15 de diciembre de 2025

UN SILBIDO CON NOMBRE PROPIO

 

 



Mi papá tenía un silbido particular para llamarnos. No era fuerte ni autoritario; era una forma breve del aire, una clave secreta. Nadie más lo hacía así. Nadie. Podíamos estar lejos, mezclados entre otras voces, otros ruidos, otras urgencias, y ese silbido nos encontraba igual. No hacía falta preguntar ni mirar alrededor: el cuerpo lo reconocía antes que la cabeza. Era un sonido con nombre propio.

Ese silbido decía “vengan”, pero decía muchas más cosas.

Decía “ya es hora”.

Decía “queruza, estoy cuidando”.

Decía “acá termina el mundo y empieza la casa”.

A veces nos llamaba para comer, otras para volver antes de que oscureciera, otras simplemente para asegurarse de que seguíamos ahí, orbitando cerca. Era su manera de contar cabezas sin contarlas. Un gesto mínimo, casi invisible, que sostenía todo.

Hoy lo acabo de oír en el patio.

Estoy sola en casa. La tarde cae despacio, sin molestar. Las plantas no se mueven, el aire está quieto, demasiado quieto. Existen ciertas clases de silencio que te hacen caminar en el aire. El silbido fue breve, exacto, inconfundible. No fue un recuerdo ni una imaginación apurada: fue él. El mismo tono, la misma pausa al final, como esperando respuesta. Me quedé parada en el medio de la cocina, con las manos quietas, el corazón desacomodado. Por un instante, todo mi cuerpo quiso obedecer. Salir. Asomarme. Decir “ya voy”. Como si los años no hubieran pasado. Como si el tiempo pudiera doblarse sin avisar. Esperé el segundo silbido. Siempre había un segundo, un poco más largo, un poco más paciente. No llegó.

Tal vez los lugares aprenden nuestras voces.

Tal vez las casas guardan sonidos como reliquias.

Tal vez el patio, que tantas veces nos vio correr, decidió devolverme algo que era mío y no sabía que seguía faltándome.

No sentí miedo. Sentí una emoción antigua, profunda, de esas que no saben explicarse. Una tristeza mansa, con ternura adentro. Como si alguien me hubiera nombrado desde lejos. Como si el amor, cuando no encuentra cuerpo, se hiciera sonido. Tengo ganas de llorar. No por lo que perdí, sino por lo que todavía aparece. Porque hay personas que no se van del todo. Se quedan viviendo en los gestos más chicos, en una costumbre del aire, en un silbido que atraviesa los años y vuelve cuando la casa está en silencio.

No respondí.

Pero creo que él sabía.

 

9 de diciembre de 2025

LA ORQUETA DEL DESTINO





Tenía doce años. Verano del ’88. Lo habían invitado a un asalto. Él pensaba que sería como un cumple: globos, torta, los pibes corriendo alrededor de la mesa. Pero no. Esto era otra cosa: luces bajas, radiograbador a todo volumen, los más grandes bailando lentos y apretados, como si fueran adultos que ya sabían todo de la vida.

Llegó medio tarde porque se había quedado en el campito del Mercado Central, tirándole a un paredón con la gomera. La llevó consigo, metida en la cintura bajo la chomba de Papazzi, y no sabía bien por qué. Era como cargar un pedacito de su mundo, un secreto que solo él podía sostener.

Dentro, el aire era pesado: mezcla de Pepsi tibia, transpiración y un poco de humo de cigarrillo que escapaba de los más grandes. Vasos de plástico tirados, papas fritas blandas en un bol, y un cassette que pasaba de Europe a Pet Shop Boys. Cada tanto alguien apretaba rewind y el radiograbador chistaba, como una locomotora que respiraba.

De golpe, ¡paf!, arranca un lento: Milli Vanilli. La música bajó el pulso de la sala. Él sintió que le ardían las manos. Y ahí la vio a ella. La que le gustaba de verdad. La invitó a bailar, y ella dijo que sí. Todavía no entendía cómo había pasado.

Apoyó sus manos en la cintura de ella y le temblaban tanto que pensó que lo delatarían. Ella apoyó las suyas en sus hombros, livianas, casi flotando. El mundo desapareció: no estaban las risitas de los costados, ni los codazos de los pibes, ni las chapitas rodando por el piso. Solo ellos, moviéndose torpes, atrapados en un vaivén que parecía eterno.

Hasta que… chau. Ella descubrió la gomera. La sintió dura, escondida en la cintura. Lo miró con ojos grandes, primero sorprendida, después con esa mezcla de ternura y lástima que duele más que un regaño. Él se quería hundir en el piso. No era el langa que fingía. Era un nene con gomera.

