Hay
maestros que enseñan materias, y hay
maestros que enseñan a mirar. El profesor Luis Casinelli, desde aquel primer año, hizo
del pizarrón un horizonte, no un
muro. Julián
aprendió literatura, sí, pero
aprendió algo más importante aun, que la
pedagogía es un arte, y que
enseñar no es llenar cabezas, sino
encenderlas.
En
estos tiempos donde se les pide a los chicos que
dejen sus pantallas, pocos
se preguntan qué les damos a cambio. Casinelli lo sabía; les dio
palabras vivas, preguntas
abiertas, una voz
que valía la pena escuchar. Por eso
todos miraban al frente, no
porque debían, sino porque querían. Porque hizo del aula un
lugar donde todavía vale aprender.
Se lo
va a extrañar mucho, profesor. España
gana un maestro, pero
en Villa Lugano queda su huella, su modo
de enseñar, y un
alumno que lo recordará siempre.
A veces
me pregunto ¿Qué habría sido distinto si Julián hubiera sido nena?
Tal vez, a
los trece años, cuando murieron mamá y Pancho, esa nena habría sido amorosa.
Hoy, con diecisiete, viajaría a Mar del Plata con su novio para verme dos veces
al año. Fantaseo que sería afectuosa y curiosa, con esa mezcla de ternura y
despelote adolescente que tienen las hijas cuando ya no son niñas. La imagino
mandándome un audio interminable, de esos que arrancan tranquilos y terminan en
todo un desborde:
Pa, hola!! cómo estás??? Dónde vas a pasar el día de la madre? Luqui y yo estábamos pensando en ir a una
de las fiestas. La pasás con la rubia, no? Pará, boludo! Es Luqui que me hace señas… Pa, seguís de novio? Che, aumentaste un
montón, comés mucho??? Bueno, Nene. Es mi papá, boludo. Es la verdad, pibe! La próxima te cocino algo que aprendí. Ah! Te cuidás con la azúcar? Mirá que quiero que mis hijitos tengan un abuelito mood sano. Vos corrías antes, no? Dale, Pa!! Moveteee! Ah, sí, sí!!! Te vamos a escuchar, está bueno el programa, bah! pero la música… Paaa! dejate de joder!! Música
re vieja... me da cringe, maaalll. Es mi pov*, pibe! Después los cuentos piolaaa. Ah, posta que conociste a Maradona? Luqui dice que es re fantasma la anécdota jajaj. Sí, boludo. Vos lo dijiste. Pa, te venís a placita Serrano con nosotros? Hay mamis tomando birra jajaj, re fantasmas haciéndose las jóvenes… No te conté! Qué colgada! Ayer vi una … era la abuela Maru MAL!! Mamá me dijo que te vas a quedar
paralítico!! Eh no, ya sé, boludo! hemipléjico por el AVC… ¿qué onda?? ¡Qué boluda! El ACV, lo dije bien??
Pa, pa. Escúchame!! Aprovecho que éste se fue... Tuve mi primera relación con Luqui, fue
re lindo!! después te cuento. Mamá no sabe, se pone re intensa… Nos
cuidamos!!
En el cole estoy re mal, me ayudás con
mates? No entiendo una goma!! Bueno, que lore te tiré!! jajaj, me
transferís treinta después te explico. Te amo, te amo, te amo. Sos el mejor papá
del mundo!! Y si quedás así como dice mamá, serás el
mejor medio papá del mundo. Y si quedás un cuartito… serás el mejor
cuartito de papá del mundo!!! the
best dad's room... the best in the world, love you!!
***
Cuando
el silencio se acomoda en casa, leo su voz inventada entre los ruidos de la
heladera. Y
pienso que quizás, en otra vida, Julián fue nena y me dejó este despelote de
amor flotando en el aire. Pero tengo un hijo varón que me escribe:
“Pa, viste el gol que se comió Armani con
Sarmiento? Te acordas el que le hice al pancho de Mateo??”
En dos
líneas escribió lo que muchos no alcanzan ni en una vida entera. Mientras la
pelota besaba la red, pensó en su viejo. Y con ese gesto —esa mínima línea de
amor varonil, desnudo y verdadero— yo salgo a recuperar las Malvinas con dos
tenedores. Amo ser padre de un hijo varón, aunque todavía sueño con una hija que me diga, suave, entre risas y
ternura: pa, pa… me contás un cuento.
