Con Norita tenemos desde hace
años una conversación permanente. Hablamos de libros, de política, de música,
de amigos comunes y de esas pequeñas cosas de la vida cotidiana que terminan
convirtiéndose en temas enormes. Además de amiga, Norita fue editora de algunos
de los libros que publiqué. Conoce mis obsesiones, mis vicios literarios y
hasta las palabras que repito sin darme cuenta.
Un día me preguntó en qué
andaba.
—Terminando una novela —le
dije.
—Está muy bien —contestó—, pero
además de terminar novelas tendrías que ponerte de novio.
Le respondí que tenía razón.
Nos reímos y cambiamos de tema. Sin embargo, aquella frase permaneció en algún
rincón de la conversación.
Pasaron algunos meses hasta que
volvió a llamarme.
—Escuchame —me dijo—. Te tengo
que presentar a alguien.
—¿Y por qué pensás que podría
ser para mí?
Entonces me contó la historia.
Aquella mujer, medio en serio y medio en broma, le había dicho que estaba
cansada de conocer tipos. Que ya no pedía demasiado. Si tenía trabajo, mejor,
pero lo único indispensable era que se bañara todos los días y que fuera hincha
de San Lorenzo.
—Y pensé en vos —me dijo
Norita—. Sos prácticamente el único hincha de San Lorenzo que conozco. En otra
época, cuando trabajaba con mi papá, conocía muchos más. Ahora quedan pocos.
Acepté. Después de cierta edad
uno aprende a desconfiar un poco de las presentaciones organizadas por amigos,
pero también aprende que algunas casualidades merecen una oportunidad.
Norita viajó a Montevideo con
su amiga y nos pasó los contactos. Hoy todo es más sencillo: un número de
WhatsApp, un mensaje y un lugar de encuentro.
Ella me propuso ir al shopping de
Punta Carretas que, según había leído, estaban por vender. Quería volver porque
le traía recuerdos lindos. A mí me pareció un buen plan. Siempre me gustó ese
lugar porque tiene el techo vidriado y uno puede seguir viendo cómo cambia la
luz del día. Nunca da la sensación de estar encerrado.
Nos encontramos alrededor de
las cuatro de la tarde. Pedimos un café y empezamos a hablar. Sin percibirlo,
la tarde se convirtió en noche. A las diez me preguntó:
—Che, ¿no tenés hambre?
Recién ahí advertimos cuánto
tiempo había pasado. Pedimos algo para comer y yo elegí un plato que no me
dejara ningún perejil traicionero entre los dientes capaz de arruinar la cita.
La conversación, sin embargo,
ya era imposible de echar a perder.
Hablamos de San Lorenzo. Como
tenemos más o menos la misma edad, nos instalamos con total naturalidad en ese Ciclón de mediados de los ochenta. Recordamos la enorme decepción que nos
produjo la venta de Perazzo y de Giunta a Boca, esa extraña obsesión que
siempre pareció tener Boca por llevarse jugadores azulgrana. Una obsesión
que continúa hasta hoy.
Y entonces empezó algo todavía
más extraño.
Comprobamos que ambos
conservábamos en la memoria detalles mínimos. Resultados de liguillas,
formaciones completas, publicidades en las camisetas. Zanella, Astori y Drean. Los
dos recordamos el caso de Zacarías cuando sufrió un atentado en el vestuario
visitante del estadio de Instituto de Córdoba. Recuerdos que sólo alguien que
hubiera vivido aquellos años con la misma intensidad podía conservar.
En un momento la miré y le
dije:
—¿Te das cuenta de que no vamos
a poder tener nunca más una conversación mejor que ésta?
Ella se rió.
Pero los dos sabíamos que era
verdad.
No importaba lo que pasara
después. Si nos poníamos de novios, si no funcionaba, si la vida nos llevaba
por otros caminos. Esa charla había sido altísima. ¡Extraordinaria! Una de esas
conversaciones que justifican un encuentro.
Decidimos seguir viéndonos. Una
vez por mes. A veces en Buenos Aires. A veces en Montevideo. Sin grandes
declaraciones, sin promesas excesivas. Solo con la alegría de saber que del
otro lado había alguien con quien todavía era posible conversar durante seis
horas.
Después llamé a Norita.
—Escuchame —le dije—. Si esto
me hubiera pasado a los treinta, te estaría agradeciendo por haberme presentado
a la madre de mis hijos. Me agarraste con cincuenta.
Norita se rió.
Y yo también.
Porque a cierta edad uno deja
de perseguir las grandes épicas y aprende a valorar los milagros modestos. Una
conversación que se extiende sin mirar el reloj. Una complicidad inesperada.
Alguien capaz de comprender por qué todavía puede doler una derrota de hace
cuarenta años.
Y mientras cortaba la llamada
pensé que hay personas que editan libros.
Y hay personas que, sin
proponérselo, terminan corrigiéndole a uno la soledad.
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