7 de febrero de 2018

PECES DE RIO




Una oleada de gaviotas nos recibió al llegar a la banda ribereña. El cielo se cerró de nubarrones. La vía peatonal nos albergó con sus peces grabados en el pavimento que labran signos de piscis (Si tuviera diez años los hubiese contado) Descendimos por las escalinatas entre la enramada agreste. Estábamos solos. Un vendedor nos procuró anteojos de sol. Compré a pocos reales una réplica de unos Ray Ban estilo Dylan. Fingí una fotografía con la hechura del viejo Bob en la portada del disco «Infidels». Belu festejó la ocurrencia y en un click encarceló el momento. En las costas cariocas me permití las payasadas que no haría en La Bristol.
Las nubes ociosas asediaban el limbo. El mar residía alborotado y las olas sacudían vehementes. Decidí permanecer en la arena mientras Belén se rehundía entre las olas y se perdía en la efervescencia de la espuma. Se zambulló libre, como instrumento de poesía. El agua se tornó verde esmeralda al acariciar la orilla y se deshizo en un azul verdoso sobre un trazo blanco discontinuo. Me calcé mis lentes Dylan para sortear la solana y me entregué al colchón de arena charolada.


Enderecé mis oídos al retumbo de las olas, cerré mis ojos y logré percibir a Barra da Tijuca en toda su extensión. Visualicé el Pan de Azúcar con un velo de bruma. Una consonancia sonora me amparó en el planeo. En la cima del Cerro Corcovado, envolví al Cristo Redentor. En mi clarividencia figuré uno por uno los peces grabados en el asfalto inquebrantable de la distinguida Rio. Los conté, como lo haría de chico. Tengo más de cuarenta, pero el niño de diez aún persiste. Nunca seré demasiado viejo para ser más joven.







1 de febrero de 2018

GATOS EN LA CUNA



Salí con destino a ciudad universitaria. Me calcé el walkman, tomé aire y me apronté a formalizar mi último viaje en el 28 semirapido. Lalo selló su programa con Ugly Kid Joe. Deshabitado en la entrada del Autódromo canturreé la intro de “Cats in the cradle”.
El sol de General Paz se ocultaba en el horizonte que la verticalidad ignora. Escalé al 21 para empalmar el 28 en Chilavert. Saqué un boleto de $ 1.25. Minuto a minuto sellaba el tedio de una etapa de inhibición. La decisión era un hecho. No había vuelta atrás. Experimenté el desamparo de no saber qué hacer de mi vida. Afuera de mi habitación como en los diarios de Ana Frank no había canto de pájaros, y dentro de la casa de papá un silencio sofocante absorbió sobre todas las cosas, y parecía arrastrarme hacia un barranco inexplorado. Debía reverdecer, intentar, reparar.

***

Desertaba de la casa donde me crié para ir a vivir a Mar del Plata. Una ciudad que me aguardaba con los brazos abiertos. Una ciudad sin Rock and Pop, sin el 95.9 en el dial. 
Cuando regresé de la facultad me ubiqué frente al equipo de audio y esperé paciente que el tema “Cats in the cradle” rotara en la radio para grabarlo. Mi viejo me llamó para cenar.

—Ya voy, pa. No me siento bien — fingí un sollozo para que me deje solo y consumar mi cometido.

Papá se aproximó y me dijo — Hay albóndigas ...— Al verme reposado con los hombros hundidos me reanimó — Dale, cabezón. Te va a ir bien, y si las cosas no van bien… Te volves. Esta es tu casa ¿Cuál es el problema?
Estaba desconsolado. Ya no iba a ver a papá todos los días pero tampoco podía acorralar mi ilusión. Tenía que mudar de aires. Todos los cambios, aún los más ansiados, llevan consigo cierta melancolía. Papá me extrañó cuando me fui. Me lo escribió en una carta tres años después.





Buenos Aires, 22 de mayo de 1997

Querido hijo:

Espero que al recibo de la presente te encuentre bien de salud, ese es mi mejor deseo. Yo a Dios gracias de salud ando bien pero en lo laboral ando como la mona. En el laburo nos suspendieron todos los vales, nos cortaron todos los víveres, así que te imaginarás como estoy. Me hubiese gustado mandarte unos pesos pero no puedo, ando buscando algo para hacer a la noche. Vamos a ver si consigo alguna changa para hacer.
No te imaginas las ganas que tengo de mandarme a mudar del laburo, me aguanto más, pero lamentablemente me la tengo que tomar con soda, otra cosa no me queda. Bueno papá en pocas palabras te conté mi situación, yo creo que si Dios quiere voy a salir a flote, no hay mal que dure cien años, ni viejo que lo resista.
Acá te mando el carnet tuyo junto con el último recibo de sueldo para que puedas hacerte ver, vence en diciembre, pero vos vas con el último recibo de sueldo, que llegado el momento yo te voy a mandar y lo renovas en Mar del Plata.
Bueno papá, voy a terminar, te mando un beso grandote, te extraño y te quiero mucho, Besos. Papá.

