23 de abril de 2016

A MIS TREINTA Y DIEZ







El tiempo pasa. Es una verdad inobjetable. Mientras me amoldaba a ciertos rituales me topé con mis treinta y diez, como diría el gran Joaquín. 
Decido hurgar en mi biblioteca, a revisar los libros que me conmovieron de chico para ver donde estoy parado con respecto a mis sueños. Resuelvo llevar un libro a la mesa de luz para leer antes de dormir. Observo en la esquina del anaquel del medio la colección de “Elige tu propia aventura” y concluyo reacomodarlos por número. Esta serie fue la tarjeta de admisión al universo de los librojuegos hasta concluir el viaje en estación "Rayuela". Sigo, “Cuentos de la Selva”, un ejemplar curtido de tantas mudanzas y pegado con cinta scotch. Horacio Quiroga me introdujo en un mundo de fantasías a partir de historias protagonizadas por animales. La Gama Ciega desembarca en Disney y le gana por knock-out a Mickey Mouse con un cross a la mandíbula. 

En el estante de abajo, una edición en tapa blanda de “Niebla”. Miguel de Unamuno fue fundamental para mi formación. Bukowski. El desparpajo. Una prosa insolente y un registro que nos calzó a medida. Después de "El cartero" todos queríamos escribir sobre nuestros despidos laborales. A la izquierda, “Patas arriba” de Eduardo Galeano, el poeta y ensayista que nos abrió las cabezas con "Las venas abiertas de Latinoamérica". “Así habló Zaratustra” y “Un mundo feliz” uno al lado del otro. Los libros de Nietzsche y Huxley los compré por siete y nueve pesos respectivamente en el parque Rivadavia un sábado a la mañana. Dieciséis pesos alcanzaron para cambiar mi percepción del mundo de manera radical (y peronista). Venía de caravana después de salir del Viejo Correo. Me comí el viaje lisérgico de un Morrison de conurbano sin Pam, sin banda y sin pantalones de cuero. 

Veo varias biografías. “Life” de Keith Richards, que me regalaron este año, la de Miles Davis escrita por Ian Carr, increíble, y recuerdo la de Anthony Kiedis en primera persona, la más recomendable por lejos, ¡Que no está! La presté y nunca volvió.
Está bueno llevar un registro de lo que prestamos y ¿por qué no de lo vivido? Una especie de diario de viaje. Confieso que hace más de veinte años que escribo en cuadernos con algunas interrupciones, llámese pereza, ocupaciones, parejas, matrimonio, bobadas de treintañero. Una costumbre de contar que fui adaptando como hábito. Los dos primeros años de Julián los tengo asentados en más de seis cuadernos escritos de puño y letra. Apuntes que tomaba en las eternas esperas en un juzgado civil. Pero siempre vuelvo a la lectura. 

Leer es maravilloso. Como esas noches de sobremesa en el viejo barrio donde la falta de luz nos dejaba al descubierto, expuestos ante el silencio y allí en esa morada serena, en la patria de todo hombre, con las manos debajo de las piernas y la cabeza apoyada en la mesa, me gustaba escuchar las conversaciones de los grandes. Hasta que un día, cuando creí que mi vida comenzaba a marchar sobre ruedas, sufrí un desamor. El desafecto es una gran fuente de inspiración para crear. Allí emergió la necesidad de poner en palabras emociones que debía plasmar antes que la desazón me quite el aire. Una voz extraña que no pide permiso. Empuja por salir, moviliza y sacude la maraña con aspereza y sin sopor.
Continúo con el anaquel de los escritores argentinos, de izquierda a derecha la novela “Dudoso Noriega” de Sasturain, que comencé a leer el verano pasado y dejé inconclusa, “Poesía reunida” de Juan Gelman, un regalo de cumpleaños, “Cuarteles de invierno” de Soriano, “Titanes del Coco” de Fabián Casas, los de Arlt hasta llegar a “Bestiario”, de Editorial Sudamericana, tapa verde fluor. Lo compró mi vieja, usado, en una época donde la guita no sobraba. Lo analizamos en las inolvidables clases de Lengua y Literatura de cuarto año del secundario capitaneadas por el profesor Héctor Omar Saldaña.  

Recorro la última repisa, allí están mis mayores tesoros. Por un lado "Ana Karenina" de Tolstói, la novela más extraordinaria que leí en mi vida. La desocupación del año 2000 fue una excusa para irme a vegetar al libro. Recuerdo tardes de lectura en la playa al tiempo que cobraba el seguro de desempleo. Leer a Tolstói es marchar a vivir otra vida. Fue mi Netflix durante más de dos meses. Por otro lado, pegadito, "Crimen y Castigo" de Dostoievski, otra joya, tapa dura, marcada en la página doscientos y pico desde el año 2004. Convendría terminar de leer la historia de Raskólnikov antes de morir, no sin antes cumplir el sueño de ver a San Lorenzo con mi hijo, juntos, en Boedo.

Tengo que tomar una decisión. Me dispongo por “El Libro de arena” de Borges, uno de los `accesibles´ y “Bestiario” el primer libro de cuentos de Cortázar. Los dos a la final. Inicio por "Casa tomada" y combino con el "El Otro", hasta que me gane el sueño. 
En la vigilia un pibe de más o menos once años intenta hablar con un hombre de unos cuarenta. Le pide la pelota que cayó en una habitación contigua. El veterano se niega, tapona la puerta y desoye el reclamo. El niño intuye que a ese tipo lo activa sólo el dinero. El cuarentón rechaza un austral que le da el niño. El pobre no comprende que el pibe busca complacerlo. Decía Freud que uno es feliz cuando realiza sus deseos de pibe; por eso el dinero no da felicidad, porque los niños no sueñan con dinero.



                                                                                    ¿Qué pensaría tu yo niño del adulto en el que te has convertido?







19 de abril de 2016

RELATOS PORTEÑOS CON VISTA AL MAR




Cuando estamos motivados por metas que tienen un significado profundo, por sueños que necesitan completarse, por puro amor que necesita expresarse, entonces vivimos verdaderamente la vida.




 



































13 de abril de 2016

CEMENTO





Leí una nota que decía: "Se viene 'Cemento, el documental': la historia del mítico escenario porteño" y pensé en mi adolescencia, cuando siguiendo con la lógica de la colección Elige tu propia aventura elegimos la páginas de las zonas marginales. Cemento, junto con Arlequines y Arpegios, fue el universo del rock para mis cortos 17 años. Cemento fue mucho más que un lugar donde tocaron bandas. Recuerdo que mangábamos la entrada al clamor de: "somos cinco. Tenemos diez pesos" mientras bajaba de un auto una imponente Katja Alemann que encandilaba a la monada apiñada en la puerta.

Lejos de la asonancia limpia de los parlantes de los boliches de moda, en Cemento te absorbía un sonido estridente que te dejaba retumbando el oído. No era el lugar más agradable del mundo. Recuerdo que tenía los baños con un charco constante que olía a una mezcla extraña de regurgitación esparcida por todo el piso. Si hubiese tenido más noches abrillantadas de la France o El Cielo en el lomo ¿quién sabe dónde estaría hoy? Ciertamente no sería el que soy. 
Si tuviera que vivir todo otra vez reelegiría el antro de Monserrat. En Cemento tocaban los tipos que admirábamos y sonaba la música que nos gustaba. En Cemento, Selva me concedió un beso imborrable en pleno show de los Heroicos Sobrevivientes. En Cemento fuimos jóvenes eternos, indisciplinados, tanteando una madurez de CBC que reclamaba pista. Desde esa época voy a donde debo ir. Tengo claro en qué equipo retozar. Allí, donde el corazón juega con las medias bajas. No jugaría en el bando de los petulantes oficinistas de medias altas que pelotean con balones del último mundial sobre pasto de embuste.









24 de marzo de 2016

CRUYFF BABY









Johan Cruyff fue uno de los mejores futbolistas de la historia. El bueno de Johan, fumaba cuando era jugador. Sus compañeros él arribaban a la concentración con sus mujeres e hijos. Resolvió jugar con la camiseta de la selección holandesa con sólo dos tiras en protesta a la marca de las tres tiras. 
Cruyff no participó del mundial 78 en el pico de su carrera por diferencias con el técnico y además admitió años después que estaba al tanto de la violación masiva de derechos humanos que llevaba adelante la dictadura militar en la Argentina. Esos son los tipos que nos caen bien, los que patean el tablero cuando están en la cima, a diferencia de los imbéciles sin talento que galopan encandilados por las luces del centro, el galardón y la ambición de poder.

