20 de mayo de 2026

LA AUSENCIA YA ES ADULTA




El 20 de mayo dejó de ser, hace tiempo, una fecha. Se convirtió en otra cosa: una manera privada de medir el tiempo. Hay personas que organizan la vida alrededor de trabajos, mudanzas, gobiernos. Yo la organizo también alrededor de las pérdidas. Hoy se cumplen 21 años de la muerte de mi papá. Y hay algo extraño en esa cifra: veintiún años es la mayoría de edad de una ausencia.

Mi viejo murió a los cincuenta y ocho. Ahora esa edad me parece joven. Tal vez siempre lo fue y yo no tenía cómo saberlo. Cuando un padre muere así, lo que falta no es solo él. Falta también el tiempo que no llegó a vivir. Los años que no alcanzaron. El hombre que habría sido después. A veces pienso que no enterré sólo a mi viejo, sino también a todas sus versiones futuras.

Después de una pérdida así uno desarrolla mecanismos silenciosos de supervivencia. Nadie se vuelve huérfano de un día para otro. La intemperie aparece de manera gradual y, mientras tanto, uno busca dónde apoyarse. Yo encontré algo paterno en conductores donde fui columnista, en jefes de redacción, en referentes. Y más tarde apareció Pancho, que ocupó ese lugar de sostén, de orientación, de referencia emocional. Nunca los pensé como reemplazos. Eran otra cosa. Formas transitorias de protección. Personas que, de algún modo, ayudaban a que la ausencia original no resultara absoluta. Durante más de una década Pancho ocupó ese lugar. Hasta 2021.

Ahí la historia cambió otra vez. Porque ya no faltaba solamente mi padre biológico: comenzaron a desaparecer también quienes sostenían cierta idea de refugio. Murió mi mamá. Pancho dejó de estar cerca. Y entonces apareció una sensación distinta, más desnuda. La orfandad sin matices. Recuerdo una frase de Jorge Hurst: “Bienvenido a la orfandad”. Nunca intentó consolarme. Y quizás por eso me acompañó tanto. Hay frases cuya única función es nombrar con precisión aquello que uno todavía no puede explicar. A veces eso alcanza.

Con los años entendí que crecer acaso consista en dejar de buscar sustitutos. No porque haya estado mal hacerlo. Al contrario: muchas veces fue lo que me permitió seguir. Pero llega un momento en que la pregunta cambia. Ya no se trata de quién puede ocupar el lugar del padre, sino de cómo aprende uno a sostenerse solo. Cómo uno aprende, con el tiempo, a cuidarse a sí mismo. Ser el responsable de la propia vida. Ser, en algún sentido, el padre que ya no está.

Y aun así la vida no queda reducida a la pérdida. Mientras escribo sobre los muertos, espero la llegada de Julián. El martes a la noche voy a estar atento a su llegada. El miércoles ya va a estar acá conmigo. Y esa expectativa introduce algo importante en medio de tanta ausencia: la continuidad. Porque el duelo más sensato no consiste en vivir aferrado a los que faltan, sino en poder recibir a quienes llegan.

Hace veintiún años murió mi viejo. Hace cinco, mi vieja. Y sin embargo todavía intento construir sentido con todo eso. Tal vez esa también sea una forma de herencia.



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