Chau papi te quiero mucho.-



Aquella noche de agosto papá me miró con devoción aferrado a la esperanza de albergarme en sus brazos. No puedo anular de la memoria esa mirada. Fueron dos segundos, parpadeé perturbado, flaqueé y bajé la cabeza. En esos dos segundos personifiqué toda la infancia en sus ojos. Allí estaba inmóvil el hombre que invariablemente residió a mi lado desde que nací. Fue la primera vez que experimenté un temor insólito e inaugural: papá no iba a estar siempre. Fue muy potente el sobresalto. La idea que algún día papá iba a morir. Hoy lo abrazaría hasta el infinito y más allá. ¡Qué imbécil! Renuncié a un abrazo por vergüenza.

***

Aquella noche de agosto no tenía apetito. Ahora que lo evoco deduzco que fue la última cena de mi adolescencia. Esa estación en la que no necesitas de un gran problema para la tragedia. ¿Nunca profesaron la necesidad de escuchar una melodía para continuar, para salir del pozo? No me refiero a seguir en el sentido de hacer el sacrificio de bancar un laburo sólo por la guita, cenar con unos suegros que aborreces o subir al Sarmiento en hora pico. Hablo de otra cosa. De seguir viviendo.

Aguardé sentado. Papá volvió a la mesa. Desfilaron las promos, las artísticas, dos canciones enganchadas y a última hora, antes de la apertura de la heavy rock and pop, repitieron “Cats in the cradle”. ¡Gracias a Ricky Durán! Fue una bocanada de aire fresco. Hacer tiempo para grabar una canción… ¡Qué loco! bretes que un milenians nunca entendería.


***

Al día siguiente me embarqué en un micro desde Liniers a la costa. Emprendía una nueva vida. Esa noche no dormí. Repasé cada esquina recóndita de casa, cada mancha de humedad, cada agujero, cada hoyo en las baldosas que supieron oficiar de opi, de campo de batalla con mis soldaditos, del escenario que montaba frente al espejo de la peluquería de mamá como si estuviera en el Devil Stadium, Tempe, Arizona. Capturé en la retina las losetas prodigiosas donde transité mi verdadera patria.

Entré y salí del baño varias veces. El baño donde hacia caras, el baño donde lloré en silencio cuando murió la abuela Gregoria, el baño donde era He-man. 
Prendí la radio y escuché a Jorge Moya en “Cuchillos de palo”, un programón de las madrugadas de R&P. Lo último que embalé fue el equipo Aiwa. Lo dejé para el final con dos cassettes puestos: “Goats heap soup”, mi disco favorito de los Stones y uno virgen. Grabé “Cats in the cradle” varias veces en el TDK de 90 minutos. Sonó más de diez veces hasta alcanzar la rotonda de Varela. 
En la ruta cabeceé, giré para un lado y para el otro sin conciliar el sueño. De a ratos percibía el estribillo una y otra vez con la voz de Alejandro Nagy machacando “Donde el rock vive”


***

En la entrada a Mar Chiquita el tema se oía en cámara lenta. Era como una versión de Nicolino Roche y los pasteros verdes. Se habían consumido las pilas. Tampoco podía escuchar la radio. No había buena señal. A la altura de Camet sintonicé FM Arena.

Por fin llegamos a la terminal, ya no encontraba posición. Retiré dos bolsos, varias cajas y una valija. Luego de una cháchara breve, dejé todos mis bártulos al cuidado de un taxista que estaba escuchando FM Arena. Fui a un kiosko y compré dos pilas nuevas. Tenía margen, el micro había arribado veinte minutos antes y mi mamá no tardaría en llegar. Le agradecí al tachero que presagiando mi preocupación me dijo antes de hacer su primer viaje:
—¡En el verano podes escuchar a Dolina, pibe! Acá la AM se escucha de prima. Es más, podes ir a verlo como hace el programa.
—¿Posta?
—Sí, sí. Acá derechito por Alberti… en el torres de manantial… ¿manantiales es, Oscar?
—¿Qué cosa?
—De Dolina, que está allá arriba.
—No sé, que se yo.
—¡Dolina! El que jugaba al fulbo en el once, ¿te acordas?
—Ah, sí. En la tele... La barra de Dolina…
—Sí, Oscarcito. Te estoy diciendo Dolina y me decís que se yo...
—Bueno, bueno ¡mira la hora que e´, Chiche!
—Sí, pibe. ¡Está en el verano! No le des bola. Después lo tenes a este también ¿Cómo e´?, Raúl Calviño, ese muchacho sabe un vagón. Este otro, Oscar... Luisito... Luisito Stanzione, un bocho ese hombre. ¡Hay de todo! Tenes la Brisa, Residencia que es más para nosotros, hay varias. Suba señora. ¿Hasta dónde va? Ya la llevo. Y Arena, esta, que me la deja mi pibe cuando me pasa el taxi — dijo Chiche y elevó el volumen de su stereo mientras sonaba “What's Up” de 4 Non Blondes — ¡suerte pibe!


