21 de diciembre de 2020

PELOTERO

 

ÚLTIMO PROGRAMA


Cada viernes a las 21 hs salté a la radio vía instagram como quien sale al amor. Evadí la práctica de reuniones por zoom y me hundí en el regazo radial con ojos de videotape. Un lugar donde soy. El pelotero de mis cuarenta.

Camino al programa número 160 me preguntaba ¿Qué es esto que tanto nos maravilla? Una propuesta que no alude a la coyuntura, a la temperatura, ni al escándalo de la semana. Un formato atemporal más afín al podcast que al magazine semanal.

Durante cinco temporadas “la agenda” permaneció confinada a una charla, a la publicación de una novela o la presentación de un libro de poesías.

Arribamos a cada emisión con el material leído. Logramos conversaciones entrañables con escritoras, escritores, poetas, músicos y dramaturgos. El programa nos aleccionó y salimos mejorados.

Mientras rebuscaba el cargador, rumié: ¡Cuánto mal nos hacen los credos y los fanatismos!

En Manual de Perdedores no tenemos obcecaciones. Es un programa sin versus.

Cohabitan el suburbio de Arlt y el garbo de las Ocampo. El desparpajo de la poesía de Cucurto y la hermandad literaria de las Brontë. La reminiscencia al peronismo y la referencia indeleble a Borges. El realismo mágico y el ensayo altisonante. Somos eternos principiantes, mezclamos la literatura con la vida (porque la vida sin ficción es un infierno)

 

Si el mundo fuese claro, la radio y el arte no existirían. Estamos al aire no solo por los programas que hemos escuchado. Hacemos radio también por quienes continúan contagiando desde sus espacios las ganas de estar frente al micrófono.

En el transcurso de varios viernes vi la cara de July parsimonioso que me decía con su mirada:

— ¿Para qué la radio, pa?

 

Es entendible. En el colegio asimilan de lunes a viernes que las cosas tiene un para qué. Desde las plataformas plagadas de tarea hasta tik tok, el capitalismo vestido de cordero se oculta y da un mensaje propagandístico permanente… ¿PARA QUÉ? «Quédate en el molde que ya está todo dicho, nene» Mientras cargo el termo para el mate tarareo como un mantra: «Este asunto está ahora y para siempre en tus manos, nene.»

Es cierto, nos ganan por goleada. El modelo capitalista es el dueño de la pelota. El pez más grande se come al más chico. Así las cosas cargamos nuestras ganas y apuntes e insistimos con un programa sobre libros en la trinchera de una propuesta alternativa.

Son las 8.45 pm. Alcanzo a tocar el botón de “vivo”. Guille me da el ok, Fabian de Vita levanta el pulgar, a la espera de un nuevo invitado que nos convida su arte en forma de verso. Todo listo para comenzar con el show.

Al cabo de cinco temporadas poetas, novelistas y narradores en un clima de sobremesa reversionaron sus poemas y nos conmovieron al aire. Quedamos turulatos ante tanta divinidad. Los oyentes y nosotros, agradecidos.

Creo que alguna vez, cómo postulaba Gelman, condecorarán al poeta por usar palabras como fuego, como sol, como esperanza, entre tanta miseria humana, tanto dolor sin ir más lejos.








19 de diciembre de 2020

MIRAR EL PAISAJE Y SEGUIR

 


Último especial del año 

Y, lo mejor que me pudo pasar en el viaje

Fue mirar el paisaje y seguir 

Gracias por acompañarnos en este 2020

 

            



18 de diciembre de 2020

MANUAL DE PERDEDORES | 18 DE DICIEMBRE

 


ÚLTIMO PROGRAMA

Último capítulo de este ciclo 2020


👉 Capítulo 160

Nos visitaron en un brindis virtual poetas, escritoras, escritores & colegas 

con quienes hemos conversado

 y han pasado por los vivos del programa durante el año.

 

Abigail Parodi

Carlos Ricciardelli

Eduardo Cormick

Ezequiel Olazagasti

Jimena Busefi

Señor X

Laura Macek



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11 de diciembre de 2020

MANUAL DE PERDEDORES | 11 DE DICIEMBRE

 




👉 Capítulo 159

Entrevista a Julieta Desmarás 

Autora de poesía, teatro, narrativa y magister en Escritura Creativa sobre su nuevo poemario 

"Deshechos de Asunta"

Una biografía ficcional sobre Asunta Fernández, modista y acompañante de Eva Perón.

📚 Relato: Rebotá y andá

🎼 Especial de @caballerosdelaquema

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7 de diciembre de 2020

EL PERSONAJE DE LAS MAYORES POSIBILIDADES

 



ANÁLISIS DEL CUENTO “VISOR” DE RAYMOND CARVER POR PABLO RAMOS


Estuvimos en el estudio de Pablo Ramos que nos trae una teoría personal a través del análisis del cuento “Visor” de Raymond Carver.

