2 de febrero de 2016

ALEKSEI DE OBERÁ


Mucho antes de la inauguración del barco flotante de Puerto Madero y el auge de los casinos de Capital Federal y el Gran Buenos Aires, Bernabé se encauzó a Retiro. Esperó hasta la aurora el primer micro a la costa y al llegar a la terminal de ómnibus de Mar del Plata no buscó un albergue donde reposar. Bajó por la calle Las Heras hasta el Casino Central, su destino final. A la zaga del edificio emblemático y majestuoso del Hotel Provincial moraba el mar como el efectivo regente de la ciudad, así y todo, Bernabé nunca se le animó, jamás pisó la arena.

Un cigarrillo suelto, una caja chica de fósforos Fragata y los billetes arremangados en la media de nylon era todo su bagaje. Prefería andar con lo puesto. Excesivo era el peso que cargaba cada día como albañil en un bolso henchido de herramientas.

Bernabé era un crack al momento de revocar y levantar paredes, pero al concluir su jornada laboral todo en su vida comparecía en falsa escuadra.

Viajaba a "la feliz" dos viernes por mes. Un sábado almorzaba un menú ejecutivo en el restaurant Montecatini y un domingo se ocultaba del guarda en el baño del vagón turista. Todo dependía de la jugada maestra. Bernabé acunaba una teoría: los números salidores.

 - Después de veinticuatro bolas tenés que apostar todos los números que salieron tres o más veces durante los primeros veinticuatro números anotados – le reveló a un grupo de parroquianos en la pizzería del Cholo.

Bernabé se plantaba en el mostrador, tenía su lugar. Si alguien conquistaba su banqueta esperaba hasta que se desocupe para pedir. Era cabulero de raza, como todo jugador.

 

En el verano de 1996 retornó a Oberá, allí coronó su peregrinaje. El misionero tenía una deuda pendiente: recuperar el tiempo perdido con sus hijos.

- El sábado anduvo Misiones por acá, se vino a despedir - dijo el Cholo entusiasmado -. Se tomó dos birras y le pintó el guaraní. Dijo una frase, no sé qué significa.

- ¡Vaya a saber, Cholo! Mientras no lo haya puteado - le dijo el Tata en joda, siempre con respeto y sin tutear a su tío.

- No sé, ahí la dejó escrita. Algo del ruido en la panza, qué sé yo. Viste que la pasó mal de pibito.

- Sí, algo me contó – aseveró el Tata, que solía hacerle compañía al Cholo cuando ya no quedaban clientes por atender.

- Me pidió una jarra de vidrio y preparó el tereré. No quiso tomar más cerveza, no quería viajar en pedo. Me cebó dos o tres. Estuve cagando finito varios días ¿vos sabés? – reconoció el hacedor de la mejor pizza a la piedra del barrio Santa Cecilia.

- ¡Ellos están acostumbrados! Nosotros nos clavamos tres birras y todo bien. ¡Con un tereré cagamos fuego! ¿En qué anda Misiones, Cholo?

- Se compró una parrilla en un remate. Se llama Mendieta, parece que es un lugar importante en Posadas. Eso sale mucha guita. No sé cómo hizo.

- Capaz que es posta, Cholo. La pegó en la ruleta por ahí. Vaya a saber. Siempre decía que su sueño era tener un restaurant, ¿no?

-Sí, es verdad. Esperemos que sí. ¿Sabés cómo la peleó este muchacho? Lo juno hace tantos años... Tu viejo lo conoció.

- ¿Mi viejo?

- Sí. Escuchame, vos que fuiste al colegio, fíjate qué carajo dice en la servilleta esa –dijo el Cholo.

El Tata aturdido leyó Tye Okororōrō, so o kangue tepe he* y le reveló a su tío que debajo del servilletero había cuatro tickets con acceso al palco vip para el partido de Independiente con Boca que jugaría Maradona. Carlitos Fren, amigo de Diego y asiduo a la pizzería, se emocionó por el gesto cuando se lo describieron.

 

Bernabé vivía en Paso del Rey, dejó a su familia en Misiones al cuidado de su hermana, conocía al Cholo de su época en Merlo cuando se vino a radicar a Buenos Aires. El albañil, que perdió a su mujer en el parto de su segundo hijo, jugó mano a mano con la rula, y antes que la postrema bola lo despoje del último centavo, arriesgó su futuro a un pleno. ¿Fue la ley de los números salidores? ¿Cómo saberlo? La esfera se detuvo en el número 24 y Bernabé resultó ganador. El viudo que fue padre y madre ganó una fortuna de un saque. Miró con complicidad al croupier y vislumbró que era su última jugada.

