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26 de diciembre de 2022

MADURAR HACIA LA INFANCIA



«Hay quien cruza el bosque y sólo ve leña para el fuego» 
Leon Tolstoi









No voy a mentir, no tengo que mentir. Ya sé la verdad. Me lo dijo mi mamá cuando estaba en segundo. Mi papá se enojó porque mi mamá me lo dijo poquitos días antes de Navidad. "¿Qué te costaba esperar unos días?" En la carta de segundo te pedí que ellos no peleen. Quiero dos muñecos, dos porfa. Uno bueno y uno malo. Si me traes uno solo me aburro. No hay lucha. Yo quiero que mis muñecos peleen. Mi mamá y mi papá no, como te pedí en segundo. Ah, ¡Estoy contento, ya no pelean!
En el boletín traje seis sobresalientes. La seño y la directora me felicitaron. Mi mamá y mi papá también. Mi papá escribe historias. Yo le pregunté si te escribió. Me dijo que sí. "Mi primera carta fue a Papa Noel". Te pidió un playmobil y el muñeco de Han Solo. ¿Se lo trajiste? ¡ja!

No sé qué más era… Ah, lo vi llorar en el cine. ¿Eso te lo puedo contar? Ya sé que no existís pero, bueno, serías como un amigo invisible. O no, mejor se lo cuento al padre José. Me confesé con el padre. En cuarto tomo la comunión. Mejor te lo cuento a vos. Sí. Mi papá lloró. Poquito, era una gotita nomás.

Él no me vio me parece, estaba con los lentes. Fuimos a ver "El Último Jedi". Estuvo buenísima. ¡La mejor película del mundo! Papá compró para 3D con un solo pochoclo. Comió más que yo. ¡Le iba a decir!... Lo del pochoclo no... Me explicó. Siempre me explica lo de la plata. No tenía para comprar dos. Le iba a decir lo de la gotita pero... sonrió también. Fue cuando Luke lo vio a Archu. Le pregunté cuando se secaba las manos en el coso que sale vientito... Faltaba poco para que termine la peli y me dieron ganas de lo segundo...

— ¿Pa, porque lloraste?
— No lloré...
— Sí. Vi la gotita...
— Ah, sí, eh... Cuando Luke lo miro a...

— ¿Te puso triste?
— No, hijo. Feliz, me puso feliz… Vamos que termina...

                                                                                ***

Luke volteó hacia su derecha y levantó la capucha de su túnica. Allí estaba Arturito. Firme, como los amigos que están en línea cuando tu mundo se derrumba. Procuré que Valentino no me viera, me tapé la cara pero no lo pude evitar. Fue como revivir un abrazo de Ortega Sánchez con Perazzo. Arturito no le regañó nada: Los años de ausencia, las distancias forzadas por la coyuntura galáctica, ni las contradicciones de la trama. ¡Claro! Además de ser un androide, es un amigo. 
Pude ver el centello en la expresión del segundo robot más entrañable de mi infancia (el primero es Mazinger Z) en la pantalla del Cinemark. Fue como un chisporroteo imperceptible en la luz de su proyector holográfico. La última vez que los vi juntos en una sala fue en 1983 en el ex cine Gran Lugano. Pasaron treinta y cuatro años, los mismos años que nuestro país conquistó la democracia. 
El domingo fui consciente que no estábamos viendo una película más. No eran los Minions, ni los Vengadores. Allí estábamos paralizados y atentos en nuestras butacas. Padre e hijo forjando nuestra historia. Una película en estado presente. Descubrí el trapicheo de mi percepción escena por escena. ¡Con lo que me cuesta armar un full!


                                                                                ***

Observaba a Kylo Ren, el hijo de Han Solo, malmirado por su performance en el episodio VII y repasé ¿cuántos años residí atravesado por el lado oscuro? ¿De la fuerza? ¡No!, de una pulsión hacia una melancolía que me inmovilizaba en el tiempo. Kylo Ren mató a Han Solo atravesándole su sable laser. Yo maté al hombre que fui. Kylo es un niño herido. Creció con odio y allí reside su aparente poderío. Quise abrazarlo. ¡Estuve tan lindante a su actitud! ¿Cómo no entenderlo? 
Me acomodé en mi asiento y deduje que hoy estoy más cerca del tío macanudo que empuja a su sobrino a tomar vino con soda, guiña un ojo y sonríe exponiendo todas sus caries, que del niño lacerado, que perpetúa un reclamo en una repartición desprovista de mesa de entradas. Los tíos macanudos, especie en extinción, son como jedis mundanos que se esfumaron con los vecinos que pedían hielo, los piropos y las canchas de paddle. A veces pienso que somos sobrinos huérfanos de tíos retirados de largas mesas y parloteos familiares que se apagaron poco a poco y se encienden en la luz del chat del flamante iPhone modelo guachoguaresneik.  

