Había
una vez una ciudad donde escuchar rock ´n roll era grasa. Había una vez un país
que bailaba al ritmo de Alcides, Pocho La Pantera y Technotronic. También había
recitales, como los de Obras Sanitarias, que albergaba a los que transitábamos
en el ostracismo de los sin jopo. Mucho antes de que los shows de rock fueran
parte de una kermesse con cuatro escenarios con venta de pochoclos; hubo una
noche de 1991 donde unos pibes de Villa Devoto homenajearon a los más grandes:
Los Rolling Stones. Profetizando lo que vendría, los Ratones nos mostraron el
camino con un repertorio de standars del rock, el blues y rhythm and blues. Ellos fueron la antesala del desembarco de sus majestades satánicas al país.
“Esta noche toca Juanse y el año que viene tocan los Eston” cantábamos. Ante
tantos memes dando vueltas en las redes socialesa próposito de la visita del ex líder de los Ratones Paranoicos en los almuerzos de Mirtha Legrand quería recordar un fragmento del Ilcorvinopara refrescar
un poco la memoria “A Juanse lo acusan de `Pomelo´, como si Charly, Spinetta,
Fito o Calamaro no tuviesen nada que ver con ese personaje estereotipado que
puso entre la espada y la pared el oficio de rockero argentino. Probablemente
nadie en el rock argentino, a excepción de Páez, esté más atento a la tradición
de Spinetta y Charly que Juanse”
Esto
viene y se va, viene y se va y ayer vino con más fuerza que nunca. Retornó ni
bien subí a la autopista con la virulencia de quien se sabe el mandamás en el
arrabal del subconsciente. Pensé en bajar en Jujuy - ¡no puedo ser tan cagón! -
me dije. A la altura de Boedo vi un islote como un oasis en el desierto. Seguí.
No podía parar. Visualicé el Parque Chacabuco de coté, el corazón latía cada
vez más fuerte, habían pasado dos minutos de reloj, ciento veinte segundos
eternos. Las piernas tiritaban de manera involuntaria, la izquierda se amotinó
y se permitió temblar con su propia coreografía lejos del pedal del embrague
donde tenía que estar. La derecha, en todas sus formas, siempre sabe lo que
hace. Precisaba que responda. Acelerar y desacelerar eran vitales para que el
auto siga en movimiento. Busqué el carril de los lentos, disminuí la velocidad
de ochenta kilómetros por hora a sesenta. Al llegar a Avenida La Plata oí la
vocecita de Valentino como quien escucha debajo del agua un murmullo en la
superficie – Pa, yo lo único que le dije a Elías fue "cachete
inflado" – Caí en la cuenta que había comenzado una conversación donde
formulé una pregunta. Recordé a la promotora de pechos turgentes en la sucursal
de Kansai cuando me ofreció los accesorios para el auto y los rechacé por el
costo que implicaba en ese momento. Entendí que el levanta vidrios eléctricos
no sería de gran uso. Ayer hubiese sido vital para mí. Bajé la ventanilla como
quien levanta una persiana de madera pesada, todo era más trabajoso de lo
normal. El aire ingresó sin pedir permiso. Al golpear en mis mejillas me dio
esperanza y el ímpetu de continuar. Visualicé la curva de Medalla Milagrosa y
las pulsaciones eran cada vez más potentes, el corazón palpitaba en mi garganta
reseca. – No le digas cachete inflado a Elías, Valen … igual, igual no es tan
grave – exclamé con un tono más enérgico de lo habitual para escuchar mi voz.
Súbitamente, me vino la imagen de Kiko, quise reírme pero no pude. La
advertencia del desvío al acceso Oeste alumbró el interior del auto y abrigué
por primera vez la sensación de llegar a destino. La luz naranja avivaba el
avance hacia las cabinas y sentí algo similar al cansancio de llegar a la
Catedral de Luján después de peregrinar sesenta kilómetros. Ejecuté una
maniobra por reflejo, me ubiqué detrás de un camión. Desplacé el volante
lentamente de carril en carril hasta llegar al peaje de Dellepiane en punto
muerto. Al alcanzar las cabinas detuve el auto con el freno de mano. Ya no me
quedaban fuerzas. Le entregué mi billetera a la cajera, intenté mirarla a los
ojos y le expresé con una mímica imperfecta - no me siento bien - La mujer
carpeteó con diplomacia y distinguió que no iba solo. Se sacó los auriculares y
me indicó como llegar hasta el guardarrail enclavado a la derecha de la
autopista. Al atravesar el peaje sentí que el alma retornaba al cuerpo.