Pablo nos brindó una herramienta formidable para escribir un cuento en primera persona tanto para lectores como para escritores y además nos trajo una idea de

¿Por qué nos emociona la literatura? 

¡Imperdible!

https://bit.ly/33KrEIS



5 de diciembre de 2020

¿LE TEMBLARÁN LAS PIERNAS CUANDO VE UN TIBURÓN?






El miedo es un sufrimiento que produce la espera de un mal
Aristóteles



Escribí muchas veces sobre ella, muchas. Sobrio, triste, alegre… Totalmente en ebrio, con una letra indescifrable. Borradores que vaya a saber dónde quedaron. Escribí sobre ella siempre que pude.

No sé si es literatura, verdad o ficción. Poco importa eso ahora. Me gustaría saber en qué anda. Me gustaría saber cómo está su cutis, si ya aparecieron las primeras arrugas en el filo de los ojos. Si los párpados bajaron dando ese atisbo maduro, sagaz. Me gustaría saber cómo mira cuando ve algo que le agrada. ¿Cómo me hubiese gustado que me mire ahora? ¿Le gustara ver lo que soy?

¿Seguirá desayunando Nesquik?

¿Le temblarán las piernas cuando ve un tiburón? ¿Seguirá tan hermosa?

¿Olerá como olía? ¿Cómo tomó el nuevo milenio? ¿La tecnología la habrá deslumbrado?

Quiero un DeLorean al llamar al Uber para volver a verla. Ahora sé que la quise, que la adoraba.

Yo no renuncio a no verla más. No, no. Voy a volver a verla, a los ojos, frente a frente. Necesito saber qué ve. Porque si lo que ve no le gusta, tendré que reformular todo. La puta madre, ¿Por qué carajo hacemos las cosas para que nos aprueben? ¿Quién sos? ¡Me sale así! ¡No me cagues más a pedo! Cuánto talento desperdiciado por un reto a destiempo. Una maldita corrección puede dejarnos sin grandes artistas. Vamos a volver a empezar. ¿No será tarde? No, llegaremos a tiempo. No podemos renunciar a nada; sólo permutamos una cosa por otra; lo que parece ser una renuncia es en realidad un sustituto. Cuando el adulto deja de jugar, sólo resigna la obsesión en objetos reales; en vez de jugar, ahora fantasea. Construimos castillos en el aire, creamos sueños diurnos. La mayoría de nosotros creamos fantasías en ciertas épocas de nuestra vida.

 

Yo que me vi trepando por el caballo gris despintado de la calesita de Sarmiento. Yo quería sacar la sortija, girar y girar. Maniobrar un Ford Gran Torino como Hutch, pitar un faso como el «El Rafa» y dejarme crecer el pelo. Me siento estafado. ¿Dónde se puede reclamar? ¡Señores de la Dirección General de Defensa al Consumidor quiero regresar a ser niño y fantasear con ser mayor! Los adultos parecían felices, che. Nunca volví a ser feliz como cuando tenía nueve años, esperaba los dibujitos de las cinco y escuchaba por la ventana "hay orégano, comino, ají molido, pimienta y pimentón... hay orégano, comino..."

La vida debería empezar al revés y dejar la niñez para el final. Quiero que reaparezca mi viejo por la puerta de “El Ideal”. Degustar una porción de muzzarella en La Roldana después de la práctica y caminar por Chilavert a tomar el 80. No interesaba cuanto haya que esperarlo si estaba con mi viejo. No quería ir en auto. Íbamos juntos, le contaba todo mi día en el colegio con lujo de detalles. ¡Me sentía tan cuidado, tan mimado! Nada me iba a pasar, nada. Papá estiraba la mano con el poder de Grayskull de un colorado corto y paraba el bondi. Esos quince minutos de viaje eran nuestros.

Vi una chica preciosa, me dió vergüenza cuando la morocha presintió que busqué pasar por delante de ella sin porqués. Recordé lo hermoso que es estar enamorado; cuando estuve aferrado por el hechizo de la sonrisa de una mujer pude olvidarme de la muerte. Solo cuando estuve enamorado mi vida se alejó de la cerrazón. Solo el amor pudo atajar el reloj y aproximarme al regocijo del querer. Cuando me enamoré, no quise volver a ser niño.

Ser niño y jugar. Ser adulto y enamorarse. ¿Ser niño y enamorarse? ¿Ser adulto y jugar? ¡La puta madre! «No se puede todo» me dice una voz con acento cordobés salida de un holograma simil Obi-Wan Kenobi flotando en el parabrisas.

Mientras Valen dormía me castigué con un compilado de Cafrune. Debería escuchar música electrónica. ¡No te hace extrañar a nadie! Ví el cartel de Vivoratá y no logré angustiarme. ¿Por qué busco sentirme mal con una canción? Después de tres años de análisis, mi terapeuta me cerceno mi costado melancolizado y mi propensión al regodeo. Hizo magia con la angustia y la transformó en dolor. Ahora duele, pero no ahoga. «Así, aun cuando en la vida algún objeto de amor se pierda, podrá vivirse con la dignidad del dolor, pero sin el regodeo en el goce del sufrimiento». ¡Patapufete! En esa sesión memorable hubiese correspondió abonar los honorarios en euros más dos kilos de milanesa de peceto.

