12 de junio de 2010

EL DUELO DE ORLY



Encontrar a un familiar, a la primera novia o a un amigo de la infancia en las redes sociales, está lejos de ser una aventura. Es poca o nula la injerencia del azar. Asoma una foto, un botón azul que dice aceptar y de manera mágica esa imagen contesta y se logra un nuevo contacto. Así de simple. Así fue como llegué a Orly. Me invitó a ser su amigo y lo acepté. Tres días después recibí un mensaje privado. El flaco me pidió que pase por el barrio para tomar un birra y hablar un rato. Dudé al principio, pero finalmente acepté y quedamos en encontrarnos en el pool de Tahuhichi.
A Orlando lo conozco desde siempre. Se crió conmigo. Hace muchos años que no sabía nada de su vida. Mientras viajaba en el remis recordé el baby fútbol, los carnavales en el barrio, las bombuchas, Interama y los discos de los Stones. Jugábamos juntos en el mismo equipo en los campeonatos Evita. Atajaba el flaco, ¡cómo olvidarse de esos partidos! Al subir a la autopista 25 de Mayo, irrumpió el paisaje de la cancha de Las Achiras, rodeada de casas precarias. En el entretiempo, traían al banco unos bidones de agua tibia, tomábamos con ganas y terminábamos todos descompuestos. Como en todo barrio, había rivalidad, sobre todo entre Vicente López y Sarmiento. Etapa de las primeras novias y la conmoción del primer cosquilleo cuando una chica te gustaba. Era difícil admitirlo frente a los pibes. Era una muestra de debilidad. Había que enamorarse de queruza. Cada uno tenía su técnica. En mi caso, no la encaraba. A la mina que me gustaba, le tiraba con las bombuchas a errar o me quedaba inmóvil cuando me tiraban a mí o buscaba pelea todo el tiempo para demostrar de un modo poco ortodoxo algún interés.
Finalmente llegué al barrio. Pagué el remis y fui directo al pool. Saludé a Tahuhichi. Busqué en las mesas, miré hacia atrás y ahí estaba mi amigo de la infancia, parado sólo. En el mostrador, frente a Orly, tres botellas de cerveza vacías, un papel, el cenicero lleno de colillas y un porrón recién servido. Me acerqué a él muy despacio.
-¡Qué hacés Migue!, tanto tiempo, tantos años, ¿no?- balbuceó.
- ¡Flaco!, ¿Qué hacemos, papá? ¿y eso? – le dije mientras le daba un abrazo.
- Una carta Miguel, una carta. Me animé a escribir ¿viste? A escribir lo que siento por Euge, por Eugenia ¿te acordás de ella?
Lo miré y con algo de lástima que no pude disimular, le pregunté -¿A Eugenia? ¿Para qué? Hasta donde yo sé, está casada con el loco Julio ¿De qué hablas?
El flaco me miró con desconsuelo y continuó - Estoy enamorado de ella y decidí escribir esta carta. ¿Te leo o me vas criticar vos también?
Entendí en ese instante, que era un tema recurrente cada vez que se escabiaba.
-¡Dale Orly! -le dije. No seas injusto conmigo, hace una banda que no te veo. Cantame la justa.
- Está bien, vos me conoces de pibito. No te rias, por favor. Léela, son cinco minutos, cabezón- culminó.
El Flaco Orly nunca creyó que iba a llegar ese día. En términos futbolísticos, diría que tiró la pelota para adelante durante mucho tiempo. Convengamos que no es fácil confesar el amor a una mujer casada, sobre todo para él. La palabra nunca fue su fuerte. Mucho menos al momento de expresar sus sentimientos. En dos ocasiones se animó a escribirle a Eugenia. Una en su estadía en Madryn y otra en su parada en Quequen. Pero aquellas cartas no llegaron a ser enviadas por miedo a la respuesta. Resignación o aceptación, no lo sé. Era más placentero para él extender una espera perpetua, pero su ilusión chocó con la realidad y llegaba a un desenlace.
Yo estaba ahí, parado al lado de Orly, frente al pool, donde pasamos grandes momentos de nuestras vidas, sin entender muy bien qué hacía. ¿Por qué me había llamado a mí? Pensé en pirarme. Encontrar una excusa para irme, pero resolví quedarme. Esa tarde fresca y nublada de otoño, Orly dispuso confesar todo su amor por esa mujer, en una carta. Yo percibí que para Orly, esa tarde, no era un día más. Esa tarde, de alguna manera, comenzaba su duelo. He aquí un extracto de la carta escrita por mi amigo:

