Mostrando entradas con la etiqueta Ensayo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ensayo. Mostrar todas las entradas

17 de junio de 2023

JUGAR CON EL CINCO


El teléfono sonó y me dieron la noticia, ¿Cómo olvidarlo? Lo arbitrario de las fechas es que recrudece el dolor en cada aniversario... ¡Se te extraña gordo!, se extraña tu presencia y tu esencia, tú calma y tú estar.

¡Qué no daría por verte con mi hijo en brazos! Tu abrazo es la brisa que se asoma por la ventana y acaricia sus mejillas tan suaves como el algodón. Sé que estás con él, sé que estás conmigo. Hay momentos del día que siento tu presencia, como un ángel guardián. Me enseñaste a ser perseverante y paciente, ¡el tiempo dirá! decías, ya lo creo. Me educaste a través de tus hechos y no de tus dichos. Hoy estoy rodeado de dichos y pocos hechos. Los de tu generación se van de a poco y a mi -como a muchos otros- nos queda sólo el testimonio de un pasado perfecto.

Gracias por la simpleza. Cada día trato de ser un poco mejor. Es difícil, muchas trabas, con pelota dominada te pegan de atrás. «Tocá de primera, jugá con el cinco, tocá y desmarcate» era el aliento desde el banco. Intento aplicarlo en mi vida, pero en el equipo cada vez quedan menos que juegan de primera y al mirar al banco veo el vacío que dejaste. Pregunto por vos y me dicen que te fuiste al vestuario, otros que miras el partido desde la tribuna. La versión que más me convence es que seguís el partido desde el cielo donde siempre estuviste a pesar de tu excursión por estos barrios.


Cuando me preguntan ¿Qué sos? Respondo: hijo. Yo soy lo soy porque me criaron mi viejo y mi vieja. Pelusa y Maru. Cada uno con su historia. Pero soy eso, soy hijo. En ese lugar me paro siempre.   






12 de agosto de 2016

A VECES LA INFANCIA ES MÁS LARGA QUE LA VIDA



Primer día de clase. A las corridas para llegar al acto de inicio del ciclo escolar. Con los quilombos de todo ciudadano de a pie que sobrevive en una metrópoli como Buenos Aires. Enredado en el stress y el tránsito de las grandes urbes. 
El año pasado, conversando con la señorita de sala de cuatro, a partir de una notificación por un tema de Julián, supe la historia de Alejo. Su papá no vive en Argentina. Su papá se fue un día y no volvió más.

En un momento de la ceremonia, Julián se acercó hasta mí de la mano de un compañerito. Era Alejo. Una ternura de pibe. Me saludó con un beso y me dijo "hoy viene mi papá también". Lo mire y sonreí. Creí que su padre vendría. Lo dijo convencido. Ingresaron los abanderados, entonamos el Himno Nacional. Alejo curioseaba hacia la puerta de entrada de la escuela. Mientras los padres y familiares cantábamos "sean eternos los laureles que supimos conseguir", no podía dejar de divisarlo y lo canté con más ímpetu de lo habitual. Yo no sé qué entenderá por Patria un chiquito de cinco años, pero sí sé qué entienden por obstinación cuando algo anhelan.

Salí del colegio en camino hacia el trabajo. Subí al auto. En el primer semáforo en rojo paré y al colocarse en amarillo dos bocinazos de un Volkswagen me hicieron reaccionar. Debía poner primera y arrancar pero estaba algo aturdido. Miré por el espejo retrovisor y vi a un hombre calvo, con el ceño fruncido y la cara desquiciada. El tipo no podía esperar un segundo más. Pensé en Alejo, que a la luz de los hechos y de su actitud de hoy, bien podría perseverar algo más que el ansioso conductor del Vento. Hoy la mirada de Alejo me dejó en off side, sentí que el niño que fui descuidó el registro de avizorar hacia las puertas sondeando un horizonte en búsqueda de una utopía, de un sueño.

El trip me llevó hasta Estela de Carlotto de manera inherente e ineludible. Recuerdo cuando dijo "No quería morirme sin abrazarlo y lo voy a hacer" el mismo día que iba a conocer a Guido, su nieto, después de 37 años. Fue un modelo para mí cuando peregriné varios meses los claustros de los tribunales porteños, en mucho menor escala, ¡claro está!, con la esperanza de lograr un régimen de visita racional para ver a mi hijo. Recorrí, como en un cuento kafkiano (sin la arquitectura gótica y romántica de la ciudad de Praga) juzgados con escaleras estrechas, ascensores abarrotados de abogados, despachos repletos de expedientes y eternas esperas en los pasillos con vista al techo de chapa oxidado de un supermercado chino. 

