Adán
Buenosayres no es una novela, es una ciudad respirando adentro de un cuerpo. El
escritor Leopoldo Marechal no escribió Buenos Aires: la habitó con palabras. La
volvió mito, esquina, patio, cielo metafísico y baldío de barrio al mismo
tiempo.
¿Por
qué se habla poco de Marechal?
Tal vez
porque su obra no se dejó domesticar. No fue dócil al mercado, a la academia,
ni al canon cómodo, ni a la literatura que se deja resumir en los suplementos
de cultura. Marechal escribió una épica porteña cuando la épica parecía una
mala palabra. Escribió con una fe casi religiosa en la literatura, cuando la
ironía empezaba a cotizar mejor que la esperanza.
Borges
y Cortázar armaron constelaciones. Fueron faros.
Pero
Marechal levantó una catedral en medio del barro.
Una
catedral llena de santos barriales, borrachos metafísicos, poetas pobres,
semillas del Ángel Gris que piensan el universo desde una vereda rota.
Adán
Buenosayres vibra porque no quiso agradar: quiso decir.
No
busca ser elegante: busca ser verdadera.
Es una
novela que se atreve a mezclar filosofía con panadería, mística con baldío, eternidad
con yerba de ayer secándose al sol. En sus páginas, las preguntas más hondas
sobre el sentido de existir aparecen amasadas entre rutinas mínimas. Lo
trascendente no irrumpe como revelación solemne, sino que se filtra en lo
cotidiano, en lo que parece inútil pero guarda memoria. Así, la novela propone
una espiritualidad rasposa y terrestre, donde lo infinito se deja tocar con las
manos y el tiempo eterno convive, sin escándalo, con los restos humildes de un
día cualquiera.
¿Se
vendieron mejor Borges y Cortázar?
Puede
ser. Ellos dialogaron mejor con el mundo.
Marechal
dialogó con el alma argentina. Y eso no siempre cotiza en dólares ni en
traducciones.
Quizás
su obra sea la que mejor nos pintó, porque no nos pintó lindos:
nos
pintó complejos, contradictorios, místicos y carnales, solemnes y patéticos,
profundos y pendencieros.
Marechal
no escribió para gustar.
Escribió
para fundar.
Y
fundar siempre es más lento que brillar.
"Un sabor amargo en la lengua del cuerpo y
en la del alma, eso era lo que sentía él al considerar la parodia de génesis
que se desarrollaba en su habitación."
"—¡Señores —exclamó—, fíjense qué país es el
nuestro, qué carácter el suyo, qué fuerza la de su tradición! Este hombre,
italiano de sangre y aborigen de La Paternal, sin haber salido nunca de su
barrio, sin conocer la pampa ni sus leyes, ¡toma un buen día la guitarra y se
hace payador! ¡Señores, esto es grande! Colosal —afirmó Adán Buenosayres muy
serio."