26 de febrero de 2014
10 de febrero de 2014
LA RADIO
En cada
noche, cada día y en cada minuto que estuve al aire he sido feliz. Hasta mi hijo Julián (5 años) recibió la energía que se
respira en la radio y eso no es un dato menor. Tuve y tengo la oportunidad de crear y crecer al aire, de ir soltando las palabras de a poco. Me nutro de cada cosa que leo y necesito canalizarlas a través de la voz.
En Fm Faro (Radio Nacional), en FmZoe y ahora Radio Grafica FM 89.3 entendí que la radio no es sólo el momento que la luz roja se prende... La radio, amigos míos, es una forma de vida.
18 de diciembre de 2013
A PELUSA
El 25 de junio de 1995 San Lorenzo de Almagro se consagraba campeón del Torneo
Clausura y lograba de ésta manera, su primer título desde el año 1974.
Yo nací
en 1976, era mi primera experiencia de ver al Ciclón Campeón.
Mi
viaje a Rosario se frustró. Tenía que rendir Proyectual II al día siguiente.
El gol
del Gallego González fue un momento único. Estábamos en casa, nos abrazamos con
papá. Gritamos el gol con la misma intensidad que el de Burruchaga a los
alemanes en México.
Mi
hermana vivía con nosotros, con su marido y mi sobrino de tres años. Mi papá
decidió comprarle la camiseta Penalty original de San Lorenzo. Nico la usó una
o dos veces para dejar contento a su abuelo, era y es de River al igual que mi
cuñado.
El
destino quiso que esa camiseta llegara a mis manos, casi sin uso. Hoy mi viejo
ya no está, lejos quedaron las lágrimas del Bambino y el grito del Gallego. El
torneo apertura 2013 nos encuentra festejando un nuevo campeonato y yo decidí
inmortalizar este momento a través de ésta imagen. No sé si mi hijo será cuarta
generación de cuervos, es su elección, pero la satisfacción que sentí al verlo
con la camiseta del Ciclón me llenó de emoción.
Recordé
al gordo Soriano cuando le preguntaban qué era el exilio. Osvaldo respondió: "¿El exilio? Es no saber cómo
explicarle a un francés la tristeza inmensa que sentí al enterarme que San
Lorenzo se fue a la B". El gordo triunfaba como escritor en Europa, el
ascenso de 1982 y la recuperación de la democracia fueron motivos de sobra para
volver a Boedo, dejar la comodidad de París y recuperar las pequeñas cosas. Yo
recuperé ésta camiseta y con ella parte de mi historia.
26 de noviembre de 2013
POCA CERA
Rivas
llegó al pañol del segundo subsuelo e hizo el anuncio oficial con la solemnidad
que lo caracterizaba. La empresa después de varios meses de desabastecimiento y
falta de pago de horas extras había comprado dos paños rojos para la lustradora.
-Haurat,
mire bien. Una baldosa y media… Así, así. Una baldosa y media ¿tamo´?- fueron
sus indicaciones. Mi tarea consistía en empezar a lustrar por una baldosa y
volver por la mitad de la baldosa siguiente y repetir el procedimiento en cada
uno de los niveles del Shopping “Los Gallegos”, el patio de comidas, el Cinema,
el salón principal, el primer y segundo subsuelo y lograr de esta manera el
brillo deseado. El paño rojo, más abrasivo que el blanco, haría el resto.
Después
de varios meses de virutear las escaleras, zocalear las vidrieras, cepillar con
arrecín la playa de estacionamiento y encerar; esa noche de mayo había llegado
mi esperado ascenso. Me despedía del secador, los trapos, el frío en las manos,
el jato y la cera. El otoño marplatense me encontraba en el cenit de mi carrera
en Clean Works. Era mi momento, el período del lustre. A partir de esa noche
aquellos baldosones fueron un espejo.