Descubrí
que cocinar enamorado era una forma de rezar sin palabras. No era
solo poner algo al fuego: era acompañar el hervor, cuidar una llama como se
cuida un vínculo, mezclar, probar, esperar, sin apuro y con la ternura de lo que crece lento.
El
amor, entendí, tenía el mismo ritmo que una olla: si uno la deja sola, se
quema; si la remueve demasiado, no deja que respire. Ese
día, mientras ella hablaba desde la mesa, yo cortaba una cebolla. Nunca
antes lo había hecho con tanta atención. La
apoyé sobre la tabla, la corté al medio, y con la punta del cuchillo le quité
la raíz.
Luego
pelé las capas, una por una, hasta
llegar al centro. La mitad quedó boca abajo sobre la madera, brillante como una
lágrima contenida. Le hice cortes verticales, finos, precisos, sin llegar al
final —el secreto está en dejar la raíz unida, para que no se desarme—, y
después horizontales, suaves. Finalmente, bajé la hoja del
cuchillo con ritmo parejo, y la
cebolla se convirtió en una lluvia blanca y perfumada. Lloré
un poco, no sé si por la cebolla o por ella. Tal vez ambas cosas sean la misma:
una manera que tiene el cuerpo de decir me duele, pero sigo acá.
El
fuego esperaba. Puse aceite en la sartén, escuché el primer crepitar y sentí
algo extraño: como si en ese instante tuviera el poder de detener el tiempo. La
cebolla chispeaba y el aire se llenaba de un olor dulce y nuevo. Ella seguía
hablando, y yo quería que no se terminara nunca, ni la
conversación ni la cocción. Pensé que estar enamorado era eso: cocinar
algo que está justo a punto, ni crudo ni pasado, un
plato que pide atención y ternura a la vez.
Si uno
se distrae, se enfría; si uno se apura, se arruina. El
amor, como la comida, solo se entiende con paciencia y fuego bajo. Esa
noche servimos los platos y ella dijo que estaba delicioso. Yo
asentí, pero sabía que el sabor no venía del aceite ni de la sal. Venía
de esa sensación secreta, la de estar dentro de un tiempo suspendido, como si
todo el universo se redujera a una mesa, una
mujer y el vapor de un guiso que no quería terminarse.
Siempre
encontré la felicidad en tres lugares: en el amor, en los arrabales y en los
libros. Los tres me enseñaron lo mismo: que la vida no se mide en los años que
pasan, sino en los instantes en que el alma se queda quieta, al igual que una cebolla
que se dora a fuego lento, mientras
alguien te mira y el mundo, por un rato, deja de doler. Tal vez la felicidad sea eso: un humo que no se deja atrapar.
En los
últimos tiempos, la radio vivió un fenómeno inédito. AM, FM,
olas invisibles que recorrían ciudades y campos: los
dueños de emisoras comenzaron a invitar a periodistas, animadores, actrices,
actores… rostros
que habían hecho su vida en la televisión, pero
que de pronto debían aprender a hacerse escuchar, más que a verse.
Y en
ese giro apareció algo curioso: una
pequeña revolución del sonido en tiempos de imagen. Porque
vivimos en una era donde lo visual es tirano, donde
la selfie reemplaza al retrato y la cámara frontal al espejo. Pero en
la radio, la palabra sigue siendo reina. La voz
no necesita maquillaje ni luces ni filtros. En la
radio importa lo que se dice, y cómo se dice. Cada
respiración, cada pausa, cada sílaba cuenta. La voz
adquiere espesor, alma, y llega al oído de quien no busca espectáculo, sino
compañía, un hilo invisible que nos conecta desde la otra orilla.
Leer,
ese hábito íntimo y callado, se escucha en la manera de hablar frente al
micrófono. Leer
forma el oído, pule la lengua, afina el pensamiento. La
radio exige cuidado: la palabra es puente, no trampa. Mientras
los diarios guardan la memoria de grandes plumas, la
radio se nutre de voces que convierten el aire en pensamiento.
Somos
muchos los que seguimos persiguiendo una voz, una firma, una frase con alma. Los que
esperamos una crónica que nos acerque belleza, una
idea que nos despierte ternura, un
relato que haga que el día haya valido la pena.
El
micrófono desnuda. Es un
salto del escritorio al diván. Frente
a él, uno siente que rinde un examen invisible, que las
palabras se examinan solas, se confiesan.
Para
quienes estamos al aire, lo más hermoso es recibir un mensaje que diga: “Yo
también me pregunto dónde irán a parar las bolitas lecheras que se pierden en
las mudanzas”. Ahí
entendemos que la radio sigue viva. Que lo
dicho evoluciona hacia un lugar común, familiar, humano. La
radio es un oficio artesanal, una joyería del aire. Cada
palabra se lima, se pule, se sopla con cuidado, como si
fuera una joya sonora.