En tanto, a cuatrocientos kilómetros, mi vieja aceptaba con hidalguía la situación. Naturalizando la sinrazón para no levantar el avispero. Lejos de dramatizar tejía chalecos, gorras y bufandas para el próximo invierno sin certeza alguna, de cuando iba a conocer a su nieto "En una de esas el frío continúa y se lo podes llevar. Por lo que ví en la última foto que me enviaste el rojito que te terminé, le va a quedar medio chicón" me decía por teléfono. Sólo Dios sabe por dónde andaría su cabeza en esos dos largos años.

Pensaba en los hijos de puta que afloran cuando la vida te pega duro. Los extras de la vida que se presentan como en un casting de bajo presupuesto de película clase B, que buscan en la convocatoria una oportunidad para lograr algo de notoriedad. Confieso que hubo días que miraba alrededor y buscaba un guiño, una señal, un asistente de cámara, al director que me dijera: "última toma... Silencio... Grabando…". Pero no fue así. Allí estaban, los mediocres, los que se sacudieron como ratas por tirante para ver que ventaja podían sacar, desfilando a tribunales a sumar su grano de arena a un expediente engañoso y embustero, a separar -y esto es lo más grave- a un bebé de su abuela. 
Los protagonistas, en cambio, supieron esperar y contemporizar para actuar con discreción y mesura. Estela, sin dudas, forma parte del segundo lote y nuestro amigo Alejo, también. Él no renuncia a su causa y como un noble caballero sigue mirando hacia la puerta de entrada en cada acto, en cada inicio del ciclo escolar.








22 de mayo de 2016

CINEMA SAN LORENZO




Fui al cine Gaumont a ver Hijos Nuestros. La película es como Héroes pero al revés. Directores como Campanella o Juan José Jusid hubiesen sentido el impulso de invocar a desmedidos golpes bajos en el guión para garantizarse un éxito de taquilla. Fernández Gebauer y Suárez, por el contrario, apelan a jugar bien por encima del resultado y consiguen como corolario un manifiesto involuntario: en el fútbol, como en la vida, nadie gana, nadie pierde; hay que pugnar por cada pelota y en cada jugada.

En Hijos nuestros prevalece la expresividad en el rostro y los gestos del protagonista como columna vertebral del film. Escenarios identificables, diálogos verosímiles, personajes que tienen más para decir que lo que cuentan hacen al todo y convergen en una obra costumbrista y emotiva con un registro propio. En tiempos de meritocracia, reivindicar a los que tienen "la cancha inclinada hace rato" es para ponderar. 
Hijos Nuestros es una película áspera y atormentada con una actuación destacadísima de Carlos Portaluppi, que interpreta y desentraña a un taxista cuervo hasta las muelas. Hugo, el protagonista, es un tachero abatido, adicto a los palitos de la selva que no puede atender ni siquiera un potus que le dispensó su mamá y se pierde de su única cita en meses por San Lorenzo. 
Victor Hugo decía que el infierno está todo en una palabra: soledad y el cuervo de Hijos nuestros lo sabe mejor que nadie.









23 de abril de 2016

A MIS TREINTA Y DIEZ







El tiempo pasa. Es una verdad inobjetable. Mientras me amoldaba a ciertos rituales me topé con mis treinta y diez, como diría el gran Joaquín. 
Decido hurgar en mi biblioteca, a revisar los libros que me conmovieron de chico para ver donde estoy parado con respecto a mis sueños. Resuelvo llevar un libro a la mesa de luz para leer antes de dormir. Observo en la esquina del anaquel del medio la colección de “Elige tu propia aventura” y concluyo reacomodarlos por número. Esta serie fue la tarjeta de admisión al universo de los librojuegos hasta concluir el viaje en estación "Rayuela". Sigo, “Cuentos de la Selva”, un ejemplar curtido de tantas mudanzas y pegado con cinta scotch. Horacio Quiroga me introdujo en un mundo de fantasías a partir de historias protagonizadas por animales. La Gama Ciega desembarca en Disney y le gana por knock-out a Mickey Mouse con un cross a la mandíbula. 

