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21 de agosto de 2023

LLAMEN A JOE






Lo primero que hicimos cuando se levantó el impedimento de contacto fue ir al cine. Una de las películas que más disfrutamos fue “Intensamente”. La historia se centra en Riley, una nena de 11 años. La verdadera historia tiene lugar en el interior de Riley y los protagonistas son sus emociones.

Bing Bong, es el personaje que más nos impactó del film. Un especie de Largirucho lisérgico proscripto de Sunny Side. Bing Bong corre el velo de un mundo onírico más próximo a una ciudad ingeniada por Onetti que a los Disney Animation Studios.

Visitaba a Valen en la casa de su mamá. Desplegaba con impericia una veta de animador que de haber vivido con él no hubiese desarrollado. Llevaba globos. Como para economizar resolví comprar una bolsa de cincuenta unidades. Al poco tiempo, como si nell'oscurità rastreara mi táctica, las visitas empezaron a suspenderse. Broncoespamos primero, otitis repetidas después, fraguaron lo acordado. Con treinta y pocos y una certeza de condenado, como casi todo el mundo fracasé sin hacer ruido. Escuché la voz de Acavallo apuntando a mis oídos: "No bajes los brazos, pendejo!" Una proclama alcanzó para arrancar y desarrollar destrezas inimaginables: Imitar voces, hacer títeres con las manos, inventar canciones, cosas que requerían de más imaginación que dinero. Valen, chocho.

El gordo Ozzy ( plomo de Horcas y Rata Blanca) me dijo en un asado en la casa de Victor: "Vos a tu pibe lo tenes que ver sin la mirada de nadie. Llamá a Joe, hablá con él de parte mía" Lo llamé y cuando nombré al gordo Ozzy se me abrieron las puertas del estudio de punta a punta, nunca hablamos de plata. Allí comenzaba la historia, el rock estaba a punto de sacarme del fango.

Joe Stefanolo se convirtió en los años 90 en el letrado elegido por las estrellas del rock argentino para que los representara en algún litigio. Su estilo tan particular y su cabellera al viento, remitían más a un hombre de la música que un abogado penalista, su verdadera profesión. Los medios lo tomaron como un personaje digno de resaltar y fue homenajeado en el documental "Llamen a Joe" como uno de los hombres más relevantes dentro de la justicia.

Luego de varios escritos, Joe logró que saltemos de un espacio abotonado, a un lugar abierto. Así fue que llegué al YMCA ¿Asociación Cristiana de Jóvenes? Tenía sesenta minutos para desplegar mi número y captar la atención de Valentino de tan solo un año y siete meses. Un bebé que solo miraba y sonreía. Miradas tan potentes como piadosas que consiguieron que la pesadilla sea más llevadera.


VOCES COMO ECOS

En una semana era la atracción de los más chiquitos mientras sus hermanos mayores realizaban sus actividades. Un grupo de tres nenes y una nena visitaban la escalera que utilizaba de escenario. De un martes para un jueves mi público se redujo. Al parecer, un padre me escuchó al ingresar cuando le decía al personal de seguridad que venía por un régimen de visita determinado por un juzgado civil. A partir de ese día podía ir solo a la cancha de once. Rafa Nadal diría "es una superficie difícil porque no juego muy a menudo en césped..."

Había un detalle al que no había reparado. Los globos explotaban al hocicar el pasto. Valen se asustaba y lloraba. Su mamá al escucharlo arribaba como un relámpago. Tenían una excusa inmejorable para decretar el fin de la visita.

En la parada del colectivo me crucé con el hombre de seguridad que salía del club luego de cumplir su turno. Un tipo curtido, cara indiada y mirada de haber visto más de lo podría contar. Al verme cabizbajo me brindó un dato:

— ¿Conoces los globos perlados?

— No.

— Son más duros y no se pinchan en el pasto.

¡Datazo!

Los busqué y camino a la parada di con una librería. Tenían globos perlados color verde musgo y rosa chicle. Eran caros. Tomaba dos los martes y dos los jueves. No sea cosa que comprara demás y las visitas también se picaran. El solo hecho de verlos desinflados sobre la mesa del comedor era suficiente para desplomarme.

 

Diez años después

 

El miércoles pasado, al finalizar la práctica, estábamos con Valen y algunos compañeros de fútbol en la playa de estacionamiento del club. Amparo, mamá de Iker, propuso reunirnos en su casa quinta y brindar por fin de año.

—Es una casa muy grande, tiene pileta.

—¡Qué bueno!— dijeron los nenes.

—Suele contarse la luz y hay poca señal de internet — dijo por lo bajo.

—¡Sin internet! ¡Sin luz!, ¿qué vamos a hacer? — dijo Valen.

— Jugamos a la pelota — agregó Iker.

— Mi papá… — comenzó Valentino.

—Tu papá ¿qué?— lo toreó Iker.

Valentino me buscó con la mirada. Siempre hay un momento en la infancia cuando la puerta se abre y deja entrar al futuro. Bajé la cabeza como perro sin dueño. Juzgué que sus compañeros iban a desairar su acotación.

Efectivamente, al salir, Valen me reveló lo que yo imaginaba: Iba exponer que nosotros podemos divertirnos sin luz, inventar cuentos, imitar voces, jugar con globos.

— Mi papá… ¡Conoce... sabe de un lugar con wifi! ¿no, pa?

—Sí, sí — dije para no dejarlo expuesto y vislumbré como nuestro Bing Bong se fundía sobre la Platea Sur con vista a la 1.11.14.