Si el
mundo terminara como en esas películas de apocalipsis, y
tuviéramos que salvar un solo objeto, yo elegiría una Spika. Una
radio pequeña, gastada, con olor a plástico caliente. La
elegiría como resistencia humana. Porque
mientras haya una voz transmitiendo en vivo, aunque
todo se derrumbe, habrá humanidad. Ese
temblor, esa respiración que se cuela entre las palabras, ese
silencio que dice más que cualquier frase: es
irremplazable.
La
radio nos cura del ruido digital, del vértigo de las pantallas. Es una
ambulancia que llega por el oído, que nos
rescata del silencio brutal de la soledad. Más
tarde o más temprano, todos recibiremos nuestra señal de ajuste. Y ojalá
que, cuando llegue, el silencio del final nos encuentre con un “te quiero”
entre los labios. Porque
al final, el amor es lo único que salva. El amor
—como la radio— no se ve. Pero
cuando llega, suena.
Me
escribió desde Oslo, tan lejos de Villa Celina que parece otro planeta. Gusti,
me escribió sobre la muerte de Miguel Russo… Llegó a
San Lorenzo cuando nadie quería venir, sembró
donde otros veían sequía. (...) Perdonó
cuentas, cerró heridas, y
partió sin quilombos. Descanse
en paz, Don Miguel, hombre
de cosechas limpias y final en calma.
Gusti,
el amigo de Madera, el que en los ochenta fue jefe de la barra de San Lorenzo,
me habla con la misma voz de tablón gastado. Me dice
que allá todo le va bien, mejor dicho, muy bien: el bolsillo lleno, la vida
ordenada, los días largos de Noruega. Pero
que aun así está al tanto de todo, a saber, los quilombos de siempre en la Argentina, la
inflación que muerde, la inseguridad, la falta de laburo y sobre
todo, el mal momento de San Lorenzo.
Yo le
respondí que acá las cosas están bravas, que ni con dos laburos alcanza para
enderezar la semana. Y le
pregunté algo que siempre quise preguntarle —“Che Gusti, decime vos que vivís allá:
¿qué es el exilio, mi hermano?”—
Entonces
me escribió la definición más triste y más hermosa que escuché:
“El
exilio Raly, es no poder explicar a un noruego que tu club no tiene presidente, que
está acéfalo, que al presidente lo filmaron choreándose veinte mil dólares y
nadie sabe cuánto más robó. El
exilio es que los pibes de la primera igual salgan a la cancha y a veces ganen,
como si fueran huérfanos con la camiseta por apellido. El
exilio es no poder ir al Bajo Flores, no abrazar la popular, no gritar los goles en
el gasómetro. Eso,
hermano, es el exilio.”
Y me
quedé en silencio, porque entendí que su distancia era otra forma de estar
preso: no por barrotes, sino por kilómetros; no por cadenas, sino por la
nostalgia. Lo último que me pidió el Gusti fue que le pasara este audio a su
hijo, ese pibe que no falta nunca a la cancha para ver a San Lorenzo:
—Hace
rato que no me responde los mensajes. Haceme la gauchada, hermano: pasale esto
que escribí.
Ahí entendí que no hay plata ni confort que emparde el dolor
cuando un vínculo con lo que más querés se quiebra. Dicen que la hinchada de
San Lorenzo es la más creativa, la más fiel, y quizá sea porque fue también la
que más sufrió. Porque de tanto aguantar se aprendió a cantar más fuerte, y de
tanto perder se entendió que la única victoria verdadera es no soltar nunca lo
que uno ama.
Desde Perros, perros y perros del ’96 que
vengo esperando un golpe así en el pecho. Brindé con rabia alegre por La paciencia de la araña en el ’98, y
sonreí al ver a los muchachos empezar a ganarse el pan con acordes.
Pero mis oídos —animales ariscos, que sólo
se entregan a las canciones con filo de cicatriz— aguantaron veintinueve años de espera, hasta que un día estalló «Milonga
rota».
Y
entonces la nostalgia se sentó a mi mesa, encendió un pucho sin pedirme permiso
y me sopló al oído que todavía existen melodías con la fuerza de revivir lo que
parecía enterrado.