Valentino
no entendía nada, le expliqué que necesitaba parar unos minutos, que estaba
conmovido por lo que habíamos vivido en el Nuevo Gasómetro. San Lorenzo le
había ganado a Vélez 2 a 1 con un tremendo golazo de Blandi al palo izquierdo
de Alan Aguerre. Mi hijo dudó – Valen, tengo que parar acá– expresé con la
última gota de saliva, al tiempo que maniobraba tres metros en marcha atrás
asistido por personal de AUSA y una mujer muy joven de la Policía Federal.
Walter, un muchacho de unos treinta y pico de años, con la campera amarillo
flúor y bandas grises que brillaban en la oscuridad, me ofreció llamar al SAME,
le indiqué que no era necesario y le guiñe el ojo. Valen me vió justo y quiso
saber más. Le dije que había parado por la emoción, que la pasión por San
Lorenzo es así. ¡Inexplicable! Que su mamá iba a entender la demora porque ella
también es una apasionada por el fútbol. Walter adivinó la jugada, afanoso y
bien predispuesto entró y salió de una oficina con una botella de Coca de 600
cm3 fría. Alguien que no conozco, que no vi nunca antes me ayudó a solapar la
verdad. Valentino aceptó la explicación y saboreó la Coca Cola mientras Walter
se confesaba hincha fanático de Platense. Me pregunté ¿Cuánto hace que no
contemplo la luna abrazado de mi pichón? La noche no podía ser más perfecta.
Algo sucedió que no puedo poner en palabras. Había salvado mi vida y algo más
importante, la vida de mi hijo. Llamé a mi amigo Alejandro Faure, otro cuervo
de alma, que esta primero en mi lista de contactos y primero cada vez que lo
necesito. A los diez minutos llegó con un remis y nos rescató de la autopista.
Walter se arrimó, lo despedí con un abrazo y me reveló - está todo acá
Miguelito, todo acá - señalando con su índice la cien. Le agradecí y le revelé
que desde esa noche tenía dos motivos para simpatizar aún más con el calamar:
El Polaco Goyeneche y él. Le di un beso a la joven policía. Subí al auto y me
desparramé en el asiento del acompañante. Ale puso primera, la luna llena se
acostaba sobre el horizonte del Bajo Flores, Valentino sacó las figuritas de
Pokemon de su bolsillo y las ordenó en el asiento trasero dispuesto a continuar
con el juego que comenzó unos minutos antes, cuando el torrente irrumpió en
plena autopista 25 de Mayo.
En cada
noche, cada día y en cada minuto que estuve al aire he sido feliz. Hasta mi
hijo Julián recibió la energía que se respira en un estudio y eso no es un dato
menor. Al aire entendí que la radio no es sólo el
momento que la luz roja se prende... La radio, amigos míos, es una forma de
vida.
Admiro
tu convicción. Aplaudo tu vocación militante. Pero perdí un padre por una causa justa. ¿Dónde estabas en mi primer día de clases? ¿Dónde
estabas mientras iba a la prueba de Festilindo? ¿Dónde estabas cuando Miguel
Core me miró en los pasillos de ATC como una mujer, con tan sólo doce años? ¿Dónde estabas mientras
quemaban un cajón que nos hizo perder una elección? ¡Papá!, todas mis amigas hablaban
de sus padres y yo no podía decir nada. Amontoné cientos de palabras en el pecho
que hoy piden a gritos salir. Me desespero y lloro a solas cuando llego a casa.
Rebusco en cada álbum de fotos tu imagen y encuentro una sola, una sola. La observo,
y me pregunto ¿qué estarías pensando en ese momento? Mamá me prohibió hablar del
tema durante años. Pobre, aguantó hasta donde pudo. Estoy esperando un bebé. Miro un microondas y pienso en vos. ¿Vos podrías
imaginarte lo que es un microondas? Hay computadoras por todos lados, papá.