El lento terminó. Ella se soltó despacito y se fue con sus amigas. Él se quedó clavado en medio del comedor, con la música apagándose en el pecho y la gomera todavía firme. Sin beso, sin conquista. Solo él, con sus nervios y su verdad.

Muchos años después, al recordarlo, se ríe solo. Esa noche entendió que crecer no era hacerse el grande: era animarse a mostrarse tal cual era, aunque quedara ridículo. Y, todavía le gusta pensar, que en esa fiesta, aunque no besó, fue el único que se animó a bailar con la gomera colgando de la cintura.

Quizás algún día, cuando sea grande, aprenda a besar sin que le tiemble la mano, a mirar fijo y apuntar al blanco del corazón. Mientras tanto, sigue jugando. Porque en cada lento torpe, en cada risa nerviosa, descubrirse a uno mismo ya es un disparo que da en el blanco.









30 de noviembre de 2025

AUD

 




Anoche, en la AUD, mi hijo salió a encontrarse con sus amigos y compañeras del Instituto Roberto Arlt. Yo, desde lejos, sentí que algo vibraba distinto: una mezcla de alegría y desorden luminoso, ese caos hermoso que sólo aparece cuando la vida está por cambiar.

Me llegó una foto en plena madrugada. Lo vi radiante, rodeado de risas, de complicidades, de esa energía que sólo la juventud puede conjurar. Y pensé en Arlt. En cómo estaría disfrutando este pequeño lío que armaron, igual al que él armó alguna vez contra la academia y los cogotudos de siempre.

Mientras lo miraba en la pantalla, entendí que mi hijo ya camina hacia su propio destino. Y me quedé con un orgullo manso, íntimo: el de saber que empieza a escribir su historia con una luz que no necesita permiso para brillar.







17 de noviembre de 2025

GOBS

 




Julián apareció en la puerta con una bolsa. No caminaba: flotaba. Tenía ese brillo que no se compra, que no se aprende, que sólo aparece en los ojos cuando algo profundamente bueno está por suceder. Adentro de la bolsa se apretaban globos plateados; parecían peces sorprendidos, atrapados en un pequeño océano de plástico.

—Hoy le voy a preguntar si quiere ser mi novia —dijo, como si estuviera anunciando un eclipse.

Y en cierto modo, lo hacía.

Mientras hablaba, sostenía los globos con un cuidado casi ceremonial. No quería que tocaran el piso. No quería que se mezclaran con la rutina de la casa. Aquellos globos eran otra cosa: eran lenguaje, promesa, augurio.

Yo lo observé, y ahí estaba él, mi hijo de hoy, tan alto, tan decidido, tan dueño de su emoción… y arriba de esa imagen, como un doble transparente, estaba el bebé que fue.

El nene que antes de decir “papá” dijo “gobs”.

Su primera palabra no fue un nombre ni una necesidad. Fue un globo.

Un objeto que asciende. Una forma de celebrar. Un modo de comunicar pureza sin gramática.

Creo que esa elección lo define más de lo que él sospecha. Mientras algunos chicos aprenden a hablar desde lo urgente (leche, agua, mamá) él conmigo empezó desde lo festivo. De a poquito, al tiempo de su boca chiquita, me enseñó que cada globo que sostenía era una idea, una invención, un intento de decir “mundo, estoy llegando”.

Ahora, tantos años después, cuando lo veo armar la frase, todavía escucho ese sonido antiguo: “gobs”. Y me doy cuenta de que él no cambió tanto. Que, incluso en su adolescencia movediza, sigue hablando en ese idioma aéreo, suave, redondo. Un idioma que nombra lo que siente sin temor. Era un trabajo minucioso, casi artesanal. A cada globo le escribió una letra, hasta completar la pregunta:

¿Querés ser mi novia?

Lo hacía con concentración, pero también con una alegría que se le desbordaba por los labios. Y yo, sin decir nada, acompañé esa escena como quien presencia un acto sagrado. Porque en realidad lo era: era el instante exacto en que un chico empieza a ser hombre, no por edad sino por sensibilidad.

Cuando terminó, respiró hondo. Un aire nuevo entró en su pecho.

—Listo —dijo—. ¿Queda bien?

No podía decirle que quedaba perfecto, porque “perfecto” era poco. Quedaba vivo.

Lo vi feliz, como si cada globo (cada vocal y cada consonante) fueran un satélite suyo, un planeta obediente girando alrededor de su valentía.

