17 de julio de 2025

ONITNAS Y LOS 7 LOCOS





Onitnas no sabía que estaba solo. O peor: creía que estaba acompañado. Creía que los aplausos que sonaban en su cresta desteñida, por cada caño que tiraba en el potrero de tierra dura, eran reales. Pero no. Eran efectos especiales de su altivez en 5.1.

Los que lo rodeaban lo miraban con un adhesión silenciosa, una distancia temerosa. Lo festejaban cuando ganaban por él, sí, claro. Pero después… después se iban a comer hamburguesas con otro. Y a él lo dejaban con sus caños, su “talento”… y su combo imaginario.

Ese otro era su ex amigo. No tenía los mismos botines de boutique, más cercanos al desfile que al córner, ni la aptitud que Onitnas había heredado sin saber de quién —y sin molestarse en averiguarlo Pero tenía algo que no se compra ni se farmea: carisma.

El ex amigo no entraba: descendía al campo, como si el césped lo esperara y el equipo respiraba mejor, como si de pronto hubieran abierto las ventanas. Nadie quería ser su sombra, pero todos querían estar cerca suyo. Era de esos que, cuando perdían, tiraba una broma que les arrancaba una sonrisa… incluso al técnico. De esos que te levantaban después de una patada y te daban una palmada en el hombro, como diciendo “ya fue”.

En cambio Onitnas, cuando perdía, buscaba pelea. Porque claro, en su mundo, el problema nunca era él. Siempre el joystick, el árbitro o el césped. Aunque el campo fuera de tierra.

—¡No se la pasás a nadie, Oni! —le habían dicho una vez.

—¿Y para qué? ¿Para que la pierdan? —había escupido él, como si el pase fuera una traición.

El fútbol no se lo perdonó. Tampoco los pibes. Lo dejaron de invitar.


Hoy Onitnas celebra inmóvil, desde su trono de plástico, con el joystick sudado como único testigo de su hazaña. Viste la casaca de Bouzat, impecable, virgen de fango, intacta de goles, como un talismán que nunca pisó la historia.
 
Su voz se estrella contra una pantalla fría, como si el rival pudiera oírlo. 

Onitnas clama en soledad ante una ventana de hielo que no devuelve eco. Suma victorias pixeladas, tropas en el Clash Royale, goles en el FIFA, likes de dudosa procedencia. Nadie lo etiqueta, nadie le reacciona: sus mensajes son gambetas al aire, historias que nadie ve. Su WhatsApp es un vestuario vacío y en Instagram no entra ni el viento del algoritmo.

Mientras tanto, su ex amigo entrena en la Quemita, con camiseta blanca y roja, soñando —no desde la cama, sino desde el barro— con debutar en la primera de Huracán. Lo arropa el equipo. Lo escoltan su novia fiel como promesa de fuego, una familia que abraza con ternura y palabras justas, y su paso angelado, hipnótico, que ilumina sin hacer sombra. Lo sostiene una tribuna invisible que le reconoce algo más importante que la gambeta: su forma de estar en el mundo.


Onitnas no sabe hablar, por eso discute.

No sabe amar, por eso hiere.

No sabe abrazar, por eso amenaza.

No sabe elogiar, por eso insulta.


Onitnas no juega en equipo, porque todavía no descubrió que en el fútbol —como en la vida— no se gana solo.

¿Va al colegio? Sí. Se llama Roberto Arlt. Pero Onitnas probablemente cree que ese tal Arlt fue un corredor de TC 2000 o un técnico de la B Metropolitana. No leyó al genio de Arlt. No sabe que en su novela más famosa, Los siete locos, todos sus personajes están rotos, pero hasta los más rotos se necesitan entre sí para no hundirse. No sabe que una parte de la prosa de Arlt fue escrita para él; para el pibe que podría ser un crack, pero no entiende que se juega con otros. Para el pibe que le teme al afecto más que a la derrota. Aunque claro, con joystick en mano y auriculares puestos, es fácil confundirse: el corazón también se puede mutear.

¡Qué pena, Onitnas! No por lo que le falta, sino por todo lo que ya tiene… y todavía no sabe. El talento ya lo tiene. El equipo, todavía lo espera… como se espera al bondi que ya pasó, pero uno se queda por si vuelve. La vida, también. Aunque empieza a impacientarse.


“En el caos de sus locuras y tormentos, los personajes se aferran unos a otros como náufragos; rotos, sí, pero unidos, porque incluso en la destrucción, la soledad pesa más que el desorden compartido.” Los Siete Locos | Roberto Arlt (1929)



Oniiiiiiittnaas, where you goin' to?

Oniiiiiiittnaas, where you goin' to?



 


9 de julio de 2025

EL DUELO QUE NO ESCRIBÍ





                                         

 

Por fin estoy listo para ponerlo en palabras. O eso creo. O eso intento. He escrito sobre muchas pérdidas. Me acostumbré, de algún modo, a traducir el dolor en palabras. Es mi oficio. Mi refugio. Mi forma de mantenerme en pie cuando el mundo tambalea.

Escribí sobre la muerte de mi madre. Un duelo con nombre y apellido, con certificado sellado y flores vencidas en una sala sin tiempo.

La muerte tiene formas: miradas que bajan, manos que se apoyan en la espalda, silencios más pesados que el llanto. Uno se sienta, se deja caer. Y entonces llegan las frases heredadas: “Es la ley de la vida”, dicen. Palabras antiguas que intentan envolver el dolor, domesticarlo, hacerlo manejable. También escribí una novela sobre el final de un amor. Ese punto exacto en el que uno deja de sentir y el otro queda suspendido, sin red, sostenido apenas por una esperanza que ya no lleva a ningún lado.

La escribí con furia y con ternura. Las cartas que no te dije (2023). La verdad expuesta, sin abrigo. Porque el amor se termina, aunque nos neguemos a aceptarlo. Porque a veces uno se va sin mirar atrás y el otro se queda, preguntando en silencio… pero sigue.

También escribí sobre el rechazo. Esa mujer que no me amó, a pesar de las flores, de la torpeza entusiasta, de los trucos fallidos para intentar gustarle. “No somos una monedita de oro”, me repetí, dándole forma al desdén. No le gusté. Así de simple. Y aun así lo escribí con una sonrisa torcida, con ese humor que aparece después de la caída. Ahí el dolor tiene dirección, tiene rostro, tiene gesto. Una indiferencia concreta, posible de sentar frente a uno, aunque no devuelva la mirada.

Pero hay un duelo que me ha dolido más que todos los anteriores. Uno que todavía me cuesta nombrar. No por ser más cruel, sino por no tener un instante preciso, una grieta, un adiós. No hubo muerte. No hubo ruptura. No hubo despedida. Hubo crecimiento.

Ver crecer a mi hijo ha sido lo más hermoso que me pasó. Y, al mismo tiempo, lo más dulcemente insoportable. Nunca imaginé que la alegría pudiera doler. Que se pudiera llorar por palabras que un día dejan de existir: Diojo; Vede; Illo; Iul; Baco; Aja; no me quedaba otia…

Pequeños milagros en extinción. Sílabas que guardo con el cuidado reservado a lo irrepetible. Al principio todo era novedad: los primeros pasos, las primeras palabras, los dibujos sin forma que yo conservaba con devoción. Para mí, eran obras maestras. Yo era su mundo. Me llamaba “papi” con una voz mínima, temblorosa. Me esperaba en la puerta. Me abrazaba del cuello con una fe absoluta. Me pedía cuentos. Me interrumpía. Me necesitaba. Yo estaba ahí.

Hoy también está. Pero está distinto.

Ahora me dice “pa”. El afecto recortado, más seco. Responde con la demora aprendida de la distancia. Ya no me necesita para dormirse. No pregunta por qué el cielo es azul. No me pide ayuda para atarse los cordones. Se los ata solo, casi sin mirarlos, mientras revisa el celular. Y yo, en silencio, atravieso un duelo del que nadie habla.