26 de diciembre de 2022

MADURAR HACIA LA INFANCIA



«Hay quien cruza el bosque y sólo ve leña para el fuego» 
Leon Tolstoi









No voy a mentir, no tengo que mentir. Ya sé la verdad. Me lo dijo mi mamá cuando estaba en segundo. Mi papá se enojó porque mi mamá me lo dijo poquitos días antes de Navidad. "¿Qué te costaba esperar unos días?" En la carta de segundo te pedí que ellos no peleen. Quiero dos muñecos, dos porfa. Uno bueno y uno malo. Si me traes uno solo me aburro. No hay lucha. Yo quiero que mis muñecos peleen. Mi mamá y mi papá no, como te pedí en segundo. Ah, ¡Estoy contento, ya no pelean!
En el boletín traje seis sobresalientes. La seño y la directora me felicitaron. Mi mamá y mi papá también. Mi papá escribe historias. Yo le pregunté si te escribió. Me dijo que sí. "Mi primera carta fue a Papa Noel". Te pidió un playmobil y el muñeco de Han Solo. ¿Se lo trajiste? ¡ja!

No sé qué más era… Ah, lo vi llorar en el cine. ¿Eso te lo puedo contar? Ya sé que no existís pero, bueno, serías como un amigo invisible. O no, mejor se lo cuento al padre José. Me confesé con el padre. En cuarto tomo la comunión. Mejor te lo cuento a vos. Sí. Mi papá lloró. Poquito, era una gotita nomás.

Él no me vio me parece, estaba con los lentes. Fuimos a ver "El Último Jedi". Estuvo buenísima. ¡La mejor película del mundo! Papá compró para 3D con un solo pochoclo. Comió más que yo. ¡Le iba a decir!... Lo del pochoclo no... Me explicó. Siempre me explica lo de la plata. No tenía para comprar dos. Le iba a decir lo de la gotita pero... sonrió también. Fue cuando Luke lo vio a Archu. Le pregunté cuando se secaba las manos en el coso que sale vientito... Faltaba poco para que termine la peli y me dieron ganas de lo segundo...

— ¿Pa, porque lloraste?
— No lloré...
— Sí. Vi la gotita...
— Ah, sí, eh... Cuando Luke lo miro a...

— ¿Te puso triste?
— No, hijo. Feliz, me puso feliz… Vamos que termina...

                                                                                ***

Luke volteó hacia su derecha y levantó la capucha de su túnica. Allí estaba Arturito. Firme, como los amigos que están en línea cuando tu mundo se derrumba. Procuré que Valentino no me viera, me tapé la cara pero no lo pude evitar. Fue como revivir un abrazo de Ortega Sánchez con Perazzo. Arturito no le regañó nada: Los años de ausencia, las distancias forzadas por la coyuntura galáctica, ni las contradicciones de la trama. ¡Claro! Además de ser un androide, es un amigo. 
Pude ver el centello en la expresión del segundo robot más entrañable de mi infancia (el primero es Mazinger Z) en la pantalla del Cinemark. Fue como un chisporroteo imperceptible en la luz de su proyector holográfico. La última vez que los vi juntos en una sala fue en 1983 en el ex cine Gran Lugano. Pasaron treinta y cuatro años, los mismos años que nuestro país conquistó la democracia. 
El domingo fui consciente que no estábamos viendo una película más. No eran los Minions, ni los Vengadores. Allí estábamos paralizados y atentos en nuestras butacas. Padre e hijo forjando nuestra historia. Una película en estado presente. Descubrí el trapicheo de mi percepción escena por escena. ¡Con lo que me cuesta armar un full!


                                                                                ***

Observaba a Kylo Ren, el hijo de Han Solo, malmirado por su performance en el episodio VII y repasé ¿cuántos años residí atravesado por el lado oscuro? ¿De la fuerza? ¡No!, de una pulsión hacia una melancolía que me inmovilizaba en el tiempo. Kylo Ren mató a Han Solo atravesándole su sable laser. Yo maté al hombre que fui. Kylo es un niño herido. Creció con odio y allí reside su aparente poderío. Quise abrazarlo. ¡Estuve tan lindante a su actitud! ¿Cómo no entenderlo? 
Me acomodé en mi asiento y deduje que hoy estoy más cerca del tío macanudo que empuja a su sobrino a tomar vino con soda, guiña un ojo y sonríe exponiendo todas sus caries, que del niño lacerado, que perpetúa un reclamo en una repartición desprovista de mesa de entradas. Los tíos macanudos, especie en extinción, son como jedis mundanos que se esfumaron con los vecinos que pedían hielo, los piropos y las canchas de paddle. A veces pienso que somos sobrinos huérfanos de tíos retirados de largas mesas y parloteos familiares que se apagaron poco a poco y se encienden en la luz del chat del flamante iPhone modelo guachoguaresneik.  

                                                                                ***

Salimos muy felices del cine. Valentino compuso al tun tun unas alocuciones de los más disparatadas mientras retornábamos a casa. Es muy gracioso escucharlo fantasear. Prefiere los personajes que no hablan, le gusta montar su propio guión y conjeturar que expresarían si el imaginara el argumento. A Valentino los coloquios de conflictos de poder le cansan, porque no los entiende. Como esa gente que no exige saber de buena tinta cómo está concebida la Coca Cola pero la saborea de todos modos. Valen se llevó los lentes negros. Simulando ser ciego, clavó una imitación de Yoda memorable. No sabía si retarlo por el robo o reírme por el acting.

                                                                               ***

Con la saga de Star Wars descubrí que el cine es genial para transportarse hasta otros universos. Lo mismo que lograron Jack London o Stevenson en el campo de la literatura. George Lucas, el hacedor de las guerras de las galaxias, trazó sus "veinte verdades" starwarianas. 
Luke, en el episodio VIII, aprovechó el cambio de conducción  y resolvió dejar de lado los dogmas. Se retiró a un templo Jedi emplazado en una isla en medio del océano. Una especie de puerta de hierro con vista al mar donde meditar, acertar con el sentido de la vida y esperar la muerte. Allí fue encontrado por Rey, una padawan con afán de redimir el tiempo perdido. Rey trató de convencerlo para que abandone la isla y vuelva al ruedo espadachín. Luke, en un arrojo de enajenación prendió fuego los libros sagrados. ¡Se pudrió el rancho! 

