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10 de marzo de 2026

BRIANTE Y EL MISTERIO SANDRO

 



Ayer me pasó algo hermoso, de esos momentos que después uno quiere contar despacio para que no se rompan. Estuve almorzando con un amigo, el escritor Camilo Sánchez. Una mesa larga, una conversación sin reloj, y alrededor estaba Julia, Teresita —su mamá— y Nené. Comimos rico, de esas comidas donde la sobremesa se vuelve territorio de recuerdos, de literatura, de periodismo y de vida.

En algún momento, entre una anécdota y otra, me acordé de un libro que Camilo me había prestado hace tiempo. «Desde este Mundo» de Miguel Briante. 

Briante fue un escritor enorme. Cronista, narrador, uno de esos periodistas que entendían que escribir no era solamente informar: era mirar el mundo con un lente distinto. Fue entre otras cosas jefe de redacción de Confirmado y de El Porteño. Había publicado muchísimas reseñas literarias, estuvo en Página/12, donde se ocupó de la sección de artes plásticas. Entonces Camilo me dijo algo que me quedó resonando.




—¿Vos sabés, Raly, que Briante fue a cubrir un show de Sandro a fines de los 80? Lo dijo y abrió una puerta. Sandro, en aquel tiempo, todavía cargaba con esa mirada un poco condescendiente de cierta intelectualidad. Para algunos era apenas el ídolo de las señoras, el cantante de las rosas y los suspiros. Pero Briante lo miró de otro modo. En esa crónica describió la escena con la precisión de un novelista: la bata, el gesto teatral, la respiración del público, ese magnetismo extraño que hacía que miles de personas se quedaran suspendidas en un movimiento de manos. No lo trató como un fenómeno kitsch. Lo miró como lo que era: un artista único.

Tal vez fue entonces cuando algo empezó a cambiar. Porque cuando un gran cronista nombra de otra manera a un artista popular, el mundo comienza a escucharlo distinto. Y eso sucedía en tiempos en que un diario en papel alcanzaba tiradas de muchísimos ejemplares.

Años después, ya en 1999, en el fin del siglo, muchos músicos del rock grabaron versiones de canciones de Sandro. Ese disco tributo terminó de confirmar algo que Briante había intuido más de una década antes: que en ese cantante criado en Lanús, había cruzado una dimensión artística que atravesaba generaciones y prejuicios. 

Y mientras hablábamos de todo eso, también apareció en la conversación aquel diario —Página/12— que a fines de los 80 y comienzos de los 90 fue mucho más que papel. Fue refugio. Fue faro. Ahí escribían, Eduardo Galeano, Juan Gelman, Osvaldo Soriano, Camilo Sánchez y el propio Miguel  Briante. Y entonces pensé algo. Que a veces la historia de la cultura no se escribe en los grandes manifiestos, sino en gestos más pequeños: un cronista que decide mirar distinto, un artículo que se publica en una página interior, una conversación en una mesa donde el tiempo se afloja. Porque Sandro venía de lejos: de Valentín Alsina, de escenarios donde la electricidad del rock apenas era una promesa, de ese país profundo que empieza cuando Pompeya deja de ser Sáenz y se transforma en conurbano, un lugar donde el amor y el drama siempre cantan un poco más fuerte.

Mientras hablábamos de todo eso recordé otra coincidencia que siempre me emociona: mi hijo Julián nació en la Maternidad Sardá en Parque Patricios, el mismo hospital donde también había nacido Roberto Sánchez, Sandro. Esas casualidades que no explican nada pero iluminan. Entonces pensé que tal vez eso era lo que Briante había visto. Que desde esos barrios, desde esas historias mínimas, podía surgir algo irrepetible. Porque hay artistas que se imitan. Y hay artistas que no se pueden copiar jamás. Sandro pertenecía a esa segunda especie.

Y quizás un cronista como Miguel Briante fue de los primeros en escribirlo con todas las letras. Desde entonces, cuando alguien canta una canción de Sandro, cuando un músico de rock se anima a tocarla, cuando una historia vuelve a contarse en una mesa entre amigos. Uno siente que aquella mirada sigue viva como si en algún rincón del periodismo —entre la tinta, la música y la memoria—Briante todavía estuviera escribiendo.







30 de noviembre de 2025

AUD

 




Anoche, en la AUD, mi hijo salió a encontrarse con sus amigos y compañeras del Instituto Roberto Arlt. Yo, desde lejos, sentí que algo vibraba distinto: una mezcla de alegría y desorden luminoso, ese caos hermoso que sólo aparece cuando la vida está por cambiar.

Me llegó una foto en plena madrugada. Lo vi radiante, rodeado de risas, de complicidades, de esa energía que sólo la juventud puede conjurar. Y pensé en Arlt. En cómo estaría disfrutando este pequeño lío que armaron, igual al que él armó alguna vez contra la academia y los cogotudos de siempre.