Escribí muchas veces sobre ella. Abstemio, triste, alegre… Escribí sobre ella siempre que pude.

Me gustaría saber en que anda mi infancia. ¿Le gustara ver lo que soy? ¿Qué pensaría mi yo niño del adulto en el que me he convertido?





4 de diciembre de 2020

MANUAL DE PERDEDORES | 4 DE DICIEMBRE

 

Capítulo 158

⭐️ Entrevista a la poeta y narradora @Karina Rodriguez

Una charla sobre escritura, el ciclo “Palabras por Congreso” y lectura de poesías.

📚 Relato: El tango que ocultamos mejor

🎼Serú Giran por Guille Riccio

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UNA VERDAD EN CASTELLANO

 




CAPITULO XII


Mucho antes de rodearme de lo mas sórdido del conurbano profundo fui un pibe que sucumbió en la mudez de la pubertad. Sentí que una forma de la muerte se revelaba ante mi y abofeteaba a un chico indefenso. 


COLORES VERDADEROS

Luego de la partida Amparo, la reclusión me transportó a indagar en baúles y pliegos, en sumas restas cartas que jamás envié, manuscritos, letras perpetuadas en borradores con espiral y hojas desenterradas de su umbral. Una aventura que tiene delicias y tristezas. Cuando el canal era un río, cuando el estanque era el mar escribía en diarios.

— ¿Juega Maurito? 

— ¿Quién era Luis?

— El Gusti,…

— ¿Qué le dijiste?

— Que tenías tarea, Ra.

—Gracias Luisito…

Así pasaban las tardes de verano. Retirado. Prendido a los lápices y las historietas. La calle aún era una amenaza. A la pelota jugaba solo en el patio. Ensayaba con la pierna izquierda una y otra vez sobre una mancha de humedad. Después del diluvio del 85 perdí la referencia de esa marca. ¿Será por eso que hice pocos goles de zurda?

Mientras el jarrito de aluminio avivaba la leche y los perros ladraban al caballo del vendedor de pan casero, leía y dibujaba. No hacia otra cosa. Eran los ochenta. Mi única salida: comprar velas. Velas, jugo y pan. El sábado cambiaba por velas, coca y pan.

Vivíamos sin luz. Los cortes de energía eran parte del paisaje. Después supe que el gobierno decidió programar los cortes. Y con ellos, la vida se transformó definitivamente. Cuando retornaba la luz oía en el noticioso: Central Hidro eléctrica de Embalse Río lll, Central Nuclear de Atucha. Incendio en la red de distribución de El Chocón. Atucha, El Chocón ¿Qué es eso? ¡Cuántos personajes hermosos para dibujar! ¡Atuchaman vs el Chocón de acero!

Aquellos días y noches sin luz propiciaron las horas de ocio. Leía todo lo que llegaba a mis manos. Yo no arranqué con Rayuela. No fui un lector plus ultra. Leía como quien cirujea en la cultura.

Cuando yo era chico, aplaudía y entraba a las casas.

— Permiso, Don Francisco.

— Pasá Maurito, pasá.

Don Francisco tenía historietas. Yo estaba fascinado con un pilón que empleaba para disimular una abertura sin revocar. Me acuerdo de “Super Lopez”, “Felix el gato”, “Casper”, “Meteoro”, “Daniel el travieso”, “El super Ratón”, “Magoo”, “Periquita”, “El oso Yogui” y “Huckleberry hound”. “La pequeña Lulu”, “Benito Boniato”, “El hombre bionico”, “Din Dan”, “Pepe Gotera y Otilio”, “Copito” y “Archie”. Leía una por día.

De pibe me gustaba hablar con la gente grande. Creo que al pibe que fui le gustaría hablar conmigo. Porque yo ya soy gente grande. 

Tenía una admiración secreta por las personas que sabían hablar. ¿De dónde sacaban tantas palabras? ¿Cómo se hace para hilvanar un pensamiento con otro sin caer en el vacío? Leyendo — diría Don Francisco — leyendo todos los días.

Una tarde emprendí la aventura de dibujar mis propios personajes. Ideaba un universo. Era vivir en una especie de matrix. Me conectaba e iniciaba el viaje hacia el primer boceto.

Rafeaba dibujos sin ton ni son que brotaban uno tras otro. Primero una escena, un globo y un texto escueto. En realidad un argumento forzado para justificar la posición de los personajes que me habían salido. Todavía no había incorporado la idea de perspectiva y el escorzo. Los dibujos estaban empotrados en el papel. Esos párrafos se amoldaban a mis primeras ilustraciones. Cuando el dibujo me convencía lo pasaba en limpio y luego lo coloreaba. Era el momento del regocijo. Colorear un dibujo propio era como el “sí” de la chica que me gustaba.