Mientras rasgueaba estas líneas recordé al Skywalker de "A New Hope", un granjero indeciso y considerado con su maestro Obi Wan tan disímil a este Luke, experimentado y decidido, que le reconoció a Yoda que en su puta vida leyó los libros de la Orden Jedi. Luke, en una alegoría maravillosa, pateó el tablero, desenvainó su espada laser para iluminar el pasado con la luz del presente y partió sin bombos y platillos. 

                                                                               ***

Por lo antes expuesto, en un arresto de monomanía, decidí cometer mi acto de indisciplina navideña e interferir la carta de mi hijo:

Estimado Papá Noel, creo que me he portado bien el último año. Usted dirá. 
Le solicito me consigne sólo una caja de fósforos y una cuota de audacia. Resolví cauterizar mis libros para poder asumir nuevas enseñanzas. Desaprender lo aprendido. Esquivar los agravios. Madurar hacia la infancia, como el título de las obras completas de Bruno Schulz. Mis libros reales no se asarán en la hoguera. Quédese tranquilo. Sólo arderán en la fogata las hojas residuales con mis cicatrices rancias para transmutar en una rosa de cobre. Es por ello, camarada Santa, y extendiendo el patrón del maestro Skywalker, espero que escuche mi recado y ansío acertar ésta medianoche con la cajita de fósforos y un fajo de bravura junto al árbol de Navidad. 
No sé qué más era… Ya sé que no existe, me lo dijo mi madre cuando estaba en tercer grado pero bueno... ver es creer, pero sentir es estar seguro.

                                                                            ***


— ¿Pa, me puedo poner los lentes?
— No, Valen. Te va a hacer mal a los ojos.
— ¿No se puede ver la calle 3D? — me dijo riéndose.
— No, no… Si, se puede – pensé.
— ¿Con los lentes?
— Con otros lentes. Son unos que se forman en el ojo.
— ¿Cómo?
— Claro, se desarrollan con los años. Cuando cumplas cuarenta vas a ver la vida en 3D.
— ¡Dale, Pa! Decime la verdad.
— La verdad es esa. A ver ¿Qué es ver en 3D?
— No sé, como en el cine, eso.
— Es cuando ves alto, ancho y profundidad — dije gesticulando con los brazos — Yo solo veía alto y ancho…
— ¿Y qué es la profundidad?
— La profundidad es… es ir como Luke hasta una isla, lejos de todo y descubrir cuál es tu misión en la vida.
— ¡Dale! ¿Eso es la profundidad?
— Sí, algo así. Esa experiencia te ayuda a ver en 3D sin los lentes.
— ¿Y vos, fuiste a una isla, pa?
—  Sí…
— ¡Ufa! Porque no me llevaste? ¡Qué malo!
— Estuve en un lugar, pero no como el de la peli. Cerré los ojos, así, concentrado y fui a una montaña… Me la imaginé…
— Cuidad… — alcanzó a decir Valen y me tropecé con una baldosa floja.
—  … y te vi a vos, me vi a mí y pensé: ¿cuánto hace que no miro una película…? Quiero decir que miro y pienso sólo en la película y... nada más.
— …
— La respuesta fue... Fue hace treinta y cuatro años.
— Pero pa, es un montón. ¡Con los minions te reíste!
— Sí, es verdad.
—  Yo cuando miro una peli... miro, como pochoclos, tomo coca...
— Por eso fui a esas montañas, para volver a mirar como a los nueve años.
—  No entiendo.

Paramos un taxi en Puerto Madero.

—  Buenas noches. Hasta San Juan y Entre Ríos, por favor.
—  Pa, no entendí – insistió Valen.
—  Cuando fui a esas montañas, sentí paz y entendí que para ver en 3D, primero tenía que vivir mucho, vivir cosas quiero decir. Llegar a los cuarenta, tranqui, y volver a mirar con los ojos del niño de nueve... que fui.

El taxista abrió los ojos y me miró por el espejo — ¿Tiene cambio, muchacho? — me preguntó con inquietud.

—  Sí, tengo — respondí
—  No entendí nada, pa. Te quedabas en los nueve y listo — comentó mi hijo y el taxista largó una carcajada — ¿tenés plata?, ¿me compras una coca? — pidió Valen mientras descendíamos del taxi y se calzaba sus lentes 3D.
— ¡Muchacho, muchacho!
— Si…
— ¿Ésta caja de fósforos es suya?


Tomé la caja, la observé dos segundos y le retribuí el gesto de gratitud con una guiñada de ojo al tiempo que le acomodaba la capucha a Valen. En ese instante, mientras el auto se retiraba, pensé que posiblemente los tíos macanudos no se extinguieron del todo. Ellos vagan por una galaxia cosmopolita montados en trineos albinegros con una proclama en su delantera que reza: Libre. Libre con letras blancas sobre un fondo rojo purpúreo.







12 de julio de 2020

NO TE CANTEES, LHASA






CAPITULO VIII

 

 

Las primeras dos semanas fueron espantosas. Franqueé una fase de sobriedad con excesivos cambios de humor. A pesar de los saltos y el insomnio, me aboqué de lleno a mi labor: conquistar el corazón de la señorita Amparo Garcés Marcilla.

Emprendí la misión de hurgar en las redes sociales. Precisaba estar abstemio para hacerlo con rigor. Amparo solo tenía una cuenta de linkedin, un párrafo con reseñas que no aportaban algo nuevo y nada más. Ella labraba sus correos y firmaba las notas como Amparo Hidalgo.

Desde que la conocí me llamó la atención que no tuviera instagram o facebook. Esa noche preparé una cantidad de café suficiente para zambullirme en la profundidad retorcida de los stalkers. Para empezar, indagué en todos los colegios primarios y secundarios privados de Salamanca. Confeccioné una planilla de Excel para tener un registro y tildar todas las búsquedas. Me ajusté el traje de Sherlock Holmes 2.0.

Luego de unas horas, al llegar al enésimo grupo de institutos secundarios madrileños me topé con un tropel: «Ex alumnas del International College Spain». Si Amparo finalizó sus estudios secundarios a los diecisiete años, tenía que escrutar fotos del año 2000.