Todavía puedo olfatear el tufo a los colorados cortos que fumabas. ¿Cuál fue la causa tan justa para dejarme sola? ¿Cuál? ¿Un mundo mejor? Creo que estoy loca. Me
gustaría escribir una novela que se llame Colorado corto. Quiero relatar lo que
sufro al sentir (aún) el olor de tus cigarrillos como un incienso eterno. Te cambio toda la comida macrobiótica, el crossfit y toda esa mierda por una pitada de colorado corto tuyo que me abrace en este
invierno tan frío. Me siento sola. ¿Puede ser que todavía te extrañe? ¿Puede ser que un estampido que te arrancó de mi vida aún suene en mis oídos
después de treinta y nueve años? Perdí mucha sangre, estoy en observación. Tu
nieta es hermosa, está en la nursery. La enfermera me dijo que asimiló bien la primera mamadera y la segunda la vomitó. Están estudiando si es
insuficiencia gástrica o algo menos complejo. En el lactario me
enseñaron a sacar el pezón para darle la teta a Maria Eva cuando la trasladen a la
sala. Hay dos mamás que no consiguen sacar la tetilla. Antonella, mi compañera de sala, me interroga todo el
tiempo, me pregunta si elegí el nombre por algo en especial. Ella comenzó a militar hace muy poco. Le hablé de Cooke, sí, de Cooke. Mamá me decía que vos lo
admirabas. Leí todo lo que pude encontrar de él. Antonella no sabía que era argentino, no sabía que fue uno de los cuadros más lúcidos
que dio el movimiento. Emanuel, el padre de tu nieta, también lo leyó. Está lejos de ser un cuadro. No entendió, se subió a la ola sin tabla y se quedó con algunos vueltos. Se
borró de un día para el otro, papá. Está en Italia, fue a malgastar la guita que no es de él. Se quedó a vivir allá con una colombiana. Si
vuelve, lo esperan compañeros descontentos y una "causa" judicial. El pelotudo salió a forjar su contraofensiva repartiendo volantes en la
plaza del barrio. Pasamos dos noches juntos y la segunda quedé embarazada,
papá. Estoy tan decepcionada de los hombres, de vos, de él, de todo, papá. Me
siento muy sola, perdí mucha sangre. ¿No sé quién podrá cuidar de mi beba? Espero
que sea una mujer que le dé amor de mamá. Ésta enfermedad me apaga de
a poco. Ni el partido, ni el general, ni vos me sacarán de esta. ¡La puta
madre! Batallaste para que la gente viva mejor y hoy no me podes alcanzar ni un
vaso de agua. ¡¿Te das cuenta?! Me confirmaron que hay un listado de matrimonios
en espera por adopción. No puedo más. Mi instinto de madre me dice que velarán
por la vida de mi hija, de tu nieta. Quédate tranquilo. No conozco ninguna Eva
gorila. Ya estoy subiendo, perdí mucha sangre. Nos vemos en un ratito. Llevo
fuego.
Nos
congregábamos en el olvidado cine Gran Lugano y arrancábamos en caravana a las
fiestas del Condon Clú o al Viejo Correo, siempre en bondi. Una noche despuntó por
Murguiondo un Citroen amarillo oriundo de Lugano I y II capitaneado por Martín Lauria. Ganamos las calles coreando canciones de
Sumo y escabiando vino blanco en tetrabrick. Martín detuvo el auto sobre Castro
Barros, descendimos copeteados y con el pecho inflado. La anécdota puede
resultar escueta y simplona, pero para quien escribe, llegar de ese modo a un recital en Capital Federal era todo un suceso.
Va
entonces esta pequeña evocación para La Cachirula, el Falcon del Tospar y en
especial para los pilotos que
maniobraban con el sol de frente en cada nueva alborada y alcanzábamos llegar a
casa sin tener que despabilarnos sobresaltados por la voz carrasposa y prepotente de un
colectivero que nos dijera “pibe, acá termina el recorrido.”
Primer día
de clase. A las corridas para llegar al acto de inicio del ciclo escolar. Con
los quilombos de todo ciudadano de a pie que sobrevive en una metrópoli como
Buenos Aires. Enredado en el stress y el tránsito de las grandes urbes.