Lo vi preparado hacia el encuentro, hacia esa ceremonia mínima y gigantesca de preguntarle a otra persona: “¿Me elegís?”. Y en ese momento sentí un tironcito en el pecho. Una mezcla de emoción y nostalgia. Porque cada globo que él soltaba —o que estaba por soltar— también me soltaba a mí un poco.

Ese chico que nació diciendo “gobs” hoy le hablaba al amor con globos.

Y yo, desde la vereda, descubrí algo que quizá debería haber sabido siempre:

Cuando un hijo crece, no deja de hablarnos.

Sólo cambia el idioma.









30 de octubre de 2025

¡FELIZ CUMPLEAÑOS, 10!

 

La noche del 24 de enero de 1996 Diego Maradona jugó en Mar del Plata con la camiseta de Boca por la Copa de Oro enfrentando a Independiente de Avellaneda. Mientras tanto, a unas cuadras del Estadio José Minella festejaba mi cumpleaños número 20.

Luego de brindar y comer la torta fuimos a tomar algo a la pizzería del Cholo. Mientras pedíamos una cerveza llegó Carlitos Fren (ex compañero de Diego en Argentinos Juniors) y compartió una birra con nosotros.

Pasada la medianoche, suena un Movicom, era Diego. Apenas corta, Fren nos dice con total naturalidad: "Diego está en Punta Mogotes”. La familia Maradona festejaba un cumpleaños en el Balneario 12. Pagamos la cuenta y allá fuimos.

Al llegar, Carlitos Fren le contó al Diez que era mi cumpleaños. Diego se acercó y me dijo: "Feliz cumpleaños, maestro. Hoy cumple la Claudia* también". Me convidó vino blanco de su vaso y no le pude responder. Mis labios temblaban, mis piernas también. “Gracias” fue todo lo que pude decir. Conocerlo, abrazarlo y mirarlo fue uno de los mejores regalos de cumpleaños de mi vida. Desde entonces, ingreso a las pizzerías con otro vigor.

¡Feliz Cumpleaños, 10!


*Claudia cumpleaños el 22 de enero








Si bien fue la primera vez que lo vi y lo traté a Maradona, no fue la última. Diego quiso hacerme sentir parte de su fiesta. No existía en su registro la aclaración "la Claudia cumple el 22 y lo festejamos hoy" en su expresión "también", que es lo importante, está concentrado el espíritu de este encuentro.

Buscar la coincidencia para darme la bienvenida a su festejo, ese el espíritu de lo narrado y la aclaración final. Por otro lado, nunca falta quien ingresa a estos posteos (lejos de disfrutar de la sucesión de hechos y documentados en las fotos) a "fiscalizar" fechas para quitarle verosímil y de esa manera menoscabar algo tan hermoso cercano a la fé poética que a la crónica pura y dura.

Vicio profesional de periodista porque las fechas no "coinciden". Solo eso. Por último, Diego Maradona fue mejor de lo que cualquier cámara de fotos pudo registrar. En su "hoy cumple la Claudia también" perdura por siempre su esencia que te invita a ser parte. El me regaló con ese gesto y el convite a tomar de su propio vaso mi gol a los ingleses que jamás olvidaré.


El partido: https://www.youtube.com/watch?v=BPvvQklhZqQ&t=7s

Gracias @proyectoPelusa https://www.instagram.com/p/CQoJbbvgg-T/?img_index=3


27 de octubre de 2025

RESCATE EMOTIVO II


"No creo en la sangre, creo en los individuos" 

Marcelo Ghio ("Chelo" Esculapio)




Aquel hombre de radio —voz de las tardes de domingo, forista sin estridencias en el dial de los que aún escuchan— tenía un nombre que sonaba entre sus pares, pero en Retiro no era nadie. Allí, entre valijas ajenas y bocinas sin nombre, el cuerpo empezó a escribir su propia carta de auxilio. Primero fueron las palpitaciones, como un tambor desbocado en el pecho. 

Luego, una sombra sorda en el brazo izquierdo, la debilidad del aire, el mundo ladeado. Cayó en silencio, sin dramatismo, sin micrófonos cerca. Lo internaron. Nadie sabía su nombre en esa sala blanca y urgente. Nadie recordaba su frase de cierre en los programas de los domingos. Ni los oyentes de antaño, ni los seguidores que alguna vez dejaron un corazón en su muro de Facebook.

Y entonces, en medio de esa soledad digital, apareció ella. Ella, su ángel guardián. Su madre del corazón. La que no sabía mucho de redes sociales, pero sí de trayectos de amor que se miden en kilómetros y no en likes. Viajó ochocientos. De ida y vuelta. Sin pedir permiso ni dar explicaciones. Con la certeza terca de quien conoce el valor de estar. Lo encontró con el alta en la mano y la mirada baja. 

Él no dijo mucho, porque hay emociones que no caben en las vocales ni en los bordes de una frase. Solo pensó, en un rincón donde aún respiraba ternura: menos mal que la tengo a ella. Y al verla cruzar el andén número dos de la estación de Retiro en un rond de jambe perfecto, comprendió que no hay algoritmo que abrace, ni historia viral que te levante del piso.

¿Quién necesita más amigos en Instagram o Facebook, si hay una sola persona capaz de subirse a un micro y cruzar media provincia por tu voz herida? ¿De qué sirven las notificaciones si no hay nadie que venga a buscarte cuando no podés volver solo? Porque hay cariños que no publican stories, pero escriben epopeyas en la vida real.

Y ese hombre de radio descubrió, por fin, la verdad más simple: que a veces, el único programa que vale la pena escuchar es el que suena cuando alguien dice: “Tranquilo, ya llegué. Ahora nos vamos a casa.”




23 de octubre de 2025

UN MAESTRO QUE ENSEÑÓ A MIRAR





Hay maestros que enseñan materias, y hay maestros que enseñan a mirar. El profesor Luis Casinelli, desde aquel primer año, hizo del pizarrón un horizonte, no un muro. Julián aprendió literatura, sí, pero aprendió algo más grande: que la pedagogía es un arte, y que enseñar no es llenar cabezas, sino encenderlas. 

En estos tiempos donde se les pide a los chicos que dejen sus pantallas, pocos se preguntan qué les damos a cambio. Casinelli lo sabía: les dio palabras vivas, preguntas abiertas, una voz que valía la pena escuchar. Por eso todos miraban al frente, no porque debían, sino porque querían. Porque usted hizo del aula un lugar donde todavía vale aprender. 

Se lo va a extrañar mucho, profesor. España gana un maestro, pero en Villa Lugano queda su huella, su modo de enseñar, y un alumno que lo recordará siempre.




15 de octubre de 2025

THE BEST DAD'S ROOM IN THE WORLD






A veces me pregunto ¿Qué habría sido distinto si Julián hubiera sido nena?

Tal vez, a los trece años, cuando murieron mamá y Pancho, esa nena habría sido amorosa. Hoy, con diecisiete, viajaría a Mar del Plata con su novio para verme dos veces al año. Fantaseo que sería afectuosa y curiosa, con esa mezcla de ternura y despelote adolescente que tienen las hijas cuando ya no son niñas. La imagino mandándome un audio interminable, de esos que arrancan tranquilos y terminan en todo un desborde:

Pa, hola!! cómo estás??? Dónde vas a pasar el día de la madre? Luqui y yo estábamos pensando en ir a una de las fiestas. La pasás con la rubia, no? Pará, boludo! Es Luqui que me hace señas… Pa, seguís de novio? Che, aumentaste un montón, comés mucho??? Bueno, Nene. Es mi papá, boludo. Es la verdad, pibe! La próxima te cocino algo que aprendí. Ah! Te cuidás con la azúcar? Mirá que quiero que mis hijitos tengan un abuelito mood sano. Vos corrías antes, no? Dale, Pa!! Moveteee! Ah, sí, sí!!! Te vamos a escuchar, está bueno el programa, bah! pero la música… Paaa! dejate de joder!! Música re vieja... me da cringe, maaalll. Es mi pov*, pibe! Después los cuentos piolaaa. Ah, posta que conociste a Maradona? Luqui dice que es re fantasma la anécdota jajaj. Sí, boludo. Vos lo dijiste. Pa, te venís a placita Serrano con nosotros? Hay mamis tomando birra jajaj, re fantasmas haciéndose las jóvenes… No te conté! Qué colgada! Ayer vi una … era la abuela Maru MAL!! Mamá me dijo que te vas a quedar paralítico!! Eh no, ya sé, boludo! hemipléjico por el AVC… ¿qué onda?? ¡Qué boluda! El ACV, lo dije bien?? 

Pa, pa. Escúchame!! Aprovecho que éste se fue... Tuve mi primera relación con Luqui, fue re lindo!! después te cuento. Mamá no sabe, se pone re intensa… Nos cuidamos!! 

En el cole estoy re mal, me ayudás con mates? No entiendo una goma!! Bueno, que lore te tiré!! jajaj, me transferís treinta después te explico. Te amo, te amo, te amo. Sos el mejor papá del mundo!! Y si quedás así como dice mamá, serás el mejor medio papá del mundo. Y si quedás un cuartito… serás el mejor cuartito de papá del mundo!!! the best dad's room... the best in the world, love you!!

                                                                             ***

Cuando el silencio se acomoda en casa, leo su voz inventada entre los ruidos de la heladera. Y pienso que quizás, en otra vida, Julián fue nena y me dejó este despelote de amor flotando en el aire. Pero tengo un hijo varón que me escribe:

“Pa, viste el gol que se comió Armani con Sarmiento? Te acordas el que le hice al pancho de Mateo??”

En dos líneas escribió lo que muchos no alcanzan ni en una vida entera. Mientras la pelota besaba la red, pensó en su viejo. Y con ese gesto —esa mínima línea de amor varonil, desnudo y verdadero— yo salgo a recuperar las Malvinas con dos tenedores. Amo ser padre de un hijo varón, aunque todavía sueño con una hija que me diga, suave, entre risas y ternura: pa, pa… me contás un cuento.


*POV (Point of view): punto de vista 


13 de octubre de 2025

LA PLEGARIA DEL HERVOR

 



Descubrí que cocinar enamorado era una forma de rezar sin palabras. No era solo poner algo al fuego: era acompañar el hervor, cuidar una llama como se cuida un vínculo, mezclar, probar, esperar, sin apuro y con la ternura de lo que crece lento.

El amor, entendí, tenía el mismo ritmo que una olla: si uno la deja sola, se quema; si la remueve demasiado, no deja que respire. Ese día, mientras ella hablaba desde la mesa, yo cortaba una cebolla. Nunca antes lo había hecho con tanta atención. La apoyé sobre la tabla, la corté al medio, y con la punta del cuchillo le quité la raíz.

Luego pelé las capas, una por una, hasta llegar al centro. La mitad quedó boca abajo sobre la madera, brillante como una lágrima contenida. Le hice cortes verticales, finos, precisos, sin llegar al final —el secreto está en dejar la raíz unida, para que no se desarme—, y después horizontales, suaves. Finalmente, bajé la hoja del cuchillo con ritmo parejo, y la cebolla se convirtió en una lluvia blanca y perfumada. Lloré un poco, no sé si por la cebolla o por ella. Tal vez ambas cosas sean la misma: una manera que tiene el cuerpo de decir me duele, pero sigo acá.

El fuego esperaba. Puse aceite en la sartén, escuché el primer crepitar y sentí algo extraño: como si en ese instante tuviera el poder de detener el tiempo. La cebolla chispeaba y el aire se llenaba de un olor dulce y nuevo. Ella seguía hablando, y yo quería que no se terminara nunca, ni la conversación ni la cocción. Pensé que estar enamorado era eso: cocinar algo que está justo a punto, ni crudo ni pasado, un plato que pide atención y ternura a la vez.

Si uno se distrae, se enfría; si uno se apura, se arruina. El amor, como la comida, solo se entiende con paciencia y fuego bajo. Esa noche servimos los platos y ella dijo que estaba delicioso. Yo asentí, pero sabía que el sabor no venía del aceite ni de la sal. Venía de esa sensación secreta, la de estar dentro de un tiempo suspendido, como si todo el universo se redujera a una mesa, una mujer y el vapor de un guiso que no quería terminarse.

Siempre encontré la felicidad en tres lugares: en el amor, en los arrabales y en los libros. Los tres me enseñaron lo mismo: que la vida no se mide en los años que pasan, sino en los instantes en que el alma se queda quieta, al igual que una cebolla que se dora a fuego lento, mientras alguien te mira y el mundo, por un rato, deja de doler. Tal vez la felicidad sea eso: un humo que no se deja atrapar.

 


11 de octubre de 2025

PENSAR CON LA VOZ

 



En los últimos tiempos, la radio vivió un fenómeno inédito. AM, FM, olas invisibles que recorrían ciudades y campos: los dueños de emisoras comenzaron a invitar a periodistas, animadores, actrices, actores… rostros que habían hecho su vida en la televisión, pero que de pronto debían aprender a hacerse escuchar, más que a verse.

Y en ese giro apareció algo curioso: una pequeña revolución del sonido en tiempos de imagen. Porque vivimos en una era donde lo visual es tirano, donde la selfie reemplaza al retrato y la cámara frontal al espejo. Pero en la radio, la palabra sigue siendo reina. La voz no necesita maquillaje ni luces ni filtros. En la radio importa lo que se dice, y cómo se dice. Cada respiración, cada pausa, cada sílaba cuenta. La voz adquiere espesor, alma, y llega al oído de quien no busca espectáculo, sino compañía, un hilo invisible que nos conecta desde la otra orilla.

Leer, ese hábito íntimo y callado, se escucha en la manera de hablar frente al micrófono. Leer forma el oído, pule la lengua, afina el pensamiento. La radio exige cuidado: la palabra es puente, no trampa. Mientras los diarios guardan la memoria de grandes plumas, la radio se nutre de voces que convierten el aire en pensamiento.

Somos muchos los que seguimos persiguiendo una voz, una firma, una frase con alma. Los que esperamos una crónica que nos acerque belleza, una idea que nos despierte ternura, un relato que haga que el día haya valido la pena.

El micrófono desnudaEs un salto del escritorio al diván. Frente a él, uno siente que rinde un examen invisible, que las palabras se examinan solas, se confiesan.

Para quienes estamos al aire, lo más hermoso es recibir un mensaje que diga: “Yo también me pregunto dónde irán a parar las bolitas lecheras que se pierden en las mudanzas”. Ahí entendemos que la radio sigue viva. Que lo dicho evoluciona hacia un lugar común, familiar, humano. La radio es un oficio artesanal, una joyería del aire. Cada palabra se lima, se pule, se sopla con cuidado, como si fuera una joya sonora.

Si el mundo terminara como en esas películas de apocalipsis, y tuviéramos que salvar un solo objeto, yo elegiría una SpikaUna radio pequeña, gastada, con olor a plástico caliente. La elegiría como resistencia humana. Porque mientras haya una voz transmitiendo en vivo, aunque todo se derrumbe, habrá humanidad. Ese temblor, esa respiración que se cuela entre las palabras, ese silencio que dice más que cualquier frase: es irremplazable.

La radio nos cura del ruido digital, del vértigo de las pantallas. Es una ambulancia que llega por el oído, que nos rescata del silencio brutal de la soledad. Más tarde o más temprano, todos recibiremos nuestra señal de ajuste. Y ojalá que, cuando llegue, el silencio del final nos encuentre con un “te quiero” entre los labios. Porque al final, el amor es lo único que salva. El amor —como la radio— no se ve. Pero cuando llega, suena.





30 de septiembre de 2025

UN PLANETA LEJOS DE CELINA

 




Me escribió desde Oslo, tan lejos de Villa Celina que parece otro planeta. Gusti, me escribió sobre la muerte de Miguel Russo… Llegó a San Lorenzo cuando nadie quería venir, sembró donde otros veían sequía. (...) Perdonó cuentas, cerró heridas, y partió sin quilombos. Descanse en paz, Don Miguel, hombre de cosechas limpias y final en calma.

Gusti, el amigo de Madera, el que en los ochenta fue jefe de la barra de San Lorenzo, me habla con la misma voz de tablón gastado. Me dice que allá todo le va bien, mejor dicho, muy bien: el bolsillo lleno, la vida ordenada, los días largos de Noruega. Pero que aun así está al tanto de todo: los quilombos de siempre en la Argentina, la inflación que muerde, la inseguridad, la falta de laburo y sobre todo, el mal momento de San Lorenzo.

Yo le respondí que acá las cosas están bravas, que ni con dos laburos alcanza para enderezar la semana. Y le pregunté algo que siempre quise preguntarle: “Che Gusti, decime vos que vivís allá: ¿qué es el exilio, mi hermano?”

Entonces me escribió la definición más triste y más hermosa que escuché:

“El exilio Raly, es no poder explicar a un noruego que tu club no tiene presidente, que está acéfalo, que al presidente lo filmaron choreándose veinte mil dólares y nadie sabe cuánto más robó. El exilio es que los pibes de la primera igual salgan a la cancha y a veces ganen, como si fueran huérfanos con la camiseta por apellido. El exilio es no poder ir al Bajo Flores, no abrazar la popular, no gritar los goles en el gasómetro. Eso, hermano, es el exilio.”

Y me quedé en silencio, porque entendí que su distancia era otra forma de estar preso: no por barrotes, sino por kilómetros; no por cadenas, sino por la nostalgia. Lo último que me pidió el Gusti fue que le pasara este audio a su hijo, ese pibe que no falta nunca a la cancha para ver a San Lorenzo:

—Hace rato que no me responde los mensajes. Haceme la gauchada, hermano: pasale esto que escribí. 

Ahí entendí que no hay plata ni confort que emparde el dolor cuando un vínculo con lo que más querés se quiebra. Dicen que la hinchada de San Lorenzo es la más creativa, la más fiel, y quizá sea porque fue también la que más sufrió. Porque de tanto aguantar se aprendió a cantar más fuerte, y de tanto perder se entendió que la única victoria verdadera es no soltar nunca lo que uno ama.


Video de Locos por San Lorenzo



1 de septiembre de 2025

LO LEI EN X

 


Perdí a mi mamá. Se siente como cuando ella me dejaba en la fila del supermercado y me decía: “ya vengo” esa angustia enorme en el pecho de no tener nada en las manos para responderle a los adultos alrededor. Pasaré el resto de mi vida en esa fila, sabiendo que mi mamá no volverá.

https://x.com/laneaelegante/status/1962167513069781266




22 de agosto de 2025

ENTRE LA VELVET Y EL ADIÓS


                                                          




Yo vivía con la música en la piel. No como un pasatiempo, sino como una forma de respiración: cada acorde un latido, cada silencio una revelación suspendida. Mi vieja lo sabía. Me había visto crecer abrazado a cassettes y CD’s, y me acompañaba con esa paciencia discreta de quienes aman sin pedir nada a cambio.

La noche del jueves 6 de mayo de 2021 me conecté, fiel a la costumbre, a la clase online de Dany Jiménez. El tema prometía: el primer disco de The Velvet Underground & Nico, ese artefacto extraño, con la banana de Warhol en la tapa y canciones capaces de empujar la música hacia un tiempo que todavía no existía.

Mientras Dany desplegaba su análisis, me incliné hacia mi vieja.

—Ma, ¿tenés un auricular? Este ya no suena bien.

Sonrió, revolvió los cajones y me lo alcanzó con la naturalidad de quien ofrece algo pequeño y decisivo. Luego, en un gesto que me llamó la atención, se despidió temprano. Ese auricular fue lo último que mi vieja buscó para mí. La mujer que siempre encontraba respuestas y soluciones dejó los platos sin lavar, una sopa aguada en la olla y la ropa amontonada. Por primera vez, nada de eso le importó. Esa noche eligió el descanso, el silencio, una tregua. Era su última noche, y yo no lo sabía.

—Me voy a acostar, Ra.

Eran las diez. Me sorprendió: su sueño solía llegar cerca de la una. La vi retirarse envuelta en una calma extraña, una serenidad que parecía saber algo que a mí todavía me estaba vedado.

Sin advertirlo, en ese instante recibí la última caricia de su despedida. Madre e hijo, hijo y madre: dos cuerpos compartiendo el mismo aire, atados por un silencio que ya tenía espesor de eternidad. La clase virtual cerró con “European Son”. Lou Reed lanzaba palabras filosas, la distorsión crecía, áspera, implacable.

Me dejé arrastrar por esa furia eléctrica mientras la casa se hundía en un silencio espeso. No era un silencio vacío: guardaba algo, escondía una sombra.

Al día siguiente, la música se quebró. Mi vieja apagó su aliento, vencida por la enfermedad que la habitaba y por el zarpazo final de un virus hecho para arrasar multitudes. Desde entonces, ese disco late en mi memoria como una herida encendida, una cicatriz luminosa donde su presencia se afirma y no termina de irse.

Hoy suenan los acordes de “Sunday Morning”. La voz de Lou Reed avanza en puntas de pie, cuidando no despertar la tristeza que respira a mi lado. Y mientras suena, mamá vuelve: buscándome un auricular, yéndose a dormir temprano, dejándome —sin saberlo— su último gesto de amor, envuelto en la fragilidad de la noche.

Lou y mi vieja, tan distantes en apariencia, quedaron unidos para siempre en mis oídos. Cada vez que el disco empieza a girar, no estoy solo: ella regresa en la penumbra, respira entre armónicos disonantes, camina conmigo por ese Dirty Boulevard donde la eternidad adopta forma de canción.


                                          




2 de agosto de 2025

PARA JULY, 17

 




Hoy cumplís diecisiete, y yo miro atrás, como quien persigue la huella de un fuego que aún se resiste a apagarse. Vos, mi pibe noble, con el corazón limpio como el cielo después de la lluvia, que corrés detrás de una pelota como si en cada pase se jugara la vida, y soñás con mares infinitos con delfines que te llaman por tu nombre, con ser biólogo marino y aprenderle los secretos al océano.

Me enseñaste palabras nuevas, aquel día que deletreaste “vainilla”, y yo, torpe y feliz, te respondí “llovizna”; desde entonces supe que entre vos y yo siempre habrá poesía. Fuimos felices en la «Plaza del monstruo»donde el tiempo se quedaba quieto, y somos felices en Las Toscas, donde cada ola me recuerda que el amor también sabe volver. Julián, hijo, mi pedazo de mundo, mi latido, te abrazo con todo lo que tengo. Que tus diecisiete sean viento, y que cada año que pase te descubra creando luz.



Tu vida al frente, mi amor detrás, custodiando cada uno de tus pasos.



