6 de noviembre de 2026

PURÉ, 2 AM

 




Hubo una época en la que no sé si cocinaba porque realmente me gustaba o porque había algo en la vida compartida que me hacía creer en esa vieja promesa de que uno podía ser feliz al lado de otra persona. Lo creí. Me aferré a esa posibilidad con la fe ingenua de quien todavía piensa que el amor puede hacer de cualquier casa un refugio. Lo creí de verdad. Aunque, como tantas cosas que parecen eternas, duró apenas dos lustros.

En ese tiempo cortaba cebollas, pelaba papas, revolvía ollas. Había algo doméstico, casi sagrado, en preparar la comida para alguien. ¿Acaso alcanzar un plato caliente puede ser una manera de decir acá estamos, esto somos, esto puede durar? El problema del matrimonio es que se acaba todas las noches después de hacer el amor, y hay que volver a reconstruirlo todas las mañanas antes del desayuno.

Me separé y comencé a cocinar menos. Mucho menos. Comencé a pedir comida hecha, a guarecer en las aplicaciones, en los envíos, en esa pequeña comodidad de no tener que pensar demasiado qué hacer con una cebolla, un tomate o una pechuga de pollo.

La cocina fue quedando atrás. Una costumbre que uno no sabe en qué momento deja de practicar.

Pero algo aprendí.

Aprendí a hacer puré.

Bueno, decir que aprendí a hacer puré es una manera bastante generosa de describir lo que hago. Soy, más bien, un pure chef. Un especialista en puré instantáneo. Un hombre que ha encontrado su vocación en un sobre.

El procedimiento es sencillo; agua hirviendo, un poquito de leche, el polvo y unos movimientos de cuchara. No hay que pelar nada, no hay que cortar nada, no hay que esperar que una papa se ablande. La papa ya viene resuelta. La vida, por un instante, también.

Y resulta que es la comida favorita de July.

July viene a casa y me pide puré. A cualquier hora. Pueden ser las dos de la mañana y aparecer con esa naturalidad con la que los chicos piden las cosas importantes:

—Papi, ¿me hacés puré?

Y yo le hago puré.

No corto la papa. No la pelo. No la hiervo. Ni siquiera tengo que comprobar si está tierna pinchándola con un tenedor. Todo sucede en unos minutos, en una pequeña ceremonia de agua caliente y polvareda.

Él sabe que el puré está fabricado. Sabe que no hay una papa detrás de ese puré, al menos no una papa que yo haya conocido personalmente. Sabe que hay misterio.

Y, sin embargo, le encanta.

A veces pienso que ahí hay algo hermoso. Porque él sabe. No es que lo engañe. No es que crea que su papá tiene una receta secreta heredada de alguna abuela italiana. Sabe exactamente lo que hago. Sabe que soy un hombre que no corta la papa y, aun así, me pide que le prepare su comida favorita.

No hay secretos con él.

Yo no estaba mucho en la cocina cuando era chico. Posiblemente por eso me conmueve tanto esta escena. Porque uno pasa buena parte de la vida intentando parecer más capaz, más interesante, más preparado. Uno aprende recetas, inventa versiones de sí mismo, muestra sus mejores platos. Quiere que los demás crean que detrás de cada cosa hay un trabajo artesanal, una elaboración, una vocación.

Pero a veces no hay nada de eso. Hay un sobre, agua caliente y un poco de leche.

Y hay alguien esperando del otro lado de la mesa.

Con el tiempo empecé a pensar que me gusta conocer gente que sepa que uno no corta la papa y, sin embargo, nos quiera igual. Gente ante la que no tengamos que fingir que sabemos hacer todo. Que no nos exija una versión gourmet de nosotros mismos. Que pueda sentarse a la mesa sabiendo de qué estamos hechos, incluso cuando estamos hechos de serrín instantáneo.

Tal vez de eso se trate también el amor. No de encontrar a alguien para cocinarle todos los días, ni de sostener para siempre la ilusión de que uno puede ser feliz con otra persona. A lo mejor se trate de encontrar a alguien que conozca nuestras pequeñas trampas, nuestras recetas incompletas, nuestras limitaciones, y que aun así, a las dos de la mañana, nos pregunte si podemos hacerle un puré.

Porque hay personas que no necesitan que uno time la papa para sentirse cuidadas.

Y quién sabe uno tampoco necesita aprender a cocinar para volver a sentirse querido.

A veces alcanza con poner el agua a hervir.

Y estar.


2 comentarios:

  1. Cuanta verdad!! Con que delicada trama, hacés ver, Raly que el Amor siempre está, aún poniendo a hervir agua en una olla!! Saludos afectuosos!! Silvia de Mar de Ajó...

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  2. El amor y la comida están anudados desde el primer respiro; la teta o la mamadera son, al final del día, el primer abrazo que recibimos en el mundo. Tivimos la "suerte" maravillosa de que de chiquitos nos alimentaron con amor, nos cuidaron el cuerpo y el alma con un plato y un abrazo, y creo que nos pasamos el resto de la vida buscando volver a sentir esa misma tibieza, ese abrigo de sus brazos. Lo hermoso es cuando la historia da la vuelta y nos toca a nosotros alimentar así a los que amamos. A veces es con una receta magistral y otras veces, como bien decís, alcanza con poner a hervir agua, estar presentes y entregar el corazón . Abrazo 🤗

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