A los dieciséis años yo todavía creía en las tribus. No en las urbanas, aunque también. Creía en cualquier grupo humano que se presentara como una promesa de salvación. Una pequeña tropa de desobedientes. Una cofradía contra el mundo. Bastaba una campera de jean apolillada, un parche cosido con torpeza, un cassette grabado de cuarta generación y una mirada de asco hacia todo lo establecido para que uno pensara: acá hay algo verdadero. Venía de un colegio de curas donde hasta el pelo parecía una cuestión teológica.
Nos
medían el largo como si de eso dependiera la moral de Occidente. Un centímetro
de más en la nuca podía ser interpretado como el primer paso hacia el infierno.
Todo estaba regulado: la camisa adentro del pantalón, el tono de voz, la
longitud de las patillas, la velocidad del recreo, la manera correcta de
existir.
Yo, que
había sido alumno ejemplar, llevaba en la mochila una biografía absurda para
alguien que empezaba a desconfiar: boletines impecables, menciones, hasta el
orgullo un poco ridículo de haber sido abanderado en la primaria de ese mismo
colegio.
Durante
años colaboré dócil y manso con la maquinaria antes de descubrir los
engranajes. Después vino la secundaria y, casi al mismo tiempo, el primer
terremoto.
Mis viejos
se separaron al comienzo de esa etapa. Pero no ocurrió según el libreto más
habitual: no se fue mi viejo, se fue mi vieja. Ese dato, que para cualquiera
puede sonar anecdótico, en mi vida fue una patada en los dientes. El golpe dio
justo en la línea de flotación. A esa edad uno todavía supone que las estructuras
familiares son edificios públicos: podrán estar descascarados, pero no se
derrumban. Y sin embargo. Algo empezó a hundirse.
Tal vez
por eso dejé de esforzarme tanto. No como un movimiento heroico ni rebeldía
programática: solo que había cosas más urgentes que sobrevenían adentro mío que
sacar buenas notas.
Fue
entonces cuando cayó en mis manos Animal Farm, de George Orwell. Lo leí con una
mezcla de fascinación y miedo, descubrí a un escritor que detalló el manual
secreto de lo que estaba por vivir.
Los
animales expulsaban al amo, organizaban una revolución, prometían igualdad,
construían un nuevo orden.
Hasta
ahí, todo perfecto.
Lo perturbador
venía después: la lenta mutación. La degradación casi imperceptible. La manera
en que los cerdos, que habían hablado en nombre de todos, empezaban a
apropiarse del lenguaje, de las normas y finalmente de las ventajas. No
traicionaban de golpe. Traicionaban de a milímetros.
Primero
justificaban una excepción. Después una pequeña concesión. Luego una comodidad
táctica. Hasta que una noche ya caminaban en dos patas y nadie sabía en qué
momento exacto había ocurrido la transformación.
Yo
cerré el libro y tuve una revelación prematura, una especie de educación
sentimental acelerada: eso no ocurría solo en las granjas ni en las
revoluciones históricas.
Pasaba
en el aula. Pasaba en mi grupo.
Nosotros
éramos una pequeña concentración de adolescentes convencidos de que estábamos
en contra de todo eso: el colegio, la hipocresía, la disciplina absurda, la autoridad
ornamental.
Escuchábamos
rock, otros punk, otros heavy, en cassettes mal grabados. Hablábamos con
solemnidad ridícula sobre libertad, autenticidad y sistema, creíamos haber
descifrado el funcionamiento del mundo desde un banco rayado con liquid paper.
Pero
bastó poco tiempo para que aparecieran los primeros síntomas. Algunos empezaron
a negociar con aquello que decían detestar. Uno se volvió el encargado en
borrar el pizarrón, en una pantomima de obediencia repulsiva.
Otro
empezó a vigilar a los más chicos —los de trece, los nuevos, los todavía
inocentes— con el fervor de un converso. Cuidarlos, ordenarles, marcar
territorio.
Había
también quienes entregaban la hoja en blanco como acto performático de
rebeldía, pero después necesitaban cinco o seis años para terminar el
secundario y convertir esa desidia en identidad.
La rebeldía, entendí pronto, podía ser también una forma de uniformarse. No hacía falta llevar corbata para ser obediente. Muchos de aquellos que se proclamaban antisistema no querían destruir ninguna maquinaria: apenas deseaban ocupar un lugar privilegiado dentro de ella.
Como los punks que habían nacido para dinamitar el rock progresivo y terminaron convertidos en mercancía empaquetada. La mueca de ruptura transformada en logo. El alfiler de gancho vendido en Jumbo. Los animales caminando en dos patas. Tuve suerte. Lo pienso de verdad. A los dieciséis años ya había leído suficiente como para reconocer el mecanismo antes de quedar atrapado en él.
Por
eso, cuando alguien pregunta para qué leer, para qué escribir, para qué pasar
horas con libros mientras la vida sucede afuera, siempre pienso en esa edad.
Leemos
para anticipar ciertas decepciones. Para ponerle nombre a aquello que todavía
no sabemos explicar. Para descubrir que alguien, décadas antes, ya observó la
misma trampa con otra luz y otras palabras.
Somos
mortales, sí. Algún día nos vamos a morir y el mundo seguirá fabricando
impostores, tribus y pequeños Napoleones domésticos. Pero a veces un libro te
da una ventaja mínima y decisiva: te enseña a reconocer el momento exacto en
que alguien empieza a caminar en dos patas.
En la noche de la granja, cuando los
lemas se borran del muro, queda la certeza amarga de que algunos mandan porque
otros olvidan, y el olvido siempre tiene forma de establo iluminado.
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