3 de octubre de 2009

DONDE TERMINA LA TRISTEZA

 




La primera vez que fui a Luján llevaba una tristeza que no sabía nombrar.

 

No era una tristeza grande. Las tristezas grandes tienen nombre, fecha, una habitación donde quedarse. La mía era pequeña y persistente, como una piedra dentro del zapato. Caminaba con ella desde hacía meses. A veces olvidaba que estaba ahí, pero al final del día volvía a sentirla.

 

Había decidido ir sin contarle a nadie.

 

Tomé el tren temprano, cuando todavía quedaba algo de noche en las ventanas. Llevaba un abrigo gris, una botella de agua y una pequeña flor blanca que había cortado del jardín antes de salir.

 

No sabía para quién era.

 

Durante el viaje miré por la ventanilla. El paisaje se deshacía lentamente: casas bajas, árboles, perros detrás de las rejas, patios con ropa tendida. Todo parecía alejarse de mí, como si el mundo supiera algo que yo todavía ignoraba.

 

Pensé en mi madre.

 

En una amiga que ya no estaba.

 

En el hombre que había amado y que se había ido sin hacer ruido, como se van algunas cosas que una creía destinadas a quedarse.

 

Pensé también en mí.

 

En todas las veces que había dicho “estoy bien” mientras algo adentro pedía auxilio.

 

Cuando llegué a Luján, caminé despacio.

 

Había peregrinos, vendedores de estampitas, familias enteras. Algunas personas llevaban velas. Otras caminaban descalzas. Vi a una mujer joven con un bebé dormido contra el pecho y a un anciano que avanzaba con dificultad, apoyado en un bastón.

 

Todos parecían llevar algo invisible.

 

Una pena.

 

Un deseo.

 

Un nombre.

 

Una promesa.

 

Yo llevaba el mío.

 

Entré a la basílica.

 

La Virgen estaba allá arriba, pequeña y oscura, detrás de sus vidrios. Me quedé mirándola.

 

Esperaba sentir algo extraordinario.

 

Una señal.

 

Una palabra.

 

Un milagro pequeño, aunque fuera apenas una sensación en el cuerpo.

 

Pero no ocurrió nada.

 

Solo sentí que me ardían los ojos.

 

Me senté.

 

Durante un largo rato no pude pensar.

 

Escuchaba pasos, murmullos, el eco de las voces. Una mujer rezaba muy cerca de mí. Repetía unas palabras que no alcancé a entender.

 

Entonces pensé en todas las mujeres que alguna vez habían llegado hasta ese lugar con una pena secreta.

 

Mujeres que habían pedido por un hijo.

 

Por un amor.

 

Por alguien enfermo.

 

Por una casa.

 

Por un regreso.

 

Mujeres que habían llegado con los brazos vacíos y habían levantado las manos hacia aquella pequeña figura azul.

 

Pensé:

 

tal vez ella las conoce a todas.

 

Y esa idea, tan sencilla, me hizo llorar.

 

No lloré como se llora cuando algo se rompe.

 

Lloré despacio.

 

Como si mi cuerpo finalmente hubiera encontrado un lugar donde dejar aquello que llevaba tanto tiempo sosteniendo.

 

Abrí la mano.

 

La flor blanca estaba un poco marchita.

 

La miré.

 

Durante un instante pensé en dejarla a los pies de la Virgen.

 

Pero no lo hice.

 

La apoyé en el banco, a mi lado.

 

Como si alguien estuviera sentado conmigo.

 

Después cerré los ojos.

 

No pedí que volviera nadie.

 

No pedí que cambiara el pasado.

 

No pedí siquiera dejar de estar triste.

 

Solo dije, muy bajito:

 

—Ayudame a seguir.

 

No sé cuánto tiempo permanecí así.

 

Cuando salí, el cielo tenía un color pálido, casi transparente. Las campanas sonaban y el aire olía a pasto húmedo.

 

Caminé sin apuro.

 

La tristeza seguía conmigo.

 

Pero ya no era una piedra.

 

Era algo distinto.

 

Una pequeña habitación donde todavía quedaba una ventana.

 

Compré un café y me senté sola en una plaza. Vi pasar a la gente. Una niña corría detrás de unas palomas. Un hombre acomodaba flores en un puesto. Una mujer reía por teléfono.

 

La vida.

 

Tan extraña.

 

Tan obstinada.

 

Tan capaz de continuar incluso cuando una cree que ya no puede.

 

Entonces miré el cielo.

 

No ocurrió ningún milagro.

 

Nadie pronunció mi nombre.

 

La Virgen no bajó de su altar para decirme qué hacer con mi vida.

 

Pero por primera vez en mucho tiempo sentí que podía esperar.

 

Y comprendí que quizá la esperanza no era estar segura de que todo iba a salir bien.

 

Quizá era algo más pequeño.

 

Una luz que una lleva entre las manos sin saber todavía hacia dónde.

 

Me levanté y volví a la estación.

 

Antes de subir al tren miré mis manos.

 

Estaban vacías.

 

Y, sin embargo, ya no me parecían vacías.

 

Había algo en ellas.

 

Algo mínimo.

 

Una confianza nueva.

 

Una respiración.

 

Una posibilidad.

 

El tren comenzó a moverse.

 

Luján quedó atrás, cada vez más pequeño.

 

Apoyé la frente contra la ventanilla.

 

Y mientras el paisaje volvía a deshacerse, pensé que tal vez la Virgen no estaba allí para concedernos lo que pedíamos.

 

Tal vez estaba para recordarnos que, aun cuando no sabemos cómo seguir,

 

siempre existe un camino de regreso hacia la luz.

 

Y esa tarde, por primera vez en mucho tiempo,

 

yo tuve ganas de caminarlo.


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