No hay culpables. Nadie falló. Ni él. Ni yo. El tiempo hizo su trabajo. Paciente, obstinado, fue tallando otra forma en el rostro de mi hijo. Yo quedé abrazado al niño que fue. Y él se fue yendo de a poco, sin despedirse. Porque crecer no tiene ceremonia.

A veces lo miro y busco rastros. El niño que fue él. El niño que fui yo. No lo sé. Me miro en su cara y también me pierdo.

Me consuelo con las fotos. Gracias a Dios grabé muchos videos. Su voz de antes. Su risa de antes. Su manera de decir mi nombre. Su forma de correr. Todo está guardado. Todo existe. Pero ya no está. Y no sé qué hacer con eso.

—¿Tener otro hijo? —me preguntan.

No. No. No. ¿O sí? No lo sé. No creo que quiera otro hijo. Quiero a ese hijo. Al de antes. Al que decía “mirá, papi” por cualquier cosa. Al que se enojaba cuando el sol no salía justo a tiempo para jugar. Al que se dormía en mi pecho. Al que lloraba cuando yo me iba.

Nadie me preparó para este duelo. Para esta pérdida sin tragedia. Para esta alegría envuelta en despedida. Si pudiera elegir —y lo digo sin exagerar— sería papá de un niño toda la vida. No pediría más. Cuidaría ese tiempo con una devoción absoluta. Lo haría mil veces. Mil veces más. Porque es lo mejor que sé hacer. Porque en ese mundo pequeño encontré una versión de mí que desconocía. Ser papá me salvó.

Ahora tengo que aprender otra forma de amar. Soltar. Mirar desde lejos. Acompañar sin invadir. Quererlo sin red.

Este es el duelo que no supe escribir. El que duele sin herida. El que deja al alma detenida frente a una puerta que se cierra despacio, desde el otro lado.

Mi hijo se me escapa un poco más. Ya no es un niño. Es un río que se aleja de mi orilla con la urgencia natural de ser mundo. Lo miro avanzar, firme. En su paso vive el niño que fue y el hombre que empieza a ser.





1 de julio de 2025

DIA DEL ESCRITOR


Gracias a la Lic. Guadalupe Fuente por abrirme las puertas de su programa, y a la Prof. Mónica Monlezun por su cálida producción y co-conducción. En tiempos donde el ruido abunda, celebrar la escritura es abrazar el silencio que dice, la palabra que teje sentido y la educación como acto de amor duradero.












13 de junio de 2025

PASÓ QUE SOY PAPÁ

 

"La felicidad de mi hijo, mi club favorito"




A partir de hoy mi hijo juega para el Club Atlético Huracán, luego de superar una prueba física, técnica y táctica. Y estoy inmensamente feliz.

Un conocido me escribió con cierto sarcasmo:

"¿Qué pasó? ¿Vos no eras de San Lorenzo?"

Y yo le contesté lo único que podía decir desde el corazón:

Pasó que voy a cumplir 50 años.

Pasó que soy papá hace 16.

Pasó que mi hijo, cada vez que pasaba por La Quemita, soñaba con probarse en Huracán.

Pasó que se esforzó, que lo intentó, y que hoy está cumpliendo ese sueño.

Pasó que la paternidad —la de verdad, la que se vive con el alma y no con consignas de tribuna— te enseña a correr el ego a un costado, a entender que la felicidad de un hijo está muy por encima de cualquier berretín identitario o capricho no resuelto de adolescencia tardía.

Pasó que ser padre es dejar de mirarse el ombligo para mirar hacia adelante, hacia ellos, hacia lo que necesitan, lo que desean, lo que los hace crecer.

Así que no, ya no importa de qué club era yo. Hoy, soy del club donde juega mi hijo. Hoy soy del club de su felicidad.

Y eso, hermano, no tiene camiseta.









7 de junio de 2025

UN “YA FUE” EN LOS LABIOS

 


Ariel tenía 18 años y vivía en Lugano 1 y 2, en el departamento de un amigo, como quien ocupaba un espacio de paso, sin saber muy bien cuánto va a durar. Su mamá lo había abandonado. Su papá, preso. Él, mientras tanto, resistía.

No era crack, no era figura, él jugaba. Y jugaba con lo que tenía, alma y carisma. Formaba parte de un equipo imbatible en los picados que se armaban con los pibes de Cafayate. Ahí, donde el talento se mezcla con la necesidad, donde cada gol puede valer un almuerzo, o al menos el orgullo de ganar. Ahí también juega mi hijo, Julián. Y ahí conoció a Ari.

A las dos y media de la mañana del jueves escribió al grupo de WhatsApp que se habría peleado con su novia, algo que solía ocurrir. Pero todos dormían. Todos menos él, que tenía el alma en vela. ¿A quién llamar? ¿A quién golpearle la puerta tan tarde?

Ari decidió ir a ver a su ex novia, a buscar algún tipo de consuelo. Nadie sabe bien qué se dijeron, pero estuvo con ella. Al amanecer, subieron a la terraza a colgar ropa. Piso catorce. Viento de invierno. Cielo opaco. Ari se sentó en la cornisa con una foto impresa de la chica que lo había dejado en la mano. La miró a los ojos. Y dijo, bajito:

"Ya fue."

Y se arrojó al vacío.

Cuando al alma torturan los recuerdos, los placeres sólo revelan desesperación.

A las 7 de la mañana, el día apenas empezaba y ya estaba roto.

Julián no se lo esperaba. Nadie se lo esperaba. Ari no era su compañero del colegio, ni del club. No hacían tareas juntos. No compartían aulas ni cumpleaños.

Compartían otra cosa más intensa, más cruda: el potrero, la ronda de botines gastados, el código sin palabras de una canchita sin área.

Es la muerte más cercana de un par que le toca vivir a mi hijo. Y duele. Porque cuando muere un pibe así, no se va solo una vida.

Se va también una parte del barrio. Se agrieta un espacio.

Se enfría la pelota.

Y nosotros, los que todavía creemos en los abrazos después del gol, sentimos que algo se nos rompe también.

Ojalá Ariel encuentre, allá donde haya ido, lo que acá nunca le dieron del todo: un lugar propio, un afecto sin condiciones, una red que no se rompa.

Y ojalá nosotros sepamos mirar mejor. Escuchar a tiempo.

Porque los pibes no pueden seguir cayendo al vacío con una foto en la mano y un “ya fue” en los labios.







17 de mayo de 2025

TU PRIMER VOTO

 



Hoy votás por primera vez.

Y yo, que todavía veo tus chiches en la caja de juguetes, tengo el corazón apretado, como cuando te soltaba la mano al final de cada visita.

Te fuiste temprano, solo. Con ese paso firme que aprendiste a fuerza de esperas, de filas en el hospital, de horas en una plaza que era parque y era cárcel a la vez. Te vi desde la ventana. Tenías el DNI en el bolsillo y una mezcla de decisión y ternura en la cara, como quien está por hacer algo enorme y no lo sabe del todo.

Yo me quedé sentado en la mesa de la cocina, con un mate lavado y la radio bajita. Decían algo sobre elecciones históricas, sobre la juventud que va a decidir el rumbo del país. Y pensé: mi hijo también.

Entonces me vinieron imágenes como relámpagos.

Tu cochecito avanzando por las baldosas flojas de la plaza del Monstruo de Combate de los Pozos. Las palomas que te hacían reír, la primera vez que pateaste una pelota que nos prestó otro padre que también tenía el reloj marcándole el tiempo. Todos éramos visitantes en esos parques: hombres con mochilas llenas de juguetes y una sonrisa medida, como quien no puede permitirse el error.

Vos eras chico. No entendías de acuerdos judiciales, de días pares o impares, de resoluciones provisorias. Solo querías que te alzara, que te llevara corriendo por el pasto. Y yo quería lo mismo, pero me cuidaba de no tentarte a llorar cuando se terminara la hora.

Recuerdo una vez que te hiciste encima en el colectivo. Tenías tres años. Llevabas un jardinero con ositos bordados. Entramos a un bar, pedí por favor si podía cambiarte ahí. Me dijeron que no, que el baño era solo para clientes. Pero vos no entendías de consumo mínimo. Así que te llevé al hospital Durand, al baño de discapacitados, porque ahí había espacio. Te limpié con una remera vieja mía que llevaba en la mochila. Vos no lloraste. Me mirabas con una calma que todavía no sé de dónde sacaste.

Después, cuando llovía, nos metíamos en los recovecos de los colegios. Eran techitos flacos, de chapa, que chorreaban por los costados. Jugábamos a que éramos piratas o astronautas, lo que pintara ese día. Te hablaba bajito, porque no quería que te resfriaras. Si te enfermabas, se suspendía la visita. Así eran las reglas.

Pero vos creciste. Aprendiste a patear fuerte, a leer carteles, a reconocer los colectivos por número. Una tarde, ya más grande, me dijiste: “¿Pa, me acuerdo cuando me llevabas al hospital? ¿Vos eras el único que cambiaba los pañales ahí?”

Y yo te miré como si me hubieras abierto el pecho con un cortaplumas. Porque no pensaba que te acordaras. Porque creí que todo eso era mío, que lo cargaba solo.

Hoy, en la mesa de votación, vas a ver a otros como vos. Algunos con la camiseta de su club, otros con auriculares, otros tal vez apurados por irse. Pero todos con ese derecho que yo no pude darte en una plaza ni en una garita: el de decidir. El de decir esto sí, esto no.

Vas a votar, hijo. Y sin saberlo, vas a defender esos hospitales públicos que nos acogieron sin juzgarnos. Esos espacios públicos donde el amor que te tenía necesitó hacerse visible aunque la ley me diera la espalda. Esas plazas donde aprendiste a caminar con el mismo paso que ahora te lleva al futuro.

Y yo me quedo acá. Con tus chiches en la caja. Con tus dibujos pegados en la heladera. Con una foto arrugada donde estamos los dos mojados, riéndonos en una garita.

Faltan horas para que vuelvas. No voy a preguntarte a quién votaste. Me basta con saber por qué.







16 de abril de 2025

EL ENOJO ES UN IDIOMA QUE NO NECESITA GRAMÁTICA

 

Pancho, Chito y Marina ( Montevideo, Uruguay)

Estaba en terapia intensiva. Entre cables, pitidos, y ojos ajenos que velaban por mi voz dormida. En ese silencio espeso... irrumpieron. No con gritos, sino con un locksmith. Lo hicieron porque pudieron, porque el enojo es un idioma que no necesita gramática. Pero yo ya no hablo ese idioma. No quiero traducirlo.

Cuando venís grande, y tenés hijos, la rabia de otros ya no te provoca lucha: te provoca compasión. Porque ya no ves un enemigo. Ves una historia. Ves una falta. Ves a una chica que eligió ser madre a los diecinueve, así como quien prende una vela para disimular el apagón.

Y entonces, no querés venganza. Querés otra cosa. Querés que algún día se detengan frente a una puerta, no para abrirla a la fuerza, sino para preguntarse, quizá por primera vez, si alguna vez fueron bienvenidos en alguna parte.

Yo, mientras tanto, reconstruyo.

No la cerradura.

El sentido.

Mi paz.


“Vos estuviste con tus padres en el momento crucial, nadie más estaba. Pagaste un precio, que fue tu quebranto de salud, y siempre, siempre, al firme y de pie. ¡Que fuerza, loco! Superado ésto, una etapa nueva. Vos vas por lo que te nutre, ahora es para crear, escribir, y sobre todo, vivir. Vivir para vos y los afectos reales, auténticos, los que vos te merecés. Fuera de tu vida la gente que siente con el bolsillo, que vive para lastimar, que no recuerda, o no sabe, de AMOR.”

Marina, marzo de 2025. Montevideo - Uruguay






2 de abril de 2025

TARTAMUDEANDO EN LA MEMORIA

 

Llegué a la guardia de la Clínica sujetándome la cabeza con ambas manos, como si pudiera contener el dolor dentro de mi mollera. Sentía que un relámpago se había quedado atrapado entre mis sienes, fulgurando con cada latido de mi corazón. Nunca había sentido nada igual.

Las luces blancas del hospital lastimaban mis ojos. Apenas podía sostenerme en pie cuando una enfermera me tomó del brazo y me guió a una camilla. "Quédese tranquilo", me dijo, aunque la palabra "tranquilo" parecía inalcanzable. Me acosté y cerré los ojos. No sé cuánto tiempo pasó, pero de pronto, todo se volvió una sombra densa y húmeda.

Cuando desperté, el mundo era otro. Los rostros a mi alrededor eran desconocidos y borrosos. Un médico hablaba con tono pausado, como si cada palabra estuviera calibrada para no quebrarme: "Tuviste un ACV. Logramos disolver el coágulo a tiempo. Ahora estás en terapia intensiva."

El peso de sus palabras cayó sobre mí con la lentitud de una piedra en el agua. No podía mover el brazo izquierdo, ni la pierna. Las neuronas que murieron por falta de oxígeno no fueron tantas, pero las suficientes para recordarme que ya no era el mismo. El tiempo en la terapia fue un largo túnel sin relojes. Me acostumbré a contar los días por la cantidad de veces que venían a cambiarme la vía o a tomarme la presión. Pasé de la desesperación al miedo, del miedo a la resignación y de la resignación a un leve atisbo de esperanza cuando los dedos de mi mano izquierda respondieron, aunque torpes, a mi voluntad. El sábado me dieron el alta, pero la ciudad no era la misma. Todo seguía en su lugar, pero yo era otro. Un hombre con un cuerpo que debía reaprender, con un cerebro que tartamudeaba en la memoria, con una sombra de dolor que venía y se iba sin previo aviso.

Volver al taller será el mayor desafío. ¿Cómo enseñar sobre palabras cuando las palabras a veces se me escapan? Pero los alumnos me esperan, y la radio también. Hoy volví a encender el micrófono, mi voz tembló. Sentí el peso de lo perdido, pero también el alivio de lo recuperado. Había vuelto a nacer, aunque esta vez con una cicatriz invisible que me recordaba la fragilidad de la existencia. Pero también su milagro.




11 de marzo de 2025

LA TENTACIÓN ES PARA EL QUE TIENE DUDAS







Nos encontramos en una cerveceria de Chacarita que no tiene nombre, o lo borraron con el último grafiti de los hinchas de Atlanta. Nicky llega puntual, con una gorra baja que no alcanza a disimularle los años ni la historia. Pide una IPA suave, le pone sal a las papas sin probarlas, y me dice:

—Pero esto es en off, ¿no?

Asiento. Anoto mentalmente que no grabaré. Que esta historia, si se cuenta, será a través de lo que deja una charla verdadera: gestos, pausas, silencios.

—¿Querés saber por qué me bajé, no? —dice mientras juega con la espuma del vaso— La vuelta de la banda era una fiesta con invitación cerrada. A mí me dejaron en la vereda.

Hace una pausa. Mira hacia la puerta como si esperara a alguien que no va a venir.

—Te soy sincero… no me sorprendió. Ya lo veía venir. Cuando Dresán empezó con esa cosa solista, grandilocuente, con luces y pantallas, yo supe que la banda, los de verdad, los que ensayaban en Palomar comiendo sanguchitos de mortadela, ya no iban a volver.

Le pregunto si lo invitaron igual.

—Sí —dice, encogiéndose de hombros— Pero viste esas invitaciones que son para que digas que no. Me ofrecieron ser parte como si fuera un sesionista más. Un adorno para que la nostalgia cotice alto.

Saca el celular y me muestra una foto. Es una chica joven, Muy linda. Pelo violeta, sonrisa filosa, manos de música.