Un profesor de la Escuela Superior de Artes Visuales Martín Malharro numeraba que un diseño gráfico funciona si puede prescindir del color. ¿Acaso nuestra existencia es un diseño que relega el color para funcionar?

Recuerdo que dibujaba imbuido más en los dibujos animados que en las historietas. Un bugs bunny con un brazo de metal. Combinaba a Mazinger con Tom y Jerry. Meteoro con Antifaz. La cabeza no tenía límites. Faltaba técnica pero sobraba corazón.

Todos los dibujos eran goles al ángulo para mi papá. El coleccionaba las hojas Rivadavia en su carterita de cuero. En su velatorio me enteré por Mario, su compañero de trabajo, que exponía los dibujos en el horario del almuerzo.

— ¿Qué decía Mario, decía algo? — le pregunté para llenarme de sus palabras y montar sobre escombros una historia que me sirva para no hundirme en el fango.

—No, no. Los mostraba nada más… Con una alegría que no le entraba en el pecho. Este hombre — dijo Mario sin perder de vista el ataúd — te quiso un montón, pibe.

Del test vocacional, se desprendió que debía estudiar en un secundario con orientación plástica. Años después, en la Malharro regrese a los lápices, a la tinta, a las historietas. Durante cinco años estudié ilustración y diseño gráfico. Retrocedí al placer de hacer y fundirme en el tiempo presente.

¡Qué necesarias fueran las devoluciones de los docentes para avanzar! En paralelo asistí a talleres como el de Ariel Olivetti, que señaló algo bueno sobre mi trazo. En la jornada “Haceme un dibujito” conocí a Carlos Nine, un monstruo de la acuarela, la ambigüedad y la exageración. En ese marco, descubrí los cursos de ilustración de Enrique Breccia, un talento increíble.

Breccia fue una verdadera revelación. Nos enseñó una técnica mágica: El uso del enmascarador. Enrique bocetaba en lápiz. Luego, con su plumín entintaba con ese líquido acuoso. Tomaba los pinceles, las tintas y procedía a pintar, a diferencia del maestro Nine que empleaba acuarela; Enrique explotaba la tinta china de color sobre el soporte. Usaba los colores con desfachatez lejos de las leyes de armonía, tonalidad y el buen uso de los colores primarios y secundarios. Un personaje de Breccia podía tener una luz verde sobre el pómulo que se fusionaba en una transparencia en violeta sobre la frente y darle carácter de colores cálidos a una paleta de colores fríos.

Una vez finiquitado el procedimiento de entintado, Enrique dejaba secar el papel Fabriano LR. Recuerdo que en la primera clase levantó la mirada, y como un hechizero comenzó a deslizar sus dedos sobre el papel. Levantó el enmascarador sobre la zona donde había decidido ubicar la luz y poco a poco esa goma se disipaba. La imagen tomaba tres dimensiones. Fue presenciar la ejecución de un grabado pero al revés. Sus pulgares fueron las gubias sobre una madera ficticia.

Incorporé la técnica y retome el dibujo con el arrojo de los años de los cortes de luz. No paraba de dibujar y entintar. A los 24 años recibí el título de Ilustrador profesional y nunca ejercí. Regalé todos mis pinceles, mis rotring y mis acuarelas a mamá. Las tintas se secaron. El dibujo había perdido el verosímil. Pensaba demasiado antes de empezar. Perdí al pibe y con él todo el resto. El hecho creativo se desmoronó como una pila de naipes. Sobraba técnica pero faltaba corazón.

En mi infancia dibujaba porque las palabras no encontraban el repecho donde deslizarse. Hablaba con imágenes y los diálogos en un globo. El único globo que admití a pesar de ser funebrero.

En el comienzo de mis treinta naufragaba entre laburos equivocados. Pensé que nunca más acertaría con mi vocación. Tropecé, sin buscarlo, con la radio. — Vos vas a hacer radio el día del arquero— me decía uno que es preferible olvidar.

Hoy golpearon la puerta de la radio.

— ¿Juega Maurito? — indagó el Gusti.

Alguien abrió. Ya no está Luisito para justificar mi reclusión y los dibujos en la carterita de cuero de papá tomaron vida con el enmascarador de Enrique Breccia e imagino su voz en la hora del almuerzo canturreando "True Colors" de Cyndi Lauper: Veo tus colores reales, brillando a través de todo. Veo tus colores reales, y por eso te quiero. Así que no tengas miedo. ¡Vamos! mostrá tus colores verdaderos… Hermosos, hermosos como el arcoíris.


MURIALDO

Repasando todas mis macanas, recuerdo que prometía no volver a cometerlas. "No más burlas a Luisito cuando papá y mamá no me vieran, no más piedrazos en la siesta, ni tirar cohetes a los gatos". Con once años resolví dejar de hostigar a los cuises y a las ranas en cada inundación. Había alcanzado a cazar solo dos sapillos. En mi sumario además contaba con el robo de nísperos y moras del patio de Doña Celia y tres fichas de metegol del pool de Tahuichi.