La pizzería del Cholo cerró hace unos años. Hoy es una rotisería donde la gente compra y se va. Turistas que marchan apremiados a cenar y sin sobremesa saltan al teatro, toman un helado de parado y siempre a las corridas para hacer todo y no deleitarse con nada.

Quienes pararon en la pizzería de la esquina de Sarmiento y Falucho a mediados de los noventa, a la inversa de estas épocas, encontraron allí no sólo un lugar donde comer y tomar. Estos peregrinos acertaron con un refugio, una palabra amiga, un abrigo en el crudo invierno marplatense. El misionero no fue un comensal más, era como de la familia.

En temporada circulan personajes de todo abolengo por la ciudad, paseantes que esperan acuciosos su pedido, adolescentes pendientes de su teléfono celular hechizados por el whatsapp y otros que aún encuentran un atractivo en el juego y aciertan en las máquinas de monedas una válvula de escape para acallar la desazón o simplemente salvar los gastos de vacacionar dos semanas. Sin embargo, ya no se ven trotamundos con el talante de Bernabé, ellos eran únicos en su clase; viajantes sin equipaje que marchaban por la vieja terminal de ómnibus de Mar del Plata con un único objetivo: timbear.

El hombre de la tierra colorada que confió su destino y sus sueños en la mano de un croupier tenía aprensión al fantasma de su niñez, a saber: tener que pedir limosna en la calle para comprar comida. El hombre que sólo tuvo ojos para su difunta mujer se cercioró el plato de comida diario y un negocio rentable para sus dos hijos.

“Sí, basta sólo con ser prudente y perseverante, aunque sea sólo una vez en la vida... y eso es todo. Basta sólo con mantenerse firme una sola vez en la vida y en una hora puedo cambiar todo mi destino” rumiaba Aleksei, el protagonista de la novela “El Jugador” de Dostoyevski. Bernabé había sobrellevado la pérdida de su Polina y sabía como el Dante que no hay mayor dolor que recordar los tiempos felices desde la miseria.





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24 de enero de 2016

40 AÑOS





Ojalá algún día la música te alcance y cale hondo en tu alma como a mí. Ojalá algún día una expresión artística te conmueva. Ojalá algo por básico que sea te saque del montón, te ayude a ver en perspectiva y puedas contemplar la realidad con todos los sentidos. La música no sólo se escucha, se siente, trae aromas. Pocas cosas me han conmovido como el sonido de los Rolling Stones ¿sabés?
Me topé con su música desde muy chico. Un par de adolescentes ávidos de nuevos sonidos y vinilos que llegaban de las periferias de Chicago y Nueva Orleans alcanzaron para armar semejante bataola.
A pocos minutos de tropezar con los cuarenta (usar la palabra bataola es un síntoma) me siento tan rocker como a los dieciséis. Siento que seré parte de la misma tribu hasta el último minuto de mi existencia. Abrigo el sentimiento de ser un stone como una mirada ante el mundo. Es un amparo en la vereda de enfrente de los mandatos para no llegar a viejo como De la Rúa y estar más cerca de lo que representó y representa el viejo Keith en nuestras vidas. Crecer no es lo mismo que hacerse viejo; hacerte viejo te lleva sólo a la muerte. Crecer, crecía el frijol mágico y sus hojas terminaban de verse mezcladas con las nubes.





22 de diciembre de 2015

LUCA Y MEDIA




¿No sé qué hubiese sido de nosotros si Prodan no se hubiese enamorado de Argentina a través de una foto de la familia de Timmy en las sierras de Córdoba? Un día como hoy Luca se alejó más del suelo y más del cielo (también). 
Desde aquel 22 de diciembre de 1987, las mañanas en el Abasto ya no fueron las mismas y rock nuestro de cada día tampoco. De eso no tenemos dudas.




- ¿Qué opinás de la historia del rock nacional?


