5 de noviembre de 2015

LOS TRAJO EL VIENTO



Es muy difícil toparse en la lírica de Blues Motel con odas a la birra, a la esquina o en contra de la yuta. 
Las plumas de Gaba Díaz y Adrián Herrera no invocan a la demagogia ni al golpe bajo. Son historias que traen en sus equipajes melodías que florecen en el Rio de la Plata cuando se congrega con el delta del Tigre en un aliento con influjos de la proto psicodelia de Between the buttons, el sigilo del Fleetwood Mac de Peter Green, la épica del Spinetta maldito post Pescado Rabioso con un sonido y estilo propio. Un registro notable y personal que desplegaron en un gran show en el Teatro Vorterix cuando festejaron los 20 años de “Mientras las guitarras suenen”. 
Los invito a escuchar una canción de Blues Motel, allí están reunidos gran parte de los 50 años del rock local. De aquel show en el teatro Santa María en la presentación de Volumen 1 hasta hoy, su música me ha acompañado en este periplo de mil mudanzas.
Blues Motel sigue rodando, porque piedra que rueda no junta musgo y en estos tiempos que corren, no es poca cosa.












3 de noviembre de 2015

DEJA DE LLORAR




Un recuerdo de mis cinco o seis años. Verlo en televisión y fantasear “cuando sea grande quiero dejarme crecer el pelo como él”Estaba lejos de los discos de Van der Graaf Generator, King Crimson o los Rolling Stones. Manolo Galván* es parte de la banda de sonido de mi infancia. Mis chapas alguna vez crecieron y cumplí mi sueño. 
- ...Cuando leí la noticia de su muerte busqué una canción. Llegué a la melodía..."deja de llorar, deja de llorar..." y con los primeros acordes el olor a cera de piso en pasta Suiza y la leche calentándose en un jarrito de aluminio irrumpió, fue inevitable.
- ...
- La música una vez más vibró en mis oídos, se trasladó al olfato y tuve una visión (quizás no tan real) del comedor y la peluquería donde jugaba con los playmobil, los ruleros y los discos. Recuerdo que eran muchos discos apilados en un mueble grande, muy grande para mí. Y caigo en la cuenta Licenciada de que uno de los muebles más importante de mi casa ¡Era un tocadiscos!
- Interesante Raúl, ¿seguimos la próxima le parece?






*Nació en Alicante, España. Radicado en Bella Vista (Buenos Aires), falleció el 15 de mayo del 2013 a los 66 años.




