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27 de agosto de 2016

DÍA DE LA RADIO





En cada noche, cada día y en cada minuto que estuve al aire he sido feliz. Hasta mi hijo Julián recibió la energía que se respira en un estudio y eso no es un dato menor. 
Al aire entendí que la radio no es sólo el momento que la luz roja se prende... La radio, amigos míos, es una forma de vida. 





¡Feliz día de la RADIO!

Radio Nacional | Ago 2006


14 de noviembre de 2013

ROBERT JOHNSON






Columna musical del 2/5/2013 en Paranormales, 
programa emitido todos los jueves de 0 a 2 hs 
en Radio Gráfica 89.3 Mhz 





Hasta la vida y habilidades de algunos grandes músicos tienen como trasfondo leyendas que explicarían porque llegaron a estar en ese firmamento de estrellas elegido para unos pocos. Este es el caso de uno de los mejores guitarristas del mundo y cantante de blues, Robert Johnson, cuya leyenda habla de un pacto con el diablo.
Robert LeRoy Johnson nació en 1911 al sur del estado de Missisipi. Nació fruto de una relación esporádica y Robert tardó años en saber su verdadero apellido. Fue el undécimo hermano de una familia negra en una época y lugar muy complicados para alguien de color.
La música comenzó a atraerle a una edad temprana y comenzó a tocar el arpa y la armónica y a faltar a la escuela y un problema de la vista fue excusa para que abandonara las clases definitivamente y se centrara en la música, en la que era más bien mediocre, y en las mujeres, una pasión que le obligó a huir y a cambiar de nombre más de una vez ante maridos celosos. En la adolescencia comenzó a tocar la guitarra con idéntico poco virtuosismo.

4 de mayo de 2013

PLAZA COLÓN




 
Texto leído en Paranormales, programa emitido
todos los jueves de 0 a 2 hs en Radio Gráfica 89.3 Mhz





En un país que amaba ya estará anocheciendo. Todavía recuerdo la noche del 15 abril de 1976 en que tomé el vuelo a Madrid, dejando atrás una vida que ya no sentía como propia. Sólo quedaban los recuerdos, algunos libros y dos fotografías que pude conservar: una junto a mis abuelos que me criaron con tanto cariño y otra de mi madre, a quien casi no conocí.
Estuve radicado treinta y ocho años en España. Trabajé en una editorial importante hasta mi jubilación. Luego llego la inactividad y cuando todo parecía que rebasarían los días de deleitarnos en las mañanas y dormir la siesta, la crisis económica primero y la viudez después, instaron mi regreso. Hace unos meses volví a Mar del Plata.
Mis días aquí se repiten como si fueran siempre el mismo, la rutina prevalece en cada hora. Visito a dos de mis mejores amigos que todavía viven. Recorro todas las disquerías y librerías del centro y me entrego a largas caminatas desde el Torreón hasta el Puerto.
A la vuelta, paro en la confitería Boston de la costa. Tomo un cortado en jarrito, con dos medialunas de manteca (es lo único dulce que mi diabetes me permite comer). Leo el diario La Capital completo con sus suplementos incluso. Agoto todos los recursos de los primeros tiempos de adaptación. Todavía tengo unos ahorros en euros y con la jubilación y la pensión me alcanza para el día a día.
Compré un juego de cubiertos, un acolchado y una jaulita. Tengo ganas de comprar un canario, es una compañía para un hombre de mi edad. Después de las cinco, escucho en la radio portátil de Amadeo el sorteo de la quiniela y acostumbro ir a la plaza Colón y sentarme a mirar el carrusel, ese carrusel al que alguna vez fui con mi madre. Es el único recuerdo que tengo de ella. Ese rincón natal de mi melancolía, ese cilindro inmenso que gira y gira y la esperanza de que en alguna vuelta pueda reencontrarme con la gente querida que ya no está.
El calesitero me mira, al principio pensé que le molestaba mi presencia. Ayer decidí comprar un paquete de pochoclos, como para acercarme hasta la garita de las golosinas pero no tuve éxito, se mostró indiferente y poco amigable.
El guardián de plaza siempre pispea, no se acerca, le debo parecer manso. El banquito donde esperan los padres y abuelos al costado del carrusel es mi nuevo rincón; mi lugar en el mundo.
Pasado, presente y futuro se entreveran cuando se llega a la meta. El ocio impregna las horas, los días y las noches.
Hoy, en mi recorrido habitual hacia la plaza, recordé la noche del 15 abril de 1976. La noche de mi viaje a Madrid. Recuerdo que al llegar a Barajas no tenía dónde ir y me hospedé en un hotel de tres estrellas. Dejé mis cosas y salí a dar una vuelta por la noche madrileña. En la zona roja vi a un hombre muy bien vestido, al lado de una jovencita mucho menor que él. Ingresé a un bar decidido a tomar una copa con alguna mujer, gastar algunas pesetas y pasar un buen momento; pero el recuerdo del ocaso de la tarde marplatense me invadió. Ella me besó en la mejilla, pero esa noche precisaba otra cosa ¡Qué inútiles sus gestos, sus caricias!