Evoco el pavor que sentí al quedar en penitencia en la dirección de la escuela primaria. Una tarde de invierno el micro escolar se fue, yo me quedé dormido en el sillón de la directora. Ni Ana María, la maestra, ni Don Alfredo, el chofer, ni Dina, encargada de cuidarnos, vinieron por mí. A quienes nos portábamos mal nos separaban hasta que llegaron nuestros padres a buscarnos. Mis compañeros salieron como todos los días y me gesticulaban al pasar. Yo no podía correr la mirada de la pared. Se hizo de noche y seguía en el colegio. Mis viejos trabajaban, un dato que no tuve en cuenta.

En la oficina privada de la Directora repasaba uno por uno los cuadraditos de cerámica tipo venecitas de color celeste, azul y gris. Los enumeraba de arriba a abajo y de izquierda a derecha hasta llegar con mi requisa al perchero vacante al lado de la imagen del patrono del colegio, San Leonardo Murialdo, que me no quitaba el ojo de encima.

Comencé a memorizar un cuadro que estaba justo enfrente.

“Adherir a la defensa de la dignidad del ser humano, asumiendo la tarea docente con conciencia social, como responsables de la formación de los niños, en los distintos aspectos de su  persona,  en  el  contexto  cultural  que  les  toque  actuar, comprometiéndose con la igualdad y la justicia.”

Consideré por la mirada de Murialdo que no sería digno de tomar la primera comunión. Siempre pensé que la hostia me daría el impulso suficiente para ir hasta el colegio de mujeres, el Instituto San José, y declarar mi amor a una morocha que viajaba con nosotros en el micro.

Pasada una hora, después lo supe, me vinieron a buscar. Lloriqueando envolví a mi papá en un apretón. Estaba tan contento de verlos como asustado por lo vivido. Mi papá me fulminó con la mirada, mi mamá fue más indulgente. No preguntaron nada. Yo venía de una seguidilla de travesuras que culminó con una penitencia prolongada. Alzaron la mochila en silencio, saludaron al sereno y nos fuimos.


PICHI

Los mejores pensamientos de mi vida los tuve en mis paseos ociosos. Recorría treinta y seis cuadras hasta la casa de Pichi, la profesora de inglés. Desde esa época camino para tratar de entender. Con la plata del boleto compraba cuatro chicles Bazooka de menta, los masticaba todos a la vez para vedar el sabor áspero que me arremetía hasta la mandíbula, pero el resabio paralizaba mi voluntad. Empezaba a descubrir el idioma, leía fluido pero mis habilidades no lograban quitar mi dolor. Perdí el entusiasmo. 

En realidad, no necesitaba conocer otra lengua, sólo pedía saber la verdad en castellano.

La adolescencia sacudía los postes de mi infancia. En ese otoño inquebrantable comencé la secundaria. Retornaba del colegio al mediodía y quería contarle todo a mamá sobre mis compañeras y los profesores. Estaba aterrado; mamá se había ido. 

Una tarde pretendí ser como los demás. Fui a bailar a la matiné con el Lechu pero no me dejaron entrar. Tenía trece años, parecía de once. Desde esa noche, me amparé en la radio, en la traducción de canciones de Martika y The Bangles mientras escuchaba la Z-95.

 

Do you feel my heart beating

do you understand

do you feel the same

am i only dreaming

is this burning an eternal flame.


LA CENA

Recuerdo la calma sepulcral durante la cena. Se cocinó la decisión de la ida de mamá de manera rápida y fulminante. No me dió tiempo para juntar mis juguetes. 

Concluyeron poco a poco los juegos de mesa y los domingos de picadas con vermut. La televisión amordazó el sonido de los motores del TC. La casa perdió la tonalidad del regocijo de un hogar. 

Los noventa enlutaron los tintes vivaces que supe percibir de niño y todo se tornó amarronado. La partida de mamá fue el pitazo de Codesal antes del penal ejecutado por Brehme. Cuando la pelota tocó la red sentí la estacada súbita que se tragó del todo mi inocencia en los párpados apesadumbrados del Goyco. No sé qué fue más terrible. Si el mutismo del estadio olímpico de Roma o la falta de definiciones en el living de casa.


SESIÓN

— Lo único que quiero es destruir de una vez por todas ese recuerdo.

— Lo reprimido no se crea, ni se destruye, Mauro. Se niega, se proyecta, se transfiere, se sublima o se racionaliza.

— ¿Y qué estaríamos haciendo?

— Estamos pensando juntos, tratando de racionalizar lo que pasó. La ausencia de palabras no fue un problema para tus padres. Para vos, sí. Claramente.

En la ultima sesión, salí desandando sobre las devoluciones de Renato. Su nuevo consultorio  sobre la avenida San Juan me resultaba extraño, su mudanza fue otra forma de despedida. 