Los Caballeros regresaron, y
conmigo volvió mi sombra de veinte: el pibe que incendiaba madrugadas en el
Purgatorio o en el Condon Clú, que se dejaba arrastrar en Arpegios desde el
bajo, con el resuello agrio de una birra caliente y la inocencia temeraria de
creer que la noche, como la música, podía ser infinita.
Yo
vivía con la música en la piel. No como un pasatiempo, sino como una forma de
respiración: cada acorde un latido, cada silencio una revelación suspendida. Mi
vieja lo sabía. Me había visto crecer abrazado a cassettes y CD’s, y me
acompañaba con esa paciencia discreta de quienes aman sin pedir nada a cambio.
La
noche del jueves 6 de mayo de 2021 me conecté, fiel a la costumbre, a la clase
online de Dany Jiménez. El tema prometía: el primer disco de The Velvet
Underground & Nico, ese artefacto extraño, con la banana de Warhol en la
tapa y canciones capaces de empujar la música hacia un tiempo que todavía no
existía.
Mientras
Dany desplegaba su análisis, me incliné hacia mi vieja.
—Ma,
¿tenés un auricular? Este ya no suena bien.
Sonrió,
revolvió los cajones y me lo alcanzó con la naturalidad de quien ofrece algo
pequeño y decisivo. Luego, en un gesto que me llamó la atención, se despidió
temprano. Ese auricular fue lo último que mi vieja buscó para mí. La mujer que
siempre encontraba respuestas y soluciones dejó los platos sin lavar, una sopa
aguada en la olla y la ropa amontonada. Por primera vez, nada de eso le
importó. Esa noche eligió el descanso, el silencio, una tregua. Era su última
noche, y yo no lo sabía.
—Me voy
a acostar, Ra.
Eran
las diez. Me sorprendió: su sueño solía llegar cerca de la una. La vi retirarse
envuelta en una calma extraña, una serenidad que parecía saber algo que a mí
todavía me estaba vedado.
Sin
advertirlo, en ese instante recibí la última caricia de su despedida. Madre e
hijo, hijo y madre: dos cuerpos compartiendo el mismo aire, atados por un
silencio que ya tenía espesor de eternidad. La clase virtual cerró con
“European Son”. Lou Reed lanzaba palabras filosas, la distorsión crecía,
áspera, implacable.
Me dejé
arrastrar por esa furia eléctrica mientras la casa se hundía en un silencio
espeso. No era un silencio vacío: guardaba algo, escondía una sombra.
Al día
siguiente, la música se quebró. Mi vieja apagó su aliento, vencida por la
enfermedad que la habitaba y por el zarpazo final de un virus hecho para
arrasar multitudes. Desde entonces, ese disco late en mi memoria como una
herida encendida, una cicatriz luminosa donde su presencia se afirma y no
termina de irse.
Hoy
suenan los acordes de “Sunday Morning”. La voz de Lou Reed avanza en puntas de
pie, cuidando no despertar la tristeza que respira a mi lado. Y mientras suena,
mamá vuelve: buscándome un auricular, yéndose a dormir temprano, dejándome —sin
saberlo— su último gesto de amor, envuelto en la fragilidad de la noche.
Lou y
mi vieja, tan distantes en apariencia, quedaron unidos para siempre en mis
oídos. Cada vez que el disco empieza a girar, no estoy solo: ella regresa en la
penumbra, respira entre armónicos disonantes, camina conmigo por ese Dirty
Boulevard donde la eternidad adopta forma de canción.
Hoy
cumplís diecisiete, y yo miro atrás, como quien persigue la huella
de un fuego que aún se resiste a apagarse. Vos, mi
pibe noble, con el
corazón limpio como el cielo después de la lluvia, que
corrés detrás de una pelota como si
en cada pase se jugara la vida, y soñás
con mares infinitos con
delfines que te llaman por tu nombre, con ser
biólogo marino y
aprenderle los secretos al océano.
Me
enseñaste palabras nuevas, aquel
día que deletreaste “vainilla”, y yo,
torpe y feliz, te respondí “llovizna”; desde
entonces supe que
entre vos y yo siempre habrá poesía. Fuimos
felices en la «Plaza del monstruo», donde
el tiempo se quedaba quieto, y somos
felices en Las Toscas, donde
cada ola me recuerda que el
amor también sabe volver. Julián,
hijo, mi
pedazo de mundo, mi
latido, te
abrazo con todo lo que tengo. Que tus
diecisiete sean viento, y que
cada año que pase te
descubra creando luz.