“… te preguntarás qué diferencia hay con las otras veces que te escribí. Hay una, ésta vez sólo tengo que decirte gracias. Gracias por este amor. Con la llegada de mi primera hija, recrudeció una sensación de plenitud que había perdido, que había desaparecido en mí. Amarte me convirtió en mejor tipo. Sentirme enamorado me motivó, me dio fuerzas en los malos momentos, me hizo levantar cuando parecía caerme.
En la película Forrest Gump, hay una escena donde el tipo relata todo lo lindo que le tocó vivir y Jenny, su mujer, le dijo -ojala hubiera estado allí contigo- y Forrest le contestó – estabas.
Siempre estuviste en mis pensamientos, Euge. En Madryn, en Quequen. En las guardias de la colimba, cuando murió mi viejo, cuando nació Lourdes. ¡Siempre! Me di cuenta que es más cómodo vivir en mi mundo interior, donde todo es posible. Pero siento que se terminó.
Tenía que convencerme alguna vez y empecé a aceptar que tu aprecio no es enamoramiento y tu cariño no es amor. Reconocer de una vez por todas que lo mío es una obsesión, una utopía que transformó mis días grises y opacos en colores y brillo. Perdón, pero tenía que escribirte. Acá quedo expuesto. Desnudo ante vos, pero esta desnudez es mucho más sana que el ahogo. Una ilusión que transcendió y que durante mucho tiempo quise tapar. Me hace mierda verte, no lo tomes a mal. Prefiero que no me contestes y dejemos todo acá. Es la única manera que tengo de comenzar a transitar este duelo, de lo contrario voy a quedar preso de mis sentimientos y no voy a poder superar que nunca… jamás… serás mi mujer. Te amo. Orly”
Mientras me reponía de las palabras del flaco, de su carta escrita con el corazón en la mano. Orly me pidió insistentemente que yo se la entregara a Eugenia. Él no se iba a animar. Acepté. La agarré y la guardé en el bolsillo del pantalón. Caminé dos cuadras. En el trayecto pasé por la casa de mis viejos. Me dijeron que está muy cambiada, yo no quise mirar. Llegué al Pasaje Púan, toqué el timbre de la casa de Euge pero no funcionaba. Golpeé la puerta dos veces y me atendió el loco Julio. Se sorprendió por mi visita. Estiré mi mano y le dije
- Julio, estoy de paso por el barrio y no quería dejar de saludarte. ¿Euge? ¿Y los chicos?
-Todo bieeenn- me respondió – ¿ vo´, bien? la Euge no está, amigo.
Al mismo tiempo que se sacaba un escarbadientes de la boca y se rascaba su prominente panza. Con mucho cuidado, para que no distinguiera mi verdadero propósito, volví a guardar la carta con el sobre, que había sacado de mi bolsillo. Me despedí y me encaminé hasta remisería. Subí al auto y mientras me alejaba del barrio, vi una pintada en un paredón que decía: Villa Celina es como la marihuana. Se planta y pega.
Pensé en Orly, en sus palabras, en la decisión de comenzar su duelo, en el bardo del loco Julio y mientras buscaba la carta en mi pantalón me dije a mí mismo - En el barrio, todavía hay lugar para los poetas.