En el
horario del comienzo del programa de Carlita Ritrovato, llegué a Star Hall, el
restaurant más careta del patio de comidas. Enchufé la Taski, acomodé los
cables y cargué dos pilas eveready al walkman que tenía sujetado al cinturón,
pegadito al movilink y a un handy. Con el uniforme poco recatado de la empresa
-un violeta apagado y un amarillo furioso- sumado a todos los aparatos colgados
en la cintura parecía un superhéroe en la convención de Batman´s de Cha cha
cha.
Cada
mañana modulaba a la oficina para dictar los presentismos mientras mis
compañeros terminaban con los detalles: plumerear, barrer y dejar las máquinas
en punta para la noche siguiente.
Ya no
tendría que alarmarme por mis manos. En menos de un mes recuperé algo de piel.
Esa grieta entre el dedo pulgar y el índice, donde calzaba el secador durante
seis horas diarias, finalmente terminó de cicatrizar. Recuerdo que en la
cursada de pintura en el preparatorio para ingresar a la carrera de Diseño
Gráfico, Ana Camponovo observó mis manos y me dijo: ¿Esas marcas no las hicieron
los pinceles, no es cierto? No, le contesté. Trabajo en limpieza de noche,
profe.
Tengo
muy presente la primera noche de lustre. Tenía medio paquete de Boots y un
cigarillo Malboro light con una pitada de mujer que rescaté de una mesa de
Munchi´s.
Sergio,
ascendido a encargado de las cuatro playas de estacionamiento, traía puchos del
Autódromo, un barrio periférico de Mar del Plata. Cigarrillos "Made in
Tabesa", que en realidad venían de Paraguay. Los vendía a un peso el
paquete o nueve pesos el cartón. Tenía su clientela entre el staff de limpieza,
los muchachos de seguridad y algunos de mantenimiento. También estaba Quique
Arias, un mitómano del barrio Belgrano, él compraba los Star. Rubén compraba
los Premier y yo prefería los Boots o los Te, sí, Te, así se llamaban.
El
flamante mandamás de las playas de estacionamiento, oriundo de Chacabuco, había
comprado un terreno junto a su novia, en el barrio La Zulema y necesitaba un
ingreso extra. Sólo la primera semana de cada mes fumábamos Malboro.
El que
lustra los pisos trabaja toda la noche solo. A diferencia del encerado que se
hacía entre dos. Si bien podía escuchar música, la primera hora de lustre
extrañé las charlas con Martín, el formoseño.
-Poca
cera negro, eh. Poca cera – me decía cada quince minutos.- ¿So´casado negro?,
¿qué hacé laburando de noche, entonce´? Un pesado.
En el
departamento que alquilaba en la calle Falucho, después de mi ascenso, mientras
preparábamos un práctico de Comunicación para Teresita De Marchi, Eduardo me
pasó un cassette tdk de sesenta. Siempre estábamos pendientes de las nuevas bandas.
De lo último que sonaba.
- Tomá,
escuchate esto, Raúl- me dijo.
-¿Quiénes
son?-
- El
Soldado.
-
¿Quiénes? No los juno.
- Es el
primer disco. Canta el indio en dos temas.
- ¡¿El
indio Solari?!
- Sí.
- Joya,
lo voy a escuchar.
Esa
noche con la Taski y la música de “El Soldado” en mis oídos, me comí la cancha.
Le pedí a Walter Acevedo que trapee en dos pasadas con cera pura. La 8M sin
rebajar en agua es espesa y al momento de trapear cansa más los brazos. Walter
a regañadientes aceptó mi directiva.
Eran
cerca de las ocho de la mañana. Había girado el cassette para escuchar el lago
B. Tenía pilas de repuesto. El sol se enclavaba por la vidriera de Alpine Skate
de Rivadavia. Al llegar con la lustradora a Riadigos comenzó una melodía. El
paño rojo se desplazaba como un trineo en la nieve. El piso del salón
resplandecía más que nunca. Rivas llegó temprano e inspeccionó la tarea. No
hizo ningún comentario. Eso significaba que estaba todo bien. Al tipo no le
sacabas una palabra de aprobación jamás.