En el estante de abajo, una edición en tapa blanda de “Niebla”. Miguel de Unamuno fue fundamental para mi formación. Bukowski. El desparpajo. Una prosa insolente y un registro que nos calzó a medida. Después de "El cartero" todos queríamos escribir sobre nuestros despidos laborales. A la izquierda, “Patas arriba” de Eduardo Galeano, el poeta y ensayista que nos abrió las cabezas con "Las venas abiertas de Latinoamérica". “Así habló Zaratustra” y “Un mundo feliz” uno al lado del otro. Los libros de Nietzsche y Huxley los compré por siete y nueve pesos respectivamente en el parque Rivadavia un sábado a la mañana. Dieciséis pesos alcanzaron para cambiar mi percepción del mundo de manera radical (y peronista). Venía de caravana después de salir del Viejo Correo. Me comí el viaje lisérgico de un Morrison de conurbano sin Pam, sin banda y sin pantalones de cuero. 

Veo varias biografías. “Life” de Keith Richards, que me regalaron este año, la de Miles Davis escrita por Ian Carr, increíble, y recuerdo la de Anthony Kiedis en primera persona, la más recomendable por lejos, ¡Que no está! La presté y nunca volvió.
Está bueno llevar un registro de lo que prestamos y ¿por qué no de lo vivido? Una especie de diario de viaje. Confieso que hace más de veinte años que escribo en cuadernos con algunas interrupciones, llámese pereza, ocupaciones, parejas, matrimonio, bobadas de treintañero. Una costumbre de contar que fui adaptando como hábito. Los dos primeros años de Julián los tengo asentados en más de seis cuadernos escritos de puño y letra. Apuntes que tomaba en las eternas esperas en un juzgado civil. Pero siempre vuelvo a la lectura. 

Leer es maravilloso. Como esas noches de sobremesa en el viejo barrio donde la falta de luz nos dejaba al descubierto, expuestos ante el silencio y allí en esa morada serena, en la patria de todo hombre, con las manos debajo de las piernas y la cabeza apoyada en la mesa, me gustaba escuchar las conversaciones de los grandes. Hasta que un día, cuando creí que mi vida comenzaba a marchar sobre ruedas, sufrí un desamor. El desafecto es una gran fuente de inspiración para crear. Allí emergió la necesidad de poner en palabras emociones que debía plasmar antes que la desazón me quite el aire. Una voz extraña que no pide permiso. Empuja por salir, moviliza y sacude la maraña con aspereza y sin sopor.
Continúo con el anaquel de los escritores argentinos, de izquierda a derecha la novela “Dudoso Noriega” de Sasturain, que comencé a leer el verano pasado y dejé inconclusa, “Poesía reunida” de Juan Gelman, un regalo de cumpleaños, “Cuarteles de invierno” de Soriano, “Titanes del Coco” de Fabián Casas, los de Arlt hasta llegar a “Bestiario”, de Editorial Sudamericana, tapa verde fluor. Lo compró mi vieja, usado, en una época donde la guita no sobraba. Lo analizamos en las inolvidables clases de Lengua y Literatura de cuarto año del secundario capitaneadas por el profesor Héctor Omar Saldaña.  

Recorro la última repisa, allí están mis mayores tesoros. Por un lado "Ana Karenina" de Tolstói, la novela más extraordinaria que leí en mi vida. La desocupación del año 2000 fue una excusa para irme a vegetar al libro. Recuerdo tardes de lectura en la playa al tiempo que cobraba el seguro de desempleo. Leer a Tolstói es marchar a vivir otra vida. Fue mi Netflix durante más de dos meses. Por otro lado, pegadito, "Crimen y Castigo" de Dostoievski, otra joya, tapa dura, marcada en la página doscientos y pico desde el año 2004. Convendría terminar de leer la historia de Raskólnikov antes de morir, no sin antes cumplir el sueño de ver a San Lorenzo con mi hijo, juntos, en Boedo.

Tengo que tomar una decisión. Me dispongo por “El Libro de arena” de Borges, uno de los `accesibles´ y “Bestiario” el primer libro de cuentos de Cortázar. Los dos a la final. Inicio por "Casa tomada" y combino con el "El Otro", hasta que me gane el sueño. 
En la vigilia un pibe de más o menos once años intenta hablar con un hombre de unos cuarenta. Le pide la pelota que cayó en una habitación contigua. El veterano se niega, tapona la puerta y desoye el reclamo. El niño intuye que a ese tipo lo activa sólo el dinero. El cuarentón rechaza un austral que le da el niño. El pobre no comprende que el pibe busca complacerlo. Decía Freud que uno es feliz cuando realiza sus deseos de pibe; por eso el dinero no da felicidad, porque los niños no sueñan con dinero.



                                                                                    ¿Qué pensaría tu yo niño del adulto en el que te has convertido?







