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27 de octubre de 2019

MANUAL DE PERDEDORES | 26 DE OCTUBRE



MUCHO MÁS EN LA NOCHE
(Capítulo #130)



Nos visitó el escritor Claudio Ramos + Jaime Roos + Mercedes Sosa + Charly García
️ Una charla donde recorrimos la vida y obra de Claudio.

️ Claudio Ricardo Ramos, nació en Junín. Es, además de escritor, Psicólogo Social y Actor.
️ Escribió una obra de teatro basada en sus cuentos: “Una enfermedad temible”. Su primer libro de cuentos, Al Sur de Todo, fue publicado en 2017 por la editorial independiente Peces de Ciudad. Publico en 2019 “No hay nada más en la noche” (El Bien del Sauce Edita)

▶ ️Además escuchamos un texto de Eduardo Galeano sobre la Reconquista de Chile.



🎧 PODES ESCUCHAR EL CAPITULO 130 🎧
ACÁ 


10 de julio de 2018

TOMATE


CAPITULO VII



Hace días que no veo a Noche en la plaza ¿Habrá palmado? Hace días que no veo a Miguel. ¿Habrá palmado? Hace días que no me distingo en el espejo. 

Resolví lapidar el tiempo de la licencia e indagar la última caja desde la mudanza. La 4. «Cartas, fotos y cuadernos». De Valentino Nino. Ni noticias. Me serví una copa y retiré dos agujas del neceser de los desenfrenos.

Pasaron de a uno los retratos: El tío Hugo brindando con papá y el banderín Azulgrana de fondo. Una foto que debe ser del año ´64. Mi papá tendría 18 años y los Beatles editaban A hard day´s night. Hugo era su hermano mayor. ¡Qué bueno tener un hermano de cuarenta pirulos cuando no llegas ni a los veinte! Un hermano que está de vuelta de muchas cosas. ¿Cuantas recomendaciones habrá tomado papá del tío Hugo? La expresión de mi viejo es de un puber lozano y jactancioso de su hermano. ¡Cuánto contrariedad acarrearía ese mismo vaso de vino resbaladizo y afilado dos décadas después!

Luego, repasé mis cuadernos de viajes y advertí que son escasas las ciudades que he recorrido. Río, Montevideo, Asunción y Bogotá. Hoy, que el cambio no me beneficia, apelo a mis borradores para comenzar a viajar.

Mucho antes de conocer el cuentito de las tres carabelas, la farsa de la cruz y la espada, mi acercamiento a la música española irrumpió cuando la vida desfilaba por manzanas en forma de cilindro montado en dos ruedas.


Una tarde surqué el asfalto sin visado. Para quien creció entre calles de tierra es un sondeo indeleble. Miré para ambos lados esperando que gane la corredera José de Zer en el móvil de Canal 9 y me indague:

—Muchacho, para Nuevediario, ¿qué se siente cruzar la calle solo?

—Un saludo para todos lo que me conocen… qué sé yo. Puto.

Lo primero que recuerdo cuando traspasé la matrix de Juan XXIII fue algo que oí. Música desconsolada que manaba de la calesita del mercado. Allí residía Tomate. El único testigo de mi aventura.

Tomate, el heredero natural de Don Arturo, partía los boletos, empuñaba la sortija, pinchaba discos y matizaba las tardes en el vestíbulo de la primera vuelta. La pista curvada iniciaba a las cuatro de la tarde. ¿No sé de qué barco descendieron las ascendencias de nuestro DJ local?

En mi primer trip en dos ruedas deduje que la bicicleta es una alegoría de la libertad para un pibe de conurbano, como el caballo para un gaucho.
San Lorenzo militaba en el ascenso y las melodías que disparaba Tomate desde su cassetera sentaban armónicas con la mala cosecha del Ciclón. El sol se escondía detrás de la azotea de la 504, Tahuichi remontaba sus telones metálicos, la UB Facundo Quiroga encauzaba micros hacia el Interama, un humo espeso de Las Achiras se advertía a lo lejos y tintineaban las canciones de Camilo Sesto y Manolo Galván al ritmo de las filtraciones del tanque de Doña Inés.

Tengo varias listas de temas en el teléfono. Una se llama Tomate. Porque cuando quiero ir abajo, bien abajo, pido audiencia a la tía sombría. El chute retoza entre los tracks y penetra por los oídos hasta llegar al pecho.

                                                                                ***

En tiempos donde el que no ama es desgraciado, y desgraciado el enamorado me amparo entre vinilos deshechos y me aferró a una carabela sin vela que aún no termina de desembarcar.
Hoy regresé a la calesita de Sarmiento a través de un playlist. Porque siempre estoy volviendo. Canté Parchis en cassette, bailé Xuxa en CD, caminé con mi mp3 lleno de Amar Azul, hice fiestas con cumbias bajadas del Ares y culminé pagando Spotify. La viví. ¡En sus caras, fuckin´millenials!