San Juan es espaciosa e iluminada. Al marcharme me encontré con la aglomeración de gente que circula, la columna inacabable de automóviles que desfila en inquebrantable marcha, bocinas estrepitosas y el chillido de los semáforos sonoros es un porrazo para los sentidos. ¿Acaso alguien sabría que estaba tomando la decisión de desertar de la terapia?


SAN CRISTOBAL

Mi barrio es muy distinto. Al sur y al norte puedo disfrutar de dos espacios verdes: la Plaza Garay, a sólo media cuadra y la Plaza Alfonsina Storni, más abierta que serpentea la autopista 25 de mayo. Espacios variopintos donde ensaya una murga en la previa del carnaval, un bebé emprende sus primeros pasos, dos señoras mayores cuerean al que pasa, un puber coloca una tuca en una cajita de fósforos para consumir lo que queda y un transa cogotea como espectador de un partido de Grand Slam. Acertar con tantos árboles alrededor es un privilegio, sobre todo en verano.

Tanteé varios lugares para afirmarme a disfrutar de un cortado y escribir. En el café impasible de la YPF de San Juan y Solís esbocé algunas líneas para una novela, pero aún es muy precoz especular en un libro de largo aliento. El lugar posee la serenidad que preciso y una vista a la avenida inmejorable, a saber, ver y que no me vean.

Si de voyeurismo se trata, allí está mi vecino Evaristo, el único con quien intercambié un diálogo. Evaristo no supo decirme dónde encontrar un buen bar. Él para en la cuadra, de allí no se mueve. Para mi vecino pasé de ser el inquilino al "muchacho" del 1º C. El tipo es chusma y cizañero, con sagacidad aísla del coloquio de palier a los inquilinos cuando se arriman. 

—   ¿Compraste o alquilas, pibe?

—   Compré, Evaristo — le dije sin pensar.

—  Te felicito.

Mi vecino es jubilado. Manejaba un taxi. El tipo se planta en la vereda, sube y baja a la bicisenda y carpetea todos los movimientos como el mono de Toy Story 3. Es poliglota. Dialoga con pensionadas que desfilan al supermercado chino de Cochabamba, cartoneros, pungas, prostitutas y policías de la comisaría 16 en la jerga que el parloteo requiera. La condescendencia que desarrolla con la ley es repelente.

Todas las mañanas lo saludo cuando salgo a trabajar. Para él, siempre estoy o muy abrigado o muy desabrigado. ¡Ni hablar si esta nublado! « ¿Y el paragua?» 

— ¿Por qué no duerme un rato más?

—¡Ya voy a dormir cuando me pongan el traje de madera! — dice mirando al cielo — ¿Cuándo te vas a afeitar esa barba? — remata.

Cada mañana, de modo autómata, me arrojo hacia la boca del subte. Paso por la Plaza Alfonsina Storni. Siempre advierto un perro negro de mirada triste en la entrada de Virrey Cevallos. La primera vez que lo distinguí entre la gente estaba comiendo de la basura. Me dio lástima y ensayé un meneo para acariciarlo. El animal me enseñó sus dientes puntiagudos. Natural, no se toca a un perro desconocido cuando come.

El fin de semana pasado, después de varios intentos, accedió a aproximarse retraídamente. Yo estaba vestido con una remera, bermuda y zapatillas. Es extraño, en la semana no me pasa cabida.

En un soplo vislumbré la subjetiva del perro negro: debe ver un hombre desencajado circulando con camisa, un bolso y cara de pocos amigos. Como los perros callejeros, cuantos más palos recogimos, menos cedemos. ¡Lo entiendo a Noche! Ah, le puse Noche porque tiene el pelo de color canela en la cara y las patas pero el lomo es de color negro azulado. Tiene los ojos como dos botones oscuros y pequeños que miran muy atentos. Noche accedió a mis agasajos.

En la semana paso a las corridas por la plaza subsanando en mi cabeza lo que hice y rumiando en lo que haré. Los sábados estoy con Valentín en modo presente. Estoy en su frecuencia.

Este domingo llevaré la última novela de Sándor Márai, una birra y leeré bajo la sombra de un ombú en la plaza para perros.

Noche conquistó solito su lugar. Ya lo veo venir. Se aproximará y permanecerá a mi lado. — ¡Hola!, no me mires así. ¿Qué te pasa? ¿Trajiste comida? Solo galletitas. No me gustan. ¿Adónde dejaste el disfraz? — Él sabe estar en silencio. Es un buen anfitrión.

 

¿QUÉ NOMBRE LE PUSISTE?

Mientras leía en uno de los bancos de la plaza oí una conversación.

— ¿Es tuyo? ¿Estás seguro, no?

— Mavale.

— ¿Estás seguro que no muerde?

— Sí, doña. Quédese tranquila.

— Bueno, mañana te traigo la plata.

— Sí, sí. Porque me los sacan de lamano ¿vió? Esta raza es muy buscada.

— ¿Qué raza es?

—  Es una pulenta, doña.

— ¿Estás seguro que no muerde, no? Mirá que tengo nietos chiquitos.

