Dijo
una vez Patti Smith: “No busques ser cool. Sé apasionado, sé comprometido, sé
tú mismo. La autenticidad es más punk que cualquier chaqueta de cuero. Escribe,
canta, crea, aunque nadie escuche. Porque el arte verdadero nace del alma, no
del aplauso.”
Ayer me pasó algo hermoso, de esos momentos que después uno quiere contar despacio para que no se rompan. Estuve
almorzando con un amigo, el escritor Camilo Sánchez. Una
mesa larga, una conversación sin reloj, y alrededor estaba Julia, Teresita —su
mamá— y Nené. Comimos rico, de esas comidas donde la sobremesa se vuelve
territorio de recuerdos, de literatura, de periodismo y de vida.
En
algún momento, entre una anécdota y otra, me acordé de un libro que Camilo me
había prestado hace tiempo. «Desde este Mundo» de Miguel Briante.
Briante fue un
escritor enorme. Cronista,
narrador, uno de esos periodistas que entendían que escribir no era solamente
informar: era mirar el mundo con un lente distinto. Fue entre otras cosas jefe de redacción de Confirmado y de El Porteño. Había
publicado muchísimas reseñas literarias, estuvo en Página/12, donde se ocupó de
la sección de artes plásticas. Entonces
Camilo me dijo algo que me quedó resonando.
—¿Vos
sabés, Raly, que Briante fue a cubrir un show de Sandro a fines de los 80? Lo
dijo y abrió una puerta. Sandro, en aquel tiempo,
todavía cargaba con esa mirada un poco condescendiente de cierta
intelectualidad. Para
algunos era apenas el ídolo de las señoras, el cantante de las rosas y los
suspiros. Pero
Briante lo miró de otro modo. En esa
crónica describió la escena con la precisión de un novelista: la bata,
el gesto teatral, la respiración del público, ese magnetismo extraño que hacía
que miles de personas se quedaran suspendidas en un movimiento de manos. No lo
trató como un fenómeno kitsch. Lo miró
como lo que era: un
artista único.
Tal vez
fue entonces cuando algo empezó a cambiar. Porque cuando un gran cronista
nombra de otra manera a un artista popular, el mundo comienza a escucharlo
distinto. Y eso sucedía en tiempos en que un diario en papel alcanzaba tiradas
de muchísimos ejemplares.
Años
después, ya en 1999, en el fin del siglo, muchos músicos del rock grabaron
versiones de canciones de Sandro. Ese disco tributo terminó de confirmar algo
que Briante había intuido más de una década antes: que en ese cantante criado en Lanús, había cruzado una dimensión artística que atravesaba
generaciones y prejuicios.
Y
mientras hablábamos de todo eso, también apareció en la conversación aquel
diario —Página/12— que a fines de los 80 y comienzos de los 90 fue mucho más
que papel. Fue
refugio. Fue
faro. Ahí
escribían, Eduardo Galeano, Juan Gelman, Osvaldo Soriano, Camilo Sánchez y el propio MiguelBriante. Y
entonces pensé algo. Que a
veces la historia de la cultura no se escribe en los grandes manifiestos, sino
en gestos más pequeños: un cronista que decide mirar distinto, un artículo que
se publica en una página interior, una conversación en una mesa donde el tiempo
se afloja. Porque
Sandro venía de lejos: de Valentín Alsina, de escenarios donde la electricidad
del rock apenas era una promesa, de ese país profundo que empieza cuando
Pompeya deja de ser Sáenz y se transforma en conurbano, un lugar donde el amor
y el drama siempre cantan un poco más fuerte.
Mientras hablábamos de todo eso recordé otra coincidencia que siempre me
emociona: mi hijo Julián nació en la Maternidad Sardá en Parque Patricios, el
mismo hospital donde también había nacido Roberto Sánchez, Sandro. Esas
casualidades que no explican nada pero iluminan. Entonces
pensé que tal vez eso era lo que Briante había visto. Que
desde esos barrios, desde esas historias mínimas, podía surgir algo irrepetible. Porque
hay artistas que se imitan. Y hay
artistas que no se pueden copiar jamás. Sandro
pertenecía a esa segunda especie.
Y
quizás un cronista como Miguel Briante fue de los primeros en
escribirlo con todas las letras. Desde
entonces, cuando
alguien canta una canción de Sandro, cuando
un músico de rock se anima a tocarla, cuando
una historia vuelve a contarse en una mesa entre amigos. Uno
siente que aquella mirada sigue viva como si en algún rincón del periodismo —entre la tinta, la
música y la memoria—Briante todavía estuviera escribiendo.
Adán
Buenosayres no es una novela, es una ciudad respirando adentro de un cuerpo. El
escritor Leopoldo Marechal no escribió Buenos Aires: la habitó con palabras. La
volvió mito, esquina, patio, cielo metafísico y baldío de barrio al mismo
tiempo.