Mientras lo miraba en la pantalla, entendí que mi hijo ya camina hacia su propio destino. Y me quedé con un orgullo manso, íntimo: el de saber que empieza a escribir su historia con una luz que no necesita permiso para brillar.







17 de noviembre de 2025

GOBS

 




Julián apareció en la puerta con una bolsa. No caminaba: flotaba. Tenía ese brillo que no se compra, que no se aprende, que sólo aparece en los ojos cuando algo profundamente bueno está por suceder. Adentro de la bolsa se apretaban globos plateados; parecían peces sorprendidos, atrapados en un pequeño océano de plástico.

—Hoy le voy a preguntar si quiere ser mi novia —dijo, como si estuviera anunciando un eclipse.

Y en cierto modo, lo hacía.

Mientras hablaba, sostenía los globos con un cuidado casi ceremonial. No quería que tocaran el piso. No quería que se mezclaran con la rutina de la casa. Aquellos globos eran otra cosa: eran lenguaje, promesa, augurio.

Yo lo observé, y ahí estaba él, mi hijo de hoy, tan alto, tan decidido, tan dueño de su emoción… y arriba de esa imagen, como un doble transparente, estaba el bebé que fue.

El nene que antes de decir “papá” dijo “gobs”.

Su primera palabra no fue un nombre ni una necesidad. Fue un globo.

Un objeto que asciende. Una forma de celebrar. Un modo de comunicar pureza sin gramática.

Creo que esa elección lo define más de lo que él sospecha. Mientras algunos chicos aprenden a hablar desde lo urgente (leche, agua, mamá) él conmigo empezó desde lo festivo. De a poquito, al tiempo de su boca chiquita, me enseñó que cada globo que sostenía era una idea, una invención, un intento de decir “mundo, estoy llegando”.

Ahora, tantos años después, cuando lo veo armar la frase, todavía escucho ese sonido antiguo: “gobs”. Y me doy cuenta de que él no cambió tanto. Que, incluso en su adolescencia movediza, sigue hablando en ese idioma aéreo, suave, redondo. Un idioma que nombra lo que siente sin temor. Era un trabajo minucioso, casi artesanal. A cada globo le escribió una letra, hasta completar la pregunta:

¿Querés ser mi novia?

Lo hacía con concentración, pero también con una alegría que se le desbordaba por los labios. Y yo, sin decir nada, acompañé esa escena como quien presencia un acto sagrado. Porque en realidad lo era: era el instante exacto en que un chico empieza a ser hombre, no por edad sino por sensibilidad.

Cuando terminó, respiró hondo. Un aire nuevo entró en su pecho.

—Listo —dijo—. ¿Queda bien?

No podía decirle que quedaba perfecto, porque “perfecto” era poco. Quedaba vivo.

Lo vi feliz, como si cada globo (cada vocal y cada consonante) fueran un satélite suyo, un planeta obediente girando alrededor de su valentía.

Lo vi preparado hacia el encuentro, hacia esa ceremonia mínima y gigantesca de preguntarle a otra persona: “¿Me elegís?”. Y en ese momento sentí un tironcito en el pecho. Una mezcla de emoción y nostalgia. Porque cada globo que él soltaba —o que estaba por soltar— también me soltaba a mí un poco.

Ese chico que nació diciendo “gobs” hoy le hablaba al amor con globos.

Y yo, desde la vereda, descubrí algo que quizá debería haber sabido siempre:

Cuando un hijo crece, no deja de hablarnos.

Sólo cambia el idioma.









2 de agosto de 2025

PARA JULY, 17

 




Hoy cumplís diecisiete, y yo miro atrás, como quien persigue la huella de un fuego que aún se resiste a apagarse. Vos, mi pibe noble, con el corazón limpio como el cielo después de la lluvia, que corrés detrás de una pelota como si en cada pase se jugara la vida, y soñás con mares infinitos con delfines que te llaman por tu nombre, con ser biólogo marino y aprenderle los secretos al océano.

Me enseñaste palabras nuevas, aquel día que deletreaste “vainilla”, y yo, torpe y feliz, te respondí “llovizna”; desde entonces supe que entre vos y yo siempre habrá poesía. Fuimos felices en la «Plaza del monstruo»donde el tiempo se quedaba quieto, y somos felices en Las Toscas, donde cada ola me recuerda que el amor también sabe volver. Julián, hijo, mi pedazo de mundo, mi latido, te abrazo con todo lo que tengo. Que tus diecisiete sean viento, y que cada año que pase te descubra creando luz.





