6 de junio de 2026

UN TAL SAÚL

 




Tenía quince años cuando se publicó el disco «Fieras Lunáticas» de los Ratones Paranoicos. Los doce meses que van de mediados de 1991 a mediados de 1992, también aparecieron «La mosca y la sopa», «Acariciando lo áspero», «Ácido argentino», «Zona de nadie», «Corderos en la noche», «Pelusón of Milk», «El amor después del amor» y «El león». Si uno mira hoy esa lista parece un invento de la memoria, una exageración de la nostalgia. Pero no. Todo eso ocurrió en el mismo tiempo, dentro de las mismas bateas. 

Los discos editados durante ese período me acompañaron entonces y todavía me acompañan. Siguen ahí, intactos. Ocupan lugares de privilegio en mis playlists de Spotify. El tiempo avanzó, cambió los formatos y las costumbres, pero esas canciones se negaron a envejecer.

A principios de los noventa me había abrazado a los Ratones Paranoicos como bandera. Era mi tribu y mi manera de estar en el mundo. Hasta que conocí a una chica. 

Fue en un recital de «Memphis» en el Viejo Correo cuando la ví. Ella llevaba una remera de «Oktubre». Se llamaba Lorena, era preciosa. Me enamoré antes de saberlo. Después llegó la conversación que cambió todo.

—¿Loco, vos sabés que Juanse le escribió una canción al Indio? Está todo mal con los Paranoicos.

Me hice el boludo, mientras ella ojeaba mi remera de «Tómalo o Déjalo". Empecé a escuchar a Patricio Rey por ella. Sabía que la volvería a encontrar al viernes siguiente. No entendía nada de música, todavía no entiendo. No sé de acordes, ni de armonías, ni de escalas. Apenas sé reconocer lo que me conmueve. Y Lorena me conmovía. Por eso cometí una traición. Escuchaba a los Redonditos a escondidas.

Hoy parece ridículo, pero en aquellos años existía un versus feroz. No se podía pertenecer a las dos tribus. Había que elegir. Yo era paranoico o al menos eso creía. Hasta que escuché «Motor Psico». Esa canción me cayó en la cabeza como un rayo.

Una noche Lorena me dijo que «Ropa sucia» era su canción favorita. Recuerdo esa frase con claridad y su sonrisa capaz de mover continentes.


...El tango que ocultamos mejor

del que preferimos no hablar

Es el que nos tiene

anarcotizados...


Al año siguiente los Redondos ya estaban por todas partes. A «Mi perro dinamita» y «Un poco de amor francés» las junaba hasta mi vieja. Las canciones escapaban de los parlantes y se metían en las conversaciones, en los patios de escuela, en los colectivos. Hoy puedo admitirlo; traicioné una banda, una estética y una forma de pertenencia.

Seguí yendo a ver a Juanse. Pero también fui a ver a Los Redondos.

A fines de 1991 llegamos juntos a un galpón debajo de la Autopista 25 de Mayo en la zona de Parque Avellaneda. Ella llegó con unos pibes de Huracán. Entramos juntos. El lugar se llamaba Autopista Center y cuando sonó «Todo un palo» entendí. La vi abrir los brazos en cruz, cerrar los ojos y apuntar el rostro hacia las chapas del galpón. El lugar devolvía un sonido sucio y maltrecho, pero ella lo recibía como si estuviera frente a una orquesta celestial. No hizo falta ninguna explicación. Lorena había dejado una semilla.

Años después me enteré de su muerte en una esquina del Bajo Flores. Fue sola y le tocó perder. Una noticia absurda, injusta, imposible de aceptar. Tenía muy pocos años. Sin embargo, alcanzó para dejarme un legado enorme.

Ella me siguió diciendo “loco” hasta la última vez que nos vimos. Nunca dejó de llamarme así. Muchos años después hablé con alguien que paraba con ella. En medio de la conversación me dijo:

—No, te re tenía loco. Hablaba mucho de vos. Y... sabía tu nombre.

Me sorprendí.

— ¿Cómo que sabía mi nombre? Si siempre me decía “loco”.

Entonces se rió.

— A vos te decía “loco”. A nosotros nos decía el Saúl.