                                                                                ***

Salimos muy felices del cine. Valentino compuso al tun tun unas alocuciones de los más disparatadas mientras retornábamos a casa. Es muy gracioso escucharlo fantasear. Prefiere los personajes que no hablan, le gusta montar su propio guión y conjeturar que expresarían si el imaginara el argumento. A Valentino los coloquios de conflictos de poder le cansan, porque no los entiende. Como esa gente que no exige saber de buena tinta cómo está concebida la Coca Cola pero la saborea de todos modos. Valen se llevó los lentes negros. Simulando ser ciego, clavó una imitación de Yoda memorable. No sabía si retarlo por el robo o reírme por el acting.

                                                                               ***

Con la saga de Star Wars descubrí que el cine es genial para transportarse hasta otros universos. Lo mismo que lograron Jack London o Stevenson en el campo de la literatura. George Lucas, el hacedor de las guerras de las galaxias, trazó sus "veinte verdades" starwarianas. 
Luke, en el episodio VIII, aprovechó el cambio de conducción  y resolvió dejar de lado los dogmas. Se retiró a un templo Jedi emplazado en una isla en medio del océano. Una especie de puerta de hierro con vista al mar donde meditar, acertar con el sentido de la vida y esperar la muerte. Allí fue encontrado por Rey, una padawan con afán de redimir el tiempo perdido. Rey trató de convencerlo para que abandone la isla y vuelva al ruedo espadachín. Luke, en un arrojo de enajenación prendió fuego los libros sagrados. ¡Se pudrió el rancho! 

Mientras rasgueaba estas líneas recordé al Skywalker de "A New Hope", un granjero indeciso y considerado con su maestro Obi Wan tan disímil a este Luke, experimentado y decidido, que le reconoció a Yoda que en su puta vida leyó los libros de la Orden Jedi. Luke, en una alegoría maravillosa, pateó el tablero, desenvainó su espada laser para iluminar el pasado con la luz del presente y partió sin bombos y platillos. 

                                                                               ***

Por lo antes expuesto, en un arresto de monomanía, decidí cometer mi acto de indisciplina navideña e interferir la carta de mi hijo:

Estimado Papá Noel, creo que me he portado bien el último año. Usted dirá. 
Le solicito me consigne sólo una caja de fósforos y una cuota de audacia. Resolví cauterizar mis libros para poder asumir nuevas enseñanzas. Desaprender lo aprendido. Esquivar los agravios. Madurar hacia la infancia, como el título de las obras completas de Bruno Schulz. Mis libros reales no se asarán en la hoguera. Quédese tranquilo. Sólo arderán en la fogata las hojas residuales con mis cicatrices rancias para transmutar en una rosa de cobre. Es por ello, camarada Santa, y extendiendo el patrón del maestro Skywalker, espero que escuche mi recado y ansío acertar ésta medianoche con la cajita de fósforos y un fajo de bravura junto al árbol de Navidad. 
No sé qué más era… Ya sé que no existe, me lo dijo mi madre cuando estaba en tercer grado pero bueno... ver es creer, pero sentir es estar seguro.

                                                                            ***


— ¿Pa, me puedo poner los lentes?
— No, Valen. Te va a hacer mal a los ojos.
— ¿No se puede ver la calle 3D? — me dijo riéndose.
— No, no… Si, se puede – pensé.
— ¿Con los lentes?
— Con otros lentes. Son unos que se forman en el ojo.
— ¿Cómo?
— Claro, se desarrollan con los años. Cuando cumplas cuarenta vas a ver la vida en 3D.
— ¡Dale, Pa! Decime la verdad.
— La verdad es esa. A ver ¿Qué es ver en 3D?
— No sé, como en el cine, eso.
— Es cuando ves alto, ancho y profundidad — dije gesticulando con los brazos — Yo solo veía alto y ancho…
— ¿Y qué es la profundidad?
— La profundidad es… es ir como Luke hasta una isla, lejos de todo y descubrir cuál es tu misión en la vida.
— ¡Dale! ¿Eso es la profundidad?
— Sí, algo así. Esa experiencia te ayuda a ver en 3D sin los lentes.
— ¿Y vos, fuiste a una isla, pa?
—  Sí…
— ¡Ufa! Porque no me llevaste? ¡Qué malo!
— Estuve en un lugar, pero no como el de la peli. Cerré los ojos, así, concentrado y fui a una montaña… Me la imaginé…
— Cuidad… — alcanzó a decir Valen y me tropecé con una baldosa floja.
—  … y te vi a vos, me vi a mí y pensé: ¿cuánto hace que no miro una película…? Quiero decir que miro y pienso sólo en la película y... nada más.
— …
— La respuesta fue... Fue hace treinta y cuatro años.
— Pero pa, es un montón. ¡Con los minions te reíste!
— Sí, es verdad.
—  Yo cuando miro una peli... miro, como pochoclos, tomo coca...
— Por eso fui a esas montañas, para volver a mirar como a los nueve años.
—  No entiendo.

Paramos un taxi en Puerto Madero.

—  Buenas noches. Hasta San Juan y Entre Ríos, por favor.
—  Pa, no entendí – insistió Valen.
—  Cuando fui a esas montañas, sentí paz y entendí que para ver en 3D, primero tenía que vivir mucho, vivir cosas quiero decir. Llegar a los cuarenta, tranqui, y volver a mirar con los ojos del niño de nueve... que fui.