—Ella es Loli —dice— Una bestia. Toca mejor que yo, eh. Y es una bomba. Pero no es lo mismo.

Silencio.

—Igual me alegro por ella. Se merece la vidriera. Pero a mí no me daba subirme a ese tren que ya no va a ninguna estación.

Entonces suelta la frase. Como quien escupe un carozo que lleva tiempo masticando:

—Parece que a Dresán le gusta más la plata que el dulce de leche.

Nos reímos. No tanto por el chiste, sino porque entendemos lo que no dice.

—¿Y vos, Nicky? — le pregunté apoyado en la barra— ¿No te tentó la guita? 

El bajista sonrió y levantó su vaso.

—La tentación es para el que tiene dudas —dijo, y le dio un trago largo a la cerveza.

—¿Dolió? —le pregunto.

—¡Claro! Pero también fue un alivio. No soy una estatua para que me suban al escenario cuando les conviene. ¡Soy Nicky, loco! ¿entendés? Fui el bajo de la banda. Fui parte del sonido que hizo que un pibe de Jujuy y otro de Avellaneda se sintieran hermanos por una canción. Eso no me lo quita nadie. Ni Dresán, ni la guita, ni los fuegos artificiales.

Pagamos la cuenta a medias. No acepta que lo invite. Al salir, nos despedimos sin promesas. Antes de cruzar la calle, me grita desde la vereda:

—Pero no pongas mi nombre. Decí que lo soñaste. Que te lo dijo un bajista fantasma en una cervecería que no existe.


En marzo nos volvimos a ver en Mar del Plata. Nicky se sentó en el borde del escenario. Un bar chico, con mesas de madera gastada y el techo bajo que acumula humo de cigarrillo. Un par de parroquianos charlan en una esquina, sin apuro. Afuera, la lluvia finita humedece la vereda del colegio Fasta San Vicente de Paul. Todo le recuerda (me confesó después) a aquellos primeros tiempos en Arpegios, cuando la música nacía del corazón y no de los contratos.

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Quince años pasaron desde la separación de la banda del oeste, al tiempo que sus ex compañeros de ruta retornaban a tocar en estadios, con luces cegadoras y pantallas gigantes. Era un espectáculo perfecto, calculado hasta en sus mínimos detalles. Pero Nicky no quería perfección. Quedarse era su manera de recordar por qué había empezado.

Esa noche de domingo en Mar del Plata, el bajo retumbó en el pequeño escenario con la misma fuerza de siempre. No había miles de personas coreando, ni contratos millonarios, ni entrevistas en la tele. Pero en la primera fila, un pibe de gorra y remera roja gastada de Ey Ey Ey lo miraba con los ojos encendidos, como si estuviera descubriendo algo nuevo, algo real. Y Nicky supo que su decisión había valido la pena.

Concluí mi cronista para mi blog: “Los regresos suelen tener brillo, pero no siempre esencia. A veces lo que vuelve no es el grupo, ni la música, ni la magia, sino apenas el envase. Los que estuvieron en el corazón del fuego saben cuándo el fuego ya no calienta, y tienen el coraje de quedarse afuera. No por orgullo, sino por memoria. Porque hay decisiones que no se toman con la cabeza ni con la billetera, sino con el oído. Y hay músicos que prefieren desafinar por cuenta propia antes que armonizar con una mentira. Tal vez por eso, mientras las luces del estadio encandilan, algunos prefieren seguir tocando en penumbras. Donde la música sigue siendo de verdad.”





28 de enero de 2025

TRES FOTOS

 




Hoy, el reloj marcaba las once y cuarenta y cinco de la noche. Mi cumpleaños número cuarenta y nueve había llegado a su fin, y me encontraba sentado en la pequeña mesa del comedor, rodeado por la calma de una casa que, como siempre, respiraba en silencio al final del día. La jornada había sido normal. Un desayuno común, algunas llamadas de amigos y familiares, y una que otra sonrisa forzada, porque, si soy sincero, desde la muerte de mamá ya había dejado de esperar grandes sorpresas para mis cumpleaños. Ya no era un niño, ni siquiera un joven; me conformaba con la tranquilidad, con la paz que me ofrecía la rutina.

Mi hijo, Julián, un adolescente de dieciséis años, había sido el primero en desearme un feliz cumpleaños por la mañana sin mucha emoción, como es usual en su edad. Lo entendía. Los adolescentes son así, siempre ocupados en sus propios mundos para interesarse demasiado en las celebraciones de los adultos. Cuando la tarde avanzó y el sol comenzó a apagarse, me di por satisfecho con las llamadas y los mensajes que había recibido. Ya estaba acostumbrado a que las grandes festividades quedaran atrás en mi vida.

Al acercarse la medianoche, decidí que era hora de apagar las pantallas y las velas de una torta que preparé. En realidad, un bizcochuelo sencillo, que de alguna forma había sido el símbolo de mi día. Y lo soplé, más por costumbre que por emoción sin agotar el crédito de los tres deseos, estaba con mi hijo y era suficiente. Pero en ese mismo instante, algo en mi teléfono me llamó la atención. Era una notificación de Instagram. No era común que Julián me etiquetara en sus publicaciones, menos aún en un día como este. Me tomé un segundo, lo suficiente para preguntarme si era algo importante, o si solo había subido algo con los amigos como de costumbre. Abrí la aplicación con curiosidad, sin grandes expectativas. Entonces vi su mensaje, escrito en una frase simple pero tan llena de significado:

"Feliz cumple, Pa. Te amo."

Con esta frase más que valorar al hijo adolescente que escribe y postea, fue como si el chico ingiriera una pócima mágica, un gualicho divino para redimir por un segundo al niño que perdura vivaz como un huésped en su alma.

La frase estaba acompañada de tres fotos. La primera, abrazado a mí mientras le enseñaba a montar una bicicleta con rueditas. La segunda, después de un acto del colegio donde personificó a Shreik, con su cara llena de carcajadas y yo, un poco más joven, riendo también a su lado. Y la tercera, el primer día de segundo año. La imagen era casi un reflejo de la distancia que había ido creciendo entre nosotros, una distancia silenciosa pero palpable.

Mis ojos se empañaron un poco al ver esas fotos. No fue por nostalgia, ni por la emoción de ver el amor que había recibido, sino por algo más profundo. En ese instante, sentí que, aunque no siempre lo dijera, Julián me había dado el regalo más grande que podría esperar: el reconocimiento, el afecto, sin necesidad de palabras grandilocuentes ni gestos exagerados. En ese mensaje, en esas fotos, estaba todo lo que había necesitado en el día de mi cumpleaños.

Por un segundo, sentí un nudo en la garganta. Lo miré a él, que estaba en su habitación, con su música puesta a todo volumen, ajeno a la sorpresa que me había dejado en la pantalla de mi teléfono. Me levanté de la mesa y caminé hacia su puerta, pero me detuve en el umbral, sin saber si debía interrumpirlo o si era mejor dejarlo tranquilo.

De nuevo, miré el mensaje, y entonces comprendí. No necesitaba hacer nada más. El simple hecho de que él hubiera tomado un momento de su día para pensar en mí, buscar fotos para compartir ese pequeño pero significativo gesto, era suficiente. Incluso en lo familiar puede haber sorpresa y asombro.

Regresé a la mesa, encendí las velas una vez más, y con todas mis fuerzas, soplé con el corazón lleno de algo que no había sentido en años: gratitud. Si, gratitud, eso sentí. Tarareé manso como un secreteo una canción de la Velvet Underground: “sometimes i feel so happy, sometimes I feel so sad”

No importaba que el día estuviera por terminar. No afectaba que el reloj marcara las doce. Ese mensaje, esa pequeña muestra de amor, era todo lo que necesitaba para cerrar el ciclo de mi cumpleaños. Julián, sin saberlo, me había dado el mejor regalo de todos: un recordatorio de que no importan los años ni las distancias, porque siempre, en algún rincón de su corazón, él me llevaba consigo.