***

En una Mar del Plata sin el glamour de los ochenta, con un frío helado, sin vestidos de gala, ni turistas que descontaban las horas para ganar el descanso, peleando por unos metros frente al océano, sin Rock and Pop; con FM Arena, la comida de mamá, bares como la Mula Plateada y Baldassarini, shows de los Redondos en GO!, Dolina en vivo, chicas preciosas y tipos como Chiche. Allí, con un corte de pelo simil Rod Stewart de los Faces, acerté con mi nueva morada.

Saludé a Chiche con la mano levantada y me afirmé a lo alto en una de mis cajas. El sol en su magnificencia afloraba en el horizonte de un nuevo amanecer en el mar. ¡El mar! El espejo de mis pensamientos, de los más profundos. 
Suplanté las pilas. Prendí un Malboro y apreté play. Observaba a mi alrededor con perplejidad. A pesar de la sensación térmica de dos grados, la voz de Whitfield Crane entonando “And the cat's in the cradle and the silver spoon” me proporcionó calor, me arropó y conseguí aligerar el peso. Lloré como un chico.


Mi mamá no demoraría en caer y debía atajarme. Con papá primero y con mamá después, coarté las ganas de llorar. Despaché todos esos llantos al registro de lágrimas en disponibilidad. Hoy brotan al oír la balada que Lalo eligió para cerrar su programa "Animal de radio" del 9 de agosto de 1994.

***

—¡Hola hijo! ¡¿Cómo estás?¡ ¿Cómo viajaste?
—Bien, todo bien.
—No fumes tan temprano. Ahora llegamos a casa. Es cerquita, a dos cuadras y te acostas tranquilo. Te levantas cuando quieras. Hoy no hay horario. Anoche cociné albóndigas con fideo moño...
—Bueno, buen…
—Tenes los ojos colorados. ¿No tendrás conjuntivitis?
—No, ma. Dormí re mal, eso. No pasa nada.
—¿No era coche semicama? Ahora cuando llegamos te pongo unas gotitas. 
— Hola señora, ¿usted pidió una carretilla?
— Sí, corazón.
Encaramos por Sarmiento a mi nuevo hogar. El peregrinaje marplatense comenzaba a marchar.
A Chiche no lo vi nunca más. Fue vital en esos minutos preliminares de estadía. Ese taxista macanudo, el genio de Lalo, la confianza de papá, volver a vivir con mamá me marcaron a fuego. They marked me with fire.

***


Es sábado, faltan dos minutos para salir al aire. Ahora comprendo porqué disfruto de estar en un estudio de radio. Al sentarme frente al micrófono, se pone a rodar la magia y siento que no estoy solo en la locución. Hablan por mi: Chiche, Lalo, la mirada de papá, el amor de mamá, las decenas de canciones que he escuchado y las multitudes que me habitan. Polaroids de un éxodo signado por la radio, la música y una adolescencia que declinaba poco a poco. 
¡Qué boludo! Puteaba porque me quedaba sin pilas o no tenía fuego. ¡Esa era una contrariedad a los 19 años! Hoy no vivo, ardo. Siempre llevo fuego, tanto en la cocina como en las pasiones que motorizan mi andar. Gozo de la riqueza de apretar play en un dispositivo y dar oídos a Ugly Kid Joe cuando quiera, donde sea, pero no tengo a mi papá. Esa es la diferencia entre ser un paparulo indolente y un hombre perspicaz. Saber que es lo substancial.
Si de algo me siento dueño hoy no es de la vida que viví, es de mi sueño: hacer un programa de radio con vista al mar. Formaría una programación como en la película Big Fish, con todos los héroes de este recorrido y un orfeón que coree "Para ganar o empatar / prefiero sonreír / mirar adentro de mi / fumar o dibujar / para que complicar»


***


 ¿Estás listo, Mauro?
 Sí Maxi, dame aire...






Buenos Aires 16 de noviembre de 1998

Querido hijo:

Espero que al recibo de la presente te encuentres bien de salud, en compañía de tu madre ese es mi mejor deseo. Te diré que tu carta me llegó muy hondo, pero no creo que sea para tanto los atributos que me das, lo único que estoy seguro que fui y seguiré siendo un buen padre y te puedo asegurar que a los tres los quiero con toda mi alma, especialmente a vos que sos el hijo varón que no estás conmigo y extraño muchísimo.
Respecto a tu madre te diré, que la cuides mucho. Es tu madre y eso hay que cuidarlo como el mejor oro del mundo, mientras la tengas con vida. Te diré que todas las noches al acostarme, miro tu foto que tengo en la mesita de luz y pido al todopoderoso para que te ilumine y te ayude en todo lo que te propongas.
Bueno papa, voy a terminar mi pequeña carta, te mando un fuerte abrazo y un beso grandote, cuídate mucho hijo.
Besos papá

Espero contestación a vuelta de correo.