El taxista abrió los ojos y me miró por el espejo — ¿Tiene cambio, muchacho? — me preguntó con inquietud.

—  Sí, tengo — respondí
—  No entendí nada, pa. Te quedabas en los nueve y listo — comentó mi hijo y el taxista largó una carcajada — ¿tenés plata?, ¿me compras una coca? — pidió Valen mientras descendíamos del taxi y se calzaba sus lentes 3D.
— ¡Muchacho, muchacho!
— Si…
— ¿Ésta caja de fósforos es suya?


Tomé la caja, la observé dos segundos y le retribuí el gesto de gratitud con una guiñada de ojo al tiempo que le acomodaba la capucha a Valen. En ese instante, mientras el auto se retiraba, pensé que posiblemente los tíos macanudos no se extinguieron del todo. Ellos vagan por una galaxia cosmopolita montados en trineos albinegros con una proclama en su delantera que reza: Libre. Libre con letras blancas sobre un fondo rojo purpúreo.







5 de diciembre de 2020

¿LE TEMBLARÁN LAS PIERNAS CUANDO VE UN TIBURÓN?






El miedo es un sufrimiento que produce la espera de un mal
Aristóteles



Escribí muchas veces sobre ella, muchas. Sobrio, triste, alegre… Totalmente en ebrio, con una letra indescifrable. Borradores que vaya a saber dónde quedaron. Escribí sobre ella siempre que pude.

No sé si es literatura, verdad o ficción. Poco importa eso ahora. Me gustaría saber en qué anda. Me gustaría saber cómo está su cutis, si ya aparecieron las primeras arrugas en el filo de los ojos. Si los párpados bajaron dando ese atisbo maduro, sagaz. Me gustaría saber cómo mira cuando ve algo que le agrada. ¿Cómo me hubiese gustado que me mire ahora? ¿Le gustara ver lo que soy?

¿Seguirá desayunando Nesquik?

¿Le temblarán las piernas cuando ve un tiburón? ¿Seguirá tan hermosa?

¿Olerá como olía? ¿Cómo tomó el nuevo milenio? ¿La tecnología la habrá deslumbrado?

Quiero un DeLorean al llamar al Uber para volver a verla. Ahora sé que la quise, que la adoraba.

Yo no renuncio a no verla más. No, no. Voy a volver a verla, a los ojos, frente a frente. Necesito saber qué ve. Porque si lo que ve no le gusta, tendré que reformular todo. La puta madre, ¿Por qué carajo hacemos las cosas para que nos aprueben? ¿Quién sos? ¡Me sale así! ¡No me cagues más a pedo! Cuánto talento desperdiciado por un reto a destiempo. Una maldita corrección puede dejarnos sin grandes artistas. Vamos a volver a empezar. ¿No será tarde? No, llegaremos a tiempo. No podemos renunciar a nada; sólo permutamos una cosa por otra; lo que parece ser una renuncia es en realidad un sustituto. Cuando el adulto deja de jugar, sólo resigna la obsesión en objetos reales; en vez de jugar, ahora fantasea. Construimos castillos en el aire, creamos sueños diurnos. La mayoría de nosotros creamos fantasías en ciertas épocas de nuestra vida.

 

Yo que me vi trepando por el caballo gris despintado de la calesita de Sarmiento. Yo quería sacar la sortija, girar y girar. Maniobrar un Ford Gran Torino como Hutch, pitar un faso como el «El Rafa» y dejarme crecer el pelo. Me siento estafado. ¿Dónde se puede reclamar? ¡Señores de la Dirección General de Defensa al Consumidor quiero regresar a ser niño y fantasear con ser mayor! Los adultos parecían felices, che. Nunca volví a ser feliz como cuando tenía nueve años, esperaba los dibujitos de las cinco y escuchaba por la ventana "hay orégano, comino, ají molido, pimienta y pimentón... hay orégano, comino..."

La vida debería empezar al revés y dejar la niñez para el final. Quiero que reaparezca mi viejo por la puerta de “El Ideal”. Degustar una porción de muzzarella en La Roldana después de la práctica y caminar por Chilavert a tomar el 80. No interesaba cuanto haya que esperarlo si estaba con mi viejo. No quería ir en auto. Íbamos juntos, le contaba todo mi día en el colegio con lujo de detalles. ¡Me sentía tan cuidado, tan mimado! Nada me iba a pasar, nada. Papá estiraba la mano con el poder de Grayskull de un colorado corto y paraba el bondi. Esos quince minutos de viaje eran nuestros.

Vi una chica preciosa, me dió vergüenza cuando la morocha presintió que busqué pasar por delante de ella sin porqués. Recordé lo hermoso que es estar enamorado; cuando estuve aferrado por el hechizo de la sonrisa de una mujer pude olvidarme de la muerte. Solo cuando estuve enamorado mi vida se alejó de la cerrazón. Solo el amor pudo atajar el reloj y aproximarme al regocijo del querer. Cuando me enamoré, no quise volver a ser niño.

Ser niño y jugar. Ser adulto y enamorarse. ¿Ser niño y enamorarse? ¿Ser adulto y jugar? ¡La puta madre! «No se puede todo» me dice una voz con acento cordobés salida de un holograma simil Obi-Wan Kenobi flotando en el parabrisas.

