Le
avisé a papá que iba después de Año Nuevo.
Así,
sin ceremonia.
Para mí
era una fecha más,
un
casillero que se tilda en el calendario.
Para él
fue una cuenta regresiva,
una
carrera silenciosa contra el tiempo.
Eso lo
entendí después.
En ese
momento, no.
Llegué
un miércoles a las cinco y media de la mañana,
con el
cuerpo roto de sueño
y la
cabeza en cualquier lado.
No
venía mal,
pero
tampoco venía con fuego.
Era más
bien cumplir.
Como ir
a una clase obligatoria,
no a
una que te cambia la vida.
Papá me
miraba demasiado.
Siempre
me mira así,
como
quien revisa una foto vieja
para
ver si todavía coincide con la realidad.
Y no,
no soy
el mismo.
Claro
que no.
Eso a
veces le duele,
aunque
nunca lo diga.
Sé que
piensa que no registro.
Tal vez
tenga razón.
Pero no
es que no registre:
es que
estoy en otra frecuencia.
En mi
mundo,
en mis
tiempos,
en mi
edad.
Cuando
me dice “salí diez minutos antes”,
yo
escucho…
pero
después hago la mía.
No por
desprecio,
sino
por necesidad.
Porque
necesito sentir
que mi
vida es mía.
Esa
noche salí tarde.
Llovía.
Me
empapé.
Volví
con bronca,
más
conmigo que con él.
Me lavó
la campera.
Cuando
me la puse sentí que no abrigaba igual
y lo
dije mal,
cortante,
con la
cara dura.
No
quise herirlo,
pero lo
herí.
Siempre
es así:
no quiero
lastimar
y
termino lastimando igual.
Fuimos
a comer.
McDonald’s,
Burger King, lo que hubiera.
Yo no
tenía hambre,
pero
igual íbamos.
La
hamburguesa me dio asco.
La
gaseosa estaba horrible.
Me
quejé.
En ese
momento vi la incomodidad,
no el
esfuerzo.
Hoy sé
que el esfuerzo
era
amor disfrazado de rutina.
Me
paseó por la ciudad
como si
yo fuera un turista:
feria,
centro,
shopping.
Yo
atrás, con el celular.
Él
adelante,
intentando
que algo me tocara.
Cuando
me contó que había trabajado limpiando en uno de esos lugares
no supe
qué decir.
No
porque no me importara,
sino
porque su pasado
y mi
presente
no
entraban en la misma frase.
Era
otra vida.
Otra
película.
Otro
idioma emocional.
Lo del
celular fue eterno:
esperar,
sentarse,
volver
a esperar.
Yo
impaciente.
Él en
silencio.
Ahora
sé que ese silencio
no era
paciencia:
era
cansancio.
Hizo
todo para que me encontrara con Luca.
Y lo
logró.
Fue un
gesto enorme.
Pero no
se lo dije.
No me
sale.
Nunca
supe decir “gracias”
sin
sentir que me quedaba desnudo.
Salí
dos noches.
Hice la
mía.
No
pensé en horarios,
ni en
su sueño,
ni en
su cansancio.
Pensé
en mí.
En mis
ganas.
En esa
libertad nueva
que
todavía no sé manejar sin romper cosas.
No es
que no tenga empatía.
Es que
todavía no aprendí a usarla
sin
perderme a mí mismo.
Sé que
papá está cansado.
Se nota
en cómo camina,
en cómo
se sienta,
en cómo
respira.
No
quiero que esté así por mí,
pero
tampoco sé
cómo
dejar de ser quien soy ahora.
Él dio
su vida por mí.
Yo
estoy intentando empezar la mía.
Y eso
choca.
Choca
fuerte.
Yo lo
quiero.
Mucho
más de lo que se nota.
Pero no
sé cómo demostrarlo
sin
sentir que vuelvo a ser chico.
Y no
quiero volver a ser chico.
Quiero
crecer,
aunque
me lleve cosas puestas.
Cuando
pienso en esta visita
no
pienso en los lugares.
Pienso
en su mirada cansada.
En cómo
esperaba algo
que yo
todavía no sabía darle.
No fue
una visita feliz.
Tampoco
fue triste.
Fue
real.
Un
padre
aprendiendo
a soltar.
Un hijo
aprendiendo
a no salir corriendo.
Y entre
los dos,
ese
silencio raro
que no
es falta de amor,
sino un
montón de palabras
que
todavía no sabemos decir
sin
quedar expuestos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario