abro
hoy
un
inventario íntimo.
un
decálogo torcido,
personal,
fallado,
escrito
con lo
que quedó
después
de vivir.
apuntes
de mis
cuarenta y diez,
aprendizajes
al ras del suelo,
donde
la experiencia
deja
marcas
y el
tiempo
cicatrices
que sirven.
aprendí
que la
gente no dura.
que
nadie se queda para siempre.
que las
presencias
se
mudan,
se
apagan,
se
transforman.
por eso
hay que
cuidarlas
mientras
están.
aprendí
que se
hiere
con una
mala actitud
y
también
con una
buena.
que a
veces brillar molesta.
que
destacarse incomoda.
que no
todo dolor
viene
de la crueldad:
hay
dolores
que
nacen
de la
comparación silenciosa.
aprendí
que la
intuición
llega
antes.
que
toca la puerta
cuando
la razón
todavía
se está vistiendo.
aprendí
que la
capacidad
es, en
gran parte,
sentarse
y
quedarse.
persistir.
trabajar.
corregir,
borrar,
volver
a escribir.
sostener
cuando
nadie mira.
aprendí
que
somos
las
tres o cuatro personas
más
cercanas.
que
elegir compañía
es
elegir camino.
aprendí
que la
ternura
es un
superpoder.
no
grita,
no
empuja,
pero
mueve
paredes
enteras.
aprendí
que no
siempre
los
pares
están
en la propia edad.
a veces
juegan
en una plaza.
o
barajan cartas
en un
centro de jubilados.
ahí
nadie
gana con los codos.
ahí
el
juego
todavía
es limpio.
aprendí
que la
radio
y la
gráfica
fueron
y
siguen siendo
mi
casa.
el
lugar
donde
mi voz
encontró
refugio.
aprendí
que
cuando se prende una cámara
se ve
el truco.
y yo
sigo
eligiendo
la
magia.
sigo
eligiendo
la
poesía.