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11 de mayo de 2020

BOLETO DE EMPEÑO


Capítulo VI



SÁBADO 22 HS
 #RadioEntreCasa
"la noche que rompe la copa, vendiendo ilusiones
dejándote retazos de sueños por los rincones"







Acá podes escuchar el programa completo:


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26 de noviembre de 2013

POCA CERA







Rivas llegó al pañol del segundo subsuelo e hizo el anuncio oficial con la solemnidad que lo caracterizaba. La empresa después de varios meses de desabastecimiento y falta de pago de horas extras había comprado dos paños rojos para la lustradora.
-Haurat, mire bien. Una baldosa y media… Así, así. Una baldosa y media ¿tamo´?- fueron sus indicaciones. Mi tarea consistía en empezar a lustrar por una baldosa y volver por la mitad de la baldosa siguiente y repetir el procedimiento en cada uno de los niveles del Shopping “Los Gallegos”, el patio de comidas, el Cinema, el salón principal, el primer y segundo subsuelo y lograr de esta manera el brillo deseado. El paño rojo, más abrasivo que el blanco, haría el resto.
Después de varios meses de virutear las escaleras, zocalear las vidrieras, cepillar con arrecín la playa de estacionamiento y encerar; esa noche de mayo había llegado mi esperado ascenso. Me despedía del secador, los trapos, el frío en las manos, el jato y la cera. El otoño marplatense me encontraba en el cenit de mi carrera en Clean Works. Era mi momento, el período del lustre. A partir de esa noche aquellos baldosones fueron un espejo.
En el horario del comienzo del programa de Carlita Ritrovato, llegué a Star Hall, el restaurant más careta del patio de comidas. Enchufé la Taski, acomodé los cables y cargué dos pilas eveready al walkman que tenía sujetado al cinturón, pegadito al movilink y a un handy. Con el uniforme poco recatado de la empresa -un violeta apagado y un amarillo furioso- sumado a todos los aparatos colgados en la cintura parecía un superhéroe en la convención de Batman´s de Cha cha cha.
Cada mañana modulaba a la oficina para dictar los presentismos mientras mis compañeros terminaban con los detalles: plumerear, barrer y dejar las máquinas en punta para la noche siguiente.
Ya no tendría que alarmarme por mis manos. En menos de un mes recuperé algo de piel. Esa grieta entre el dedo pulgar y el índice, donde calzaba el secador durante seis horas diarias, finalmente terminó de cicatrizar. Recuerdo que en la cursada de pintura en el preparatorio para ingresar a la carrera de Diseño Gráfico, Ana Camponovo observó mis manos y me dijo: ¿Esas marcas no las hicieron los pinceles, no es cierto? No, le contesté. Trabajo en limpieza de noche, profe.
Tengo muy presente la primera noche de lustre. Tenía medio paquete de Boots y un cigarillo Malboro light con una pitada de mujer que rescaté de una mesa de Munchi´s.
Sergio, ascendido a encargado de las cuatro playas de estacionamiento, traía puchos del Autódromo, un barrio periférico de Mar del Plata. Cigarrillos "Made in Tabesa", que en realidad venían de Paraguay. Los vendía a un peso el paquete o nueve pesos el cartón. Tenía su clientela entre el staff de limpieza, los muchachos de seguridad y algunos de mantenimiento. También estaba Quique Arias, un mitómano del barrio Belgrano, él compraba los Star. Rubén compraba los Premier y yo prefería los Boots o los Te, sí, Te, así se llamaban.
El flamante mandamás de las playas de estacionamiento, oriundo de Chacabuco, había comprado un terreno junto a su novia, en el barrio La Zulema y necesitaba un ingreso extra. Sólo la primera semana de cada mes fumábamos Malboro.
El que lustra los pisos trabaja toda la noche solo. A diferencia del encerado que se hacía entre dos. Si bien podía escuchar música, la primera hora de lustre extrañé las charlas con Martín, el formoseño.
-Poca cera negro, eh. Poca cera – me decía cada quince minutos.- ¿So´casado negro?, ¿qué hacé laburando de noche, entonce´? Un pesado.
En el departamento que alquilaba en la calle Falucho, después de mi ascenso, mientras preparábamos un práctico de Comunicación para Teresita De Marchi, Eduardo me pasó un cassette tdk de sesenta. Siempre estábamos pendientes de las nuevas bandas. De lo último que sonaba.
- Tomá, escuchate esto, Raúl- me dijo.
-¿Quiénes son?-
- El Soldado.
- ¿Quiénes? No los juno.
- Es el primer disco. Canta el indio en dos temas.
- ¡¿El indio Solari?!
- Sí.
- Joya, lo voy a escuchar.

Esa noche con la Taski y la música de “El Soldado” en mis oídos, me comí la cancha. Le pedí a Walter Acevedo que trapee en dos pasadas con cera pura. La 8M sin rebajar en agua es espesa y al momento de trapear cansa más los brazos. Walter a regañadientes aceptó mi directiva.
Eran cerca de las ocho de la mañana. Había girado el cassette para escuchar el lago B. Tenía pilas de repuesto. El sol se enclavaba por la vidriera de Alpine Skate de Rivadavia. Al llegar con la lustradora a Riadigos comenzó una melodía. El paño rojo se desplazaba como un trineo en la nieve. El piso del salón resplandecía más que nunca. Rivas llegó temprano e inspeccionó la tarea. No hizo ningún comentario. Eso significaba que estaba todo bien. Al tipo no le sacabas una palabra de aprobación jamás.

Al llegar a Sauro, vi la camioneta de la empresa que se iba por diagonal Pueyrredón. Me senté a la orilla de la fuente de agua, debajo de la escalera mecánica, frente a Express. Ahí donde las cámaras de seguridad no me podían tomar. Enrollé los cables de la Taski, prendí el Malboro light y lo pité con ganas. Me acordé de ella, como siempre, como cada noche. La pude ver caminar por el salón, como si Buenos Aires y Mar del Plata fueran una sola ciudad, como si Avenida Luro desembocara en la esquina de Agüero y Córdoba y ahí acobachado sin poder ser filmado, pude soñar. Como quien se esconde ante las cámaras, ante la realidad de los monitores, ante el ojo que mira, ante la otredad que intimida y no nos deja ser. Una vez más la música me acompañó en un soplo indisoluble. Sonaron los primeros acordes de “Polvo y Blues" y yo fui feliz. A veces las cosas simples tienen felicidad dentro.