—  Está todo bien. Ladra cuando lo bardea otro perro nada má´. Si pinta algún cobani de la 16. ¿Uste´es del barrio, no?

— Si, ¿por qué?

—¿Conoce al viejo de Cevallo?

— No, no. Eh, Evar...

— Seee. Ese vigilante... Ese botón nos manda la trulla cuando estamo´ con los pibe´...

— Es un buen hombre. Bueno, quizás tuvo una mala experiencia con algún policía, pobrecito. No es nada. Bueno querido, mañana te traigo el dinero ¿Cómo se llama? ¿Qué nombre le pusiste?


Deliberé en garabatear algo en mi cuaderno. No se me ocurre nada. ¿Por qué será que el único motor para escribir sea por cosas que no están? Casi siempre escribo de faltas más que de sobras. Uso como arcilla para montar mi escritura las cosas que he perdido: el amor, la ilusión, la juventud, la fé poética. ¿Cómo sería la poesía satisfecha, la poesía del hombre que ha conseguido todo en la vida? Extraño a Noche. Por lo pronto tengo un impulso para escribir. Hace un tiempo que rebuscaba un estímulo.

Evaristo, que todo lo sabe, me contó que una señora a la que él le arrastra el ala “adoptó” un perro de la calle.

— ¡Vos sabes que no parece callejero! — me dijo.

Justo ayer observé cómo la señora paseaba por San Juan con Noche atado por una correa. ¡Qué garrón! Al principio dudé. La encaré resuelto e improvisé una explicación. Pretendí revelarle que había sido estafada. La vieja ortiva empezó a vociferar como una loca y unos segundos se arrimó un policía.

Le manifesté al oficial que me había equivocado y me fui ante la mirada de Noche. Fue como si me expresara “tengo comida y casa. Andá. Me pudrí de revisar los tachos. Discúlpame, amigo, el sistema me derrotó”

Su atisbo me lo indicó todo. Ningún otro ser humano me había mirado así desde que me mudé. Entre los vecinos sólo me he cruzado con miradas furtivas, o de momentánea alegría, miradas de superficie, más o menos mentidas. Miradas inquisitivas.

Noche me miró a los ojos largo tiempo y esperó que yo le correspondiera con una mirada igualmente honesta, honrada, profunda, interesada, curiosa, digna. Con una mirada perruna.

La vieja con su dinero compró un muy buen perro, el cariño por Noche y el tiempo dirán si compró además el meneo de su cola.


 Capítulo XIII (final)  https://bit.ly/3oUe8uc


28 de noviembre de 2020

VICTIMA DE UN DIOS


“Soy víctima de un dios

Frágil, temperamental

Que en vez de rezar

Por mí

Se fue a bailar”

#especiales #babasonicos @zoe107.1

 


https://bit.ly/310cVbu


27 de noviembre de 2020

MANUAL DE PERDEDORES | 27 DE NOVIEMBRE


Capítulo 157

Relatos de @Laura Macek y

Claudio Ramos

Entrevista: @Pablo Maria Sorondo presenta su libro “Pasajes”

El 10 por Guille Riccio

https://www.instagram.com/manualdeperdedores/

#elbiendelsauce




23 de noviembre de 2020

VOLVER AL OFICIO



CAPÍTULO XI

 


En tres meses Amparo pasó de enviarme informes corregidos por un chat interno a caminar tomada de mi mano. En nuestra última salida enfilamos tumbados por los antros que yo solía frecuentar.

Faltaban cinco horas para la luz del día y doce, para tomar su vuelo de regreso a Madrid. ¿Por qué especular con la salida del sol cuando las sombras de la estación Constitución sostenían los pórticos de la noche?

Amparo estaba más preciosa que nunca. Contemplé tanto su belleza, que mi vista ya le pertenecía. Con su bolso acolchado, sandalias plateadas y un vestido negro bordeó los cordones de un arrabal fantasmagórico. Con su pelo recogido, noté sus orejas pequeñas y unos aros solitarios que resplandecían como plata pura.


MONDONGO

La invité a Radio Studio. Hace dos décadas mí hermano era uno de los tira tira en la pista central. Amparo me concedió la magia de Lhasa de Sela y yo le brindé mi pasito tun tun. Mientras bailábamos le conté sobre mí adoración por Los Palmeras.


Ella bonita, baila, mueve, se menea, te excita

Cuando se le va parando solita

Ella sigue porque sabe que irrita


— Me mola Los Palmares, churri.

— ¡Los Palmeras!— dije mientras éramos iluminados por el fulgor de los rayos láser.

Como predecía, uno de los “nenes” me vió y se hizo paso entre la gente. El Toto se acercó, saludó a Amparo con respeto, al tiempo que me invitaba a pasar al VIP. Supuse que al ir con ella podría zafar de una tunda y saldar el malentendido.

