11 de junio de 2013

EL COMBINADO




El abuelo vive solo, tiene una casa grande en Mataderos, con un patio bien amplio. Cuando entrás, se huele el olor a humedad. El abuelo colecciona sifones de todas las épocas y tiene muchos discos de tango, los pone en un mueble grande para escucharlos (mi papá me dijo el nombre pero no lo recuerdo).
Todos los domingos vamos a visitarlo con papá y su novia. El fin de semana pasado, hubo una fiesta en la feria de Mataderos y antes de ir a lo del abuelo, pasamos por ahí. Llegamos muy temprano. Había tres puestos armados, nada más. Fui sin desayunar, con sueño y de mal humor. Papá tiene una nueva novia, se llama Mónica, es repiola y muy linda. Siempre me saluda con un beso y un abrazo. Siento el aroma de su perfume (que es muy fuerte) y me da arcadas. Todavía no me acostumbro a ella. Mamá dice que papá no se bancaría una mujer de su edad. Yo no le hago caso. Le digo todo que sí.
Al bajar del auto sentí mucho frío. La gente llegaba de a poco. ¿Se sentirán más patriotas por llegar tan temprano? El olor era insoportable, mezcla de caca de caballos y vaca muerta. Me quería ir. Prefería mil veces estar en mi pieza con la play. Joaco me dijo que Neymar es más veloz que Messi en el nuevo Fifa 2013. No sé, Joaco siempre exagera.
Mamá me manda a casa de papá con la ropa que me queda chica y que casi ni uso. “Es para que tu padre vea que necesitás ropa nueva, Lauti” ¡Ah! Claro, la señora se enoja con papá y yo con esa campera re chota. Yo podría ponerme lo que quiero pero se pone loca, empieza a los gritos y me esconde la play.
Papá se acercó con un vaso de plástico.
- ¿ Querés tomar chocolate caliente, Lauti ?
- No papá, es re feo.
- Dale, así se te pasa el frío.
- No quiero.
- Mirá, que hasta el almuerzo no hay nada, ¿eh?
- ¿Qué vamos a almorzar?
- Ravioles, Lautaro, como todos los domingos.
- Uh, otra vez.

En la feria no se puede correr. Mamá me puso una campera que odio, me apreta. El pantalón de jogging también me molesta. Tiene como un algodón que abriga, pero si corro, empiezo a transpirar y quedo todo pegoteado.
En un momento, papá desapareció, no lo vi más. Un vendedor pasó y le miró el culo a Mónica. De golpe, comenzó a sonar música en un parlante. La gente se movió y formó un círculo alrededor de unos bailarines. Salió un tipo con una muñeca. Tenía ojos claros como Brindisi y parecía cansado.
La muñeca tenía la boca muy grande. Si no fuera por los ojos tan saltones, yo le daría, como dice tío Juanqui. Suena re cool decirlo. El hermano de Santi también lo dice: yo le doy. Tiene catorce y dice que se transó a la prima. Yo la conozco. Se llama Agostina, tiene trece y está re fuerte.
Hasta que llegó papá me quedé junto a Mónica. El show de los bailarines me pareció divertido. Se notaba que la muñeca era re trucha. Los dedos de la mano eran del mismo largo. La peluca estaba re sucia. El bailarín se apoyó sobre una columna que le llegaba hasta la espalda, por ahí le serviría para descansar. Pobre, debería estar sin dormir.
Al fin llego papá y fuimos a lo del abuelo. Nos esperaba en la puerta junto a Torito.
El abuelo, desde que murió la abuela, todos los domingos encarga ravioles en una fábrica de pastas. El tuco lo prepara el sábado, para que tome más sabor. Le sale rico. A mí no me gustan los ravioles, como sólo la carne del estofado en sanguchito. Papá me reta y el abuelo le dice: - Dejalo, Enrique. Mientras coma, dejalo.
El abuelo y papá siempre hablan de lo mismo. De Chicago, de las cosas que hacía la abuela y de un tal Dolanata o gordo no sé qué. Mónica no opina. Cuando terminamos de almorzar (con la excusa de jugar con Torito en el patio) le pedí permiso a papá para levantarme de la mesa. La señora que ayuda al abuelo sirvió café. El abuelo puso un disco. Se escuchaba re mal, pero a él le gusta. Yo entré para ir al baño.
- Abuelo, ¿ no tenés otra música?
- Lautaro, el tango es la música.
- Ufa
- Ufa ¿qué?
- Algo más divertido. Es triste abue.
Me apuré y dejé al abuelo solo con su sermón. Me hacía encima. Mónica justo salía del baño. Se había sacado la campera de gimnasia y tenía una remera con cuello en ve blanca. Se le marcaban las tetas.
- ¡Lauti!, a la vuelta de los treinta, te espera el tango - dijo el abuelo mientras yo cerraba la puerta. No entendí bien qué me quiso decir y tampoco quería preguntarle nada, porque empieza y no termina más. Además falta un montón para los treinta. Pero en tres años voy a  tener  catorce, como el hermano de Santi. El que se transó a su prima.
Antes de salir del baño pensé lo bueno que sería escondernos con Agostina detrás del mueble donde el abuelo pone los discos. Ese mueble tan grande, que nunca me acuerdo el nombre.  