13 de abril de 2016

CEMENTO





Leí una nota que decía: "Se viene 'Cemento, el documental': la historia del mítico escenario porteño" y pensé en mi adolescencia, cuando siguiendo con la lógica de la colección Elige tu propia aventura elegimos la páginas de las zonas marginales. Cemento, junto con Arlequines y Arpegios, fue el universo del rock para mis cortos 17 años. Cemento fue mucho más que un lugar donde tocaron bandas. Recuerdo que mangábamos la entrada al clamor de: "somos cinco. Tenemos diez pesos" mientras bajaba de un auto una imponente Katja Alemann que encandilaba a la monada apiñada en la puerta.

Lejos de la asonancia limpia de los parlantes de los boliches de moda, en Cemento te absorbía un sonido estridente que te dejaba retumbando el oído. No era el lugar más agradable del mundo. Recuerdo que tenía los baños con un charco constante que olía a una mezcla extraña de regurgitación esparcida por todo el piso. Si hubiese tenido más noches abrillantadas de la France o El Cielo en el lomo ¿quién sabe dónde estaría hoy? Ciertamente no sería el que soy. 
Si tuviera que vivir todo otra vez reelegiría el antro de Monserrat. En Cemento tocaban los tipos que admirábamos y sonaba la música que nos gustaba. En Cemento, Selva me concedió un beso imborrable en pleno show de los Heroicos Sobrevivientes. En Cemento fuimos jóvenes eternos, indisciplinados, tanteando una madurez de CBC que reclamaba pista. Desde esa época voy a donde debo ir. Tengo claro en qué equipo retozar. Allí, donde el corazón juega con las medias bajas. No jugaría en el bando de los petulantes oficinistas de medias altas que pelotean con balones del último mundial sobre pasto de embuste.









24 de marzo de 2016

CRUYFF BABY









Johan Cruyff fue uno de los mejores futbolistas de la historia. El bueno de Johan, fumaba cuando era jugador. Sus compañeros él arribaban a la concentración con sus mujeres e hijos. Resolvió jugar con la camiseta de la selección holandesa con sólo dos tiras en protesta a la marca de las tres tiras. 
Cruyff no participó del mundial 78 en el pico de su carrera por diferencias con el técnico y además admitió años después que estaba al tanto de la violación masiva de derechos humanos que llevaba adelante la dictadura militar en la Argentina. Esos son los tipos que nos caen bien, los que patean el tablero cuando están en la cima, a diferencia de los imbéciles sin talento que galopan encandilados por las luces del centro, el galardón y la ambición de poder.

Como cada atardecer miro siempre al sol que se va porque sé qué algo mío se lleva, hoy me trajo una charla en el Fiat 128 de papá. Mi viejo fue el primero que me habló de Cruyff . Me corrió el eje de la discusión bizantina entre Pelé o Maradona.  
Papá, como buen peronista, me planteó una tercera posición. “Era un fenómeno, bailaba, jugaba con alegría (...) A Perfumo lo volvió loco, mira que el Mariscal era un jugadorazo, eh.” ¡Qué día eligió el flaco para pirarse! Johan se sumó al partido donde ya no importa ganar. 
Para muchos de los que vieron la final del 74, los holandeses fueron los ganadores morales, es cierto, el equipo de Rinus Michels no alzó la copa pero dejaron un sello indeleble. Hoy se apagó Johan Cruyff, su luz y su talante brillará por siempre en el campo de juego.




24 de enero de 2016

40 AÑOS





Ojalá algún día la música te alcance y cale hondo en tu alma como a mí. Ojalá algún día una expresión artística te conmueva. Ojalá algo por básico que sea te saque del montón, te ayude a ver en perspectiva y puedas contemplar la realidad con todos los sentidos. La música no sólo se escucha, se siente, trae aromas. Pocas cosas me han conmovido como el sonido de los Rolling Stones ¿sabés?
Me topé con su música desde muy chico. Un par de adolescentes ávidos de nuevos sonidos y vinilos que llegaban de las periferias de Chicago y Nueva Orleans alcanzaron para armar semejante bataola.
A pocos minutos de tropezar con los cuarenta (usar la palabra bataola es un síntoma) me siento tan rocker como a los dieciséis. Siento que seré parte de la misma tribu hasta el último minuto de mi existencia. Abrigo el sentimiento de ser un stone como una mirada ante el mundo. Es un amparo en la vereda de enfrente de los mandatos para no llegar a viejo como De la Rúa y estar más cerca de lo que representó y representa el viejo Keith en nuestras vidas. Crecer no es lo mismo que hacerse viejo; hacerte viejo te lleva sólo a la muerte. Crecer, crecía el frijol mágico y sus hojas terminaban de verse mezcladas con las nubes.