9 de julio de 2025

EL DUELO QUE NO ESCRIBÍ





                                         

 

Por fin estoy listo para ponerlo en palabras. O eso creo. O eso intento. He escrito sobre muchas pérdidas. Me acostumbré, de algún modo, a traducir el dolor en palabras. Es mi oficio. Mi refugio. Mi forma de mantenerme en pie cuando el mundo tambalea.

Escribí sobre la muerte de mi madre. Un duelo con nombre y apellido, con certificado sellado y flores vencidas en una sala sin tiempo.

La muerte tiene formas: miradas que bajan, manos que se apoyan en la espalda, silencios más pesados que el llanto. Uno se sienta, se deja caer. Y entonces llegan las frases heredadas: “Es la ley de la vida”, dicen. Palabras antiguas que intentan envolver el dolor, domesticarlo, hacerlo manejable. También escribí una novela sobre el final de un amor. Ese punto exacto en el que uno deja de sentir y el otro queda suspendido, sin red, sostenido apenas por una esperanza que ya no lleva a ningún lado.

La escribí con furia y con ternura. Las cartas que no te dije (2023). La verdad expuesta, sin abrigo. Porque el amor se termina, aunque nos neguemos a aceptarlo. Porque a veces uno se va sin mirar atrás y el otro se queda, preguntando en silencio… pero sigue.

También escribí sobre el rechazo. Esa mujer que no me amó, a pesar de las flores, de la torpeza entusiasta, de los trucos fallidos para intentar gustarle. “No somos una monedita de oro”, me repetí, dándole forma al desdén. No le gusté. Así de simple. Y aun así lo escribí con una sonrisa torcida, con ese humor que aparece después de la caída. Ahí el dolor tiene dirección, tiene rostro, tiene gesto. Una indiferencia concreta, posible de sentar frente a uno, aunque no devuelva la mirada.

Pero hay un duelo que me ha dolido más que todos los anteriores. Uno que todavía me cuesta nombrar. No por ser más cruel, sino por no tener un instante preciso, una grieta, un adiós. No hubo muerte. No hubo ruptura. No hubo despedida. Hubo crecimiento.

Ver crecer a mi hijo ha sido lo más hermoso que me pasó. Y, al mismo tiempo, lo más dulcemente insoportable. Nunca imaginé que la alegría pudiera doler. Que se pudiera llorar por palabras que un día dejan de existir: Diojo; Vede; Illo; Iul; Baco; Aja; no me quedaba otia…

Pequeños milagros en extinción. Sílabas que guardo con el cuidado reservado a lo irrepetible. Al principio todo era novedad: los primeros pasos, las primeras palabras, los dibujos sin forma que yo conservaba con devoción. Para mí, eran obras maestras. Yo era su mundo. Me llamaba “papi” con una voz mínima, temblorosa. Me esperaba en la puerta. Me abrazaba del cuello con una fe absoluta. Me pedía cuentos. Me interrumpía. Me necesitaba. Yo estaba ahí.

Hoy también está. Pero está distinto.

Ahora me dice “pa”. El afecto recortado, más seco. Responde con la demora aprendida de la distancia. Ya no me necesita para dormirse. No pregunta por qué el cielo es azul. No me pide ayuda para atarse los cordones. Se los ata solo, casi sin mirarlos, mientras revisa el celular. Y yo, en silencio, atravieso un duelo del que nadie habla.

No hay culpables. Nadie falló. Ni él. Ni yo. El tiempo hizo su trabajo. Paciente, obstinado, fue tallando otra forma en el rostro de mi hijo. Yo quedé abrazado al niño que fue. Y él se fue yendo de a poco, sin despedirse. Porque crecer no tiene ceremonia.

A veces lo miro y busco rastros. El niño que fue él. El niño que fui yo. No lo sé. Me miro en su cara y también me pierdo.

Me consuelo con las fotos. Gracias a Dios grabé muchos videos. Su voz de antes. Su risa de antes. Su manera de decir mi nombre. Su forma de correr. Todo está guardado. Todo existe. Pero ya no está. Y no sé qué hacer con eso.

—¿Tener otro hijo? —me preguntan.

No. No. No. ¿O sí? No lo sé. No creo que quiera otro hijo. Quiero a ese hijo. Al de antes. Al que decía “mirá, papi” por cualquier cosa. Al que se enojaba cuando el sol no salía justo a tiempo para jugar. Al que se dormía en mi pecho. Al que lloraba cuando yo me iba.

Nadie me preparó para este duelo. Para esta pérdida sin tragedia. Para esta alegría envuelta en despedida. Si pudiera elegir —y lo digo sin exagerar— sería papá de un niño toda la vida. No pediría más. Cuidaría ese tiempo con una devoción absoluta. Lo haría mil veces. Mil veces más. Porque es lo mejor que sé hacer. Porque en ese mundo pequeño encontré una versión de mí que desconocía. Ser papá me salvó.

Ahora tengo que aprender otra forma de amar. Soltar. Mirar desde lejos. Acompañar sin invadir. Quererlo sin red.

Este es el duelo que no supe escribir. El que duele sin herida. El que deja al alma detenida frente a una puerta que se cierra despacio, desde el otro lado.

Mi hijo se me escapa un poco más. Ya no es un niño. Es un río que se aleja de mi orilla con la urgencia natural de ser mundo. Lo miro avanzar, firme. En su paso vive el niño que fue y el hombre que empieza a ser.





13 de junio de 2025

PASÓ QUE SOY PAPÁ

 

"La felicidad de mi hijo, mi club favorito"




A partir de hoy mi hijo juega para el Club Atlético Huracán, luego de superar una prueba física, técnica y táctica. Y estoy inmensamente feliz.

Un conocido me escribió con cierto sarcasmo:

"¿Qué pasó? ¿Vos no eras de San Lorenzo?"

Y yo le contesté lo único que podía decir desde el corazón:

Pasó que voy a cumplir 50 años.

Pasó que soy papá hace 16.

Pasó que mi hijo, cada vez que pasaba por La Quemita, soñaba con probarse en Huracán.

Pasó que se esforzó, que lo intentó, y que hoy está cumpliendo ese sueño.

Pasó que la paternidad —la de verdad, la que se vive con el alma y no con consignas de tribuna— te enseña a correr el ego a un costado, a entender que la felicidad de un hijo está muy por encima de cualquier berretín identitario o capricho no resuelto de adolescencia tardía.

Pasó que ser padre es dejar de mirarse el ombligo para mirar hacia adelante, hacia ellos, hacia lo que necesitan, lo que desean, lo que los hace crecer.

Así que no, ya no importa de qué club era yo. Hoy, soy del club donde juega mi hijo. Hoy soy del club de su felicidad.

Y eso, hermano, no tiene camiseta.









28 de enero de 2025

TRES FOTOS

 




Hoy, el reloj marcaba las once y cuarenta y cinco de la noche. Mi cumpleaños número cuarenta y nueve había llegado a su fin, y me encontraba sentado en la pequeña mesa del comedor, rodeado por la calma de una casa que, como siempre, respiraba en silencio al final del día. La jornada había sido normal. Un desayuno común, algunas llamadas de amigos y familiares, y una que otra sonrisa forzada, porque, si soy sincero, desde la muerte de mamá ya había dejado de esperar grandes sorpresas para mis cumpleaños. Ya no era un niño, ni siquiera un joven; me conformaba con la tranquilidad, con la paz que me ofrecía la rutina.

Mi hijo, Julián, un adolescente de dieciséis años, había sido el primero en desearme un feliz cumpleaños por la mañana sin mucha emoción, como es usual en su edad. Lo entendía. Los adolescentes son así, siempre ocupados en sus propios mundos para interesarse demasiado en las celebraciones de los adultos. Cuando la tarde avanzó y el sol comenzó a apagarse, me di por satisfecho con las llamadas y los mensajes que había recibido. Ya estaba acostumbrado a que las grandes festividades quedaran atrás en mi vida.

Al acercarse la medianoche, decidí que era hora de apagar las pantallas y las velas de una torta que preparé. En realidad, un bizcochuelo sencillo, que de alguna forma había sido el símbolo de mi día. Y lo soplé, más por costumbre que por emoción sin agotar el crédito de los tres deseos, estaba con mi hijo y era suficiente. Pero en ese mismo instante, algo en mi teléfono me llamó la atención. Era una notificación de Instagram. No era común que Julián me etiquetara en sus publicaciones, menos aún en un día como este. Me tomé un segundo, lo suficiente para preguntarme si era algo importante, o si solo había subido algo con los amigos como de costumbre. Abrí la aplicación con curiosidad, sin grandes expectativas. Entonces vi su mensaje, escrito en una frase simple pero tan llena de significado:

"Feliz cumple, Pa. Te amo."

Con esta frase más que valorar al hijo adolescente que escribe y postea, fue como si el chico ingiriera una pócima mágica, un gualicho divino para redimir por un segundo al niño que perdura vivaz como un huésped en su alma.

La frase estaba acompañada de tres fotos. La primera, abrazado a mí mientras le enseñaba a montar una bicicleta con rueditas. La segunda, después de un acto del colegio donde personificó a Shreik, con su cara llena de carcajadas y yo, un poco más joven, riendo también a su lado. Y la tercera, el primer día de segundo año. La imagen era casi un reflejo de la distancia que había ido creciendo entre nosotros, una distancia silenciosa pero palpable.

Mis ojos se empañaron un poco al ver esas fotos. No fue por nostalgia, ni por la emoción de ver el amor que había recibido, sino por algo más profundo. En ese instante, sentí que, aunque no siempre lo dijera, Julián me había dado el regalo más grande que podría esperar: el reconocimiento, el afecto, sin necesidad de palabras grandilocuentes ni gestos exagerados. En ese mensaje, en esas fotos, estaba todo lo que había necesitado en el día de mi cumpleaños.

Por un segundo, sentí un nudo en la garganta. Lo miré a él, que estaba en su habitación, con su música puesta a todo volumen, ajeno a la sorpresa que me había dejado en la pantalla de mi teléfono. Me levanté de la mesa y caminé hacia su puerta, pero me detuve en el umbral, sin saber si debía interrumpirlo o si era mejor dejarlo tranquilo.

De nuevo, miré el mensaje, y entonces comprendí. No necesitaba hacer nada más. El simple hecho de que él hubiera tomado un momento de su día para pensar en mí, buscar fotos para compartir ese pequeño pero significativo gesto, era suficiente. Incluso en lo familiar puede haber sorpresa y asombro.

Regresé a la mesa, encendí las velas una vez más, y con todas mis fuerzas, soplé con el corazón lleno de algo que no había sentido en años: gratitud. Si, gratitud, eso sentí. Tarareé manso como un secreteo una canción de la Velvet Underground: “sometimes i feel so happy, sometimes I feel so sad”

No importaba que el día estuviera por terminar. No afectaba que el reloj marcara las doce. Ese mensaje, esa pequeña muestra de amor, era todo lo que necesitaba para cerrar el ciclo de mi cumpleaños. Julián, sin saberlo, me había dado el mejor regalo de todos: un recordatorio de que no importan los años ni las distancias, porque siempre, en algún rincón de su corazón, él me llevaba consigo.

Y, al soplar las velas por tercera vez, sentí que no era solo un cumpleaños más. Fue el cumpleaños en el que comprendí, finalmente, que la vida, aunque a veces se nos olvide, está llena de pequeños regalos, y que, tal vez, los más grandes son los que no necesitamos pedir.




17 de mayo de 2023

GENERAL GUIDO


Preguntas rumeadas mientras miro la extensión de los campos al costado de la ruta 2:


·        ¿Estarás con Kralise?


·        ¿Qué habrás aprendido hoy?

 

·        ¿Te reíste a carcajadas? ¿Alguien te hizo llorar?

 

·        ¿Serás feliz? ¿Qué onda ATAV? ¿Te gusta la historia?

 

·        ¿Te acordarás de la plaza del monstruo?

 

·        ¿Sabes quién es Fito Páez?

 

·        ¿Cuál es tu recuerdo más bello? ¿Cuál es tu sueño?


·        ¿Boca Campeón o ganar la liga intercolegial?

 

·        ¿Qué sentís cuando haces un pase para que Agustín convierta?

 

·        ¿Extrañas ser un niño que adoraba escuchar cuentos?

 

·        ¿Sos feliz?

 

·        ¿Qué significan Juani y el Colo para vos?

 

·        ¿Qué pensarás cuándo papi te pide un abrazo?

 

·        ¿Te resulta vergonzante?

 

·        ¿Sos amigo de tus amigos?


**


Señores del jurado:

No quiero respuestas. Solicito más preguntas porque son la ventisca que enseña los dientes en este sinsentido. 

No busco certezas, solo una incertidumbre que me ubique con vista al mar para no abandonar mi pulsión de vida pegada con cinta scotch.

La única certeza que me atraviesa el pecho es que quiero a ese muchacho. Si el destinatario de mis preguntas llegara a firmar en discrepancia lo amaré aunque su felicidad no me incluya. La crianza no es un reembolso, el amor está muy lejos de ser un plazo fijo.

Lo único que me importa en la vida es ser un buen padre. 

No puedo decir que la oscuridad desaparezca del todo. Sigue ahí pero nunca me he visto tan cerca de la luz como en estos tiempos.

Un cartel reza, General Guido, 100 metros. Mientras miro la extensión de los campos al costado de la ruta 2.





6 de enero de 2023

ASFALTO ROCIADO DE DISTANCIAS

 



Antes de ir a la radio rumiaba sobre ciertas fotos y cuando digo fotos, me refiero a las originales impresas. La de los álbumes anillados con un papel film ambarino ¿Cuál de las fotos ubicamos primero? ¿Cuál colocamos después?

Álbumes distinguidos que completan su imagen con fotografías reveladas sobre un papel de gramaje específico, mate, sin brillo, con la finura que nace de los bordes.

Fotos donde éramos felices sin saberlo. ¿Conscientes? ¿Felices? ¿Conciencia y felicidad es un oxímoron? 

En mi niñez no había nada que fingir. Lo que se veía en una foto era lo que pasaba, al menos en mi mundo interior.