- Cuando yo vine acá, no hablaba castellano... y al principio, la verdad que me parecía ridículo el rock en castellano. Y después, como fui entendiendo castellano... Mirá, la mayoría es copiado de otras cosas y eso a mi no me gusta. Pero... Manal, por ejemplo, a mí me gusta, hacen un blues bastante crudo pero tienen letras bien de Buenos Aíres, es bien de acá. Spinetta me parece rebuscado, todos dicen "las letras matan" pero nadie entiende lo que está diciendo... Y ahora no me gusta, todos esos arreglos con ochenta cambios de acordes, que al final no dicen nada. Por ahí me gusta más su primera época. Me gustó su disco de viejos temas, Kamikaze, había cosas más sencillas. Y de lo de ahora, Soda Stéreo, me parece que ellos la hicieron bien (se ríe)... pero yo ahorro el maquillaje y el peinadito raro y todo eso, eso es rebuscado también. Virus no me gusta para nada, me parecen totalmente fríos. Cualquiera puede comprar un teclado, un secuenciador y una batería electrónica, y puede hacer música. Pero si yo le doy una guitarra criolla a Federico Moura y le digo "pelá algo que me mueva el corazón", no pasa nada, ¿entendés? Lo mismo puedo decir de Gustavo Cerati o de Miguel Mateos. Ellos quieren ser famosos, tener minas, guita, yo no quiero nada de eso. Yo siempre tuve mujeres, siempre tuve mi guita -de otras maneras-, pero si me das una criolla, yo te pelo algo, ¿entendés? Es la diferencia entre ser un músico que tiene la música en el corazón, como Mercedes Sosa o Atua... ¿cómo se llama? Atahualpa Yupanqui, o ese que es medio grasa, pero también tiene la música en el corazón, Jaime Torres. A mí dame esos tres y no los tres rockeros que yo te conté antes. La música es sentirlo, no "querer ser músico": serlo.








17 de diciembre de 2015

ACORDATE RAULITO






Acordate Raulito, corto... Jockey corto.




“…papá se fue sin dar demasiada lucha, sin comprender que era más importante cuidarse que entregarse al vicio que lo había tomado a los 14 años y del que, para colmo, estaba orgulloso. Nos dejó rápido. Mi enojo con él, por no haber estado, por no haber bancado, por no haber peleado, duró años. Muchos años. Ese hombre que se fue envuelto en debilidades, antes de apagarse, fue mi ídolo…” Caramelos y aspirinas




2 de diciembre de 2015

PASIONAL










- ¿Qué te pasa, pa?
- Nada.
- ¿Estás bien?
- Sí… No, no. Este muchacho… ¡Qué cosa! Anda a comprar de una corrida queso rallado, el baratito. Ah, decile a Miguel que el viernes le pago todo.
- Pero, pa…
- Vos decile así.
-...
- ¿Qué pasa? ¡Dale que cierra!
- ¿Pa?
- Sí.
- ¿Qué muchacho?
- Falcón, Jorge Falcón. Tan jovencito, que vasé.

Volví del almacén. Esa noche supe que el auto de papá tenía nombre. Me senté algo aturdido al lado de él. A los 10 años era el mejor lugar que se podía estar. Ahora que lo pienso no hubo una silla más preciada.
- Tomá, tomá un poquito.
- Pa, ¿Qué va a decir mami?
- Nada, hoy no va a decir nada. Es un secreto entre vos y yo. Un chorrito nomás. Métele más soda. Es por hoy nomás.

El Termidor rebajado con soda no estaba nada mal. Ese miércoles “Grandes valores del Tango” salió grabado. Soldán leyó un discurso apenado. Cenamos en silencio. Nadie habló. Yo no quería hablar. ¡A ver si todavía se daban cuenta que había tomado vino! Mamá no lo sabía, papá sí. Era nuestro secreto. 
Mi viejo me convido a participar en su dolor de alguna manera. Era como velar a un familiar que jamás vimos mientras comíamos albóndigas con fideos de moño. Más de tres décadas para deducir ese gesto.   
Hoy entré a un almacén de San Telmo con Julián, sonó ésta canción en la radio y se me aflojaron las gambas, de frente ma´. Antes de averiguar sobre un precio, el fueye de la orquesta campaneó y me devolvió a la cocina con pestilencia a salsa y vino tinto. Nada, eso. Pensé: Lo que daría por un vasito de vino más. ¡Lo que daría!
- ¿Qué te pasa, pa?
- Nada.
- ¿Estás bien?
- Sí… Sí, estoy muy bien - le respondí a mi hijo, lo abracé con ganas y todo volvió a su lugar.