Onitnas
no sabía que estaba solo. O peor: creía que estaba acompañado. Creía que los
aplausos que sonaban en su cresta desteñida, por cada caño que tiraba en el
potrero de tierra dura, eran reales. Pero no. Eran efectos especiales de su altivez en 5.1.
Los que
lo rodeaban lo miraban con un adhesión silenciosa, una distancia temerosa. Lo
festejaban cuando ganaban por él, sí, claro. Pero después… después se iban a
comer hamburguesas con otro. Y a él lo dejaban con sus caños, su “talento”… y
su combo imaginario.
Ese
otro era su ex amigo. No tenía los mismos botines de boutique, más cercanos al desfile que al córner, ni la aptitud que
Onitnas había heredado sin saber de quién —y sin molestarse en averiguarlo— Pero tenía algo que no se compra ni se farmea: carisma.
El ex
amigo no entraba: descendía al campo, como si el césped lo esperara y el equipo respiraba mejor, como si de pronto
hubieran abierto las ventanas. Nadie quería ser su sombra, pero todos querían
estar cerca suyo. Era de esos que, cuando perdían, tiraba una broma que les
arrancaba una sonrisa… incluso al técnico. De esos que te levantaban después de
una patada y te daban una palmada en el hombro, como diciendo “ya fue”.
En
cambio Onitnas, cuando perdía, buscaba pelea. Porque claro, en su mundo, el
problema nunca era él. Siempre el joystick, el árbitro o el césped. Aunque el campo fuera de tierra.
—¡No se
la pasás a nadie, Oni! —le habían dicho una vez.
—¿Y
para qué? ¿Para que la pierdan? —había escupido él, como si el pase fuera una
traición.
El
fútbol no se lo perdonó. Tampoco los pibes. Lo dejaron de invitar.
Hoy
Onitnas celebra inmóvil, desde su trono de plástico, con el joystick sudado como
único testigo de su hazaña. Viste la casaca de Bouzat, impecable, virgen de fango, intacta de goles, como un talismán que nunca pisó la historia.Su voz
se estrella contra una pantalla fría, como si el rival pudiera oírlo.
Onitnas clama
en soledad ante una ventana de hielo que no devuelve eco. Suma victorias pixeladas, tropas
en el Clash Royale, goles en el FIFA, likes de dudosa procedencia. Nadie
lo etiqueta, nadie le reacciona: sus mensajes son gambetas al aire, historias
que nadie ve. Su
WhatsApp es un vestuario vacío y en Instagram no entra ni el viento del
algoritmo.
Mientras
tanto, su ex amigo entrena en la Quemita, con camiseta blanca y roja, soñando
—no desde la cama, sino desde el barro— con debutar en la primera de Huracán.
Lo arropa el equipo. Lo escoltan su novia fiel como promesa de fuego, una
familia que abraza con ternura y palabras justas, y su paso angelado,
hipnótico, que ilumina sin hacer sombra. Lo sostiene una tribuna invisible que
le reconoce algo más importante que la gambeta: su forma de estar en el mundo.
Onitnas no sabe hablar, por eso discute.
No sabe amar, por eso hiere.
No sabe abrazar, por eso amenaza.
No sabe elogiar, por eso insulta.
Onitnas
no juega en equipo, porque todavía no descubrió que en el fútbol —como en la vida— no
se gana solo.
¿Va al
colegio? Sí. Se llama Roberto Arlt. Pero Onitnas probablemente cree que ese tal
Arlt fue un corredor de TC 2000 o un técnico de la B Metropolitana. No leyó al
genio de Arlt. No sabe que en su novela más famosa, Los siete locos, todos sus
personajes están rotos, pero hasta los más rotos se necesitan entre sí para no
hundirse. No sabe que una parte de la prosa de Arlt fue escrita para él; para
el pibe que podría ser un crack, pero no entiende que se juega con otros. Para
el pibe que le teme al afecto más que a la derrota. Aunque claro, con joystick
en mano y auriculares puestos, es fácil confundirse: el corazón también se
puede mutear.
¡Qué
pena, Onitnas! No por lo que le falta, sino por todo lo que ya tiene… y
todavía no sabe. El talento ya lo tiene. El equipo,
todavía lo espera… como se espera al bondi que ya pasó, pero uno se queda por
si vuelve. La
vida, también. Aunque empieza a impacientarse.