21 de octubre de 2015

LUZ VERDE







Este ya te lo conté, es uno de los inventados. El de los osos que se disfrazan para robar la miel, ¿te acordás? Igual traje libros. Si me olvido de alguna parte, leo. Voy con la versión que empezamos cuando fuimos a comer los sanguchitos al buffet del club. Bueno... Voy a empezar, tengo tiempo. Hoy me quedo. Se lo pedí al doctor de bigotitos que está de guardia, es hincha de San Lorenzo. Anoche anduvo a las corridas con varias camas.
Tenés una nueva compañera. Es una nena preciosa, se llama Shui. Sí, Shui. Hablé con la mamá, se parece a Mia de los Power Rangers. No pasa nada. ¿Es por la sirena? Es como una bocina de un coche que viene de una tele con dos rayitas. Una verde y otra roja. Como las linternas. Juegan una carrera. La nuestra es la verde ¡Linterna verde es el bueno, por supuesto! La verde sube y baja y la roja está quietita. Es mejor que esté así. Porque si la roja tiembla le gana a la verde y perdemos, pero si la verde sigue así; ganamos y nos vamos a casa.
Ayer conocí a Noa, un encanto de criatura. Estaba feliz porque su hermanito ya está mejor y pronto se irán a su casa. Le hablé de vos, te dejó un dibujito de los Minions. Es muy gracioso. Lo pintó con fibras de colores y le pegó caras que recortó de una revista. Es fan de la Doctora Juguetes, como vos.
Bueno, una familia de osos, son el papá, la mamá y tres hermanos. Todos están en búsqueda de un poco de miel. Pero toda la miel que ellos necesitan está en un panal de abejas muy bien custodiado debajo del estadio mundialista. Una madrugada de invierno los osos machos decidieron ir hasta la cancha para conocer el lugar. Las abejas, además de picar, tienen como guardián a un toro bien fornido que lanza rayos por los ojos. Dicen los que visitaron el panal, ¿viste?, que tienen televisores donde pueden ver a los invasores como el mono de Toy Story 3 ¿te acordás?
Todos los osos que intentaron robar el panal fracasaron. Los Ewoks de Star Wars se quedaron sin pelos. Winnie the Pooh salió corriendo por las picaduras y el oso Arturo se equivocó de puerta, se metió en las desagües y finalizó en un caño con salida al mar. Después te cuento bien quien fue el oso Arturo. Me pidieron que hable más despacio, te hablo al oído. No me pude afeitar, así que voy a tratar de no pincharte. Traje una colonia así estás bien perfumado para cuando venga la enfermera de la noche. Sos su favorito, en serio. Estuvimos hablando, es muy simpática. Vive cerca de la abuela, el hermano juega en Kimberley. Es hermosa, cuando sonríe todos los monitores mueven las líneas verdes. No come carne. Hoy le traje unas empanadas de verdura calentitas, espero que les gusten.
Otra cosa antes que me olvidé. Los Contessi te mandan un montón, un montón de besos. Están preocupados porque hace rato que ninguna pelota cae en su patio. Quieren venir a verte, les dije que no era necesario ¿Para qué? ¡Si pronto nos volvemos a casa! Ah, no me dejan entrar con los muñe. En el bolsillo tengo escondido a Linterna Verde y Linterna Roja. ¿Viste que ellos te quieren un montón? En realidad, todos te quieren pero se quedaron para cuidar a Ciclón. Hoy no me dejaba cerrar la puerta, ¿podés creer? Extraña jugar con vos. Los chiches están en la caja arriba del placard, quedate tranquilo. No llega hasta ahí. Me pasó algo muy gracioso viniendo para acá. Cuando llegué al estacionamiento, ¿viste cuando tengo que pagar?, saqué a Linterna Verde del bolsillo en lugar de la billetera y la chica de la caja se empezó a reír. Te reíste vos ahí, ¿no? ¿Me estás escuchando? Imaginate que Linterna Verde le diga a la chica: "pago yo".
La línea verde ahora sube y baja por eso el ruidito. Supongo que es algo bueno. Si dejo de hablar es porque se me seca la boca, tomo agua y listo. Y si tardo un poco más es porque me dan ganas de ir al baño. Me van a dejar entrar otra vez. No te preocupes. Me dijo bigotito que si no hago ruido puedo dormir acá. Los otros papás esperan afuera, así que ponete contento. El doctor es macanudo, se parece al señor patata, le falta el sombrero negro. Cuando ví el almanaque de San Lorenzo en su consultorio enseguida nos pusimos a hablar de fútbol. Una cosa más: yo hablo y hablo porque sé que me estás escuchando, ¿está bien? Es por hoy. Nada de hacerse el loquito y copiar a papá en clase que la seño Analía se va a enojar. Ahí se movió la línea roja, quédate tranquilo, cabezón. Ahora no te preocupes por el cole. Yo te saqué el tema, perdón. Sé que estás haciendo el esfuerzo para mejorar. Me lo dijo Analía y la directora de primaria. ¿Cómo se llama? Ana, Ana Laura... Confían mucho en vos. Es simple, no hay que hablar cuando la seño explica. Hay que prestar un poquito más de atención. Nada más.
Bueno, ¿sigo con el cuento? Los osos querían conseguir la miel como sea. Hasta que un día a la mamá oso se le ocurrió disfrazar a sus hijos de jugadores de fútbol para engañar a las abejas. Cuando ya estaban por ingresar al vestuario local, un rayo resplandeció en el estadio. El toro guardián al escuchar ruidos vió la silueta de un jugador parecido a Ortigoza y lanzó por los ojos un relámpago que acertó con los osos en plena tarea de camuflaje.
Te lo cuento despacito y avisame si me quedo dormido. Me encanta escuchar cuentos antes de dormir. ¿A vos no? ¿Dormimos un ratito? ¿La seguimos mañana?. En la segunda parte viene lo mejor. Que descanses, cabezón. Acá está papá, no te preocupes por nada. Tranquilo. Pronto vamos a estar en casa otra vez. La luz verde juega para nosotros.