En la primavera de 1993, cuando la banda del Indio y Skay editó el disco doble «Lobo suelto, cordero atado» ya me había cambiado de colegio y, con el cambio, también se ensanchó mi mundo. Conocí gente nueva, atravesada por la música. Comencé a escuchar canciones sin necesidad de rendir examen y en libertad. Quizás por eso, "el doble", sigue siendo mi favorito. 

Después llegaron «Gulp!», «Un Baion» y «Bang! Bang!...», fui hacia atrás y descubrí eslabones perdidos de su propia vida. Y también entendí algo que no tenía relación con el rock. Entendí el amor. Ese amor que consiste en aceptar al otro con sus diferencias, incluso cuando esas distas son absurdas y adolescentes.

Lorena escuchaba una música que yo había aprendido a rechazar. Y gracias a ella descubrí una parte de mí que todavía no conocía.

Por eso, cuando esta mañana supe de la muerte del Indio, lo primero que pensé fue en Lorena. Pensé que ella se había ido demasiado joven pero también especulé que se había ahorrado este día. Porque para quienes crecimos al abrigo de sus canciones y de su poesía, permanecer en este plano después de la partida del Indio tendrá algo de intemperie, de casa vacía y de una extraña orfandad. Como si, de pronto, el mundo siguiera igual, pero faltara una voz que durante décadas nos enseñó a nombrar la noche. Será duro. Muy duro. 

Cada vez que suena una canción de Patricio Rey vuelvo a agradecerle a aquella chica del Barrio Espora de tan solo diecisiete años, la de la remera negra, la que apareció en el Viejo Correo y me enseñó que la libertad también puede entrar por los oídos. Descubrí con ella que las tribus eran pequeñas y las canciones enormes. No había una frontera entre Los Ratones y Los Redondos, sino un puente que tenía el nombre de una piba que apareció una noche cualquiera y me cambió la forma de escuchar.

En algún lugar donde la memoria conserva intactos éstos recuerdos, Lorena sonríe detrás de su remera desilachada de «Oktubre», el Indio enciende otra vez el misterio de sus versos, y aquel pibe de quince años descubre, una vez más, que el amor y la libertad comparten la misma cinta virgen, esa donde todavía quedan canciones por grabar.









24 de mayo de 2026

REALISMO MÁGICO

 



La semana pasada escribí sobre el policial negro. De esa mirada donde el crimen muchas veces no importa tanto como la corrupción, la noche, la soledad humana. Y me quedé pensando en otro género —o mejor dicho, en otra forma de mirar el mundo— que siempre me fascinó y que muchas veces usamos sin darnos cuenta, el realismo mágico.

Y me interesa aclarar algo desde el principio. El realismo mágico no es solamente que aparezca un fantasma en una historia. No es poner una vaca que vuela o un hombre que vive doscientos años. Eso sería demasiado fácil.

El verdadero realismo mágico ocurre cuando lo extraordinario entra en la vida cotidiana sin pedir permiso. Y, sobre todo, cuando nadie se sorprende demasiado.

Ahí está la clave.

Porque en el realismo mágico lo imposible no rompe la realidad, es decir, convive con ella.

Un hombre desayuna mientras afuera llueven flores amarillas, una mujer sigue hablándole al marido muerto como si todavía estuviera sentado en la cocina, un pueblo entero puede dormir durante años bajo el calor y la malaria y aun así seguir funcionando. Y nadie dice Qué raro— Porque para los personajes eso forma parte natural de la existencia. Y tal vez por eso el realismo mágico nació tan fuerte en Latinoamérica. Porque este continente siempre convivió con dos mundos al mismo tiempo, el racional y el mítico.

Acá muchos le hablamos a los muertos. Todavía creemos en señales, guardamos supersticiones familiares. Acá una abuela puede decirte que soñó con alguien y al día siguiente toda la familia queda sugestionada e inquieta.

En esta parte del planeta alguien prende una vela porque sí. Por las dudas. Porque algo en nosotros sigue creyendo que hay fuerzas invisibles alrededor de la mesa. Y eso no entra del todo en la lógica europea clásica.

Por eso cuando aparece el llamado “boom latinoamericano”, con escritores como Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier o Juan Rulfo, el mundo queda fascinado. Porque ellos entendieron que América Latina ya era mágica antes de ser literatura. 

Pero ojo. El realismo mágico no es fantasía escapista. No se trata de huir de la realidad. Al contrario, muchas veces sirve para contarla mejor.