El año
pasado, conversando con la señorita de sala de cuatro, a partir de una
notificación por un tema de Julián, supe la historia de Alejo. Su papá no vive
en Argentina. Su papá se fue un día y no volvió más.
En un
momento de la ceremonia, Julián se acercó hasta mí de la mano de un
compañerito. Era Alejo. Una ternura de pibe. Me saludó con un beso y me dijo
"hoy viene mi papá también". Lo mire y sonreí. Creí que su padre
vendría. Lo dijo convencido. Ingresaron los abanderados, entonamos el Himno
Nacional. Alejo curioseaba hacia la puerta de entrada de la escuela. Mientras
los padres y familiares cantábamos "sean eternos los laureles que supimos
conseguir", no podía dejar de
divisarlo y lo canté con más ímpetu de lo habitual. Yo no sé qué entenderá por
Patria un chiquito de cinco años, pero sí sé qué entienden por obstinación
cuando algo anhelan.
Salí del
colegio en camino hacia el trabajo. Subí al auto. En el primer semáforo en rojo
paré y al colocarse en amarillo dos bocinazos de un Volkswagen me hicieron
reaccionar. Debía poner primera y arrancar pero estaba algo aturdido. Miré por
el espejo retrovisor y vi a un hombre calvo, con el ceño fruncido y la cara
desquiciada. El tipo no podía esperar un segundo más. Pensé en Alejo, que a la
luz de los hechos y de su actitud de hoy, bien podría perseverar algo más que
el ansioso conductor del Vento. Hoy la mirada de Alejo me dejó en off
side, sentí que el niño que fui descuidó el registro de avizorar hacia las
puertas sondeando un horizonte en búsqueda de una utopía, de un sueño.
El trip me llevó hasta Estela de Carlotto de manera inherente e ineludible.
Recuerdo cuando dijo "No quería morirme sin abrazarlo y lo voy a
hacer"el mismo día que
iba a conocer a Guido, su nieto, después de 37 años.Fue
un modelo para mí cuando peregriné varios meses los claustros de los tribunales
porteños, en mucho menor escala, ¡claro está!, con la esperanza de lograr un
régimen de visita racional para ver a mi hijo. Recorrí, como en un cuento
kafkiano (sin la arquitectura gótica y romántica de la ciudad de Praga) juzgados
con escaleras estrechas, ascensores abarrotados de abogados, despachos repletos
de expedientes y eternas esperas en los pasillos con vista al techo de chapa
oxidado de un supermercado chino.
En tanto, a
cuatrocientos kilómetros, mi vieja aceptaba con hidalguía la situación.
Naturalizando la sinrazón para no levantar el avispero. Lejos de dramatizar
tejía chalecos, gorras y bufandas para el próximo invierno sin certeza alguna,
de cuando iba a conocer a su nieto"En
una de esas el frío continúa y se lo podes llevar. Por lo que ví en la última
foto que me enviaste el rojito que te terminé, le va a quedar medio
chicón" me decía por teléfono. Sólo Dios sabe por dónde
andaría su cabeza en esos dos largos años.
Pensaba en los hijos de puta que afloran
cuando la vida te pega duro. Los extras de la vida que se
presentan como en un casting de bajo presupuesto de película clase B, que buscan
en la convocatoria una oportunidad para lograr algo de notoriedad.
Confieso que hubo días que miraba alrededor y buscaba un guiño, una señal, un
asistente de cámara, al director que me dijera: "última toma...
Silencio... Grabando…". Pero no fue así. Allí estaban, los mediocres, los que se sacudieron como ratas por tirante para ver que ventaja
podían sacar, desfilando a tribunales a sumar su grano de
arena a un expediente engañoso y embustero, a separar -y esto es lo más grave-
a un bebé de su abuela. Los protagonistas, en cambio, supieron esperar y contemporizar para actuar
con discreción y mesura. Estela, sin dudas, forma parte del segundo lote y nuestro amigo Alejo, también. Él no renuncia a su causa y como un noble caballero sigue mirando hacia
la puerta de entrada en cada acto, en cada inicio del ciclo escolar.
Al Tano
lo conocí en la campaña presidencial del ´89. Fue mi primera colaboración en la
Unidad Básica "Facundo Quiroga" volanteando para el FREJUPO.
