2 de agosto de 2026

LA OTRA FAMILIA





Queridos Peabody y Sherman, Goofy y Max, Gepetto y Pinocho, Sulley y Boo, Woody y Andy, Marlin y Nemo, Carl y Russell, Mufasa y Simba... y tantos otros que ocuparon el sillón de mi casa sin pedir permiso.

Les escribo porque mi hijo Julián cumple dieciocho años.

¡Dieciocho!

Qué número extraño. Uno pasa años enseñándole a un hijo a caminar, a cruzar una calle, a distinguir una mentira de una verdad, a atarse los cordones, a no perder la ternura... y un día descubre que ya es un hombre. Entonces comprende que también los personajes de la infancia envejecen, aunque conserven la misma cara en la pantalla.

No recuerdo haber elegido esas películas por alguna teoría sobre la paternidad. No buscaba mensajes ocultos ni hacía listas de recomendaciones. Aparecían. Una tarde era Pinocho. Otra, Peabody y Sherman. Después, Goofy en su esfuerzo por entender a Max. Más tarde llegaban Monsters, Inc., Toy Story, Buscando a Nemo. Eran apenas películas para compartir una tarde.

O eso creía.

Con el paso de los años entendí que todas narraban la misma historia: La de un adulto que aprende a querer sin manual; la de un hijo que busca su propia voz; la de dos generaciones que se equivocan hasta descubrir que el amor nunca trae instrucciones.

Julián adoraba a Pinocho. Tal vez porque todos los chicos entienden, antes que nosotros, que crecer consiste en dejar de ser de madera para convertirse en alguien de verdad.



También adoraba a Goofy. Siempre me llamó la atención. Entre tantos héroes impecables, él elegía al más torpe de todos. Al padre que nunca hacía todo bien, que llegaba tarde, que metía la pata, pero que jamás dejaba de estar.

Con los años entendí que Goofy era mucho más valiente que cualquier superhéroe.



Hace falta un enorme coraje para ser un buen padre cuando uno sabe que no tiene todas las respuestas.

¿Y qué decir de Peabody?

Un perro que adopta a un hijo humano y le enseña que el conocimiento sirve para viajar por la historia, pero el amor sirve para volver a casa. No era una película sobre viajes en el tiempo. Era una película sobre el tiempo compartido.

Hoy miro hacia atrás y pienso que ustedes hicieron mucho más que entretener. Mientras nosotros preparábamos la leche, apagábamos las luces del living o discutíamos quién elegía la película, ustedes dejaban preguntas que muchos años después empezamos a responder.

Quizá por eso quería escribirles. Para decirles gracias. Porque acompañaron una infancia sin hacer ruido. Porque ocuparon un lugar que no figuraba en ningún contrato familiar. Porque ayudaron a construir recuerdos que todavía respiran. Y ahora quisiera pedirles un favor.

No hace falta crear un grupo de WhatsApp. Sería un caos. Imagino a Goofy mandando audios de ocho minutos, a Peabody corrigiendo la ortografía de todos y a Pinocho con la promesa de que esta vez sí va a responder los mensajes.

Pero sí me gustaría que, de vez en cuando, encontráramos un día y una hora para volver a vernos. Cada dos o tres años alcanza. Nos sentamos un rato. Les cuento en qué anda Julián. Ustedes me cuentan cómo hacen para conservarse iguales mientras nosotros cambiamos.

Porque los personajes de la infancia tienen una ventaja enorme sobre nosotros. Ellos no envejecen. Somos nosotros quienes volvemos a mirarlos con otros ojos. Y quizá crecer consista en eso. En descubrir que aquellas películas nunca fueron solo para nuestros hijos.

También eran para nosotros.

Para recordar, cuando ellos ya sean hombres, que hubo un tiempo maravilloso en el que un muñeco de madera, un perro torpe, un científico de cuatro patas, un monstruo azul o un vaquero de juguete nos ayudaban, sin saberlo, a aprender el oficio más difícil del mundo. El de ser padre.

Gracias por haber acompañado la infancia de Julián.

Y, de algún modo, también la mía.