28 de enero de 2019

ANA




Prologar un libro de poesía para alguien que escribe de oído es un reto inusitado. Una apuesta a un pleno sin pasaje de vuelta.
Hernán nos entrega, luego de «La mirada del castor» e «Imágenes finales de Irene a Contraluz» un nuevo poemario valiente que vicia las ganas de volver a amar para quienes venimos de una temporada de corazones ermitaños. Este poemario contagia las esperanzas de estar enamorado por siempre, como adolescentes inmortales. ¿Cuántas veces el amor residió allí delante sin poder verlo por el maldito antojo de no saber soltar la tristeza?

En «Ana, el libro de los poemas tristes» regresamos al primer día de un amor, de esos que dejan una estampilla indeleble. Hernán, descalza su atelier y con pinceladas prodigiosas matiza con el atuendo de la época identificaciones paradisíacas. Repasé cada verso. Discurrí sobre la importancia de los diarios, de la práctica de escribir todos los días. ¿Por qué  dejamos de escribir cuando estamos enamorados? ¿Qué sentido tiene llegar al final del día y contar lo bien que la pasamos con nuestra pareja? Nadie lo hace, nadie. Hasta las canciones más hermosas se resignifican con la persona hecha a la medida. Ninguna canción compartida, luego de un desamor, vuelve a ser insignificante. No. Desfila una a una al playlist de «sad songs». Tienen pestilencia a wincofón.

Hernán abandona los pinceles y se viste de chef. «Ana, el libro de los poemas tristes» aporta sabores. Basta compartir veinticuatro horas con alguien para que las apreciaciones queden unidas por besos, almorzadas y catadas atemperadas por charlas íntimas.

El poemario pinta en acuarelas el humo de un tabaco, un rostro siempre escondido, bailes en puntas de pie. Hernán, como todo buen artista valeroso, revela que le cuesta cargar a su amada como a una reina, mientras ella posa como un modelo vivo en una esquina cualquiera. Una modelo que bebe sol y queda reflejada en una descripción bucólica con un pliegue cristalino sin miedo a la poesía.

En «Ana, el libro de los poemas tristes», Buenos Aires y Montevideo trazan un puente sobre un verso de Frida Kahlo escrito en papel glasé. «Me enamoro con cada palabra, me destrozo con cada acción». El río, siempre generoso, mantiene a flote el bote de una historia que cruza el charco con el estoicismo de los trovadores. “Todo suena a plagio”, suspira un amante apenado en esta milonga escrita con una Parker robada de una cartuchera de tres pisos. Llegan los bises mientras descendemos de las gradas y esta historia amaga clamar las hurras. Entre despedidas y adioses los invito a leer «Ana, el libro de los poemas tristes», un poemario entrañable y subterráneo, con los ojos nublados, apenas un sabor amargo, el de la poesía final.






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