27 de enero de 2018

3 CAJAS


CAPITULO V


… darle bola. ¿Para qué? Esa caterva no vale dos gritos. Además yo fui un padre presente, ¡carajo!. Te di todo lo que estaba a mi alcance. ¿Me equivoqué? Sí, pero la botella no se mancha, ja.
— Evitemos las humoradas.
Con la ropa podes hacer lo que quieras. Los zapatos de Aubercy te pueden quedar. No hay prenda que debas conversar. 
Las tres camisetas de San Lorenzo en unos años las podes aprovechar para entrenar. Son de buena calidad. En el baño quedaron algunas cremas que ahora no las vas a precisar, antes que se echen a perder regálaselas a Cristóbal, ¿recordas el encargado del edificio de jefatura, no? En el placard de mi cuarto hay dos cajas azules rotuladas que son importantes. Una de cartas y otra de CD´s. En «cartas» hay dos escritos de puño y letra de tu abuelo que podrías atesorar por el valor de una carta trazada a mano y unas cuantas de la abuela con fotos. En el Parque Rivadavia podes hacer algunos pesos con los CD. 
La biblioteca es tuya. Es el único legado que pude dejarte. No me alcanzó el tiempo. Si pensas en ofrecer los libros te pido que a los de la pizarra de arriba los dones a la biblioteca de mi colegio secundario. Ah, la ropa no la lleves a Caritas. No le llega a quienes verdaderamente la necesitan. Las venden. Llévaselas a Susana de la Paloma. Tu tía tiene el número. Ella sabrá qué hacer. Dale una pasada por el lavarropas. ¿Qué más? Los discos, vendelos también. Antes de llegar a las tres cajas de vinilos que están en la baulera algunas aprecia… 

***

— ¿Está grabando? 
— Sí, sí. 
Muy bien, mira. La escucha de discos fue más que un pasatiempo para mí. Sobre todo los de blues y de jazz. 
— ¿Dije lo de la ropa, doctora? 
— Sí, hace un minuto. 

Tengo presente la primera escucha de Manal con una copa de Pont L´Eveque Sangiovese en la mano. ¡Manal! Rompieron con el precepto que no se podía hacer blues en castellano… 
—No me parece relevante. Acordamos que serían pala… 
— ¡Manal es relevante, doctora! 
— Está bien, está bien. No se violente, por favor. 

Avellaneda Blues… No pibe… Jugo de tomate… ahí está la papota, Valen. Ahí descubrí el blues en español con aires de jazz y una poesía que no podría haberse concebido en otro punto del planeta. Tenía dieciséis. Dieciséis. Tu edad. Era la época que comenzaba a explorar la cultura rock. La primera vez que escuché un blues que me voló la cabeza fue “Since i've been loving you” de Zeppelin. 

— ¿Se lo digo en castellano, doctora? 
— No hace falta. 


¿Te acordás cuando escuchaste a Becky G con Bad Bunny cantando “Mayores” mientras paseábamos por Punta? ¡Cómo te movías! Al blues de Zeppelin del mismo modo lo oí en la radio. Fue como apreciar un buen vino ¿entendés? Lo pasó un musicalizador que se llama Bobby Flores en su programa. Ahora es director de Radio Nacional ¿Cómo no te hable más de Bobby? No me alcanzó el tiempo. De pendejo era brillante. 

Si algo lamento es no poder compartir unas copas de Malbec con vos. El buen vino, es oro fino. Saber beber es como jugar con Ortigoza. ¡Ojo! Si bebes de más el técnico te limpia. Si llevas la pelota de arco a arco como un maniático te van a tumbar. Tocar de primera y beber se parecen. Deberás distinguir cuándo es el último pase. Yo no supe. Nou, nou.

***


— ¿Tengo tiempo para contar algo más?
— Si, no se detenga. En unos minutos el efecto de la medicación hará efecto.
... La segunda vez que un blues me conmovió fue con el disco que está en la caja «dos» creo, si la dos «I Got Dem Ol Kozmic Blues Again Mama!» de la Joplin. Así de extenso es el título y así de genial.
—  Los brazos, por favor. Necesito que se quede quieto.

Tiene una bolsita. Está entre Aretha Franklin y Sara Vaughan. La caja de las mujeres como te habrás dado cuenta. Los que están en bolsita son de colección. El tema número cinco… No, a ver. Sí, el cinco, ¡Estoy seguro! Es «Kozmic blues». El comienzo es energía arrolladora. Había habido cantantes de blues salvajes e incontenibles ¿sabés?, pero incluso ellos tendían a ser un poco más controlados que Janis. Ella siempre parecía estar al borde de perder el control. Amaba el whisky y no se avergonzaba de eso. Ella era simplemente Janis. No se guardó nada. Escucharla es como beber un Pinot Noir cincuenta y cinco. Buscalo y probalo. Sin excesos. Digo excesos, ja, y me da escalofrío.