Porque hay dolores tan grandes, dictaduras tan absurdas, pobrezas tan antiguas y violencias tan repetidas, que la realidad latinoamericana a veces parece necesitar otra lógica para ser explicada.

¿Cómo se cuenta un continente donde las madres que perdieron a su hijo siguen poniendo un plato en la mesa durante años? ¿Cómo se explica eso? ¿Cómo se cuenta un pueblo donde la memoria de los muertos pesa más que la de los vivos?

Quizás el realismo mágico aparece ahí. Es una herramienta. Como una forma poética de decir: “La realidad ya es extraña”. Y además hay algo hermoso; el realismo mágico no vive solamente en los libros. Está lleno de escenas cotidianas.

El realismo mágico tiene mucho que ver con la memoria. Con esa sensación de que el tiempo nunca termina de irse del todo. 

A veces uno cree que vive una vida completamente racional hasta que aparece una canción y lo destruye una nostalgia que no sabía que seguía adentro. Y ahí, hay algo casi mágico también. Creo que por eso el género sigue funcionando.

Más allá de las bibliotecas y de las universidades, el realismo mágico habla de algo profundamente humano. Habla con una sospecha, ¿acaso la realidad visible no alcanza para explicar todo lo que sentimos?

No alcanza porque hay dolores que quedan flotando en las casas, hay ciudades con memoria, hay personas que siguen presentes incluso después de irse. Momentos donde la vida cotidiana, de golpe, así de sopetón se ilumina con algo extraño y poético.

Tal vez el realismo mágico sea eso. No una forma de escapar de la realidad, sino una forma más profunda de mirarla.



20 de mayo de 2026

LA AUSENCIA YA ES ADULTA




El 20 de mayo dejó de ser, hace tiempo, una fecha. Se convirtió en una manera privada de medir el tiempo. Hay personas que organizan la vida alrededor de trabajos, mudanzas, gobiernos. Yo la organizo también alrededor de las pérdidas. Hoy se cumplen 21 años de la muerte de mi papá. Y hay algo extraño en esa cifra. Veintiún años es la mayoría de edad de una ausencia.

Mi viejo murió a los cincuenta y ocho. Ahora esa edad me parece joven. Tal vez siempre lo fue y yo no tenía cómo saberlo. Cuando un padre muere así, lo que falta no es solo él. Falta también el tiempo que no llegó a vivir. Los años que no alcanzaron. El hombre que habría sido después. A veces pienso que no enterré sólo a mi viejo, sino también a todas sus versiones futuras.

Después de una pérdida así uno desarrolla mecanismos silenciosos de supervivencia. Nadie se vuelve huérfano de un día para otro. La intemperie aparece de manera gradual y, mientras tanto, uno busca dónde apoyarse. Yo encontré algo paterno en conductores donde fui columnista, en jefes de redacción, en referentes. Y más tarde apareció Pancho, que ocupó ese lugar de sostén, de orientación, de referencia emocional. Nunca los pensé como reemplazos. Eran otra cosa. Formas transitorias de protección. Personas que, de algún modo, ayudaban a que la ausencia original no resultara absoluta. Durante más de una década Pancho ocupó ese lugar. Hasta 2021.

Ahí la historia cambió otra vez. Porque ya no faltaba solamente mi padre biológico, comenzaron a desaparecer también quienes sostenían cierta idea de refugio. Murió mi mamá. Pancho dejó de estar cerca. Y entonces apareció una sensación distinta, más desnuda. La orfandad sin matices. Recuerdo una frase de Jorge Hurst: “Bienvenido a la orfandad”. Nunca intentó consolarme. Y quizás por eso me acompañó tanto. Hay frases cuya única función es nombrar con precisión aquello que uno todavía no puede explicar. A veces eso alcanza.

Con los años entendí que crecer acaso consista en dejar de buscar sustitutos. No porque haya estado mal hacerlo. Al contrario, muchas veces fue lo que me permitió seguir. Pero llega un momento en que la pregunta cambia. Ya no se trata de quién puede ocupar el lugar del padre, sino de cómo aprende uno a sostenerse solo. Cómo uno aprende, con el tiempo, a cuidarse a sí mismo. Ser el responsable de la propia vida. Ser, en algún sentido, el padre que ya no está.