"El duelo de Orly" leído por Agustín Vilardo




29 de marzo de 2010

CARETÒN






La pregunta es: ¿Cómo zafamos? En realidad todos queremos zafar en un punto. A veces queremos triunfar, otras ganar. Yo prefiero jugar.
La vida te lleva por terrenos muy sucios. Un baldío que se descuida se llena de basura; la gente ve que nadie lo cuida, entonces es un buen escenario para sacarse de encima la mugre que generan.
El alma de mujeres y hombres cuando esta vacía se llena de mierda, todo depende de que te dieron en la infancia. Uno devuelve lo que le enseñaron: si te dieron prepotencia y soberbia serás prepotente y soberbio, si recibiste amor y comprensión no podés ser menos que una buena persona. En esa batalla interna estamos muchos cada día.
En cambio, el inescrupuloso, el garca, está siempre sonriendo en las fotos, ¡hasta en la cédula! . Se queja por cómo subieron los precios, mientras se come una pendeja en el asiento de atrás de su último modelo.
Yo quiero jugar con las reglas claras. A veces me pregunto ¿Quién es el careta? El drogón que necesita anestesiar su impotencia, el que miente sistemáticamente escudándose en que está cumpliendo un mandato superior/divino o el que le pone el pecho a las balas y enfrenta la realidad sin nariguetazos…
Noooo, ¡si estamos salvados! El modelo de noticiero rebelde de la década pasada (CQC) que le preguntaba a Fidel "¿Para cuando otra Revolución?", reventó un aguantadero en Villa Culo y encontraron un aire acondicionado/donado mediante un GPS... ¡tranquilo muchachos! el watergate: un poroto. 
¡Qué incisivos!, ¡ahora si! Estamos en buenas manos, los que gobiernan y los que no. Los que deciden y los que no; Moneta compró la Rock & Pop y a los trangresores les tatúan códigos de barra.
Es como en el teatro, están los actores y los espectadores, pero hay una raza que se queda en el medio: los que critican y nunca generan nada. Los tibios, los mediocres, su única moneda de cambio es la mentira, amigas y amigos: vayan a la Salada y compren una vida, están baratas. Además para el regateo son expertos, para llorar son especialistas y en una de esas consiguen algo que siempre buscaron: vivir por otro.
Farsantes que levantan su índice exigiendo virtudes que no otorgan. El día que paren un segundo y pongan su mente en blanco, les va a causar tanto dolor su realidad que van a querer volver al teatro, para ver a quien defenestrar, purgar sus miserias, exorcizar sus demonios y así sucesivamente…Mientras tantoooo... ¡upa!, ¡te tengo que dejar!! Me hierve la pava. Me voy a tomar unos mates y a vivir mi presente con la gente que quiero, con mis defectos y virtudes, con aquellos que intentan salir de este circo de hipocresías donde los payasos no hacen reír, donde los trapecistas caen y vuelven a levantarse. ¡Gracias caretón!... Si no hubiese fracasado no estaría parado.










7 de febrero de 2010

BLUSA BLANCA









El 25 de marzo B.B. King se presentará de nuevo en Argentina. La última vez que tocó, hace catorce años, fuimos juntos. Cuando supe la noticia comencé a averiguar lugar, precios, horarios etc.
Recuerdo mi primer contacto con el blues. Fue a través de la Joplin, con la canción Ball and Chain más exactamente. Tenía 15 años. Compré una foto de Janis y la pegué en mi carpeta, me preguntaste quién era con un tono socarrón y dijiste - la clásica es que la conozca alguien. Entiendo que por esos días era más esperable bailar al ritmo de Jazzy Mel, a quedarse dormido un sábado a la madrugada pegado a la radio... ¿Recordás Buenos Aires Blues? Único programa de género que perduró más de cinco años en el aire.
El blues es así, marginal. Siempre lo fue. Clapton decía que le hubiese gustado haber nacido negro sólo para tener más onda. La segunda visita del viejo B.B. me imbuyó para escribir algunas reflexiones sobre nuestra pasión por el blues. Los sueños sin cumplir y aquellos cumplidos. En una palabra, quiero compartir con vos este viejo berretín. 

Yo no laburé en los campos algodoneros del Delta de Mississippi. No caminé por las calles de Chicago. No escuché el sonido de un piano discordante en un club de New Orleáns. Ni siquiera toco la armónica. Uno no llega al blues por felicidad, llega porque tiene más problemas de lo uno cree y el blues no los cura pero los calma. La música actúa como enajenamiento ante el dolor. La vida está lejos de ser un carnaval carioca.