Como cada atardecer miro siempre al sol que se va porque sé qué algo mío se lleva, hoy me trajo una charla en el Fiat 128 de papá. Mi viejo fue el primero que me habló de Cruyff . Me corrió el eje de la discusión bizantina entre Pelé o Maradona.  
Papá, como buen peronista, me planteó una tercera posición. “Era un fenómeno, bailaba, jugaba con alegría (...) A Perfumo lo volvió loco, mira que el Mariscal era un jugadorazo, eh.” ¡Qué día eligió el flaco para pirarse! Johan se sumó al partido donde ya no importa ganar. 
Para muchos de los que vieron la final del 74, los holandeses fueron los ganadores morales, es cierto, el equipo de Rinus Michels no alzó la copa pero dejaron un sello indeleble. Hoy se apagó Johan Cruyff, su luz y su talante brillará por siempre en el campo de juego.




22 de marzo de 2016

CONTRASTES



Me gusta la idea de sumarme a la barra de un bar porteño en otoño. Es como descubrir una cabaña en la espesura de una campiña agreste del sur donde acobijarse, apurar algunos tragos y concebir que los problemas quedan a un lado y las ideas naufragan por un lago patagónico imaginario que converge en la frondosidad de Palermo. 
Allí dos paisajes antagónicos, los bares de San Telmo y los bosques rionegrinos, se funden y se ciñen hermanados por un mismo deseo: un instante de copas y felicidad.







18 de febrero de 2016

MI FUENTE DE TREVI








El comentario de Dante Zavatarelli se apagó de golpe. Oí las voces de mis viejos con retumbos en el comedor. Los rostros de mis hermanas contorneados por el resplandor de unas velas encendidas, es el único registro visual que retengo de una noche de domingo donde los cortes de luz nos tenían a maltraer. Habían pasado sólo unos minutos del comienzo de "Todos los goles".

El apagón nos dejó expuestos. Yo me quedé callado, con las manos entrecruzadas sobre la mesa larga del comedor. Me gustaba estar ahí como espectador en las tertulias de los grandes. Observaba. Aprendía. Además era una manera elegante de enmascarar el temor que me asaltaba al momento de ir a la pieza solo.


De a poco se acercó la parentela. Familiares que se alojaban en casa por tiempo indeterminado gracias a la excesiva dadivosidad de papá. La charla de esa noche fue de gabinete extendido: mi abuela, comadres, compadres, tías y tíos. Chismes intrascendentes mechados en castellano con un guaraní aporteñado y operaciones de vesícula que centralizaron el temario de la velada hasta que se acabó el vino.


La tía Isabel se encargó del postre: una nutrida ensalada de fruta conservada en la pileta de lona con un bloque de hielo rolito que ofició de heladera. La abuela Gregoria primero y el tío Juanqui después, cerraron el orden del día evocando al abuelo Julián. Sus idas y venidas por las calles de Fox de Iguazú como vendedores ambulantes de santos y estampitas; personajes de Resistencia y Fernando de la Mora detonados por la cirrosis; desencuentros en Curuzú y viajes enmarañados con mercadería de santerías de dudosa procedencia, para colocar en Comodoro y generar una oportunidad de negocios atada con alambre. 
Historias chiquitas relatadas a lo grande. 
Yo quería ver los goles. Está claro. Sin embargo, tengo la sensación que esa noche nació mi afición por encontrarme con personas que tengan apetito de escuchar y sobre todo de saber contar.

Eduardo Galeano decía que iba por los estadios de fútbol rogando una jugada hechicera, una chilena, un sombrero. Coincido con el gran escritor uruguayo. Yo no pierdo las esperanzas de trastabillar en una charla o leyendo un relato con un quiebre de cintura bochinesco que me sorprenda. Hallarse con lo inesperado es mejor que esperar lo imposible.

La primera vez que sentí algo inesperado en un estadio de fútbol fue el gol de media cancha de Walter Perazzo al Argentinos Juniors de Borghi y Batista. El gol de Perazzo es la fuente de Trevi de mi niñez. Hasta el árbitro le dió la mano. 
Mi ídolo máximo de San Lorenzo me introdujo en la literatura en el campo de juego de Atlanta e ideó una poesía fantástica en el círculo central. Una historia personificada por la pelota consolidando en la red los puntos suspensivos de una prosa y clamor de la multitud azulgrana para concluir con una rima inmejorable en el arco de Vidallé.

Tuve la suerte de ir a la cancha ese domingo 15 de diciembre de 1985. La falta de luz de aquella noche de tertulia no me permitió apreciar el gol por televisión. No era necesario, lo había visto en vivo junto a mi viejo y leería el cronista como cada martes en El Gráfico. El recuerdo de todo hombre es su literatura privada.




Febrero´2016. La Revista El Gráfico dio su adiós impreso de crónica, goles y leyenda…




Boedo



Berazategui