¿Por
qué se habla poco de Marechal?
Tal vez
porque su obra no se dejó domesticar. No fue dócil al mercado, a la academia,
ni al canon cómodo, ni a la literatura que se deja resumir en los suplementos
de cultura. Marechal escribió una épica porteña cuando la épica parecía una
mala palabra. Escribió con una fe casi religiosa en la literatura, cuando la
ironía empezaba a cotizar mejor que la esperanza.
Borges
y Cortázar armaron constelaciones. Fueron faros.
Pero
Marechal levantó una catedral en medio del barro.
Una
catedral llena de santos barriales, borrachos metafísicos, poetas pobres,
semillas del Ángel Gris que piensan el universo desde una vereda rota.
Adán
Buenosayres vibra porque no quiso agradar: quiso decir.
No
busca ser elegante: busca ser verdadera.
Es una
novela que se atreve a mezclar filosofía con panadería, mística con baldío, eternidad
con yerba de ayer secándose al sol. En sus páginas, las preguntas más hondas
sobre el sentido de existir aparecen amasadas entre rutinas mínimas. Lo
trascendente no irrumpe como revelación solemne, sino que se filtra en lo
cotidiano, en lo que parece inútil pero guarda memoria. Así, la novela propone
una espiritualidad rasposa y terrestre, donde lo infinito se deja tocar con las
manos y el tiempo eterno convive, sin escándalo, con los restos humildes de un
día cualquiera.
¿Se
vendieron mejor Borges y Cortázar?
Puede
ser. Ellos dialogaron mejor con el mundo.
Marechal
dialogó con el alma argentina. Y eso no siempre cotiza en dólares ni en
traducciones.
Quizás
su obra sea la que mejor nos pintó, porque no nos pintó lindos:
nos
pintó complejos, contradictorios, místicos y carnales, solemnes y patéticos,
profundos y pendencieros.
Marechal
no escribió para gustar.
Escribió
para fundar.
Y
fundar siempre es más lento que brillar.
"Un sabor amargo en la lengua del cuerpo y
en la del alma, eso era lo que sentía él al considerar la parodia de génesis
que se desarrollaba en su habitación."
"—¡Señores —exclamó—, fíjense qué país es el
nuestro, qué carácter el suyo, qué fuerza la de su tradición! Este hombre,
italiano de sangre y aborigen de La Paternal, sin haber salido nunca de su
barrio, sin conocer la pampa ni sus leyes, ¡toma un buen día la guitarra y se
hace payador! ¡Señores, esto es grande! Colosal —afirmó Adán Buenosayres muy
serio."
Tenía
doce años. Verano del ’88. Lo habían invitado a un asalto. Él pensaba que sería
como un cumple: globos, torta, los pibes corriendo alrededor de la mesa. Pero
no. Esto era otra cosa: luces bajas, radiograbador a todo volumen, los más
grandes bailando lentos y apretados, como si fueran adultos que ya sabían todo
de la vida.
Llegó
medio tarde porque se había quedado en el campito del Mercado Central,
tirándole a un paredón con la gomera. La llevó consigo, metida en la cintura
bajo la chomba de Papazzi, y no sabía bien por qué. Era como cargar un pedacito
de su mundo, un secreto que solo él podía sostener.
Dentro,
el aire era pesado: mezcla de Pepsi tibia, transpiración y un poco de humo de
cigarrillo que escapaba de los más grandes. Vasos de plástico tirados, papas
fritas blandas en un bol, y un cassette que pasaba de Europe a Pet Shop Boys.
Cada tanto alguien apretaba rewind y el radiograbador chistaba, como una
locomotora que respiraba.
De
golpe, ¡paf!, arranca un lento: Milli Vanilli. La música bajó el pulso de la
sala. Él sintió que le ardían las manos. Y ahí la vio a ella. La que le gustaba
de verdad. La invitó a bailar, y ella dijo que sí. Todavía no entendía cómo
había pasado.
Apoyó
sus manos en la cintura de ella y le temblaban tanto que pensó que lo
delatarían. Ella apoyó las suyas en sus hombros, livianas, casi flotando. El
mundo desapareció: no estaban las risitas de los costados, ni los codazos de
los pibes, ni las chapitas rodando por el piso. Solo ellos, moviéndose torpes,
atrapados en un vaivén que parecía eterno.
Hasta
que… chau. Ella descubrió la gomera. La sintió dura, escondida en la cintura.
Lo miró con ojos grandes, primero sorprendida, después con esa mezcla de
ternura y lástima que duele más que un regaño. Él se quería hundir en el piso.
No era el langa que fingía. Era un nene con gomera.
El
lento terminó. Ella se soltó despacito y se fue con sus amigas. Él se quedó
clavado en medio del comedor, con la música apagándose en el pecho y la gomera
todavía firme. Sin beso, sin conquista. Solo él, con sus nervios y su verdad.