Amparo nació en 1983 y creció en el barrio Salamanca, la zona más exclusiva de Madrid. El administrador de la página del instituto se tomó el trabajo de publicar una carpeta por año, desde 1972 hasta 2018 inclusive. Bajé todas las imágenes a mi escritorio e intenté con el zoom distinguirla entre sus compañeras. No me topé con las típicas jóvenes desbocadas en su viaje de egresados con el maquillaje corrido. Eran fotos de lo más careta. Actividades extraescolares como golf, equitación, natación y judo.

Reparé en unas postales de una pileta olímpica rutilante. En la subcarpeta “Campeonas 2000”, visualicé un conjunto de adolescentes detrás de una coqueta mesilla con trofeos de diferentes tamaños. Por último, una foto de una joven pelirroja alzando una copa labrada con una sonrisa esplendorosa que cerraba el álbum y detrás, afirmada en el borde de la pileta, distinguí a una chica delgada sin el gorro de lycra, unos rulos revueltos y una mueca desconfiada.

— “No te cantees, Lhasa” — decía un comentario.

¡¿Lhasa?! ¿Sería Lhasa el nombre de la chica vencedora? Alargué el stalkeo hasta que la luz matinal tiñó los barrotes del balcón. Obtuve dos datos reveladores: Lhasa era la manera en que apodaban a Amparo. Indagué en todas las cuentas con ese alias y así descubrí a la cantante canadiense Lhasa de Sela.

¿Sería Lhasa de Sela la artista preferida de Amparo? Mientras viajaba hacia la redacción me topé con una cuenta de instagram sin actividad desde 2014 bautizada @lhasa_83 con fotos de la cantante. Supe que era ella por los emoticones. Eran similares a su estado de whatsapp.

 

PASOS PERDIDOS

Las cosas andaban mejor en la redacción. Con el correr de las semanas mis traspiés habían quedado atrás. La actividad parlamentaria era continua, tanto en el Senado como en Diputados. Amparo cubría las reuniones de asesores en la cámara alta y yo descendía al fango de la cámara baja. Acerté con legisladores de tercera línea, garpes políticos extraviados en los pasillos del anexo que presumían con sus iphones y reclamaban a gritos una explicación.

— ¡¿Ahora?! ¿Cómo que soy miembro de la Comisión de comunicaciones e informática? Lo tengo que saber ¿Para qué te pago? ¡Podes venir ya al despacho! ¡Ya!

La Honorable Cámara de Diputados era un desmán. Por un lado, entrevistaba a parlamentarios versados, con tres y hasta cuatro mandatos en “la casa”, y por otro, a mujeres y hombres novicios de los saberes legislativos.

Era evidente el cambio de trapos en la temporada de cobro; lookeados con trajes nuevos se los veía más seguros. 

Por un lado acertaba con ex miembros de un consejo deliberante provincial, con cierta ductilidad que auxiliaba mi labor; en el peor de los casos, con paracaidistas que formaban parte de un proyecto político y asomaban como una dureza sintomática de lo que pasa en el poder.

Muchos de ellos no lograban desempatar un proyecto de resolución de uno de ley, al tiempo que detonaban sus tarjetas de crédito en "Cara Cruz" y "La Gran Taberna" de Combate de los Pozos.

Entender la rosca me llevó un tiempo, pero venía del fútbol donde vi cosas espantosas. Formarme en el periodismo deportivo tuvo sus ventajas. Forjé un músculo que otras especialidades no te ofrecen. Concretar una entrevista presentable con un jugador del ascenso es más difícil que tomar sopa con tenedor. En cambio en el Congreso cuando los tipos veían un micrófono se hacían paso a los empujones para hablar.


PORGUASA 

—   ¿Qué hace´ poraca, abezón?

—   Ey, Mondonguito.

—   Chito. cásoy Humberto.

—   Bueno…

—   Esjoda, bola. ¿Queandaciendo?

—   Estoy trabajando.

— Ah, la Comisio edeporte´...

— No, no. Trabajando acá.

—   Mejodé ¡acáno ves la redonda ninpedo, Maurito!

—   ¿Tenes cinco minutos? Necesito hablar con vos.

El jefe de seguridad de la entrada de Diputados resultó ser un viejo e ilustre conocido, capo de la hinchada de un importante club de Primera "C". Sabía al dedillo de sus contactos con el submundo del poder. Mondongo salió un tiempo con la Bichi, una prima mía.

—    ¿Qué tomas? —   le pregunté a Mondongo.

—    Nopuedocabia´

—    ¡Un cafecito, che!

—    ¡Quéambiado questá´ loco!

—    ¿Por qué?

—    Tragedia, corbateli, nochupa´ lamañana...

—    Eramos pendejos. El traje es por laburo…

—    Hacelaorta questo´ gile´ te zarpan conlamarita —   me apuró.

—  Mira, Mondonguito. Estoy en el horno. Bardeé en el laburo, no me echaron de pedo.

—    Con razó´ note leíama´ en el Suple, le ijeal abezón…

—   No estoy más en el Suple. Un amigo me rescató y me mandaron a política… Te la hago corta: No tengo credencial Mondon…

—  No me digamanada. Cuchame Maurito, cúchame bien. De ocho a cuatro toy yo, ¿ta´? Mi relevo es unuchacho mío, Ariel, El Toto de...

—   De Rafael Castillo.

—   ¡Ecole! ¡Mira que sescató! Tuvo una nena. La beba ahijadita mía, la Jennifer ¡Ojo! Metero y te arranco la cabeza. Vo´sabe´comoeto, eh.

—   Quedate tranquilo, Mondongo ¡Por favor!

—   No sea´ bola. Con él teaneja´ a partir de la´ cuatro. Si hayesión, cucha, si hayesión tencanuta´ en el bufé. Pedite algo, eliario, no sé.

—  Tranqui.