Mientras Valen dormía me castigué con un compilado de Cafrune. Debería escuchar música electrónica. ¡No te hace extrañar a nadie! Ví el cartel de Vivoratá y no logré angustiarme. ¿Por qué busco sentirme mal con una canción? Después de tres años de análisis, mi terapeuta me cerceno mi costado melancolizado y mi propensión al regodeo. Hizo magia con la angustia y la transformó en dolor. Ahora duele, pero no ahoga. «Así, aun cuando en la vida algún objeto de amor se pierda, podrá vivirse con la dignidad del dolor, pero sin el regodeo en el goce del sufrimiento». ¡Patapufete! En esa sesión memorable hubiese correspondió abonar los honorarios en euros más dos kilos de milanesa de peceto.

Escribí muchas veces sobre ella. Abstemio, triste, alegre… Escribí sobre ella siempre que pude.

Me gustaría saber en que anda mi infancia. ¿Le gustara ver lo que soy? ¿Qué pensaría mi yo niño del adulto en el que me he convertido?





18 de marzo de 2020

WILD WILDE






La verdad siempre se revela cuando ya se ha ido todo el mundo. Después de tres años de la carta definitiva, la ví entre la muchedumbre de la avenida.

Ella estaba sola, elegante, meneando el flequillo con un tips que podía distinguir a muchos metros de distancia. Mientras vacilaba en acercarme, llegó un tipo arreglado y con un paso resuelto. Ella le otorgó un vistazo de enamorada. El la observó con ternura. Ella algo retraída se acercó, lo besó en la boca y posó las manos sobre sus pómulos. Reparé en su anillo cuadriforme y plateado mientras marchaban como tejiendo un atajo hacia las escaleras del subte. No quedaron dudas, el lenguaje de la verdad es siempre sencillo.


Atónito distinguí la cartera negra algo deslucida en la que ella encajó con fiereza una postal de la Atlántica de Río, una foto de Evita y un pedazo mío que sucumbía. Yo sabía que al dejarla ir se desmoronaba una relación con ninguna prisa, besos con risas, y noches sin futuro.


Exhale pausadamente. Mis piernas temblaban y ansiaban salir de allí. Mi corazón, en cambio, me ordenaba quedarme un minuto más. Bajé por Carlos Calvo, me perdí entre las veredas de San Cristóbal y al llegar al departamento mi mujer me sorprendió en el hall. Me vió llorar y me preguntó si estaba todo bien. No respondí.

Al entrar fui directo a la cocina, busqué mi taza y esparcí dos cucharadas de café con azúcar. Me asaltó un flash back de Pão de Açúcar. Batí y batí a un ritmo maquinal mientras dos lágrimas auxiliaban la mezcla. Unos minutos después me restablecí y revelé a mi mujer que estaba todo bien. La besé al tiempo que tomaba el primer sorbo de café y agasajaba a Cooke, mi perrito pekinés. Durante años preferí una locura que me ilusione a una verdad que me tumbe.


— Me separaron de la sección.

— ¿Por eso estas así?

— Fueron seis años...

— Bueno, ya estabas medio podrido de esas notas, o ¿no?

— Si, en sociedad está Patricia.

— ¿Y qué tal?

— Buena mina, labura muy bien. La conozco hace años.

— ¿Menos laburo ahí?

— Es diferente. Menos egos con que lidiar, más llevadero. Además vamos a poder viajar.

— ¿Las vacaciones quedan igual?

— Sí, sí. Hoy hablé de guita y de eso justamente.

— Bueno, Mauro. ¿Por qué tan angustiado, entonces?

— Qué se yo.

— Cambiá esa cara. Una buena: Rosario va a cuidar a Cooke.

— Bárbaro, dame fuego.

— Me confirmo hoy. ¡Estoy feliz! Quiero conocer Río con vos, me dijeron que es un lugar alucinante…

— Y… Está bueno.

— ¿Fuiste? No me dijiste eso ¿Cuándo?

— De pendejo, con los pibes de la secundaria.

— ¡Ay! ¿Con qué plata?

— ...

— Mostrame fotos.

— Más tarde.

— ¡Cuánto misterio, Maurin! Yo me encargo de las reservas de los vuelos, el hotel y las excursiones.

— ...

— Vos después me decís, dame una seca.

— Lo que vos elijas estará bien.


***


Después de diez años de sobriedad y abstinencia el diablillo interno golpeó las puertas de mi abismo. ¿Dónde buscar?, ¿a quién llamar?, ¿cómo reaparecer en un circuito infrecuente y hostil? ¿el Melli? No, no.


Pasé la noche sin dormir. Al día siguiente busqué en la guía de Zona sur: Cristian Gribaudo. Era el. Vacilé un segundo. Lo llame. El Melli respondió y quedamos en encontrarnos en un bar de la estación de Wilde.


— ¡Cualquiera, tigre!

— Acá tenes la plata. ¿Qué más queres?

— ¿Qué quiero? Que te tomes el palo.

— No te podes negar. Desde cuando sos tan moralista vos.

— ¿Mora qué? Vos ya no estas para esto, querido...