El 25 de marzo regresará el bluesman más famoso del mundo. El mismo que dijo en el Madison Square Garden “Con ustedes... el mejor guitarrista de blues de Sudamérica: Pappo!”  Blue Boy King, a sus 84 años (portador de un nombre que trascendió la limitación de su bautismo artístico) hace más de 60 años que pregona canciones de oración, de trabajo, de explotación; amores no correspondidos, gritos del campo algodonero. Una especie de Martín Fierro del Delta. 

Siento que el blues a diferencia de otros géneros se canta desde el vientre. En otros, como el pop por ejemplo, se puede fingir, pero con el blues es casi imposible. Tan auténtico fue, es y será que muchos adolescentes británicos blancos clase-media se sintieron hechizados por este género tocado por negros. A fines de la década del cincuenta, marineros ingleses anclaban a sus ciudades de origen con discos de América y se lo sacaban de las manos. Después el boca a boca hizo lo suyo y en dos o tres años había bandas de rhymthn & blues por todo el Reino Unido. Entre esos jóvenes se encontraban ni más ni menos que John Lennon, Paul Mc Cartney, Brian Jones, Keith Richards entre otros.
El 25 de marzo llegará un hombre que vivió el auge, la decadencia y el resurgir de un género que no sabe de modas, que no sabe de samplers, de remix. Porque como los sueños, las emociones no se pueden remixar, ni samplear. El grito de un blues es desgarrador, porque es eso, es el destierro, la esperanza de volver a África, su tierra natal. Ellos no pidieron subir a los barcos. Llegaron a América como esclavos a trabajar duro en los campos de algodón. Ellos no escapaban de una guerra en búsqueda de refugio como muchos europeos. Los negros traían el latir de la música afro en sus corazones y cuando lograron electrificar su canto, derivó en el gospel, el rock and roll, el country, el soul y porque no el hip hop. El último grito genuino de pura cepa negra y callejera nacido en la subcultura en el Sur del Bronx y Harlem, muy lejos de las mesas de storm brain de una compañía discográfica multinacional. 


Para finalizar, diría que pedirte que me cortejes al show de B. B. King es una ilusión. Partiste hace muchos años “al barrio que está detrás de las estrellas” como diría Páez. No quiero ponerme triste, pero el blues, que literalmente significa azules, encarna la tristeza del alma... No quiero ponerme nostálgico, pero ¡Cómo no recordar el día que nos conocimos! ...Elegante, parada en la puerta del Samovar de Rasputín en mi única visita a aquel templo del blues y el rocanrol del barrio porteño de la Boca. Una noche perfecta era siempre a tu lado. En tu casa de Barracas con patio y dos perros. Tus blusas blancas, los discos de Bill Evans, los cigarrillos rubios, la mesa de quesos y el champagne. ¡Qué buenos fueron esos tiempos!

Recuerdo la noche previa al show de B.B. en el invierno de 1996. Preparaste la mesa y cenamos sin hablar. Pasamos al living y la charla comenzó con la naturalidad de siempre. Tus piernas contrastaban con el sofá color ladrillo. Paseamos por muchos temas: La música notoriamente, la política, la literatura... Cuando llegamos a la Revolución Cubana surgió la típica polémica. Teníamos dos o tres tópicos donde solíamos discrepar. Salteamos el postre y un café irlandés bajó los decibeles. La púa del disco se detuvo y el silencio no estuvo nada mal. Busqué mirarte pero no lo logré. Cuando parpadeabas tan seguido al hablar podía adivinarlo, estabas tan sumergida en tus pensamientos que ya no interesaba el interlocutor. 
Cuando los párpados recuperaban su ritmo natural tus ojos se apesadumbraban. Eras una apasionada, por eso te amaba. Salimos hacia el Luna Park. Era noche de blues. El champagne seguía fría en la mesa ratona y yo sin saber que esa noche sería uno de nuestros últimos encuentros.