5 de noviembre de 2015

LOS TRAJO EL VIENTO



Es muy difícil toparse en la lírica de Blues Motel con odas a la birra, a la esquina o en contra de la yuta. 
Las plumas de Gaba Díaz y Adrián Herrera no invocan a la demagogia ni al golpe bajo. Son historias que traen en sus equipajes melodías que florecen en el Rio de la Plata cuando se congrega con el delta del Tigre en un aliento con influjos de la proto psicodelia de Between the buttons, el sigilo del Fleetwood Mac de Peter Green, la épica del Spinetta maldito post Pescado Rabioso con un sonido y estilo propio. Un registro notable y personal que desplegaron en un gran show en el Teatro Vorterix cuando festejaron los 20 años de “Mientras las guitarras suenen”. 
Los invito a escuchar una canción de Blues Motel, allí están reunidos gran parte de los 50 años del rock local. De aquel show en el teatro Santa María en la presentación de Volumen 1 hasta hoy, su música me ha acompañado en este periplo de mil mudanzas.
Blues Motel sigue rodando, porque piedra que rueda no junta musgo y en estos tiempos que corren, no es poca cosa.












26 de septiembre de 2015

MALOGRADOS










No está mal de vez en cuando putear un poco. Hasta diría que es saludable. Sin embargo, es cada vez más habitual leer o escuchar a personas que uno conoció en otras etapas de la vida (con algo de lucidez incluso) con tanta virulencia en sus opiniones y sus acciones.
Es tanta la bronca que mastican que ni siquiera te invitan a reflexionar e intercambiar ideas. Es como si quedara algún trauma sin resolver, algo residual dando vueltas y encuentran en un conductor de televisión, un jugador de fútbol, un funcionario público o lo que es peor, un familiar cercano o amigo, el chivo expiatorio para canalizar sus fracasos. Nos encontramos, a mi entender, con un tema de fondo más que de forma.

Pienso que lidiar con el rencor y la frustración es difícil que se modifique de un día para el otro con un mero cambio de plantel del equipo de tus amores, de un formador de opinión mediático que salga del aire, del muñeco de turno a quien se critica con saña o de un gobierno, atropellando la voluntad popular. No digo que uno no pueda enfurecerse e indignarse de vez en cuando, tampoco quiero incitar a vivir en la algarabía permanente.
Creo que aquel que indaga con decisión su historia se da la oportunidad certera de orientar su deseo genuino. Hay quien no se pregunta nada y vive su engaño feliz. El embrollo se arma el día en que el cuerpo se manifiesta. Vivir molesto sin ir al nudo del quilombo (personal) termina afectando al cuerpo, la mente y el juicio.
El placer es una obligación psicológica. Cierto perfil de gente cree que putear y criticar todo el tiempo los convierte en “los más pulenta de la cuadra” o lo que es peor, los hace más dignos y decentes. En definitiva, la vida es una sola y no es bueno vivir con el odio en el pecho.







15 de junio de 2015

FESTEJO



Hace exactamente doce meses, un accidente automovilístico casi me deja afuera del juego. Podríamos decir que hoy cumplo un año de vida.
Era el día del padre. Vimos el partido donde Argentina debutaba en el Mundial ganando 2 a 1 a Bosnia. Salimos de lo de Ale y lo lleve a July a casa de su mamá. Ese domingo volví solo. ¿Porque Julián no viajaba en el asiento de atrás como lo hace siempre? ¿Porque justo esa noche decidió quedarse con su vieja?

Al repasar este recorrido de un año, de junio a junio, recuerdo a San Lorenzo campeón de la Libertadores con un festejo inmemorial en la esquina de San Juan y Boedo. El show de Joaquín Sabina con sus 19 días y 500 noches vivificadas, como hace 15 años en el Gran Rex pero más curtido y cercano; el recital de Caetano, que nos hizo saltar y bailar en una noche de diluvio en el Luna Park. Un año donde se asomó la pasión y unos sazonados besos anhelados, que me topó en las inaugurales horas de este 2015 en la ciudad feliz por primera vez en familia. Un comienzo escolar donde vi ingresar con júbilo a mi pichón al aula en su incipiente primer día de clases, ¿Cómo dejar de lado el baby fútbol? La resonada cancha de Yupanqui, la casaca celeste y grana en el cuero de mi fruto como alguna vez yo supe engalanar.  

Un año donde cumplimos el deseo de mi viejo y sus cenizas se fundieron con las olas de Mar del Plata. El año que nació Vito. Mis gratitudes por este alargue que me ayudo a asimilar esto de vivir en el preciso momento que la muerte pasó raspando.