Y, al soplar las velas por tercera vez, sentí que no era solo un cumpleaños más. Fue el cumpleaños en el que comprendí, finalmente, que la vida, aunque a veces se nos olvide, está llena de pequeños regalos, y que, tal vez, los más grandes son los que no necesitamos pedir.




30 de diciembre de 2024

UNA NAVIDAD INESPERADA

 




Mauro había estado pensando durante semanas en qué hacer la noche de Navidad. El calor de la familia siempre había sido su refugio, pero este año, las cosas no eran igual. La ruptura reciente con su novia lo había dejado en un vacío que le costaba llenar con algo tan trivial como las celebraciones. El departamento que compartieron estaba vacío, los recuerdos flotaban por cada rincón, y la nostalgia, como un peso invisible, lo seguía a todas partes.

En un primer momento, había considerado viajar al norte del país. Ir a algún lugar cálido, pero al final decidió que lo mejor sería pasar la noche en la ciudad, lejos de las miradas curiosas y las preguntas incómodas. Un hotel parecía lo más adecuado. Un hospedaje elegante, cuatro estrellas, algo lo suficientemente neutral como para no sentirse tan solo, pero sin la presión de tener que fingir una felicidad que no sentía.

Se prometió que, al menos, disfrutaría de una buena cena, un par de copas de vino y, si todo iba bien, evitaría el contacto humano hasta el día siguiente. La Navidad podía ser solo una fecha en el calendario, un día más para muchos, un recordatorio amargo para otros. El salón del hotel estaba decorado con elegancia. Las mesas estaban dispuestas con precisión, los platos de loza brillaban, y la gente conversaba en tonos suaves. Pero a Mauro le parecía todo irreal, como si estuviera observando una película en la que no encajaba. Se sentó en una mesa para dos, la copa de Malbec en la mano, pero los pensamientos no dejaban de rondarle la cabeza.

Llevo un cuaderno para tomar nota - De esta manera me verán como un crítico del lugar que viene a hacer un cronista del servicio del Hotel - pensó.

No fue hasta que vio a una madre y a un niño que algo cambió. La mujer, de unos cuarenta y tantos años, parecía nerviosa, mirando su reloj y sacudiendo ligeramente el pie como si estuviera esperando algo o a alguien.

El niño, por su parte, no paraba de saltar en su asiento, mirando a su alrededor con ojos curiosos.

Mauro, sin pensarlo, observó al niño jugar en silencio. Algo en su rostro le resultaba familiar, una especie de pureza inquebrantable que él había perdido hacía mucho tiempo. El niño, a pesar de estar rodeado de adultos, parecía estar en su propio mundo. Desde la mesa contigua, Mauro vio cómo el niño miraba en su pantalla unos dibujos.

—"¡Mira, mamá! ¡Es Spiderman! — dijo el niño con una voz llena de entusiasmo.

La mujer sonrió, pero su expresión era una mezcla de cariño y cansancio, como si estuviera luchando por mantener el control en un momento que no podía pilotear del todo.

Mauro se sintió atraído por el gesto y la sinceridad del niño, y en un impulso que no comprendió del todo, se acercó a ellos.

— ¿Te gusta el Hombre Araña? —preguntó, sin pensarlo.

El niño lo miró con algo de sorpresa, pero luego asintió, con una sonrisa tímida.

— ¿Te gustaría que te dibujara algo?

El niño, con una expresión de asombro, asintió con entusiasmo. Mauro se sentó y, en un impulso que parecía venir de un lugar incierto, comenzó a dibujar en una de las hojas de su cuaderno de apuntes que tenía sobre la mesa. Después de unos minutos, levantó la hoja para mostrarle su dibujo al niño.

— Acá está, Spiderman—dijo con una mueca.

El niño soltó una carcajada legítima, como si Mauro acabara de regalarle el mejor presente del mundo. La madre los observaba, sorprendida pero también agradecida por la atención que Mauro había mostrado a su hijo. En ese momento, el niño miró a su madre, luego a Mauro y, sin previo aviso, lo abrazó.

— ¡Gracias! — exclamó, sin entender del todo por qué, pero agradecido por el gesto.

Mauro no pudo evitar emocionarse. Ese abrazo, tan espontáneo, le recordó a su propio hijo, a los años en los que la vida parecía más sencilla, más pura. No era su hijo, ni siquiera lo conocía, pero en ese abrazo se sintió transportado a un tiempo en el que las cosas parecían tener más sentido.

La madre del niño, observando la escena, sonrió y comentó:

— Gracias por alegrarle la noche. Te confieso que a veces, no me doy cuenta de lo que realmente quiere, pero me hace bien ver que hay cosas simples que pueden hacerlo feliz.

La madre se levantó un momento para ir al baño, y el niño, con su dibujo en la mano, se quedó sentado junto a Mauro.

— ¿Vas a quedarte solo en Navidad? —preguntó el niño, como si no hubiera un motivo por el cual esconder una verdad tan simple.

Mauro, sorprendido por la franqueza del pequeño, suspiró.

—Sí... parece que sí. —Se rió amistosamente, mirando al pibe con algo de tristeza. —Pero a veces, uno necesita un poco de soledad.

El niño, después de una pausa que pareció más larga de lo que realmente fue, dijo:

— Dibujas re bien. Sos un como... como un superhéroe. 

Mauro lo miró fijamente. Aquella simple frase, dicho por un niño de ocho años, le tocó más de lo que imaginaba. 

La madre regresó en ese momento, y antes de levantarse para irse, se acercó a Mauro.

— Gracias por hacer que su noche fuera especial. —Le extendió la mano con una sonrisa tímida. — Soy Laura, por cierto.

Mauro, sonrió y estrechó su mano.

—Mauro — respondió.

Cuando se levantaron para marcharse, el niño se despidió con una expresión brillante.

— ¡Feliz Navidad, Spiderman! 

Mauro se quedó de pie, mirando cómo se alejaban al tiempo que el disc jockey arrojó la primera canción. Sintió algo dentro de él moverse, algo que había estado dormido por mucho tiempo. En su soledad de esa Nochebuena, en un Hotel de cuatro estrellas, había encontrado una conexión que no esperaba, algo tan sencillo como un dibujo. Un simple dibujo, pero que le recordó que el corazón es la región del inesperado, incluso en la soledad, el amor y la humanidad podían llegar de formas insospechadas. 

— A veces — pensó Mauro mientras se disponía a bailar una cumbia —las cosas simples tienen felicidad dentro. Solo necesitan ser vistas con los ojos de un niño.





4 de diciembre de 2024

ZONA DE PROMESAS

 



El flete atravesó una ciudad invisible que no miraba pero iba reconociendo cautelosamente por sus olores y sus pavimentos. El césped humedecido al borde de la ruta 2 trasmutó en calles de tierras que sucumbían en Champagnat. Ingresamos a Mar del Plata por Constitución, la avenida de los boliches y los bares transformada en un derrotero de cafeterías y mueblerías high class. Llegamos a las playas del norte que enviaban en la lluvia sus aromas casi olvidados. Aspiré el olor de océano y entreabrí la ventanilla del acompañante. Llegamos a la casa de mis padres en plena fase dos.

Desde la esquina vi las calles del barrio Stella Maris dormidas y mal iluminadas, mientras dejaba que la lluvia de la ciudad me diese en la cara. Al llegar, por los cristales de la ventana se advertían las luces de una vigilia. Como siempre, el timbre del portero no sonaba. Con la calle empapada por el bautismo del regreso, secándome el agua de los ojos, apelé al silbido que solo quién fuera como un padre y yo conocíamos.