Bueno, por último en la caja «tres» hay un disco que quiero mucho. Es de un músico que se llama Mighty Sam McClain. Mis oídos se rindieron ante el gran Sam. Abrigué el mismo efecto que concibe la garganta ante el primer trago de Johnnie Walker. La canción «When the hurt is over» es el scotch que me esperó con estoicismo hasta los cuarenta. Ahora no lo pruebes. Lo mismo con el Jack Daniels. Johnnie y Jack saben esperar. Son buenos amigos. No sé si debo decirte esto. Pero cuando vengas a verme ya no podremos trabar conversación. La doctora te va a explicar...


— Licenciada.
Sí, claro. La licenciada me dio una medicación…
— La medicación fue indicada por la psiquiatra.

Así me tiene, Valen. Me corrije. Bueno, es una droga que me activa. Estoy verborrágico y le solicité grabar. La licenciada accedió. ¡Gracias! Agrádesele cuando vengas. Tengo la voluntad para vivir dos vidas más ¿sabés? pero es un sobresalto temporal. En unos minutos se va a disipar mi luz. Tengo para contarte muchas cosas más... Por ventura o por desdicha no alcanzaré…  tengo…

— No es necesario decir eso ahora.

***

Lamento no poder compartir una copa de Malbec con vos. Aflojá con la Coca, es una bebida para chicos. El paladar que degustó el vino no tolera el dulce que desfila por la garganta. El deleite se aliña con los años, se pone riguroso ¿sabes? «Si te gusta el whisky es mejor acompañarlo con buena música jazz» dicen los puristas. Bueno Valen, sabrás disculpar. Soy así. Yo continúo eligiendo el blues y bebiendo cuando me lo autoricen, ja.

— Sabe y se lo dije infinidad de veces: no puede ni debe beber más.

Lo que sirvan estará bien, ja. ¡Hace lo que quieras con los discos! Solo quería que lo supieras.
Ah, debajo de la mesada acopié unas botellas. ¿Me acerca más el grabador? Tendrás que descubrir solo... solo... ¿tendes?, digo: ¿cuál es, no? digo la bebida para cada momento de tu vida. Tranquilo, la que elijas estará bien. Yo estaré ahí ¿sí? Con vos, con mi copa así, levantad...

— Por favor, no se mueva.

Levantada para brindar por tus logros. Propongo un brindis...

— Por favor, ya estuvo bien.

Una infusión de Gin y músic de los Doors. Un brebaje de whisky cocés y la voz de Ros... Stewart cortejan cada sorbo y por últi... timo whisky irlandés con Van Morrison en la bandeja, ja, ja. Ultima cosa: no confíes en alguien a quien no le guste el vino… Te quier…

***

— Licenciada, el informe está incompleto. ¡Le falta firma y sello!
— Perdón…
— Es fundamental en estos casos que llegue el informe completo, por favor. ¡Me extraña, por Dios!
— No va a volver a suceder director…
— No, no a volver a ocurrir y si así sucediera voy a solicitar que la deriven. Prepare la orden de traslado del paciente. Ya está viniendo la ambulancia del neuropsiquiátrico.
— ¡Cómo del neuropsiquiátrico! ¿Dónde está la Doctora Godoy? No, no… el paciente… acá hay un error…
— Ningún error, licenciada. Aquí está el diagnóstico de la doctora Godoy y la anuencia de un familiar directo del paciente.
— No puede ser, el único familiar directo es su hijo y no creo…
— No se trata de creencias, licenciada. Debería ser más profesional como la psiquiatra Godoy. Aquí está la autorización...

— No lo puedo creer...
— ... firmada de puño y letra. Mire... Aquí, mire, la firma de la Doctora Godoy certificando el traslado, y del hijo del paciente, Valentino Figueroa, revalidándolo.  
— ¿Delirios impositivos? ¿Delirios defensivos? ¡Esto es un gran error, director!
—¡Por favor licenciada! En su informe usted verificó que el paciente activa mecanismo de defensa que lo hace por exaltación. Aquí está, léalo, “con su conducta manifiesta la necesidad de comunicar, compartir y buscar adeptos a su sistema de creencias…" En cuanto al diagnóstico de delirios defensivos, usted informó que el paciente "lo hace por depreciación, y con su conducta manifiesta la necesidad de alejarse de los otros, busca protección y ocultarse…"





26 de enero de 2018

N☀CHE



Salir a la calle y enfrentar una arteria tan concurrida puede ser un problema durante el día. 
La aglomeración de gente que circula, la columna inacabable de automóviles que desfila en inquebrantable marcha, bocinas estrepitosas y el chillido de los semáforos sonoros es un porrazo para los sentidos. 
Por la noche el paisaje se transforma. Tiene sus preeminencias. El bar Santa Lucía cierra sus puertas a las 4 am. Vivir sobre una avenida espaciosa e iluminada tiene sus ventajas. Ahora resido sobre una calle desértica. Además del silencio, tiene un aspecto positivo, me ordena el día. Antes de las nueve de la noche hago las compras y a partir de las diez permanezco en casa.
Lo revelador es cómo se renueva la óptica cuando se alcanza un objetivo crucial: el techo propio. El abuelo Nicanor decía "más vale rancho propio que palacio ajeno". La autoestima se vigoriza. Después de 23 años abandono las renovaciones, los planteos de propietarios crueles, inmobiliarias ruines y el pago de expensas extraordinarias por arreglos fraudulentos. Ahora que lo pienso, no extraño tanto las bondades de Saint Joan .