Las fotos con niños son las más entretenidas. Un pibe hace una cara disparatada y desmantela el sainete. Esa postal buscada ya no formará parte del álbum oficial. ¡Raulito, otra vez! ¡Tía Rita fue a la peluquería, mecachondie!

A mí me encanta ver fotos. Es mí fetiche. Es un plan en soledad y un evento en compañía. No es lo mismo enviar archivos de imágenes escaneadas por WhatsApp qué preparar la mesa, poner la pava y disponerse a una panzada de evocaciones con el mate lavado. 

Allí, frente a nuestros ojos, reposan originales sin palabras, sin globos de texto. En ese juego, cada uno puede descifrar lo que pudo haber pasado ese día, esa noche. Es el soplo donde la fotografía se tutea con la poesía. Empuñan el volante de una bicicleta en picada y sin rueditas. El fotógrafo Robert Frank decía que “cuando la gente mira mis fotos quiero que sientan como cuando quieren leer un verso de un poema una segunda vez.”


Este es el primer programa de la segunda temporada de “La Hora sin Sombra”, dónde cada martes pensamos sobre lo que hemos perdido, sobre retratos que huyen en la brisa. Fotos que se perdieron en un disco rígido o en un pendrive con la cara de Mickey.

El avance de la tecnología nos da la posibilidad de acopiar más y más fotos pero se llevó consigo lo esencial, lo que podemos arrullar. Las voces no se pueden acariciar.

Solo me quedaron mil fotos de quienes partieron. Debo admitir que con solo mirarlas puedo arrancar cada mañana a enfrentar el asfalto rociado de distancias. ¿Quién las sacó? ¿Quién apretó el click? No lo sé. Quienes sacan fotos resuelven ser héroes anónimos de esta película, de esta sucesión de fotogramas, de este evento que se ennoblece en un “Digan Whisky”.

Cómo si fueran un tubo de oxigeno ante el ahogo de las voces ausentes, me abrazo sobre dos cajas guardadas por mamá con la leyenda “fotos de raulito” 

Atesoro en mi cabeza miles de imágenes que no forman parte de ningún álbum anillado con papel film ambarino.

Hoy en la radio las polaroids mutan en párrafos torpes. En definitiva “La hora sin sombra” dejó de ser un programa de radio para ser un bonito pretexto, un subterfugio para refundar aquellas cosas que hemos perdido.

Hoy mi hijo Julián, el muchachito que más quiero en este mundo, cumple 14 años. Le gustan los números pares. “Papi, nací un 2 de agosto, del mes 8, del año 2008”. Llegó al mundo por el amor de dos. 

July juega a la pelota, juega de libero, juega de “dos”. Digo pelota como podría decir fútbol porque las dos palabras tienen “seis” letras. Él es mi foto favorita.

Todavía quedan fotos por disfrutar que no hemos sacado. Sueño con obtener una en especial: mi pelo blanco y mi piel empachada de arrugas. Cuando mi hijo le indique al fotógrafo, - ¡Espere, espere, falta mi viejo! Está un poco lento. Tiene 80 mil fotos en el espalda! Ahora sí, maestro, saque nomás.






26 de diciembre de 2022

MADURAR HACIA LA INFANCIA



«Hay quien cruza el bosque y sólo ve leña para el fuego» 
Leon Tolstoi









No voy a mentir, no tengo que mentir. Ya sé la verdad. Me lo dijo mi mamá cuando estaba en segundo. Mi papá se enojó porque mi mamá me lo dijo poquitos días antes de Navidad. "¿Qué te costaba esperar unos días?" En la carta de segundo te pedí que ellos no peleen. Quiero dos muñecos, dos porfa. Uno bueno y uno malo. Si me traes uno solo me aburro. No hay lucha. Yo quiero que mis muñecos peleen. Mi mamá y mi papá no, como te pedí en segundo. Ah, ¡Estoy contento, ya no pelean!
En el boletín traje seis sobresalientes. La seño y la directora me felicitaron. Mi mamá y mi papá también. Mi papá escribe historias. Yo le pregunté si te escribió. Me dijo que sí. "Mi primera carta fue a Papa Noel". Te pidió un playmobil y el muñeco de Han Solo. ¿Se lo trajiste? ¡ja!

No sé qué más era… Ah, lo vi llorar en el cine. ¿Eso te lo puedo contar? Ya sé que no existís pero, bueno, serías como un amigo invisible. O no, mejor se lo cuento al padre José. Me confesé con el padre. En cuarto tomo la comunión. Mejor te lo cuento a vos. Sí. Mi papá lloró. Poquito, era una gotita nomás.