—  No toy yo, te queda´ oyando por pasoerdido ¿conocé?

—  Si, conozco.

—  Anotahí, anota emío y el del Toto.

—    Che, Mon…

—   Meoy. Graciasaestro —   le dijo al mozo —   Tengo que volve´ despué´ te pasoel de un pibito mío porguasa´ lo tengo enion eniobamba.

—  Dale.

—  ¿Tuprimita? ¿ien?

¡Gordo degenerado! Estaba más duro que sanguche de tortuga. Al salir del bar llamé urgente a mi prima y arreglé un “café”. La piba estaba sin laburo y aceptó sin peros. Mondongo, los "nenes" y yo armamos un grupo de Whatsapp: “ENTREGA LA BICHIII”

Desde esa mañana, sin credenciales ni acreditaciones, me manejé por el palacio como el Larva Saturno por la línea de cal. Sergio me dijo en off "yo quería jugar de nueve, Mauro. No me gustaba jugar de wing y empecé a hacer la bicicleta para no aburrirme"

 

LOS NENES

Me presentaba en los despachos como periodista parlamentario. Los plazos para acreditarse habían culminado y no había tiempo para esperar. Pronto generé muy buena relación con dos jefes de prensa de los bloques más progres. De los doscientos cincuenta y siete legisladores, había una decena que no tenían ni idea donde estaban parados. La información para el diario la obtenía temprano. Llamaba a la redacción y le pedía tiempo a Amparo para lograr los borradores de los dictámenes en minoría.

A media mañana me encanutaba a tomar mate con los nenes de Mondongo. Había un solo escollo: que algún diputado levantara el teléfono para preguntar lo que no debían. Me podría traer un quilombo con el diario o con Mondongo. Jugaba sobre la línea. Muchas veces los que menos saben son los más peligrosos.

Tuve que cambiar de estrategia en cuestión de días. Con brío fui por los peces gordos. Era otro riesgo que debía asumir pero operaban data de primera mano. Ellos mismos eran los autores de los proyectos más sensibles y impulsores de noticias de interés.


LA RED

Armé una red paralela que consistía en marcar a los nenes quienes eran los legisladores recién llegados interesados en pegar. Generaba el nexo y me abría. Tenía un extra por única vez y no me ensuciaba. Como estaba limpio y protegido lo hacía más por adrenalina que por guita. "Yo quería jugar de nueve y empecé a hacer esa movida para no aburrirme"

De golpe y porrazo, los miércoles de sesión eran una festividad. Fue como volver al campo de juego sin césped. A rayo partido el sol trepaba la cúpula del Palacio falseando un bowling ball; al tiempo que los diputados prorrogaban el tratamiento en sus bancas como si recién comenzaran con el debate. En los palcos de prensa y algunas gradillas escatimaban los bostezos.

 

LA LLORONA

En menos de un mes estaba instaladísimo y conforme con mi doble rol. Llegaba a casa y las noches que estaba sin Valentín me disponía a oír música mientras preparaba la cena y apretujaba en mis manos una pelotita antistress. En ese período de desvelos escuché todos los discos de Lhasa De Sela como parte del plan pergeñado por el Gusti.

Estuve al filo de una recaída mientras tintineaba “La Llorona”, un álbum exquisito. Rancheras de vodevil con aires flamencos. La cadencia vocal de Lhasa me recordó a la dama del poncho rojo: la gran Chavela Vargas. Los graves remachaban el perfil dramático de las canciones y yo flotaba. Con los ojos entrecerrados vislumbré a Amparo errando por la Gran Vía.

Sólo me quedaba saber si el favoritismo por Lhasa de Sela aún perseveraba en mi jefa de redacción.

 

GÓNDOLAS

En medio de una discusión acalorada marcada por la presencia de grupos de manifestantes, mientras el jefe de bloque oficialista cerraba una sesión le escribí a Amparo:


como viene senado?

 

redactando el cronista y tú?

Salgo en 10

dejo la luz encendida 

Te vas?

Perdón

Estas redactando o ya te vas?

no me voy

 

 

Durante una sesión con interrupciones por falta de quorum obtuve testimonios exclusivos. Llegué a la redacción alrededor de las dos de la mañana. La única luz encendida era un monitor que avivaba el semblante de Amparo. Mientras me acercaba, como dos rosas, sus dos mejillas se veían brillar.

 

— ¿Cómo va? — me preguntó Amparo, inerte, frente a su Inspiron con la figura intacta de alguien que inicia un nuevo jornal.

 

— ¡Muy bien! ¿Te llegaron los textuales?

 

— Si, perdón. No tengo buena señal en el móvil.

 

— Tengo una primicia, Amparo.

 

— ¿Alguna modificación en el proyecto de…?

 

— ¡Al proyecto de góndolas lo van a encajonar!

 

— ¡Eso sí que me gusta, joder! ¿Quién te dio esa información tan cojonuda?

 

— Santiago Messa, el autor del proyecto.

 

— ¡Ostia! Eso sí es tener un cacao. Escribid la nota y la publicamos ya mismo en el portal. No tenemos tiempo para la versión papel. Adjuntad el cartulario por favor. ¿Hablasteis con la producción de la primera mañana?

 

— No. Ahora iba a llamarlos.

 

— Veo que estáis atento.

 

— ¿Por?

 

— Pues estuviste bien en no enviarlo por whastapp. Yo me encargo del llamado.

 

—…

 

— Te felicito, Mauro.

 

— ¡Gracias!

 

— ¿Qué sucede?

 

— Quiero decir… decirte algo — articulé ceceando. ¿Qué carajo me pasaba? ¿Tengo que dormir más horas? ¿O “los nenes” la cortaron demasiado o esta mujer me hipnotizó?

 

— Bueno, hombre, echa la primera papilla.

 

— Me gusta… eh, me gusta trabajar con vos.

 

— ¡Bueno! A mí también, chaval. 

 

— Amparo, eh…

 

— Larga ya el rollo ¿Desde cuando eres encogido?