Y aun así la vida no queda reducida a la pérdida. Mientras escribo sobre los muertos, espero la llegada de Julián. El martes a la noche voy a estar atento a su llegada. El miércoles ya va a estar acá conmigo. Y esa expectativa introduce algo importante en medio de tanta ausencia que tiene que ver con la continuidad. Porque el duelo más sensato no consiste en vivir aferrado a los que faltan, sino en poder recibir a quienes llegan.

Hace veintiún años murió mi viejo. Hace cinco, mi vieja. Y sin embargo todavía intento construir sentido con todo eso. Tal vez esa también sea una forma de herencia.



12 de mayo de 2026

LEER ES VIVIR DOS VECES

 




A los dieciséis años todavía creía en las tribus. No en las urbanas, aunque también. Creía en cualquier grupo humano que se presentara bajo la promesa de salvación. Una pequeña tropa de desobedientes, una cofradía contra el mundo. Bastaba una campera de jean desharrapada, un parche cosido con torpeza, un cassette grabado de cuarta generación y una mirada de asco hacia todo lo establecido para que uno pensara "Acá hay algo verdadero" 

Venía de un colegio de curas donde hasta el pelo parecía una cuestión teológica. Nos medían el largo hasta el punto de hacer creer que de eso dependía la moral de Occidente. Un centímetro de más en la nuca podía pasar por el primer paso hacia el infierno. Todo estaba regulado, tanto la camisa adentro del pantalón, el tono de voz, la velocidad del recreo como la manera correcta de existir.

Yo, que había sido alumno ejemplar, llevaba en la mochila una biografía absurda para alguien que empezaba a desconfiar, a saber, boletines impecables, menciones, hasta el orgullo un poco ridículo de haber sido abanderado en la primaria de ese mismo colegio.

Durante años colaboré dócil y manso con la maquinaria antes de descubrir los engranajes. Después vino la secundaria y, casi al mismo tiempo, el primer terremoto. Mis viejos se separaron al comienzo de esa etapa. A esa edad uno todavía supone que las estructuras familiares son edificios públicos. Podrán estar descascarados, pero no se derrumban y sin embargo, algo empezó a hundirse. Tal vez por eso dejé de esforzarme tanto. No fue un movimiento heroico ni una rebeldía programática. ¡Qué querés! Solo que había cosas más urgentes que sobrevenían adentro mío que sacar buenas notas.

Fue entonces cuando cayó en mis manos «Animal Farm», de George Orwell. Lo leí con una mezcla de fascinación y miedo, descubrí a un escritor que detalló el manual secreto de lo que estaba por vivir. Los animales expulsaban al amo, organizaban una revolución, prometían igualdad, construían un nuevo orden. Hasta ahí, todo perfecto.

**


Lo perturbador venía después, la lenta mutación. La degradación casi imperceptible. La manera en que los cerdos, que habían hablado en nombre de todos, empezaban a apropiarse del lenguaje, de las normas y finalmente de las ventajas. No traicionaban de golpe, traicionaban de a milímetros.

Primero justificaban una excepción. Después una pequeña concesión. Luego una comodidad táctica. Hasta que una noche ya caminaban en dos patas y nadie sabía en qué momento exacto había ocurrido la transformación.

Yo cerré el libro y tuve una revelación prematura, una especie de educación sentimental acelerada. Todo esto no ocurría solo en las granjas ni en las revoluciones históricas. Pasaba en el aula; en mi grupo. Nosotros éramos una pequeña concentración de adolescentes convencidos de que estábamos en contra de todo eso, tanto del colegio, la hipocresía, la disciplina absurda como de la autoridad ornamental.

Escuchábamos rock en cassettes mal grabados, con ese sonido sucio y heroico de las cosas que todavía no saben que van a perderse. Hablábamos con una solemnidad casi festiva sobre la libertad, la autenticidad, el sistema; desde un banco rayado con liquid paper creíamos descifrar el mecanismo secreto del mundo.

Creíamos que bastaba con nombrar la rebeldía para volvernos inmunes. Pero el tiempo, tardó poco en mostrar sus primeras señales. Empezaron a aparecer pequeñas grietas, concesiones mínimas. Y algunos, casi sin darse cuenta, comenzaron a estrechar la mano de aquello mismo que habían jurado combatir.

**

La rebeldía, entendí pronto, podía ser también una forma de uniformarse. No hacía falta llevar corbata para ser obediente. Algunos de ellos que se proclamaban antisistema no querían destruir ningún dispositivo; apenas deseaban ocupar un lugar privilegiado dentro de ella. Como los punks, nacidos para dinamitar el rock progresivo, terminaron convertidos en mercancía empaquetada, una mueca de ruptura transformada en logo. 

Los animales ya caminaban en dos patas. 

Tuve suerte. Lo pienso de verdad. A los dieciséis años ya había leído suficiente como para reconocer el mecanismo antes de quedar atrapado en él. Por eso, cuando alguien pregunta: ¿Para qué leer, para qué escribir, para qué pasar horas con libros mientras la vida sucede afuera? Siempre pienso en esa edad.

Quizás leemos para no pensar en la muerte o leemos para anticipar ciertas decepciones que en definitiva no dejan de ser pequeñas muertes. Leemos para ponerle nombre a aquello que todavía no sabemos explicar. En mi caso para descubrir que alguien, décadas antes, ya observó la misma trampa con otra luz y otras palabras.

Somos mortales, sí. Algún día nos vamos a morir y el mundo seguirá fabricando impostores, tribus y pequeños napoleones* domésticos. Pero a veces un libro te da una ventaja mínima y decisiva. Te enseña a reconocer el momento exacto en que alguien empieza a caminar en dos patas.






*Snowball y Napoleón son los cerdos de Animal Farm, la novela que George Orwell publicó en 1945.



7 de mayo de 2026

NOMBRAR INCENDIOS

 




Comienzo de mayo

y el clima

parece haberse equivocado

 

El otoño

está distraído

el invierno

todavía no se anima

a entrar

 

Me vine al mar

a pensar en mamá

 

Cada vez

que vuelvo a ella

pasa algo raro

el tiempo

se pliega

las hojas

dejan de moverse

el aire

queda suspendido

el mundo entero

entiende

que hay nombres

más pesados

que la gravedad

 

Extraño a mamá

con una intensidad

difícil de nombrar

 

Una parte mía

se fue con ella

y sin embargo

acá estoy

cinco años después

todavía respirando

 

Todavía haciendo

cosas absurdas

comprar pan

pagar cuentas

mirar el cielo

 

No sé bien

cómo llegué hasta acá

tal vez fue Julián...

esa obligación

luminosa

de seguir existiendo

cuando una parte de mí

ya había pedido

bajarse del viaje

 

Y al mismo tiempo

que ella murió

algo más

también se rompió

 

Ellas

por su parte

no mudaron

de piel

 

Sólo giró

la lámpara exacta

y lo que antes

era sombra

aprendió

a tener rostro

 

La crueldad

no siempre grita

a veces sonríe

provoca

empuja apenas

hasta dejarte

al borde del enojo

para después

señalarte

¿Ves?

el problema

eras vos

 

Qué fácil

nombrar incendios

después

de jugar

con fósforos

 

Y sin embargo

acá está el mar

me va a doler

perderlo

cuando

me vaya

 

Porque la cuna infinita

de las olas

nunca se queda

quieta

 

Insiste

va y viene

con la terquedad

de una verdad vieja

 

Dice

no te podés quedar

detenido

para siempre

 

No podés construir

una casa

adentro

de la nostalgia

 

El agua golpea

retrocede

vuelve

Golpea

retrocede

vuelve

 

La memoria

trabaja igual

el amor también

el duelo también

 

Mamá vuelve a mí

en este mayo raro

donde no hace frío

y sin embargo

yo extraño

con temperatura

de nieve


2 de mayo de 2026

AHORA BIEN

 



Hermoso momento vivido en la presentación de «Ahora Bien», del escritor, poeta y periodista Camilo Sánchez.

Ahora Bien (El Bien del Sauce Edita) es un libro extraordinario que surge del cruce entre una conversación de Lacan con el poeta Cheng, donde la psicología y la filosofía china dialogan con profundidad y cercanía. Una obra verdaderamente maravillosa.













20 de abril de 2026

PATTI SAID

 

Dijo una vez Patti Smith: “No busques ser cool. Sé apasionado, sé comprometido, sé tú mismo. La autenticidad es más punk que cualquier chaqueta de cuero. Escribe, canta, crea, aunque nadie escuche. Porque el arte verdadero nace del alma, no del aplauso.”