— ¿Por qué me hiciste venir hasta acá?

— Te apreciamos, pensé que venias a vernos. Además la Cata preguntaba por vo´...

— ¡Bueno si me aprecias dame lo que te pido o decime con quien puedo hablar!

— Porque te aprecio te digo que no. Las cosas cambiaron mucho. Ya no es como ante´.

— ¿Y cómo son?

— ¿Cómo son?, ¿Qué te enseñaron en la faculta´? Te la nombré a la Cata y ni mu.

— No podía cuidarla, Melli. Vos lo sabes bien. Vine porque confio en vos.

— No te puedo ayuda´, hermanito. Tomá, esto era de la Cata.



Retorne de Wilde aturdido y con las manos vacías. Un oso de peluche de mi sobrina era todo mi bagaje. Di vueltas como un trompo. Ingresé a una iglesia. Lloré como una mujer. Recordé al padre Tarcisio cuando en la parroquia del barrio me estimuló a tomar vuelo. — Mauro, te sobra talento. Tenes que estudiar, hijo.
Con las pocas herramientas que tenía resolví continuar mis estudios y salir de la sordidez que me envolvía. Fue una estupidez regresar a donde ya no me esperaban. La evocación de Cata me atravesó.



Hace más de una década, el Melli me intimó que custodiara a su hija cuando quedó encarcelado. La mamá de Cata desbordada, una noche donde nadie la vigilaba, tomó de más. La hallé sin vida en el baño. Cata, de ocho años, dormitaba mientras su mamá fenecía. Sobrepasado por la situación salté corriendo de esa escena espantosa y no volví jamás.

****

Finalmente salí de la iglesia luego de la expedición al pasado en el sudeste sombrío. Cansado de buscar respuestas recordé la canción de Dylan cuando el nobel de literatura sintió que tocaba las puertas del cielo. “Knock—knock—knockin' on heaven's door”. Dios no me abrió. Caminé por Lima y entre a una pizzería Ugi´s. Ordené tres porciones del cuerpo de Cristo y una botella tres cuarto de la sangre del Señor.


— ¿Dos o cuatro, amigo?

— ¿Sos sordo? Tres porciones, te dije.

— ¡Dos o cuatro, así de corta!

— Eh... Bueno, dame dos.



Repeat



— Two or four, my friend?

— Are you deaf? Three portions, I told you.

— Two or four, so short!

— Uh... Well, give me two.



Con la mirada vacía y acuosa, como la de los peces cuando van ahogándose fuera del agua, sacié la sed del cuerpo y del alma. A la tercera cerveza acerté con un discípulo de Wild Wilde que me invitó una copa. Después de una charla extensa me indicó donde encontrar al Dios que buscaba. El Dios que no interroga y atiende de lunes a lunes las veinticuatro horas.


— Decile que vas de parte mía.

— ¿Me hacen descuento?

— Dale cabezón, nos vemos.

— ¡Gracias, loco!

— De nada, compadre.


¡A la mierda con el Melli! Al calor de los alcoholes los desconocidos se vuelven amigos. Mientras me encauzaba al encuentro de Dios, recordé que debía preparar una nota atemporal para la sección sociedad del diario. Tomé mi apuntador y rasgueé: La Iglesia del Inmaculado Corazón de María es el característico templo católico que corona el extremo norte de la Plaza Constitución…



— Linda chicas, eh.

— ¿Viste?

— ...

— Vamos a lo nuestro... Si queres podes pasar con alguna más tarde.


De una de las habitaciones irrumpió un ángel regordete duro como sanguche de tortuga que le habló a Dios al oído. Este cambió su expresión y me apuntó con voz firme.

— ¿Vos no sos Mauro, el hermano del Melli?

— No.

— Mira, papito. No es nada en contra tuya pero tomatela.

— Tengo plata. ¡Te voy a pagar!

— Andate antes que los guardianes del cielo se pongan nerviosos.


Ebrio y entontecido salí del lugar con dificultad. Al subir las escaleras advertí un angelito muy bonita que me resultó familiar. Ella me observaba mientras escalaba hacia la puerta de salida. La joven, que no llegaba a los veinte, elevó su brazo derecho retraídamente y colocó sus dedos en V. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

El aire de la calle me despabiló en ambiguas horas que mezclan al borracho y al madrugador. Tomé un taxi — Carlos Calvo y Ceballos, por favor — y apoyé mi cabeza sobre el oso de peluche.

El Melli tenía razón, las cosas cambiaron mucho. Ya no son como antes.



22 de septiembre de 2019

EL TANGO QUE OCULTAMOS MEJOR




“Mi rebelión ya no aclara mi mente.”
CS




I
Son de esas tardes que tengo alguna certeza que la tropa está ordenada, las cuentas pagas y serpenteando llegaré al 30. Son de esas tardes que miro a Valen y me pregunto si es oportuno tirarle información recargada por el estado de las cosas.
“Si me pasa algo llama a… No, no… Algo digo. ¡No!, está bien… no me va a pasar nada. Si papá es inmortal…" ¿qué estoy diciendo? En definitiva nada tiene significado en el momento en que perdemos la ilusión de ser eternos.