Él no me vio me parece, estaba con los lentes. Fuimos a ver "El Último Jedi". Estuvo buenísima. ¡La mejor película del mundo! Papá compró para 3D con un solo pochoclo. Comió más que yo. ¡Le iba a decir!... Lo del pochoclo no... Me explicó. Siempre me explica lo de la plata. No tenía para comprar dos. Le iba a decir lo de la gotita pero... sonrió también. Fue cuando Luke lo vio a Archu. Le pregunté cuando se secaba las manos en el coso que sale vientito... Faltaba poco para que termine la peli y me dieron ganas de lo segundo...

— ¿Pa, porque lloraste?
— No lloré...
— Sí. Vi la gotita...
— Ah, sí, eh... Cuando Luke lo miro a...

— ¿Te puso triste?
— No, hijo. Feliz, me puso feliz… Vamos que termina...

                                                                                ***

Luke volteó hacia su derecha y levantó la capucha de su túnica. Allí estaba Arturito. Firme, como los amigos que están en línea cuando tu mundo se derrumba. Procuré que Valentino no me viera, me tapé la cara pero no lo pude evitar. Fue como revivir un abrazo de Ortega Sánchez con Perazzo. Arturito no le regañó nada: Los años de ausencia, las distancias forzadas por la coyuntura galáctica, ni las contradicciones de la trama. ¡Claro! Además de ser un androide, es un amigo. 
Pude ver el centello en la expresión del segundo robot más entrañable de mi infancia (el primero es Mazinger Z) en la pantalla del Cinemark. Fue como un chisporroteo imperceptible en la luz de su proyector holográfico. La última vez que los vi juntos en una sala fue en 1983 en el ex cine Gran Lugano. Pasaron treinta y cuatro años, los mismos años que nuestro país conquistó la democracia. 
El domingo fui consciente que no estábamos viendo una película más. No eran los Minions, ni los Vengadores. Allí estábamos paralizados y atentos en nuestras butacas. Padre e hijo forjando nuestra historia. Una película en estado presente. Descubrí el trapicheo de mi percepción escena por escena. ¡Con lo que me cuesta armar un full!


                                                                                ***

Observaba a Kylo Ren, el hijo de Han Solo, malmirado por su performance en el episodio VII y repasé ¿cuántos años residí atravesado por el lado oscuro? ¿De la fuerza? ¡No!, de una pulsión hacia una melancolía que me inmovilizaba en el tiempo. Kylo Ren mató a Han Solo atravesándole su sable laser. Yo maté al hombre que fui. Kylo es un niño herido. Creció con odio y allí reside su aparente poderío. Quise abrazarlo. ¡Estuve tan lindante a su actitud! ¿Cómo no entenderlo? 
Me acomodé en mi asiento y deduje que hoy estoy más cerca del tío macanudo que empuja a su sobrino a tomar vino con soda, guiña un ojo y sonríe exponiendo todas sus caries, que del niño lacerado, que perpetúa un reclamo en una repartición desprovista de mesa de entradas. Los tíos macanudos, especie en extinción, son como jedis mundanos que se esfumaron con los vecinos que pedían hielo, los piropos y las canchas de paddle. A veces pienso que somos sobrinos huérfanos de tíos retirados de largas mesas y parloteos familiares que se apagaron poco a poco y se encienden en la luz del chat del flamante iPhone modelo guachoguaresneik.  

                                                                                ***

Salimos muy felices del cine. Valentino compuso al tun tun unas alocuciones de los más disparatadas mientras retornábamos a casa. Es muy gracioso escucharlo fantasear. Prefiere los personajes que no hablan, le gusta montar su propio guión y conjeturar que expresarían si el imaginara el argumento. A Valentino los coloquios de conflictos de poder le cansan, porque no los entiende. Como esa gente que no exige saber de buena tinta cómo está concebida la Coca Cola pero la saborea de todos modos. Valen se llevó los lentes negros. Simulando ser ciego, clavó una imitación de Yoda memorable. No sabía si retarlo por el robo o reírme por el acting.

                                                                               ***

Con la saga de Star Wars descubrí que el cine es genial para transportarse hasta otros universos. Lo mismo que lograron Jack London o Stevenson en el campo de la literatura. George Lucas, el hacedor de las guerras de las galaxias, trazó sus "veinte verdades" starwarianas. 
Luke, en el episodio VIII, aprovechó el cambio de conducción  y resolvió dejar de lado los dogmas. Se retiró a un templo Jedi emplazado en una isla en medio del océano. Una especie de puerta de hierro con vista al mar donde meditar, acertar con el sentido de la vida y esperar la muerte. Allí fue encontrado por Rey, una padawan con afán de redimir el tiempo perdido. Rey trató de convencerlo para que abandone la isla y vuelva al ruedo espadachín. Luke, en un arrojo de enajenación prendió fuego los libros sagrados. ¡Se pudrió el rancho! 