***

Conquisté lo que fantaseé desde los diecinueve años cuando concluí emprender una nueva etapa. Tuve que vender mi auto pero ese no es un brete. Camino un poco y me topo con una parada. La boca del subte queda a cuatro cuadras.
Al sur y al norte coexisten dos vastos espacios verdes: la Plaza Garay, a sólo media cuadra y la Plaza Alfonsina Storni, más abierta que serpentea la autopista 25 de mayo. Espacios variopintos donde ensaya una murga en la previa del carnaval, un bebé emprende sus primeros pasos, dos señoras mayores cuerean al que pasa, un puber coloca una tuca en una cajita de fósforos para consumir lo que queda y un transa cogotea como espectador de un partido de Grand Slam. Acertar con tantos árboles alrededor es un privilegio, sobre todo en verano. 

***

Tanteé varios lugares para afirmarme a disfrutar de un cortado y escribir. En el café flemático de la YPF de San Juan y Solís esbocé dos líneas a propósito del tango "El pescante": 

Yunta oscura trotando en la noche, 
latigazo de alarde burlón. 
Compadreando de gris sobre el coche
por las piedras de Constitución

Apareció un verso ramplón: ¡Qué remotas quedaron esas estrofas! Ya ni las piedras están. ¿Existe un Manzi entre los milenians? ¡Avisen!, porque que ya no quedan. 
El lugar posee la serenidad que preciso y una vista a la avenida inmejorable, a saber, ver y que no me vean. 
Si de voyeurismo se trata, allí está mi vecino Miguel, el único con quien intercambié un diálogo. Miguel no supo decirme dónde encontrar un buen bar. Él para en la cuadra, de allí no se mueve. Para mi vecino pasé de ser el inquilino al "muchacho" del 1º C. Miguel es chusma y cizañero, con sagacidad aísla del coloquio de palier a los inquilinos cuando se arriman.

—    ¿Compraste, pibe?
—    Sí, Miguel.
—   Te felicito. 

***

Miguel es jubilado. Manejaba un taxi. El tipo se planta en la vereda, sube y baja a la bicisenda y carpetea todos los movimientos como el mono de Toy Story 3. Miguel es poliglota. Dialoga con todos: pensionadas que desfilan al supermercado chino de Cochabamba, cartoneros, pungas, travestis, prostitutas y policías de la comisaría 16 en la jerga que el parloteo requiera. La condescendencia que desarrolla con la ley es repelente.
Todas las mañanas lo saludo cuando salgo a trabajar. Para Miguel, siempre estoy o muy abrigado o muy desabrigado. ¡Ni hablar si esta nublado! « ¿Y el paragua?»

— ¿Por qué no duerme un rato más, Miguel?
—¡Ya voy a dormir cuando me pongan el traje de madera! — dice mirando al cielo  ¿Cuándo te vas a afeitar esa barba?  remata.

***

Cada mañana, de modo autómata, me arrojo hacia la boca del subte. Paso por la Plaza Alfonsina Storni. Siempre advierto un perro negro de mirada triste en la entrada de Virrey Cevallos. La primera vez que lo distinguí entre la gente estaba comiendo de la basura. Me dio lástima y ensayé un meneo para acariciarlo. El animal me enseñó sus dientes puntiagudos. Natural, no se toca a un perro desconocido cuando come.

***

El fin de semana pasado, después de varios intentos, accedió a aproximarse retraídamente. Yo estaba vestido con una remera, bermuda y zapatillas. Es extraño, en la semana no me pasa cabida. 
En un soplo vislumbré la subjetiva del perro negro: debe ver un hombre desencajado circulando con camisa, un bolso y cara de pocos amigos. Como los perros callejeros, cuantos más palos recogimos, menos cedemos. ¡Lo entiendo a Noche! Ah, le puse Noche porque tiene el pelo de color canela en la cara y las patas pero el lomo es de color negro azulado. Tiene los ojos como dos botones oscuros y pequeños que miran muy atentos. Noche accedió a mis agasajos. 

***

En la semana paso a las corridas por la plaza subsanando en mi cabeza lo que hice y rumiando en lo que haré. Los sábados estoy con Valentino en modo presente. Estoy en su frecuencia. 
Este domingo llevaré la última novela de Sándor Márai, mi mate y leeré bajo la sombra de un ombú en la plaza para perros. 
Noche también es propietario. Conquistó solito su lugar. Ya lo veo venir. Se aproximará y permanecerá a mi lado. — ¡Hola!, no me mires así. ¿Qué te pasa? ¿Trajiste comida? Solo galletitas. No me gustan. ¿Adónde dejaste el disfraz? — Él sabe estar en silencio. Es un buen anfitrión.