16 de octubre de 2015

FURIA






- ¿Está seguro que ya empieza?
- Sí, en unos minutos - confirmé.
- A este hueco no lo conocía - expuso la mujer que merodeaba alrededor del circo.
- ¿Cómo?
- Es la primera vez que lo veo - sostuvo con sorpresa.
- ¿Es la primera vez que ve este recoveco o es la primera vez que me ve a mí? – pregunté.
- Es la primera vez que veo el recoveco. A usted creo conocerlo pero no recuerdo bien.
Con algo de pena por ella y sobre todo por mí, no tenía un sólo centavo de florín en mi bolsillo, decidí ser decoroso:
- Es probable que me haya visto antes. Fui asistente de domador.
- ...
- Antes de ser ayudante me encargaba de la limpieza del circo.
- No me contestó la pregunta.
- ¿Cómo?
- Le pregunte algo, acaso no recuerda.
- Tiene razón – admití para no contradecir a la mujer – Quise decir que conocí todas las cuevas de este circo cuando hacía el aseo. Comencé por fregar las jaulas hasta que fui ascendido para la limpieza de la pista principal.
- ¿Trabajó en el circo de verdad? - preguntó con inocencia.
- Sí, estas maderas las lijé una por una. Conozco cada grieta y cada hoyo que rodea al circo.
- ¿No conoce a nadie de la boletería?
- Sí, los conozco pero prefiero no molestarlos - aludí para cerrar el tema.
- Me gustaría mucho poder ingresar - reveló la mujer.
- No estoy seguro que me recuerden. Pasó mucho tiempo.

***

Fui aprendiz de domador de leones. Acepté el desafío de suceder a mi maestro luego de un accidente atroz que sacudió a toda la compañía. Una leona africana le extirpó un brazo a Jozsef, la gran figura del circo de Budapest mientras probaba un nuevo número. Luego de varios meses de vacilaciones, tomé la decisión de ocupar su lugar, entendí que era mi momento, era la oportunidad de poner en movimiento todo lo aprendido.
- ¿Fue asistente del Gran Jozsef?
- Sí.
- Jozsef fue el hom…
- ¡Mire!– interrumpí a la mujer -  ya comienza la función.
Luego de unos minutos le concedí mirar por el hoyo, después de todo la mujer estaba allí para husmear por un agujero.
- Allí están los leones – me reveló ella - Hay uno que es hermosísimo.
- ¿Cómo es su nombre? – le pregunté a la mujer.
- Me llamo Penka.
- Penka… Es hermosa.
-¡Muchas gracias!
- Me refería a la leona, Penka. Se llama Furia, es una hembra bellísima - le sermoneé, mientras la mujer acomodaba su pañuelo para verse mejor.
- Ah, ahora entiendo, señor.
- Perdón, usted también es muy bella - dije para disimular el mal entendido.
- No sé qué decirle, se… - la mujer se sonrojó y corrió su pañuelo aún más.
- Dominik, me llamo Dominik - sostuve y divisé una luminosidad en sus ojos verdes. De un vistazo pesqué un atisbo turbio y velado en su mirada.
- Encantada de conocerlo, Dominik. Furia es hermosa - dijo la mujer deletreando cada palabra como una niña.
- Sí, es cierto, además es única en su raza.

***

Conocía muy bien a Furia, había visto cómo mi mentor aspiraba cada tarde a subyugar al animal. Un día, antes de mi debut, tuve la mala suerte de tropezar con un balde con agua al ingresar a la jaula, este rebotó en una silla de madera y humedeció una de las patas de la leona mientras la fiera dormía. Furia despertó, no había comido su ración diaria matinal. Intenté persuadirla pero la felina no acató mis órdenes y me tiró un primer zarpazo que pude sortear. Sin embargo, la segunda uñada fue directa a mi pierna derecha e impactó con dureza. Logré huir. Desangrado fui asistido por un malabarista, mientras dos empleados de maestranza obstruyeron las puertas de la jaula. Al día siguiente recibí una noticia impensada: había sido expulsado. Los dueños del circo porfiados en encontrar a un domador más diestro decidieron despedirme. Con el tiempo entendí que la fiera no atacaba, se defendía. Furia no había venido a este mundo para divertir a los hombres.
Unos días después, recibí un telegrama del ejército húngaro con una noticia aún peor. Mis dos hijos, convocados a las campañas militares de la península balcánica, habían sido abatidos en combate.

***

-¿Está bien? - me sondeó Penka.
- Sí – respondí con vergüenza.
- Sus ojos se entristecieron. ¿Está llorando?
-No es nada. Me entró polvo en los ojos.
- No le creo.
- Estos elefantes pisan tan fuerte que levantan el aserrín de la pista.
Los elefantes marchaban sobre el camino estudiado con galanura y estilo. El público observaba boquiabierto. Una multitud apreciaba por primera vez animales magnánimos tan cerca. Mientras tanto Penka deseosa por esperar su turno me riñó con fastidio:
- Lleva varios minutos observando, Dominik. Estoy aburrida. Si no puedo ver al menos cuénteme algo.

