10 de marzo de 2026

BRIANTE Y EL MISTERIO SANDRO

 



Ayer me pasó algo hermoso, de esos momentos que después uno quiere contar despacio para que no se rompan. Estuve almorzando con un amigo, el escritor Camilo Sánchez. Una mesa larga, una conversación sin reloj, y alrededor estaba Julia, Teresita —su mamá— y Nené. Comimos rico, de esas comidas donde la sobremesa se vuelve territorio de recuerdos, de literatura, de periodismo y de vida.

En algún momento, entre una anécdota y otra, me acordé de un libro que Camilo me había prestado hace tiempo. «Desde este Mundo» de Miguel Briante. 

Briante fue un escritor enorme. Cronista, narrador, uno de esos periodistas que entendían que escribir no era solamente informar: era mirar el mundo con un lente distinto. Fue entre otras cosas jefe de redacción de Confirmado y de El Porteño. Había publicado muchísimas reseñas literarias, estuvo en Página/12, donde se ocupó de la sección de artes plásticas. Entonces Camilo me dijo algo que me quedó resonando.




—¿Vos sabés, Raly, que Briante fue a cubrir un show de Sandro a fines de los 80? Lo dijo y abrió una puerta. Sandro, en aquel tiempo, todavía cargaba con esa mirada un poco condescendiente de cierta intelectualidad. Para algunos era apenas el ídolo de las señoras, el cantante de las rosas y los suspiros. Pero Briante lo miró de otro modo. En esa crónica describió la escena con la precisión de un novelista: la bata, el gesto teatral, la respiración del público, ese magnetismo extraño que hacía que miles de personas se quedaran suspendidas en un movimiento de manos. No lo trató como un fenómeno kitsch. Lo miró como lo que era: un artista único.

Tal vez fue entonces cuando algo empezó a cambiar. Porque cuando un gran cronista nombra de otra manera a un artista popular, el mundo comienza a escucharlo distinto. Y eso sucedía en tiempos en que un diario en papel alcanzaba tiradas de muchísimos ejemplares.

Años después, ya en 1999, en el fin del siglo, muchos músicos del rock grabaron versiones de canciones de Sandro. Ese disco tributo terminó de confirmar algo que Briante había intuido más de una década antes: que en ese cantante criado en Lanús, había cruzado una dimensión artística que atravesaba generaciones y prejuicios. 

Y mientras hablábamos de todo eso, también apareció en la conversación aquel diario —Página/12— que a fines de los 80 y comienzos de los 90 fue mucho más que papel. Fue refugio. Fue faro. Ahí escribían, Eduardo Galeano, Juan Gelman, Osvaldo Soriano, Camilo Sánchez y el propio Miguel  Briante. Y entonces pensé algo. Que a veces la historia de la cultura no se escribe en los grandes manifiestos, sino en gestos más pequeños: un cronista que decide mirar distinto, un artículo que se publica en una página interior, una conversación en una mesa donde el tiempo se afloja. Porque Sandro venía de lejos: de Valentín Alsina, de escenarios donde la electricidad del rock apenas era una promesa, de ese país profundo que empieza cuando Pompeya deja de ser Sáenz y se transforma en conurbano, un lugar donde el amor y el drama siempre cantan un poco más fuerte.

Mientras hablábamos de todo eso recordé otra coincidencia que siempre me emociona: mi hijo Julián nació en la Maternidad Sardá en Parque Patricios, el mismo hospital donde también había nacido Roberto Sánchez, Sandro. Esas casualidades que no explican nada pero iluminan. Entonces pensé que tal vez eso era lo que Briante había visto. Que desde esos barrios, desde esas historias mínimas, podía surgir algo irrepetible. Porque hay artistas que se imitan. Y hay artistas que no se pueden copiar jamás. Sandro pertenecía a esa segunda especie.

Y quizás un cronista como Miguel Briante fue de los primeros en escribirlo con todas las letras. Desde entonces, cuando alguien canta una canción de Sandro, cuando un músico de rock se anima a tocarla, cuando una historia vuelve a contarse en una mesa entre amigos. Uno siente que aquella mirada sigue viva como si en algún rincón del periodismo —entre la tinta, la música y la memoria—Briante todavía estuviera escribiendo.







25 de enero de 2026

ELEGIR LA MAGIA

 




Quedó un resto.

Con eso escribo.

 

Nada permanece:

por eso duele,

por eso cuido.

 

Aprendí a quedarme

sentado frente al vacío,

a borrar,

a persistir.

 

A veces herir es brillar.

A veces el daño

no tiene manos.

 

Mi casa es una voz

hablando sola,

una tinta que respira.

 

Cuando el mundo explica,

yo elijo el temblor.

 

Sigo eligiendo

la herida que canta.





