Había
una vez un país donde el setenta por ciento de los pájaros cantaba con tonada.
No era un canto uniforme: cada uno traía el polvo de su camino, el río de su pueblo, la siesta de su patio, la escuela de su barrio. Cantaban con arrastre, con musicalidad, con esa cadencia que no se aprende en manuales sino en sobremesas largas y calles de tierra.
Pero,
curiosamente, hacía veinte años que el país era gobernado por búhos.
Búhos
de voz recta, perfecta, sin curvas.
Búhos de dicción limpia, de pico afilado, de mirada que perfilaba siempre hacia la capital del bosque.
Los
búhos no cantaban mal.
Cantaban
prolijo.
Cantaban correcto.
Los pájaros de tonada se reunían en los cables al atardecer.
—¿No es raro? —decía el hornero—. Somos mayoría y sin embargo nos gobiernan los que no hablan como nosotros.
—No es raro —respondía la calandria—. Es costumbre.
—Es miedo —agregaba el tero—. Nos enseñaron que nuestra tonada es desorden, que nuestro canto es improvisación, que no sirve para mandar.
Y así
pasaban los años.
Los búhos seguían explicando el bosque con palabras elegantes, mientras los pájaros de tonada seguían viviendo el bosque con palabras vivas.
Un día, un picaflor joven preguntó:
—¿Por qué cuando hablamos nosotros parece folclore, pero cuando hablan ellos parece futuro?
Nadie
supo qué responderle.
El silencio fue largo, un silencio que pesó más que un discurso.
Hasta que una vieja urraca dijo:
—Porque confundimos tono con autoridad. Y la autoridad no vive en la voz, vive en la verdad de lo que se dice.
Desde
ese día, algunos pájaros empezaron a cantar sin pedir permiso.
No
cambiaron su tonada.
No la
pulieron.
No la tradujeron.
Cantaron como eran.
Y el
bosque empezó a escuchar algo nuevo:
no un
canto más lindo,
sino un canto más propio.
Los
búhos siguieron en lo alto un tiempo más, claro.
Las
ramas del poder no se sueltan rápido.
Pero abajo, en los cables, en los nidos, en los árboles torcidos, algo había cambiado: los pájaros ya no creían que su tonada fuera un defecto.
Y cuando un pueblo deja de creer que su voz es un error, empieza, lentamente, a gobernarse a sí mismo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario