Séptimo día de Mayo
y el clima
parece haberse equivocado.
No hace frío.
El otoño está
distraído,
el invierno
todavía no se anima a entrar.
Me senté frente
al infinito,
a pensar en mi mamá.
Cada vez que
vuelvo a ella
pasa algo raro:
el tiempo se
pliega,
las hojas dejan
de moverse,
el aire queda
suspendido,
el mundo entero
entiende
que hay nombres
más pesados que
la gravedad.
Extraño a mi
mamá
con una
intensidad difícil de nombrar.
Una parte mía
se fue con ella
y, sin embargo,
acá estoy,
cinco años
después,
todavía
respirando.
Todavía haciendo
cosas absurdas:
comprar pan,
pagar cuentas, mirar el cielo.
No sé bien cómo
llegué hasta acá.
Tal vez fue Julián.
Tal vez mi hijo,
esa obligación
luminosa
de seguir
existiendo
cuando una parte
de mí
ya había pedido bajarse del viaje.
Y al mismo
tiempo que ella murió,
algo más también
se rompió.
Ellas no mudaron
de piel.
Sólo giró la
lámpara exacta,
y lo que antes
era sombra
aprendió a tener
rostro.
La crueldad no
siempre grita,
a veces sonríe,
provoca, empuja apenas
hasta dejarte al
borde del enojo
para después
señalarte:
“¿Ves? Ahí está.
El problema eras vos.”
Qué fácil
nombrar incendios
después de jugar
con fósforos.
Y sin embargo, acá está el mar.
Eso me va a
doler perder
si alguna vez me
voy.
Porque el líquido
elemento
nunca se queda
quieto.
Insiste.
Va y viene con
la terquedad de una verdad vieja.
Dice:
no te podés
quedar detenido para siempre.
No podés
construir una casa
adentro de la
nostalgia.
El agua golpea,
retrocede, vuelve.
Golpea,
retrocede, vuelve.
La memoria
trabaja igual.
El amor también.
El duelo
también.
Mi mamá vuelve a
mí
en este mayo
raro
donde no hace
frío
y, sin embargo,
yo extraño
con temperatura
de nieve.