13 de abril de 2016

CEMENTO





Leí una nota que decía: "Se viene 'Cemento, el documental': la historia del mítico escenario porteño" y pensé en mi adolescencia, cuando siguiendo con la lógica de la colección Elige tu propia aventura elegimos la páginas de las zonas marginales. Cemento, junto con Arlequines y Arpegios, fue el universo del rock para mis cortos 17 años. Cemento fue mucho más que un lugar donde tocaron bandas. Recuerdo que mangábamos la entrada al clamor de: "somos cinco. Tenemos diez pesos" mientras bajaba de un auto una imponente Katja Alemann que encandilaba a la monada apiñada en la puerta.
Lejos de la asonancia limpia de los parlantes de los boliches de moda, en Cemento te absorbía un sonido estridente que te dejaba retumbando el oído. No era el lugar más agradable del mundo. Recuerdo que tenía los baños con un charco constante que olía a una mezcla extraña de regurgitación esparcida por todo el piso. Si hubiese tenido más noches abrillantadas de la France o El Cielo en el lomo ¿quién sabe dónde estaría hoy? Ciertamente no sería el que soy. 
Si tuviera que vivir todo otra vez reelegiría el antro de Monserrat. En Cemento tocaban los tipos que admirábamos y sonaba la música que nos gustaba. En Cemento, Selva me concedió un beso imborrable en pleno show de los Heroicos Sobrevivientes. En Cemento fuimos jóvenes eternos, indisciplinados, tanteando una madurez de CBC que reclamaba pista. Desde esa época voy a donde debo ir. Tengo claro en qué equipo retozar. Allí, donde el corazón juega con las medias bajas. No jugaría en el bando de los petulantes oficinistas de medias altas que pelotean con balones del último mundial sobre pasto de embuste.









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