II
Son de esas tardes en las que evoco los sábados de fútbol y boliches bailables. El sábado es el día más sobrevalorado de la semana.
¡Cuánta intranquilidad antes de un partido! ¡Cuántas caras lánguidas en las tribunas al encuentro de una victoria! Contornos inmutables sobre el tablón con la ilusión que ganemos un puto partido y así justificar nuestras vidas.
Mientras recorría el pasillo hacia el vestuario advertía con aflicción la cancha de bocha desmantelada y las vitrinas de trofeos oxidados.
Cuando jugábamos de local sacaba los laterales al lado de la ventana del buffet. Al asomarme trepaba por las rejas corroídas la frustración de los vitalicios, el infortunio de las horas en la fábrica y la rutina de sentarse en un escritorio ocho horas por día. Al sacar, expulsaba no sólo la pelota. Arrojaba la idea de “yo no quiero ser esto”.
Si el esférico no llegaba a un compañero se oían bufidos de esas almas deslucidas.
Los sábados de fútbol eran una excusa para esquivar el hastío y el absurdo del propio destino. Ni un gol de media cancha, ni la copa tan apreciada, ni la muerte de Omarcito, el buffetero, nada de eso tenía la suficiente importancia. La angustia existencial de los fines de semana enlodaba todo el club.


III
Son de esas tardes que no distingo si el sol irradia o llueve. Son estas tardes que uno quisiera volver a ser joven. ¿Joven? ¿Para qué? ¿Para sobrellevar desde la alborada el rechazo que mora al anochecer cuando las chicas agraciadas te dan la espalda?
— ¡Por fin viernes! — escribe el gordo Orly en nuestro grupo de whatsapp.
— ¿Para qué, Orly? ¡Explicame, gordo!
¿Para ahogarnos en maratones de netflix que nos hacen olvidar que tenemos unos laburos de mierda, donde ascienden los mediocres y los versados naufragan en el estigma de no humillarse para ganar una moneda más?


IV
Hago zapping y ruego escuchar una verdad. ¿Para qué? A veces buscar lo que es verdadero no es buscar lo que es deseable.
— ¡Si tuviera veinte, che! — insiste el gordo, mientras comparte un video zarpado.
— ¿Veinte años?
— Sí, loco.
— ¿Para llegar a la puerta del boliche y que nos saquen a patadas en el culo por no vestir las pilchas que hay que tener?
— Es un decir, mi amigo...
— Volver al barrio y que tu viejo te pregunte: ¿Qué pasó? Pasó que no me disfrazo como esos chetos del orto. Porque me gusta el rocanrol y me gusta vestirme así. Porque la mina que me mueve la aguja va a ese boliche y la única manera de decirle que me gusta es dado vuelta, desinhibido por el escabio, con una luz de mierda, la música ensordecedora y el vaho de una humareda blanquecina — escribí como con un revolver cargado.
—Es verdad — siguió Pochito — Y sale una chamuyo flaco: —Me aburrí, pa. La música no me copa tanto.


V
Una vez más el vacío se apodera del medio campo y nos lleva a un lugar de no existencia, de no saber cómo seguir. La adolescencia es atractiva para la publicidad, no para la vida real.
El sobrepeso o la extrema delgadez, el acné y los aparatos, los pies chuecos o un corte de pelo incorrecto nos despachan directamente a ese distrito donde residen lo que no cumplen con el canon de perfección. Ahí es donde el bullying echa raíces.
A veces pagamos un precio altísimo por pertenecer, por estar en compañía.
Después volvemos al encierro y pide pista una visita inesperada: el vacío. Caigo en la trampa de no saber ni quién carajo soy, ni para qué existo. Ni a dónde voy o debería ir.
Pero ¡qué asombroso es perderse estoicamente entre los brazos de ese vacío que no nos exige sabiduría! Dejarlo pasar para que se lleve nuestro ego de la mano y no pensar en el mañana.


VI
Sólo hay que dejar ese espléndido vacío para que se llene de conciencia, que no es más que respirar el aquí y el ahora. Sentirse menor es lo más grande porque no te queda otra dirección que mirar hacia arriba, como cuando éramos pibes y contemplábamos el mundo que cada día era nuevo.
Ese vacío existencial que a veces me visita, me presenta de nuevo:
— Hola, te presento a Raly… Raly te presento a...
Entonces comprendo que en realidad no hay vacío, no hay soledad, no hay espacio ni tiempo carente de sentido porque en la naturaleza, se da todo lo necesario para conocer y sentir nuestra propia alma.
Una vez superada esa pantalla, se vive con tranquilidad cada una de sus visitas. El vacío puede ser una compañía que colma más el espíritu que algunas presencias.


VII
No hay nada más desolador que juzgarnos extranjeros en nuestro lugar. Considerarnos solos en compañía debe ser una de las cosas más angustiantes que nos toca vivir.

La angustia es el vértigo de la libertad ¿Cuál es el primer deber del hombre? La respuesta es muy breve: ser uno mismo. A pesar de los juicios tajantes de quienes sólo observan, del bullying, del video de Orly, del patovica vigilante y los vitalicios. “Ya no me importa el qué dirán y de las cosas que hablaran. Total la gente siempre habla” reza el tango. La gente es extraña cuando uno es extraño, por eso, siempre, siempre, vale la pena ser uno mismo.


Texto leído en Manual de Perdedores





15 de septiembre de 2019

TRUE COLORS




*Texto leído en Manual de Perdedores. Capítulo 124.
Invitado Juan Sasturain


En las cajas de lápices guardan sus sueños los niños…


— ¿Juega Raulito?
— ¿Quién era Kary?
— El Erny,…
— ¿Qué le dijiste?
— Que tenías tarea, Ra.
—Gracias Kary…

I
Así pasaban las tardes de verano. Retirado. Prendido a los lápices y las historietas. La calle aún era una amenaza. A la pelota jugaba solo en el patio. Ensayaba con la pierna izquierda una y otra vez sobre una mancha de humedad. Después del diluvio del 85 perdí la referencia de esa marca. ¿Será por eso que hice pocos goles de zurda?
Mientras el jarrito de aluminio avivaba la leche y los perros ladraban al caballo del vendedor de pan casero, leía y dibujaba. No hacia otra cosa. Eran los ochenta. Mi única salida: comprar velas. Velas, jugo y pan. Velas, jugo y pan. El sábado cambiaba por velas, coca y pan.

Vivíamos sin luz. Los cortes de energía eran parte del paisaje. Después supe que el gobierno decidió programar cortes de energía. Y con ellos, la vida en el conurbano se transformó definitivamente. Cuando retornaba la luz oía en el noticioso: Central Hidroeléctrica de Embalse Río lll, Central Nuclear de Atucha. Incendio en la red de distribución de El Chocón. Atucha, El Chocón ¿Qué es eso? ¡Cuántos personajes hermosos para dibujar! ¡Atuchaman vs el Chocón de acero!
Aquellos días y noches sin luz propiciaron las horas de ocio. Leía todo lo que llegaba a mis manos. Yo no arranqué con Rayuela. No fui un lector plus ultra. Leía como quien cirujea en la cultura.
Cuando yo era chico, aplaudía y entraba a las casas.
— Permiso, Don Francisco.
— Pasá Raulito, pasá.
Don Francisco tenía historietas. Yo estaba fascinado con un pilón que empleaba para disimular una abertura sin revocar. Me acuerdo de “Super Lopez”, “Felix el gato”, “Casper”, “Meteoro”, “Daniel el travieso”, “El super Ratón”, “Magoo”, “Periquita”, “El oso Yogui” y “Huckleberry hound”. “La pequeña Lulu”, “Benito Boniato”, “El hombre bionico”, “Din Dan”, “Pepe Gotera y Otilio”, “Copito” y “Archie”. Leía una por día.


II
De pibe me gustaba hablar con la gente grande. Creo que al pibe que fui le gustaría hablar conmigo. Porque yo ya soy gente grande.
Tenía una admiración secreta por las personas que sabían hablar. ¿De dónde sacaban tantas palabras? ¿Cómo se hace para hilvanar un pensamiento con otro sin caer en el vacío? Leyendo — diría Don Francisco — leyendo todos los días.

III
Una tarde emprendí la aventura de dibujar mis propios personajes. Ideaba un universo. Era vivir en una especie de matrix. Me conectaba e iniciaba el viaje hacia el primer boceto.
Rafeaba dibujos sin ton ni son que brotaban uno tras otro. Primero una escena, un globo y un texto escueto. En realidad un argumento forzado para justificar la posición de los personajes que me habían salido. Todavía no había incorporado la idea de perspectiva y el escorzo. Los dibujos estaban empotrados en el papel. Esos párrafos se amoldaban a mis primeras ilustraciones. Cuando el dibujo me convencía lo pasaba en limpio y luego lo coloreaba. Era el momento del regocijo. Colorear un dibujo propio era como el “sí” de la chica que me gustaba.

IV
Un profesor de la Escuela Superior de Artes Visuales Martín Malharro señalaba que un diseño gráfico funciona si puede prescindir del color. ¿Acaso nuestra existencia es un diseño que relega el color para funcionar?
En la serie Okupas, Miguel, un ladrón entrenado le decía a Ricardo, un pibe de chalet marrón que quería robar “cuando puedas caminar solo… vas a poder caminar con alguien”. Quizás cobre alguna semejanza un dibujo en tinta y caminar solo.
Recuerdo que dibujaba imbuido más en los dibujos animados que en las historietas. Un bugs bunny con un brazo de metal. Combinaba a Mazinger con Tom y Jerry. Meteoro con Antifaz. La cabeza no tenía límites.

Faltaba técnica pero sobraba corazón.

V
Todos los dibujos eran goles al ángulo para mi papá. El coleccionaba las hojas Rivadavia en su carterita de cuero. En su velatorio me enteré por Luis, su compañero de trabajo, que exponía los dibujos en el horario del almuerzo.
— ¿Qué decía Luis, decía algo? — le pregunté para llenarme de sus palabras y montar sobre escombros una historia que me sirva para no hundirme en el fango.
—No, no. Los mostraba nada más… Con una alegría que no le entraba en el pecho. Este hombre — dijo Luis sin perder de vista el ataúd — te quiso un montón, pibe.

