11 de junio de 2016

EL TIEMPO ME ENSEÑÓ





- Ey, ¿esa foto, qué onda?
- Es Perón con la Evita.
- Ya sé, boludo. ¿Qué sos peronista ahora?
- No, gato. Era de mi tío.

En el depósito del almacén de mi viejo encontré una caja con un par de fotos, revistas y hojas sueltas escritas con birome. ¡Hay una que no se puede creer! Estaba en un sobre, un sobre cerrado con una dirección. El tío le escribió una carta a una mujer. Pensar que mi viejo me decía que era un chabón arisco al amor.  

Papá celaba al tío. Todo empezó cuando mi viejo lo llevó a militar a un partido con nombre pedorro: El PI. 
- Yo soy del PI - decía el tío.
- ¿De qué PI?
- ¡Del pindonga! - me respondía y  nos cagábamos de risa.
Me contó mi tía, La Negra, que el tío Bernabé se hizo querer y respetar. Aprendió enseguida la onda de la militancia. Papá no encajaba. Correctito y con sus maneras espantaba más que acercar a la gente. Participaba hasta ahí, sin embarrarse. Siempre con el dedito acusador levantado, chipi chipi. Un especialista en encontrar errores ajenos. 
Me acuerdo que una vecina, la hija de Doña Marta, lo llevó al tío a la unidad básica del barrio. "Vos tenes que militar con nosotros, Berna" le dijo. Ahí estaba en su salsa. El tío flasheó con las ollas populares, el apoyo escolar y la murga. Eran chabones más normales.
Mi papá criticaba al peronismo. Decía que "el viejo", por Perón, había sido un traidor. El tío desobedecía los discursos de papá y se hizo peronista sin darse cuenta. De a poquito fue metiéndose y llegó a trabajar como tutor de la JP adoctrinando pibes de mi edad. 
La tía Negra guardó una foto del tío Bernabé con la Cristina en la Casa Rosada, mientras mi viejo, que la iba de pureli, no hacía otra cosa que tirarle mierda. “No tenés vergüenza, ¿cómo te vas a sacar una foto con esa yegua, hermano?” 

Pero todo eso no fue nada. Lo que más le jodió a mi viejo, según cuenta Bernabé en su diario, fue verlo llegar junto a una mina preciosa a un recital que hicimos por Almagro. Papá no la podía caretear. Se lo veía molesto. Bernabé escribió en uno de sus cuadernos que papá no dejaba pasar ocasión para impresionar y hacerse el galán con la compañera. Eso al tío lo entristecía. “¿Cómo puede ser que mi hermano deseé una mujer que está conmigo?” escribió.
Mi tío era el más chico de todos los hermanos y no tenía el fuego de papá. Siempre le costó más que al resto. Mi viejo de pendejo era un crack, aplicado, buen alumno. Pintaba para hacer carrera pero no llegó a nada. El tío, en cambio, se formó de a poco, perseveró y consiguió realizar muchos de sus sueños: hacer radio, escribir libros, conocer un presidente y sobre todo, besar a la mujer de sus sueños.
                      
                                                                                ***

Mientras abría el sobre, recorrí con la vista la caja con papeles, facturas y anotaciones viejas. El tío, antes de morir, tenía dos proyectos: el armado de una radio por internet y publicar una novela que tenía terminada. 
La última vez que hablé con él me pidió que ensayara un par de canciones para tocar en la presentación de su novela. “¿Conocés a los Wawanco, Raly?” me dijo. "Armate algo con los muchachos". Wawanco fueron sus últimas palabras. ¡Wawanco! Bajé un par de canciones y se las hice escuchar a los pibes de la banda. Los vagos flashearon mal.

Una pena como se dio todo. El tío había conocido a una mina, fotógrafa, de la que estaba enamorado. Me contó la tía que pensaba en ser papá otra vez. Su hijo, mi primo el Ale, vivía en Chile. Se lo llevó la madre cuando estaba embarazada. Los bogas chilenos no pudieron hacer nada y después de quince años de batallar renunció a la pelea. La mala sangre que se hizo por no ver a su hijo, el escabio y la diabetes se lo llevaron puesto. Así fue como un infarto de miocardio lo dejó seco mientras escribía. No enteramos al día siguiente. Dejó unas palabras en forma de carta que no tienen desperdicio.

                                                                                       ***

"Compañera:

¿Cómo estás? ¡Tanto tiempo! Te escribo sencillamente para decirte: gracias.
¿Por qué? Porque mi vida no fue la misma desde nuestro primer encuentro. Comprendí que era el momento para escribir lo que antes no supe o pude poner en palabras. Sin etiquetas, sin compromiso y sin promesas era nuestra lema ¿recordás? Bueno, creí que podría desempeñar con lealtad lo acordado, pero no. Me enamoré. Sí, y lo advertí tarde. Por esa razón, sabiendo lo que venía, decliné a persistir en la espera y resolví dar un paso al costado.
Ahora que clareó y pude desensillar, sentí la necesidad de rasguear unos párrafos. Hallé, cuando el embrujo y la fascinación del enamoramiento se disiparon, una conmoción de alegría por la libertad de alguien, o sea tu libertad, aunque esa libertad no me incluya a mí. Siento que vivimos una historia muy bonita, a destiempo (quizás). Sin embargo, disfruté de cada instante juntos.
Cumpa querida, me desenredaste los ojos. Mi amor por vos fue una bocanada de aire fresco, como una lluvia repentina de verano sobre un campo reseco. Comencé a desperezarme de a poco. En mensajes y largas charlas primero, hasta confluir en confesiones y besos que nos brindó la comunión del vino tinto. A partir de allí, salí a reanudar mis proyectos pendientes. Al calor de nuestra relación retomé con la radio y la militancia, dos pasiones que compartimos..."