Mi papá
se llevaba muy bien con él. Mi viejo daba una mano y cooperaba con la
Asociación Vecinal que tenía línea directa con la U.B. El Tano vivía en Las
Achiras y alquilaba con Normita Agüero una vivienda en el pasaje Madreselva.
- ...
Los que perdieron tienen que razonar y dar un paso al costado. Luder se fue a
la casa, ¿no te acordás? - me dijo el Tano con un tonillo inquisidor cuando lo
crucé hace unos meses por el Congreso sin registrar que en el ´83 yo tenía 7
años. Creo que me miraba a mí y le hablaba a mi viejo.
El
cuadro que leía a Perón y no había terminado el colegio, que subsistió como
remisero y otros rebusques durante más de una década se sostuvo en la reclusión
política con estoicismo. El Tano no quiso entender, o entendió y no le cerró un
esquema que relegó a muchos peronistas como él.
Yo sé
que anda tirado, que no tiene un mango, sin embargo, me invitó a tomar un café.
Acepté. Cuando iba a pagar, se ofendió.
-No,
no, no pibe. Pará. ¿Qué diría tu viejo? ¿Somos compañeros o no somos compañeros?
Fui al
baño para disimilar la emoción. Durante años, algunos paracaidistas sub 30 con
el único mérito de ser "hijos de" se
cargaron a varios tipos como el Tanto con 30 años o más de peronismo en el
lomo. Díscolos que se enfrentaban con los jetones puertas adentro y defendían
el partido a muerte hacia afuera.
Hoy los
manuales de conducción política se escriben por whatsapp mientras se exponen
las ideas en los muros de facebook. Le dije que mi viejo lo admiraba y le
revelé que la militancia conquistó mi corazón gracias a su formación.
Al
ingresar al baño del bar mastiqué bronca. Me lave la cara y al salir advertí de
refilón como el querido Tano, el tipo que me formó de pibe, gatillaba con
billetes y monedas que sacaba del bolsillo. El chabón perdió mucho en la vida,
menos la dignidad.
"Y
así como los pueblos sin dignidad son rebaños, los individuos sin ella son
esclavos." José
Ingenieros
En el
depósito del almacén de mi viejo encontré una caja con un par de fotos,
revistas y hojas sueltas escritas con birome. ¡Hay una que no se puede creer!
Estaba en un sobre, un sobre cerrado con una dirección. El tío le escribió una carta a una mujer. Pensar que mi viejo me decía que era
un chabón arisco al amor.
Papá
celaba al tío. Todo empezó cuando mi viejo lo llevó a
militar a un partido con nombrepedorro:El PI. - Yo soy del PI - decía el tío. - ¿De qué PI? - ¡Del pindonga! - me respondía y nos cagábamos de risa.
Me
contó mi tía, La Negra, que el tío Bernabé se hizo querer y respetar. Aprendió enseguida la onda de la militancia.Papá no
encajaba. Correctito y con sus maneras espantaba más que acercar a la gente. Participaba hasta ahí, sin embarrarse.Siempre con el deditoacusador levantado, chipi chipi. Un especialista en encontrar errores ajenos.
Me acuerdo
queunavecina,
la hija de Doña Marta, lo llevó al tío a la unidad básica del barrio. "Vos
tenes que militar con nosotros, Berna" le dijo.Ahí estaba en su salsa. El tío
flasheó con las ollas populares, el apoyo escolar y la murga. Eran chabones más normales.
Mi papá
criticaba al peronismo. Decía que "el viejo", por Perón, había sido un
traidor. El tío desobedecía los discursos de papá y se hizo peronista
sin darse cuenta. De a poquito fue metiéndose y llegó a trabajar como tutor de la JP adoctrinandopibes
de mi edad.
La tía
Negra guardó una foto del tío Bernabé con la Cristina en la Casa Rosada, mientras mi viejo, que la iba de pureli, no hacía
otra cosa que tirarle mierda. “No tenés vergüenza, ¿cómo te vas a sacar una
foto con esa yegua, hermano?”