31 de mayo de 2013

GANCIA Y LIMON




Como todos los martes llegué a terapia resuelto a hablar de mis miedos y mis fobias. Pero una vez más, me afirmé en el traje del hombre palabrero que soslaya hablar de sí mismo. Discurrí sobre otros temas menores hasta clausurar la sesión.
Al salir, fui al bar donde paro desde hace muchos años. Me topé con un amigo, el Chino.
-¿Cómo andas, Chinito?
-Todo bien, ¿Qué te voy a decir? La calle está dura, viajes cortos, no hay un mango. El metrobus y los cambios de mano me tienen podrido. ¿Y vos?
-Vengo de terapia.
-¿De terapia?
- Si
¿Andas loquito?
- No, pa´.
- ¿Y qué onda?
- Y depende loco, depende de la terapeuta y depende de lo que estés dispuesto a contar.
- Garpar para que te escuchen- pensó el Chino en voz alta.
- Algo así.
-¡Qué loco! Che, tengo una duda sobre éste tema.
- A ver.
-¿Es cierto que si contás un sueño los tipos lo analizan y te dicen qué soñaste en realidad?
- Noo, bueno, sii… Algo así. ¡No sólo de sueños se puede hablar en terapia, Chino!
En ese momento se acercó Antonio hasta nuestra mesa.
-¿Qué dicen? ¿Qué van a tomar?
-Un cortado en jarrito para mí- respondió mi amigo.
- Para mí Coca Zero Antonio, no tan fría.
-¿Qué te andás cuidando, gordito?
- Y sí, Antonio. Se viene el verano, me voy a Punta Terra y hay que estar en forma.
-¿Dónde carajo queda eso?
-¿No conoces Punta Terra? Venite a casa y te la muestro. ¡Punta Terraza! Tengo parrilla y pelopincho, ja.
Antonio se quedó parado al lado nuestro, quería meter un bocadillo pero no se animó. Me pareció que había escuchado la parte final de la conversación y quería acotar algo.
-¿Qué pasa, Antonito? – le preguntó el Chino.
-No, es que mi pibe va a la psicóloga también ¿viste? Hace una semana tuvo una pesadilla.
- ¿Qué soñó?
- Se despertó espantado y vino a la pieza. Eran como las cuatro de la matina. Había bajado la temperatura. Un frío de cagarse y mi pibe estaba sin remera. Cerré la ventana de la cocina, lo cubrí con una manta. Le serví un vaso de agua y nos sentamos a hablar. Está en una edad difícil y es importante escucharlo ¿viste? Yo estoy todo el día acá y a veces me gustaría estar más tiempo con él.
Antonio se extendió en el relato, cuando arranca no para más. Se aproximó al mostrador. Habló con uno de los mozos y regresó a la mesa. No había clientes a quien atender.
Bueno- reanudó. Parece ser que en lo de la mina esta, la psicóloga, habló de un sueño que tuvo y no puede sacárselo de la cabeza.
En ese momento ingresó una pareja al bar. Antonio se explayó con su anécdota sin importarle demasiado si entraban o no clientes. La mujer, que había ingresado como tirando al hombre, luego de una espera de unos diez minutos reprendió a Antonio.
-Mozo, si no nos atiende enseguida nos vamos.
El hombre la tomó de la mano. La mujer insistió: - Soltame Ernesto ¿Estoy diciendo algo malo acaso? Hay otro bar enfrente ¡Dale, vamos!
El hombre, bastante mayor que ella, asintió con la cabeza y agregó:
-Para hablar con sus amigos, mozo, podría esperar a salir ¿no le parece?
