14 de enero de 2026

NO SÉ CÓMO QUERERTE










Le avisé a papá que iba después de Año Nuevo.

Así, sin ceremonia.

Para mí era una fecha más,

un casillero que se tilda en el calendario.

Para él fue una cuenta regresiva,

una carrera silenciosa contra el tiempo.

Eso lo entendí después.

En ese momento, no.

 

Llegué un miércoles a las cinco y media de la mañana,

con el cuerpo roto de sueño

y la cabeza en cualquier lado.

No venía mal,

pero tampoco venía con fuego.

Era más bien cumplir.

Como ir a una clase obligatoria,

no a una que te cambia la vida.

 

Papá me miraba demasiado.

Siempre me mira así,

como quien revisa una foto vieja

para ver si todavía coincide con la realidad.

Y no,

no soy el mismo.

Claro que no.

Eso a veces le duele,

aunque nunca lo diga.

 

Sé que piensa que no registro.

Tal vez tenga razón.

Pero no es que no registre:

es que estoy en otra frecuencia.

En mi mundo,

en mis tiempos,

en mi edad.

Cuando me dice “salí diez minutos antes”,

yo escucho…

pero después hago la mía.

No por desprecio,

sino por necesidad.

Porque necesito sentir

que mi vida es mía.

 

Esa noche salí tarde.

Llovía.

Me empapé.

Volví con bronca,

más conmigo que con él.

Me lavó la campera.

Cuando me la puse sentí que no abrigaba igual

y lo dije mal,

cortante,

con la cara dura.

No quise herirlo,

pero lo herí.

 

Siempre es así:

no quiero lastimar

y termino lastimando igual.

 

Fuimos a comer.

McDonald’s, Burger King, lo que hubiera.

Yo no tenía hambre,

pero igual íbamos.

La hamburguesa me dio asco.

La gaseosa estaba horrible.

Me quejé.

En ese momento vi la incomodidad,

no el esfuerzo.

Hoy sé que el esfuerzo

era amor disfrazado de rutina.

 

Me paseó por la ciudad

como si yo fuera un turista:

feria,

centro,

shopping.

Yo atrás, con el celular.

Él adelante,

intentando que algo me tocara.

 

Cuando me contó que había trabajado limpiando en uno de esos lugares

no supe qué decir.

No porque no me importara,

sino porque su pasado

y mi presente

no entraban en la misma frase.

Era otra vida.

Otra película.

Otro idioma emocional.

 

Lo del celular fue eterno:

esperar,

sentarse,

volver a esperar.

Yo impaciente.

Él en silencio.

Ahora sé que ese silencio

no era paciencia:

era cansancio.

 

Hizo todo para que me encontrara con Luca.

Y lo logró.

Fue un gesto enorme.

Pero no se lo dije.

No me sale.

Nunca supe decir “gracias”

sin sentir que me quedaba desnudo.

 

Salí dos noches.

Hice la mía.

No pensé en horarios,

ni en su sueño,

ni en su cansancio.

Pensé en mí.

En mis ganas.

En esa libertad nueva

que todavía no sé manejar sin romper cosas.

 

No es que no tenga empatía.

Es que todavía no aprendí a usarla

sin perderme a mí mismo.

 

Sé que papá está cansado.

Se nota en cómo camina,

en cómo se sienta,

en cómo respira.

No quiero que esté así por mí,

pero tampoco sé

cómo dejar de ser quien soy ahora.

 

Él dio su vida por mí.

Yo estoy intentando empezar la mía.

Y eso choca.

Choca fuerte.

 

Yo lo quiero.

Mucho más de lo que se nota.

Pero no sé cómo demostrarlo

sin sentir que vuelvo a ser chico.

Y no quiero volver a ser chico.

Quiero crecer,

aunque me lleve cosas puestas.

 

Cuando pienso en esta visita

no pienso en los lugares.

Pienso en su mirada cansada.

En cómo esperaba algo

que yo todavía no sabía darle.

 

No fue una visita feliz.

Tampoco fue triste.

Fue real.

 

Un padre

aprendiendo a soltar.

 

Un hijo

aprendiendo a no salir corriendo.

 

Y entre los dos,

ese silencio raro

que no es falta de amor,

sino un montón de palabras

que todavía no sabemos decir

sin quedar expuestos.



No hay comentarios:

Publicar un comentario