“En el caos de sus locuras y tormentos, los
personajes se aferran unos a otros como náufragos; rotos, sí, pero unidos,
porque incluso en la destrucción, la soledad pesa más que el desorden
compartido.” Los Siete Locos | Roberto Arlt (1929)
Por fin
estoy listo para ponerlo en palabras. O eso creo. O eso intento. He
escrito sobre muchas pérdidas. Me acostumbré, de algún modo, a traducir el
dolor en palabras. Es mi oficio. Mi refugio. Mi forma de mantenerme en pie
cuando el mundo tambalea.
Escribí
sobre la muerte de mi madre. Un duelo con nombre y apellido, con certificado
sellado y flores vencidas en una sala sin tiempo.
La
muerte tiene formas: miradas que bajan, manos que se apoyan en la espalda,
silencios más pesados que el llanto. Uno se sienta, se deja caer. Y entonces
llegan las frases heredadas: “Es la ley de la vida”, dicen. Palabras antiguas
que intentan envolver el dolor, domesticarlo, hacerlo manejable. También
escribí una novela sobre el final de un amor. Ese punto exacto en el que uno
deja de sentir y el otro queda suspendido, sin red, sostenido apenas por una
esperanza que ya no lleva a ningún lado.
La
escribí con furia y con ternura. Las cartas que no te dije (2023). La verdad
expuesta, sin abrigo. Porque el amor se termina, aunque nos neguemos a aceptarlo.
Porque a veces uno se va sin mirar atrás y el otro se queda, preguntando en
silencio… pero sigue.
También
escribí sobre el rechazo. Esa mujer que no me amó, a pesar de las flores, de la
torpeza entusiasta, de los trucos fallidos para intentar gustarle. “No somos
una monedita de oro”, me repetí, dándole forma al desdén. No le gusté. Así de
simple. Y aun así lo escribí con una sonrisa torcida, con ese humor que aparece
después de la caída. Ahí el dolor tiene dirección, tiene rostro, tiene gesto.
Una indiferencia concreta, posible de sentar frente a uno, aunque no devuelva
la mirada.
Pero
hay un duelo que me ha dolido más que todos los anteriores. Uno que todavía me
cuesta nombrar. No por ser más cruel, sino por no tener un instante preciso,
una grieta, un adiós. No hubo muerte. No hubo ruptura. No hubo despedida. Hubo
crecimiento.
Ver
crecer a mi hijo ha sido lo más hermoso que me pasó. Y, al mismo tiempo, lo más
dulcemente insoportable. Nunca imaginé que la alegría pudiera doler. Que se
pudiera llorar por palabras que un día dejan de existir: Diojo; Vede; Illo;
Iul; Baco; Aja; no me quedaba otia…
Pequeños
milagros en extinción. Sílabas que guardo con el cuidado reservado a lo
irrepetible. Al principio todo era novedad: los primeros pasos, las primeras
palabras, los dibujos sin forma que yo conservaba con devoción. Para mí, eran
obras maestras. Yo era su mundo. Me llamaba “papi” con una voz mínima,
temblorosa. Me esperaba en la puerta. Me abrazaba del cuello con una fe
absoluta. Me pedía cuentos. Me interrumpía. Me necesitaba. Yo estaba ahí.
Hoy
también está. Pero está distinto.
Ahora
me dice “pa”. El afecto recortado, más seco. Responde con la demora aprendida
de la distancia. Ya no me necesita para dormirse. No pregunta por qué el cielo
es azul. No me pide ayuda para atarse los cordones. Se los ata solo, casi sin
mirarlos, mientras revisa el celular. Y yo, en silencio, atravieso un duelo del
que nadie habla.
No hay
culpables. Nadie falló. Ni él. Ni yo. El tiempo hizo su trabajo. Paciente,
obstinado, fue tallando otra forma en el rostro de mi hijo. Yo quedé abrazado
al niño que fue. Y él se fue yendo de a poco, sin despedirse. Porque crecer no
tiene ceremonia.
A veces
lo miro y busco rastros. El niño que fue él. El niño que fui yo. No lo sé. Me
miro en su cara y también me pierdo.
Me
consuelo con las fotos. Gracias a Dios grabé muchos videos. Su voz de antes. Su
risa de antes. Su manera de decir mi nombre. Su forma de correr. Todo está
guardado. Todo existe. Pero ya no está. Y no sé qué hacer con eso.
—¿Tener
otro hijo? —me preguntan.
No. No.
No. ¿O sí? No lo sé. No creo que quiera otro hijo. Quiero a ese hijo. Al de
antes. Al que decía “mirá, papi” por cualquier cosa. Al que se enojaba cuando
el sol no salía justo a tiempo para jugar. Al que se dormía en mi pecho. Al que
lloraba cuando yo me iba.