En el rectángulo del cristal empañado, el rostro de mi madre reflejó sucesivamente la alarma, el reconocimiento, el estupor y la felicidad. Llovió todo el domingo, pero no importaba; yo no tenía que ir a ningún lado. Casi ningún pariente fue enterado de mi regreso. Tener con quién compartir un domingo es más importante que tener con quién salir un sábado. Después de mi llegada, el amanecer se filtró por las persianas entreabiertas. El mate cocido traído por mi madre se enfrió en la taza, sobre la mesa de luz. A mediodía mi madre vino a la habitación para almorzar conmigo, pero sin intervenir, limitándose a cambiar los platos casi intactos. Inmóvil, de costado hacia mí, estaba sentado mi padre junto a la cama y escuchó en silencio mis historias de palacio y desamores. De vez en cuando mi padre confirmó con un gesto, arqueaba las cejas si necesitaba una aclaración, sonreía si estaba de acuerdo. Pero fui yo quien más habló. Sólo al principio, cuando separamos nuestras cabezas confundidas en el abrazo del reencuentro, mi padre pronunció una pregunta y una afirmación, donde hubo un trazo de orgullo.

— ¿Volviste por nosotros? — dijo mi padre.

— Sí — respondí.

Beba y Pocho juntos se quedaron escuchando la puesta al día de esos años robados, donde cabe además mi tratamiento. Mi padre oyó sin soltar mi mano. Después, en silencio, la llevó a su mejilla y descansó la cabeza, sonriendo. La verdadera paz había empezado para los dos a partir de ese silencio: es la forma del perdón que fui a buscar.

— Un día me levanté y supe que lo único que quería era volver — dije.

Con mis padres atentos y hundiendo sus sentidos en los oídos traté de reproducir la textura de estar vivo. Les conté, mientras el hedor a cremas balsámicas envolvía el cuarto, cómo había dejado atrás los pasillos del Congreso. Recordé la última reunión de comisión. Evoqué las mímicas de los parlamentarios y el atenuante de no tomar apuntes. Encaré hacia los ascensores del Anexo y salí por Riobamba. Saludé a mi amigo Mondongo sin dar explicaciones. Me quité la corbata y la presión de cubrir la Honorable Cámara de Diputados de la Nación.

— Sentí un gran alivio, ma.

Una ensalada de alocuciones y tonadas de todas las provincias botaban en mi cabeza mientras me deslizaba por Combate de los Pozos. Pasó menos de un mes y un amigo me convocó para trabajar en los barrios de emergencia. Me sumé al equipo y más tarde al programa Arte en barrios donde se organizaban festivales, visitas guiadas y cine móvil. Al mismo tiempo, el Gobierno Nacional desembarcó en suelo porteño con otro programa: El Estado en tu barrio. Junto con un compañero fuimos designados cómo el enlace de los referentes vecinales y el funcionarado. A través del llamado operativo "enamoramiento", allí donde el asfalto se subleva, debíamos cinturear el clima social.

DATA ENTRY

Era muy difícil tropezar con un milagro en un lugar con tantas necesidades. A ella la conocí en pleno trabajo de campo. Una mujer joven, guapa e inteligente. Disfrutaba al ver su sonrisa leve, sus ojos achinados y su cabello blondo, osado. Trabajamos cada uno abocado a su área y en coordinación. No hubo rebotes hacia arriba y eso era lo importante. Ambos programas tuvieron un cierre de año vitoreando el éxito de la gestión.

Pasó el tiempo y dejé de verla. Ella fue nombrada en un cargo. Una tarde, en una historia de instagram, publicó una foto de un libro quemándose en un basural de Fraga, Chacarita. Reconocí la esquina y la portada. Era un ejemplar de «Adiós a las armas» de Ernest Hemingway. Reaccioné a su posteo. Ella me respondió — no lo leí — yo le escribí — te lo voy a regalar.

Antes de mi regreso cumplí con mi palabra. Tomé el ejemplar de mi biblioteca y le escribí para coordinar un encuentro. Nos encontramos en el inicio del otoño. Como en las historias circulares retorné al territorio donde comencé mi periplo en 2001. El mismo organismo donde me desempeñé como data entry de un censo de hoteles dónde se alojaban familias en situación de calle. Al llegar me sorprendí por la ausencia de organizaciones sociales en la puerta principal de Promoción Social ¿Dónde estaba el Movimiento de ocupante e inquilinos? ¿Dónde estaba el Movimiento territorial de liberación? Toqué el timbre y un empleado de seguridad me enseñó el camino. La dependencia permanecía inalterable.

En la sala de espera de la oficina 100, ella emergió con su pelo recogido por encima del rostro. Su belleza fue aparición, no apariencia. Su vestido negro y estampado con un cincelado de flores envolvía su figura. Ella se acercó. Yo, floté. Me saludó con un abrazo amable y aprecié su aroma. Su perfume sigue siendo la forma más intensa de su recuerdo.

— Mucha suerte, Mauro — me dijo mirándome a los ojos.

— Gracias, tengo algo para vos —  le respondí.

Sobre la mesa de reuniones apoyé una bolsa de regalos con un ejemplar del libro de Hemingway. A diferencia de los operativos donde nuestro trato era meramente laboral, esa tarde pudimos entretejer una charla sin ignorar que ya no nos vinculaba una relación profesional. Allí estábamos sentados, uno al lado del otro, con los celulares amordazados. Lo que a priori sería un encuentro de unos minutos progresó en una conversación de una hora y media. Hablamos de escritores, poemas, canciones y militancia. Mientras el sol reposaba en los techos de AySA se consumó nuestro encuentro. ¿Por qué de esta manera, a través de ventanas y visillos? Ella me agradeció por el libro y yo por su tiempo. Nos despedimos con otro abrazo. La sabiduría brota al estar embelesado y mi aliento ya se perfilaba con vista al mar.

— Salí y te llamé, ma. ¿Te acordás?

— Sí, hijo — respondió mi madre. 

¿Cómo llegué hasta ahí? Porque ella realzó en una fotografía un libro que mutaba de la encuadernación a las cenizas.

— ¿Cómo se llamaba?

— Se llama Catarina.

— ¿Te gustó?

— Muchísimo.

En noventa minutos ella situó la conversación alrededor de la obra de Albert Camus, Cristina Peri Rossi e Idea Vilariño ¿Lo hubiese vivido de no haber dejado atrás el Congreso? Es contrafáctico. Solo sé que acerté en la gestión con un poema hecho mujer que me aprehendió envuelta en su pelo rizado. ¡Su pelo! Una invitación sinuosa al olimpo. 

LA ULTIMA NOCHE

Con mis padres ya casi no teníamos nada que decirnos que no sepamos para siempre. A medianoche, abriendo los ojos, mi padre susurró unas palabras y acerqué el oído para recibirlas. Mientras obedecía a su pedido, me sentí a la vez humilde, poderoso, protector, ser vivo admitido a la intimidad de esas horas finales que los moribundos casi nunca comparten. Mi padre ya estaba demasiado débil y no podía valerse por sí mismo, pero estaba yo ¿Quién es el padre, quién el hijo? Levanté la sábana, busqué entre las ropas, arrimado el orinal, sostuve en mi mano lo que puede ser una flor o un fruto.