17 de julio de 2025

ONITNAS Y LOS 7 LOCOS





Onitnas no sabía que estaba solo. O peor: creía que estaba acompañado. Creía que los aplausos que sonaban en su cresta desteñida, por cada caño que tiraba en el potrero de tierra dura, eran reales. Pero no. Eran efectos especiales de su altivez en 5.1.

Los que lo rodeaban lo miraban con un adhesión silenciosa, una distancia temerosa. Lo festejaban cuando ganaban por él, sí, claro. Pero después… después se iban a comer hamburguesas con otro. Y a él lo dejaban con sus caños, su “talento”… y su combo imaginario.

Ese otro era su ex amigo. No tenía los mismos botines de boutique, más cercanos al desfile que al córner, ni la aptitud que Onitnas había heredado sin saber de quién —y sin molestarse en averiguarlo Pero tenía algo que no se compra ni se farmea: carisma.

El ex amigo no entraba: descendía al campo, como si el césped lo esperara y el equipo respiraba mejor, como si de pronto hubieran abierto las ventanas. Nadie quería ser su sombra, pero todos querían estar cerca suyo. Era de esos que, cuando perdían, tiraba una broma que les arrancaba una sonrisa… incluso al técnico. De esos que te levantaban después de una patada y te daban una palmada en el hombro, como diciendo “ya fue”.

En cambio Onitnas, cuando perdía, buscaba pelea. Porque claro, en su mundo, el problema nunca era él. Siempre el joystick, el árbitro o el césped. Aunque el campo fuera de tierra.

—¡No se la pasás a nadie, Oni! —le habían dicho una vez.

—¿Y para qué? ¿Para que la pierdan? —había escupido él, como si el pase fuera una traición.

El fútbol no se lo perdonó. Tampoco los pibes. Lo dejaron de invitar.


Hoy Onitnas celebra inmóvil, desde su trono de plástico, con el joystick sudado como único testigo de su hazaña. Viste la casaca de Bouzat, impecable, virgen de fango, intacta de goles, como un talismán que nunca pisó la historia.
 
Su voz se estrella contra una pantalla fría, como si el rival pudiera oírlo. 

Onitnas clama en soledad ante una ventana de hielo que no devuelve eco. Suma victorias pixeladas, tropas en el Clash Royale, goles en el FIFA, likes de dudosa procedencia. Nadie lo etiqueta, nadie le reacciona: sus mensajes son gambetas al aire, historias que nadie ve. Su WhatsApp es un vestuario vacío y en Instagram no entra ni el viento del algoritmo.

Mientras tanto, su ex amigo entrena en la Quemita, con camiseta blanca y roja, soñando —no desde la cama, sino desde el barro— con debutar en la primera de Huracán. Lo arropa el equipo. Lo escoltan su novia fiel como promesa de fuego, una familia que abraza con ternura y palabras justas, y su paso angelado, hipnótico, que ilumina sin hacer sombra. Lo sostiene una tribuna invisible que le reconoce algo más importante que la gambeta: su forma de estar en el mundo.


Onitnas no sabe hablar, por eso discute.

No sabe amar, por eso hiere.

No sabe abrazar, por eso amenaza.

No sabe elogiar, por eso insulta.


Onitnas no juega en equipo, porque todavía no descubrió que en el fútbol —como en la vida— no se gana solo.

¿Va al colegio? Sí. Se llama Roberto Arlt. Pero Onitnas probablemente cree que ese tal Arlt fue un corredor de TC 2000 o un técnico de la B Metropolitana. No leyó al genio de Arlt. No sabe que en su novela más famosa, Los siete locos, todos sus personajes están rotos, pero hasta los más rotos se necesitan entre sí para no hundirse. No sabe que una parte de la prosa de Arlt fue escrita para él; para el pibe que podría ser un crack, pero no entiende que se juega con otros. Para el pibe que le teme al afecto más que a la derrota. Aunque claro, con joystick en mano y auriculares puestos, es fácil confundirse: el corazón también se puede mutear.

¡Qué pena, Onitnas! No por lo que le falta, sino por todo lo que ya tiene… y todavía no sabe. El talento ya lo tiene. El equipo, todavía lo espera… como se espera al bondi que ya pasó, pero uno se queda por si vuelve. La vida, también. Aunque empieza a impacientarse.


“En el caos de sus locuras y tormentos, los personajes se aferran unos a otros como náufragos; rotos, sí, pero unidos, porque incluso en la destrucción, la soledad pesa más que el desorden compartido.” Los Siete Locos | Roberto Arlt (1929)



Oniiiiiiittnaas, where you goin' to?

Oniiiiiiittnaas, where you goin' to?