21 de enero de 2026

LA CATEDRAL EN EL BARRO

 



Adán Buenosayres no es una novela, es una ciudad respirando adentro de un cuerpo. El escritor Leopoldo Marechal no escribió Buenos Aires: la habitó con palabras. La volvió mito, esquina, patio, cielo metafísico y baldío de barrio al mismo tiempo.

¿Por qué se habla poco de Marechal?

Tal vez porque su obra no se dejó domesticar. No fue dócil al mercado, a la academia, ni al canon cómodo, ni a la literatura que se deja resumir en los suplementos de cultura. Marechal escribió una épica porteña cuando la épica parecía una mala palabra. Escribió con una fe casi religiosa en la literatura, cuando la ironía empezaba a cotizar mejor que la esperanza.

Borges y Cortázar armaron constelaciones. Fueron faros.

Pero Marechal levantó una catedral en medio del barro.

Una catedral llena de santos barriales, borrachos metafísicos, poetas pobres, semillas del Ángel Gris que piensan el universo desde una vereda rota.

Adán Buenosayres vibra porque no quiso agradar: quiso decir.

No busca ser elegante: busca ser verdadera.

Es una novela que se atreve a mezclar filosofía con panadería, mística con baldío, eternidad con yerba de ayer secándose al sol. En sus páginas, las preguntas más hondas sobre el sentido de existir aparecen amasadas entre rutinas mínimas. Lo trascendente no irrumpe como revelación solemne, sino que se filtra en lo cotidiano, en lo que parece inútil pero guarda memoria. Así, la novela propone una espiritualidad rasposa y terrestre, donde lo infinito se deja tocar con las manos y el tiempo eterno convive, sin escándalo, con los restos humildes de un día cualquiera.

 

¿Se vendieron mejor Borges y Cortázar?

Puede ser. Ellos dialogaron mejor con el mundo.

Marechal dialogó con el alma argentina. Y eso no siempre cotiza en dólares ni en traducciones.

Quizás su obra sea la que mejor nos pintó, porque no nos pintó lindos:

nos pintó complejos, contradictorios, místicos y carnales, solemnes y patéticos, profundos y pendencieros.

Marechal no escribió para gustar.

Escribió para fundar.

Y fundar siempre es más lento que brillar.



"Un sabor amargo en la lengua del cuerpo y en la del alma, eso era lo que sentía él al considerar la parodia de génesis que se desarrollaba en su habitación."

"—¡Señores —exclamó—, fíjense qué país es el nuestro, qué carácter el suyo, qué fuerza la de su tradición! Este hombre, italiano de sangre y aborigen de La Paternal, sin haber salido nunca de su barrio, sin conocer la pampa ni sus leyes, ¡toma un buen día la guitarra y se hace payador! ¡Señores, esto es grande! Colosal —afirmó Adán Buenosayres muy serio."


14 de enero de 2026

NO SÉ CÓMO QUERERTE










Le avisé a papá que iba después de Año Nuevo.

Así, sin ceremonia.

Para mí era una fecha más,

un casillero que se tilda en el calendario.

Para él fue una cuenta regresiva,

una carrera silenciosa contra el tiempo.

Eso lo entendí después.

En ese momento, no.

 

Llegué un miércoles a las cinco y media de la mañana,

con el cuerpo roto de sueño

y la cabeza en cualquier lado.

No venía mal,

pero tampoco venía con fuego.

Era más bien cumplir.

Como ir a una clase obligatoria,

no a una que te cambia la vida.

 

Papá me miraba demasiado.

Siempre me mira así,

como quien revisa una foto vieja

para ver si todavía coincide con la realidad.

Y no,

no soy el mismo.

Claro que no.

Eso a veces le duele,

aunque nunca lo diga.

 

Sé que piensa que no registro.

Tal vez tenga razón.

Pero no es que no registre:

es que estoy en otra frecuencia.

En mi mundo,

en mis tiempos,

en mi edad.

Cuando me dice “salí diez minutos antes”,

yo escucho…

pero después hago la mía.

No por desprecio,

sino por necesidad.

Porque necesito sentir

que mi vida es mía.

 

Esa noche salí tarde.

Llovía.

Me empapé.

Volví con bronca,

más conmigo que con él.

Me lavó la campera.

Cuando me la puse sentí que no abrigaba igual

y lo dije mal,

cortante,

con la cara dura.

No quise herirlo,

pero lo herí.

 

Siempre es así:

no quiero lastimar

y termino lastimando igual.

 

Fuimos a comer.

McDonald’s, Burger King, lo que hubiera.

Yo no tenía hambre,

pero igual íbamos.

La hamburguesa me dio asco.

La gaseosa estaba horrible.

Me quejé.