Llegó la noche y nos fuimos a dormir. Ellos en su cuarto y yo en un colchón en el living. El día comenzó con trinos de pájaros. Aquella mañana inexorable mi padre se alivió y volvió a su entresueño apacible, hasta que el clarear del día marcó la expiración de mi propio plazo. Entonces besé por última vez su frente sin despertarlo. Estaba contemplándolo cuando oí a mi lado el sollozo impasible de mi madre. Tomé su mano y salí de la habitación, cerrando sin ruido la puerta del hombre y la mujer que morirían esa mañana con dos horas de diferencia, sin mí… conmigo. Sus semblantes habían recobrado el estoicismo. Venían lidiando contra fuertes dolores y dificultades respiratorias espantosas. Mi madre dormía. Le hablé, creo que me escuchó. Traté de despertarla pero no hubo caso. La cambié de cama al tiempo que llamé a la ambulancia por lo sucedido con mi padre que ya no espiraba. El médico al llegar advirtió a mi padre ya fallecido, asistió a mi madre y me reveló — Está en gasping — es el término utilizado para la respiración agónica. Unos minutos después ella dejó de jadear. ¿Un acto de amor? Beba y Pocho se fueron juntos, mientras observaba la taza de mate cocido y un rosario sin los misterios gozosos que colgaba de un portarretratos con una foto de mi primera comunión. Mi existencia abrigó la confusión y el sentimiento devastador de la orfandad. Quedé desolado ante semejante performance. En ese momento pensé en la dicha de estar presente de  cuerpo y alma ¿Qué hubiese pasado si recibía un llamado telefónico dándome la mala noticia? Estaba ahí, cómo un testigo bendecido vaya saber por qué divinidad. Miré en torno a la habitación y observé los muebles anticuados, las prendas amontonadas y los sobres enormes con resultados de estudios médicos. Me pregunté ¿Por dónde empiezo? Cuando mueren tus padres lo más difícil de vaciar de la casa son las mesas de luz. Esos cajones concentran todos los recuerdos; son intimidad y detalles. Se abren con miedo porque sabés, con certeza, que vas a llorar. Abrí el cajón de mamá examinando documentación. Lo primero que vi fue una postal.

LLEGADA

Mi madre arribó a la Feliz en el año 1993 y se hospedó en Avenida Colón y Santiago del Estero; en la cuadra del Automóvil Club Argentino, en casa de dos jubilados de los más macanudos, Dora y Juan. El matrimonio la albergó hasta que acertó con un empleo y alquiló un departamento de un ambiente en Sarmiento y Falucho. Yo vivía en Buenos Aires. Mi madre me envió una postal de la costa atlántica por correo que aún almaceno. Ella describía en el dorso cómo recorrió peluquería por peluquería hasta dar con un local a dos cuadras de la vieja terminal de ómnibus donde hoy se ubica uno de los shopping más importantes de la ciudad. Flora, una estilista experimentada, le dio su primera oportunidad. Mi madre en treinta años cimentó una red de amistades que de haber participado en el partido político “Acción marplatense” le hubiese disputado cabeza a cabeza la intendencia al ex jefe de la ciudad, Gustavo Pulti. Con mi madre hablábamos por teléfono casi todos los días. Le costaba la reclusión. Cuando se jubiló su columna fue a parar a boxes. Como los buenos jugadores, la rosca jamás la perdió. En su esplendor con dos o tres cortes de pelo allanaba la mala cosecha. Cocinaba albóndigas con fideo moño mientras yo limpiaba el patio de comidas del único shopping de entonces. Espalda con espalda le hicimos pito catalán a una ciudad que lideraba el ranking nacional de desocupación. Antes de volver a Mar del Plata le detallé que había encontrado una inmobiliaria de confianza para alquilar mi departamento porteño.

— Viruteé los pisos, dejé los picaportes brillosos y los zócalos parecen un espejo.

— Como en los Gallegos — me apuntó mi madre y dio un giro de ciento ochenta grados en la conversación — Vos sabes que salgo al balcón todos los días a las cinco...

— ¿Por qué?

— Una vecina toca el acordeón. Le pedimos una canción y la toca.

Pocho, mi segundo padre, compañero de mi madre durante más de dos décadas compartía con ella los pasatiempos y los gustos musicales. Él fue nuestro Ronnie Wood. El guitarrista de los Rolling Stones tras la salida del talentosísimo Mick Taylor. Wood no era un virtuoso pero aportó bajo sus cinco cuerdas la alegría que necesitaban sus majestades satánicas. Pocho ingresó y modificó la marcha de la familia para siempre.

Solíamos hablar por la noche pero ese día decidí llamarla por la tarde.

— ¿Cómo están?

— Bien, hijo. Ahora te llamo, vino canal 10.

— ¿Pasó algo?

— No, todo bien. Pasó algo lindo — mi madre tenía la capacidad de suavizar con su voz y su acento cualquier desdicha.

Ante una adversidad mi madre tenía las palabras justas para que la impaciencia no progrese. Su manera de enfrentar los inconvenientes era un respingo para mi ánimo en picada. Mi madre salió esa tarde al balcón y conversó con un periodista. Rodeada de sus geranios, petunias, cactus, bugambilia y gitanillas. Siempre escoltada por Pocho, su compañero.

— ¿Cómo se llama?— preguntó el movilero de Canal 10. 

— Sabes que no sé. ¡¿Cómo te llamas?!— averiguó a los gritos mi madre a su vecina la acordeonista, como si estuviera en la popular de Aldosivi.

— ¿Qué toca siempre? — indagó el periodista.

— Lo que le pedimos.

Vi las imágenes del Canal 10 por YouTube y abrigué la idea de volver a atesorar una postal de la ciudad que eligió mi madre para residir. Una vez le preguntaron al escritor Jorge Luis Borges sobre la capital que adoptó para vivir: "París no ignora que es París, la decorosa Londres sabe que es Londres, pero Ginebra casi no sabe que es Ginebra". El paso de la infancia a la adolescencia de Valentino fue imperceptible para mis ojos. Como solíamos hacer, al cruzar la avenida trabé su mano con la mía y me miró inmóvil. Sus ojos coexistieron como dos perdigones fulminantes. Cruzó solo. Algo allí también se había marchito. Espaciosamente dejé de ser un plan para él, fue así como mis reflexiones vagaban de manera recurrente alrededor de volver a estar cerca de mi madre a través de mi regreso a Mar del Plata. Como el viejo Tobías (periodista que conocí cuando ingresé a la sección deportes del diario) todo lo relacionaba con la orquesta de Juan D´Arienzo. En un campeonato de truco que nos ganó en la final me reveló — ¡Qué dupla hacemos con el narigón! Somos una orquesta. Me voy a casa con la felicidad latiendo en el cuore; como escuchar a D´Arienzo. En otra ocasión me comentó — Escuchá ese grillo, Maurito. Parece el sonido de un violín.

MIRTA

Mirta brindaba su concierto todas las tardes desde las cinco y media de la tarde. Vivía en un edificio delante del piso de mi madre. Debajo funcionaba un local que despachaba pan y facturas. En el mismo lugar donde en 1993 relumbraba la peluquería de la extinta Flora. La peluquera del barrio fue la primera persona que le dio una oportunidad a madre en la ciudad más propicia a su felicidad. Mirta, la célebre acordeonista, tuvo sus quince minutos de fama. Tocó y habló por televisión.

Mientras embalaba mis cosas busqué la tarjeta que atesoré durante treinta años. La localicé pronto. Allí estaba la letra desteñida de mi madre donde en un párrafo me cuenta sobre sus primeros días en La Feliz. Me embargó un súbito ahogo leer un escrito de mi madre de puño y letra. La postal tembló en mi mano vacilante y medrosa.

MANGA

La indemnización de la agencia de publicidad me ayudó para reunir una suma de dinero importante y pagar el adelanto de un crédito hipotecario. Mi casa propia me dio tranquilidad. Seguí el consejo de mi amigo Gusti e inicié la tarea de generar mis propios ingresos. Diez años de sobriedad y la valla de volver a enamorarme me inscribió como un realizador de proyectos, asexuado, deslucido y opaco ¡Qué lindo es suspender el tema amoroso! La vida es más potente y productiva.