Pero
todo eso no fue nada. Lo que más le jodió a mi viejo, según cuenta Bernabé en su diario, fue verlo llegar junto a una mina preciosa a un recital que hicimos por
Almagro. Papá no la podía caretear. Se lo veía molesto. Bernabé escribió en uno de sus
cuadernos que papá no dejaba pasar ocasión para impresionar y hacerse el galán
con la compañera. Eso al tío lo entristecía. “¿Cómo puede ser que mi hermano deseé una mujer que
está conmigo?” escribió.
Mi tío era el más
chico de todos los hermanos y no tenía el fuego de papá. Siempre le costó más que al resto. Mi viejo de pendejo era un crack, aplicado, buen alumno. Pintaba para
hacer carrera pero no llegó a nada. El tío, en cambio,se formó de a poco, perseveró y consiguió
realizarmuchos de sussueños: hacer radio,escribir libros, conocer un presidente y sobre todo, besar a la mujer de sus sueños.
***
Mientras
abría el sobre, recorrí con la vista la caja con papeles, facturas y anotaciones viejas. El tío, antes de morir, tenía dos proyectos: el armado de una radio por internet y publicar una novela que tenía terminada. La última vez que
hablé con él me pidió que ensayara un par de canciones para tocar en la presentación de su novela. “¿Conocés a los
Wawanco, Raly?” me dijo. "Armate algo con los muchachos". Wawanco
fueron sus últimas palabras. ¡Wawanco! Bajé un par de canciones y se las hice
escuchar a los pibes de la banda. Los vagos flashearon mal.
Una
pena como se dio todo. El tío había conocido a una mina, fotógrafa, de la que
estaba enamorado. Me contó la tía que pensaba en ser papá otra vez. Su hijo, mi primo el Ale, vivía en Chile. Se lo llevó la madre cuando estaba
embarazada. Los bogas chilenos no pudieron hacer nada y después
de quince años de batallar renunció a la pelea. La mala sangre que se hizo por no ver a su hijo, el
escabio y la diabetes se lo llevaron puesto. Así fue como un infarto de
miocardio lo dejó seco mientras escribía. No enteramos al día siguiente. Dejó unas palabras en forma de carta que no tienen desperdicio.
***
"Compañera:
¿Cómo estás? ¡Tanto tiempo! Te escribo
sencillamente para decirte: gracias.
¿Por qué? Porque mi vida no fue la misma
desde nuestro primer encuentro. Comprendí que era el momento para escribir lo
que antes no supe o pude poner en palabras. Sin etiquetas, sin compromiso y sin
promesas era nuestra lema ¿recordás? Bueno, creí que podría desempeñar con
lealtad lo acordado, pero no. Me enamoré. Sí, y lo advertí tarde. Por esa
razón, sabiendo lo que venía, decliné a persistir en la espera y resolví dar un
paso al costado.
Ahora que clareó y pude desensillar, sentí
la necesidad de rasguear unos párrafos. Hallé, cuando el embrujo y la
fascinación del enamoramiento se disiparon, una conmoción de alegría por la
libertad de alguien, o sea tu libertad, aunque esa libertad no me incluya a mí.
Siento que vivimos una historia muy bonita, a destiempo (quizás). Sin embargo,
disfruté de cada instante juntos.
Cumpa querida, me desenredaste los ojos. Mi
amor por vos fue una bocanada de aire fresco, como una lluvia repentina de
verano sobre un campo reseco. Comencé a desperezarme de a poco. En mensajes y
largas charlas primero, hasta confluir en confesiones y besos que nos brindó la
comunión del vino tinto. A partir de allí, salí a reanudar mis proyectos
pendientes. Al calor de nuestra relación retomé con la radio y la militancia,
dos pasiones que compartimos..."
***
-
Escuchá. Alta frase se mandó ahí: "... como una lluvia repentina de verano
sobre un campo..."
- ...
Estaría escabio, ey - ninguneó el Orly.
Dentro
del sobre había una fotocopia a color. El tío re joven con una mina hermosa.
Un papel escrito con fibra y una sola palabra: Ponele. Una etiqueta de cerveza
artesanal, un envoltorio todo arrugado de bon o bon y un ticket de un bar:
Estancia Antigua. Mesa 50/0; Mozo: 6, Juan. ¡Esa, tío! Decidí llevar la foto con la "compañera" al ensayo. La pegué en uno de los parlantes.
- ¿Cómo
se llama la mina? - preguntó el Lechu.