                                                                             ***

- Escuchá. Alta frase se mandó ahí: "... como una lluvia repentina de verano sobre un campo..."
- ... Estaría escabio, ey - ninguneó el Orly.
Dentro del sobre había una fotocopia a color. El tío re joven con una mina hermosa. Un papel escrito con fibra y una sola palabra: Ponele. Una etiqueta de cerveza artesanal, un envoltorio todo arrugado de bon o bon y un ticket de un bar: Estancia Antigua. Mesa 50/0; Mozo: 6, Juan. ¡Esa, tío! Decidí llevar la foto con la "compañera" al ensayo. La pegué en uno de los parlantes.

- ¿Cómo se llama la mina? - preguntó el Lechu.
- No sé. No la nombra, siempre pone "compañera".
- Tá linda, boludo.
- Eh, no te zarpes, logi. Era la novia de mi tío.
- ¡¿Qué sabés si era la novia?! Capaz que la quería conquistar con esa carta, gil - tiró el Lechu.
- Si esa muñeca lo inspiró a tu tío... Capa que no inspira a nosotro también – ironizó el flaco Orly.
- Un crack, el chabón - dije de afuera hacia adentro.
- Alta morocha - batió el Lechu.
- ¿Por qué no le habré dado bola en vida al Berna, loco? – tiré mientras probaba el micrófono, creyendo que no escuchaban.
- Bueno, Raly. Ya fue - dijo el Orly - Tampoco te enrosque, amio.
- Por suerte encontré ese sobre ¿no? - dije buscando un consuelo.
- Má vale - me tranquilizaron a coro.
- ¡No sabés la bocha de libros que dejó!
- Y leelo – me recomendó el Orly - Capa que si pinta de leer má... La Mica, en una de esa...
- No entiendo – lo interrumpí mientras colocaba los platillos.
- ¡Lee má, tigre! Escribí y escribí y te sale una cartita así...
El flaco me sacó del bajón con esa salida. Me quiso decir, a su manera, que la lectura de todos los libros de la biblioteca del tío Bernabé me llevarían a escribir una buena carta a la Mica. Los pibes le festejaron la ocurrencia. Prendieron un faso y comenzó la ronda de fumata. Antes de arrancar con el primer tema, necesité la opinión de mis compañeros de banda.
- ¿Vos decís de escribirle? 
- Ni hablar - dijo firme el Orly.
- ¿Pensás que me puede dar cabida? 
- Sí, Raly. ¿No vite cómo te mira, loco?
- ¿Vos decís?
- Sí, boludo. Escribile. Yo sé lo que te digo. Dejate de hinchar lo huevo. 
- ¡Joya! - dije entusiasmado. 
- ¡Viva Perón, carajo! - dijo el Lechu y destapó una cerveza.
- ¡Viva! - dijimos todos juntos.
- ¿Arracamo Raly?
- ¡Sí! Va... un, do, tre...

                                                                          ***

Estuve todo el domingo pensando qué hacer con la carta. Le pregunté a mi viejo. El chabón, como siempre, me cortó el mambo menos diez: "¡¿Qué sabés si vive ahí, todavía?! ¡Qué correo, ni correo! Andá a buscar laburo mañana, hijo. Haceme el favor."
El lunes temprano, mientras me clavaba una birra para bajar de la gira, el Lechu me convenció de ir hasta el correo. Me dijo que no tenía sentido conservar esa carta. Que tenía que cerrar la historia que quedó inconclusa. No hablamos de otro tema. Me preguntó toda la noche "¿cuánto falta para las diez?". Enfilamos para Oca y entregamos la carta como si fuera algo re importante. Sentí que había hecho algo groso, groso posta. Lamenté que mi viejo no me bancara en esa. 
A la tarde me puse con la criolla a sacar los acordes de La piragua. Sentí un alivio bárbaro, no sé, qué sé yo. En la cena hablé con mi papá. No le conté nada de la carta. Antes de levantarse para ir a dormir, me ofrecí para atender la verdulería que pusimos en la entrada del almacén. Mi viejo había cobrado una indemnización después del despido en el colegio. Me quedé solo en la mesa y releí el final de la carta que había copiado de puño y letra.

                                                                            ***

"... Para concluir, y siempre en sentido de gratificación. Me llevo el frenesí de nuestras caricias, el destello de nuestras miradas, el bálsamo de tu piel, la suavidad de tu voz. Fuiste muy especial para mí. Confieso que jamás volví a hablar por teléfono desde las diez de la noche hasta las siete de la mañana con nadie. Me encantó haber transitado parte del camino juntos, de jugar en la misma vereda por un rato. Suena "El tiempo me enseñó" en el equipo y siento que estuvo bien, muy bien. Fui muy feliz a tu lado. ¿Cómo no agradecerte? Ahora sí me despido como Dios manda. Ahora estoy en paz. ¡Salud compañera!"





Te voy a contar en esta carta toda la verdad de por qué sucedió. Y la maldita verdad es que te quise demasiado.




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