Antonio atiende sólo las mesas de los amigos. Es el dueño del bar. No le dió importancia a la pareja. No iba a ser más pobre ni más rico por esos dos cajetillas. Retornó al mostrador y trajo nuestro pedido. Nos dejó solos, estuvo bien.
El Chino tomó el cortado. Yo me serví medio vaso de Coca. Prendí un pucho y mi amigo miró al techo. Sus ojos quedaron fijos en un punto, como quien busca algo en las paredes. Repasó lo que había en la mesa de derecha a izquierda. Dos paquetes de cigarrillos, un encendedor y los celulares. Contuvo la mirada en el cenicero y me dijo:
- Yo nunca fui a terapia ¿sabés? Pero una vez tuve un sueño. Era de un tipo que miraba a la pared, una pared de ladrillos sin revocar. Había saltado un cerco y pisaba el césped, en la pared había una ventana muy estrecha en forma triangular, una pared, una par… Déjalo así, gordo, es una gilada.
- No, no, dale, ¡ahora me contás!
El Chino me reveló que soñaba muy a menudo con una imagen repetida. Con el tiempo concluyó que se trataba de un cuadro con el retrato de un hombre de espaldas vestido de traje y sombrero. Si bien el Chino nunca tuvo acceso a una formación académica, la calle y sus años de tachero le dieron cierto sentido común y algo de respeto por los libros.
Luego de narrar los detalles de esa imagen frecuentada en sus sueños, concluyó:
-¿Te soy sincero? Yo no logré descifrar de qué se trataba ese cuadro, gordo. Hasta que una noche, en esta misma mesa, le pedí a Antonio un Gancia puro, tenía ganas de escabiar.
Al tercer trago ya estaba algo mareado. Antonio me pidió que dejara de tomar, que el control de alcoholemia estaba a unas cuadras y además iba a cerrar, pero no le di bola. Se sentó ahí mismo donde estás vos y me escuchó con mucha atención.
Al terminar de contarle todo sentí inhibición por un lado y consuelo por otro. Recuerdo sus palabras como si fuera hoy:
-¡Chino, Chino!- me dijo Antonio - Te conozco de pibito. Viste que en los sueños a veces están la respuestas ¿entendés? Hace rato que te veo apagado. Dejate de embromar. Mirá para adelante, si el tipo de la pintura esa que decís está de espaldas, sería bueno que vos le pongas el pecho a tu vida. Tu mujer ya no está. ¡Esa una enfermedad de mierda! La puta que lo parió. Te arrebata la gente querida así. Por la espalda ¡cobarde! ¿Qué le vamo´a hacer? Mira, capaz está mejor que nosotros ahora... Andá… andá… andá y comete la calle Chinito. Vos sos un crack.
- Antonio me contó- continuó el Chino- cómo afrontó su viudez y cómo se hizo cargo de cinco pibes. ¿No sé qué pasó, gordo? Pero desde esa noche no soñé más con el cuadro. ¿Viste cómo es? Los cabeza e´ termo como yo, no aprendemos por la lógica, sino por las malas experiencias.
Salí del bar con la sensación de haber aprendido algo. Desde esa noche ya no tomo Coca Zero. Volví a las picadas y el vermú de los domingos con Gancia y limón. Cancelé el turno con la nutricionista. Unos kilos de más no son la muerte de nadie. En definitiva comer bien es un placer y a la panza ya la miro con cariño. El martes siguiente llegue a sesión dispuesto a hablar de mí. Inicié mi narración por un sueño litigante, después de todo desprenderse de una realidad no es nada: lo heroico es desprenderse de un sueño.
   




