16 de octubre de 2015

RUGIDOS DEL CORAZÓN






- ¿Está seguro que ya empieza?
- Sí, en unos minutos - confirmé.
- A este hueco no lo conocía - expuso la mujer que merodeaba alrededor del circo.
- ¿Cómo?
- Es la primera vez que lo veo - sostuvo con sorpresa.
- ¿Es la primera vez que ve este recoveco o es la primera vez que me ve a mí? – pregunté.
- Es la primera vez que veo el recoveco. A usted creo conocerlo pero no recuerdo bien.
Con algo de pena por ella y sobre todo por mí, no tenía un sólo centavo de florín en mi bolsillo, decidí ser decoroso:
- Es probable que me haya visto antes. Fui asistente de domador.
- ...
- Antes de ser ayudante me encargaba de la limpieza del circo.
- No me contestó la pregunta.
- ¿Cómo?
- Le pregunte algo, acaso no recuerda.
- Tiene razón – admití para no contradecir a la mujer – Quise decir que conocí todas las cuevas de este circo cuando hacía el aseo. Comencé por fregar las jaulas hasta que fui ascendido para la limpieza de la pista principal.
- ¿Trabajó en el circo de verdad? - preguntó con inocencia.
- Sí, estas maderas las lijé una por una. Conozco cada grieta y cada hoyo que rodea al circo.
- ¿No conoce a nadie de la boletería?
- Sí, los conozco pero prefiero no molestarlos - aludí para cerrar el tema.
- Me gustaría mucho poder ingresar - reveló la mujer.
- No estoy seguro que me recuerden. Pasó mucho tiempo.
Fui aprendiz de domador de leones. Acepté el desafío de suceder a mi maestro luego de un accidente atroz que sacudió a toda la compañía. Una leona africana le extirpó un brazo a Jozsef, la gran figura del circo de Budapest mientras probaba un nuevo número. Luego de varios meses de vacilaciones, tomé la decisión de ocupar su lugar, entendí que era mi momento, era la oportunidad de poner en movimiento todo lo aprendido.
- ¿Fue asistente del Gran Jozsef?
- Sí.
- Jozsef fue el hom…
- ¡Mire!– interrumpí a la mujer -  ya comienza la función.
Luego de unos minutos le concedí mirar por el hoyo, después de todo la mujer estaba allí para husmear por un agujero.
- Allí están los leones – me reveló ella - Hay uno que es hermosísimo.
- ¿Cómo es su nombre? – le pregunté a la mujer.
- Me llamo Penka.
- Penka… Es hermosa.
-¡Muchas gracias!
- Me refería a la leona, Penka. Se llama Furia, es una hembra bellísima - le sermoneé, mientras la mujer acomodaba su pañuelo para verse mejor.
- Ah, ahora entiendo, señor.
- Perdón, usted también es muy bella - dije para disimular el mal entendido.
- No sé qué decirle, se… - la mujer se sonrojó y corrió su pañuelo aún más.
- Dominik, me llamo Dominik - sostuve y divisé una luminosidad en sus ojos verdes. De un vistazo pesqué un atisbo turbio y velado en su mirada.
- Encantada de conocerlo, Dominik. Furia es hermosa - dijo la mujer deletreando cada palabra como una niña.
- Sí, es cierto, además es única en su raza.
Conocía muy bien a Furia, había visto cómo mi mentor aspiraba cada tarde a subyugar al animal. Un día, antes de mi debut, tuve la mala suerte de tropezar con un balde con agua al ingresar a la jaula, este rebotó en una silla de madera y humedeció una de las patas de la leona mientras la fiera dormía. Furia despertó, no había comido su ración diaria matinal. Intenté persuadirla pero la felina no acató mis órdenes y me tiró un primer zarpazo que pude sortear. Sin embargo, la segunda uñada fue directa a mi pierna derecha e impactó con dureza. Logré huir. Desangrado fui asistido por un malabarista, mientras dos empleados de maestranza obstruyeron las puertas de la jaula. Al día siguiente recibí una noticia impensada: había sido expulsado. Los dueños del circo porfiados en encontrar a un domador más diestro decidieron despedirme. Con el tiempo entendí que la fiera no atacaba, se defendía. Furia no había venido a este mundo para divertir a los hombres.
Unos días después, recibí un telegrama del ejército húngaro con una noticia aún peor. Mis dos hijos, convocados a las campañas militares de la península balcánica, habían sido abatidos en combate.
-¿Está bien? - me sondeó Penka.
- Sí – respondí con vergüenza.
- Sus ojos se entristecieron. ¿Está llorando?
-No es nada. Me entró polvo en los ojos.
- No le creo.
- Estos elefantes pisan tan fuerte que levantan el aserrín de la pista.
Los elefantes marchaban sobre el camino estudiado con galanura y estilo. El público observaba boquiabierto. Una multitud apreciaba por primera vez animales magnánimos tan cerca. Mientras tanto Penka deseosa por esperar su turno me riñó con fastidio:
- Lleva varios minutos observando, Dominik. Estoy aburrida. Si no puedo ver al menos cuénteme algo.
Yo no podía poner en frases lo que advertía, porque lo que veía no sólo era un espectáculo circense. Mi presente se moldeaba en un pasado de tormentos e ingresaba por esa grieta imperceptible y se reubicaba en el momento donde un zarpazo me extirpó una oportunidad de oro, mientras una guerra atroz me arrancaba la vida de mis dos hijos. A pesar de las pérdidas irreparables ese hoyo atenuaba el calvario por unos minutos. Después de todo, Penka sólo quería ver. Me corrí y la mujer se asomó con fervor.
- Gracias Dominik, gracias.
- No tiene que dar las gracias. El gustoso soy yo.
- ¿Gustoso?
- Si, gustoso.
- ¡Qué refinado es usted para hablar, Dominik!
- Bueno, gracias. Hace tiempo que no hablo con nadie.
- ¿Ha resguardado esas palabras tan amables para mí?
- Le hablo en serio, hace tiempo que no hablo con nadie, mucho menos con una mujer. Usted me resulta muy agradable. Espero volver a verla en la próxima función.
Después de tantos años había logrado una conversación con una mujer sin desmoronarme en un llanto penoso. Había superado una prueba de fuego tan ardua como amaestrar a un animal. Había domado a mis propios miedos, mi timidez, el terror a ser rechazado. Me sentí muy feliz por ese pequeño resultado. Al terminar mi relato, Penka pensó unos minutos y exclamó:
- ¿Cómo es su nombre, señor?
- ¿Mi nombre?
- Sí, el suyo.
Me quedé observando a esa mujer. Creí que estaba bromeando. Esperé unos segundos e insistió:
- ¿Por qué tanto secreto?
- Dominik - le contesté algo aturdido.
- ¿Dominik? ¿Dominik? ¡Dominik! conocí un hombre que se llamaba así. Trabajaba con mi difunto esposo.

Una semana después supe que la viuda de Jozsef iba al circo hubiera o no función. Su internación en el Hospital Psiquiátrico de Lipotmezo le permitía algunas licencias. Penka se contentaba con visitar una vez por semana el circo donde su marido respiró por última vez.






Circo, Budapest, 19 de mayo de 1920




No hay comentarios:

Publicar un comentario