Al subir lo vi a Mondongo, anchuroso en un sillón de terciopelo desteñido, tan puesto que sospeché que pudiera hablar. Ni bien me acerqué, dos chicas que lo cortejaban salieron lanzadas por las escaleras.

— Meompite eorazon, Maro.

Toto, rápido de reflejos, se acercó con un balde plateado, dos botellas de champagne y cuatro latas de speed.

— Mondo, perdoná. Estuvimo´ mal — dijo el nene, con la voz entrecortada.

Toto me entregaba como si yo fuera un perejil. No era su culpa. Mondongo hace años que empataba a la vieja guardia con los pibes. La experiencia versus la insolencia. Chicos que asistían a sala de cinco cuando mi hermano manejaba una facción de la banda. Yo necesitaba algo que me sacudiera ¿Adrenalina? Toto corrió los ceniceros, restos de colillas y botellas vacías. Esperó que nadie nos viera y colocó sobre la mesa un sobre importante.

— Esta es la tuya. Mita´ mía y mita´ del Mauro — explicó el Toto y me volvió al alma al cuerpo.

Los nenes acrecentaron el quiosco en mi ausencia. Los dipus recibían su encargo entre debates, dictámenes y sesiones maratónicas. Los pibes aprendieron a emular a los guardias penitenciarios en los correccionales. En la “casa”, la seguridad pasaba por ellos.

— Meompite eorazon, Marito. Metene que deci´ ¿tende? — me dijo Mondongo mientras contaba los billetes y acomodaba la mandíbula.

— No quise faltarte el respeto. El Totito está limpio, es lo que me pediste o ¿no?

— Se, se. Disculpá eh — y se inclinó hacia la mesa — Uando lapia me rezonga la lleno de milonga — tiró Mondongo de corrido mientras un miembro de la Academia porteña del lunfardo se removía en su tumba.

— ¿Cómo está la Jennifer? — le pregunté al Toto. El nene boquieabrieto me respondió — Bien, bien. Con la mamá.

En un bar lindante al Anexo, el número uno de la seguridad del Congreso me reveló que la hija del Toto era su ahijada. Retener nombres de hijas e hijos para salir de un aprieto era mi hoyo en uno. Lo aparté al Toto y le retribuí el gesto con un Zippo con el escudo de Chaca.

 

REPORTE

Aún sin ir a las cámaras, los asesores me reportaban los movimientos de los nenes. Ariel, con veinticuatro años, había ganado en seis semanas lo que podía generar con los muchachos en un año. Les ideé una unidad de negocios sin el permiso de Mondongo.

.

"Yo quería jugar de nueve, Mauro. No me gustaba jugar de wing y empecé a hacer la bicicleta para no aburrirme"

 

Bajé por la escalera del VIP y allí estaba Amparo escoltada por dos chicas trans.


—Te presento a Nadia y a...

— ¡Naty! ¿De dónde sos, corazón?

— De España.

— ¿De Ibiza?—  le preguntó Naty.

— No, de Madrid.


Instalados en la pista, bailamos dos temas y el ambiente poco a poco se picanteó. El Toto me trajo dos camparis y me guiñó un ojo. Tenía que irme. El fantasma del Lechu aún me acosaba. Al salir, Amparo me reprendió. Ella quería quedarse un rato más ¿Para qué? ¿Para sumar otra anécdota que contar a sus ex compañeras del International College Spain sobre el submundo porteño?

Salimos. Amparo se quitó las sandalias y simuló jugar a la rayuela entre el adoquinado de Constitución. La alcé con los dos brazos y nuestros labios se presionaron fuertes. Nos besamos por última vez. Bajamos hasta la calle Perú como un coro de nieblas. Caminar en silencio sin sentir incomodidad debería ser considerada la octava maravilla.

Después de unas copas, nos despedimos en el bar Gibraltar. Preferí esquivar un adiós dramático. La reportera extranjera que me transmitió las ganas de volver al oficio y alumbró mis tinieblas sin juzgarme, me miró firme y definitiva como un mármol — Quiero que sepas que a partir del tercer polvo... Tú sabés.

— Entiendo, preciosa. Yo también comencé a disfrutarlo — mientras tanteaba un pañuelo de carilina con un cuarto de sildenafil oculto.

— ¡Argentino de los cojones! Adiós. Observaré cada noche estrellada vuestra Aldebarán y sabré que estás allí.

Me quedé callado. ¿Para qué hablar? Su despedida entristecerá otras noches. 


Capítulo XII https://bit.ly/2Lwv1xr



21 de noviembre de 2020

MI DESEO ES LA OSCURIDAD

 

“Y así vuelvo a mi cueva, y prendo una hoguera que calienta a mi corazón. 

Vivo de noche vivo del derroche mi deseo es la oscuridad” 


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20 de noviembre de 2020

MANUAL DE PERDEDORES | 20 DE NOVIEMBRE

 

🌟Capítulo 156

Relato “Tigro Central”

📚 Entrevista: Carlos Ricciardelli presentó su libro “Fiebre”

🎼Discos: La Máquina de hacer pájaros

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