***

Yo no podía poner en frases lo que advertía, porque lo que veía no sólo era un espectáculo circense. Mi presente se moldeaba en un pasado de tormentos e ingresaba por esa grieta imperceptible y se reubicaba en el momento donde un zarpazo me extirpó una oportunidad de oro, mientras una guerra atroz me arrancaba la vida de mis dos hijos. A pesar de las pérdidas irreparables ese hoyo atenuaba el calvario por unos minutos. Después de todo, Penka sólo quería ver. Me corrí y la mujer se asomó con fervor.
- Gracias Dominik, gracias.
- No tiene que dar las gracias. El gustoso soy yo.
- ¿Gustoso?
- Si, gustoso.
- ¡Qué refinado es usted para hablar, Dominik!
- Bueno, gracias. Hace tiempo que no hablo con nadie.
- ¿Ha resguardado esas palabras tan amables para mí?
- Le hablo en serio, hace tiempo que no hablo con nadie, mucho menos con una mujer. Usted me resulta muy agradable. Espero volver a verla en la próxima función.

Después de tantos años había logrado una conversación con una mujer sin desmoronarme en un llanto penoso. Había superado una prueba de fuego tan ardua como amaestrar a un animal. Había domado a mis propios miedos, mi timidez, el terror a ser rechazado. Me sentí muy feliz por ese pequeño resultado. Al terminar mi relato, Penka pensó unos minutos y exclamó:
- ¿Cómo es su nombre, señor?
- ¿Mi nombre?
- Sí, el suyo.
Me quedé observando a esa mujer. Creí que estaba bromeando. Esperé unos segundos e insistió:
- ¿Por qué tanto secreto?
- Dominik - le contesté algo aturdido.
- ¿Dominik? ¿Dominik? ¡Dominik! conocí un hombre que se llamaba así. Trabajaba con mi difunto esposo.



Una semana después supe que la viuda de Jozsef iba al circo hubiera o no función. Su internación en el Hospital Psiquiátrico de Lipotmezo le permitía algunas licencias. Penka se contentaba con visitar una vez por semana el circo donde su marido respiró por última vez.






11 de octubre de 2015

DE NADA








En la última mudanza resolví acomodar mis papeles. Me topé con algunos bosquejos y dibujos que mi papá atesoraba en su cartera de cuero marrón pardo. Recuerdo especialmente las imágenes que se remiten a la secundaria. En esas clases donde las horas eran eternas inauguré mi manía de bocetar al margen de la hoja. Después me animé y emprendí la aventura de dibujar en una entera. Compraba, con la guita que ahorraba, hojas Gloria por una módica suma y encanutaba la diferencia para chalanear un cassette original por mes. Las hojas me las regalaba Germán Carranza, el Tarufa.
Tarufa depositaba en una carpeta que rezaba en su portada Restos Fósiles escrito en Liquid Paper, hojas en blanco Rivadavia de un gramaje superior a las Gloria. Estas hojas soportaban la presión de las biromes bic trazo grueso con la hidalguía que no encontré hasta arribar a ciudad universitaria y descubrir las Romani. Lástima que no conocí nadie con la generosidad de Germán en el CBC.

En el verano de 2002, al volver de Jumbo, donde iba a comer alguna baghette de garrón entre las góndolas y disfrutar del aire acondicionado, llegó una carta. El remitente decía Emiliano Napolitano. ¡Boquita! – dije. Abrí el sobre y me encontré con fotocopias de los dibujos que hice en el colegio. En la carta no figuraba la dirección del remitente. Busqué en la guía telefónica, pregunté a los conocidos y finalmente lo localicé en las páginas amarillas. Lo llamé y hablé con la hermana, ella me dictó la dirección de su oficina. Fui a verlo y su secretaria me dió una tarjeta con la dirección de su correo electrónico, insistí en esperar pero la joven me respondió: “El Licenciado no creo que venga hoy, me dejo el recado de decirle a usted que le escriba, que él le va responder con mucho gusto”. Me despedí y sin esperar un minuto más entré en un locutorio del centro, le escribí un mail extenso para agradecerle el hallazgo. Esa tarde estaba inspirado, redacté algo más de tres hojas. Le conté de mí, de Mónica, del despido masivo en Consolidar, de la villa que se instaló detrás del barrio después del derribamiento de las torres de Fuerte Apache. Todos los días iba al mercado a revisar mi correo. Boquita me contestó tres semanas después, esperaba algo más de él, pero todos estos años sin vernos habían generado cierta distancia; el asunto del mail decía: DE NADA. Abrí el mail de Boquita con inquietud, suponiendo inclusive de que se dispusiera a retomar el contacto. En el cuerpo del mail decía: Que ace, de nada. Bajé con el mouse husmeando más caracteres. Pero no, era sólo eso. Por un lado, no me pareció el léxico de un profesional, por otro, sentí algo de frustración.