28 de febrero de 2013

AL CARPO








Columna leída en PARANORMALES en homenaje a Pappo. Programa emitido por Radio Grafica FM 89.3



En este nuevo aniversario de la desaparición física del Carpo, me permito algunas reflexiones sobre mi pasión por el blues. Los sueños sin cumplir y aquellos cumplidos. En una palabra, quiero compartir con vos este viejo berretín.
Yo no trabajé en los campos algodoneros del Delta de Mississippi. No caminé por las calles de Chicago. No escuché el sonido de un piano desafinado en un club de New Orleáns, ni siquiera toco la armónica. Uno no llega al blues por felicidad. Llega porque tiene más problemas de lo uno cree y el blues no los cura pero los calma. La música actúa como anestesia ante el dolor. La vida está lejos de ser un carnaval carioca. Siento que el blues a diferencia de otras géneros se canta desde el vientre. En otros, como el pop por ejemplo, se puede fingir, pero con el blues es casi imposible. Tan auténtico fue, es y será que muchos adolescentes británicos blancos, de clase media, se sintieron fascinados por este género tocado por negros.
El blues no sabe de modas, no sabe de samplers, de remix, porque las emociones no se pueden remixar, ni samplear. El grito de un blues es desgarrador, porque es eso, es el desarraigo, la esperanza de volver a África, a la tierra natal. Ellos no pidieron subir a los barcos, llegaron a América como esclavos, a trabajar duro en los campos de algodón.
Ellos no escapaban de una guerra en búsqueda de refugio (como muchos europeos que ahora nos tratan de sudacas). Ellos traían el latir de la música afro en sus corazones. Cuando lograron electrificar su canto, derivó en el gospel, el rock and roll, el country, el soul y porque no el hip hop (último género nacido en las calles, lejos de las mesas de storm brain de una compañía discográfica).
A ocho años de la muerte de Pappo, aún un halo de incertidumbre rodea esa noche trágica. El Carpo, murió el 25 de febrero de 2005 en Luján, al caerse de su moto y ser atropellado por un auto que transitaba a toda velocidad. Poco antes de su muerte, realizaba dos o tres presentaciones al año porque nadie lo contrataba. Corcho Rodríguez- el ex de Susana Gimenez- decidió producir lo que fue su último disco. Desde el arte de tapa uno podía percibir un indicio de despedida. La portada ilustra la antesala de un cielo habitado por bluseros que ya no están. Lo tituló “Buscando un amor”. Sin cuero, tachas, ni posturas. El material regala un Pappo auténtico, sensible, que renacía de las cenizas.
Su coherencia lo llevó a lo máximo que puede aspirar un músico de blues: tocar en el Madison Square Garden invitado por B.B. King. Pappo tenía algo pendiente. Norberto Napolitano, el hombre, buscaba un amor. 
Como un guión de película, la vida le dio una nueva oportunidad. Reencontrarse con su hijo después de muchos años. Si bien sufrió un grave accidente a mediados de los noventa, zafó de milagro y la pudo contar para poder conocer y disfrutar de Luciano (además toca la guitarra y siente la misma pasión de su padre por el blues y el rock & roll). Podemos decir que el Carpo encontró un amor. El más grande que se puede tener.












3 de enero de 2013

SIN JOPO








Había una vez una ciudad donde pocos se animaban a tocar rocanrol. Había una vez un país que bailaba al ritmo de Alcides, Pocho La Pantera y Technotronic. También había recitales, como los de Obras Sanitarias, que albergaba a los que transitábamos en el ostracismo de los sin jopo.
Mucho antes de que los shows de rock fueran parte de una kermesse con cuatro escenarios con venta de pochoclos. Hubo una noche de mayo de 1991 donde unos pibes de Villa Devoto homenajearon a los más grandes: Los Rolling Stones.
Los Ratones apostaron por un género que no vendía discos. La juventud y la obsecuencia no siempre fueron compatibles. Fueron a contramano de la lista de temas en las radios y nos convocaron aquella noche donde sonó ésta canción: “you can't always get what you want” (no siempre puedes conseguir lo que quieres -pero si lo intentas puedes conseguir lo que necesitas-). No es fácil ser joven, pero ser adulto, tampoco. Yo, por lo pronto, hice un bollo con el plano, pero sigo buscando el tesoro.






Obras Sanitarias. 18/05/1991