7 de noviembre de 2009

ESPERAS






Llegué al locutorio, el 3G en la ciudad funciona cada vez peor. Pedí una computadora para revisar el correo y salvo una, estaban todas ocupadas. Me ubiqué al lado de dos adolescentes, tendrían entre quince y dieciséis años, y mientras abría la página de yahoo, una de ellas dijo - Che Fla, esto no termina más, hace diez minutos que está descargando el programa.
Pensé “estas computadoras deben ser muy lentas, reviso los asuntos en los correos recibidos y si tarda mucho me voy”, pero la voz de esa chica rebotó en mi cabeza: ¡DIEZ MINUTOS!
Giré y pude ver la impaciencia en sus rostros y mi necesidad de leer los mails quedó en un segundo plano. Recordé algunas esperas que tuve en mi vida, las que me contaron y las que leí. Una seguidilla de anécdotas resurgió en mi mente. Como un tranvía descarrilado a toda velocidad me fui de las vías y llegué hasta Fabio, el flaco Fabio y su relato recurrente: cómo desde la ratonera en Malvinas esperaban alguna directiva de sus superiores, mientras escuchaban los estallidos de bombas y el vuelo rasante de los aviones ingleses. Si bien estuvo en las islas sesenta días, describía esos momentos como eternos.
Irrumpe otro recuerdo: los ojos vidriosos de papá luego de la derrota de Italo Luder ante Alfonsín. Esa noche escuché por primera vez que tuvieron que esperar dieciocho años para volver a nombrar a Perón. Hasta acá creí que lo peor que podía esperar era el 91 ramal Sarmiento.
El mismo trip me condujo a la imagen de Luisito, que recién pudo conocer a su viejo a los seis años. Esperaba ese día con tantas ansias y yo no podía comprenderlo, creo que ninguno de los pibes de la cuadra entendía su sentimiento. Luisito lo idealizaba, siempre nos decía "Va a ver que cuando vuelva mi papá los va a caga a palo".
La última vez que lo vieron  por el barrio, fue en los campeonatos Evita, de fines de los setenta. Pancho, como le decían, era wing izquierdo, tenía una estilo muy personal. Una mezcla de loco Houseman por la insolencia en su juego y el gringo Scotta por la pegada fornida.
Me contó el tío Juanqui que la final del torneo se jugó en La Noria, atrás de las piletas. Un partido chivo entre Las Achiras y Urquiza. Finalizó dos a dos. Luego de un alargue enredado (con el público dentro de la cancha) llegaron los penales. Pancho definió la serie picando la pelota por encima del arquero.
Francisco finalmente volvió una tarde de Navidad. El mito, el hombre que se atrevió a picar la pelota en una final ya no era aquel wing izquierdo. Era un tipo desairado y de aspecto abandonado. Tenía rasgos duros, una mirada triste y hostil, tierna por momentos y filosa por otros. Párpados caídos y una cicatriz límpida le franqueaba el ojo. Apareció en un Dodge Polara. Nunca voy a olvidar la cara de ese pibe de seis años; era todo felicidad.
Las dos amigas sentadas junto a mi box finalmente lograron descargar el bendito programa. La espera que fue motivo de tanto fastidio e impaciencia llegó a su fin. Pensé: “ellas pueden instalar o desinstalar cuando quieran, en cambio en la vida real no existe el CTRL+Z (Deshacer) y tampoco se puede resetear o reiniciar siempre, hay momentos que cuando se pierden ya no vuelven más”. Comprendí, en ese momento, la angustia de Favio por no recibir una directiva en la ratonera y el desaliento de papá ante una derrota electoral. Pero sobre todo recordé el Dodge Polara con Luisito y su papá, en esa Navidad tan esperada. Ellos dos juntos otra vez. Quizás Pancho no sea el mejor ejemplo para un pibe, quizás no debió picar la pelota sobrando al rival, quizás no debía irse un día para no volver. El mito dice que jugo de wing y vivió en Sarmiento. No lo sé. Lo que sí sé es que fue y será el mejor regalo para ese pibe.