Nadie
me preparó para este duelo. Para esta pérdida sin tragedia. Para esta alegría
envuelta en despedida. Si pudiera elegir —y lo digo sin exagerar— sería papá de
un niño toda la vida. No pediría más. Cuidaría ese tiempo con una devoción
absoluta. Lo haría mil veces. Mil veces más. Porque es lo mejor que sé hacer.
Porque en ese mundo pequeño encontré una versión de mí que desconocía. Ser papá
me salvó.
Ahora
tengo que aprender otra forma de amar. Soltar. Mirar desde lejos. Acompañar sin
invadir. Quererlo sin red.
Este es
el duelo que no supe escribir. El que duele sin herida. El que deja al alma
detenida frente a una puerta que se cierra despacio, desde el otro lado.
Mi hijo
se me escapa un poco más. Ya no es un niño. Es un río que se aleja de mi orilla
con la urgencia natural de ser mundo. Lo miro avanzar, firme. En su paso vive
el niño que fue y el hombre que empieza a ser.
Gracias
a la Lic. Guadalupe Fuente por abrirme las puertas de su programa, y a la Prof.
Mónica Monlezun por su cálida producción y co-conducción. En tiempos donde el
ruido abunda, celebrar la escritura es abrazar el silencio que dice, la palabra
que teje sentido y la educación como acto de amor duradero.
A
partir de hoy mi hijo juega para el Club Atlético Huracán, luego de superar una
prueba física, técnica y táctica. Y estoy inmensamente feliz.
Un
conocido me escribió con cierto sarcasmo:
"¿Qué pasó? ¿Vos no eras de San
Lorenzo?"
Y yo le
contesté lo único que podía decir desde el corazón:
Pasó
que voy a cumplir 50 años.
Pasó
que soy papá hace 16.
Pasó
que mi hijo, cada vez que pasaba por La Quemita, soñaba con probarse en
Huracán.
Pasó
que se esforzó, que lo intentó, y que hoy está cumpliendo ese sueño.
Pasó
que la paternidad —la de verdad, la que se vive con el alma y no con consignas
de tribuna— te enseña a correr el ego a un costado, a entender que la felicidad
de un hijo está muy por encima de cualquier berretín identitario o capricho no
resuelto de adolescencia tardía.
Pasó
que ser padre es dejar de mirarse el ombligo para mirar hacia adelante, hacia
ellos, hacia lo que necesitan, lo que desean, lo que los hace crecer.
Así que
no, ya no importa de qué club era yo. Hoy, soy del club donde juega mi hijo. Hoy soy del club de su felicidad.
Ariel tenía 18 años y vivía en Lugano
1 y 2, en el departamento de un amigo, como quien ocupaba un espacio de paso, sin
saber muy bien cuánto va a durar. Su mamá lo había abandonado. Su papá, preso. Él, mientras tanto, resistía.
No era crack, no era figura, él
jugaba. Y jugaba con lo que tenía, alma y carisma. Formaba parte de un equipo imbatible en los
picados que se armaban con los pibes de Cafayate. Ahí, donde el talento se
mezcla con la necesidad, donde cada gol puede valer un almuerzo, o al menos el
orgullo de ganar. Ahí también juega mi hijo, Julián. Y ahí conoció a Ari.
A las dos y
media de la mañana del jueves escribió al grupo de WhatsApp que se habría peleado con su novia, algo que solía ocurrir. Pero todos dormían. Todos menos él, que tenía el
alma en vela. ¿A quién llamar? ¿A quién golpearle la puerta tan tarde?
Ari decidió ir a ver a su ex novia, a buscar algún tipo de consuelo. Nadie sabe bien qué se dijeron, pero estuvo con ella. Al amanecer,
subieron a la terraza a colgar ropa. Piso catorce. Viento de invierno. Cielo opaco.
Ari se sentó en la cornisa con una foto impresa de la chica que lo había dejado
en la mano. La miró a los ojos. Y dijo, bajito:
"Ya fue."
Y se arrojó al vacío.
Cuando al alma torturan los recuerdos, los placeres sólo revelan desesperación.
A las 7 de la mañana, el día apenas
empezaba y ya estaba roto.
Julián no se lo esperaba. Nadie se lo
esperaba. Ari no era su compañero del colegio, ni del club. No hacían tareas
juntos. No compartían aulas ni cumpleaños.
Compartían otra cosa más intensa, más
cruda: el potrero, la ronda de botines gastados, el código sin
palabras de una canchita sin área.
Es la muerte más cercana de un par
que le toca vivir a mi hijo. Y duele. Porque cuando muere un pibe así, no se va solo una
vida.
Se va también una parte del barrio. Se agrieta un espacio.
Se enfría la pelota.
Y nosotros, los que todavía creemos
en los abrazos después del gol, sentimos que algo se nos rompe también.
Ojalá Ariel encuentre, allá donde
haya ido, lo que acá nunca le dieron del todo: un lugar propio, un afecto sin
condiciones, una red que no se rompa.
Y ojalá nosotros sepamos mirar mejor.
Escuchar a tiempo.
Porque los pibes no pueden seguir
cayendo al vacío con una foto en la mano y un “ya fue” en los labios.
Y yo,
que todavía veo tus chiches en la caja de juguetes, tengo el corazón apretado,
como cuando te soltaba la mano al final de cada visita.
Te
fuiste temprano, solo. Con ese paso firme que aprendiste a fuerza de esperas,
de filas en el hospital, de horas en una plaza que era parque y era cárcel a la
vez. Te vi desde la ventana. Tenías el DNI en el bolsillo y una mezcla de
decisión y ternura en la cara, como quien está por hacer algo enorme y no lo sabe
del todo.
Yo me
quedé sentado en la mesa de la cocina, con un mate lavado y la radio bajita.
Decían algo sobre elecciones históricas, sobre la juventud que va a decidir el
rumbo del país. Y pensé: mi hijo también.
Entonces
me vinieron imágenes como relámpagos.
Tu
cochecito avanzando por las baldosas flojas de la plaza del Monstruo de Combate
de los Pozos. Las palomas que te hacían reír, la primera vez que pateaste una
pelota que nos prestó otro padre que también tenía el reloj marcándole el
tiempo. Todos éramos visitantes en esos parques: hombres con mochilas llenas de
juguetes y una sonrisa medida, como quien no puede permitirse el error.
Vos
eras chico. No entendías de acuerdos judiciales, de días pares o impares, de
resoluciones provisorias. Solo querías que te alzara, que te llevara corriendo
por el pasto. Y yo quería lo mismo, pero me cuidaba de no tentarte a llorar
cuando se terminara la hora.
Recuerdo
una vez que te hiciste encima en el colectivo. Tenías tres años. Llevabas un
jardinero con ositos bordados. Entramos a un bar, pedí por favor si podía
cambiarte ahí. Me dijeron que no, que el baño era solo para clientes. Pero vos
no entendías de consumo mínimo. Así que te llevé al hospital Durand, al baño de
discapacitados, porque ahí había espacio. Te limpié con una remera vieja mía
que llevaba en la mochila. Vos no lloraste. Me mirabas con una calma que
todavía no sé de dónde sacaste.
Después,
cuando llovía, nos metíamos en los recovecos de los colegios. Eran techitos
flacos, de chapa, que chorreaban por los costados. Jugábamos a que éramos
piratas o astronautas, lo que pintara ese día. Te hablaba bajito, porque no
quería que te resfriaras. Si te enfermabas, se suspendía la visita. Así eran
las reglas.
Pero
vos creciste. Aprendiste a patear fuerte, a leer carteles, a reconocer los
colectivos por número. Una tarde, ya más grande, me dijiste: “¿Pa, me acuerdo
cuando me llevabas al hospital? ¿Vos eras el único que cambiaba los pañales
ahí?”
Y yo te
miré como si me hubieras abierto el pecho con un cortaplumas. Porque no pensaba
que te acordaras. Porque creí que todo eso era mío, que lo cargaba solo.
Hoy, en
la mesa de votación, vas a ver a otros como vos. Algunos con la camiseta de su club, otros con auriculares, otros tal vez apurados por irse. Pero todos con
ese derecho que yo no pude darte en una plaza ni en una garita: el de decidir.
El de decir esto sí, esto no.
Vas a
votar, hijo. Y sin saberlo, vas a defender esos hospitales públicos que nos
acogieron sin juzgarnos. Esos espacios públicos donde el amor que te tenía
necesitó hacerse visible aunque la ley me diera la espalda. Esas plazas donde
aprendiste a caminar con el mismo paso que ahora te lleva al futuro.
Y yo me
quedo acá. Con tus chiches en la caja. Con tus dibujos pegados en la heladera.
Con una foto arrugada donde estamos los dos mojados, riéndonos en una garita.
Faltan
horas para que vuelvas. No voy a preguntarte a quién votaste. Me basta con
saber por qué.