En la caja 4 acerté con una sortija carcomida. Esta vez perduró en mis manos además de una deshilachada camiseta de los camboyanos que bien podría ser del Sr. Tomate. El novísimo calesitero, melómano y matancero. Cuervo hasta las muelas. El único testigo de mi peripecia por Juan XXIII.

Dicen que Tomate conserva el mismo atisbo sostenido del verano del 83. El loco Julio encontró sus vinilos en un caballo gris despintado con un ojo mocho que aún conserva el porte de los años mozos y se esfumó como una nube de humo entre un tanque de guerra y una lancha naranja. Me los vendió a buen precio. 

Hoy es lunes. Los lunes por la noche me dedico a reorganizar mi colección de discos. Es una cosa que suelo hacer en época de altibajos emocionales. Habrá quien le parezca una forma bastante aburrida de pasar una velada, pero yo no estoy entre ellos. Mi vida es mía, es ésta, y resulta agradable sumergirse en ella hasta los codos, tocarla con los dedos mientras el pico galopa por mis entrañas.

Hace frío en el cuarto y en el coraje. Retiro con torpeza un vinilo del envoltorio. El winco pulsa sin wi fi mientras la púa traza el camino de las canciones y no se detiene por las publicidades de spotify. Las melodías se escurren sobre los cauces de una circunferencia renegrida que emula un mándala sonoro. Gana el track número seis: «Old Man». Demasiado folk para ser folk rock, demasiado folk rock para ser folk. De nuevo aparece esa receta que Neil Young dominaba a la perfección y a la que jamás quiso renunciar.
La voz del viejo Neil abriga la habitación con la ayuda de dos ladrillos refractarios. Semidopado, absorbido y algo afiebrado entrecierro los ojos. Cuando la púa alcance el track diez será el momento de soñar. El disco «Harvest» suena el tiempo que tomo en desprenderme del viaje y del recuerdo de Camilo Sesto, Manolo Galván y del Sr. Tomate & Crazy horse, la banda de sonido de mi infancia.




17 de marzo de 2018

MANUAL DE PERDEDORES | 17 DE MARZO



FM 107.1 



Nos visitó la poeta Flavia Calise, conversamos de los artistas musicales y literarios que la han influenciado, de su poemario plateado y brillante "El incendio que hicimos en tu casa" e invitamos además a “La velocidad del fuego” (texto+teatro+perfomance) que se realizará el 18/3 a las 22 hs en Club Cultural Matienzo. En Literatura de todas formas recorrimos “La Feliz” de la mano de Camilo Sánchez. El mar, los libros y la recordación de Alberto Olmedo en las palabras de Fito Páez para concluir con Gabriela Anders que nos transportó hasta Río de Janeiro con su hermosa voz.


PODES ESCUCHAR EL CAPITULO 65

7 de febrero de 2018

PECES DE RIO




Una oleada de gaviotas nos recibió al llegar a la banda ribereña. El cielo se cerró de nubarrones. La vía peatonal nos albergó con sus peces grabados en el pavimento que labran signos de piscis (Si tuviera diez años los hubiese contado) Descendimos por las escalinatas entre la enramada agreste. Estábamos solos. Un vendedor nos procuró anteojos de sol. Compré a pocos reales una réplica de unos Ray Ban estilo Dylan. Fingí una fotografía con la hechura del viejo Bob en la portada del disco «Infidels». Belu festejó la ocurrencia y en un click encarceló el momento. En las costas cariocas me permití las payasadas que no haría en La Bristol.
Las nubes ociosas asediaban el limbo. El mar residía alborotado y las olas sacudían vehementes. Decidí permanecer en la arena mientras Belén se rehundía entre las olas y se perdía en la efervescencia de la espuma. Se zambulló libre, como instrumento de poesía. El agua se tornó verde esmeralda al acariciar la orilla y se deshizo en un azul verdoso sobre un trazo blanco discontinuo. Me calcé mis lentes Dylan para sortear la solana y me entregué al colchón de arena charolada.


Enderecé mis oídos al retumbo de las olas, cerré mis ojos y logré percibir a Barra da Tijuca en toda su extensión. Visualicé el Pan de Azúcar con un velo de bruma. Una consonancia sonora me amparó en el planeo. En la cima del Cerro Corcovado, envolví al Cristo Redentor. En mi clarividencia figuré uno por uno los peces grabados en el asfalto inquebrantable de la distinguida Rio. Los conté, como lo haría de chico. Tengo más de cuarenta, pero el niño de diez aún persiste. Nunca seré demasiado viejo para ser más joven.