Resultados de búsqueda


***
— ¿Es tuyo? ¿Estás seguro, no?
— Mavale.
— ¿Estás seguro que no muerde?
— Sí, doña. Quedese tranquila.
— Bueno, mañana te traigo algo de plata. 
— Sí, sí. Porque me los sacan de lamano ¿vió?. Esta raza es muy buscada.
 ¿Qué raza es?
  Es una pulenta, doña.
— ¿Estás seguro que no muerde, no? Mirá que tengo nietos chiquitos.
  Está todo bien. Ladra cuando lo bardea otro perro nada má´. Si pinta algún cobani de la 16. ¿Uste´es del barrio, no?
— Si, ¿porqué?
—¿Conoce al viejo de Ceballo? 
— No, no. Eh, Mig...
— Seee. Ese vigilante... Ese botón nos manda la trulla cuando estamo´ con los pibe´...
— Es un buen hombre. Bueno, quizás tuvo una mala experiencia con algún policía, pobrecito. No es nada.
— Capá. Ah... también si pasa un chabón.
— ¿Chabón?
— Uno de barba. Es nuevo. Anda con un pibito. ¿No lo vió? 
— No.
— Le pusimos Clarquen. 
— No sé quién es.
— Uno que se hace el importante...
— ...
— Empilcha bien como eso periodista de la tele ¿vió? Los sábado juega a Superman con un pibito. Son iguale´. 
— Debe ser su hijo. Bueno querido, mañana te traigo el dinero ¿Cómo se llama? ¿Qué nombre le pusiste?

***

Hace días que no lo veo. Deliberé en garabatear algo en mi cuaderno. No se me ocurre nada. ¿Porque será que el único motor para escribir sea por cosas que no están? Casi siempre escribo de faltas más que de sobras. Uso como arcilla para montar mi escritura las cosas que he perdido: el amor, la ilusión, la juventud, la fé poética. ¿Cómo sería la poesía satisfecha, la poesía del hombre que ha conseguido todo en la vida? 
Extraño a Noche. Bueno, por lo pronto tengo un impulso para escribir. Hace un tiempo que rebuscaba un estímulo.


***
Miguel, que todo lo sabe, me contó que una señora a la que él le arrastra el ala “adoptó” un perro de la calle. 

— ¡Vos sabes que no parece callejero!

Justo ayer observé cómo la señora paseaba por San Juan con Noche atado por una correa. ¡Qué garrón! Al principio dudé. La encaré resuelto e improvisé una explicación. Pretendí revelarle que había sido estafada. La vieja ortiva empezó a vociferar como una loca y unos segundos se arrimó un policia. 
Le manifesté al oficial que me había equivocado y me fui ante la mirada de Noche. Fue como si me expresara “tengo comida y casa. Andá. Me pudrí de revisar los tachos. Discúlpame, amigo, el sistema me derrotó” 
Su atisbo me lo indicó todo. Ningún otro ser humano me había mirado así desde que me mudé. Entre los vecinos sólo me he cruzado con miradas furtivas, o de momentánea alegría, miradas de superficie, más o menos mentidas. Miradas inquisitivas. 
Noche me miró a los ojos largo tiempo y esperó que yo le correspondiera con una mirada igualmente honesta, honrada, profunda, interesada, curiosa, digna. Con una mirada perruna. 
La vieja con su dinero compró un muy buen perro, el cariño por Noche y el tiempo dirán si compró además el meneo de su cola.






12 de enero de 2018

MUCHOS MITOS





Caravana desde el Sur de la ciudad, doble combineta de colectivos para llegar hasta el centro como si los goles solo sumaran si tirábamos tres paredes antes de patear al arco.
Llegamos a Castro Barros 75 con dos bondis: el 80 y el 86. Caímos temprano para comprar las entradas anticipadas a ocho pesos. Al alcanzar la ventanilla se arrimó un muchacho grande. Grande para nosotros. Había más gente. Tres chicas de Hurlingham, unos vagos de Lanús y otro grupo de chabones bien vestidos que compraron y cruzaron para las vías. El tipo grande nos sonsacó de dónde veníamos y cuando salimos hacia la calle nos mangueó un trago.

— Somos de Lugano, ¿vo?
Esperó y prendió un cigarro. — De Hurlingham.
— ¡Hay unas minitas de tu barrio! — comenté buscando un celestino.
El tipo se quedó callado y taciturno como tratando de recordar algo. Le invitamos de nuestro Algarves corazón. Le entró con ganas, trabó una conversación, nos agradeció y se fue.