Al repasar los cuadernos de los años vencido en la depresión siento que repaso la historia de otro hombre. Cambié. El cambio es la única cosa inmutable. Quizás me abracé al agobio en demasía. Ahora que tengo motivaciones serias para estar apenado, caigo en la cuenta de la cantidad de pensamientos retorcidos que arrastré en mis espaldas. Durante la última década me dispuse a ordenar mi vida y regresar al mar. Aspiré a reformular mi relación con Valentino, dejé de ser su árbitro para ser su papá. Entiendo que lo logré. Por otro lado, adormecí mi rol de hombre. Mi vuelta a la terapia me hizo ver que cuando mi yo padre y mi yo hombre logramos cierta firmeza, mi yo hijo suplicó pista. Precisaba estar cerca de mis padres. Mi madre realmente lo esperaba tanto como yo. Ella siempre estuvo a mi lado en esos días en los que vivís dentro de vos. Y no sabes si sos un laberinto, una prisión, un jardín secreto o un acantilado desde el que saltar. Fue la artífice (por segunda vez) de situarme en la vida. Mi madre fue lecho, cauce y sedimento. Tenía el poder de destruirme y no lo hizo. Ella creía en mí y me ayudaba a barrer las migas. Me socorrió a curar al niño que demandaba a través de las malas decisiones. Durante años escuchó mi desilusión por la pérdida de Amparo. Me auxilió en mi confusión entre enamoramiento y obsesión.

Tuve la fortuna de intuir que mi madre se iba a morir. Pensé ¿Qué cosas todavía no le dije? ¿Qué cosas no me quiero guardar? Ella me esperó. Conservaba su perspicacia y lucidez pero su cuerpo estaba dañado. Estaba sola al cuidado de mi padre que arañaba los noventa años. Intenté por todos los medios hablar con Valen para explicarle mi decisión. Durante varios fines de semana se negaba a venir a casa ¿Cómo miras a la persona que amas y le dices que es hora de irte? La despedida con mi hijo no pudo ser presencial. Fue por una videollamada. Recuerdo su cara de desconcierto ¡Mi papá se va! Al año siguiente, Valen escribió un texto para un ejercicio del colegio. Me lo envió. Al leer lo que había escrito, juzgué que mi decisión de regresar a Mar del Plata no había sido tan equivocada.


***


Le iba a escribir a mi Papá pero no me animo. Me da vergüenza. Él me contó que hablarle al abuelo le daba como miedito y hablar con la abuela era lo más goood. La abu Beba era re copada. No parecía una abuela. Le iba a escribir a mi Papá pero lo voy a ver en Pascuas. Hay dos días que no hay clases. Antes sabía por qué, cuando iba a catequesis para la primera comunión. Tenía ganas de escribirle a mi Papá para decirle que lloré cuando murió la abuela y el abuelo, pero no me animé. Mi Papá se fue a vivir a Mar del Plata. Corte que llegó, al toque se enfermaron y se murieron doce días después. Mi Papá dice de memoria como si fuera para una prueba, “llegué el domingo 25 de abril y murieron el 7 de mayo”. Por suerte que estaba con ellos. Mi Papá no sé cómo hizo pero llamó a la ambulancia y estuvo ahí. Re pro, yo no hubiese sabido qué hacer. No sé, me pongo a gritar. Mi Papá parece fuerte pero yo lo vi llorar. Creo que mi Papá se va a acordar de la abuela Beba y el abuelo Pocho para siempre. Estoy seguro. Al principio no entendí que se vaya a Mar del Plata pero ahora lo entiendo. Mi Papá, la abuela Beba y el abuelo Pocho eran como una persona. No sé cómo explicarlo, hablaba uno por vez, como si hubiesen practicado antes. Le iba a escribir a mi Papá para decirle que sigo siendo de Chacarita pero me encanta Boca. Ahora me di cuenta que me gusta más, pero no dejé de ser de Chaca. Yo pensé que a mi Papá le gustaría que sea sólo de Chaca, pero me dijo que le encanta que comparta la pasión con mami. Mi Mamá es más fanática de Boca que mi Papá de Chacarita. Mi Mamá me llevó a la cancha a ver a Chaca contra San Martín de San Juan. Se puso una gorra que dice “Dale Funebre”. Yo sé que lo hace por mí. Creo que mi Mamá y mi Papá hablaron en el colegio para me cambien del A al B. Lo hicieron juntos. Ahora estoy con mis amigos en la misma división. Es re pro que Mami, que es una genia y Papi también hagan cosas juntos. Me gustaría que cómo fuera con la abuela y el abuelo, mi Mamá y mi Papá sean como una sola persona. Re cool. ¡Es como juntar las gemas para crear un Thanos bueno y re poderoso! Le iba a escribir a mi Papá pero me da un poco de vergüenza porque él es periodista. Pero también juega a la pelota y yo ahora juego en Deportivo Italiano. Mi Papá antes corría más, desde que el pelo se le empezó a poner gris clarito le cuesta. En el último viaje se puso más blanco. ¿Querrá tener el pelo como el abuelo? El no decide el color. Mi Papá tiene amigas y amigos. Mecha es su vecina. Era amiga de la abuela Beba. A mi quiere como un nieto y a Papá como un hijo. Mi Papá me habló de Mecha en el viaje a Mardel. Papá tiene como algo para contar, no sé. Me gustaría que sea el profesor de las materias aburridas. Papá me dice que fue a comprar y parece todo como un cuento. Mueve las manos y se re concentra. Mal. A mí me gustaría que en la radio sea más como es en casa. Mi Papá estudia como si fuera una prueba. Le gusta ir a la radio. Invita gente y siempre van. Nadie falta. Eso está re bueno porque cuando festeje su cumple y si van todos lo que fueron al programa sería una fiesta re godd. Me gustaría escribirle a mi Papá pero empecé un nuevo comic de “Somos Quintillizas”. Una serie de manga de Negi Haruba. Esta re bueno, muuuy goooddd. Yo entiendo lo que es perder a la mamá. Futarō Uesugi es el protagonista del manga y su mamá murió también. Le voy a contar a mi Papá sobre Ichika, Nino, Miku, Yotsuba e Itsuki. Como no me animo a escribirle, capaz con el manga le puedo decir de alguna forma que yo también extraño mucho al abuelo Pocho y a la abuela Beba.

En nuestros encuentros en el horario de la merienda, le conté a Mecha que se cumplieron tres años de mi llegada. Ella me dijo — No sé si va ser tu lugar pero yo agradezco tu decisión. Cuando llegué lo primero que me llamó la atención fue mi madre. Ella misma se había cambiado el color del pelo. Parecía la Beba de fin de siglo pero sin el vigor físico de entonces. Hay gente que calcula las épocas por mundiales, yo los mido por la edición de discos. Mi madre tenía esa tonalidad matizada por un color chocolate entre la salida «Narigón del siglo» y «Rey sol» de Páez.

Es bravo, ahí donde la toques, la memoria duele. Mi padre me esperaba con un platazo cocinado por él: osobuco, papas, batatas, calabaza y choclos. Con mi llegada tendría un compañero para comentar: — otra vez perdió Chacarita — sin sentirse tan solo y tantear las peras maduras en la verdulería de la calle Las Heras para que mi madre no lo haga ir dos veces. Mi padre me decía — Ves a River y no podes creer que Chacarita juegue al mismo deporte. El descenso de Chaca estaba al caer y yo también. 

***

Perder a alguien que amas es alterar tu vida para siempre. Y no lo superas, porque es la persona que más querés. El sufrimiento acaba, llega gente nueva, pero la ranura nunca se cierra. Este cachetazo no me la esperaba. Los dos juntos y el mismo día. Es extraño, la llaga no se ve pero se siente. El duelo no te cambia, te revela. Si lo veo bien me pasaron más cosas buenas que malas. Sólo que a las malas le doy más importancia. Hace tres años salía hacia Mar del Plata en búsqueda de una mejor compañía, de la poesía, del candor, de los pucheros, del mar y la magia, ¿valió la pena? Yo creo que sí. El dolor, cuando no se convierte en verdugo, es un gran maestro. Perdí parte de mi vida. No es una metáfora, literalmente se llevaron recuerdos, nombres, secretos de familia, charlas, recetas, llamadas de teléfono sin motivos. Hace tres años arribaba a Stella Maris a bordo de un flete ilícito en fase 2, con muebles, libros y abrazando una zona de promesas que se esfumó en doce días. Quizá algún día deje de estar atado a este capricho de buscar fragmentos míos en lugares donde ya no existo.