Al
llegar a Sauro, vi la camioneta de la empresa que se iba por diagonal
Pueyrredón. Me senté a la orilla de la fuente de agua, debajo de la escalera
mecánica, frente a Express. Ahí donde las cámaras de seguridad no me podían
tomar. Enrollé los cables de la Taski, prendí el Malboro light y lo pité con
ganas. Me acordé de ella, como siempre, como cada noche. La pude ver caminar
por el salón, como si Buenos Aires y Mar del Plata fueran una sola ciudad, como
si Avenida Luro desembocara en la esquina de Agüero y Córdoba y ahí acobachado
sin poder ser filmado, pude soñar. Como quien se esconde ante las cámaras, ante
la realidad de los monitores, ante el ojo que mira, ante la otredad que
intimida y no nos deja ser. Una vez más la música me acompañó en un soplo indisoluble.
Sonaron los primeros acordes de “Polvo y Blues" y yo fui feliz. A veces
las cosas simples tienen felicidad dentro.
20 de noviembre de 2013
BAJO FLORES
Ariel
tiene 28 años y todavía vive con su madre. En su habitación atesora cientos de
discos grabados en cassettes y videos musicales. Tocaba el bajo en una banda de
heavy metal.
Su papá
es vendedor y viaja todo el tiempo. Su mamá vive al cuidado de su hermanita
menor que padece osteogénesis imperfecta. Ariel comenzó varias carreras. Hizo
el CBC cuatro veces pero sin ninguna pasión. Sólo por mandato.
Comenzó
a tocar la guitarra a los doce años. Se inició en el folclore. Con zambas y
chacareras aprendió sus primeros acordes. Ya en la adolescencia continúo con el
típico cancionero de rock nacional hasta que Martín, su amigo guitarrista, le
acercó un disco de Black Sabbath. De ahí en más, quiso tocar el bajo.
Ariel
vive en el tercer piso de un edificio antiguo sobre Avenida Directorio, a pocos
metros de San Pedrito. Un departamento de cuatro ambientes, sin grandes lujos
pero bien amplio, con una terraza considerable.
Junto a
Martín decidieron armar su propia página de facebook y publicar un aviso
solicitando un batero de heavy metal o trash metal. Se presentaron cuatro muchachos.
El segundo de ellos, que era el de menos onda, fue el admitido. Su batería, la
más completa de los postulantes, tiene doble bombo y platillos Zildjian, sabe
leer música y vive a siete cuadras del
departamento de Ariel.
- Tenés
razón, no era el mejor - expuso Ariel. Tiene el pelo corto. No da heavy, pero…
¿De qué me sirve un chabón que vive en Luis Guillón? ¿Cómo hace para venir a
ensayar hasta acá?
- Pero
este pibe parece un oficinista - dijo Martín.
- Eso
se puede corregir. Le ponemos los pantalones chupines para los shows.
- ¿Y el
pelo corto?
- Una
peluca, de última. No va a ser la primera vez, ¿no?- expresó casi sonriendo.
- Sí,
que sé yo. Además es profe en el colegio de mi hermana.
-
¿¡Queeé!? ¿cómo sabés?- inquirió Ariel saltando de su silla.
-Ayer
le envié una solicitud de amistad. Me aceptó al toque. Y le stalkeé la página.
- ¿Qué
hace ahí?- insistió Ariel.
- Da
clases de música en tercer año. Le pregunté a Sol. Me contó que es re deforme,
pobre. Onda que todos se ríen de él. ¿Escuchaste cómo habla? Es re aparato.
El papá
de Ariel le compró a su hermana la parte del departamento que le correspondía a
ambos. Es una herencia de sus padres escribanos.
Américo,
encargado del edificio, conoce al papá de Ariel y a su tía desde que eran
chicos. Los cuidaban junto a su finada esposa cuando los escribanos trabajaban.
Como no tienen hijos, fueron como los tutores de las dos criaturas. Américo no
es ningún santo. Le conviene hacerse el sota con la familia por los vinos que
recibe del papá de Ariel cada vez que viene de Mendoza y alguna propina cuando
les cuida la casa. Américo es un bebedor empedernido y desde que quedó viudo se
baja dos botellas de vino por noche. Tiene setenta y dos años. Es amigo de un
gremialista de peso en el Sindicato de Encargados de Edificios, el mismo que
truchó unos papeles para congelar su jubilación. Retirado y jubilado perdería
la vivienda, los tongos con la administración y está prendido en la cometa con
los arreglos en el edificio, llámese plomeros, gasistas y electricistas.
Américo,
como cada mañana, salió a limpiar la vereda. Ariel lo encaró.
- Américo,
¿todo bien? ¿Qué onda, cagaron otra vez los perros del segundo?
- Sí.
Ya hablé con la señora pero parece que no entiende. ¿Qué le cuesta salir con la
bolsita, no?
- Es
verdad. Américo, una consulta. ¿Usted tiene todavía el contacto con la gente
esa de Suterh?
- No
entiendo, Ariel.
- Los
chabones del gremio. Los que alquilan el anfiteatro. ¿Se podrá arreglar con
ellos para tocar ahí?
- ¡No,
Arielito! El anfiteatro del gremio es para charlas y conferencias. No es un
sitio para que toquen los conjuntos, ¿comprendés?
Ariel
lo miró, pensó e improvisó un argumento.
-¿Sabe
qué pasa, Américo? La onda sería hacer un recital benéfico para juntar fondos
para los chicos con osteogénesis imperfecta.
- ¿Oste
qué?
- Osteogénesis
imperfecta, Américo. Es un trastorno genético. Los huesos de quienes sufren la
enfermedad pueden fracturarse de la nada, por el mínimo golpe. Lo que tiene mi
hermanita.
- Mira,
Ariel, no seas picarón. Con la enfermedad no se embroma y menos de un familiar.
Tenés que madurar alguna vez. Tu padre a tu edad ya era todo un hombre. Hecho y
derecho.
Ariel
no insistió. Américo sabe por diablo pero más sabe por viejo.
A la
semana siguiente, la mamá de Ariel recibió un llamado de la empresa donde
trabaja su marido. El papá de Ariel manejaba su auto por la ruta nacional 7.
Antes de llegar a San Andrés de Giles un camión que venía en sentido contrario
se pasó a su carril y lo chocó de frente. Aparentemente el camionero se habría
quedado dormido. El Peugeot 206 quedó aplastado. El padre de Ariel murió al
instante.
Ariel
pensó en encerrarse a tocar el bajo y escuchar música al mango para olvidar lo
sucedido. Pero fue inútil. Recordó la última charla con su papá. Más que
palabras fueron como fotos, como polaroids de sensaciones. Imágenes que emergen
ante lo fatal. Un flash back ineludible.
De
ahora en más su vida ya no sería la misma. Descartó la posibilidad de continuar
con el proyecto de su banda de rock. Su mamá junto a su hermanita, desamparadas
y sin recursos, necesitaban de su ayuda más que nunca. Él debía cambiar su
forma ver las cosas, ponerse al hombro la familia. Buscar un trabajo para pagar
los gastos que su madre no podría solventar sola.
Un mes
después de la tragedia pudieron vender el departamento de cuatro ambientes por
un contacto de Américo en una inmobiliaria y se mudaron a pocas cuadras, sobre
un pasaje, a un PH de dos ambientes. Ariel, antes de mudarse, tomó la decisión
de tirar muchas cosas valiosas para él. En la nueva casa ya no habría tanto
lugar. Se deshizo de más de quinientos cd´s de audio grabados y cientos de
videos. Se quedó con unos pocos a modo de souvenir. Fue doloroso para él. En cada compact disc se
iba una anécdota, una historia, una vivencia además de una melodía. Sin mucho
esfuerzo podía recordar quién fue la persona que le grabó cada uno de ellos, la
imagen de un viaje en tren de una punta a la otra de la ciudad en busca de un
nuevo disco. En la mayoría de cd´s reconoció su letra manuscrita. Es ahí donde
pudo visualizar cómo modificó su forma de escribir con el paso de los años. En
el grafismo pudo ver la dedicación y la importancia que tenían esos discos para
él. No fue nada fácil ver todos esos años de material dentro de una bolsa de
consorcio.
