26 de abril de 2021

SIRENA MANANTIAL


Con unos compañeros del colegio fuimos de vacaciones al camping de El Faro, en Mar del Plata. La segunda noche decidimos asistir a la transmisión de La venganza será terrible, que se hacía desde el Torres de Manantiales. Cuando terminó el programa, la vi entre el público. Me acerqué para pedirle una foto y ella aceptó con una sonrisa sencilla. Desde entonces pienso que, en la vida, a cada uno le corresponde su pequeño milagro, y que a veces esos milagros llegan disfrazados de una noche cualquiera junto al mar.


Enero de 1994. Con Lala, sin imaginar lo que ocurriría al día siguiente.


Íbamos a la playa por las tardes y a escuchar a Dolina por las noches. Teníamos diecisiete años, curiosidad y una rebeldía que todavía creía en las conversaciones interminables. Mirábamos con cierto desdén el brillo efímero de los boliches de moda y preferíamos las palabras, las canciones y las madrugadas.

Recuerdo que Pepe encendió el fuego y compartimos una parrilla improvisada junto a Gustavo Cordera y uno de los guitarristas de Bersuit, que se sumaron al fogón con una naturalidad inesperada. Entre el humo y las brasas, filosofamos sobre los efectos de no dormir. El surrealismo proponía una vigilia, nos dijo el cantante. «Del sueño vendrá la verdad del arte».

Y nosotros, que apenas empezábamos a descubrir el mundo, escuchábamos aquellas palabras con la intensidad propia de los diecisiete años, convencidos de que la madrugada guardaba alguna revelación.


***


Tomamos el colectivo 221. Al bajar, me quedé unos segundos sobre la avenida, demasiado expuesto, justo en la curva cerrada de Cabo Corrientes. Mientras me despedía de unas rosarinas, giré la cabeza y alcancé a ver una luz que me atravesó los ojos.

Un taxi Renault 12 dobló a toda velocidad y me llevó por delante. Salí despedido, ligero y desconcertado, por un instante olvidé las leyes de la tierra. Dos de mis compañeros se lanzaron sobre el conductor. Otro se sentó en el muro que abraza la costa y se quedó mirando el piso, en silencio. Cuando logré incorporarme y entender lo que había ocurrido, les pedí que lo dejaran ir. El taxista, todavía pálido, se ofreció a llevarme al hospital. Le dije que no.

A esa edad, uno suele creer que la vida siempre concede una prórroga.

Sostenido por los hombros de esos dos compañeros que supieron reaccionar antes que nadie, llegamos cuando el programa ya ingresaba en sus últimos minutos. Entramos y nos acomodamos donde pudimos. El salón estaba colmado y el aire parecía vibrar entre las voces de los conductores y las risas de los oyentes.

Guillermo Stronati me vio desparramado en el piso y enseguida se acercó para preguntarme qué me había pasado. La pierna se había inflado hasta volverse irreconocible y el jardinero de jean, deshilachado por el golpe, llevaba las marcas del accidente.

Entonces ella se acercó.

Alguien llamó a una ambulancia.

—Decí que te caíste acá. Sino, no te van a atender —me dijo una voz que me llegaba desde lejos, entre el dolor y el desconcierto.

Todavía no lo sabía, pero aquella noche seguía guardando una de sus escenas más improbables.


***


El personal del hotel me acercó una silla de ruedas. Alejandro Dolina advirtió el alboroto y se aproximó. Me dijo algo que hoy no logro recordar; yo me había quedado hipnotizado por el ala de su sombrero. Sin embargo, hubo en su voz y en su gesto una serenidad que consiguió aquietarme.

Pocos minutos después llegó un camillero y me condujo hasta la ambulancia. Ella subió conmigo. Se acomodó en una butaca diminuta y se quedó mirando la pulsera de ingreso al camping que todavía llevaba en la muñeca, mientras el médico cortaba con una tijera el jean desde el tobillo hasta la rodilla.

Permanecimos allí unos minutos, o tal vez una eternidad. El tiempo, cuando uno tiene diecisiete años y una desconocida decide acompañarlo, adquiere una medida distinta.

El especialista descartó una fractura, me aplicó un calmante y me dio algunas indicaciones. Y yo, amparado por la valentía efímera que suelen regalar unas copas de más y la inconsciencia de la juventud, me animé a hablarle.

Al bajar de la ambulancia, que permaneció cerrada mientras me atendían, dos de mis compañeros de colegio estaban en la antesala más preocupados por saber que había pasado con ella que el estado de mi pierna.

Unos días después, cumplí dieciocho años. Mi mamá vivía cerca de Manantiales y se avecinó al programa con una carta de agradecimiento. Dolina la leyó al aire. En la mesa me saludaron por mi cumpleaños, bromearon sobre el yeso (estaba fracturado desde el minuto uno) y alguien dijo que podría salvarme de la colimba.


Me daba vergüenza pedírle una foto a Dolina; no quería ser cholulo. Entonces le pedí a mi mamá que la sacara sin que él se diera cuenta. La imagen quedó así, casi robada. Un año después del accidente, en enero de 1995.


El 18 de julio del mismo año fui al Café Tortoni. Ese día colgaron un cartel en la entrada. Se había suspendido la emisión por el atentado que sufrió la AMIA. Retorné a los dos días, el 20, día del amigo. Fui con la foto revelada decidido a retomar el diálogo con esa chica que conocí en el verano. Intercambiamos unas palabras, me preguntó por mi pierna y escribió algo en el dorso de la fotografía.


GRACIAS POR ESTO

Y POR LO QUE 

VIENE...

En este día... 

Felicidades!!!

LALA

 20/7/1994


¿Qué vendría? Al verano siguiente regresé al Torres de Manantiales. Ya no estaban mis compañeros de colegio. En un salón colmado, y con gente rodeándola, se hizo un espacio para saludarme. 

Lala, aquella chica que había subido conmigo a la ambulancia, era ahora la productora del programa más escuchado de la medianoche. Poco después se acercó Dolina y ambos se alejaron juntos.

Siempre me pregunté qué habría sido de ella. En el verano de 1999, Fito Contessi un amigo marplatense, me hizo un regaló invaluable: la opereta criolla "Lo que me costó el amor de Laura". Allí podría estar mí respuesta.

En ésta tarde me entregué a escribir tal vez porque llueve, mientras suena una vieja grabación. Decidí transitar por una travesía de ensueño. Un viaje subido al eco de una ambulancia recóndita. Lala fue cómo una sirena sobre un manantial de humedades rocosas. En sus ojos residió todo el brillo que aletargó mi dolor como el más efectivo de los calmantes. Supongo que a cada quien le corresponde su milagro.



Café Tortoni, 20 de julio de 1994. La dedicatoria pertenece a María Laura Franco, Lala.



Audio de La venganza será terrible. Torres de Manantiales, 24 de enero de 1994.




Reencuentro con Lala, después de veintisiete años. Abril de 2021.