Hicimos tiempo en la vereda con las entradas anticipadas en mano. Llegó la hora del show. Ingresamos y a la hora se encendieron las luces del ring side de la Federación de Box. La banda abrió con un reggae instrumental. Sobre el escenario, parado frente al micrófono y mirando a un punto fijo reconocimos al hombre de la vereda, el tipo de Hurlingham.
Hasta ese momento las figuras de la música pop y de la escena del rock local eran posters de Pelo para mí. Escalaban sobre sus ropajes con lentejuelas, afeitados y bien maquillados.

— Mira, el chabón de hoy. ¡Es el cantante de Las Pelotas, bolo! — me dijo uno de los pibes. 

Iniciaron el concierto con «Muchos Mitos». Quedamos hechizados escuchando una música diferente, letárgica, que traía el aliento del mejor Sumo en el groove. Desde aquel recital, «Corderos en la Noche» fue uno de los cassettes que más escuché en ese año 1992 y me aventuro a decir uno de los discos que más oí en mi adolescencia.
No viajamos en el avión de regreso de Perón al país, ni bebimos una ginebra con Luca. Compartimos un Algarves corazón! y un minuto memorable con Alejandro Sokol. El Bocha. Tipo creíble, claro y llano. Sincero, arriba y abajo del escenario. Otro mito. Muchos, tantos, que ya perdí la cuenta.




3 de enero de 2018

BUEN VIAJE





—¿Es La Nueva Luna? — curioseó Fredy.
—Sí, amigo — respondí. 

El gordo Maxi, poeta de Jesse James, decía: Música tropical mamamos en nuestra tierra matancera. Con cumbia recorrimos los pasajes de un viaje marginal. Con los timbales de base en el latir del pecho nos arrojamos a copar la Capital hasta que llegué el primer bondi que empalme con la General Paz.

En los ochenta oír cumbia era grasa. De la noche a la mañana concluyó Badía y compañía y la música tropical tomó la posta de las tardes de sábado. Ricky Maravilla rodeado de figuras almorzaba con Mirtha y Alcides cerraba "Ritmo de la Noche" colgado del tiragoma en el prime time dominical. Era una expresión opuesta a la cumbia que hoy se extiende en los barrios bajos del conurbano. Canciones pegadizas entonadas con letras elementales, ayunas de lo que acontecía ciertamente en las calles: desigualdad, pobreza, marginalidad. 
Una década más tarde, a la movida tropical en particular y a la industria en general, le explotó en la mano un boom que no advirtieron con grupos emergentes de barrios periféricos: “Flor de piedra”, pioneros de la cumbia villera, “Yerba brava”, “Meta guacha” y “Damas gratis” con una lírica en la trinchera que inició Omar Shane como parte de un nuevo lunfardo. Las letras empezaron a ser más duras, crudas y a reflejar tópicos carcelarios y sexuales. 
A la cumbia villera le pasó lo mismo que al tango: la negaron y la ridiculizaron. Los boliches de la movida tropical ¡estallaban! y los discos originales se grababan en CD truchos. Los tiempos estaban cambiando.

En unas semanas, Pablo Lescano y su banda "Damas gratis" compartirán escena en Lollapalloza, con Pearl Jam, Red Hot Chili Peppers y The Killers en un festival que en sus comienzos ofrecía bandas de rock alternativo, indie y punk rock.
Lo que ayer fue grasa hoy es cool. Como el gamulán, las videocámaras vintage o los discos de vinilo que están volviendo a nuestras vidas. Seguro habrán sentido el viejo proverbio que habla del karma, ese ciclo vital en donde "Todo vuelve".

***
La moda efímera persiste como un barrilete en Necochea. La movida tropical no fue la excepción. Entra y sale de los espaces exclusifs hasta que a la máquina de picar carne no les cierren los números y los lance a la postergación. Sin embargo, La Nueva Luna, Antonio Rios y Gilda siguen vigentes y taconean en los parlantes de los barrios desheredados y de muchos artistas que desfilaron en los festivales más importante del mundo ya nadie se acuerda.
La evocación del pasacassettes con el cabecal tullido de mi Fiat Duna acapara mi repaso sensorial mientras suena La Nueva Luna en la música funcional de la ex terminal de ómnibus. 
Una camarera preciosa limpia la mesa con su franela rociada con Lysoform al tiempo que apoyo dos cervezas frías con una cazuela de queso. Acomodo mis cosas en una silla contigua y aprovecho para advertirla de pie a cabeza. Sirvo un vaso. El atardecer se asoma por un ventanal. Repiquetea «Ahora te vas» en el patio de comidas del Paseo Aldrey. 
Mis pies se independizan del cuerpo, clavan un espontáneo pasito tun tun y se sacuden debajo de la mesa. ¿Se copará la camarera a bailar un temita? 
El shopping marplatense no tendrá el shuffle de Jesse James, pero es un bello modo de conmemorar los buenos tiempos al son de los timbales y las seis cuerdas del Mago. Levanto mi vaso y brindo con mi amigo Fredy por la cumbia... cumbia de la buena. ¡Buen viaje, Chino!