Muchos
años después, al recordarlo, se ríe solo. Esa noche entendió que crecer no era
hacerse el grande: era animarse a mostrarse tal cual era, aunque quedara
ridículo. Y, todavía le gusta pensar, que en esa fiesta, aunque no besó, fue
el único que se animó a bailar con la gomera colgando de la cintura.
Quizás
algún día, cuando sea grande, aprenda a besar sin que le tiemble
la mano, a mirar fijo y apuntar al blanco del corazón. Mientras tanto, sigue jugando.
Porque en cada lento torpe, en cada risa nerviosa, descubrirse a uno mismo ya
es un disparo que da en el blanco.
Anoche,
en la AUD, mi hijo salió a encontrarse con sus amigos y compañeras del
Instituto Roberto Arlt. Yo, desde lejos, sentí que algo vibraba distinto: una
mezcla de alegría y desorden luminoso, ese caos hermoso que sólo aparece cuando
la vida está por cambiar.
Me
llegó una foto en plena madrugada. Lo vi radiante, rodeado de risas, de
complicidades, de esa energía que sólo la juventud puede conjurar. Y pensé en
Arlt. En cómo estaría disfrutando este pequeño lío que armaron, igual al que él
armó alguna vez contra la academia y los cogotudos de siempre.
Mientras
lo miraba en la pantalla, entendí que mi hijo ya camina hacia su propio
destino. Y me quedé con un orgullo manso, íntimo: el de saber que empieza a
escribir su historia con una luz que no necesita permiso para brillar.
Julián
apareció en la puerta con una bolsa. No caminaba: flotaba. Tenía ese brillo que
no se compra, que no se aprende, que sólo aparece en los ojos cuando algo
profundamente bueno está por suceder. Adentro de la bolsa se apretaban globos
plateados; parecían peces sorprendidos, atrapados en un pequeño océano de
plástico.
—Hoy le
voy a preguntar si quiere ser mi novia —dijo, como si estuviera anunciando un
eclipse.
Y en
cierto modo, lo hacía.
Mientras
hablaba, sostenía los globos con un cuidado casi ceremonial. No quería que
tocaran el piso. No quería que se mezclaran con la rutina de la casa. Aquellos
globos eran otra cosa: eran lenguaje, promesa, augurio.
Yo lo
observé, y ahí estaba él, mi hijo de hoy, tan alto, tan decidido, tan dueño de
su emoción… y arriba de esa imagen, como un doble transparente, estaba el bebé
que fue.
El nene
que antes de decir “papá” dijo “gobs”.
Su
primera palabra no fue un nombre ni una necesidad. Fue un globo.
Un
objeto que asciende. Una forma de celebrar. Un modo
de comunicar pureza sin gramática.
Creo
que esa elección lo define más de lo que él sospecha. Mientras algunos chicos
aprenden a hablar desde lo urgente (leche, agua, mamá) él conmigo empezó desde
lo festivo. De a poquito, al tiempo de su boca chiquita, me enseñó que cada
globo que sostenía era una idea, una invención, un intento de decir “mundo,
estoy llegando”.
Ahora,
tantos años después, cuando lo veo armar la frase, todavía escucho ese sonido
antiguo: “gobs”. Y me doy cuenta de que él no cambió tanto. Que, incluso en su
adolescencia movediza, sigue hablando en ese idioma aéreo, suave, redondo. Un
idioma que nombra lo que siente sin temor. Era un
trabajo minucioso, casi artesanal. A cada globo le escribió una letra, hasta
completar la pregunta:
¿Querés
ser mi novia?
Lo
hacía con concentración, pero también con una alegría que se le desbordaba por
los labios. Y yo, sin decir nada, acompañé esa escena como quien presencia un
acto sagrado. Porque en realidad lo era: era el instante exacto en que un chico
empieza a ser hombre, no por edad sino por sensibilidad.
Cuando
terminó, respiró hondo. Un aire nuevo entró en su pecho.
—Listo
—dijo—. ¿Queda bien?
No
podía decirle que quedaba perfecto, porque “perfecto” era poco. Quedaba
vivo.
Lo vi
feliz, como si cada globo (cada vocal y cada consonante) fueran un satélite suyo,
un planeta obediente girando alrededor de su valentía.
Lo vi
preparado hacia el encuentro, hacia esa ceremonia mínima y gigantesca de
preguntarle a otra persona: “¿Me elegís?”. Y en ese momento sentí un tironcito
en el pecho. Una mezcla de emoción y nostalgia. Porque cada globo que él
soltaba —o que estaba por soltar— también me soltaba a mí un poco.
Ese
chico que nació diciendo “gobs” hoy le hablaba al amor con globos.
Y yo,
desde la vereda, descubrí algo que quizá debería haber sabido siempre: