20 de marzo de 2025
11 de marzo de 2025
LA TENTACIÓN ES PARA EL QUE TIENE DUDAS
Nos
encontramos en una cerveceria de Chacarita que no tiene nombre, o lo borraron
con el último grafiti de los hinchas de Atlanta. Nicky llega puntual, con una
gorra baja que no alcanza a disimularle los años ni la historia. Pide una IPA
suave, le pone sal a las papas sin probarlas, y me dice:
—Pero esto es en off, ¿no?
Asiento. Anoto mentalmente que no grabaré. Que esta historia, si se cuenta, será a través de lo que deja una charla verdadera: gestos, pausas, silencios.
—¿Querés saber por qué me bajé, no? —dice mientras juega con la espuma del vaso— La vuelta de la banda era una fiesta con invitación cerrada. A mí me dejaron en la vereda.
Hace una pausa. Mira hacia la puerta como si esperara a alguien que no va a venir.
—Te soy sincero… no me sorprendió. Ya lo veía venir. Cuando Dresán empezó con esa cosa solista, grandilocuente, con luces y pantallas, yo supe que la banda, los de verdad, los que ensayaban en Palomar comiendo sanguchitos de mortadela, ya no iban a volver.
Le pregunto si lo invitaron igual.
—Sí —dice, encogiéndose de hombros— Pero viste esas invitaciones que son para que digas que no. Me ofrecieron ser parte como si fuera un sesionista más. Un adorno para que la nostalgia cotice alto.
Saca el celular y me muestra una foto. Es una chica joven, Muy linda. Pelo violeta, sonrisa filosa, manos de música.
—Ella
es Loli —dice— Una bestia. Toca mejor que yo, eh. Y es una bomba. Pero no es
lo mismo.
Silencio.
—Igual me alegro por ella. Se merece la vidriera. Pero a mí no me daba subirme a ese tren que ya no va a ninguna estación.
Entonces suelta la frase. Como quien escupe un carozo que lleva tiempo masticando:
—Parece que a Dresán le gusta más la plata que el dulce de leche.
Nos reímos. No tanto por el chiste, sino porque entendemos lo que no dice.
—¿Y vos, Nicky? — le pregunté apoyado en la barra— ¿No te tentó la guita?
El bajista sonrió y levantó su vaso.
—La tentación es para el que tiene dudas —dijo, y le dio un trago largo a la cerveza.
—¿Dolió? —le pregunto.
—¡Claro! Pero también fue un alivio. No soy una estatua para que me suban al escenario cuando les conviene. ¡Soy Nicky, loco! ¿entendés? Fui el bajo de la banda. Fui parte del sonido que hizo que un pibe de Jujuy y otro de Avellaneda se sintieran hermanos por una canción. Eso no me lo quita nadie. Ni Dresán, ni la guita, ni los fuegos artificiales.
Pagamos la cuenta a medias. No acepta que lo invite. Al salir, nos despedimos sin promesas. Antes de cruzar la calle, me grita desde la vereda:
—Pero no pongas mi nombre. Decí que lo soñaste. Que te lo dijo un bajista fantasma en una cervecería que no existe.
En
marzo nos volvimos a ver en Mar del Plata. Nicky se sentó en el borde del
escenario. Un bar chico, con mesas de madera gastada y el techo bajo que
acumula humo de cigarrillo. Un par de parroquianos charlan en una esquina, sin
apuro. Afuera, la lluvia finita humedece la vereda del colegio Fasta San
Vicente de Paul. Todo le recuerda (me confesó después) a aquellos primeros
tiempos en Arpegios, cuando la música nacía del corazón y no de los contratos.
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Quince años pasaron desde la separación de la banda del oeste, al tiempo que sus ex compañeros de ruta retornaban a tocar en estadios, con luces cegadoras y pantallas gigantes. Era un espectáculo perfecto, calculado hasta en sus mínimos detalles. Pero Nicky no quería perfección. Quedarse era su manera de recordar por qué había empezado.
Esa noche de domingo en Mar del Plata, el bajo retumbó en el pequeño escenario con la misma fuerza de siempre. No había miles de personas coreando, ni contratos millonarios, ni entrevistas en la tele. Pero en la primera fila, un pibe de gorra y remera roja gastada de Ey Ey Ey lo miraba con los ojos encendidos, como si estuviera descubriendo algo nuevo, algo real. Y Nicky supo que su decisión había valido la pena.
Concluí mi cronista para mi blog: “Los regresos suelen tener brillo, pero no siempre esencia. A veces lo que vuelve no es el grupo, ni la música, ni la magia, sino apenas el envase. Los que estuvieron en el corazón del fuego saben cuándo el fuego ya no calienta, y tienen el coraje de quedarse afuera. No por orgullo, sino por memoria. Porque hay decisiones que no se toman con la cabeza ni con la billetera, sino con el oído. Y hay músicos que prefieren desafinar por cuenta propia antes que armonizar con una mentira. Tal vez por eso, mientras las luces del estadio encandilan, algunos prefieren seguir tocando en penumbras. Donde la música sigue siendo de verdad.”