 

— Me siento… Nada, muy cómodo trabajando con vos. Hace tiempo que necesitaba trabajar en equipo.

 

— Bien, ¿y?

 

— Y nuestro trabajo es muy solitario y... acá viste, bueno, no soy bien visto.

 

— Tranquilo, Mauro. Ya deja de echarme esa mirada y larga el rollo por favor.

 

— Nada, que sé yo… Quería invitarte a tomar algo mañana, mejor dicho hoy cuando nos levantemos…

 

— ¿Acaso me estas tirando la caña?

 

— No, no.

 

— ¡No hombre, estaba de coña!

 

—…

 

— ¡Era una broma! ¡No lo decía en serio!

 

—Ok, ok — dije mientras tiritaba al tiempo que me acordaba de la madre del Gusti, que Dios la tenga en la gloria.



                       


Capítulo IX https://bit.ly/2N6F78y


27 de mayo de 2020

EL CHAT DE INESITA



CAPITULO VII

 

 

EL GUSTI

El redactor jefe Omar Spataro se presentó a la oficina del tercer piso un viernes a la tarde. El viejo Omar nos presentó a una periodista madrileña que cubriría la asunción del nuevo presidente para un diario español. La corresponsal se quedaría para las fiestas, enero, febrero y parte de marzo.

El grupo empresario de medios para el que trabajaba la contrató para la radio y de paso llevar adelante una presentación semanal en televisión como columnista. ¡Ella brillaba! Yo sobrevivía en el suplemento de deportes y mi programa de radio era un cataclismo. Los domingos remaba con la resaca de la noche anterior y me costaba rasguear un artículo.

— Maurito, sabes lo que te aprecio pero la situación es insostenible. El viejo te tiene en la mira. Antes que te llame él te lo digo yo, te quieren rajar.

— ¿Por qué? En todo caso que me lo diga él.

— Rosa de limpieza te vio cuando entrabas unas botellas de birra.

— ¿Cuándo? Si acá no tomo.

— Hace dos meses. Omar, a partir de eso, mandó a poner unas cámaras arriba de los banners de deporte. Te filmaron y tienen las cintas.

— ¡No te puedo creer! Tenemos que hablar con los delegados, Gustavo. No nos pueden filmar.

— Los delegados están comprados, Mauro. El Chivo y Andrés reciben un sobre. Me extraña. Hablé por vos, le dije al viejo que tenías a tu mamá muy enferma.

— ¡Con razón se mostró reacio en el brindis! Le conseguí la exclusiva con el “gatito” Leeb. Hijo de pu…

— No me hablés de gatos. Sí, ya lo sé. A mí no me cuentes lo que sos como periodista, el tema que está todo muy complicado y quieren reducir la planta. Al que patine primero se lo llevan puesto y vos estas en la cuerda floja.

— Te agradezco lo que estás haciendo. Te cuento a vos y quede acá.

— Decime.

— Volví a consumir, fue un desliz ¿viste? Vera…

— Esperame que envío unos mails y hablamos bien.

— ¿Antares?

— Sí. En media hora estoy ahí.

 

UNAS COPAS

Gustavo en un clima más distendido me dio la mala noticia. Con el pretexto de la poca actividad parlamentaria durante el receso legislativo me pasarían a política para no echarme. De esta manera caía en la humillación de cubrir audiencias públicas y presentación de petitorios infumables. Allí conocería a Amparo.

— Es lo mejor, Maurito. Es plata o mierda. Aguanta unas semanas, dame tiempo y vemos como revertimos juntos este quilombo.

— Hola guapo, ¿me traes la carta, please? — dijo Gustavo a un camarero venezolano morrocotudo mientras nos ubicábamos en una mesa para cuatro.

— Te lo comiste con la mirada.

— No es mi tipo. Escuchame. ¿Seguís con esa Vera?

— No, no. Pero estuve muy enroscado. Fui a terapia. Pero me liquidó lo de Dante, ¿viste?

— Dante siempre fue igual, Maurin. Me extraña ¿No te acordas cuando empezamos el CBC y él no? ¿Te acordás que terminó la secundaria a los veintitrés años?

—...Y nos daba a entender que era más inteligente que nosotros.

— ¡Claro! — soltó el Gusti, mi compañero de banco en la primaria y jefe de redacción de arte y cultura del diario — En el colegio sacaba los teoremas de matemáticas antes de que lo expliquen, pero todo eso no le sirvió de nada.

— Inteligencia al pedo. En ETER la rompió.

— ¡Rompió las reglas! Se anotó sin tener el secundario completo.

— Sí. No sé cómo hizo. Igual no me esperaba que el chabon ...

— ¡Te hizo un favor, man! Siempre fue igual. Nique ta mere! Hijo único, caprichoso, tarambana, ególatra. Y te digo algo más, de víbora que soy: “no salió del closet”.

— ¡Sos una hija de puta!

— Es la verdad. Estaría caliente con vos y lo hizo para que te enojes. Para mi no le gustan las mujeres. Ahora ¿Qué le viste a esa bruja?

— ¡Qué sé yo, Gusti! Me gustó.

— Está bien. Te la cambio ¿Qué crees que le pasó a ella con vos?

— Sin justificarla, eh. Se subió a un colectivo, el del rememorar. Volver le gustó. Creyó tener la oportunidad... Todo despejado... ¡gracias! ¿Puede ser unos maníes?...

—  Manis se dice, tolón.

— Es lo mismo.

— Bueno... y ni en pedo era así...

— Tal cual. Más cuando dependes de que te cuiden a tus hijos, son dos. Es difícil y le guste o no, dependía de la plata del ex también. Casi cuarenta, Gusti. El bocho no es claro. A nosotros se nos abre el mundo cuando nos separamos, a las mujeres se les complica. Trató de buscar reemplazo. Figuras, rótulos, ideales y hay mochila…

— ¡Ey! Muy bien, Maurin. Sos Thor, boludo. Saliste del mismo infierno. ¡Salud!