VI
Del test vocacional, al concluir la primaria, se desprendió que debía estudiar en un secundario con orientación plástica. Sin embargo, me quedé en el mismo colegio. Me recibí de perito mercantil. En Mar del Plata, regresé a los lápices, a la tinta, a las historietas. Durante cinco años estudié ilustración y diseño gráfico. Retrocedí al placer de hacer y fundirme en el tiempo presente.
¡Qué necesarias fueran las devoluciones de los docentes para avanzar! En paralelo asistí a talleres como el de Ariel Olivetti, que señaló algo bueno sobre mi trazo. En la jornada “Haceme un dibujito” conocí a Carlos Nine, un monstruo de la acuarela, la ambigüedad y la exageración. En ese marco, junto a Seba Mulero, descubrimos los cursos de ilustración de Enrique Breccia, un talento increíble.

VII
Breccia viajaba cada quince días a Mar del Plata. Vivía en Mar del Sur. Era como Ciudad Gótica pero con mar. Fue una verdadera revelación. Nos enseñó una técnica mágica: El uso del enmascarador. Enrique bocetaba en lápiz. Luego, con su plumín entintaba con ese líquido acuoso. Tomaba los pinceles, las tintas y procedía a pintar, a diferencia del maestro Nine que empleaba acuarela; Enrique explotaba la tinta china de color sobre el soporte. Usaba los colores con desfachatez lejos de las leyes de armonía, tonalidad y el buen uso de los colores primarios y secundarios. Un personaje de Breccia podía tener una luz verde sobre el pómulo que se fusionaba en una transparencia en violeta sobre la frente y darle carácter de colores cálidos a una paleta de colores fríos.

Una vez finiquitado el procedimiento de entintado, Enrique dejaba secar el papel Fabriano LR. Recuerdo que en la primera clase levantó la mirada, y como un hechizero comenzó a deslizar sus dedos sobre el papel. Levantó el enmascarador sobre la zona donde había decidido ubicar la luz y poco a poco esa goma se disipaba. La imagen tomaba tres dimensiones.
Fue presenciar la ejecución de un grabado pero al revés. Sus pulgares fueron las gubias sobre una madera ficticia.

VIII
Incorporé la técnica y retome el dibujo con el arrojo de los años de los cortes de luz. No paraba de dibujar y entintar. A los 24 años recibí el título de Ilustrador profesional y nunca ejercí. Pasaron 19 años. Regalé todos mis pinceles, mis rotring y mis acuarelas. Las tintas se secaron. El dibujo había perdido el verosímil. Pensaba demasiado antes de empezar. Perdí al pibe y con él todo el resto. El hecho creativo se desmoronó como una pila de naipes.

Sobraba técnica pero faltaba corazón.

IX
En mi infancia dibujaba porque las palabras no encontraban el repecho donde deslizarse. Hablaba con imágenes y los diálogos en un globo. El único globo que admití a pesar de ser cuervo.
En el comienzo de mis treinta naufragaba entre laburos equivocados. Pensé que nunca más acertaría con mi vocación. Tropecé, sin buscarlo, con la radio. — Vos vas a hacer radio el día del arquero— me decía uno que es preferible olvidar.

Acá estamos. Cada sábado, a las 19, el horario que papá salía del trabajo. En el mismo barrio, San Cristóbal, a pocas cuadras del bazar. Y a la vuelta de la librería de Miguel que cerró hace pocos meses. El mejor lugar para rastrear libros. Cada vez que iba Miguel no se incomodaba si me quedaba una hora y no compraba nada. Y así, sin esperarlo, una tarde como quien ya es aceptado. Me dijo:
—Usted tendría que invitar a Sasturain a la radio. Si el programa se llama Manual de Perdedores tiene que invitarlo, ¿entiende?
— ¿Cómo hago, Miguel?
— El suele venir. Si quiere déjeme su teléfono y yo le comento.

X
Hoy golpearon la puerta de la radio.
— Juega Raulito — curioseó una voz.
Alguien abrió. Ya no está Kary para justificar mi reclusión.

Etchenaik encendió luz roja. Las luces de las velas oscilaron como Zenitram. Todos los acertijos se resuelven de la misma manera, y tienen un pequeño "truco" escondido en la última operación.

Abordó a Manual de perdedores, el único héroe en este lio para aclarar este moco. Porque entre otras cosas, él llegó primero al planeta de los lápices, historietas, personajes dudosos y cobardes que creí inventar en las tardes de cortes de luz, de ladridos, perramus y caballos con arena en los zapatos.
Su estampa alumbró el estudio de Zoe. Volvió la luz.

Cuando el Erny pregunte — ¿Juega Raulito? Kary dirá con alegría: Si Erny, hoy… ¡hoy juega! Y los dibujos en la carterita de cuero de papá tomarán vida con el enmascarador de Enrique Breccia y una voz familiar que desde la hora del almuerzo dirá:
Veo tus colores reales, brillando a través de todo. Veo tus colores reales, y por eso te quiero. Así que no tengas miedo. Vamos mostrá tus colores verdaderos… Hermosos, como el arcoíris.