15 de diciembre de 2025

UN SILBIDO CON NOMBRE PROPIO

 

 



Mi papá tenía un silbido particular para llamarnos. No era fuerte ni autoritario; era una forma breve del aire, una clave secreta. Nadie más lo hacía así. Nadie. Podíamos estar lejos, mezclados entre otras voces, otros ruidos, otras urgencias, y ese silbido nos encontraba igual. No hacía falta preguntar ni mirar alrededor: el cuerpo lo reconocía antes que la cabeza. Era un sonido con nombre propio.

Ese silbido decía “vengan”, pero decía muchas más cosas.

Decía “ya es hora”.

Decía “queruza, estoy cuidando”.

Decía “acá termina el mundo y empieza la casa”.

A veces nos llamaba para comer, otras para volver antes de que oscureciera, otras simplemente para asegurarse de que seguíamos ahí, orbitando cerca. Era su manera de contar cabezas sin contarlas. Un gesto mínimo, casi invisible, que sostenía todo.

Hoy lo acabo de oír en el patio.

Estoy sola en casa. La tarde cae despacio, sin molestar. Las plantas no se mueven, el aire está quieto, demasiado quieto. Existen ciertas clases de silencio que te hacen caminar en el aire. El silbido fue breve, exacto, inconfundible. No fue un recuerdo ni una imaginación apurada: fue él. El mismo tono, la misma pausa al final, como esperando respuesta. Me quedé parada en el medio de la cocina, con las manos quietas, el corazón desacomodado. Por un instante, todo mi cuerpo quiso obedecer. Salir. Asomarme. Decir “ya voy”. Como si los años no hubieran pasado. Como si el tiempo pudiera doblarse sin avisar. Esperé el segundo silbido. Siempre había un segundo, un poco más largo, un poco más paciente. No llegó.

Tal vez los lugares aprenden nuestras voces.

Tal vez las casas guardan sonidos como reliquias.

Tal vez el patio, que tantas veces nos vio correr, decidió devolverme algo que era mío y no sabía que seguía faltándome.

No sentí miedo. Sentí una emoción antigua, profunda, de esas que no saben explicarse. Una tristeza mansa, con ternura adentro. Como si alguien me hubiera nombrado desde lejos. Como si el amor, cuando no encuentra cuerpo, se hiciera sonido. Tengo ganas de llorar. No por lo que perdí, sino por lo que todavía aparece. Porque hay personas que no se van del todo. Se quedan viviendo en los gestos más chicos, en una costumbre del aire, en un silbido que atraviesa los años y vuelve cuando la casa está en silencio.

No respondí.

Pero creo que él sabía.

 

9 de diciembre de 2025

LA ORQUETA DEL DESTINO





Tenía doce años. Verano del ’88. Lo habían invitado a un asalto. Él pensaba que sería como un cumple: globos, torta, los pibes corriendo alrededor de la mesa. Pero no. Esto era otra cosa: luces bajas, radiograbador a todo volumen, los más grandes bailando lentos y apretados, como si fueran adultos que ya sabían todo de la vida.

Llegó medio tarde porque se había quedado en el campito del Mercado Central, tirándole a un paredón con la gomera. La llevó consigo, metida en la cintura bajo la chomba de Papazzi, y no sabía bien por qué. Era como cargar un pedacito de su mundo, un secreto que solo él podía sostener.

Dentro, el aire era pesado: mezcla de Pepsi tibia, transpiración y un poco de humo de cigarrillo que escapaba de los más grandes. Vasos de plástico tirados, papas fritas blandas en un bol, y un cassette que pasaba de Europe a Pet Shop Boys. Cada tanto alguien apretaba rewind y el radiograbador chistaba, como una locomotora que respiraba.

De golpe, ¡paf!, arranca un lento: Milli Vanilli. La música bajó el pulso de la sala. Él sintió que le ardían las manos. Y ahí la vio a ella. La que le gustaba de verdad. La invitó a bailar, y ella dijo que sí. Todavía no entendía cómo había pasado.

Apoyó sus manos en la cintura de ella y le temblaban tanto que pensó que lo delatarían. Ella apoyó las suyas en sus hombros, livianas, casi flotando. El mundo desapareció: no estaban las risitas de los costados, ni los codazos de los pibes, ni las chapitas rodando por el piso. Solo ellos, moviéndose torpes, atrapados en un vaivén que parecía eterno.

Hasta que… chau. Ella descubrió la gomera. La sintió dura, escondida en la cintura. Lo miró con ojos grandes, primero sorprendida, después con esa mezcla de ternura y lástima que duele más que un regaño. Él se quería hundir en el piso. No era el langa que fingía. Era un nene con gomera.

El lento terminó. Ella se soltó despacito y se fue con sus amigas. Él se quedó clavado en medio del comedor, con la música apagándose en el pecho y la gomera todavía firme. Sin beso, sin conquista. Solo él, con sus nervios y su verdad.

Muchos años después, al recordarlo, se ríe solo. Esa noche entendió que crecer no era hacerse el grande: era animarse a mostrarse tal cual era, aunque quedara ridículo. Y, todavía le gusta pensar, que en esa fiesta, aunque no besó, fue el único que se animó a bailar con la gomera colgando de la cintura.

Quizás algún día, cuando sea grande, aprenda a besar sin que le tiemble la mano, a mirar fijo y apuntar al blanco del corazón. Mientras tanto, sigue jugando. Porque en cada lento torpe, en cada risa nerviosa, descubrirse a uno mismo ya es un disparo que da en el blanco.