— ¡Salud, compañero! — brindé con una carcajada mientras nos traían los maníes.

— Reite, Mauro. Siempre, no dejes de reírte. Primero porque aunque los brackets hayan hecho que esas paletas torcidas hoy sean derechas. Tu sonrisa es muy linda. ¡Mira donde llegaste! Si todo va bien el año que viene publicas tu novela. Dante no era amigo, man. No tiene códigos. No puede ser amigo de nadie después de lo que hizo y la bruja esa, alicaída y decadente venía de trece años de prisión, ¿ok? ¡Quería joda, papito!

— ¿Vos decís que ya fue, entonces?

— ¿Sabes cuál es tu problema? ¡Sos ansioso! Te enamoras a cada rato, te desenamoras, te volves a enamorar. Hoy sos un hombre y tenes que entender que una mujer con hijos es increíblemente más difícil que todo lo imaginable. Vos fuiste ese punto suspensivo en su vida que le daba la medida justa de heroína. Vera volvía a ser adolescente en un ámbito en el que se sentía cómoda.

— ¿Cómoda?

— Claro, porque en la adolescencia una estaba recién saliendo. Eso te hace sentir segura en algún lugar en el sentimiento. Pero acá tenés un combo que madre mía: “separación, salgo al mundo con casi cuarenta. Estoy muy bien, el resto de las casi cuarentonas están hechas pija. Arrugas, tetas caídas, culos flojos, celulitis. Mi espejo me devuelve un yo interesante” Todo eso sumó a querer mucho, salir, histeriquear, andar por boliches de jovatos, Molière. Puaj. ¿O me equivoco?

— No, no.

— Y ahí vos, hablando de que te pasan cosas. ¡No molestes! ¡No metas el corazón en esto! Me volves a atar y ahora ando suelta…

—…

— Hasta que vos, cortas. Le cerraste la puerta. Eso jode. Así que no creas que esos puntos suspensivos en su historia no laten.

— Gusti, ¿vos crees que ella sintió algo por mí?

— Si, bolas. Tampoco dramatices. Estuvieron seis meses, boludo.

— ¿Entonces?

— Yo creo que sí.

— Vos sos el Gusti…

— ¡Pará! “Vos sos el Gusti” Yo creo que sí pero con otra intensidad, se sintió superada.

— …

— Bueno, boludo... Mala leche. Es una mina más. ¡Listo! Con un sueldito de periodista y las palabritas no hacías nada. Ella buscaba otra cosa.

— ¿Qué buscaba?

— ¡La MILF buscaba rocanrol y vos le caíste con el repertorio de Ricardo Montaner!

— Sos brava, eh.

— Ya vas a tener platita y te vas montar en el cometa de lo rancio. Ahora tenes otros quilombos. Mirá a tu derecha. Mirá cómo te saca fotos la morocha de flequillo.

—  ¿Dónde?

— En la ventana, bolas. No, no. La mesa del ventanal. Atrás. Ahora no mires. Pendeja, un bombón, sin rollos. Estás para jugar todavía, Maurito ¡por favor! Ya está mi amigo.

— Si, justo en un bar voy a conocer a la mujer de mi vida.

— ¿Cómo la conociste a la Verita ésta, eh?

— ¡Vera, Gusti! La del colegio.

— Ya sé, papito. Se fue en segundo año ¡Qué colegio! La reencontraste en el faceporonga, mi amor.

— …

— ¿Quién te dice que lo que hacía con vos no lo haría con otro?

— No me está sirviendo lo que me decís.

— Conmigo no te podes enojar. Yo soy bruja y te digo la posta. Mira, olvídate de Dante y olvídate también de la femme fatale tardía y venida a menos ¿ok? ¡Ahora tenes que pensar en el laburo! Ver cómo recobras la confianza del viejo. Mentalízate en eso.


REMEMBER ME

— Che, ¿y Renato, tu psicólogo?

— Bien. Era bueno pero no voy más…

— ¿Qué pasó?

— Me fui caliente de una sesión. Me dijo que no tengo ni un hijo desaparecido, ni se me murió nadie en Cromagnon. “Para mí a vos no te pasó ninguna injusticia”

— ¿Eso te dijo? ¿En qué contexto?

— Estábamos hablando de mi mamá, cuando se separó de mi papá. ¿Te acordas que te conté que nos quedamos con mi viejo?

—  Sí, me acuerdo. ¿Cómo no? Estábamos en primer año.

— ¡Qué memoria! Bueno, el psicólogo me dijo que me sentí auto devaluado.

— ¡¿Auto devaluado?!

— Si, como que me armé una historia de víctima y voy por la vida pidiendo atención y cuidados. Además, se me cayeron dos anunciantes, vos lo sabes. Andaba cortina. Bueno, no le pagué tres sesiones seguidas. Le expliqué como venía la mano y a la cuarta semana le dije que iba a juntar la guita como sea y me iba a poner al día ¿sabes que me respondió?

— No…

— “Esta bien, no hay problema… pero mira que tampoco soy millonario, eh”

— ¡Nooo!

— Siempre le pagué en tiempo y forma. Estaba en una mala situación, no me podía decir eso.

— ¿Por eso dejaste?

— No, dejé cuando me dijo que estaba para un alta. Fui al martes siguiente a despedirme. Estaba al día, es más, tenía la plata para esa sesión. Contento ¿entendes? Logros, avances, buenas devoluciones y me tira “yo no dije eso”.

— ¿Qué hiciste?

— Me quedé helado. Sé que estaría mambeado con todas las trabas económicas, pero no soy sordo, lo escuché bien. Es más, coincidía con él. Todavía con secuelas del “efecto Vera” pero en general me sentía bien ¡Me hinchó las pelotas, Gusti! Me hizo sentir un cliente que no quería largar.

— ¡El diván se transformó en una oficina de Tarjeta Shopping! — dijo Gustavo, nos reímos y chocamos nuestros vasos.

