Hay
fechas que uno imagina con anticipación, fechas destinadas a ocupar un lugar
especial. Se las mira venir de lejos, se las rodea en el calendario, se las
visita mentalmente durante días. Uno cree que, al llegar, algo va a alterarse
en el ritmo habitual: una pausa, una respiración distinta, cierta conciencia de
estar atravesando un umbral.
Pero no
siempre ocurre.
A veces
el día llega con absoluta normalidad y se instala en la rutina sin anunciar
nada.
Eso fue
el 27 de abril.
Había
pensado en esa fecha durante semanas. Cinco años exactos desde la mudanza a
Fortaleza. Cinco años desde aquel arribo cargado de cajas, expectativas y una
fe todavía intacta en la posibilidad de empezar de nuevo. Un número redondo,
suficiente para justificar al menos una pequeña ceremonia privada: un café
largo frente al mar, una caminata, una conversación silenciosa consigo mismo.
Nada de
eso ocurrió.
El día
amaneció gris, con un cielo bajo y opaco. Desde temprano hubo mensajes, tareas,
clases, llamados, asuntos pequeños pero insistentes. La vida desplegó su rutina
habitual y él avanzó detrás de ella, obediente.
Responder
un mensaje.
Corregir
un texto.
Buscar
un papel.
Preparar
algo para la radio.
Resolver
pequeñas urgencias.
A la
noche, cuando finalmente pudo sentarse un momento, el cansancio ya había
cubierto todo. No recordó nada. O recordó sin detenerse.
Recién
al día siguiente apareció la incomodidad.
Era 28.
La
fecha irrumpió mientras preparaba café. No tuvo nada de revelación grandiosa;
fue apenas una corrección íntima.
Era
ayer.
Lo dijo
en voz baja, con una mezcla de fastidio y desconcierto.
Entonces
empezó a reconstruir.
Volvió
a esa primera noche de cinco años atrás. El viaje. Las cajas todavía cerradas.
El traslado. El aire distinto, más húmedo, más ancho. La sensación concreta de
haber llegado a un territorio todavía ajeno, aunque disponible para ser
habitado.
Recordó
el departamento vacío y el eco.
Las
bolsas apoyadas sobre una silla.
La
primera compra en el supermercado del barrio: aceite, pan, papel higiénico, una
Coca-Cola tibia.
La
cocina improvisada de una milanesa con puré.
Una
foto enviada para avisar: estamos acá.
Había
algo profundamente conmovedor en esos rituales mínimos. Fundar una nueva vida
parecía consistir menos en grandes decisiones que en acciones elementales:
encontrar dónde guardar los cubiertos, elegir qué taza usar primero, anotar
gastos en un cuaderno.
Las
casas empiezan así.
No con
arquitectura, sino con costumbres.
Pero
una vez activada, la memoria no acepta consignas.
Avanza
sola.
Del 28
pasó al 29, y el 29 ya tenía otra temperatura. Una inquietud difícil de
precisar.
Y
después el 30.
Ahí
estaba el verdadero centro de gravedad.
La
muerte de su madre.
La
noticia irrumpió sin transición. Todo lo que había comenzado a organizarse
durante esos días quedó atravesado de inmediato por otra lógica. Hubo que
volver al centro, desarmar planes, habitar trámites, llamadas y decisiones
prácticas mientras algo esencial se fracturaba.
Ese
primer hogar quedó suspendido.
Habían
llegado para inaugurar una vida y, antes de acomodar del todo los libros, la
muerte ya había dejado su marca.
Quizás
por eso el aniversario había pasado casi sin registro.
No era
olvido.
Era
otra cosa.
Algunas
fechas contienen demasiadas capas: expectativa, pérdida, duelo, esperanza,
decepción, reconstrucción. Demasiado material comprimido en un mismo punto.
Entonces
el cuerpo elige un método más simple.
Hace.
Se
ocupa.
Contesta
mensajes.
Corrige
textos.
Compra
pan.
La
acción desplaza todo lo demás.
Cinco
años.
Pensó
en eso mientras miraba por la ventana.
Cinco
años hacia atrás llevaban a otra versión de sí mismo. Una vida anterior. Antes
de ciertas personas, antes de algunos dolores del cuerpo, antes de la pandemia,
antes de hábitos nuevos y renuncias inevitables.
Aunque
enseguida corrigió esa idea.
No
existe un antes puro.
Nada
empieza realmente de cero.
Todo ya
estaba insinuado, esperando.
La vida
no avanza por compartimentos cerrados. Superpone capas. Encadena decisiones que
en apariencia son pequeñas y que, años después, revelan su dimensión real.
Miró
sus manos sosteniendo la taza.
Pensó
en la década.
De los
cuarenta a los cincuenta.
Dicho
así sonaba administrativo, casi burocrático. Pero vivido desde adentro había
sido otra cosa: una acumulación intensa, demasiados episodios para ordenarlos
sin empobrecerlos.
Mientras
ocurren, los años parecen extensos.
Mirados
hacia atrás, se contraen.
Quizás
por eso la memoria falla precisamente en las fechas que uno considera
importantes.
No
porque no importen.
Sino
porque importan demasiado.
Y
necesitan rodeos.
Necesitan
demora.
Tal vez
escribir sea eso.
Una
segunda oportunidad para recordar.
No el
recuerdo exacto —esa ilusión imposible— sino una forma más nítida de comprender
lo vivido.
Escribir
no corrige nada.
No
devuelve a nadie.
No
altera fechas ni resultados.
Pero
ordena.
Traza
una línea entre escenas dispersas y les concede cierta forma.
Terminó
el café ya frío.
Afuera
seguía nublado.
Miró el
calendario del celular con una leve desconfianza.
La
memoria había llegado tarde.
Pero
había llegado.
Y eso,
por ahora, alcanzaba.
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