Insistí a la semana siguiente, se me ocurrió invitarlo a tomar una birra y recordar viejas anécdotas de nuestros años mozos. Doblé la apuesta y le propuse dibujar algunas viñetas: cuando Domínguez nos mandó a marzo; la madrugada que se quedó dormido debajo del escenario de Jesse James, reedificar alguna escena y cristalizarla en un dibujo. Me respondió: que ace dibujate algo campion.
La verdad me sentí halagado, alguien después de tantos años me animaba a crear.
El fin de semana siguiente laburé dos horas y me fui para casa. Jornada acotada, cobraba dos gambas por mes por el plan jefes de hogar. Busqué mis lápices, no encontré ninguno, tomé una birome azul y recapitulé como el grafito se deslizaba por el papel en blanco como en las hojas Rivadavia de Tarufa y sentí la misma sensación de las mañanas de otoño con el tibio sol que afloraba por la ventana de Tabaré.
Al terminar y conforme con el resultado escaneé las imágenes, las guardé en un diskette y se las envié a mi ex compañero de ruta. Me contestó textual: “Sabe que locura ya fue la secundaria loco estoy en otra eso dibujito son de lo noventa dibujo menemista y neoliberale chauu”. La verdad me quedé pasmado con su rechazo. Primero me envió imágenes en un sobre, todo muy minucioso, detallado y después me ninguneó con un lenguaje de tribuna.

Un par de días después, fui hasta la remisería. El mudo, un pibe de La Noria que paraba con nosotros y regenteaba el nudo de Bunge en el auge del trueque, conocía a la hermana de Boquita. En el camino hacia el banco de Celina (donde cobraba el plan) me contó que Emilio se había recibido de psiquiatra.
- La hermana era clienta de la remisería cuando vivían en el barrio, me comentó que Boquita volcó mal. Tiene arranques donde es un campeón, ¿entendés? un tipo sensible y en otros momentos en los que se pone de la cabeza, muy agresivo.
El mudo tenía un archivo de excel colgado en su nube con todas las miserias de los ex y actuales pasajeros.
- Dice que llora solo – continúo - y según los doctores ¿viste? Los doctores que lo atienden, corte que el vago soportó tantas cargadas de pibe que todavía no logra superar esa etapa de su vida.

Saludé al mudo, un verdadero tira postas serial. No lo juzgo, de alguna manera, todos somos expertos en las obligaciones ajenas. Yo sabía bien que fui uno de los verdugos de Boquita, de pendejo era un hijo de mil putas. Nunca pensé que podría traer tanto rebote.
Volví al barrio y pasé por el mercado a saldar las deudas con "La liebre", el único almacén que aceptaba Lecop. Había comprado marucha y unos choris en la carnicería de Miguel para tirar a la parrilla. Al llegar a casa me dispuse a disfrutar de dos placeres mundanos, a saber: quedarme descalzo y tomar de la botella, después de todo los zapatos y los vasos son para las visitas. Ni bien entré, Murdock se me vino encima y Moni me avisó que la cuadra estaba sin luz desde hacía dos horas. Al rato subí a la terraza y prendí el fuego, mientras el carbón húmedo tomaba color, un flash back implacable me transfirió a algunas imágenes que prefería dar de baja de mis memorias. 
Mónica, quien sabía mejor que nadie cuando mis ojos miraban sin ver, me sacó de ese trance. Me acercó un Camel a medio pitar y con esa facilidad que tanto admiraba en ella me dijo:
- ¿Estás bien? ¿Otra vez con eso del loquito de los dibujos?
- Sí, lo que te conté hoy. La que me tiró el mudo.
- Escuchame, dejate de joder. Si te mandó ese sobre es porque tan malo no fuiste con él, amor - me consoló mi compañera.
- Moni.
- ¿Qué, mi vida?
- Lo que más me gusta de vos es que rescates lo mejor de mí - le dije al tiempo que pinchaba los choris y me clavaba una asepto.
En un flash olvidé el asunto de los dibujos, todo volvió a la normalidad mientras nos iluminaba la luz naranja azulada del fuego del carbón. Después de cenar prendimos un joint, al mismo tiempo que Murdock degustaba un hueso viejo de un asado vecino.