— Imaginate. Me fui muy mal. Le dije que tenía que cubrir los Juegos Olímpicos y los martes no podía ir y el resto de la semana tampoco.

— Te fuiste sin decirle lo que pensabas.

— ¿Qué le voy a decir, Gusti? Tengo cagarlo a trompadas.

— Una lástima, che. Pintaba bien. Te veía bien. Por eso no te pregunté más nada.

— Me ayudó mucho pero me sentí manipulado ¿Fuiste al psicólogo alguna vez?

— Dos veces, pero dejé. Primero una vieja cristiana que quedó aterrada a la segunda sesión, y después por la obra social un pijudo que me lo terminé cogiendo.

— ¡Qué zarpado!

— ¡Bueno, che! Contame ¿Cómo es la terapia después de tantos años?

— Es muy loco. Me preguntaron lo mismo personas que nunca fueron al psicólogo, no es fácil decir, porque yo mismo antes de haber empezado, no sabía a qué me exponía. El psicólogo sabe que frente a ciertas cosas que te pasan en la vida, tenes determinadas reacciones prefijadas, previsibles, que crees que son muy originales, que te pasan solo a vos, qué sé yo. Frente al amor, a un hijo, a una separación o frente a una infidelidad, y en realidad son mecanismos de un motor que frente a una alteración en uno u otro sentido reacciona de tal manera.

— Entendí la metáfora. ¿Y el laburo de este Renato cual sería?

— El trabajo de él es hacerte sentir que no estás solo, que no es una locura lo que estás pensando o lo que te pasó. Ante un pensamiento negativo decís “¡soy un monstruo!” Hasta que el tipo prende la linterna y alumbra donde vos no veías, te muestra que cosas que en apariencia no tenían nada que ver una con otra. Él encuentra el mismo resultado sufriente.

— Demasiado enroscado para mí. Vas a empezar a estar libre cuando te des cuenta que tú jaula está hecha de pensamientos. Con un buen garche lo sufriente que vos decís lo tiras por la ventana, Maurin.

— ¡Sos una gaucho!

— ¿Te hizo bien? ¡Listo! Ya está, ahora sos otro.

— Si, estaba en carne viva. Caí con los mambos de pibe, miedos, fobias, obsesiones, desamores, el escabio...

— Y este Renato te tiró un balde de agua fría en los huevos el muy choto.

— Te digo más, y cerramos este tema. Había veces que hablaba más él que yo. Por momentos era su análisis.

— ¿Cómo?

— Bastaba con que hiciera una cita literaria para que me dé su mirada sobre libros y escritores favoritos ¡Dale, loco! ¡El que viene a analizarse soy yo!

— Están buenos estos manis.

— ¿Tenes hambre? ¿Pedimos algo para cenar?

— No, ceno después. En concreto, Dante, la bruja de Vera y el forro de Renato: Va te faire foutre!

 

EL CHAT DE INÉS

— Se te pegan "todas" a vos. Dejaste atrás los fantasmas. Eso es lo importante. Yo no creo que necesites un psicólogo, es como que te generas vos solo la dependencia del psicoanalista. No lo necesitas. Chan, chan ¡Basta de tango! Mira, voy a hablar con el viejo Omar.

— Gracias, amigo — respondí al tiempo que pensaba en la frase "Dejaste atrás los fantasmas", las mismas palabras de Renato. Hay gente que no tiene el poder de solucionarte un problema pero tiene el secreto para hacerte verlo más chiquito.

— Veo como la piloteo. El viejo me quiere entrar. Es un pajero. No te hagas ilusiones porque la decisión la tienen tomada.

— ¿La tienen?

— Si, la jermu y él.

— ¡Vieja hija de mil putas!

— ¿Viste, boludo? La vieja estaba caliente con vos, te hiciste el lindo y ahora te sale a matar. Te dije: "es una noche" y vos con tu moral de mierda… Ahora estas en el horno. Pero tranquilo, escúchame. Tengo un datazo que te puede salvar de esta. ¿Viste la gallega de política?

— ¡Sí! Media forra…

— ¡Pará de criticar a todo el mundo! Escuchame un segundo. Ayer me pidió una computadora para imprimir un documento.

— ¿Pero no tiene su Inspiron?

— Sí, pero no tiene configurada la impresora.

— ¿Y Germán?

— ¡Te calmas! Sabes cómo es el pendejo. Se cuelga. Bueno, a su Inspiron la lleva y la trae al departamento donde está parando. Es en La Lucila, después te paso la dire. En el chat interno, la gorda Inés me preguntó algo sobre una nota y le contestó ella “no soy gustavo soy amparo me presto su ordenador” y ahí intercambiaron unas palabras. La gorda le dijo “hamilton es mujeriego” y ¿sabes que le contestó la gallega?

— No.

— "gracias Ines he venido a trabajar no a poner los tochos"

— ¿Y?

— Amparito borró el chat de mi PC… Inesita no.

— ¿Abriste el chat de la gorda?

— No, se lo pedí a Germán con la excusa que precisaba averiguar algo en el servidor. Abrí todos los chats. Ahí vi una conversación más larga donde la gallega habla de vos: leyó tus notas, le gusta como escribís, te quiere conocer más… te quiere dar, o sea. Y vi también unos chats de Omar con el depravado de recursos humanos.

— Lo del viejo me lo imagino. ¿Tomamos otra pinta?

— ¡Dale! Una más y arranco. Me espera Fede.

— ¡Ey! Bien ahí. Lo tenías guardado ¿Cómo viene eso?

— Muy bien. Qué se yo. Hoy es nuestra primera salida. Prestame atención. Primero no te cuelgues escabiando mucho ¿ok?

— ¿Segundo?

— Si no la chocas con la gallega, la mina tiene muy buena relación con el viejo. Viene recomendada ¿me entendes?

—  A ver ¿Para asegurarme el laburo tengo que acostarme con la gallega que no es de Galicia sino de la zona más concheta de Madrid?

— Algo así, Thor.



Capítulo VIII https://bit.ly/3cQeX4H