Mientras rasgueaba estas líneas recordé al Skywalker de "A New Hope", un granjero indeciso y considerado con su maestro Obi Wan tan disímil a este Luke, experimentado y decidido, que le reconoció a Yoda que en su puta vida leyó los libros de la Orden Jedi. Luke, en una alegoría maravillosa, pateó el tablero, desenvainó su espada laser para iluminar el pasado con la luz del presente y partió sin bombos y platillos. 

                                                                               ***

Por lo antes expuesto, en un arresto de monomanía, decidí cometer mi acto de indisciplina navideña e interferir la carta de mi hijo:

Estimado Papá Noel, creo que me he portado bien el último año. Usted dirá. 
Le solicito me consigne sólo una caja de fósforos y una cuota de audacia. Resolví cauterizar mis libros para poder asumir nuevas enseñanzas. Desaprender lo aprendido. Esquivar los agravios. Madurar hacia la infancia, como el título de las obras completas de Bruno Schulz. Mis libros reales no se asarán en la hoguera. Quédese tranquilo. Sólo arderán en la fogata las hojas residuales con mis cicatrices rancias para transmutar en una rosa de cobre. Es por ello, camarada Santa, y extendiendo el patrón del maestro Skywalker, espero que escuche mi recado y ansío acertar ésta medianoche con la cajita de fósforos y un fajo de bravura junto al árbol de Navidad. 
No sé qué más era… Ya sé que no existe, me lo dijo mi madre cuando estaba en tercer grado pero bueno... ver es creer, pero sentir es estar seguro.

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— ¿Pa, me puedo poner los lentes?
— No, Valen. Te va a hacer mal a los ojos.
— ¿No se puede ver la calle 3D? — me dijo riéndose.
— No, no… Si, se puede – pensé.
— ¿Con los lentes?
— Con otros lentes. Son unos que se forman en el ojo.
— ¿Cómo?
— Claro, se desarrollan con los años. Cuando cumplas cuarenta vas a ver la vida en 3D.
— ¡Dale, Pa! Decime la verdad.
— La verdad es esa. A ver ¿Qué es ver en 3D?
— No sé, como en el cine, eso.
— Es cuando ves alto, ancho y profundidad — dije gesticulando con los brazos — Yo solo veía alto y ancho…
— ¿Y qué es la profundidad?
— La profundidad es… es ir como Luke hasta una isla, lejos de todo y descubrir cuál es tu misión en la vida.
— ¡Dale! ¿Eso es la profundidad?
— Sí, algo así. Esa experiencia te ayuda a ver en 3D sin los lentes.
— ¿Y vos, fuiste a una isla, pa?
—  Sí…
— ¡Ufa! Porque no me llevaste? ¡Qué malo!
— Estuve en un lugar, pero no como el de la peli. Cerré los ojos, así, concentrado y fui a una montaña… Me la imaginé…
— Cuidad… — alcanzó a decir Valen y me tropecé con una baldosa floja.
—  … y te vi a vos, me vi a mí y pensé: ¿cuánto hace que no miro una película…? Quiero decir que miro y pienso sólo en la película y... nada más.
— …
— La respuesta fue... Fue hace treinta y cuatro años.
— Pero pa, es un montón. ¡Con los minions te reíste!
— Sí, es verdad.
—  Yo cuando miro una peli... miro, como pochoclos, tomo coca...
— Por eso fui a esas montañas, para volver a mirar como a los nueve años.
—  No entiendo.

Paramos un taxi en Puerto Madero.

—  Buenas noches. Hasta San Juan y Entre Ríos, por favor.
—  Pa, no entendí – insistió Valen.
—  Cuando fui a esas montañas, sentí paz y entendí que para ver en 3D, primero tenía que vivir mucho, vivir cosas quiero decir. Llegar a los cuarenta, tranqui, y volver a mirar con los ojos del niño de nueve... que fui.

El taxista abrió los ojos y me miró por el espejo — ¿Tiene cambio, muchacho? — me preguntó con inquietud.

—  Sí, tengo — respondí
—  No entendí nada, pa. Te quedabas en los nueve y listo — comentó mi hijo y el taxista largó una carcajada — ¿tenés plata?, ¿me compras una coca? — pidió Valen mientras descendíamos del taxi y se calzaba sus lentes 3D.
— ¡Muchacho, muchacho!
— Si…
— ¿Ésta caja de fósforos es suya?


Tomé la caja, la observé dos segundos y le retribuí el gesto de gratitud con una guiñada de ojo al tiempo que le acomodaba la capucha a Valen. En ese instante, mientras el auto se retiraba, pensé que posiblemente los tíos macanudos no se extinguieron del todo. Ellos vagan por una galaxia cosmopolita montados en trineos albinegros con una proclama en su delantera que reza: Libre. Libre con letras blancas sobre un fondo rojo purpúreo.