Fotografía: Sergio Geller 





18 de mayo de 2013

TRAICIÓN






Subí al colectivo. La línea 101 a las once de la noche circula con pocos pasajeros. Sobre todo el lunes. Busqué en mi bolsillo la tarjeta Sube pero no la encontré. El colectivero creyó que lo iba a manguear.
Mientras buscaba en mi mochila escucho la voz del chofer: -¡Ey flaco! ¿Hasta dónde vas?
-Hasta San Cristóbal- contesté.
- Son $ 2,35- me dijo con mala onda y arrancó de golpe.
- ¡Aguantá que no encuentro la tarjeta campeón!
Hicimos un par de cuadras y llegamos a avenida Cruz. Un grupo de pibas y pibes pararon el colectivo. Salían de laburar en Jumbo. Encontré mi billetera y pude sacar el boleto. Fui hasta el fondo y me encontré con un amigo de la infancia.
-¡Qué hacés, Jujuanchiii!, ¿taannnto tiempo loco noo?- balbuceó.
El Flaco Orly estaba en pedo. Le di la mano y le respondí: ¡Flaco!, ¿Qué hacés, locura? ¿Y eso?
-¿Qué cosssa? ¿Esto? No diga´nada, hace mucho, hace mucho que no nos vemosss. Mi vida no fue, mi vida no fue fácil. Ando choreaaannndo.
Lo miré, vi su estado y con algo de lástima que no pude disimular le pregunté: - ¿Te parece, Flaco? ¿Para qué? ¿Y tus viejos que dicen?
El Flaco me miró con tristeza y me confesó:- No me haaablann loco, no diga´ nada, me encamé con mi cuñada y se pudrió el rancho ¿tendesss?
Comprendí en ese instante que era un tema recurrente cada vez que se escabiaba.
-¡Dale, Orly! -le dije. ¿Por qué no te bajás, vas a tu casa, te das un baño y te dejás de joder, loco?
-¿Qué, me vasss a dar con… Consejos vos tambiénn?- expresó Orly alzando la voz.
- No, amigo, pero estás en pedo y podés hacer cagada con eso- y eché un vistazo hacia la cintura donde tenía el fierro.
- ¡Salí de acá, barrilete!, ¿qué que te paaasa ortiva?- apuntó el Flaco con voz firme y me tiró una mano.
El colectivero miraba por el espejo. Al escuchar que la discusión era cada vez más enérgica decidió intervenir.
-Ey, muchachos, ¿qué pasa ahí?
-¡Qué salta´ botón! - le respondió el Flaco. Yo trataba de tranquilizarlo, pero no había forma. El colectivero detuvo el bondi, sacó un palo que estaba debajo de su asiento y se nos vino al humo.
Traté de persuadirlo pero estaba encarnizado con mi amigo de la infancia. Uno de los chicos que subió en Jumbo sacó su blackberry y llamó a la policía. Asimismo yo busqué mi celular para llamar y en ese instante recordé que el Flaco estaba enfierrado. Las manos me temblaban. De los nervios se me cayó el móvil por la escalera donde descienden los pasajeros. En ese momento se escuchó un disparo y todos bajaron. Lo último que me acuerdo es que vi el palo del bondiero que iba de un lado para otro y me calzó en el medio de la frente.
En síntesis: El Flaco venía de una salidera, tenía dos causas abiertas. Antes de tomarme las declaraciones me llevaron a la enfermería. Con la venda en la cabeza y todavía ofuscado por los hechos me sometieron a un interrogatorio.
- ¿De dónde venían, muchacho´? ¿Dónde dejaron el auto robado?
Yo no entendía nada. Hice un silencio y volvieron las preguntas.
-¿Cuál es su vínculo con el Señor Orlando Ruiz Díaz?- insistió el policía.
¡El Flaco Orly!, pensé mientras trataba de abrir los ojos encandilados por el tubo fluorescente. ¡Pobre chabón! Estaba hasta las manos. Pero si decía la verdad me dejarían ir a casa.
El Flaco es mi amigo de la infancia, se crió conmigo, hace veinte años que no lo veía. Compartimos muchas cosas. Antes de responder al oficial recordé todo lo vivido con él: el fútbol, los carnavales, Interama… Jugamos juntos en el mismo equipo en los campeonatos Evita, atajaba el Flaco, ¡cómo olvidarse de esos partidos!
-Muchacho´ ¡no tenemo´ todo el día! ¿Cuál es su vínculo con Ruiz Díaz?
- No lo conozco, oficial - respondí. Tartamudeaba y tenía la boca seca. - Quiso robarme -continúe- traté de defenderme, oficial, y me pegó con un palo en la cabeza- así finiquité mi relato.
Salí minutos después de las doce de la noche de la taquería, habían pasado menos de una hora y cuarto desde que subí al 101, sin embargo me pareció un siglo. Al Flaco lo trasladaron a la Unidad Carcelaria 43 de González Catán. El colectivero al conocer mi declaración, ratificó mis dichos y se fue a su casa. 
Llegué al hotel a la una de la mañana, no tenía hambre. Tomé dos vasos de agua y me acosté sin sacarme la ropa. Al día siguiente me levanté y limpié mi herida. Dejé la pieza a las ocho y cinco de la mañana. No podía quedarme un minuto más ahí. Era muy factible que “la banda” del Flaco Orly supiera mi paradero.





La decepción, y la traición causan el mismo dolor