19 de enero de 2026

FALUCHO

 





Nadie sabía con certeza si Antonio Ruiz había existido tal como lo contaban. Algunos decían que sí, que lo habían visto marchar con el uniforme gastado y la mirada firme.

Otros aseguraban que era apenas un nombre tejido con relatos, un eco armado de voces viejas. Pero en los cuarteles, cuando caía la noche, su historia seguía respirando como si fuera verdadera. Y a veces eso alcanza.

Le decían Falucho.

No era un apodo cariñoso ni cruel: era simplemente el modo en que la historia lo había reducido. Un sobrenombre para un hombre que casi nunca tuvo derecho a su nombre completo.


Antonio había nacido, en Buenos Aires, aunque algunos juraban que su piel traía el polvo de África y que su sangre venía de más lejos que cualquier puerto. Lo cierto es que creció sabiendo que su cuerpo era herramienta y su voz, apenas un murmullo. Pero cuando San Martín llamó a los hombres a pelear por la libertad, él no preguntó si esa libertad también era para él. Tomó el fusil y marchó con el ejército libertador.

Caminó más de lo que habló. Aprendió a obedecer, a resistir, a dormir con hambre y a despertar con miedo. Pero también aprendió algo más raro: que la patria era una palabra grande que merecía ser defendida.


En El Callao, la fortaleza parecía una piedra cansada frente al mar. El aire tenía olor a traición. La sublevación se sentía antes de que ocurriera: en los silencios, en las miradas esquivas, en las manos demasiado quietas. Antonio, nuestro querido Falucho estaba de guardia. No era capitán, ni sargento, ni héroe. Era un soldado negro.

Cuando los sublevados quisieron izar otra bandera, una que no era la suya, le ordenaron que saludara. Que aceptara. Que bajara la cabeza como tantas otras veces.

Falucho miró el mástil.

Miró la tela.

Y algo en su pecho, que nunca había tenido permiso para ser grande, se volvió enorme.

—Esa no es mi bandera —dijo.

No lo gritó. No hizo discurso. Lo dijo de frente ma´.


Algunos dicen que ahí mismo lo fusilaron. Otros, que hubo forcejeo, que hubo insultos, que hubo un segundo de duda antes del disparo. Nadie se pone de acuerdo. La historia, como siempre, se vuelve borrosa cuando el protagonista no tiene quien escriba por él.

Bartolomé Mitre, años después, recogió testimonios. Palabras sueltas. Recuerdos gastados. Declaraciones que ya no podían ser verificadas. Y con eso armó una figura: El Negro Falucho. Un soldado fiel a la bandera hasta la muerte. 

Pero tal vez Antonio no quiso ser símbolo.

Tal vez solo quiso ser coherente por una vez en su vida.

Porque hasta ese día había obedecido siempre.

Había marchado.

Había callado.

Había aceptado.

Y por una vez, eligió.

Falucho puso el cuerpo donde la patria era apenas una promesa incumplida.

Antonio Ruiz fue la dignidad negra de un ejército que casi nunca la escribió en sus partes oficiales.

Falucho no vive en los archivos.

Vive en la necesidad de creer que incluso los olvidados pueden hacer historia.

Que incluso los que no tienen nombre propio en los libros pueden sostener una bandera con la vida.

Y eso, verdadero o no,

es una forma de eternidad.





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