18 de julio de 2026

VOLVER A MARAVILLARSE

 





Hay algo profundamente extraño en que Argentina elimine a Inglaterra de un Mundial y que, apenas unas horas antes, los Rolling Stones publiquen un nuevo album de estudio.

Porque, en algún punto, las dos cosas pertenecen a mundos muy distintos. Una ocurre en una cancha de fútbol. La otra, en un estudio de grabación. Una tiene noventa minutos, un resultado y una eliminación. La otra tiene canciones, guitarras, voces, silencios. Pero, para mí, de algún modo, se cruzan.

Porque mientras Argentina eliminaba a Inglaterra del Mundial 2026, los Rolling Stones acababan de lanzar Foreign Tongues. Y yo pensaba en el tiempo: tengo cincuenta años y sigo fascinado.

En el Mundial de Italia 90 tenía catorce. Los Stones habían editado unos meses antes Steel Wheels (1989) y algunos de los cortes—Rock and hard place, Mixed emotions— sonaban en mi cabeza mientras yo empezaba a entender que la música podía acompañar una vida entera. Pero no fue con Steel Wheels que me hice fan de los Rolling Stones. Fue con Flashpoint (1991). Porque Flashpoint era otra cosa. Era un recorrido en vivo, una puerta de entrada a parte de su historia. Ahí estaban dos temas nuevos, sí, pero también estaba todo lo que yo todavía no conocía. Y desde entonces, los Stones se convirtieron en una de esas bandas que uno siente que ya forman parte de su propia biografía.

 



Después llegó Voodoo Lounge (1994). Yo lo tenía en original. Mi papá me había comprado un equipo de audio Aiwa nuevo, casi un cero kilómetro, como se decía entonces. Y escuchaba en el minicomponente Love Is Strong y Out of Tears... Hice un esfuerzo enorme para que ese disco me gustara. De verdad.

Después editaron Bridges to Babylon (1997). Después, A Bigger Bang (2005). Y, aunque fui a ver a los Stones en la gira de Voodoo Lounge y también en la de Bridges to Babylon, no volvió a pasarme algo que ya había vivido antes con sus larga duración editados a fines de los sesenta y principios de los setenta. Hasta ahora.

Porque este lanzamiento me voló la cabeza. Porque uno podría pensar que, después de tantos años, de haber disfrutado tantas veces del sonido de los Stones, ya no queda demasiado espacio para el asombro. Es como si hubieran redescubierto detrás de los achaques y las arrugas a los pendejos barderos que supieron ser.

No son ecos que vuelven desde el pasado. Son melodías que hasta ese instante no formaban parte de mi vida. Un riff que no escuché durante veinte, treinta, cuarenta años. Un estribillo que, apenas unos minutos antes, todavía no existía y que ahora está ahí, frente a mí, sonando por primera vez. Y yo también estoy ahí.

No llegué tarde. No la encontré en una vieja grabación en el Parque Rivadavia ni la recuperé de algún rincón perdido de la historia. La escuché mientras nace. En el mismo instante en que un single nuevo de los Rolling Stones deja de ser una posibilidad y se convierte en una canción.

 




Eso es lo que me conmueve de Lenguas Extranjeras. Que no estoy recuperando una single de 1969. Ni descubriendo un tema perdido de una sesión de Exile on Main St (1972). No estoy volviendo a oír algo que ya existía antes de que yo naciera. Estoy oyendo un hitazo nuevo de los Rolling Stones. Now!

Y eso, para alguien que ama a esta banda desde hace más de treinta y cinco años, es una experiencia casi inexplicable. Escuché Crossing You quince veces seguida y la versión del tema Amy Winehouse, y me parecen descomunales. Ringing Hollow... ¡Es una locura! Y el disco entero tiene algo que yo ya no esperaba volver a sentir: las ganas de quedarme a vivir adentro de un álbum. No quiero que se termine. ¡Y qué raro es decir eso! Porque los discos, durante tantos años, fueron algo que uno esperaba. Llegaban y se oían. Se incorporaban a la vida pero también se terminaban.

Y ahora disfruto este Foreign Tongues y pienso: no quiero que se termine. Quiero volver a ponerme los auriculares otra vez. Quiero volver a descubrirlo. Hay algo de eso que me hace pensar en el fútbol.

Yo soy hincha de San Lorenzo. Y no me gustaría que San Lorenzo fuera campeón todos los años. Porque si fuera campeón todos los años, probablemente dejaría de sentir lo que significa ser campeón. Nunca podríamos aprender a ser valientes y pacientes, si solo hubiese alegría en el mundo. Recuerdo la liguilla del 88; aquel equipo subcampeón del 94; el campeonato del 95; la maravilla del 2001; el equipo de figuras del 2007 y la Copa Libertadores de 2014.

Y cada una de esas cosas tiene un valor distinto porque no ocurre todo el tiempo. Porque esperamos, sufrimos y dudamos. Porque pensamos que tal vez no vuelva a pasar. Y entonces, cuando vuelve a pasar, entendemos el valor de la espera. Con los Stones me pasa algo parecido.

Sus Majestades Satánicas me hicieron esperar tres décadas para volver a sentir que un nuevo album podía maravillarme de esta manera y por eso lo valoro tanto. No me pasó con Voodoo Lounge, aunque lo ausculté muchísimo ni con Bridges to Babylon; muchísimo menos con A Bigger Bang.

Y mientras escuchaba la nueva criatura musical recién salida al mundo, y después veía a Mick Jagger en la tribuna, alentando a Inglaterra, no podía dejar de pensar en esa extraña paradoja. Ahí estaba él, con la camiseta invisible de su país, alentando por su selección. El mismo hombre cuya voz forma parte de mi vida desde hace más de tres décadas. Y yo, del otro lado, viendo a Argentina eliminar a Inglaterra. Las pasiones no siempre se llevan bien entre sí. A veces se cruzan y se contradicen. Los Stones son ingleses y yo soy argentino y de San Lorenzo.

Sin embargo, cuando suena una guitarra de Keith, cuando aparece la armónica de Jagger, hay algo mágico que nos pertenece a todos los que alguna vez nos quedamos solos con el walkman y los Stones. Y eso es lo que me pasa ahora.

Me siento orgulloso de ser fan de los Rolling Stones. Porque hay algo hermoso en haber esperado treinta años para volver a sentir esto. Es como si, de pronto, estuviera en 1978 y apareciera Some Girls o en 1973 y se editara Goats Head Soup.

Pero no estoy en 1973 ni en 1978. Estoy en 2026. Y los tipos acaban de editar un disco nuevo. No sé cuánto tiempo va a durar esta sensación, ni cuántas veces voy a volver a aguzar el oído y si dentro de unos meses lo voy a sentir de la misma manera. Pero ahora sí.

Ahora estoy ahí. En el momento exacto en que un album de los Rolling Stones deja de ser simplemente un disco nuevo de los Rolling Stones. Y se convierte en un acontecimiento de mi propia vida. Porque, al final, quizás de eso se trate ser fan de algo. De esperar, atravesar los años y aceptar que algunas cosas ya no van a volver a ocurrir.

Y, cuando por fin ocurren, entender que la espera valió la pena. Y eso es algo que no sabía cuánto necesitaba volver a sentir.




Los Estados Unidos que hicieron famosos a los Stones son ahora criticados en Ringing Hollow, una canción country, una de las formas más profundas de su propia identidad. Como si, al final del camino, los Stones le devolvieran al sueño americano su propia música, pero convertida en ironía. ¡Maravilloso!