- No
sé. No la nombra, siempre pone "compañera".
- Tá
linda, boludo.
- Eh,
no te zarpes, logi. Era la novia de mi tío.
- ¡¿Qué
sabés si era la novia?! Capaz que la quería conquistar con esa carta, gil - tiró
el Lechu.
- Si
esa muñeca lo inspiró a tu tío... Capa que no inspira a nosotro también –
ironizó el flaco Orly.
- Un
crack, el chabón - dije de afuera hacia adentro.
- Alta
morocha - batió el Lechu.
- ¿Por
qué no le habré dado bola en vida al Berna, loco? – tiré mientras probaba el micrófono,
creyendo que no escuchaban.
-
Bueno, Raly. Ya fue - dijo el Orly - Tampoco te enrosque, amio.
- Por
suerte encontré ese sobre ¿no? - dije buscando un consuelo.
- Má vale - me tranquilizaron a coro.
- ¡No
sabés la bocha de libros que dejó!
- Y
leelo – me recomendó el Orly - Capa que si pinta de leer má... La Mica, en
una de esa...
- No
entiendo – lo interrumpí mientras colocaba los platillos.
- ¡Lee
má, tigre! Escribí y escribí y te sale una cartita así...
El
flaco me sacó del bajón con esa salida. Me quiso decir, a su manera, que la
lectura de todos los libros de la biblioteca del tío Bernabé me llevarían a escribir
una buena carta a la Mica. Los pibes le festejaron la ocurrencia. Prendieron un
faso y comenzó la ronda de fumata. Antes de arrancar con el primer tema,
necesité la opinión de mis compañeros de banda.
- ¿Vos
decís de escribirle?
- Ni
hablar - dijo firme el Orly.
-
¿Pensás que me puede dar cabida?
- Sí,
Raly. ¿No vite cómo te mira, loco?
- ¿Vos
decís?
- Sí,
boludo. Escribile. Yo sé lo que te digo. Dejate de hinchar lo huevo.
-
¡Joya! - dije entusiasmado.
- ¡Viva
Perón, carajo! - dijo el Lechu y destapó una cerveza.
-
¡Viva! - dijimos todos juntos.
-
¿Arracamo Raly?
- ¡Sí!
Va... un, do, tre...
***
Estuve
todo el domingo pensando qué hacer con la carta. Le pregunté a mi
viejo. El chabón, como siempre, me cortó el mambo menos diez: "¡¿Qué sabés si vive ahí, todavía?! ¡Qué correo, ni correo! Andá a buscar laburo mañana, hijo.
Haceme el favor."
El
lunes temprano, mientras me clavaba una birra para bajar de la gira, el Lechu
me convenció de ir hasta el correo. Me dijo que no tenía sentido conservar esa
carta. Que tenía que cerrar la historia que quedó inconclusa. No hablamos de
otro tema. Me preguntó toda la noche "¿cuánto falta para las
diez?". Enfilamos para Oca y entregamos la carta como si fuera algo re
importante. Sentí que había hecho algo groso, groso posta. Lamenté que mi viejo
no me bancara en esa. A la tarde me puse con
la criolla a sacar los acordes de La piragua. Sentí un alivio bárbaro, no sé, qué sé
yo. En la
cena hablé con mi papá. No le conté nada de la carta. Antes de levantarse para
ir a dormir, me ofrecí para atender la verdulería que pusimos en la entrada del almacén. Mi viejo había cobrado una indemnización después del despido en el colegio. Me quedé solo en la mesa y releí el final de la carta que había
copiado de puño y letra.
***
"... Para concluir, y siempre en
sentido de gratificación. Me llevo el frenesí de nuestras caricias, el destello
de nuestras miradas, el bálsamo de tu piel, la suavidad de tu voz. Fuiste muy
especial para mí. Confieso que jamás volví a hablar por teléfono desde las diez
de la noche hasta las siete de la mañana con nadie. Me encantó haber transitado
parte del camino juntos, de jugar en la misma vereda por un rato. Suena
"El tiempo me enseñó" en el equipo y siento que estuvo bien, muy
bien. Fui muy feliz a tu lado. ¿Cómo no agradecerte? Ahora sí me despido como
Dios manda. Ahora estoy en paz. ¡Salud compañera!"