En ese momento vi la incomodidad,

no el esfuerzo.

Hoy sé que el esfuerzo

era amor disfrazado de rutina.

 

Me paseó por la ciudad

como si yo fuera un turista:

feria,

centro,

shopping.

Yo atrás, con el celular.

Él adelante,

intentando que algo me tocara.

 

Cuando me contó que había trabajado limpiando en uno de esos lugares

no supe qué decir.

No porque no me importara,

sino porque su pasado

y mi presente

no entraban en la misma frase.

Era otra vida.

Otra película.

Otro idioma emocional.

 

Lo del celular fue eterno:

esperar,

sentarse,

volver a esperar.

Yo impaciente.

Él en silencio.

Ahora sé que ese silencio

no era paciencia:

era cansancio.

 

Hizo todo para que me encontrara con Luca.

Y lo logró.

Fue un gesto enorme.

Pero no se lo dije.

No me sale.

Nunca supe decir “gracias”

sin sentir que me quedaba desnudo.

 

Salí dos noches.

Hice la mía.

No pensé en horarios,

ni en su sueño,

ni en su cansancio.

Pensé en mí.

En mis ganas.

En esa libertad nueva

que todavía no sé manejar sin romper cosas.

 

No es que no tenga empatía.

Es que todavía no aprendí a usarla

sin perderme a mí mismo.

 

Sé que papá está cansado.

Se nota en cómo camina,

en cómo se sienta,

en cómo respira.

No quiero que esté así por mí,

pero tampoco sé

cómo dejar de ser quien soy ahora.

 

Él dio su vida por mí.

Yo estoy intentando empezar la mía.

Y eso choca.

Choca fuerte.

 

Yo lo quiero.

Mucho más de lo que se nota.

Pero no sé cómo demostrarlo

sin sentir que vuelvo a ser chico.

Y no quiero volver a ser chico.

Quiero crecer,

aunque me lleve cosas puestas.

 

Cuando pienso en esta visita

no pienso en los lugares.

Pienso en su mirada cansada.

En cómo esperaba algo

que yo todavía no sabía darle.

 

No fue una visita feliz.

Tampoco fue triste.

Fue real.

 

Un padre

aprendiendo a soltar.

 

Un hijo

aprendiendo a no salir corriendo.

 

Y entre los dos,

ese silencio raro

que no es falta de amor,

sino un montón de palabras

que todavía no sabemos decir

sin quedar expuestos.



9 de diciembre de 2025

LA ORQUETA DEL DESTINO





Tenía doce años. Verano del ’88. Lo habían invitado a un asalto. Él pensaba que sería como un cumple: globos, torta, los pibes corriendo alrededor de la mesa. Pero no. Esto era otra cosa: luces bajas, radiograbador a todo volumen, los más grandes bailando lentos y apretados, como si fueran adultos que ya sabían todo de la vida.

Llegó medio tarde porque se había quedado en el campito del Mercado Central, tirándole a un paredón con la gomera. La llevó consigo, metida en la cintura bajo la chomba de Papazzi, y no sabía bien por qué. Era como cargar un pedacito de su mundo, un secreto que solo él podía sostener.

Dentro, el aire era pesado: mezcla de Pepsi tibia, transpiración y un poco de humo de cigarrillo que escapaba de los más grandes. Vasos de plástico tirados, papas fritas blandas en un bol, y un cassette que pasaba de Europe a Pet Shop Boys. Cada tanto alguien apretaba rewind y el radiograbador chistaba, como una locomotora que respiraba.

De golpe, ¡paf!, arranca un lento: Milli Vanilli. La música bajó el pulso de la sala. Él sintió que le ardían las manos. Y ahí la vio a ella. La que le gustaba de verdad. La invitó a bailar, y ella dijo que sí. Todavía no entendía cómo había pasado.

Apoyó sus manos en la cintura de ella y le temblaban tanto que pensó que lo delatarían. Ella apoyó las suyas en sus hombros, livianas, casi flotando. El mundo desapareció: no estaban las risitas de los costados, ni los codazos de los pibes, ni las chapitas rodando por el piso. Solo ellos, moviéndose torpes, atrapados en un vaivén que parecía eterno.

Hasta que… chau. Ella descubrió la gomera. La sintió dura, escondida en la cintura. Lo miró con ojos grandes, primero sorprendida, después con esa mezcla de ternura y lástima que duele más que un regaño. Él se quería hundir en el piso. No era el langa que fingía. Era un nene con gomera.

El lento terminó. Ella se soltó despacito y se fue con sus amigas. Él se quedó clavado en medio del comedor, con la música apagándose en el pecho y la gomera todavía firme. Sin beso, sin conquista. Solo él, con sus nervios y su verdad.

