Hubo una época en la que no sé
si cocinaba porque realmente me gustaba o porque había algo en la vida
compartida que me hacía creer en esa vieja promesa de que uno podía ser feliz
al lado de otra persona. Lo creí. Me aferré a esa posibilidad con la fe ingenua
de quien todavía piensa que el amor puede hacer de cualquier casa un refugio.
Lo creí de verdad. Aunque, como tantas cosas que parecen eternas, duró apenas dos lustros.
En ese tiempo cortaba cebollas,
pelaba papas, revolvía ollas. Había algo doméstico, casi sagrado, en preparar
la comida para alguien. ¿Acaso alcanzar un plato caliente puede ser una manera
de decir acá estamos, esto somos, esto puede durar? El problema del matrimonio
es que se acaba todas las noches después de hacer el amor, y hay que volver a
reconstruirlo todas las mañanas antes del desayuno.
Me separé y comencé a cocinar
menos. Mucho menos. Comencé a pedir comida hecha, a guarecer en las
aplicaciones, en los envíos, en esa pequeña comodidad de no tener que pensar
demasiado qué hacer con una cebolla, un tomate o una pechuga de pollo.
La cocina fue quedando atrás. Una
costumbre que uno no sabe en qué momento deja de practicar.
Pero algo aprendí.
Aprendí a hacer puré.
Bueno, decir que aprendí a
hacer puré es una manera bastante generosa de describir lo que hago. Soy, más
bien, un pure chef. Un especialista en puré instantáneo. Un hombre que ha
encontrado su vocación en un sobre.
El procedimiento es sencillo;
agua hirviendo, un poquito de leche, el polvo y unos movimientos de cuchara. No
hay que pelar nada, no hay que cortar nada, no hay que esperar que una papa se
ablande. La papa ya viene resuelta. La vida, por un instante, también.
Y resulta que es la comida
favorita de July.
July viene a casa y me pide
puré. A cualquier hora. Pueden ser las dos de la mañana y aparecer con esa
naturalidad con la que los chicos piden las cosas importantes:
—Papi, ¿me hacés puré?
Y yo le hago puré.
No corto la papa. No la pelo.
No la hiervo. Ni siquiera tengo que comprobar si está tierna pinchándola con un
tenedor. Todo sucede en unos minutos, en una pequeña ceremonia de agua caliente
y polvareda.
Él sabe que el puré está
fabricado. Sabe que no hay una papa detrás de ese puré, al menos no una papa
que yo haya conocido personalmente. Sabe que hay misterio.
Y, sin embargo, le encanta.
A veces pienso que ahí hay algo
hermoso. Porque él sabe. No es que lo engañe. No es que crea que su papá tiene
una receta secreta heredada de alguna abuela italiana. Sabe exactamente lo que
hago. Sabe que soy un hombre que no corta la papa y, aun así, me pide que le
prepare su comida favorita.
No hay secretos con él.
Yo no estaba mucho en la cocina
cuando era chico. Posiblemente por eso me conmueve tanto esta escena. Porque
uno pasa buena parte de la vida intentando parecer más capaz, más interesante,
más preparado. Uno aprende recetas, inventa versiones de sí mismo, muestra sus
mejores platos. Quiere que los demás crean que detrás de cada cosa hay un
trabajo artesanal, una elaboración, una vocación.
Pero a veces no hay nada de
eso. Hay un sobre, agua caliente y un poco de leche.
Y hay alguien esperando del
otro lado de la mesa.
Con el tiempo empecé a pensar
que me gusta conocer gente que sepa que uno no corta la papa y, sin embargo,
nos quiera igual. Gente ante la que no tengamos que fingir que sabemos hacer
todo. Que no nos exija una versión gourmet de nosotros mismos. Que pueda
sentarse a la mesa sabiendo de qué estamos hechos, incluso cuando estamos
hechos de serrín instantáneo.
Tal vez de eso se trate también
el amor. No de encontrar a alguien para cocinarle todos los días, ni de
sostener para siempre la ilusión de que uno puede ser feliz con otra persona. A
lo mejor se trate de encontrar a alguien que conozca nuestras pequeñas trampas,
nuestras recetas incompletas, nuestras limitaciones, y que aun así, a las dos
de la mañana, nos pregunte si podemos hacerle un puré.
Porque hay personas que no necesitan
que uno time la papa para sentirse cuidadas.
Y quién sabe uno tampoco
necesita aprender a cocinar para volver a sentirse querido.
A veces alcanza con poner el
agua a hervir.
Y estar.