Luego
de la música le llegó el turno a los apuntes de todas las carreras que comenzó
y no terminó. Durante años pensó “los
guardo porque alguna vez voy a volver a leerlos”. Ese día nunca llegó, pasó más
de una década y ahí estaban, amarillentos, con polvo y algunos casos hasta
ilegibles.
Concluyó
la tarea con una pila de papel seleccionada a un costado del living. Le llevó
toda una tarde de domingo. Afuera lloviznaba, lo que le daba un clima más
conmovedor y épico al asunto. Mientras tanto, su madre inventaba un nuevo juego
con su hermanita y la pava apoyada por enésima vez en la hornalla calentaba el
agua para unos mates.
Separó
y seleccionó entre diez y quince hojas de decenas de apuntes. Kilos de papel
que en cada mudanza son lo que más pesa junto a los libros. Abrió de a una las
bolsas de consorcio y quedó todo listo para tirar.
- A veces,
desprenderse de las cosas del pasado es un signo de madurez – decía su papá.
Todo
tiene su etapa y alguna vez tuvo que llegar esa tarde. Todo ese material se
fundió dentro de unas bolsas de residuos y formó parte de la carga de un
cartonero que pasó por la puerta del edificio de Directorio y ese domingo logró
una cantidad de papel que en el pesaje final sumó unos mangos más para llevar a
su casa.
Cuando
paró de llover, Américo salió a la vereda a colgar las jaulitas de los canarios
y encontró a Ariel en el hall con lágrimas en sus ojos.
- Y
pibe, ¿cómo te sentís?- indagó sin poder disimular su emoción.
- Bien
Américo. Creo que bien – contestó Ariel cabizbajo.
El
encargado histórico del edificio de Directorio, donde se crió el papá de Ariel,
lo miró mientras se alejaba hacia las escaleras y pensó en lo orgulloso que
estaría su padre de ver a su hijo tomando los rieles de la familia.
Américo,
en realidad, es medio hermano del abuelo de Ariel. Pero como no había estudiado
una carrera, no había terminado ni siquiera la primaria fue marginado a la
portería. En el barrio dicen que mastica la verdad desde hace más de cincuenta
años. Su hermano, el abuelo de Ariel, le pidió que nunca hablara sobre el
asunto y a cambio lo acomodó en el sindicato. Sentía vergüenza de Américo y su
mujer. Los esquivaba y evitaba que los vieran juntos. Quienes conocen bien la
historia comentan que su mujer, primero, y el vino, después, fueron los únicos
testigos de su dolor.
El
profesor de música de la hermana de Martín volvió a sus menesteres. Si bien lo
siguen cargando por su forma de hablar, él parece no darle importancia al
asunto. Es un músico de conservatorio que adora enseñar en los colegios. La
adolescencia es un momento de la vida, donde la crueldad de nuestros actos y
nuestras palabras no mide las consecuencias a corto, mediano o largo plazo. Al
menos ahora tiene una alumna de tercer año que estará de su lado, la hermana de
Martín. Sol lo vió tocar en la sala de ensayo y cambió su forma de pensar a
partir de ese día.
Mientras
tanto, la promesa del rock pesado, Ariel, el bajista de Flores, le daba la
bienvenida a una nueva etapa. Antes de salir de su viejo cuarto miró hacia un
rincón y descubrió una frase de una canción escrita en liquid paper sobre una
pared pintada de negro que decía: Todo lo
que amamos profundamente se convierte en parte de nosotros mismos.
Ariel encaró hacia la puerta, se colgó el bajo y cerró su habitación para siempre.
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