómetro, como se decía entonces. Y escuchaba en el minicomponente Love Is Strong y Out of Tears... Hice un esfuerzo enorme para que ese compact disc me gustara. Además, debo admitir que toda aquella fiebre rolinga del '94 me producía cierta irritación.
De pronto, parecía que la
ciudad entera había descubierto a la lengua más famosa del rock. Las remeras aparecían por todas
partes. Los fans se multiplicaban. El estado febril estaba en la calle. Y, en cierto
modo, eso me molestaba. Porque habíamos estado ahí antes de la multitud. En
1991, cuando los Ratones Paranoicos hicieron un homenaje a sus ídolos en
Obras Sanitarias, fuimos apenas tres mil, tres mil quinientas personas. Éramos
un pequeño ghetto. Y quizá había algo de orgullo —o de egoísmo— en haber
llegado antes, cuando todavía no había tantas remeras, ni tantos fanáticos, ni
periodistas hablando de toppers, flequillos y pachuli.
Finalizando el milenio los Glimmer Twins editaron Bridges to Babylon (1997). Casi una década después: A Bigger Bang (2005). Y, aunque fui a verlos en la gira de Voodoo y también en la de Bridges, no volvió a pasarme algo que ya había vivido antes con sus obras maestras de fines de los sesenta y principios de los setenta. Hasta ahora.
Este lanzamiento me voló la
cabeza. Porque uno podría pensar que, después de tantos canciones, de haber
disfrutado tantas veces de su sonido, ya no queda demasiado espacio
para el asombro. Es como si hubieran redescubierto detrás de los achaques y las
arrugas a los pendejos barderos que supieron ser.
Los catorce tracks de Foreign Tongues no son ecos que vuelven desde el pasado. Son melodías que hasta hoy no formaban parte de mi vida: un riff que no escuché durante veinte, treinta años. Un estribillo que, apenas unos minutos antes, todavía no existía y que ahora está ahí, frente a mí, sonando por primera vez.
Esta vez no llegué tarde. No la
encontré en una vieja grabación en el Parque Rivadavia ni la recuperé de algún
rincón perdido de la historia. La escuché mientras nace. En el mismo instante
en que un single nuevo de una banda inquebrantable deja de ser una posibilidad
y se convierte en canción.
Eso es lo que me impresiona de Lenguas Extranjeras porque no recupero un single de 1969 ni descubro un tema perdido de las sesiones de Exile on Main St. (1972). No vuelvo a escuchar algo que ya existía antes de que yo naciera. Escucho un hitazo reciente de los Rolling Stones. Now!
Y eso, para alguien que ama a esta banda desde hace tantos años, es una experiencia casi inexplicable.
Escuché Crossing You quince veces seguida y la versión del tema Amy Winehouse, me parecen descomunales. Ringing Hollow*... ¡Es una locura! El disco entero tiene algo que yo ya no esperaba volver a sentir: las ganas de quedarme a vivir adentro de un álbum. No quiero que se termine. ¡Y qué raro es decir eso! Porque los discos, durante mucho tiempo, fueron algo que uno esperaba. Llegaban y se oían. Se incorporaban a la vida pero también se terminaban.
Sus Majestades Satánicas me hicieron
esperar tres décadas para volver a sentir que una lista de canciones podían
maravillarme de esta manera y por eso lo valoro tanto. No me pasó con Voodoo, aunque lo ausculté muchísimo ni con Bridges; muchísimo menos
con A Bigger Bang.
Y mientras escuchaba esta nueva
criatura recién llegada al mundo, y después veía a Mick Jagger en la tribuna,
con la camiseta invisible de su país, no podía dejar de pensar en la extraña
paradoja. Ahí estaba él, alentando a su selección. El mismo hombre cuya voz
forma parte de la banda de sonido de mi vida. Y yo, del otro lado, viendo a
Argentina eliminar a Inglaterra. Las pasiones no siempre se llevan bien entre
sí. A veces se cruzan y se contradicen.
Sin embargo, cuando suena una guitarra de
Keith, cuando irrumpe la armónica de Jagger, hay algo mágico que nos pertenece
a todos los que alguna vez nos quedamos solos con el walkman y su universo sonoro.
Me siento orgulloso de ser fan
de la banda. Porque hay algo hermoso en haber esperado tanto para volver a
sentir esto. Es como si, de pronto, estuviera en 1978 y apareciera Some Girls o
en 1973 y se editara Goats Head Soup.
Pero no estamos en 1973 ni en
1978. Estamos en 2026. Y la vieja maquinaria stone acaba de editar una joya. No sé cuánto
tiempo va a durar esta sensación, ni cuántas veces voy a volver a aguzar el
oído y si dentro de unos meses lo voy a sentir de la misma manera.
Ahora estoy ahí; en el instante
exacto en que un nuevo álbum de los Rolling Stones deja de ser un disco y se
convierte en un acontecimiento de mi propia vida.
Quizá de eso se trate ser un devoto: de esperar, atravesar las épocas y permanecer, incluso cuando uno sabe que
ciertas cosas ya no volverán. Hasta que, contra todo pronóstico, vuelven a
suceder. Y entonces uno entiende que la espera también tenía un sentido.
Realmente, no sabía cuánto necesitaba
volver a sentir esto.
*Los Estados Unidos que hicieron famosos a los Stones son ahora
criticados en Ringing Hollow, una canción country, una de las formas
más profundas de su propia identidad. Como si, al final del camino, los Stones le
devolvieran al sueño americano su propia música, pero convertida en ironía. ¡Maravilloso!