Muchos años después, al recordarlo, se ríe solo. Esa noche entendió que crecer no era hacerse el grande: era animarse a mostrarse tal cual era, aunque quedara ridículo. Y, todavía le gusta pensar, que en esa fiesta, aunque no besó, fue el único que se animó a bailar con la gomera colgando de la cintura.

Quizás algún día, cuando sea grande, aprenda a besar sin que le tiemble la mano, a mirar fijo y apuntar al blanco del corazón. Mientras tanto, sigue jugando. Porque en cada lento torpe, en cada risa nerviosa, descubrirse a uno mismo ya es un disparo que da en el blanco.









30 de noviembre de 2025

AUD

 




Anoche, en la AUD, mi hijo salió a encontrarse con sus amigos y compañeras del Instituto Roberto Arlt. Yo, desde lejos, sentí que algo vibraba distinto: una mezcla de alegría y desorden luminoso, ese caos hermoso que sólo aparece cuando la vida está por cambiar.

Me llegó una foto en plena madrugada. Lo vi radiante, rodeado de risas, de complicidades, de esa energía que sólo la juventud puede conjurar. Y pensé en Arlt. En cómo estaría disfrutando este pequeño lío que armaron, igual al que él armó alguna vez contra la academia y los cogotudos de siempre.

Mientras lo miraba en la pantalla, entendí que mi hijo ya camina hacia su propio destino. Y me quedé con un orgullo manso, íntimo: el de saber que empieza a escribir su historia con una luz que no necesita permiso para brillar.







17 de noviembre de 2025

GOBS

 




Julián apareció en la puerta con una bolsa. No caminaba: flotaba. Tenía ese brillo que no se compra, que no se aprende, que sólo aparece en los ojos cuando algo profundamente bueno está por suceder. Adentro de la bolsa se apretaban globos plateados; parecían peces sorprendidos, atrapados en un pequeño océano de plástico.

—Hoy le voy a preguntar si quiere ser mi novia —dijo, como si estuviera anunciando un eclipse.

Y en cierto modo, lo hacía.

Mientras hablaba, sostenía los globos con un cuidado casi ceremonial. No quería que tocaran el piso. No quería que se mezclaran con la rutina de la casa. Aquellos globos eran otra cosa: eran lenguaje, promesa, augurio.

Yo lo observé, y ahí estaba él, mi hijo de hoy, tan alto, tan decidido, tan dueño de su emoción… y arriba de esa imagen, como un doble transparente, estaba el bebé que fue.

El nene que antes de decir “papá” dijo “gobs”.

Su primera palabra no fue un nombre ni una necesidad. Fue un globo.

Un objeto que asciende. Una forma de celebrar. Un modo de comunicar pureza sin gramática.

Creo que esa elección lo define más de lo que él sospecha. Mientras algunos chicos aprenden a hablar desde lo urgente (leche, agua, mamá) él conmigo empezó desde lo festivo. De a poquito, al tiempo de su boca chiquita, me enseñó que cada globo que sostenía era una idea, una invención, un intento de decir “mundo, estoy llegando”.

Ahora, tantos años después, cuando lo veo armar la frase, todavía escucho ese sonido antiguo: “gobs”. Y me doy cuenta de que él no cambió tanto. Que, incluso en su adolescencia movediza, sigue hablando en ese idioma aéreo, suave, redondo. Un idioma que nombra lo que siente sin temor. Era un trabajo minucioso, casi artesanal. A cada globo le escribió una letra, hasta completar la pregunta:

¿Querés ser mi novia?

Lo hacía con concentración, pero también con una alegría que se le desbordaba por los labios. Y yo, sin decir nada, acompañé esa escena como quien presencia un acto sagrado. Porque en realidad lo era: era el instante exacto en que un chico empieza a ser hombre, no por edad sino por sensibilidad.

Cuando terminó, respiró hondo. Un aire nuevo entró en su pecho.

—Listo —dijo—. ¿Queda bien?

No podía decirle que quedaba perfecto, porque “perfecto” era poco. Quedaba vivo.

Lo vi feliz, como si cada globo (cada vocal y cada consonante) fueran un satélite suyo, un planeta obediente girando alrededor de su valentía.

Lo vi preparado hacia el encuentro, hacia esa ceremonia mínima y gigantesca de preguntarle a otra persona: “¿Me elegís?”. Y en ese momento sentí un tironcito en el pecho. Una mezcla de emoción y nostalgia. Porque cada globo que él soltaba —o que estaba por soltar— también me soltaba a mí un poco.

Ese chico que nació diciendo “gobs” hoy le hablaba al amor con globos.

Y yo, desde la vereda, descubrí algo que quizá debería haber sabido siempre:

Cuando un hijo crece, no deja de hablarnos.

Sólo cambia el idioma.